Y pues sí, lo que tenía dándome vueltas en la cabeza era Antonio. Ya no había duda, ya no estaba con ese “ay, que sí, que no, que a ver cuándo”. No, ya estaba decidida: lo iba a hacer debutar. Punto. Lo que me tenía pensando era cómo, en qué momento, con qué palabras, porque obviamente no es lo mismo dejar que las cosas pasen solas a que una se lo proponga en serio.
Entonces me acordé de que mis papás tenían planeado ir con mis tíos a un tour a unas pirámides que están cerca de la ciudad. Iban a salir desde temprano y regresar súper tarde, quién sabe, tipo once o doce de la noche. Y claro que eso me dio la idea: quedarme sola con Antonio. Todo el día para mí, todo el tiempo de sobra, sin que nadie nos interrumpa y que podamos coger bien y varias veces.
Me reí sola en la calle, porque sentí como si estuviera planeando una travesura enorme, de esas que te pueden salir genial o te pueden arruinar la vida, pero que igual te dan adrenalina nada más de pensarlas. Caminaba con esa sonrisa de cómplice conmigo misma, imaginando su cara cuando se diera cuenta, imaginando cómo se iba a poner de nervioso, porque sí, eso me daba ternura: lo nervioso que se iba a poner y a la vez me calentaba.
—Ya no hay vuelta atrás, Antonio —murmuré bajito, como si hablara con él aunque no estuviera ahí.
Me puse a pensar en las opciones: si lo hago directo, con toda la intención, o si primero lo llevo de a poquito, con jueguitos, como tanteando el terreno. Porque lo conozco, sé que es tímido, y no quiero que se me congele de nervios justo cuando por fin estemos solos.
Mientras más caminaba, más segura me sentía. Era como si el universo me estuviera poniendo todo en charola de plata: el día, el tiempo libre, la excusa perfecta. Solo quedaba decidir el cómo. Y ahí sí, uff, esa parte me daba mariposas en la panza, porque una cosa es planearlo y otra ya estar ahí.
La verdad todo pasó bastante normal antes de que nos quedáramos solos. Llegué a la casa y todavía estaban mis papás y mis tíos con toda la energía del día, hablando, riendo, contando cosas. Yo trataba de actuar natural, aunque por dentro sentía como si tuviera una bomba de tiempo en el estómago. Comimos todos juntos, una comida medio rápida, con esas charlas de adultos que a mí ya me tienen medio aburrida porque siempre terminan hablando de negocios o de recuerdos que ni me interesan.
Después de comer pasaron un par de horas mientras se alistaban para salir al paseo ese de las pirámides. Ya sabes cómo son los adultos, que si el sombrero, que si la cámara, que si las botellas de agua, que si el bloqueador, que si el cargador del celular… parecía que iban a irse de expedición al fin del mundo, cuando en realidad las pirámides están a un rato en coche. Yo nomás los veía ir y venir, y mi plan en la cabeza cada vez sonaba más perfecto.
Ahí fue cuando le dije a Antonio que mejor nos quedáramos en casa, que ya estábamos cansados de tanta diversión del día y que mejor descansáramos. Él me miró raro, como sin entender bien si hablaba en serio o si era broma, pero yo insistí. Y al final mis papás y mis tíos aceptaron, sin sospechar nada, porque claro, para ellos era lo más lógico: dos adolescentes medio cansados, queriendo quedarse tirados a ver la tele o dormir, nada raro.
Así que ahí quedó: ellos se fueron y nosotros nos quedamos. Yo me metí en mi cuarto, con la excusa de descansar un rato, y Antonio se quedó en la sala viendo la tele. Todo normal, todo en orden. Pero para mí, por dentro, nada estaba normal.
Me quedé acostada en la cama, mirando el techo, escuchando todo. Y entonces pasó lo que estaba esperando: el rugido de la camioneta de lujo de mi padrastro, arrancando en la cochera, el portón abriéndose y cerrándose, el motor alejándose por la calle. Ese sonido fue como la señal oficial de que el plan estaba en marcha, como si alguien hubiera bajado la bandera de salida en una carrera.
Y ahí estaba yo, acostada boca arriba, con las manos frías, el corazón acelerado, la mente repitiéndose “ya está, ya se fueron, ahora sí”. Sentía una mezcla rarísima de nervios y emoción. Era como cuando vas a hacer algo que sabes que te va a cambiar un poquito la vida, aunque sea solo por el recuerdo.
Me quedé mirando el techo, como si en las grietas de la pintura pudiera encontrar respuestas, tratando de calmarme, de ordenar mis ideas, pero no podía. Tenía las manos inquietas, las piernas tensas, y cada sonido de la casa —el ventilador, la tele en la sala, hasta un perro ladrando afuera— me parecía más fuerte de lo normal.
—Ya está, no hay vuelta atrás… —me susurré a mí misma, como si necesitara convencerme de lo que yo misma había planeado.
Bajé despacito las escaleras, contando los escalones como si fueran segundos, porque todavía me temblaban las manos. Tenía el pretexto perfecto: ir por agua. Aunque en realidad solo quería ver si Antonio seguía ahí, en la sala, tranquilo, como si nada pasara, mientras yo sentía que me iba a explotar el corazón.
Ahí estaba, tirado en el sillón como rey, con la tele encendida y el control en la mano. Apenas me vio, me soltó, con esa seguridad que yo misma le había enseñado:
—Tráeme algo refrescante… y siéntate conmigo.
No sé por qué, pero eso me prendió. No sé si fue la manera en que me lo dijo, sin duda, como si de verdad mandara. O porque, por fin, me estaba hablando distinto, ya no como niño obediente. Me salió una sonrisa tonta y solo contesté:
—Sí, señor.
Me fui a la cocina con las piernas medio flojas y ahí abrí el refri, dudando qué llevar. Pensé en darle una limonada fría, de esas que hace mamá con agua mineral, y para mí agarré un agua. Puse todo en una charolita, como si fuera la sirvienta del club, y regresé. Yo iba de shorts de licra y top entonces iba un poco provocativa y regresando del gym.
—Aquí está, cariño —bromeé, entregándole el vaso.
Él lo agarró sin mirarme, dándole un trago largo, como si fuera lo más normal del mundo. Eso me gustó más todavía. Yo me senté enseguida, cerquita, sintiendo el calorcito de su brazo al lado mío.
La tele estaba en un partido repetido, creo que de Champions o algo así, pero ni le estaba poniendo atención.
—¿Y a ti desde cuándo te gusta el fútbol? —le pregunté, picándole el hombro.
—Desde siempre —dijo, como si fuera obvio—. Nomás que tú nunca te fijas.
—Ay, sí… —me reí—. Ni que fueras Messi.
—Pues Messi no, pero juego mejor que tú, eso seguro.
Me dio un empujoncito con el hombro y yo me reí más fuerte, nerviosa, escondiendo que lo que realmente quería no era ver tele ni hablar de fútbol.
Me quedé mirándolo de reojo, pensando en que ya no había nadie, que la casa era solo de nosotros dos. Sentí ese vacío de la casa como si fuera una burbuja que nos encerraba. Y en mi cabeza ya estaba claro: hoy iba a ser el día.
Seguimos platicando, él medio bromeando y yo haciéndole la plática, aunque en realidad ni le estaba poniendo mucha atención a la tele. A cada rato soltaba algún comentario como si de verdad estuviera metidísimo en el partido, pero yo sabía que no, que lo hacía nada más por hacerse el distraído.
De repente, sin mirarme, soltó otra orden:
—Ve por más limonada.
Así, seco, sin un “por favor” ni nada. Y no sé por qué, pero me encantó. Me paré rápido, casi como si me hubiera puesto contenta de que me hablara así. Me sentía rara, excitada, como si por fin él hubiera entendido que ya no era el mismo juego de siempre, que algo había cambiado.
Fui a la cocina otra vez, con la sonrisa que no podía quitarme, agarré hielo nuevo y rellené el vaso. El sonido del agua cayendo me hizo pensar en que estaba obedeciendo como si no tuviera opción… y justo eso me gustaba.
Regresé a la sala con la limonada y se la puse en la mesa, frente a él
—Listo, cariño—le dije.
Él agarró el vaso, dio un trago y ni siquiera volteó a verme. Yo me dejé caer otra vez junto a él, cerca, esperando cualquier cosa. Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, sin mirarme, me puso la mano en la pierna. Así, con seguridad, como si lo hubiera hecho toda la vida.
Sentí que la piel se me encendía. No me atreví a moverme ni a respirar fuerte, nada más me quedé ahí, dejando que su mano descansara sobre mi pierna. Después, despacito, empezó a acariciarla, sin despegar los ojos de la pantalla, como si estuviera más concentrado en el partido que en mí. Y eso fue lo que más me volvió loca, como si de verdad yo ya formara parte de la rutina, como si siempre hubiera sido así.
Pasaron unos minutos en silencio, yo mirando el movimiento de su mano subiendo y bajando despacio, él bebiendo su limonada y viendo la tele como si nada. Por dentro yo estaba gritando, pero por fuera parecía tranquila, solo con la sonrisa escondida, disfrutando ese momento que se sentía tan grande y tan secreto a la vez.
