Tras lo ocurrido aquella noche, hubo un cambio drástico en la casa que se hacía notar en cada rincón. Elena se había vuelto mucho más intensa. Se arreglaba con un esmero meticuloso para ir a la oficina, y un brillo felino y hambriento iluminaba sus ojos cada mañana antes de salir. Al regresar, todo entre nosotros se convertía en un juego de palabras subido de tono; me buscaba desesperadamente en cuanto cruzaba la puerta, como si se encontrara en un estado perpetuo de alteración hormonal.
Cuando por fin nos encerrábamos en la recámara, ya sin necesidad de que yo le preguntara, ella me platicaba sobre su día. Aunque Carlos no la esperaba todas las mañanas en la camioneta, a Elena le bastaba con verlo en la calle al regresar. Él solía pasar las tardes con sus amigos en la acera, jugando dominó y bebiendo cerveza como si no tuviera ninguna otra ocupación en la vida. Al pasar frente a ellos, Elena era quien tomaba la iniciativa: les lanzaba un "buenas tardes" general a todos los presentes, pero en el fondo, a ella solo le importaba una cosa: que Carlos la notara.
Un día entró al apartamento visiblemente nerviosa, con las mejillas encendidas en un rojo vivo. Se quitó los tacones a toda prisa y me contó que venía bajando por la calle cuando presenció un altercado entre varios vecinos. No le tomó importancia hasta que pasó a escasos metros. Eran Carlos y su esposa. Discutían a gritos mientras un grupo de jóvenes intentaba arrastrar a Carlos hacia adentro, ya que estaba completamente borracho. Elena alcanzó a escuchar los reclamos de la mujer: no solo peleaban por el estado inconveniente en el que venía, sino porque ella misma había tenido que ir a buscarlo a la casa de otra amante del barrio.
Elena aceleró el paso para salir de la escena, pero aun así los saludó. Me confesó que, a pesar del escándalo y los gritos de su esposa, Carlos se tomó el tiempo de voltear a mirarla. Sintió cómo la recorría de arriba abajo con esos ojos intensos. Ese día, Elena había ido a trabajar con una falda corta de color negro, una blusa blanca entreabierta, un saco entallado y unos tacones altos; la viva imagen de una atractiva chica de oficina.
Al verla relatar el episodio en ese estado de agitación, era evidente que buscaba apagar sus ansias conmigo de inmediato. Esto se había vuelto nuestra nueva rutina. De tanto fantasear en la intimidad y de verlo día a día en la calle, se estaba gestando en ella una necesidad sexual tan primitiva que resultaba difícil de saciar.
La situación comenzó a preocuparme. No solo porque el ritmo físico en algún punto iba a ser difícil de sostener, sino porque estaba seguro de que todo lo que habíamos pactado bajo las sábanas iba completamente en serio.
Elena hablaba de él a diario, analizando si lo había visto o no, como una adolescente obsesionada con el chico que le gusta. Sin embargo, los adjetivos que usaba para describirlo no eran románticos: lo pintaba como un borracho, vago, abusivo, machista, mujeriego y sin el menor respeto por su esposa. Lo perturbador era que, en lugar de causarle desagrado, ese perfil parecía volverlo mil veces más atrayente. Me di cuenta de que, en su mente, Elena estaba idealizando a Carlos no como un hombre, sino puramente como un macho.
Todo esto me sumió en un mar de pensamientos. No era la primera vez que yo fantaseaba con una pareja sobre la idea de acostarse con otro; lo había intentado en el pasado, pero nunca se había concretado. Mis relaciones anteriores no tenían la comunicación, la conexión ni la confianza ciega que compartía ahora con mi esposa. Pero ahora que tenía la aprobación total de Elena, ya no estaba tan seguro de si mi mente iba a ser capaz de asimilarlo.
El estado hormonal de Elena me hacía temer que, si daba el visto bueno definitivo, las cosas se nos saldrían de las manos. Fantasmas recurrentes me atacaban por las noches: ¿Y si le gusta más cómo lo hace Carlos? ¿Y si le permite a él cosas que conmigo están prohibidas? ¿Y si los vecinos o mi propia familia se enteran? Y el peor de todos: ¿Sería Elena capaz de dejarme por él?
Esas dudas no me dejaban dormir, pero, paradójicamente, el miedo provocaba una excitación brutal en mí. Me debatía en un bucle mental entre qué era más fuerte: mi terror al caos o mi deseo morboso de verla con otro.
