Hacía casi dos meses que habíamos sellado aquel pacto en la mesa del comedor, pero la suerte en internet no había sido la mejor. Navegábamos en un mar de mensajes interminables con curiosos que solo querían indagar, perfiles falsos y conversaciones que morían antes de concretar nada. El juego en nuestra recámara seguía igual de ardiente, pero la inquietud y las ganas de dar el paso real nos hacían insistir en la búsqueda.
La oportunidad nos llegó un sábado por la tarde, en un día atípico en el que ambos trabajamos solo medio turno. Salimos al centro de la ciudad con tiempo de sobra pero sin ningún plan fijo, buscando simplemente ocupar las horas libres que el trabajo nos regalaba. Nos metimos a un restaurante a comer, sin prisa, cuando el teléfono de Elena vibró en la mesa.
El mensaje era de un perfil que habíamos visto días atrás. Su nombre era Diego.
"Mucho gusto, chicos. Mi nombre es Diego, tengo 51 años. Vi su perfil y me agradó mucho, me gustaría tener la oportunidad de conversar con ustedes."
Elena y yo nos miramos sobre la mesa. Le respondimos de inmediato preguntándole a qué se dedicaba. Nos contó que era divorciado, que vivía solo con uno de sus hijos ya mayor de edad, trabajaba en el área de tecnología y, en sus ratos libres, manejaba un taxi de aplicación. Por el perfil que buscábamos, encajaba muy bien: un hombre maduro, seguro y completamente ajeno a nuestro entorno familiar o al barrio.
La plática fluyó a un ritmo normal. Diego nos comentó que precisamente esa tarde saldría a trabajar con el taxi y comenzaría su ruta por el centro de la ciudad. Al ver la coincidencia, Elena, con esa picardía que la caracterizaba, le envió un mensaje: "Te deseamos buena tarde... a ver si nos ves por aquí", adjuntando una foto del restaurante donde estábamos.
Lo hicimos jugando, sin esperar nada real. Pasaron los minutos, Diego no contestó, así que pagamos la cuenta y salimos del lugar en dirección a la estación del subterráneo. De repente, el teléfono volvió a sonar. Era una foto del mismo restaurante donde nos acabábamos de levantar, acompañada de un texto: "¿Puedo saludarlos?".
El pulso se me aceleró. Nos pareció entre gracioso y perturbador que se hubiera tomado la molestia de ir hasta allí tan rápido. Nos miramos fijamente en la entrada del subterráneo y, con la pura vista, nos dijimos un rotundo "¿Por qué no?". Le regresamos el mensaje dándole nuestra ubicación exacta en la estación, un lugar público y concurrido por pura seguridad.
Diego envió su ubicación en tiempo real y, a los pocos minutos, nos avisó que ya estaba afuera, pero que al no haber estacionamiento en la zona, no podía bajarse. El estómago se me contrajo por la inseguridad, pero entendiendo la situación de la avenida, le tomé la mano a Elena y salimos a la superficie.
Entre el tumulto de gente y autos, vimos un vehículo negro que nos echó las luces desde el otro lado de la calle. Caminé por delante de Elena y nos acercamos con cautela. Al mirar por la ventanilla, descubrí al conductor: un hombre de tez morena, cabello oscuro con bastantes canas y una complexión corpulenta y robusta. Nos observó un instante con una mirada analítica y preguntó con voz firme:
—¿César?
—¿Señor Diego?
—Sí, soy yo. Mucho gusto, chicos.
Nos dimos la mano. Elena, que siempre había sido la mujer atrevida y dominante en nuestras fantasías, se encontraba detrás de mí, mostrando de repente la actitud de una niña inocente y temerosa. Le hice una seña para que lo saludara y ella se acercó, dándole un tímido beso en la mejilla. Diego, con mucha naturalidad, nos invitó a pasar a un pequeño bar cercano para tomar una copa y platicar mejor. Aceptamos y subimos al auto.
En el bar, la tensión inicial se disolvió rápido. Diego resultó ser una excelente compañía; la plática fue amena, hablamos de trabajo, de la vida y reímos como si fuéramos compañeros de oficina de toda la vida. Poco a poco nos sentimos cómodos con su presencia. Tras un par de tragos, él pagó la cuenta y nos ofreció llevarnos de regreso al punto de encuentro.