Y de repente, cuando menos lo esperaba, él volteó a verme. No fue una mirada rápida, fue de esas miradas que se clavan, con duda, como si quisiera decir algo pero no se atreviera. Yo lo noté enseguida: todavía seguía siendo tímido, por más que intentara esconderlo. Estaba ahí, luchando contra sí mismo, tratando de mostrarse seguro frente a mí, como si quisiera probarse que podía hacerlo.
Me quedé callada, expectante, con el corazón latiéndome tan fuerte que me daba miedo que él lo escuchara. Vi cómo respiró hondo, como si se llenara de valor, y en ese segundo me di cuenta que estaba decidiendo. Y antes de que pudiera moverme, sentí su mano en mi nuca, firme, y me jaló hacia él.
No me dio tiempo de pensar, nada más sentí cómo sus labios cayeron sobre los míos, largos, fuertes, con una seguridad que me sorprendió tanto que me quedé tiesa al inicio. Nunca me había esperado eso de él. Siempre lo había visto más torpe, más reservado, y de pronto estaba ahí, apretándome contra su boca como si supiera perfectamente lo que quería.
Me tardé unos segundos en reaccionar, lo confieso. Era demasiado, todo de golpe. Pero entonces cerré los ojos, solté el aire que tenía atrapado en los pulmones y respondí. Mis labios se movieron con los suyos, primero con cuidado, después más entregados, dejándome llevar por ese beso que no tenía final.
Fue raro y hermoso al mismo tiempo. Él besaba con fuerza, como si temiera que yo me apartara, pero también con esa torpeza nerviosa que me hizo sonreír por dentro. Yo sentí el calor subirme desde el estómago hasta la cara, y me aferré a ese momento como si se me fuera a escapar.
Así nos quedamos, besándonos como si el mundo no existiera, él todavía con la mano en mi nuca, yo dejando que me guiara, probando sus labios, sintiendo que todo lo que había imaginado hasta ahora se quedaba corto comparado con esto.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, yo pegada a él, respondiendo sus besos como si no existiera el mundo. Antonio bajó la mano hasta mi pierna, como si ya no quisiera esconder nada. La movía despacio, seguro de sí mismo, y yo me quedé quieta, no porque no quisiera, sino porque sentía que si lo apartaba sería como ofenderlo. Y no, yo no quería ser grosera con él, quería dejar que siguiera, que sintiera, que se atreviera a ir más allá. Yo ya sabía que ese era su momento, que había llegado, y me dije a mí misma: “es ahora, lo voy a debutar”.
Antonio se separó apenas para hablar, con esa cara entre nerviosa y valiente.
—Reg, yo… —dijo bajito.
Lo interrumpí de inmediato, sin darle espacio a dudar.
—Shhh, no digas nada —le sonreí—. Mejor vamos a hacer otra cosa más rica tú y yo, ¿quieres?
Él abrió mucho los ojos, como si no entendiera del todo. Yo me acerqué más y lo repetí en voz baja, casi como un secreto entre dientes.
—Pero acuérdate de algo, Antonio, esto queda entre tú y yo. Nadie, ¿ok? Nadie más, nadie se puede enterar.
—Sí… sí, te lo juro —contestó rápido, todavía con esa mezcla de miedo y emoción.
—Dímelo otra vez.
—Nadie se va a enterar.
—Una vez más, que me convenzas —insistí mirándolo a los ojos.
Él asintió con fuerza.
—Nadie, Reg, lo prometo.
Cuando ya estuve convencida de que lo entendía, me puse de pie.
—Entonces espérame aquí, y cuando yo te llame, subes a mi cuarto, ¿sale?
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia las escaleras. Sentí de pronto su mano dándome una nalgada juguetona bastante fuerte que me hizo soltar un gemido. Me reí sin voltearme, le mandé un beso de piquito con la mano y le guiñé el ojo antes de subir casi corriendo.
Arriba, mientras cerraba la puerta de mi cuarto, sentí el corazón queriéndose salir del pecho. La cabeza me daba vueltas entre nervios, risa y emoción. Sabía perfectamente lo que estaba por pasar, y también sabía que nada volvería a ser igual después de eso.
Me miré un segundo en el espejo, las mejillas rojas, los ojos brillando. Estaba emocionada, nerviosa y… sí, demasiado excitada, como si mi cuerpo fuera más rápido que mi mente mi vagina muy húmeda lista para recibir la verga de mi primo hasta el fondo.
Me quedé parada en medio del cuarto, escuchando abajo el silencio roto apenas por el murmullo de la tele y sabiendo que Antonio me esperaba. Sonreí sola, mordí mi labio y con manos temblorosas comencé a quitarme la ropa, despacio, sintiendo que en cada prenda que caía al suelo se me iba también un pedazo de miedo.
Me quedé solo en tanga blanca, con el pecho descubierto. Sentí un cosquilleo de nervios en la piel, pero al mismo tiempo una excitación que me quemaba por dentro. Me senté en la orilla de la cama, arqueando la espalda, apoyando los brazos atrás y estirando un poco las piernas, tratando de verme lo más sexy posible. Sí, me estaba esforzando en posar como si fuera la portada de una revista, quería que cuando Antonio entrara se le cayera la timidez junto con la quijada.
Respiré hondo un par de veces, como si con eso pudiera controlar los latidos de mi corazón, pero era inútil: estaba aceleradísima. Con el iPhone en la mano le mandé un mensaje corto: “Ven.”
Me quedé atenta, con el oído agudo. Primero escuché la televisión apagarse en la sala, luego unos segundos de silencio, después el crujido de la escalera con pasos tímidos, como si le pesaran. Sonreí sola. Él estaba nervioso, pero yo estaba peor.
La manija de la puerta giró despacio, como si temiera entrar a un lugar prohibido. La puerta se abrió y ahí estaba Antonio, parado, medio encorvado, con la cara roja y los ojos como platos. Su boca se entreabrió apenas, y por un momento no respiró. Se quedó congelado, viéndome como si hubiera descubierto un secreto que jamás pensó que iba a conocer. Sus cejas se levantaron con sorpresa y al mismo tiempo parecía que no sabía dónde poner las manos, si en los bolsillos, cruzados o pegados al cuerpo. Estaba totalmente desarmado.
Yo lo miré fijamente y le sonreí, invitándolo.
—Acércate, cariño —le dije con un tono suave pero seguro—. Quiero que hoy sea el día en que lo hagas por primera vez. Quiero ser yo quien te enseñe a tener sexo.
Antonio se quedó clavado en la puerta, inmóvil, sin saber qué hacer con tanto de mí a la vista.
—Ven acá —le repetí con voz suave pero firme, moviendo mi dedo en un gesto provocador, como si lo estuviera jalando hacia mí.
Vi cómo sus ojos recorrían mi cuerpo, aunque se detenían en mi pecho desnudo. La forma en que me miraba me calentó todavía más; parecía que quería, pero aún no se atrevía.
Cuando finalmente quedó frente a mí, lo miré directo a los ojos.
—Quiero ser la primera en tu vida —le dije con una sonrisa traviesa —Quiero ser tu primera putita a la que le metas la verga.
Antonio abrió mucho los ojos, sorprendido, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Tenía esa mezcla de duda e ilusión que me parecía deliciosa.
—¿Lo deseas de verdad? —le pregunté, inclinándome un poco hacia él.
Él asintió despacio y luego, casi tartamudeando pero con firmeza, respondió: —Sí… lo quiero.
Yo me reí bajito, disfrutando su inocencia. —Entonces suelta la timidez y déjate llevar —susurré, acercando mis manos a su cintura.
Lo tomé del pantalón y tiré de él hacia mí, lo bastante fuerte como para que quedara aún más pegado. Empecé a desabrocharle la ropa con calma, disfrutando cada segundo de su nerviosismo y de cómo me miraba, como si estuviera descubriendo un mundo nuevo.
Antonio se quedó de pie frente a mí, tan nervioso que parecía que ni respiraba. Yo, en cambio, me sentía dueña de la situación, y eso me encantaba.
—Mírame bien —le dije, levantando la barbilla para que no apartara los ojos de mí—. Así es como se ve tu primera mujer.
Él tragó saliva, sus mejillas rojas, sus ojos clavados en mi pecho como si fueran imanes.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté con una sonrisa.
—S-sí… —balbuceó.
—Dilo bien, con fuerza —lo corregí.
Respiró profundo y me respondió, esta vez con un poco más de seguridad: —Sí… me gusta mucho.
Esa respuesta me encendió todavía más. Alargué la mano y lo tomé del cinturón. Tiré de él, acercándolo, hasta que quedó tan cerca que sentí su respiración acelerada sobre mi cara.
—Quiero ser tu putita hoy —le susurré cerca del oído, lenta, para que cada palabra se le quedara grabada—. Quiero que me recuerdes siempre como la primera que te lo dio todo.
Antonio abrió los ojos con sorpresa, pero en lugar de incomodarse, noté cómo se le escapó una sonrisa nerviosa, como si no pudiera creer que yo le estuviera diciendo eso. Iba a meter su verga en la vagina de su prima y no lo podía creer.