Aprovechando el insomnio, comencé a buscar respuestas en internet. Indagué sobre la infidelidad y los celos, topándome con los clásicos artículos psicológicos que hablaban de la destrucción matrimonial. Pero entre toda esa literatura, encontré portales que hablaban de la "infidelidad consentida", catalogándola como una tendencia al alza en la vida sexual moderna, una ramificación del mundo swinger.
Guiado por la curiosidad, llegué a foros de relatos eróticos y comunidades privadas. Allí, parejas comunes expresaban sus fantasías y experiencias reales, narrando cómo integraban a vecinos, jefes o amigos en sus camas. Mientras que en el mundo exterior esto era visto como una total inmoralidad, en esas redes se trataba como una evolución de la sexualidad en pareja. Indagué en sitios de videos y descubrí miles de grabaciones de esposos que no solo lo consentían, sino que presenciaban el acto, grabando y masturbándose mientras sus mujeres eran poseídas por terceros. Era una dinámica perturbadora y magnética a la vez. Esa práctica oculta a la vista de todos tenía un nombre propio y definitivo: cuckold.
Armado con este nuevo universo de información y viendo la urgencia biológica de Elena, tomé la decisión de hablar con ella seriamente. Una noche, durante la cena, me sinceré. Le expuse mis inquietudes, abrí mi computadora y le mostré ese submundo. Le expliqué en qué consistía el estilo de vida cuckold y le enseñé artículos e imágenes bastante sugerentes. A diferencia de lo que cualquiera esperaría, Elena no mostró el menor desagrado; al contrario, se mostró fascinada. Examinó el material con atención y, al terminar, me miró fijamente a los ojos.
—Entonces... ¿esto es lo que de verdad quieres? —me preguntó de frente.
—En verdad me vuelve loco la fantasía de verte con otro —admití.
—¿Pero quieres que lo hagamos realidad?
—Creo que sí... aunque tengo mis dudas. Los artículos dicen que las parejas que lo practican necesitan tener una relación sumamente sana y una mentalidad muy abierta.
—¡Yo creo que nosotros cumplimos de sobra con esa parte! —respondió con una sonrisa cómplice.
—Bueno, yo también lo creo, pero no estaba seguro de cómo te lo tomarías.
—Tenemos fantasías, hablamos de esto todo el tiempo en la cama y me has generado una inquietud enorme —confesó ella, recargando los codos en la mesa—. Si te soy sincera, me llama muchísimo la atención experimentar esa práctica.
—¿No te parece raro que tu esposo te pida algo así?
—Puede ser raro, mi amor, pero tú siempre has tenido un lado retorcido. Por eso me gustas tanto.
—Pero si lo llevamos a cabo, tenemos que poner condiciones muy estrictas —le advertí, adoptando un tono serio—. El cómo, el dónde y el con quién.
Elena parpadeó, un tanto desconcertada.
—Pensé... que querías que fuera con Carlos.
—¿De verdad quieres que sea con él?
—La verdad es que todo lo que jugamos en la cama me ha encendido ese deseo... Pero no te voy a mentir, tengo miedo de algunas cosas.
—¿Qué te da miedo?
—Ahora que estamos hablando en serio... me asusta su forma de ser. Carlos es impulsivo. Si llegamos a tener algo, cabe la posibilidad de que ande de hablador con sus amigos del barrio y esto termine en un chisme enorme donde se entere tu familia.
Escucharla me trajo un alivio inmenso. Pensaba exactamente igual que yo. La fantasía era un terreno seguro, pero la realidad con el vecino era un campo minado.
—Entonces... ¿no estarías dispuesta a hacerlo con él?
—No me malentiendas —dijo Elena, entornando los ojos con una intensidad que me erizó la piel—. Como mujer, deseo con todas mis fuerzas que Carlos me tome. Pero los riesgos en el barrio son muy altos. Tendríamos que pensarlo muy bien.
—¿Eso qué significa?
—Quiero que consideres las consecuencias, pero quiero que seas tú quien decida y asuma el riesgo. Al final, a mí la gente me verá como una mujer promiscua... pero a ti, todos los vecinos y tu familia te van a ver como un "cornudo".
La crudeza de esa palabra me cayó como un balde de agua fría, pero el impacto en mi entrepierna fue instantáneo. Escuchar el término "cornudo" salir de sus labios me provocó una erección inmediata. Supuse en ese instante que eso era exactamente lo que mi mente enferma buscaba. Me quedé en silencio, atrapado en mis propios pensamientos, hasta que ella interrumpió mi trance.
