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Fantasia Mi Nuevo Amo Parte 2

Mientras caminaban por los pasillos de la plaza hacia la salida, Damián se inclinó ligeramente hacia atrás para hablarle en voz baja.
—Tu entrenamiento y tu humillación apenas comienzan, mi nenita —murmuró, haciendo que a Angel se le erizara la piel—. Vamos a ir a una sexshop aquí cerca. Vas a elegir la lencería que usarás para mí. Tangas de encaje, falditas, medias... lo que yo te indique. Y lo mejor de todo es que vas a interactuar tú con los empleados. Vas a pedirles las tallas, te vas a probar por encima algunas cosas, y quiero que ellos sepan perfectamente que esa ropa femenina es para tu cuerpo, y que te la vas a poner para que tu papi te use.
Las rodillas de Angel casi ceden en medio del pasillo. La idea de la humillación pública, de exponer su faceta más íntima, femenina y sumisa ante extraños bajo la estricta mirada de su amo, lo dejó sin aliento. El terror a la vergüenza se mezcló con una excitación tan profunda y ardiente que apenas podía caminar derecho.
—S... sí, papi —logró balbucear, apretando los muslos al caminar, completamente desesperado por llegar a la tienda y obedecerle.
El trayecto hacia el auto fue un borrón de nervios para Angel. Damián le abrió la puerta del copiloto y, en cuanto ambos estuvieron dentro y el motor encendió, el hombre tomó la mano temblorosa de Milo y la colocó directamente sobre su propia entrepierna.
—Vas a agarrarme y acariciarme la verga mientras  conduzco. Y no te detengas hasta que yo te lo ordene —sentenció Damián, con la vista fija en el camino.
Angel tragó saliva, sintiendo el bulto firme y pesado bajo la tela del pantalón de su amo. Con movimientos torpes pero ansiosos, comenzó a frotar y masajear la zona, sintiendo la verga dura de su nuevo papi marcandose contra el pantalon luchando por salir y cómo el calor de la dominación de Damián lo envolvía le provocaba un cosquilleo en el vientre. El viaje duró apenas unos minutos, pero para Angel fue una eternidad de tensión erótica.
Finalmente, Damián estacionó frente a una sexshop de fachada discreta pero interior brillante y concurrido. Al cruzar la puerta, la campanilla sonó. Angel mantenía la mirada baja, apretando los muslos al caminar, cuando una voz femenina y peligrosamente familiar lo hizo congelarse en su sitio.
—¿Angel? ¡Hola! Qué sorpresa verte por aquí. ¿Vienes buscando algo? ¿Un regalo para alguna chica?
Levantó la vista y sintió que el alma se le caía a los pies. Era Valeria, una de las chicas más guapas de su facultad, con la que compartía un par de clases en la universidad. El pánico lo paralizó. Abrió la boca, pero antes de que pudiera balbucear una excusa, Damián dio un paso al frente con una sonrisa oscura y maliciosa.
Sin ninguna duda, Damián se colocó justo detrás de el, pegando su cuerpo al suyo, y posó ambas manos con firmeza sobre las anchas caderas del chico.
—¿Se conocen? —preguntó Damián en voz alta, con un tono que dejaba perfectamente clara la relación de propiedad que tenía sobre él.
Angel tembló de pies a cabeza. El terror a la exposición pública luchaba contra la regla número dos que acababa de aceptar: obedecer en todo. Sabía que no podía mentir, no podía ocultar a su amo. Con el rostro ardiendo en un rubor furioso y la voz a punto de quebrarse, bajó la mirada y respondió frente a su compañera:
—Sí, papi... es de la universidad. Es mi compañera.
Valeria se quedó estática. Sus ojos viajaron de las manos posesivas del hombre enorme a la postura encorvada, sumisa y temblorosa de Angel. El engranaje en su cabeza hizo clic, procesando la perversa realidad: el chico callado de su clase era la mascota de ese extraño.
Damián, disfrutando cada segundo de la tensión, no borró su expresión burlesca. Levantó la mano y, frente a Valeria, le dio a Angel una nalgada que resonó en el mostrador.
—Busca, anda. Quiero que elijas lo más sexy que encuentres para tu papi —le ordenó.
—S-sí, papi... —susurró Angel de forma sumisa, arrastrando los pies hacia los pasillos de lencería, deseando que la tierra se lo tragara, pero sintiendo al mismo tiempo una humedad caliente y un bombeo desesperado en su entrepierna por la humillación tan cruda.
Mientras Angel fingía mirar unas diminutas falditas de colegiala a un par de metros, Damián se apoyó en el mostrador frente a una aún atónita Valeria.
—Muéstrame las jaulas de castidad —pidió Damián con total naturalidad.
Valeria, nerviosa, tragando saliva y moviéndose con cierta incomodidad, sacó de la vitrina un modelo estándar de metal negro, bastante grande y robusto. Damián soltó una carcajada ronca que retumbó en la tienda.
—No, no... busco algo mucho más acorde a mi nenita —dijo Damián, alzando la voz lo suficiente para que Angel y los otros dos empleados de la tienda lo escucharan perfectamente—. Si le pongo eso, se le saldrá. Necesito algo rosita, de plástico o silicona, y tiene que ser mucho más pequeño. Es solo para encerrar el clítoris de mi nenita. Debe medirle alrededor de unos cuatro centímetros estando excitada, si te sirve de referencia. Búscame la más pequeña que tengas.