—¿D-de verdad…? —preguntó.
—De verdad —le confirmé, con mi voz más excitante—. Estoy aquí para ti, cariño lindo. Cuando quieras, como quieras. Solo tienes que pedírmelo. cada que quieras cogerme lo puedes hacer porque para eso soy tu puta.
Empecé a desabrocharle el cinturón despacio, disfrutando de cada botón que liberaba, de cada segundo que él se quedaba rígido, sin saber si ayudarme o quedarse quieto.
—Relájate, cariño —le dije, levantando la mirada para verlo directo a los ojos—. Déjame encargarme. Yo te voy a enseñar.
Él asintió torpemente. Apenas podía mover los labios, pero sus ojos lo decían todo: estaba hipnotizado.
Le bajé el pantalón con calma, rozando mis dedos por sus muslos a propósito. Antonio dio un respingo y apretó la mandíbula.
—Así me gusta —susurré—. Quédate quieto, deja que tu putita haga el trabajo sucio.
Noté cómo respiraba cada vez más fuerte, sus manos queriendo moverse pero sin atreverse. Lo miré divertida.
—¿Ves? No muerdo… bueno, no mucho —bromeé, riéndome bajito.
Él soltó una risita nerviosa que me enterneció.
—Reg… —murmuró, con la voz temblorosa.
—Shhh… no pienses, mi amor —lo interrumpí—. Hoy solo tienes que sentir.
Terminé de bajarle el pantalón y lo dejé caer al suelo. Su cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de la intensidad del momento.
Cuando ya lo tenía con el pantalón a medio caer, lo tomé del cuello y lo atraje hacia mí para besarlo. Sentí sus labios tensos al principio, tímidos como siempre, pero yo sabía cómo aflojarlos. Lo besé despacio, luego con más hambre, hasta que finalmente me respondió con un gemido bajito que me hizo sonreír contra su boca.
Mientras lo besaba, mis manos seguían trabajando, despojándolo de la camisa y de lo que quedaba de ropa. Poco a poco lo fui dejando desnudo frente a mí, y con cada prenda que caía al suelo, sus mejillas se ponían más rojas y su respiración más rápida.
—Mírate nada más… —le dije, mordiéndome el labio mientras recorría su cuerpo con la mirada—. Así te quiero: sin nada que esconderme.
Antonio tragó saliva, sus manos temblaban. —Reg… no sé qué hacer —murmuró, con esa mezcla de miedo y deseo que lo hacía tan tierno.
Lo miré a los ojos y acaricié su rostro. —No tienes que hacer nada, mi amor. Yo voy a cuidarte. Yo te guío. Tú solo disfrútalo.
Me incliné otra vez para besarlo con más fuerza, y sentí cómo poco a poco él empezaba a dejar de pensar. Su lengua se movía torpe al principio, pero se soltaba más con cada beso que le robaba.
Cuando ya estuvo completamente desnudo, me deslicé lentamente hacia abajo, poniéndome de rodillas frente a él. Vi cómo se tensaba de golpe, sus ojos se abrieron como platos, y casi retrocede un paso.
—Tranquilo… —susurré con voz suave y traviesa—. No tengas miedo. Confía en mí.
Él me miraba con una mezcla de nervios y de expectativa. Me acerqué más, tomándolo con mis dos manos mientras levantaba la vista hacia él. Tengo que decir que la tiene bastante grande y gruesa le mide como 20 cm se ve muy rica y me excitaba mucho. Hasta la fecha luego me manda fotos de su verga y cuando nos llegamos a ver a veces cogemos y vuelvo a probar su rico pene obviamente me han metido otros más grandes pero el de mi primo está muy rico y lo disfruto mucho. Una foto aquí de la de mi primo. Cabe aclarar que es mayor de edad tiene 19, pero la tiene muy rica y grandota.

—Te quiero mucho, Antonio. No tienes idea de lo importante que eres para mí —le dije, y se lo repetí varias veces, porque quería que lo sintiera de verdad—. Y quiero que seas feliz conmigo, aquí, ahora.
Él respiró profundo, sus labios temblaban. —Reg… esto es… demasiado… —balbuceó.
Yo me reí bajito, encantada con su reacción. —Shhh… no pienses tanto, cariño. Solo siente. Yo estoy aquí para ti.
Abrí mi boca y atrape con mis labios su cabeza, le di una tierna caricia con mis labios y le di un beso en la punta. Lo escuché soltar un suspiro profundo, cerrando los ojos, entregándose un poco más a lo que estaba pasando. Me aferré a esa entrega, a ese instante, y lo disfruté como si fuera un regalo solo para mí. Repetí la caricia con mis labios, para después, mientras que mis labios atraparon de nuevo su cabeza, la dejé ahí, unos instantes dentro de mi boca, acariciando su cabeza con mi lengua y dándole su primera chupada. Cada vez que succionaba su punta, él gemía bajito, como si le diera vergüenza dejarlo salir, y yo tenía que alzarlo del mentón para decirle:
—No te reprimas, cariño. Quiero escucharte. Quiero que me digas lo que sientes.
Él abrió los ojos, me miró con un brillo nuevo y murmuró, casi sin aire: —Reg… me haces sentir increíble… nunca pensé que algo así pudiera pasarme.
Sonreí con ternura y orgullo. —Ese es el punto, mi amor. Para eso estoy aquí: para que tu primera vez sea perfecta, para que nunca la olvides.
Abrí más la boca y me la fui metiendo lentamente hasta que tocara la entrada de mi garganta; me aferré a su cintura, moviendo mi cabeza para que su verga entrara y saliera de mi boca, ahí me di cuenta que mi primo tiene una verga bastante larga y gorda, porque su punta chocaba contra la entrada de mi garganta justo cuando mi nariz se hundía en su piel. mientras seguía chupándosela yo en ocasiones iba levantando la vista para mantener su mirada.


—Yo soy tuya, Antonio. —Le dije en un momento que me la saque de la boca— Tu primera putita. Y tú… tú eres mi hombre esta noche.
Él me acarició el cabello, aún temblando, y finalmente dijo con un hilo de voz: —No quiero que termine nunca.
—Relájate, cariño… —le susurré—. Confía en mí.
Acaricié lentamente sus muslos, sintiendo cómo temblaban bajo mis manos. Estaba ardiendo de nervios y de placer, y eso me ponía más caliente a mí. Me acerqué despacio, besando su piel al rededor de su barra dura y caliente, bajando hacia sus huevos lentamente, dando pequeños besos tiernos y dulces; él soltó un gemido entrecortado que intentó ahogar mordiéndose el labio.
—No te calles —le ordené, con una sonrisa traviesa—. Quiero escucharte. Quiero que me digas lo bien que te hago sentir.
—R-Reg… —balbuceó, apenas capaz de articular palabras cuando mis besos llegaron a la bolsa de sus huevos—. Es… increíble…
Reí bajito, disfrutando de verlo así, tan mío. —Eso quiero oír. Porque yo… —me acerqué más, dejando un beso húmedo en su vientre— …solo quiero hacerte feliz.
Antonio cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás, y sus manos torpes buscaron mi cabello, acariciándome como si tuviera miedo de apretarme demasiado.
—Eres tan dulce… —susurró, con la voz temblorosa.
—¿Dulce? —me burlé un poco, levantando la vista hacia él—. Yo soy tu putita, ¿recuerdas? soy tu puta que esta a tu servicio, estoy solo para darte placer.
Sus ojos se abrieron de golpe, rojos de deseo y nervios, y asintió con fuerza. —Sí… mi putita…
Escucharle decir eso me encendió todavía más.
Seguí jugando con él, llenando de besos su bolsa de huevos, despacio al principio, para despues abrir mi boca y atrapar entre mis labios uno de sus huevos, saboreando su cuerpo, cada reacción suya. Sus caderas se tensaban, su respiración se hacía más rápida, y cada sonido que dejaba escapar era como una confesión.
—Mírame, Antonio —le pedí, levantando apenas la cabeza sin despegar mis labios de sus huevos y jalandole la verga, masturbandolo con una mano—. Quiero que veas cómo lo disfruto yo también.
Él abrió los ojos y me miró con esa mezcla de vergüenza y fascinación. Le sonreí con picardía, manteniendo el contacto visual, mientras continuaba chupando y jugando con mi legua en sus huevos. Su cara se transformaba con cada segundo: de timidez a asombro, de asombro a puro placer.
—No puedo creer que esto esté pasando… —jadeó, casi sin aire.
—Créelo, mi amor. Y grábalo en tu memoria. Porque nunca vas a olvidarlo, ya no sólo te vas a imaginar cogiendome mientras te masturbas con mis tangas ahora me vas a coger y me vas a meter tu verga hasta el fondo. Me vas a hacer tuya amor.
Me separe de sus ricos huevos dándoles un último beso de piquito, tierno, y abrí mi boca mirándolo a los ojos y saque mi lengua pero me detuve antes de meterme de nuevo su hombría en mi boca. Me detuve un instante, solo para provocarlo, y él dejó escapar un gemido desesperado que me hizo reír.