—Estoy esperando tu respuesta.
—Es verdad que quiero verte con otro, Elena... pero no estoy seguro de que el primero deba ser Carlos. Es demasiado peligroso para empezar.
—Está bien, lo comprendo y acepto tu decisión —asintió ella con madurez.
—Podríamos experimentarlo con otra persona primero —propuse—. Alguien ajeno a nuestras vidas.
—¿Qué tienes en mente?
—Podemos contactar a alguien por internet. Un extraño con el que no haya lazos emocionales ni peligro de chismes en el barrio.
—Ok —aceptó Elena, mirándome con una sonrisa enigmática—. Podemos experimentarlo con un extraño y... después ya veremos.
Ese "ya veremos" me dejó una punzada de inquietud en el estómago. Significaba que Elena no estaba desechando la idea de Carlos; simplemente la estaba postergando. Decidí no cuestionarla para no romper el acuerdo que acabábamos de sellar.
—Está bien, amor. Creo que estamos en la misma sintonía.
—Así parece, mi vida —concluyó ella, estirando la mano para tocar la mía—. Desde ahora, somos oficialmente una pareja cuckold.
—Ja, ja... pues creo que sí.
—Entonces, ve preparando tus primeros cuernos.
—Sí, mi amor. Así lo haré.
—Te amo.
—Yo también te amo.
De esa forma di el paso que jamás creí dar en mi vida. Lo que había sido un deseo oculto y culposo en mis relaciones pasadas por fin iba a tomar una forma real. La reacción de Elena había sido increíblemente positiva y rápida; estaba totalmente dispuesta a abrir nuestra intimidad para integrar a otro hombre.
Durante los días siguientes, el tema no salió de nuestra mesa. Comenzamos a diseñar el perfil del prospecto ideal. Basándonos en lo que a ella la encendía de Carlos, sabíamos que queríamos a un tercero que fuera un hombre maduro, robusto, de tez morena y que al hablar reflejara esa misma seguridad y masculinidad imponente.
Empezamos a indagar en redes sociales y aplicaciones especializadas. Fue una tarea titánica y bastante desgastante; en internet te encuentras con todo tipo de personajes extraños y la búsqueda se volvió cansada. Estábamos a punto de rendirnos y dejar el proyecto en pausa cuando, un sábado por la tarde, mientras salíamos a comer al centro de la ciudad, el teléfono de Elena vibró.
Cuando por fin nos encerrábamos en la recámara, ya sin necesidad de que yo le preguntara, ella me platicaba sobre su día. Aunque Carlos no la esperaba todas las mañanas en la camioneta, a Elena le bastaba con verlo en la calle al regresar. Él solía pasar las tardes con sus amigos en la acera, jugando dominó y bebiendo cerveza como si no tuviera ninguna otra ocupación en la vida. Al pasar frente a ellos, Elena era quien tomaba la iniciativa: les lanzaba un "buenas tardes" general a todos los presentes, pero en el fondo, a ella solo le importaba una cosa: que Carlos la notara.
Un día entró al apartamento visiblemente nerviosa, con las mejillas encendidas en un rojo vivo. Se quitó los tacones a toda prisa y me contó que venía bajando por la calle cuando presenció un altercado entre varios vecinos. No le tomó importancia hasta que pasó a escasos metros. Eran Carlos y su esposa. Discutían a gritos mientras un grupo de jóvenes intentaba arrastrar a Carlos hacia adentro, ya que estaba completamente borracho. Elena alcanzó a escuchar los reclamos de la mujer: no solo peleaban por el estado inconveniente en el que venía, sino porque ella misma había tenido que ir a buscarlo a la casa de otra amante del barrio.
Elena aceleró el paso para salir de la escena, pero aun así los saludó. Me confesó que, a pesar del escándalo y los gritos de su esposa, Carlos se tomó el tiempo de voltear a mirarla. Sintió cómo la recorría de arriba abajo con esos ojos intensos. Ese día, Elena había ido a trabajar con una falda corta de color negro, una blusa blanca entreabierta, un saco entallado y unos tacones altos; la viva imagen de una atractiva chica de oficina.
Al verla relatar el episodio en ese estado de agitación, era evidente que buscaba apagar sus ansias conmigo de inmediato. Esto se había vuelto nuestra nueva rutina. De tanto fantasear en la intimidad y de verlo día a día en la calle, se estaba gestando en ella una necesidad sexual tan primitiva que resultaba difícil de saciar.
