La conocí hace años en la iglesia del barrio, de esas que uno ve todos los domingos en la misma silla, con el mismo vestido floreado y la misma cartera de cuero negro colgada en el brazo. Era amiga de mi mamá, de esas amistades que se forman entre misas y novenas y que duran décadas sin que nadie sepa muy bien cómo empezaron.
Edilma tendría unos 54 años. Viuda desde hacía seis, según contaba mi mamá, de un señor que trabajó toda la vida en la Alcaldía y murió de un infarto sin previo aviso. Sin hijos. Sola en una casa de El Campestre que le había quedado grande y silenciosa.
Era una mujer presentable, de esas que se arreglan todos los días aunque no tengan para dónde ir. Siempre peinada, siempre con los labios pintados de un rojo discreto, siempre con los zapatos limpios. Tenía el cuerpo de una mujer que había sido delgada de joven y que con los años había agarrado peso en las caderas y en el pecho de una manera que no le quedaba mal sino todo lo contrario. Morena clara, con el pelo teñido de negro azabache que le llegaba a los hombros y unas manos cuidadas con las uñas siempre arregladas.
Nunca la había mirado de otra manera. Era la amiga de mi mamá. La señora Edilma. Buenos días, buenas tardes, que Dios la bendiga.
Hasta que un domingo después de misa me pidió un favor.
---
Necesitaba que le ayudara a mover unos muebles. Su sobrino que siempre le colaboraba estaba en Bogotá y ella no quería molestar a nadie más. Me lo pidió con esa pena característica suya, mirando al piso, restándole importancia.
—No se preocupe, señora Edilma. El domingo en la tarde la caigo.
—Ay, Andrés, tan bueno. No sé qué haría sin los muchachos de su mamá.
Llegué a las tres. Abrió la puerta con un vestido de andar por la casa, de esos holgados y frescos que usan las señoras mayores cuando no hay visita formal. Pero en Edilma ese vestido azul claro con flores pequeñas se veía diferente: le marcaba el pecho y le caía sobre las caderas con una naturalidad que no tenía nada de intencional y precisamente por eso era tan difícil de ignorar. Tenía los pies descalzos sobre el piso frío de la sala, las uñas pintadas de un rosado suave.
—Pase, pase. ¿Quiere agua de panela?
—Listo, sí.
La casa olía a colonia suave y a comida reciente. Era una casa ordenada, de cuadros religiosos en las paredes y manteles de encaje en las mesas, pero con una calidez que se sentía desde la entrada.
Moví los muebles en veinte minutos. Un sofá, una cómoda, un armario. Edilma dirigía desde la puerta de cada cuarto, señalando con esas manos cuidadas, pidiéndome perdón cada dos minutos por la molestia.
Cuando terminé me llevó a la cocina y me puso el agua de panela con limón y una tajada de quesillo encima de la mesa.
—Siéntese, que se lo merece.
Se sentó al frente. Así, de cerca, en la luz de la cocina, me fijé en cosas que desde la distancia de la iglesia no se notaban. Las arrugas finas alrededor de los ojos que no alcanzaban a ser arrugas sino apenas marcas de expresión. La forma en que se le movían los labios cuando hablaba, esa boca bien formada con el labio inferior grueso. El escote del vestido que se abría apenas cuando se inclinaba hacia adelante y dejaba ver el borde de un brasier de encaje color piel que no cuadraba con la imagen de señora de iglesia que yo tenía de ella.
Me pilló mirando.
Se enderezó despacio, sin hacer teatro. Se acomodó el vestido con una mano y siguió hablando como si nada, pero con las mejillas un tono más oscuras.
Estuvimos ahí casi una hora. Ella hablaba de sus cosas, del barrio, de la iglesia, de lo grande que me había puesto desde que era pelado. Yo escuchaba y respondía y en algún momento dejé de escuchar del todo y me dediqué a mirarla.