—¿Quieres más cariño? —le pregunté, con voz ronca.
—Sí… por favor… —contestó rápido, sin pensarlo.
—Entonces pídemelo como un hombre —lo desafié, apretándole las caderas con mis manos.
—Quiero que sigas… —dijo primero bajito, luego repitió más fuerte, con decisión—. ¡Quiero que sigas chupandomela, Puta!
—Así me gusta —respondí, complacida—. Suelta esa timidez, déjala morir aquí conmigo.
Y volví a entregarme a él, disfrutando la forma en que su hombría entraba y salía de mi boca y sus gemidos de placer. Seguí chupándome, y tragándome todo el sabor de su carne, disfrutando de cada gemido que dejaba escapar, hasta que decidí detenerme. Me levanté despacio, lamiéndome los labios con picardía, y lo miré desde arriba.
—Ahora viene lo mejor… —le dije, con una sonrisa traviesa.
Me paré frente a él, todavía con la tanga blanca puesta. Lo miré fijo a los ojos mientras llevaba mis manos a los costados y comencé a bajarla lentamente, moviendo las caderas de forma provocadora. Sabía lo que estaba haciendo: lo estaba enloqueciendo más.



Los ojos de Antonio se abrieron como si jamás hubiera visto algo igual. Incapaz de apartar la mirada. Sus mejillas estaban encendidas, y respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando rápido. su hermosa barra de carne se movia sola, ante la impaciencia de estar frente a mi.
—Dios mío, prima… eres increíble… —balbuceó, sin poder contenerlo. Te ves riquísima.
Cuando me quedé completamente desnuda, lo miré con orgullo y me recosté en la cama, abriendo las piernas con seguridad, como si le estuviera mostrando un tesoro.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, acariciando suavemente mi propio cuerpo desde mis senos paraditos y redondos hasta llegar a mi vagina pequeña y estrecha y empecé a meterme los dedos.
—Sí… me encanta —respondió, con los ojos brillantes.
—Dime qué es lo que más te gusta de mí.
Su respiración se entrecortó, pero se animó a responder: —Tus senos… tu cintura… tus piernas… todo, Reg. Todo.
Yo reí, disfrutando de verlo tan entregado. —¿Y aquí? —pregunté señalando mi vagina, con descaro mientras me masturbaba y me llevaba mis dedos a mi boca para seguir metiendolos en mi vagina.
Antonio tragó saliva, sus labios temblaron, pero me miró fijo. —Sí… también… me gusta… mucho.
Ese momento me llenó de satisfacción. Moví un dedo en el aire, haciéndole la misma seña de antes, invitándolo a acercarse.
—Entonces ven. Ven a mí.
Él dio un paso, luego otro, todavía con ese andar torpe de quien no sabe si va a hacerlo bien, pero decidido a intentarlo. Al acercarse metí los dedos que tenía eni vagina ya húmedos por mis juguitos a su boca y el empezó a lamer los y decía que sabía muy rico.
Cuando estuvo lo bastante cerca, le sonreí con dulzura y a la vez con picardía. —Ahora te toca aprender, cariño. Quiero que me des placer a mí. Quiero que uses tu boca, que pruebes cómo se siente saborear a una mujer.
Él abrió los ojos sorprendido, se quedó quieto unos segundos, y me dijo con la voz temblorosa:
—¿En serio quieres que lo haga?
—Claro que sí —le respondí, extendiendo la mano para acariciarle el rostro—. No tengas miedo. Yo te voy a guiar. Quiero que aprendas a hacer feliz a una mujer, empezando conmigo.
Antonio respiró hondo, como si se preparara para un reto enorme. Yo me reí bajito, divertida y excitada a la vez. —Tranquilo, cariño lindo… vas a hacerlo bien. Y yo voy a disfrutar cada segundo y tú también aparte sirve que aprendes para cuando tengas novia.
Él se quedó de pie, dudando, tragando saliva. Me hizo sonreír verlo así, tan nervioso y tan deseoso a la vez. Extendí la mano y lo tomé de la nuca, guiándolo hacia mí.
—No pienses tanto. Hazlo. Confía en lo que yo te diga.
Se inclinó despacio, torpe, y sentí su respiración caliente contra la piel de mis labios vaginales. Se detuvo. —¿Y si no lo hago bien…? —susurró, inseguro.
Le acaricié el cabello con ternura. —Entonces lo corriges hasta que salga perfecto. Para eso estoy aquí, para enseñarte.
Antonio asintió, cerró los ojos y comenzó dandome besos de forma tímida. Yo solté un gemido bajito, exagerando un poco para darle confianza. —Así, muy bien… pero más suave. No tengas prisa. Saborea, usa tu lengua, como si estuvieras aprendiendo un sabor nuevo.
Él obedeció, con delicadeza, y yo me arqueé apenas sobre la cama cuando senti su lengua recorrer en medio de los labios de mi vagina tierna.
—Eso es, así… exacto. Vas entendiendo.
Me miró un instante, como buscando aprobación.
—¿Está bien? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí, cariño… está delicioso. Pero no tengas miedo de presionar un poco más. Una mujer quiere sentir que estás con ganas, no que estás dudando.
—Está bien —dijo, y se animó a continuar con más decisión.
Yo gemí de nuevo, esta vez con sinceridad al sentir su lengua enterrarse entre los labios de mi vagina acariciando la pequeña entrada de mi intimidad y recorriendo hasta llegar a mi clitoris. —¡Eso, carajo! Así me gusta. Suéltate primo. Deja de pensar como un niño tímido y compórtate como un hombre.

Él respiraba fuerte, cada vez más seguro. Movía la cabeza con más ritmo, y yo lo tomaba del cabello, marcando la dirección. —Sí, así, mi amor… justo ahí. No pares.
Antonio se detuvo un segundo y me miró, jadeando. —Eres una puta prima…
Le sonreí, entrelazando mis dedos en su pelo. —¿Ves? Esa es la idea. Quiero que entiendas que dar placer también excita. Que no solo se trata de recibir, sino de hacer feliz a la mujer que tienes enfrente.
Él asintió, con los labios húmedos, y volvió a inclinarse, esta vez con más hambre. Yo gemí más fuerte, sin contenerme cuando senti como atrapaba con sus labios mi clitoris y lo chupaba con desición —¡Sí, cariño, así! Exacto… ahí… no pares…
Me moví un poco, acompañando el ritmo, y sentí que mi cuerpo ardía. Apreté su cabeza contra mí, sin darle escapatoria. —Eso es… ahora ya no eres un niño. Eres mi hombre, ¿me oyes?... eres mi macho, mi dueño. Quiero que me cojas muy duro hasta que grite de tanta verga amor y me dejes adolorida y llena de leche
—Sí… —respondió, la voz sofocada en mi vagina, pero firme, chupando con desición mi clitoris

Me reí, jadeando. —Muy bien, cariño lindo… así me gusta. Aprende a saborear a tu mujer, a escuchar sus gemidos, a leer lo que le gusta. Ese es el secreto.
Él levantó un segundo la mirada, con los ojos encendidos. —¿Te gusta de verdad?
—Me fascina —le dije, con la voz ronca de placer—. Lo estás haciendo perfecto, amor. Mejor de lo que pensé.
Antonio sonrió apenas, orgulloso, y volvió a entregarse, más confiado que nunca. Yo cerré los ojos, dejándome llevar, mientras mis gemidos llenaban la habitación.
Sabía que en ese momento ya había dejado de ser el chico tímido de la sala. Ahora era un hombre aprendiendo a hacerme suya.
Noté cómo su respiración se hizo más profunda, más decidida. Ya no buscaba mi aprobación a cada instante; ahora parecía seguro de sí mismo, dueño de lo que estaba haciendo. Lo sentí en la forma en que se aferró a mis muslos, en cómo ya no dudaba en tomar iniciativa.
—Antonio… —susurré, sorprendida por su transformación.
Él levantó apenas la mirada, con los labios húmedos y una sonrisa traviesa. —Déjame hacerlo a mi manera… confía en mí.
Ese tono… ese gesto. Me estremecí. No era el muchacho nervioso de hace unos minutos. Era un hombre reclamando su espacio, probando que podía complacerme sin que yo lo guiara.
Me arqueé sobre la cama, sintiendo oleadas de placer recorrerme. —¡Dios, sí…! Antonio… no pares…
Él me sostuvo con firmeza, impidiéndome escapar de la intensidad que me regalaba. Sus movimientos tenían ritmo, seguridad, hambre. Cerré los ojos, perdiéndome en la sensación, y me descubrí gimiendo su nombre como nunca antes lo había hecho.
—Así… justo ahí… ¡sí, amor! —jadeé, mordiéndome los labios.
Su voz llegó grave, dominada por una nueva confianza. —Te quiero escuchar más fuerte, primita… putita... Quiero que me lo grites.