La situación comenzó a preocuparme. No solo porque el ritmo físico en algún punto iba a ser difícil de sostener, sino porque estaba seguro de que todo lo que habíamos pactado bajo las sábanas iba completamente en serio.
Elena hablaba de él a diario, analizando si lo había visto o no, como una adolescente obsesionada con el chico que le gusta. Sin embargo, los adjetivos que usaba para describirlo no eran románticos: lo pintaba como un borracho, vago, abusivo, machista, mujeriego y sin el menor respeto por su esposa. Lo perturbador era que, en lugar de causarle desagrado, ese perfil parecía volverlo mil veces más atrayente. Me di cuenta de que, en su mente, Elena estaba idealizando a Carlos no como un hombre, sino puramente como un macho.
Todo esto me sumió en un mar de pensamientos. No era la primera vez que yo fantaseaba con una pareja sobre la idea de acostarse con otro; lo había intentado en el pasado, pero nunca se había concretado. Mis relaciones anteriores no tenían la comunicación, la conexión ni la confianza ciega que compartía ahora con mi esposa. Pero ahora que tenía la aprobación total de Elena, ya no estaba tan seguro de si mi mente iba a ser capaz de asimilarlo.
El estado hormonal de Elena me hacía temer que, si daba el visto bueno definitivo, las cosas se nos saldrían de las manos. Fantasmas recurrentes me atacaban por las noches: ¿Y si le gusta más cómo lo hace Carlos? ¿Y si le permite a él cosas que conmigo están prohibidas? ¿Y si los vecinos o mi propia familia se enteran? Y el peor de todos: ¿Sería Elena capaz de dejarme por él?
Esas dudas no me dejaban dormir, pero, paradójicamente, el miedo provocaba una excitación brutal en mí. Me debatía en un bucle mental entre qué era más fuerte: mi terror al caos o mi deseo morboso de verla con otro.
Aprovechando el insomnio, comencé a buscar respuestas en internet. Indagué sobre la infidelidad y los celos, topándome con los clásicos artículos psicológicos que hablaban de la destrucción matrimonial. Pero entre toda esa literatura, encontré portales que hablaban de la "infidelidad consentida", catalogándola como una tendencia al alza en la vida sexual moderna, una ramificación del mundo swinger.
Guiado por la curiosidad, llegué a foros de relatos eróticos y comunidades privadas. Allí, parejas comunes expresaban sus fantasías y experiencias reales, narrando cómo integraban a vecinos, jefes o amigos en sus camas. Mientras que en el mundo exterior esto era visto como una total inmoralidad, en esas redes se trataba como una evolución de la sexualidad en pareja. Indagué en sitios de videos y descubrí miles de grabaciones de esposos que no solo lo consentían, sino que presenciaban el acto, grabando y masturbándose mientras sus mujeres eran poseídas por terceros. Era una dinámica perturbadora y magnética a la vez. Esa práctica oculta a la vista de todos tenía un nombre propio y definitivo: cuckold.
Armado con este nuevo universo de información y viendo la urgencia biológica de Elena, tomé la decisión de hablar con ella seriamente. Una noche, durante la cena, me sinceré. Le expuse mis inquietudes, abrí mi computadora y le mostré ese submundo. Le expliqué en qué consistía el estilo de vida cuckold y le enseñé artículos e imágenes bastante sugerentes. A diferencia de lo que cualquiera esperaría, Elena no mostró el menor desagrado; al contrario, se mostró fascinada. Examinó el material con atención y, al terminar, me miró fijamente a los ojos.
—Entonces... ¿esto es lo que de verdad quieres? —me preguntó de frente.
—En verdad me vuelve loco la fantasía de verte con otro —admití.
—¿Pero quieres que lo hagamos realidad?
—Creo que sí... aunque tengo mis dudas. Los artículos dicen que las parejas que lo practican necesitan tener una relación sumamente sana y una mentalidad muy abierta.
—¡Yo creo que nosotros cumplimos de sobra con esa parte! —respondió con una sonrisa cómplice.
—Bueno, yo también lo creo, pero no estaba seguro de cómo te lo tomarías.
—Tenemos fantasías, hablamos de esto todo el tiempo en la cama y me has generado una inquietud enorme —confesó ella, recargando los codos en la mesa—. Si te soy sincera, me llama muchísimo la atención experimentar esa práctica.
