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Un mal padre

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Admito que nunca fui un buen padre, pues cuando dejé embarazada a su madre puse tierra de por medio, aterrado ante la opresión que me causaba la responsabilidad, no buscada, de ser padres tan jóvenes como nosotros. No pretendo justificarme, pero ambos éramos solo unos adolescentes.
Su madre y yo nos conocimos veraneando en un camping, saliendo con nuestras respectivas pandillas. Los chicos por un lado y las chicas por el otro. Como rebaños enfrentados, que se aproximaban, se camelaban, a veces se trataban con desdén, luego se separaban y vuelta a empezar en una especie de cortejo eterno que se repetía en ciclos entre risitas y cuchicheos.
El caso es que su madre se las arregló para llevarme aparte y sentarnos en el césped a solas. Allí nos prometimos amor eterno y nos besamos. Todo muy pueril, todo muy idílico.
Para aparentar, seguíamos saliendo con las pandillas, pero durante la noche nos despistábamos y secretamente nos amábamos. Nos dábamos “el lote”, como se llama vulgarmente a besarse y acariciarse o tocarse y sobarse, según lo fino que uno se ponga.
Ambos éramos inexpertos en las lides del sexo. Al principio nos tocábamos con torpeza, ni siquiera sabíamos besar, pero a esa edad las ganas suplen cualquier carencia. Rápidamente aprendimos por instinto dejándonos llevar por el frenesí de nuestros deseos.
Así llegó la última noche que pasaríamos juntos. De tanto besarnos, teníamos los labios rojos e hinchados por el frote y el roce apasionado, hasta el punto de que nos dolían.
Mientras lo hacíamos, nos metíamos mano como desesperados. Yo la encontraba terriblemente mojada allí abajo y ella me encontraba a mí terriblemente excitado, con la punta extra lubricada mientras la movía arriba y abajo.
Decidimos que ya no podíamos más y despojándonos de nuestras escasas ropas en la oscuridad de aquella noche, nos tumbamos en la frescura del césped bajo un cielo estrellado.
Me eché encima, cubriéndola con tremendas ganas de gozar. Ella me recibió bien abierta, exhalando exageradamente cuando sintió el peso de mi cuerpo presionar lo más íntimo de ella, expectante ante lo que iba a pasar.
Yo sabía que era virgen, pues ella me lo había dicho, yo también lo era así que para ambos era nuestra primera vez. Agarró mi culo desnudo y clavándome las uñas me invitó a entrar. Sentir la penetración fue una sensación indescriptible, algo que uno piensa que nunca olvidará pero que, por desgracia, se olvida. Ella suspiró muy hondo y se quejó por el dolor que le provoqué.
Comencé a moverme con ansias de amarla pues, no había cosa que deseara más en la vida en aquel momento mágico.
Con lo inexperto que era, no tardé mucho en correrme y caer abatido encima de su precioso cuerpo desnudo mientras respirábamos muy aceleradamente, más por los nervios que nos consumían que por el acto en sí.
Y abandonando el cálido abrazo de sus caderas caí tumbado a su lado jadeando. Pero ella no tardó en reaccionar y decidió volver a la carga sin dejarme tomar siquiera el respiro necesario. Se incorporó y me montó con inusitada agilidad, clavándose de nuevo mi erección que aún mantenía.
No hay nada como la juventud, no se me había bajado ni un milímetro, y aunque me dolía la naturaleza siguió su curso y en una nueva cabalgada ella se corrió mientras se frotaba el clítoris y se movía al mismo tiempo.
Cayó a plomo sobre mi torso desnudo, haciéndome sentir el dulce calor de sus pechos blancos nacarados. Sentí el suave aliento en mi oreja y este me provocó escalofríos. Eran tantas las ganas de que llegase ese momento que los dos quedamos así durante un buen rato, negándonos a abandonar el uno al otro pues sabíamos que aquel excitante polvo, en el fondo, sabía a despedida…
Al día siguiente ella se marchó del camping y yo también, cada uno volvimos con nuestras familias y ni siquiera nos dijimos adiós. Supongo que bastó lo sucedido la noche anterior, donde nuestros cuerpos hablaron y expresaron su más íntimo deseo fundiéndose como solo las almas enamoradas pueden hacerlo.