Sentí un calor recorrerme de pies a cabeza. Esa orden, dicha con voz firme, me quebró por dentro. —¡Antonio!… ¡mi Antonio!…
Él no se detuvo, al contrario, intensificó cada movimiento como si conociera exactamente mis puntos más sensibles. Mis manos se aferraron a las sábanas, temblando.
Entonces me acordé de que mis papás tenían planeado ir con mis tíos a un tour a unas pirámides que están cerca de la ciudad. Iban a salir desde temprano y regresar súper tarde, quién sabe, tipo once o doce de la noche. Y claro que eso me dio la idea: quedarme sola con Antonio. Todo el día para mí, todo el tiempo de sobra, sin que nadie nos interrumpa y que podamos coger bien y varias veces.
Me reí sola en la calle, porque sentí como si estuviera planeando una travesura enorme, de esas que te pueden salir genial o te pueden arruinar la vida, pero que igual te dan adrenalina nada más de pensarlas. Caminaba con esa sonrisa de cómplice conmigo misma, imaginando su cara cuando se diera cuenta, imaginando cómo se iba a poner de nervioso, porque sí, eso me daba ternura: lo nervioso que se iba a poner y a la vez me calentaba.
—Ya no hay vuelta atrás, Antonio —murmuré bajito, como si hablara con él aunque no estuviera ahí.
Me puse a pensar en las opciones: si lo hago directo, con toda la intención, o si primero lo llevo de a poquito, con jueguitos, como tanteando el terreno. Porque lo conozco, sé que es tímido, y no quiero que se me congele de nervios justo cuando por fin estemos solos.
Mientras más caminaba, más segura me sentía. Era como si el universo me estuviera poniendo todo en charola de plata: el día, el tiempo libre, la excusa perfecta. Solo quedaba decidir el cómo. Y ahí sí, uff, esa parte me daba mariposas en la panza, porque una cosa es planearlo y otra ya estar ahí.
La verdad todo pasó bastante normal antes de que nos quedáramos solos. Llegué a la casa y todavía estaban mis papás y mis tíos con toda la energía del día, hablando, riendo, contando cosas. Yo trataba de actuar natural, aunque por dentro sentía como si tuviera una bomba de tiempo en el estómago. Comimos todos juntos, una comida medio rápida, con esas charlas de adultos que a mí ya me tienen medio aburrida porque siempre terminan hablando de negocios o de recuerdos que ni me interesan.
Después de comer pasaron un par de horas mientras se alistaban para salir al paseo ese de las pirámides. Ya sabes cómo son los adultos, que si el sombrero, que si la cámara, que si las botellas de agua, que si el bloqueador, que si el cargador del celular… parecía que iban a irse de expedición al fin del mundo, cuando en realidad las pirámides están a un rato en coche. Yo nomás los veía ir y venir, y mi plan en la cabeza cada vez sonaba más perfecto.
Ahí fue cuando le dije a Antonio que mejor nos quedáramos en casa, que ya estábamos cansados de tanta diversión del día y que mejor descansáramos. Él me miró raro, como sin entender bien si hablaba en serio o si era broma, pero yo insistí. Y al final mis papás y mis tíos aceptaron, sin sospechar nada, porque claro, para ellos era lo más lógico: dos adolescentes medio cansados, queriendo quedarse tirados a ver la tele o dormir, nada raro.
Así que ahí quedó: ellos se fueron y nosotros nos quedamos. Yo me metí en mi cuarto, con la excusa de descansar un rato, y Antonio se quedó en la sala viendo la tele. Todo normal, todo en orden. Pero para mí, por dentro, nada estaba normal.
Me quedé acostada en la cama, mirando el techo, escuchando todo. Y entonces pasó lo que estaba esperando: el rugido de la camioneta de lujo de mi padrastro, arrancando en la cochera, el portón abriéndose y cerrándose, el motor alejándose por la calle. Ese sonido fue como la señal oficial de que el plan estaba en marcha, como si alguien hubiera bajado la bandera de salida en una carrera.
Y ahí estaba yo, acostada boca arriba, con las manos frías, el corazón acelerado, la mente repitiéndose “ya está, ya se fueron, ahora sí”. Sentía una mezcla rarísima de nervios y emoción. Era como cuando vas a hacer algo que sabes que te va a cambiar un poquito la vida, aunque sea solo por el recuerdo.
Me quedé mirando el techo, como si en las grietas de la pintura pudiera encontrar respuestas, tratando de calmarme, de ordenar mis ideas, pero no podía. Tenía las manos inquietas, las piernas tensas, y cada sonido de la casa —el ventilador, la tele en la sala, hasta un perro ladrando afuera— me parecía más fuerte de lo normal.
—Ya está, no hay vuelta atrás… —me susurré a mí misma, como si necesitara convencerme de lo que yo misma había planeado.
Bajé despacito las escaleras, contando los escalones como si fueran segundos, porque todavía me temblaban las manos. Tenía el pretexto perfecto: ir por agua. Aunque en realidad solo quería ver si Antonio seguía ahí, en la sala, tranquilo, como si nada pasara, mientras yo sentía que me iba a explotar el corazón.
Ahí estaba, tirado en el sillón como rey, con la tele encendida y el control en la mano. Apenas me vio, me soltó, con esa seguridad que yo misma le había enseñado:
—Tráeme algo refrescante… y siéntate conmigo.
No sé por qué, pero eso me prendió. No sé si fue la manera en que me lo dijo, sin duda, como si de verdad mandara. O porque, por fin, me estaba hablando distinto, ya no como niño obediente. Me salió una sonrisa tonta y solo contesté:
—Sí, señor.
Me fui a la cocina con las piernas medio flojas y ahí abrí el refri, dudando qué llevar. Pensé en darle una limonada fría, de esas que hace mamá con agua mineral, y para mí agarré un agua. Puse todo en una charolita, como si fuera la sirvienta del club, y regresé. Yo iba de shorts de licra y top entonces iba un poco provocativa y regresando del gym.
—Aquí está, cariño —bromeé, entregándole el vaso.
Él lo agarró sin mirarme, dándole un trago largo, como si fuera lo más normal del mundo. Eso me gustó más todavía. Yo me senté enseguida, cerquita, sintiendo el calorcito de su brazo al lado mío.
La tele estaba en un partido repetido, creo que de Champions o algo así, pero ni le estaba poniendo atención.
—¿Y a ti desde cuándo te gusta el fútbol? —le pregunté, picándole el hombro.
—Desde siempre —dijo, como si fuera obvio—. Nomás que tú nunca te fijas.
—Ay, sí… —me reí—. Ni que fueras Messi.
—Pues Messi no, pero juego mejor que tú, eso seguro.
Me dio un empujoncito con el hombro y yo me reí más fuerte, nerviosa, escondiendo que lo que realmente quería no era ver tele ni hablar de fútbol.
Me quedé mirándolo de reojo, pensando en que ya no había nadie, que la casa era solo de nosotros dos. Sentí ese vacío de la casa como si fuera una burbuja que nos encerraba. Y en mi cabeza ya estaba claro: hoy iba a ser el día.
Seguimos platicando, él medio bromeando y yo haciéndole la plática, aunque en realidad ni le estaba poniendo mucha atención a la tele. A cada rato soltaba algún comentario como si de verdad estuviera metidísimo en el partido, pero yo sabía que no, que lo hacía nada más por hacerse el distraído.
De repente, sin mirarme, soltó otra orden:
—Ve por más limonada.
Así, seco, sin un “por favor” ni nada. Y no sé por qué, pero me encantó. Me paré rápido, casi como si me hubiera puesto contenta de que me hablara así. Me sentía rara, excitada, como si por fin él hubiera entendido que ya no era el mismo juego de siempre, que algo había cambiado.
Fui a la cocina otra vez, con la sonrisa que no podía quitarme, agarré hielo nuevo y rellené el vaso. El sonido del agua cayendo me hizo pensar en que estaba obedeciendo como si no tuviera opción… y justo eso me gustaba.
Regresé a la sala con la limonada y se la puse en la mesa, frente a él
—Listo, cariño—le dije.
Él agarró el vaso, dio un trago y ni siquiera volteó a verme. Yo me dejé caer otra vez junto a él, cerca, esperando cualquier cosa. Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, sin mirarme, me puso la mano en la pierna. Así, con seguridad, como si lo hubiera hecho toda la vida.
Sentí que la piel se me encendía. No me atreví a moverme ni a respirar fuerte, nada más me quedé ahí, dejando que su mano descansara sobre mi pierna. Después, despacito, empezó a acariciarla, sin despegar los ojos de la pantalla, como si estuviera más concentrado en el partido que en mí. Y eso fue lo que más me volvió loca, como si de verdad yo ya formara parte de la rutina, como si siempre hubiera sido así.
Pasaron unos minutos en silencio, yo mirando el movimiento de su mano subiendo y bajando despacio, él bebiendo su limonada y viendo la tele como si nada. Por dentro yo estaba gritando, pero por fuera parecía tranquila, solo con la sonrisa escondida, disfrutando ese momento que se sentía tan grande y tan secreto a la vez.