Había algo en Edilma que yo no había visto antes porque nunca había tenido razón para buscarlo. Una soledad específica, de esas que no se queja ni pide nada pero que se nota en la forma en que una persona llena el silencio con palabras, en cómo agradece demasiado una visita que no duró ni dos horas.
Cuando me levanté a irme ella me acompañó a la puerta.
—Gracias, Andrés. En serio. No sabe lo que es tener a alguien de confianza.
—Para eso estamos, señora Edilma.
—Edilma, no más. Que señora me hace sentir vieja.
La miré. Ella sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y luego la bajó.
—Edilma —dije.
Sonrió con esa boca que tenía y abrió la puerta.
---
Volví el siguiente sábado. Sin que me llamara, sin excusa concreta. Pasé por ahí con una bolsa de pandeyuca de la panadería de la esquina y toqué el timbre como si fuera lo más normal del mundo.
Abrió en bata. Una bata de tela liviana, verde, amarrada en la cintura. Se la veía recién bañada, con el pelo húmedo sobre los hombros y la cara sin maquillaje. Sin el maquillaje era distinta: más suave, más real, con esas marcas finas alrededor de los ojos y esa boca que sin el labial rojo seguía siendo la misma boca.
—Andrés —dijo, sorprendida—. ¿Pasó algo?
—Nada. Pasaba por aquí y traje pandeyuca.
Me miró un momento, evaluando. Luego se hizo a un lado.
—Pase.
Tomamos tinto en la sala esta vez. Ella se había amarrado mejor la bata pero en algún momento se sentó con las piernas cruzadas en el sofá y la tela se abrió hasta la rodilla, dejando ver la pantorrilla morena y el pie descalzo moviéndose solo en el aire.
Hablamos diferente ese día. Menos relleno, menos cortesía. En algún momento ella dijo algo y yo me reí y ella se rió también, de verdad, con esa risa que tiene la gente cuando baja la guardia sin darse cuenta.
—Usted es muy raro, Andrés —dijo, todavía sonriendo.
—¿Por qué.
—Porque uno no sabe para dónde va con usted.
La miré fijo.
—¿Para dónde quiere que vaya?
El silencio que siguió duró tres segundos exactos. Ella dejó de sonreír, no de golpe sino despacio, como cuando una luz se va atenuando. Bajó los ojos a su tinto, lo movió en la taza.
—No diga esas cosas —dijo, bajito.
—¿Por qué no.
—Porque yo soy la amiga de su mamá. Porque tengo la edad que tengo. Porque —hizo una pausa— porque no.
—Edilma.
Levantó los ojos.
—Usted es una mujer muy bonita. Y yo no estoy diciendo eso por decir.
Se le notó en la cara. No fue vanidad sino otra cosa, esa cosa que tiene la gente cuando le dicen algo que necesitaba escuchar y llevaba tiempo sin escuchar. Le brillaron los ojos un segundo y luego los apartó hacia la ventana.
—Váyase a su casa —dijo, sin convicción.
No me fui. Me acerqué despacio en el sofá. Ella no se movió, mirando la ventana, con las manos apretadas alrededor de la taza.
Le puse la mano sobre la suya, apenas, sin presionar.
La sintí tensarse. Luego, muy despacio, soltar.
—Andrés —dijo, con una voz que no reconocí porque era la primera vez que me hablaba así—. Yo no sé hacer estas cosas.
—¿Qué cosas.
—Estas. —Hizo un gesto vago con la mano—. Hace seis años que no...
No terminó. No necesitaba terminar.
Le quité la taza de las manos con cuidado y la puse en la mesa. Me acerqué más. Ella me miraba de frente ahora, con esa mezcla de miedo y de algo más que le cambiaba la respiración.
La besé despacio. Un beso corto, sin presión, solo para preguntar.
Ella no respondió de inmediato. Pero tampoco se alejó. Se quedó quieta con los ojos cerrados cuando me separé.
—Dios mío —murmuró, para ella misma.
—¿Está bien?
Abrió los ojos. Me miró.
—No sé —dijo, honesta.