Sin embargo, ya dentro del auto, la conversación se puso más intensa y nadie parecía querer terminar la tarde. Al notar que la sintonía era buena, Diego detuvo el auto a un lado de la acera, se giró hacia nosotros y soltó la propuesta sin rodeos:
—Si desean, podemos continuar la noche en mi departamento. Está muy cerca de aquí y les aclaro que es sin ningún compromiso de por medio.
Elena y yo intercambiamos una mirada cómplice en el asiento trasero. El momento había llegado. Aceptamos al unísono.
El departamento estaba en un barrio común, con un ambiente muy similar al nuestro. Diego se estacionó en una esquina para comprar más bebidas en una tienda y lo acompañé. El tendero lo saludó como al vecino de siempre, pero a mí me recorrió con la mirada, dándose cuenta de que yo no era de la zona. Al salir, noté que el chico de la tienda se asomó para ver el auto de Diego, sonriendo con una malicia que me encendió la sangre.
Entramos al edificio, un complejo con pasillos enredados de concreto. En el trayecto nos cruzamos con una vecina mayor que, extrañada por ver visitas a mitad de semana, le preguntó si éramos sus amigos. Diego respondió con total tranquilidad que sí, y la señora nos dio una amable bienvenida antes de entrar a su hogar.
El departamento de Diego reflejaba la vida de un hombre soltero. Nos acomodamos en la pequeña sala, destapamos las cervezas y continuamos la charla. Nos platicó de su divorcio y de su experiencia como padre, y aunque su conversación era magnética, la noche avanzaba y a mí comenzó a preocuparme que su hijo regresara en cualquier momento. Sería difícil explicar qué hacía una pareja joven tomando a solas con su padre.
Diego leyó mi preocupación y nos dijo que su hijo no tardaría, por lo que si gustábamos, él mismo podía acercarnos a nuestro apartamento. Nos pidió un momento y fue al sanitario. En cuanto cerró la puerta, me giré hacia Elena.
—¿Cómo estás? ¿Te sientes bien? —le susurré, tomándola de las manos.
—Sí... solo es el efecto del alcohol —respondió, con las mejillas encendidas.
—¿Qué te ha parecido Diego?
—Muy bueno. La verdad es que hace gran compañía.
—A mí también me cayó bien. Ha sido muy paciente y no nos ha presionado a nada. Supongo que podemos platicarlo en casa y, quién sabe, volver a salir con él después.
—Sí, claro... puede ser —dijo ella, pero su tono de voz arrastraba una profunda decepción.
—A ver, si no te simpatizó, dejamos esto aquí, Elena.
—No, no es eso. Sí me agradó.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Es que... —Elena bajó la mirada, jugueteando con sus dedos—. No sé cómo decirlo. ¿Crees que no le gusté?
—Claro que le gustaste, amor. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé... es que solo estuvimos conversando y no pasó nada.
—Diego no quería faltarnos al respeto en la primera cita, por eso se controló.
—Por todo lo que leímos en internet, imaginaba que iría directo al grano —confesó ella, con un brillo de frustración y deseo en los ojos.
—El hecho de que no lo hiciera habla bien de él. O dime... ¿acaso tú sí quieres algo más hoy?
—Pues... la verdad... sí me gustó el señor Diego.
—Entonces, en cuanto salga, házselo saber.
En ese momento, la puerta del baño se abrió y Diego regresó a la sala.
—Bueno, chicos, ¿ya están listos?
—Sí, creo que sí —respondí, poniéndome de pie.
—Perfecto, los acompaño al auto, adelante.
Miré a Elena esperando que tomara la iniciativa, pero se quedó completamente estática. La pena y los nervios la habían congelado; la chica audaz de mis fantasías estaba totalmente rebasada por la realidad. Caminamos hacia la entrada y pude ver la frustración en su rostro. Justo antes de que Diego abriera la puerta para salir al pasillo, decidí intervenir.
—Disculpe, señor Diego.
—Sí, dime, César.
—Nos ha agradado mucho como persona y la hemos pasado excelente conversando con usted.
—Les agradezco las palabras, muchachos —respondió él con una sonrisa madura—. Si es verdad, me gustaría que nos volviéramos a ver después, en una cita más privada.
—Sí, gracias. Sobre eso...
—Ok, entiendo —interrumpió Diego con educación, pensando que nos estábamos echando para atrás—. No se preocupen, esto era sin compromiso. Si no soy de su agrado para otra cosa, al menos queda la amistad.