—¿No te parece raro que tu esposo te pida algo así?
—Puede ser raro, mi amor, pero tú siempre has tenido un lado retorcido. Por eso me gustas tanto.
—Pero si lo llevamos a cabo, tenemos que poner condiciones muy estrictas —le advertí, adoptando un tono serio—. El cómo, el dónde y el con quién.
Elena parpadeó, un tanto desconcertada.
—Pensé... que querías que fuera con Carlos.
—¿De verdad quieres que sea con él?
—La verdad es que todo lo que jugamos en la cama me ha encendido ese deseo... Pero no te voy a mentir, tengo miedo de algunas cosas.
—¿Qué te da miedo?
—Ahora que estamos hablando en serio... me asusta su forma de ser. Carlos es impulsivo. Si llegamos a tener algo, cabe la posibilidad de que ande de hablador con sus amigos del barrio y esto termine en un chisme enorme donde se entere tu familia.
Escucharla me trajo un alivio inmenso. Pensaba exactamente igual que yo. La fantasía era un terreno seguro, pero la realidad con el vecino era un campo minado.
—Entonces... ¿no estarías dispuesta a hacerlo con él?
—No me malentiendas —dijo Elena, entornando los ojos con una intensidad que me erizó la piel—. Como mujer, deseo con todas mis fuerzas que Carlos me tome. Pero los riesgos en el barrio son muy altos. Tendríamos que pensarlo muy bien.
—¿Eso qué significa?
—Quiero que consideres las consecuencias, pero quiero que seas tú quien decida y asuma el riesgo. Al final, a mí la gente me verá como una mujer promiscua... pero a ti, todos los vecinos y tu familia te van a ver como un "cornudo".
La crudeza de esa palabra me cayó como un balde de agua fría, pero el impacto en mi entrepierna fue instantáneo. Escuchar el término "cornudo" salir de sus labios me provocó una erección inmediata. Supuse en ese instante que eso era exactamente lo que mi mente enferma buscaba. Me quedé en silencio, atrapado en mis propios pensamientos, hasta que ella interrumpió mi trance.
—Estoy esperando tu respuesta.
—Es verdad que quiero verte con otro, Elena... pero no estoy seguro de que el primero deba ser Carlos. Es demasiado peligroso para empezar.
—Está bien, lo comprendo y acepto tu decisión —asintió ella con madurez.
—Podríamos experimentarlo con otra persona primero —propuse—. Alguien ajeno a nuestras vidas.
—¿Qué tienes en mente?
—Podemos contactar a alguien por internet. Un extraño con el que no haya lazos emocionales ni peligro de chismes en el barrio.
—Ok —aceptó Elena, mirándome con una sonrisa enigmática—. Podemos experimentarlo con un extraño y... después ya veremos.
Ese "ya veremos" me dejó una punzada de inquietud en el estómago. Significaba que Elena no estaba desechando la idea de Carlos; simplemente la estaba postergando. Decidí no cuestionarla para no romper el acuerdo que acabábamos de sellar.
—Está bien, amor. Creo que estamos en la misma sintonía.
—Así parece, mi vida —concluyó ella, estirando la mano para tocar la mía—. Desde ahora, somos oficialmente una pareja cuckold.
—Ja, ja... pues creo que sí.
—Entonces, ve preparando tus primeros cuernos.
—Sí, mi amor. Así lo haré.
—Te amo.
—Yo también te amo.
De esa forma di el paso que jamás creí dar en mi vida. Lo que había sido un deseo oculto y culposo en mis relaciones pasadas por fin iba a tomar una forma real. La reacción de Elena había sido increíblemente positiva y rápida; estaba totalmente dispuesta a abrir nuestra intimidad para integrar a otro hombre.
Durante los días siguientes, el tema no salió de nuestra mesa. Comenzamos a diseñar el perfil del prospecto ideal. Basándonos en lo que a ella la encendía de Carlos, sabíamos que queríamos a un tercero que fuera un hombre maduro, robusto, de tez morena y que al hablar reflejara esa misma seguridad y masculinidad imponente.
Empezamos a indagar en redes sociales y aplicaciones especializadas. Fue una tarea titánica y bastante desgastante; en internet te encuentras con todo tipo de personajes extraños y la búsqueda se volvió cansada. Estábamos a punto de rendirnos y dejar el proyecto en pausa cuando, un sábado por la tarde, mientras salíamos a comer al centro de la ciudad, el teléfono de Elena vibró.
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