La besé de nuevo. Esta vez ella respondió, apenas, con una timidez que no era de muchacha sino de mujer que ha olvidado cómo se hace esto y está recordando despacio. Le puse una mano en la cara y ella la cubrió con la suya, apretando mis dedos contra su mejilla como si necesitara ese ancla.
Nos besamos así un rato largo, sin afán, dejándola acostumbrarse. Cuando me separé tenía los ojos húmedos pero no de tristeza.
—¿Por qué llora? —le pregunté.
—No sé —dijo, limpiándose el ojo con el dorso de la mano—. No lloro. Es que hace mucho.
Le sequé la mejilla con el pulgar. Ella cogió mi mano y se la quedó apretando.
—Andrés, yo nunca he... —empezó, y se detuvo.
—¿Nunca ha qué.
Se le fue el color. Bajó los ojos.
—Mi marido era muy... conservador. Nunca me... —Otra pausa larga—. Nunca me hacía ciertas cosas. Decía que eso no se hacía.
La miré, esperando.
—¿Qué cosas, Edilma?
Tardó en responder. Cuando lo hizo no me miró.
—Lo que hacen por abajo —dijo, tan bajito que casi no lo escuché.
El silencio que siguió fue de esos que pesan de buena manera.
—¿Quiere que le haga eso? —le dije, directo, sin rodeos.
Se puso roja. No respondió. Pero tampoco dijo no.
Me bajé del sofá y me arrodillé frente a ella. Le tomé los pies, esos pies cuidados con las uñas rosadas, y los puse en mis rodillas. Ella me miraba desde arriba con los ojos muy abiertos y las manos apretadas en el regazo.
Le besé un pie. Le pasé los labios por el tobillo, por el arco, por los dedos. Ella soltó el aire que había estado aguantando.
—Ay —dijo, apenas.
Le besé la pantorrilla. La rodilla. Fui subiendo despacio por la pierna mientras la bata se abría sola. Ella no la cerró. Tenía los ojos fijos en mí, la boca entreabierta, las manos ahora aferradas al cojín del sofá.
Cuando llegué a los muslos ella tembló.
—Andrés —dijo, con la voz completamente diferente.
—¿Quiere que pare?
Negó con la cabeza. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero claro.
Le separé los muslos con cuidado. Traía una pantaleta de algodón blanco, sencilla, y estaba húmeda. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que su cuerpo quería aunque su cabeza todavía estuviera pidiéndole permiso a Dios.
Le puse los labios encima de la tela primero, solo para acostumbrarla. Ella pegó un brinco y se tapó la boca con la mano.
—Espera —dijo, con la voz entrecortada.
Me detuve.
—¿Qué.
—Es que... —respiró hondo— ...tengo miedo.
—¿De qué.
—De que no me guste. O de que me guste demasiado. —Me miró—. No sé cuál de los dos me da más susto.
Me arrodillé mejor, con las manos abiertas sobre sus muslos.
—Edilma. Relájese. Si en cualquier momento quiere que pare, para. Sin explicaciones.
Me miró un momento largo. Luego asintió, cerró los ojos, y echó la cabeza hacia atrás contra el espaldar del sofá.
Le bajé la pantaleta despacio. Lo que apareció era la cosa más honesta que había visto: un vello canoso y suave, abundante, completamente natural, de mujer que nunca tuvo razón para depilarse porque nadie le había pedido eso. La abrí con cuidado y lo que encontré era oscuro y húmedo y olía a mujer encerrada en sí misma durante seis años largos.
Le pasé la lengua por primera vez.
El sonido que soltó Edilma no fue un gemido sino algo más primitivo, más sorprendido, como quien recibe un golpe que no duele sino que despierta. Las manos que tenía en el regazo fueron a mi cabeza sin que ella lo decidiera conscientemente, posándose ahí con una delicadeza que se fue convirtiendo en presión a medida que yo seguía.
—Dios santo —murmuró, con la voz completamente rota—. Dios santo.