Eran otros tiempos, hablamos por teléfono un par de veces, pero apenas sabíamos de qué hablar. Cada uno tenía su vida, sus amigos y la distancia apagó lo que el verano encendió.
Pero por carta me contó las consecuencias de nuestra noche de amor. Yo, aterrado, dejé de escribirle y ella, con el tiempo, dejó de enviarme aquellas cartas donde me contaba las discusiones que tenía con sus padres o cómo se estaba poniendo de gorda a consecuencia del embarazo.
Lo sé, fui un capullo y un cobarde. La culpa siempre me acompañó desde entonces y a veces seguía acordándome de ella, de si habría tenido un niño o una niña.
Pero el destino, siempre caprichoso y traicionero, quiso llevarse a la madre muchos años más tarde y de repente un día una nueva carta llegó a mi puerta. Era de ella, pero no de la madre, sino de mi hija.
Entonces supe de su desgracia, la madre había muerto y quería conocerme. Me preguntaba si yo quería verla, y yo en aquel momento, más maduro y sensato, quise verla…
Cuando se bajó del autobús en el que venía no tuve ningún problema para reconocerla, pues era igualita a la madre cuando nos conocimos en aquel camping. ¡Qué sorpresa!
—¿Hija? —pregunté mientras me embargaba la emoción.
—¿Papá? —respondió ella tan emocionada como yo.
—¡Eres igualita a tu madre! —le dije nada más separarnos.
—Viniendo de ti eso es un cumplido —rio la guapa joven.
En los siguientes días, la fui conociendo y ella se fue haciendo a mi apartamento. Pues vivía solo y aunque me casé, me divorcié de mi pareja y no tuve hijos. Conocía a alguna más, pero en ninguna encontré lo que buscaba, así que mejor solo que mal acompañado.
La convivencia no fue sencilla al principio. Pues en realidad éramos dos extraños conviviendo, hasta que no se forjaron los lazos, hubo algún roce que otro. Pero finalmente fuimos congeniando, de forma que una noche me contó su secreto.
—Mira papá, mamá antes de morir me dio su diario, aquel que escribió el verano que os conocisteis —me dijo mostrándome una libreta que literalmente se deshacía hoja por hoja, guardada cuidadosamente en una carpeta.
Allí había anotaciones a lo largo de días, que ella recorría con el esmero de un librero hasta llegar a las páginas que buscaba…
—Aquí está, los días que pasasteis juntos. Los habré leído ya unas cien veces, papá —me dijo con el corazón compungido.
—¿En serio hija? ¿Y qué decía de mí? —le pregunté con algo de miedo por lo que allí pudiese haber dejado por escrito de nuestra relación.
—Ella decía que eras muy romántico, que la hacías reír y que le pareciste un chico muy sincero. Por eso se enamoró de ti. Aquí está todo descrito en detalle, desde el primer beso hasta la noche antes de su partida…
Aquello me soliviantó, la noche antes de la partida. Esa noche sólo pasó una cosa, un suceso que con el paso del tiempo ya dudaba si había sido un sueño o algo real. No quise decir nada, más por pudor pues era mi hija la que lo había leído.
—Describió como le hiciste el amor, la pasión, los besos, la ternura… Papá, fue tan bonito que lo he recreado en mi mente durante semanas —me confesó con una añoranza que yo ya había perdido.
—Bueno hija, fue bonito sí. Nuestra primera y última vez, lamentablemente yo me asusté cuando me dijo que estaba embarazada de ti y dejé de escribirle, ¡lo siento mucho, hija!