Volteé a ver a Elena. Estaba completamente roja, mordiéndose el labio y mirándome con ojos suplicantes, implorando en silencio: "Díselo tú".
—No es eso, señor —continué, dando un paso al frente—. De hecho, mi esposa tiene algo que decirle.
Le cedí la palabra, pero ella se aferró a su silencio, temblando sutilmente. Diego la observó con atención, esperando.
—Mi esposa ha disfrutado mucho de su compañía —tuve que hablar por ella—. Le ha parecido un hombre sumamente agradable... y muy atractivo.
Diego clavó sus ojos intensos en ella, descifrando el juego.
—¿Eso es verdad, Elena?
Ella no sabía dónde meter la cabeza de la vergüenza, pero asintió levemente con la cabeza.
—Sí, señor —añadí, sintiendo cómo la adrenalina me encendía el pecho—. De hecho, hace un momento en la sala me confesó que... le gustaría que pasáramos a algo más.
—Cuando ustedes gusten, muchachos. Mi casa es su casa.
—No me está entendiendo, señor Diego —solté, rompiendo la última barrera—. Mi esposa quiere saber si a usted le gustaría estar con ella... esta misma noche.
Elena me miró con los ojos abiertos de par en par, incrédula de que yo hubiera tenido el valor de verbalizar su deseo más oculto frente a un extraño. Diego, mostrando esa seguridad imponente que nos había cautivado, dio un paso hacia ella, le tomó delicadamente las manos y la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Es verdad lo que tu marido está diciendo, Elena? ¿Quieres estar conmigo ahora mismo?
Con toda la pena del mundo, poseída por una timidez que la hacía ver increíblemente provocativa, Elena contestó con una voz temblorosa y casi inaudible:
—Sí...
Diego acortó la distancia, pegando su cuerpo robusto al de ella, imponiendo su presencia física en la pequeña sala.
—Necesito que seas clara conmigo —le ordenó con voz grave—. ¿Qué es lo que quieres hacer?
—Quiero... quiero pasar la noche con usted —logró articular ella, rindiéndose por completo a su autoridad.
Diego no despegó la vista de Elena, pero extendió su pregunta hacia mí, buscando la confirmación del pacto.
—Dime, César... ¿tú estás de acuerdo con lo que me está pidiendo tu esposa?
—Sí, señor —respondí, sintiendo una mezcla destructiva de celos y excitación en la entrepierna—. Estoy completamente de acuerdo.
La oportunidad nos llegó un sábado por la tarde, en un día atípico en el que ambos trabajamos solo medio turno. Salimos al centro de la ciudad con tiempo de sobra pero sin ningún plan fijo, buscando simplemente ocupar las horas libres que el trabajo nos regalaba. Nos metimos a un restaurante a comer, sin prisa, cuando el teléfono de Elena vibró en la mesa.
El mensaje era de un perfil que habíamos visto días atrás. Su nombre era Diego.
"Mucho gusto, chicos. Mi nombre es Diego, tengo 51 años. Vi su perfil y me agradó mucho, me gustaría tener la oportunidad de conversar con ustedes."
Elena y yo nos miramos sobre la mesa. Le respondimos de inmediato preguntándole a qué se dedicaba. Nos contó que era divorciado, que vivía solo con uno de sus hijos ya mayor de edad, trabajaba en el área de tecnología y, en sus ratos libres, manejaba un taxi de aplicación. Por el perfil que buscábamos, encajaba muy bien: un hombre maduro, seguro y completamente ajeno a nuestro entorno familiar o al barrio.
La plática fluyó a un ritmo normal. Diego nos comentó que precisamente esa tarde saldría a trabajar con el taxi y comenzaría su ruta por el centro de la ciudad. Al ver la coincidencia, Elena, con esa picardía que la caracterizaba, le envió un mensaje: "Te deseamos buena tarde... a ver si nos ves por aquí", adjuntando una foto del restaurante donde estábamos.
Lo hicimos jugando, sin esperar nada real. Pasaron los minutos, Diego no contestó, así que pagamos la cuenta y salimos del lugar en dirección a la estación del subterráneo. De repente, el teléfono volvió a sonar. Era una foto del mismo restaurante donde nos acabábamos de levantar, acompañada de un texto: "¿Puedo saludarlos?".