La comí despacio, aprendiendo su geografía, leyendo cada temblor. Tenía el clítoris escondido pero respondía a todo, hinchándose bajo mi lengua. La sentí abrirse poco a poco, ese cuerpo que había estado cerrado tanto tiempo cediendo con una gratitud que se sentía en cada músculo.
Le metí un dedo con cuidado. Ella soltó un grito chiquito y se tapó la boca de inmediato, mirando hacia la ventana por reflejo aunque estuviéramos solos.
—No hay nadie —le recordé.
—Lo sé —dijo, con la mano todavía en la boca—. Es que no puedo evitarlo.
—No se tape. Quiero escucharla.
Me miró desde arriba con esos ojos que ya no tenían nada de la señora de iglesia.
—Me da pena —dijo.
—¿Pena con quién. Si solo estamos nosotros dos.
Tardó. Luego bajó la mano despacio, la dejó caer al lado del cuerpo, y cuando volví a moverme adentro de ella el sonido que salió fue completo, sin filtro, de los que se forman en el fondo del pecho y suben solos.
La trabajé así un rato largo, sin afán, dejándola acostumbrarse al placer como quien se acostumbra a la luz después de estar mucho tiempo en la oscuridad. Ella gemía bajito, luego más, con las caderas moviéndose solas hacia mi boca, los dedos enredados en mi pelo con una fuerza que no sabía que tenía.
—No pares —decía—. Por favor no pares.
Cuando se vino fue con todo el cuerpo. Las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza, la espalda arqueada, un gemido largo y profundo que llenó la sala entera y que ella no intentó callar. Se quedó temblando durante casi un minuto, con las manos apretando mi cabeza contra ella, hasta que el cuerpo fue soltando de a poco.
Me separé despacio. La miré desde abajo.
Tenía los ojos cerrados y las mejillas mojadas. No de tristeza. De eso que sale cuando el cuerpo libera algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
Me senté a su lado en el sofá. Ella no abrió los ojos todavía. Le tomé la mano y ella me la apretó fuerte.
—¿Está bien? —le pregunté.
Tardó en responder.
—Sí —dijo, con una voz nueva, de esas que no se forman en la garganta sino más abajo—. Estoy muy bien.
Silencio. El tinto frío en la mesa. Los cuadros religiosos en la pared mirándonos sin opinar.
Abrió los ojos y me miró de frente. Sin pena, sin disculpa. Solo esa mirada directa de mujer que acaba de recordar algo de sí misma que había olvidado.
—Andrés —dijo.
—¿Qué.
—Quiero más.
No lo dijo como pregunta ni como ruego. Lo dijo como quien ha tomado una decisión después de pensarlo suficiente.
Le sonreí.
—Entonces quédese quieta —le dije, y la besé despacio mientras la bata terminaba de abrirse sola.
---
Esa tarde Edilma perdió la pena por completo. Despacio, en capas, como quien se quita ropa que llevaba años puesta sin darse cuenta. Primero la bata. Luego la voz. Luego esa contención que la había acompañado durante seis años de viudez silenciosa y misa de los domingos y casa grande y vacía.
Lo que quedó debajo de todo eso era una mujer que quería y que sabía pedir y que cuando finalmente se soltó de verdad llenó cada rincón de esa sala con una presencia que no tenía nada que ver con la señora Edilma que yo había conocido de toda la vida.
Cuando me fui ya era de noche. Ella me acompañó a la puerta con la bata de nuevo amarrada, el pelo enredado y esa expresión de quien acaba de despertar de un sueño largo.
—Andrés —dijo, antes de cerrar.
—¿Qué.
—Esto... —buscó la palabra— ...no lo sabe nadie, ¿verdad?
—Nadie.
Asintió, satisfecha con eso.
—¿Y va a volver? —preguntó, con una naturalidad que no tenía nada de ruego pero que cargaba todo el peso de lo que habíamos hecho esa tarde.
—¿Quiere que vuelva?
Me miró.