Y de repente, cuando menos lo esperaba, él volteó a verme. No fue una mirada rápida, fue de esas miradas que se clavan, con duda, como si quisiera decir algo pero no se atreviera. Yo lo noté enseguida: todavía seguía siendo tímido, por más que intentara esconderlo. Estaba ahí, luchando contra sí mismo, tratando de mostrarse seguro frente a mí, como si quisiera probarse que podía hacerlo.
Me quedé callada, expectante, con el corazón latiéndome tan fuerte que me daba miedo que él lo escuchara. Vi cómo respiró hondo, como si se llenara de valor, y en ese segundo me di cuenta que estaba decidiendo. Y antes de que pudiera moverme, sentí su mano en mi nuca, firme, y me jaló hacia él.
No me dio tiempo de pensar, nada más sentí cómo sus labios cayeron sobre los míos, largos, fuertes, con una seguridad que me sorprendió tanto que me quedé tiesa al inicio. Nunca me había esperado eso de él. Siempre lo había visto más torpe, más reservado, y de pronto estaba ahí, apretándome contra su boca como si supiera perfectamente lo que quería.
Me tardé unos segundos en reaccionar, lo confieso. Era demasiado, todo de golpe. Pero entonces cerré los ojos, solté el aire que tenía atrapado en los pulmones y respondí. Mis labios se movieron con los suyos, primero con cuidado, después más entregados, dejándome llevar por ese beso que no tenía final.
Fue raro y hermoso al mismo tiempo. Él besaba con fuerza, como si temiera que yo me apartara, pero también con esa torpeza nerviosa que me hizo sonreír por dentro. Yo sentí el calor subirme desde el estómago hasta la cara, y me aferré a ese momento como si se me fuera a escapar.
Así nos quedamos, besándonos como si el mundo no existiera, él todavía con la mano en mi nuca, yo dejando que me guiara, probando sus labios, sintiendo que todo lo que había imaginado hasta ahora se quedaba corto comparado con esto.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, yo pegada a él, respondiendo sus besos como si no existiera el mundo. Antonio bajó la mano hasta mi pierna, como si ya no quisiera esconder nada. La movía despacio, seguro de sí mismo, y yo me quedé quieta, no porque no quisiera, sino porque sentía que si lo apartaba sería como ofenderlo. Y no, yo no quería ser grosera con él, quería dejar que siguiera, que sintiera, que se atreviera a ir más allá. Yo ya sabía que ese era su momento, que había llegado, y me dije a mí misma: “es ahora, lo voy a debutar”.
Antonio se separó apenas para hablar, con esa cara entre nerviosa y valiente.
—Reg, yo… —dijo bajito.
Lo interrumpí de inmediato, sin darle espacio a dudar.
—Shhh, no digas nada —le sonreí—. Mejor vamos a hacer otra cosa más rica tú y yo, ¿quieres?
Él abrió mucho los ojos, como si no entendiera del todo. Yo me acerqué más y lo repetí en voz baja, casi como un secreto entre dientes.
—Pero acuérdate de algo, Antonio, esto queda entre tú y yo. Nadie, ¿ok? Nadie más, nadie se puede enterar.
—Sí… sí, te lo juro —contestó rápido, todavía con esa mezcla de miedo y emoción.
—Dímelo otra vez.
—Nadie se va a enterar.
—Una vez más, que me convenzas —insistí mirándolo a los ojos.
Él asintió con fuerza.
—Nadie, Reg, lo prometo.
Cuando ya estuve convencida de que lo entendía, me puse de pie.
—Entonces espérame aquí, y cuando yo te llame, subes a mi cuarto, ¿sale?
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia las escaleras. Sentí de pronto su mano dándome una nalgada juguetona bastante fuerte que me hizo soltar un gemido. Me reí sin voltearme, le mandé un beso de piquito con la mano y le guiñé el ojo antes de subir casi corriendo.
Arriba, mientras cerraba la puerta de mi cuarto, sentí el corazón queriéndose salir del pecho. La cabeza me daba vueltas entre nervios, risa y emoción. Sabía perfectamente lo que estaba por pasar, y también sabía que nada volvería a ser igual después de eso.
Me miré un segundo en el espejo, las mejillas rojas, los ojos brillando. Estaba emocionada, nerviosa y… sí, demasiado excitada, como si mi cuerpo fuera más rápido que mi mente mi vagina muy húmeda lista para recibir la verga de mi primo hasta el fondo.
Me quedé parada en medio del cuarto, escuchando abajo el silencio roto apenas por el murmullo de la tele y sabiendo que Antonio me esperaba. Sonreí sola, mordí mi labio y con manos temblorosas comencé a quitarme la ropa, despacio, sintiendo que en cada prenda que caía al suelo se me iba también un pedazo de miedo.
Me quedé solo en tanga blanca, con el pecho descubierto. Sentí un cosquilleo de nervios en la piel, pero al mismo tiempo una excitación que me quemaba por dentro. Me senté en la orilla de la cama, arqueando la espalda, apoyando los brazos atrás y estirando un poco las piernas, tratando de verme lo más sexy posible. Sí, me estaba esforzando en posar como si fuera la portada de una revista, quería que cuando Antonio entrara se le cayera la timidez junto con la quijada.
Respiré hondo un par de veces, como si con eso pudiera controlar los latidos de mi corazón, pero era inútil: estaba aceleradísima. Con el iPhone en la mano le mandé un mensaje corto: “Ven.”
Me quedé atenta, con el oído agudo. Primero escuché la televisión apagarse en la sala, luego unos segundos de silencio, después el crujido de la escalera con pasos tímidos, como si le pesaran. Sonreí sola. Él estaba nervioso, pero yo estaba peor.
La manija de la puerta giró despacio, como si temiera entrar a un lugar prohibido. La puerta se abrió y ahí estaba Antonio, parado, medio encorvado, con la cara roja y los ojos como platos. Su boca se entreabrió apenas, y por un momento no respiró. Se quedó congelado, viéndome como si hubiera descubierto un secreto que jamás pensó que iba a conocer. Sus cejas se levantaron con sorpresa y al mismo tiempo parecía que no sabía dónde poner las manos, si en los bolsillos, cruzados o pegados al cuerpo. Estaba totalmente desarmado.
Yo lo miré fijamente y le sonreí, invitándolo.
—Acércate, cariño —le dije con un tono suave pero seguro—. Quiero que hoy sea el día en que lo hagas por primera vez. Quiero ser yo quien te enseñe a tener sexo.
Antonio se quedó clavado en la puerta, inmóvil, sin saber qué hacer con tanto de mí a la vista.
—Ven acá —le repetí con voz suave pero firme, moviendo mi dedo en un gesto provocador, como si lo estuviera jalando hacia mí.
Vi cómo sus ojos recorrían mi cuerpo, aunque se detenían en mi pecho desnudo. La forma en que me miraba me calentó todavía más; parecía que quería, pero aún no se atrevía.
Cuando finalmente quedó frente a mí, lo miré directo a los ojos.
—Quiero ser la primera en tu vida —le dije con una sonrisa traviesa —Quiero ser tu primera putita a la que le metas la verga.
Antonio abrió mucho los ojos, sorprendido, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Tenía esa mezcla de duda e ilusión que me parecía deliciosa.
—¿Lo deseas de verdad? —le pregunté, inclinándome un poco hacia él.
Él asintió despacio y luego, casi tartamudeando pero con firmeza, respondió: —Sí… lo quiero.
Yo me reí bajito, disfrutando su inocencia. —Entonces suelta la timidez y déjate llevar —susurré, acercando mis manos a su cintura.
Lo tomé del pantalón y tiré de él hacia mí, lo bastante fuerte como para que quedara aún más pegado. Empecé a desabrocharle la ropa con calma, disfrutando cada segundo de su nerviosismo y de cómo me miraba, como si estuviera descubriendo un mundo nuevo.
Antonio se quedó de pie frente a mí, tan nervioso que parecía que ni respiraba. Yo, en cambio, me sentía dueña de la situación, y eso me encantaba.
—Mírame bien —le dije, levantando la barbilla para que no apartara los ojos de mí—. Así es como se ve tu primera mujer.
Él tragó saliva, sus mejillas rojas, sus ojos clavados en mi pecho como si fueran imanes.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté con una sonrisa.
—S-sí… —balbuceó.
—Dilo bien, con fuerza —lo corregí.
Respiró profundo y me respondió, esta vez con un poco más de seguridad: —Sí… me gusta mucho.
Esa respuesta me encendió todavía más. Alargué la mano y lo tomé del cinturón. Tiré de él, acercándolo, hasta que quedó tan cerca que sentí su respiración acelerada sobre mi cara.
—Quiero ser tu putita hoy —le susurré cerca del oído, lenta, para que cada palabra se le quedara grabada—. Quiero que me recuerdes siempre como la primera que te lo dio todo.
Antonio abrió los ojos con sorpresa, pero en lugar de incomodarse, noté cómo se le escapó una sonrisa nerviosa, como si no pudiera creer que yo le estuviera diciendo eso. Iba a meter su verga en la vagina de su prima y no lo podía creer.
—¿D-de verdad…? —preguntó.