—Ella lo comprendió perfectamente papá, eráis apenas unos adolescentes, tú no podías hacerte cargo de algo que os superaba a ambos —me confesó—. Ella también escribió sobre eso, sobre cómo decidió dejar de mandarte carta y dejar que siguieras con tu vida, pero no te olvidó papá.
El sentimiento de culpa me embargaba en aquel momento, no era capaz de articular ni una palabra coherente.
—Bueno hija, eso es el pasado, lo importante ahora es que tú estás aquí, conmigo —le dije cogiéndola de la mano.
—Sí, papá, por fin nos conocimos.
Y ahí quedó su confesión aquella noche. Nos lavamos los dientes y nos fuimos a dormir.
En nuestra convivencia también surgió algún roce inesperado en forma de descuido, ella salió de la ducha con una toalla liada a su cuerpo y yo entré a continuación. Al salir pasé por su cuarto y no había cerrado la puerta del todo, así que a través de la rendija vi cómo se quitó la toalla y con la naturalidad de alguien que fuese nudista, vi cómo se miraba al espejo, se cogía sus tetitas y admiraba su piel blanca, haciendo alguna pose sugerente.
El horror quiso que descubriera que la estaba mirando y de inmediato se tapó con su mano y su brazo. Yo hui en dirección a mi cuarto y me oculté. No hablamos más del tema, pues me daba mucha vergüenza. Pero tras la cena…
—A veces me pregunto si conoceré algún día a un chico que me quiera tanto como tú quisiste a mamá —me dijo mientras veíamos la tele de forma distraída.
—¡No digas tonterías! ¡Claro que encontrarás a alguien! —dije yo dándolo por supuesto—. ¡Tú eres tan bonita como tu madre! —le dije para subirle el ánimo.
—¿En serio? ¿Crees que soy bonita?
—¿Claro hija? ¡Eres preciosísima! —dije riendo.
Y ella se animó con mi comentario.
—¿Te tomarías una copa de vino conmigo, papá?
—Claro, ¿por qué no? —dije sirviendo sendas copas de sangre de toro.
—¡Por mamá! —dijo levantando su copa.
Brindé con ella por su madre, fue algo triste pero luego casi se bebió la copa de un trago.
—Tranquila hija que esto marea —le advertí volviéndosela a llenar.
—Bailarías conmigo papá, dijo mientras en la película que echaban en la tele ponían una música romántica y los protagonistas bailaban.
Intenté negarme, pero ella me obligó a bailar tan solo un poco. Se agarró a mi cuello y yo le pasé las manos por la cintura. Era tan bonita como su madre y me sonreía. Sus pechos se juntaban en un gracioso escote y, aunque traté de no mirar, no verla era imposible.
—¿Te parezco bonita papi? —preguntó sensualmente.
—¡Claro que lo eres hija! —dije yo mientras bailábamos.
—Antes te he visto mirarme por la rendija de la puerta. Estaba mirándome al espejo, a veces lo hago —me confesó con melancolía.
—Ha sido un accidente hija, yo pasaba de la ducha y como no sabía qué hacías pues he sentido curiosidad, solo eso y nada más —le dije poniéndome rojo.
—Me ha gustado que me mires papá, no sé cuantas veces habré leído como hiciste el amor a mamá y lo que ella sintió. ¿Sabes que yo también soy virgen? —me confesó, dejándome completamente descolocado.
—¡Oh, hija! Eso es muy íntimo, ¿en serio que tu madre escribió eso en su diario?
—¡Sí, cada detalle! Al releerlo una y otra vez no puedo evitar sentirme atraída por ese momento —añadió para más inri.
Para mi sorpresa se separó de mí y se bajó los tirantes de su vestido, dejándolo caer al suelo, mostrando su cuerpo espigado, esbelto y desnudo. Únicamente llevaba puesto un tanguita negro, pues sus pechos erectos eran perfectos y no necesitaban de ninguna sujeción extra.
De inmediato me agaché y recogí su vestido para intentar taparla, pero ella me lo impidió.
—¡No me tapes, mírame y vuelve a decirme que me ves bonita! —me dijo.