—Sí —dijo, sin adornos.
—Entonces vuelvo.
Cerró la puerta. Yo me quedé un momento en el andén, bajo el cielo de Montería cargado de estrellas, escuchando el barrio tranquilo a esa hora.
El domingo siguiente la vi en la iglesia, en su silla de siempre, con su vestido floreado y su cartera de cuero negro.
Me saludó con una inclinación de cabeza discreta, de esas que no significan nada para nadie más.
Pero me miró dos segundos más de lo normal.
Y en esa mirada estaba todo.
Volví el miércoles. Ella abrió la puerta antes de que tocara el timbre, como si hubiera estado escuchando los pasos desde la calle.
Traía el mismo vestido floreado de los domingos pero sin la cartera, sin los zapatos, con el pelo suelto sobre los hombros y los labios pintados del rojo discreto de siempre. Ese detalle me dijo que se había arreglado para mí, que había pensado en esto, que no había sido una decisión de último momento sino algo que había cargado desde el domingo en la iglesia.
—Pase —dijo, haciéndose a un lado.
Entré. La casa olía igual, a colonia suave y a algo cocinado temprano. Pero el ambiente era diferente. No había tinto preparado ni excusa de visita. Solo los dos sabiendo para qué estaba yo ahí.
Se sentó en el sofá. Yo me senté a su lado, cerca, y ella no se corrió.
—¿Está nerviosa? —le pregunté.
—Sí —dijo, honesta como siempre.
—¿Por qué.
—Porque el otro día fue una cosa. Pero hoy ya sé que vine a algo. Y eso se siente diferente.
La miré.
—¿Se arrepiente?
Tardó. Luego negó con la cabeza, despacio.
—No. —Me miró—. Pero tengo que decirle algo.
—Dígame.
—Yo nunca he hecho lo que usted hizo. Y tampoco he hecho... lo otro. —Bajó los ojos—. Nunca se lo hice a mi marido así. Como dicen que se hace.
El silencio que siguió no fue incómodo sino cargado.
—¿Quiere aprender? —le dije, directo.
Se le fue el color a la cara. Luego volvió, más oscuro.
—Sí —dijo, casi sin voz.
Me acerqué y la besé despacio. Ella respondió mejor que la primera vez, con más confianza, con esa boca gruesa que sabía besar aunque hubiera olvidado que sabía. Le puse una mano en la rodilla y la sentí tensarse y soltarse al mismo tiempo.
Le fui subiendo la mano por el muslo, por debajo del vestido. Ella abrió las piernas apenas, ese gesto pequeño que lo dice todo. Estaba húmeda ya, a través de la tela de la pantaleta, y cuando le pasé los dedos por encima soltó el aire que tenía guardado.
—Edilma —dije.
—¿Qué.
—Hoy usted me lo va a hacer a mí primero.
Me miró. Los ojos muy abiertos.
—Andrés, yo no sé.
—Yo le enseño.
Se quedó quieta, procesando. Luego asintió, una vez, con esa determinación silenciosa que tenía cuando tomaba una decisión.
Me puse de pie frente a ella. Le tomé las manos y las puse en mi cintura. Ella las dejó ahí, quietas, mirando hacia arriba con una mezcla de concentración y nervios que me pareció la cosa más honesta del mundo.
—Sin afán —le dije—. Como usted quiera.
Sus dedos encontraron el botón del pantalón. Lo trabajó despacio, con cuidado, como quien desarma algo delicado. Cuando me lo bajó junto con lo de abajo y quedé frente a ella, me miró con una expresión que no era susto sino asombro, de esas personas que ven algo por primera vez y necesitan un momento para ubicarse.
Extendió una mano y me tocó con los dedos, explorando, con una delicadeza que venía de no saber y de querer hacerlo bien al mismo tiempo. Ese contacto torpe y cuidadoso me pareció más erótico que cualquier maña aprendida.
—¿Así? —preguntó, mirándome.
—Así. Con más presión.