El pulso se me aceleró. Nos pareció entre gracioso y perturbador que se hubiera tomado la molestia de ir hasta allí tan rápido. Nos miramos fijamente en la entrada del subterráneo y, con la pura vista, nos dijimos un rotundo "¿Por qué no?". Le regresamos el mensaje dándole nuestra ubicación exacta en la estación, un lugar público y concurrido por pura seguridad.
Diego envió su ubicación en tiempo real y, a los pocos minutos, nos avisó que ya estaba afuera, pero que al no haber estacionamiento en la zona, no podía bajarse. El estómago se me contrajo por la inseguridad, pero entendiendo la situación de la avenida, le tomé la mano a Elena y salimos a la superficie.
Entre el tumulto de gente y autos, vimos un vehículo negro que nos echó las luces desde el otro lado de la calle. Caminé por delante de Elena y nos acercamos con cautela. Al mirar por la ventanilla, descubrí al conductor: un hombre de tez morena, cabello oscuro con bastantes canas y una complexión corpulenta y robusta. Nos observó un instante con una mirada analítica y preguntó con voz firme:
—¿César?
—¿Señor Diego?
—Sí, soy yo. Mucho gusto, chicos.
Nos dimos la mano. Elena, que siempre había sido la mujer atrevida y dominante en nuestras fantasías, se encontraba detrás de mí, mostrando de repente la actitud de una niña inocente y temerosa. Le hice una seña para que lo saludara y ella se acercó, dándole un tímido beso en la mejilla. Diego, con mucha naturalidad, nos invitó a pasar a un pequeño bar cercano para tomar una copa y platicar mejor. Aceptamos y subimos al auto.
En el bar, la tensión inicial se disolvió rápido. Diego resultó ser una excelente compañía; la plática fue amena, hablamos de trabajo, de la vida y reímos como si fuéramos compañeros de oficina de toda la vida. Poco a poco nos sentimos cómodos con su presencia. Tras un par de tragos, él pagó la cuenta y nos ofreció llevarnos de regreso al punto de encuentro.
Sin embargo, ya dentro del auto, la conversación se puso más intensa y nadie parecía querer terminar la tarde. Al notar que la sintonía era buena, Diego detuvo el auto a un lado de la acera, se giró hacia nosotros y soltó la propuesta sin rodeos:
—Si desean, podemos continuar la noche en mi departamento. Está muy cerca de aquí y les aclaro que es sin ningún compromiso de por medio.
Elena y yo intercambiamos una mirada cómplice en el asiento trasero. El momento había llegado. Aceptamos al unísono.
El departamento estaba en un barrio común, con un ambiente muy similar al nuestro. Diego se estacionó en una esquina para comprar más bebidas en una tienda y lo acompañé. El tendero lo saludó como al vecino de siempre, pero a mí me recorrió con la mirada, dándose cuenta de que yo no era de la zona. Al salir, noté que el chico de la tienda se asomó para ver el auto de Diego, sonriendo con una malicia que me encendió la sangre.
Entramos al edificio, un complejo con pasillos enredados de concreto. En el trayecto nos cruzamos con una vecina mayor que, extrañada por ver visitas a mitad de semana, le preguntó si éramos sus amigos. Diego respondió con total tranquilidad que sí, y la señora nos dio una amable bienvenida antes de entrar a su hogar.
El departamento de Diego reflejaba la vida de un hombre soltero. Nos acomodamos en la pequeña sala, destapamos las cervezas y continuamos la charla. Nos platicó de su divorcio y de su experiencia como padre, y aunque su conversación era magnética, la noche avanzaba y a mí comenzó a preocuparme que su hijo regresara en cualquier momento. Sería difícil explicar qué hacía una pareja joven tomando a solas con su padre.
Diego leyó mi preocupación y nos dijo que su hijo no tardaría, por lo que si gustábamos, él mismo podía acercarnos a nuestro apartamento. Nos pidió un momento y fue al sanitario. En cuanto cerró la puerta, me giré hacia Elena.
—¿Cómo estás? ¿Te sientes bien? —le susurré, tomándola de las manos.
—Sí... solo es el efecto del alcohol —respondió, con las mejillas encendidas.
—¿Qué te ha parecido Diego?
—Muy bueno. La verdad es que hace gran compañía.
—A mí también me cayó bien. Ha sido muy paciente y no nos ha presionado a nada. Supongo que podemos platicarlo en casa y, quién sabe, volver a salir con él después.
—Sí, claro... puede ser —dijo ella, pero su tono de voz arrastraba una profunda decepción.