—¡Oh hija, creo que el vino te pegó muy fuerte! —le dije intentando buscarle alguna explicación racional.
Tiró de mis manos y me hizo levantarme, luego las puso sobre sus pechos desnudos. Sentí el suave calor de su piel nacarada y el delicado roce de sus pezones erectos y duros. Los mismos que ya se le marcaban a través de la fina tela del vestido mientras bailábamos.
—¿Te gustan mis pechos? ¿Son como los de mamá? —se atrevió a preguntarme.
—¡Oh, hija, no sé a dónde pretendes ir! —dije yo un poco asustado.
—¡No te asustes papi! Sólo quiero que me los beses, como lo hiciste con los de mamá —dijo y tirando de mi cuello me puso una teta en la boca.
Estupefacto besé su pezón, su areola y lo chupé dulcemente. Pero rápidamente me separé, no entendía nada…
—Hija, esto no está bien —le dije sintiéndome culpable.
—¿Por qué? No sabes cuanto he deseado que llegara este momento, estar frente a ti, desnuda y caliente. ¡Vamos, papá, házmelo como se lo hiciste a mamá aquella última noche!
Estaba muy aturdido, casi mareado pensando que el vino aquel también se me había subido a mí a la cabeza. ¡Era una locura!
Su mano agarró mi erección y me descubrió en mi excitación oculta hasta ese momento.
—¡Te gustó! —dijo señalándome con el dedo índice.
—¡No, no es eso hija… esto “va solo”! —le dije a modo de excusa—. Hace meses que no estoy con nadie, eso es todo —añadí para justificarme.
—Yo tampoco he estado con nadie, nunca, papá. Por eso quiero que hoy me tomes, como hiciste con mamá —dijo tan segura de sí misma que daba tremendo vértigo.
Se puso en cuclillas frente a mí y tiró de mi cinturón tratando de quitármelo. Yo me negué, forcejeamos y terminó con sus dientes clavados en mi bragueta, aquel acto sutilmente salvaje me soliviantó de una forma que no podía creerlo.
Entonces se echó hacia atrás y se bajó su tanguita negro, dejándolo a un lado se sentó en el sofá y abrió sus piernas mostrándome su sexo desnudo y especialmente depilado para la ocasión. Levantó sus piernas y apoyó sus talones a ambos lados del sofá, quedando muy expuesta frente a mí, se abrió su rajita rosada y esta lució tan lubricada y sensual que me pareció un fresón maduro.
—¡Mira papá! Estoy tan cachonda que, si tan solo me rozas mi clítoris, creo que me correré —dijo mientras ella misma se masajeaba la zona.
—Pero hija, ¿qué quieres que haga yo? —le pregunté sintiendo que mi erección era ya total.
—Quiero que te quites el pantalón y que me folles ahora, como hiciste con mamá aquella noche —dijo con una seguridad que daba miedo.
Sentía mi erección tan dura que por instinto llevé mi mano a ella y la acomodé mientras me presionaba el bóxer bajo el pantalón.
—Ven, papá. ¿Me vas a dejar así de caliente? —dijo insinuándose mientras no paraba de masturbar su clítoris.
Pensé en una salida, pensé que tal vez si le provocaba un orgasmo saciaría su sed de sexo o tal vez que si me lanzaba sobre ella se asustaría y dudaría de continuar aquella locura.
Me arrodillé ante ella y posé mi mano sobre sus ingles rasuradas, su suave piel se juntaba en un surco perfecto.
Separé sus labios y con un dedo surqué la ola de sus jugos, que manaban en abundancia. Su madre también era muy caliente en este aspecto, algo que me transportó por un momento a aquella noche y que sin duda ella heredó. Acaricié su clítoris tras surfear sus pliegues y ella gimió con fuerza.
—¡Uf, papá, sííí! ¡Sigueee… pooorfa…! —gruñó mientras se aguantaba las piernas abiertas con ambas manos.

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