Apretó un poco más. Yo le puse la mano sobre la suya y le mostré el ritmo sin apurarla. Ella aprendía rápido, con esa atención que debía tener en el salón de clases, concentrada, pendiente de cada reacción.
—¿Le gusta? —preguntó, con una voz diferente.
—Mucho.
Eso la animó. Se inclinó hacia adelante, dudó un segundo, y luego me lo metió en la boca con una torpeza honesta que me llegó directo al estómago. Lo hizo despacio, sin saber bien cómo pero con una entrega que compensaba todo lo demás. Cerré los ojos.
—¿Está bien así? —se separó un momento para preguntar, mirándome desde abajo con esos ojos cafés.
—Está muy bien, Edilma.
Siguió. Fue encontrando el camino sola, aprendiendo qué le gustaba a mi cuerpo, respondiendo a cada señal. En algún momento le enredé los dedos en el pelo negro teñido y ella no lo rechazó sino que se acomodó, cerrando los ojos, metiéndose más.
La detuve antes de que terminara.
Ella levantó la cabeza, con los labios húmedos y el maquillaje corrido apenas.
—¿Hice algo mal? —preguntó.
—Nada. Es que no quiero terminar así todavía.
Me arrodillé frente a ella como la primera vez. Le subí el vestido, le bajé la pantaleta. Ese olor suyo, espeso y dulce, cargado de esos días desde el miércoles anterior, me golpeó directo. Me quedé respirándolo un momento con los ojos cerrados.
—Eso te vuelve a dar asco —dijo, con la pena asomándose de nuevo.
—No me da asco. Me encanta cómo hueles.
—Andrés...
—En serio. Su olor me tiene loco desde la semana pasada.
La vi procesarlo. Esa idea de que su olor, ese olor que ella probablemente había considerado una imperfección toda la vida, era para mí exactamente lo contrario.
Le separé los muslos y le pasé la nariz por los pliegues despacio, oliéndola de cerca, saboreando ese aroma denso antes de tocarla con la boca. Ella puso las manos en mi cabeza.
La comí despacio, recordando lo que le había gustado la primera vez, y ella respondió más rápido ahora, sin la barrera del miedo inicial. Gemía sin tapujarse, con esa voz nueva que había encontrado el miércoles anterior y que hoy salía más fácil.
En algún momento levanté la cabeza y le miré los pies, que había dejado sobre el borde del sofá. Les pasé la mano, los bajé hacia mí.
—¿Qué haces? —preguntó.
No respondí. Le besé el empeine, el tobillo, le pasé la lengua por la planta y ella pegó un brinco y soltó una risa nerviosa.
—Eso me hace cosquillas.
—¿Solo cosquillas?
Le metí el dedo gordo en la boca y lo chupé despacio, mirándola. La risa se le cortó. Abrió los labios.
—No —dijo, con la voz cambiada—. No solo cosquillas.
Le trabajé los pies mientras le seguía tocando entre las piernas con la otra mano, y ella no sabía dónde poner los ojos ni las manos, perdida entre las dos sensaciones.
—Andrés, qué es eso —decía, sin aliento—. Por qué se siente así.
—¿Bien o mal?
—Bien. Muy bien. Demasiado bien.
La senté sobre mí en el sofá, de frente. Ella me rodeó con las piernas, agarrándome los hombros, y entró despacio, con los ojos fijos en los míos, mordiéndose el labio con una concentración que me pareció hermosa.
Cuando me tuvo adentro completo cerró los ojos y se quedó quieta un momento.
—Dios mío —murmuró.
—¿Está bien?
—Estoy perfectamente bien —dijo, y empezó a moverse.
Se movía con una lentitud que no era timidez sino disfrute, de quien saborea algo que sabe que vale. Le agarré las caderas y la guié apenas, sin forzar el ritmo. Ella gemía bajito contra mi cuello, con ese vello canoso de su cabeza rozándome la cara, oliendo a esa colonia suave que usaba siempre y debajo de ella a sudor reciente y a mujer encendida.