—De verdad —le confirmé, con mi voz más excitante—. Estoy aquí para ti, cariño lindo. Cuando quieras, como quieras. Solo tienes que pedírmelo. cada que quieras cogerme lo puedes hacer porque para eso soy tu puta.
Empecé a desabrocharle el cinturón despacio, disfrutando de cada botón que liberaba, de cada segundo que él se quedaba rígido, sin saber si ayudarme o quedarse quieto.
—Relájate, cariño —le dije, levantando la mirada para verlo directo a los ojos—. Déjame encargarme. Yo te voy a enseñar.
Él asintió torpemente. Apenas podía mover los labios, pero sus ojos lo decían todo: estaba hipnotizado.
Le bajé el pantalón con calma, rozando mis dedos por sus muslos a propósito. Antonio dio un respingo y apretó la mandíbula.
—Así me gusta —susurré—. Quédate quieto, deja que tu putita haga el trabajo sucio.
Noté cómo respiraba cada vez más fuerte, sus manos queriendo moverse pero sin atreverse. Lo miré divertida.
—¿Ves? No muerdo… bueno, no mucho —bromeé, riéndome bajito.
Él soltó una risita nerviosa que me enterneció.
—Reg… —murmuró, con la voz temblorosa.
—Shhh… no pienses, mi amor —lo interrumpí—. Hoy solo tienes que sentir.
Terminé de bajarle el pantalón y lo dejé caer al suelo. Su cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de la intensidad del momento.
Cuando ya lo tenía con el pantalón a medio caer, lo tomé del cuello y lo atraje hacia mí para besarlo. Sentí sus labios tensos al principio, tímidos como siempre, pero yo sabía cómo aflojarlos. Lo besé despacio, luego con más hambre, hasta que finalmente me respondió con un gemido bajito que me hizo sonreír contra su boca.
Mientras lo besaba, mis manos seguían trabajando, despojándolo de la camisa y de lo que quedaba de ropa. Poco a poco lo fui dejando desnudo frente a mí, y con cada prenda que caía al suelo, sus mejillas se ponían más rojas y su respiración más rápida.
—Mírate nada más… —le dije, mordiéndome el labio mientras recorría su cuerpo con la mirada—. Así te quiero: sin nada que esconderme.
Antonio tragó saliva, sus manos temblaban. —Reg… no sé qué hacer —murmuró, con esa mezcla de miedo y deseo que lo hacía tan tierno.
Lo miré a los ojos y acaricié su rostro. —No tienes que hacer nada, mi amor. Yo voy a cuidarte. Yo te guío. Tú solo disfrútalo.
Me incliné otra vez para besarlo con más fuerza, y sentí cómo poco a poco él empezaba a dejar de pensar. Su lengua se movía torpe al principio, pero se soltaba más con cada beso que le robaba.
Cuando ya estuvo completamente desnudo, me deslicé lentamente hacia abajo, poniéndome de rodillas frente a él. Vi cómo se tensaba de golpe, sus ojos se abrieron como platos, y casi retrocede un paso.
—Tranquilo… —susurré con voz suave y traviesa—. No tengas miedo. Confía en mí.
Él me miraba con una mezcla de nervios y de expectativa. Me acerqué más, tomándolo con mis dos manos mientras levantaba la vista hacia él. Tengo que decir que la tiene bastante grande y gruesa le mide como 20 cm se ve muy rica y me excitaba mucho. Hasta la fecha luego me manda fotos de su verga y cuando nos llegamos a ver a veces cogemos y vuelvo a probar su rico pene obviamente me han metido otros más grandes pero el de mi primo está muy rico y lo disfruto mucho. Una foto aquí de la de mi primo. Cabe aclarar que es mayor de edad tiene 19, pero la tiene muy rica y grandota.

—Te quiero mucho, Antonio. No tienes idea de lo importante que eres para mí —le dije, y se lo repetí varias veces, porque quería que lo sintiera de verdad—. Y quiero que seas feliz conmigo, aquí, ahora.
Él respiró profundo, sus labios temblaban. —Reg… esto es… demasiado… —balbuceó.
Yo me reí bajito, encantada con su reacción. —Shhh… no pienses tanto, cariño. Solo siente. Yo estoy aquí para ti.
Abrí mi boca y atrape con mis labios su cabeza, le di una tierna caricia con mis labios y le di un beso en la punta. Lo escuché soltar un suspiro profundo, cerrando los ojos, entregándose un poco más a lo que estaba pasando. Me aferré a esa entrega, a ese instante, y lo disfruté como si fuera un regalo solo para mí. Repetí la caricia con mis labios, para después, mientras que mis labios atraparon de nuevo su cabeza, la dejé ahí, unos instantes dentro de mi boca, acariciando su cabeza con mi lengua y dándole su primera chupada. Cada vez que succionaba su punta, él gemía bajito, como si le diera vergüenza dejarlo salir, y yo tenía que alzarlo del mentón para decirle:
—No te reprimas, cariño. Quiero escucharte. Quiero que me digas lo que sientes.
Él abrió los ojos, me miró con un brillo nuevo y murmuró, casi sin aire: —Reg… me haces sentir increíble… nunca pensé que algo así pudiera pasarme.
Sonreí con ternura y orgullo. —Ese es el punto, mi amor. Para eso estoy aquí: para que tu primera vez sea perfecta, para que nunca la olvides.
Abrí más la boca y me la fui metiendo lentamente hasta que tocara la entrada de mi garganta; me aferré a su cintura, moviendo mi cabeza para que su verga entrara y saliera de mi boca, ahí me di cuenta que mi primo tiene una verga bastante larga y gorda, porque su punta chocaba contra la entrada de mi garganta justo cuando mi nariz se hundía en su piel. mientras seguía chupándosela yo en ocasiones iba levantando la vista para mantener su mirada.


—Yo soy tuya, Antonio. —Le dije en un momento que me la saque de la boca— Tu primera putita. Y tú… tú eres mi hombre esta noche.
Él me acarició el cabello, aún temblando, y finalmente dijo con un hilo de voz: —No quiero que termine nunca.
—Relájate, cariño… —le susurré—. Confía en mí.
Acaricié lentamente sus muslos, sintiendo cómo temblaban bajo mis manos. Estaba ardiendo de nervios y de placer, y eso me ponía más caliente a mí. Me acerqué despacio, besando su piel al rededor de su barra dura y caliente, bajando hacia sus huevos lentamente, dando pequeños besos tiernos y dulces; él soltó un gemido entrecortado que intentó ahogar mordiéndose el labio.
—No te calles —le ordené, con una sonrisa traviesa—. Quiero escucharte. Quiero que me digas lo bien que te hago sentir.
—R-Reg… —balbuceó, apenas capaz de articular palabras cuando mis besos llegaron a la bolsa de sus huevos—. Es… increíble…
Reí bajito, disfrutando de verlo así, tan mío. —Eso quiero oír. Porque yo… —me acerqué más, dejando un beso húmedo en su vientre— …solo quiero hacerte feliz.
Antonio cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás, y sus manos torpes buscaron mi cabello, acariciándome como si tuviera miedo de apretarme demasiado.
—Eres tan dulce… —susurró, con la voz temblorosa.
—¿Dulce? —me burlé un poco, levantando la vista hacia él—. Yo soy tu putita, ¿recuerdas? soy tu puta que esta a tu servicio, estoy solo para darte placer.
Sus ojos se abrieron de golpe, rojos de deseo y nervios, y asintió con fuerza. —Sí… mi putita…
Escucharle decir eso me encendió todavía más.
Seguí jugando con él, llenando de besos su bolsa de huevos, despacio al principio, para despues abrir mi boca y atrapar entre mis labios uno de sus huevos, saboreando su cuerpo, cada reacción suya. Sus caderas se tensaban, su respiración se hacía más rápida, y cada sonido que dejaba escapar era como una confesión.
—Mírame, Antonio —le pedí, levantando apenas la cabeza sin despegar mis labios de sus huevos y jalandole la verga, masturbandolo con una mano—. Quiero que veas cómo lo disfruto yo también.
Él abrió los ojos y me miró con esa mezcla de vergüenza y fascinación. Le sonreí con picardía, manteniendo el contacto visual, mientras continuaba chupando y jugando con mi legua en sus huevos. Su cara se transformaba con cada segundo: de timidez a asombro, de asombro a puro placer.
—No puedo creer que esto esté pasando… —jadeó, casi sin aire.
—Créelo, mi amor. Y grábalo en tu memoria. Porque nunca vas a olvidarlo, ya no sólo te vas a imaginar cogiendome mientras te masturbas con mis tangas ahora me vas a coger y me vas a meter tu verga hasta el fondo. Me vas a hacer tuya amor.
Me separe de sus ricos huevos dándoles un último beso de piquito, tierno, y abrí mi boca mirándolo a los ojos y saque mi lengua pero me detuve antes de meterme de nuevo su hombría en mi boca. Me detuve un instante, solo para provocarlo, y él dejó escapar un gemido desesperado que me hizo reír.
—¿Quieres más cariño? —le pregunté, con voz ronca.
—Sí… por favor… —contestó rápido, sin pensarlo.