—A ver, si no te simpatizó, dejamos esto aquí, Elena.
—No, no es eso. Sí me agradó.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Es que... —Elena bajó la mirada, jugueteando con sus dedos—. No sé cómo decirlo. ¿Crees que no le gusté?
—Claro que le gustaste, amor. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé... es que solo estuvimos conversando y no pasó nada.
—Diego no quería faltarnos al respeto en la primera cita, por eso se controló.
—Por todo lo que leímos en internet, imaginaba que iría directo al grano —confesó ella, con un brillo de frustración y deseo en los ojos.
—El hecho de que no lo hiciera habla bien de él. O dime... ¿acaso tú sí quieres algo más hoy?
—Pues... la verdad... sí me gustó el señor Diego.
—Entonces, en cuanto salga, házselo saber.
En ese momento, la puerta del baño se abrió y Diego regresó a la sala.
—Bueno, chicos, ¿ya están listos?
—Sí, creo que sí —respondí, poniéndome de pie.
—Perfecto, los acompaño al auto, adelante.
Miré a Elena esperando que tomara la iniciativa, pero se quedó completamente estática. La pena y los nervios la habían congelado; la chica audaz de mis fantasías estaba totalmente rebasada por la realidad. Caminamos hacia la entrada y pude ver la frustración en su rostro. Justo antes de que Diego abriera la puerta para salir al pasillo, decidí intervenir.
—Disculpe, señor Diego.
—Sí, dime, César.
—Nos ha agradado mucho como persona y la hemos pasado excelente conversando con usted.
—Les agradezco las palabras, muchachos —respondió él con una sonrisa madura—. Si es verdad, me gustaría que nos volviéramos a ver después, en una cita más privada.
—Sí, gracias. Sobre eso...
—Ok, entiendo —interrumpió Diego con educación, pensando que nos estábamos echando para atrás—. No se preocupen, esto era sin compromiso. Si no soy de su agrado para otra cosa, al menos queda la amistad.
Volteé a ver a Elena. Estaba completamente roja, mordiéndose el labio y mirándome con ojos suplicantes, implorando en silencio: "Díselo tú".
—No es eso, señor —continué, dando un paso al frente—. De hecho, mi esposa tiene algo que decirle.
Le cedí la palabra, pero ella se aferró a su silencio, temblando sutilmente. Diego la observó con atención, esperando.
—Mi esposa ha disfrutado mucho de su compañía —tuve que hablar por ella—. Le ha parecido un hombre sumamente agradable... y muy atractivo.
Diego clavó sus ojos intensos en ella, descifrando el juego.
—¿Eso es verdad, Elena?
Ella no sabía dónde meter la cabeza de la vergüenza, pero asintió levemente con la cabeza.
—Sí, señor —añadí, sintiendo cómo la adrenalina me encendía el pecho—. De hecho, hace un momento en la sala me confesó que... le gustaría que pasáramos a algo más.
—Cuando ustedes gusten, muchachos. Mi casa es su casa.
—No me está entendiendo, señor Diego —solté, rompiendo la última barrera—. Mi esposa quiere saber si a usted le gustaría estar con ella... esta misma noche.
Elena me miró con los ojos abiertos de par en par, incrédula de que yo hubiera tenido el valor de verbalizar su deseo más oculto frente a un extraño. Diego, mostrando esa seguridad imponente que nos había cautivado, dio un paso hacia ella, le tomó delicadamente las manos y la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Es verdad lo que tu marido está diciendo, Elena? ¿Quieres estar conmigo ahora mismo?
Con toda la pena del mundo, poseída por una timidez que la hacía ver increíblemente provocativa, Elena contestó con una voz temblorosa y casi inaudible:
—Sí...
Diego acortó la distancia, pegando su cuerpo robusto al de ella, imponiendo su presencia física en la pequeña sala.
—Necesito que seas clara conmigo —le ordenó con voz grave—. ¿Qué es lo que quieres hacer?
—Quiero... quiero pasar la noche con usted —logró articular ella, rindiéndose por completo a su autoridad.
Diego no despegó la vista de Elena, pero extendió su pregunta hacia mí, buscando la confirmación del pacto.
—Dime, César... ¿tú estás de acuerdo con lo que me está pidiendo tu esposa?
—Sí, señor —respondí, sintiendo una mezcla destructiva de celos y excitación en la entrepierna—. Estoy completamente de acuerdo.
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