—Más profundo —dijo, bajito, como si le costara pedirlo.
Empujé las caderas hacia arriba. Ella soltó un sonido largo.
—Sí —dijo—. Así.
Fuimos subiendo el ritmo juntos, naturalmente, sin que nadie lo decidiera. Sus gemidos llenaban la sala, sin contención ahora, esos gemidos de mujer que ha esperado demasiado y que ya no tiene razón para esperar más. Le mordí el hombro y ella me clavó las uñas en la espalda. Le agarré los glúteos con fuerza y ella arqueó la espalda y me miró desde arriba con esos ojos que ya no tenían nada de señora de iglesia.
—¿Quién iba a decirme —dijo, entre jadeos, con una sonrisa que era mitad incredulidad y mitad pura satisfacción— que a mis años...
—Cállese —le dije, y la besé.
Se rió dentro del beso. Y luego se olvidó de reírse porque el cuerpo le reclamó toda la atención.
Se vino encima de mí con un gemido largo y sin disculpas, aferrada a mis hombros, con el cuerpo entero temblando y ese olor suyo llenándome la nariz, mezclado con el sudor y la colonia y esa cosa específica que tenía Edilma y que no existía en ninguna otra parte del mundo.
Me vine poco después, adentro de ella, apretándole las caderas con las manos.
Quedamos así, enredados, respirando.
Ella no se bajó de inmediato. Se quedó sentada encima, con la frente contra la mía, recuperando el aire.
—Andrés —dijo.
—¿Qué.
—Gracias.
—¿Otra vez las gracias?
—Es que no sé qué más decir.
Le aparté el pelo de la cara. Ella me dejó, con los ojos cerrados.
—No tiene que decir nada —le dije.
Se quedó quieta un momento. Luego abrió los ojos y me miró con esa expresión directa que tenía cuando hablaba en serio.
—¿Sabe qué es lo más raro de todo esto?
—¿Qué.
—Que no me siento culpable. —Hizo una pausa—. Pensé que me iba a sentir culpable.
—¿Y?
—Y nada. Me siento bien. —Me miró—. ¿Eso está mal?
—No —le dije—. Eso está perfectamente bien.
Sonrió. Esa sonrisa que no era la de la señora de la iglesia sino una completamente nueva, de mujer que acaba de encontrar algo que no sabía que había perdido.
Se bajó despacio, se acomodó el vestido con esa calma que tenía para todo, y fue a la cocina a preparar el tinto que no habíamos tomado.
Yo me quedé en el sofá, escuchándola moverse en la cocina, con el olor de su cuerpo todavía en mí y los cuadros religiosos en la pared mirando hacia otro lado con una discreción que agradecí.
Volví el viernes siguiente; esta vez abrió la puerta con una sonrisa desde el principio, sin el nerviosismo de las veces anteriores. Traía una bata diferente, azul marino, y el pelo recogido pero no apretado, con esos mechones canosos en las sienes que yo había aprendido a buscar porque me gustaban.
—Pasé por la panadería —dije, levantando la bolsa.
—Siempre con el pandeyuca —dijo, haciéndose a un lado.
Pero esta vez cuando entré me agarró del brazo, me dio vuelta, y me besó ella primera. Sin rodeos, con esa boca que había aprendido a no pedirse permiso. Me tomó la cara con las dos manos y me besó largo, con una calma que era completamente suya.
Cuando se separó me miró directo.
—Ya no quiero tinto primero —dijo.
La cogí de la mano y la llevé al cuarto.
---
Se desvistió sola esta vez. Sin que yo le pidiera nada, sin que esperara que yo empezara. Se desató la bata, la dobló sobre la silla con ese orden que no podía evitar, y se quedó parada frente a mí con el brasier color piel y la pantaleta blanca, con esa figura de mujer madura que tenía las caderas anchas y el vientre suave y esas tetas grandes que el brasier apenas contenía.
Me miró.
—¿Qué espera? —dijo.