—Entonces pídemelo como un hombre —lo desafié, apretándole las caderas con mis manos.
—Quiero que sigas… —dijo primero bajito, luego repitió más fuerte, con decisión—. ¡Quiero que sigas chupandomela, Puta!
—Así me gusta —respondí, complacida—. Suelta esa timidez, déjala morir aquí conmigo.
Y volví a entregarme a él, disfrutando la forma en que su hombría entraba y salía de mi boca y sus gemidos de placer. Seguí chupándome, y tragándome todo el sabor de su carne, disfrutando de cada gemido que dejaba escapar, hasta que decidí detenerme. Me levanté despacio, lamiéndome los labios con picardía, y lo miré desde arriba.
—Ahora viene lo mejor… —le dije, con una sonrisa traviesa.
Me paré frente a él, todavía con la tanga blanca puesta. Lo miré fijo a los ojos mientras llevaba mis manos a los costados y comencé a bajarla lentamente, moviendo las caderas de forma provocadora. Sabía lo que estaba haciendo: lo estaba enloqueciendo más.



Los ojos de Antonio se abrieron como si jamás hubiera visto algo igual. Incapaz de apartar la mirada. Sus mejillas estaban encendidas, y respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando rápido. su hermosa barra de carne se movia sola, ante la impaciencia de estar frente a mi.
—Dios mío, prima… eres increíble… —balbuceó, sin poder contenerlo. Te ves riquísima.
Cuando me quedé completamente desnuda, lo miré con orgullo y me recosté en la cama, abriendo las piernas con seguridad, como si le estuviera mostrando un tesoro.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, acariciando suavemente mi propio cuerpo desde mis senos paraditos y redondos hasta llegar a mi vagina pequeña y estrecha y empecé a meterme los dedos.
—Sí… me encanta —respondió, con los ojos brillantes.
—Dime qué es lo que más te gusta de mí.
Su respiración se entrecortó, pero se animó a responder: —Tus senos… tu cintura… tus piernas… todo, Reg. Todo.
Yo reí, disfrutando de verlo tan entregado. —¿Y aquí? —pregunté señalando mi vagina, con descaro mientras me masturbaba y me llevaba mis dedos a mi boca para seguir metiendolos en mi vagina.
Antonio tragó saliva, sus labios temblaron, pero me miró fijo. —Sí… también… me gusta… mucho.
Ese momento me llenó de satisfacción. Moví un dedo en el aire, haciéndole la misma seña de antes, invitándolo a acercarse.
—Entonces ven. Ven a mí.
Él dio un paso, luego otro, todavía con ese andar torpe de quien no sabe si va a hacerlo bien, pero decidido a intentarlo. Al acercarse metí los dedos que tenía eni vagina ya húmedos por mis juguitos a su boca y el empezó a lamer los y decía que sabía muy rico.
Cuando estuvo lo bastante cerca, le sonreí con dulzura y a la vez con picardía. —Ahora te toca aprender, cariño. Quiero que me des placer a mí. Quiero que uses tu boca, que pruebes cómo se siente saborear a una mujer.
Él abrió los ojos sorprendido, se quedó quieto unos segundos, y me dijo con la voz temblorosa:
—¿En serio quieres que lo haga?
—Claro que sí —le respondí, extendiendo la mano para acariciarle el rostro—. No tengas miedo. Yo te voy a guiar. Quiero que aprendas a hacer feliz a una mujer, empezando conmigo.
Antonio respiró hondo, como si se preparara para un reto enorme. Yo me reí bajito, divertida y excitada a la vez. —Tranquilo, cariño lindo… vas a hacerlo bien. Y yo voy a disfrutar cada segundo y tú también aparte sirve que aprendes para cuando tengas novia.
Él se quedó de pie, dudando, tragando saliva. Me hizo sonreír verlo así, tan nervioso y tan deseoso a la vez. Extendí la mano y lo tomé de la nuca, guiándolo hacia mí.
—No pienses tanto. Hazlo. Confía en lo que yo te diga.
Se inclinó despacio, torpe, y sentí su respiración caliente contra la piel de mis labios vaginales. Se detuvo. —¿Y si no lo hago bien…? —susurró, inseguro.
Le acaricié el cabello con ternura. —Entonces lo corriges hasta que salga perfecto. Para eso estoy aquí, para enseñarte.
Antonio asintió, cerró los ojos y comenzó dandome besos de forma tímida. Yo solté un gemido bajito, exagerando un poco para darle confianza. —Así, muy bien… pero más suave. No tengas prisa. Saborea, usa tu lengua, como si estuvieras aprendiendo un sabor nuevo.
Él obedeció, con delicadeza, y yo me arqueé apenas sobre la cama cuando senti su lengua recorrer en medio de los labios de mi vagina tierna.
—Eso es, así… exacto. Vas entendiendo.
Me miró un instante, como buscando aprobación.
—¿Está bien? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí, cariño… está delicioso. Pero no tengas miedo de presionar un poco más. Una mujer quiere sentir que estás con ganas, no que estás dudando.
—Está bien —dijo, y se animó a continuar con más decisión.
Yo gemí de nuevo, esta vez con sinceridad al sentir su lengua enterrarse entre los labios de mi vagina acariciando la pequeña entrada de mi intimidad y recorriendo hasta llegar a mi clitoris. —¡Eso, carajo! Así me gusta. Suéltate primo. Deja de pensar como un niño tímido y compórtate como un hombre.

Él respiraba fuerte, cada vez más seguro. Movía la cabeza con más ritmo, y yo lo tomaba del cabello, marcando la dirección. —Sí, así, mi amor… justo ahí. No pares.
Antonio se detuvo un segundo y me miró, jadeando. —Eres una puta prima…
Le sonreí, entrelazando mis dedos en su pelo. —¿Ves? Esa es la idea. Quiero que entiendas que dar placer también excita. Que no solo se trata de recibir, sino de hacer feliz a la mujer que tienes enfrente.
Él asintió, con los labios húmedos, y volvió a inclinarse, esta vez con más hambre. Yo gemí más fuerte, sin contenerme cuando senti como atrapaba con sus labios mi clitoris y lo chupaba con desición —¡Sí, cariño, así! Exacto… ahí… no pares…
Me moví un poco, acompañando el ritmo, y sentí que mi cuerpo ardía. Apreté su cabeza contra mí, sin darle escapatoria. —Eso es… ahora ya no eres un niño. Eres mi hombre, ¿me oyes?... eres mi macho, mi dueño. Quiero que me cojas muy duro hasta que grite de tanta verga amor y me dejes adolorida y llena de leche
—Sí… —respondió, la voz sofocada en mi vagina, pero firme, chupando con desición mi clitoris

Me reí, jadeando. —Muy bien, cariño lindo… así me gusta. Aprende a saborear a tu mujer, a escuchar sus gemidos, a leer lo que le gusta. Ese es el secreto.
Él levantó un segundo la mirada, con los ojos encendidos. —¿Te gusta de verdad?
—Me fascina —le dije, con la voz ronca de placer—. Lo estás haciendo perfecto, amor. Mejor de lo que pensé.
Antonio sonrió apenas, orgulloso, y volvió a entregarse, más confiado que nunca. Yo cerré los ojos, dejándome llevar, mientras mis gemidos llenaban la habitación.
Sabía que en ese momento ya había dejado de ser el chico tímido de la sala. Ahora era un hombre aprendiendo a hacerme suya.
Noté cómo su respiración se hizo más profunda, más decidida. Ya no buscaba mi aprobación a cada instante; ahora parecía seguro de sí mismo, dueño de lo que estaba haciendo. Lo sentí en la forma en que se aferró a mis muslos, en cómo ya no dudaba en tomar iniciativa.
—Antonio… —susurré, sorprendida por su transformación.
Él levantó apenas la mirada, con los labios húmedos y una sonrisa traviesa. —Déjame hacerlo a mi manera… confía en mí.
Ese tono… ese gesto. Me estremecí. No era el muchacho nervioso de hace unos minutos. Era un hombre reclamando su espacio, probando que podía complacerme sin que yo lo guiara.
Me arqueé sobre la cama, sintiendo oleadas de placer recorrerme. —¡Dios, sí…! Antonio… no pares…
Él me sostuvo con firmeza, impidiéndome escapar de la intensidad que me regalaba. Sus movimientos tenían ritmo, seguridad, hambre. Cerré los ojos, perdiéndome en la sensación, y me descubrí gimiendo su nombre como nunca antes lo había hecho.
—Así… justo ahí… ¡sí, amor! —jadeé, mordiéndome los labios.
Su voz llegó grave, dominada por una nueva confianza. —Te quiero escuchar más fuerte, primita… putita... Quiero que me lo grites.
Sentí un calor recorrerme de pies a cabeza. Esa orden, dicha con voz firme, me quebró por dentro. —¡Antonio!… ¡mi Antonio!…
Él no se detuvo, al contrario, intensificó cada movimiento como si conociera exactamente mis puntos más sensibles. Mis manos se aferraron a las sábanas, temblando.
0 comentarios - Siendo la mujer de mi primo 2