En el pasillo, Angel cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior para no soltar un gemido. Podía sentir las miradas clavadas en su espalda. Los otros empleados intercambiaban sonrisas burlonas, mirándolo con una mezcla de morbo y asombro. Su gran secreto, su cuerpo afeminado y su pequeñez, estaban siendo expuestos y ridiculizados frente a su compañera de clase, y, sin embargo, esa humillación pública lo tenía más excitado y caliente que nunca en su vida.
Angel caminaba por los pasillos de la sexshop como en un trance. Sentía que todo su cuerpo ardía. Obedeciendo ciegamente a Damián, comenzó a echar cosas en la canastilla: un babydoll de encaje negro translúcido, medias de red y un par de falditas de tablas muy cortas. Pero cuando pensó que ya había terminado, Damián, que caminaba un paso detrás de él, le detuvo agarrándolo por la nuca.
—¿A dónde vas? Faltan tus bragas, nenita —murmuró Damián, guiándolo hacia la pared llena de lencería íntima—. A partir de hoy, toda esa ropa de nene aburrida que tienes se va a la basura. De ahora en adelante, cada vez que te vistas, vas a usar una de estas. Elige. Al menos una docena.
La vergüenza lo golpeó de nuevo. Angel tragó saliva, sintiendo las miradas burlonas de los empleados mientras seleccionaba tangas de hilo dental, cacheteros de encaje rojo y rosa, y diminutas prendas que no dejarían nada a la imaginación. Cada vez que dudaba, Damián le daba un pellizco en la cintura para apresurarlo.
—Sí, papi... usaré lo que me pidas —susurró, sintiéndose mareado por el calor y la humedad que no dejaba de acumularse en su entrepierna. La humillación de comprar todo eso para él mismo lo mantenía al borde de la desesperación.
Pagaron y salieron de la tienda. Ya en el auto, con las bolsas en la parte de atrás, Damián no encendió el motor de inmediato. Se giró hacia Angel y le acarició la mejilla con una suavidad engañosa antes de agarrarle la barbilla con fuerza.
—Te portaste muy bien ahí dentro, mi perrita. Me encanta lo vulnerable que te ves —dijo Damián, clavando sus ojos en él—. Por eso, tu entrenamiento de hoy incluye marcas. Te voy a llevar a mi tatuador de confianza. Le voy a pedir que te ponga un tatuaje pequeño en la parte baja de la espalda, justo arriba de ese trasero redondo que tienes. Algo que deje claro que me perteneces.
A Angel se le cortó la respiración. ¿Un tatuaje? ¿Una marca permanente? El miedo cruzó su mente por un segundo, pero fue aplastado inmediatamente por la devoción enfermiza que estaba naciendo en él.
—Papi... —jadeó Angel—. ¿Y... y si mis papás lo ven?
Damián alzó una ceja. —¿Vives con ellos?
—No... soy foráneo. Vivo solo en un departamento cerca de la universidad —confeso, temblando al darse cuenta de lo que acababa de revelar.
Una sonrisa depredadora y triunfal se dibujó en el rostro de Damián.
—Perfecto —sentenció, encendiendo el auto—. Entonces ese departamento ya no existe para ti. Te vas a venir a vivir conmigo hoy mismo. Yo voy a cubrir tus gastos, tu comida, tu universidad, todo. Tendrás tu propia habitación en mi casa, y tu única preocupación será mantenerte bonita, usar las tangas que te compré y abrir las piernas cuando tu papi llegue del trabajo.
La propuesta lo dejó paralizado. En cuestión de un par de horas, estaba entregando su independencia, su dinero, su cuerpo y su voluntad a un hombre que apenas conocía. La idea de ser tan patéticamente dependiente, de convertirse en el ama de casa sumisa y mantenida de Damián, lo empujó por el precipicio.
—Sí, papi... llévame contigo —suplicó, aferrándose al brazo de Damián, completamente perdido y encantado con su nueva realidad.
El interior del auto estaba en penumbras, aislado del bullicio del estacionamiento. En cuanto cerraron las puertas, Damián no encendió el motor. En su lugar, tomó una de las bolsas de la sexshop, sacó un par de cajas y las arrojó sobre las piernas de Angel.
El chico bajó la mirada, temblando. Había collares, esposas de cuero, pinzas y un set de tapones de silicona de distintos tamaños.
—Ese es tu equipo de entrenamiento básico —dictaminó Damián, abriendo el empaque de los tapones y sacando el más pequeño, de color negro—. Pero no vamos a esperar a llegar a casa para empezar. Bájate el pans. Ahora.
Angel soltó un jadeo, su respiración chocando contra el silencio del auto. Con las manos torpes, obedeció. Se bajó el pantalón deportivo hasta las rodillas, quedando completamente expuesto en el asiento del copiloto. Damián tomó un poco de lubricante que venía en la misma bolsa, preparó el pequeño juguete y, sin previo aviso, agarró la cadera de Angel para acomodarlo. Con una presión firme y autoritaria, deslizó el objeto en su interior.
El ahogó un grito, arqueando la espalda contra el asiento. La sensación de plenitud lo invadió de golpe; no dolía, pero era una invasión absoluta, un recordatorio físico de que ahora estaba ocupado, dominado y que le pertenecía a alguien más.
—Ahí se queda —susurró Damián, limpiándose los dedos mientras encendía el auto—. Con cada paso que des, con cada movimiento que hagas, vas a sentirlo. Quiero que te recuerde todo el tiempo que eres mi perrita. Súbete la ropa anda.

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