Me senté en el borde de la cama y la jalé hacia mí. La desabroché por atrás y cuando el brasier cayó me quedé un momento mirándola. Sus tetas eran generosas, pesadas, con los pezones muy oscuros y anchos que se endurecieron apenas tocó el aire. Las marcas del tiempo en su cuerpo, esas líneas suaves en la piel, ese vientre que había vivido, me parecieron más honestos y más excitantes que cualquier otra cosa.
Me las llevé a la boca una por una. Ella metió los dedos en mi pelo.
—Ay —dijo, bajito, con los ojos cerrados.
Le bajé la pantaleta despacio. Ese olor suyo, espeso y dulce y completamente de ella, me recibió como siempre y como siempre me dejé un momento ahí, respirándola, con la nariz hundida en ese vello canoso y suave que olía a mujer real y a deseo guardado durante días.
—Eso todavía me da pena —dijo, mirándome desde arriba.
—¿Por qué.
—Porque me huele.
—Me encanta cómo huele.
—Andrés...
—Edilma. Le juro que es verdad.
Se quedó callada. Aprendiendo a recibir eso también.
La acosté en la cama. Le besé el cuello, la clavícula, el centro del pecho, el vientre. Me detuve en el ombligo y le pasé la lengua ahí y ella se retorció.
—Eso me hace cosquillas —dijo, con una risa chiquita.
Seguí bajando. Cuando llegué a sus muslos los abrí con cuidado y me tomé mi tiempo antes de tocarla, besándole la parte interna de cada pierna, oliéndola de cerca, sintiendo cómo el calor que salía de ella aumentaba con cada segundo.
—Andrés —dijo, con la voz ya diferente—. No me haga esperar así.
—¿Le molesta esperar?
—Me desespera.
—Entonces espere un poco más.
Soltó un sonido entre frustración y deseo que me hizo sonreír contra su muslo. Cuando finalmente le pasé la lengua ella arqueó la espalda de golpe y agarró la sábana con las dos manos.
La comí despacio, sin afán, aprendiendo de nuevo lo que ya sabía de ella. Edilma respondía con todo el cuerpo, sin guardar nada, con esos gemidos que llenaban el cuarto sin que ella intentara controlarlos. Había perdido esa batalla desde el miércoles anterior y no tenía intención de recuperarla.
Le levanté los pies y los puse sobre mis hombros mientras seguía. Ella no preguntó por qué. Ya sabía por qué. Le acaricié los tobillos, los talones, le pasé los pulgares por las plantas y ella se estremeció.
—Eso —dijo, sin terminar la frase.
Le besé un pie sin dejar de moverle la lengua entre las piernas. Los dedos en la boca, uno por uno, chupándolos despacio mientras ella perdía el hilo de todo lo demás.
—Dios mío —decía, sin saber ya si era invocación o blasfemia—. Dios mío, Dios mío.
Cuando se vino fue largo y profundo, con las piernas cerrándose sobre mis hombros y un gemido que empezó alto y fue bajando en oleadas mientras el cuerpo le temblaba sin parar.
Me subí encima de ella antes de que terminara de bajar. Entré despacio, sintiéndola todavía palpitando, y ella abrió los ojos de golpe.
—Ay —dijo, con la voz completamente rota.
Me moví despacio al principio. Ella me rodeó con las piernas, buscando más profundidad, jalándome hacia adentro.
—No seas suave —dijo.
La miré.
—¿Segura?
—Hace seis años que soy suave con todo —dijo, mirándome directo—. Hoy no.
Le agarré las caderas y empujé con fuerza. Ella gritó y no se tapó la boca. Le mordí el hombro y ella me clavó las uñas en la espalda y me jalé más adentro con las piernas. Sus tetas se movían con cada embestida y yo me perdí en ellas, besándolas, mordiéndolas apenas, y ella gemía mi nombre de una manera que me llegaba al fondo.
En un momento la volteé boca abajo. Ella se acomodó sin preguntar, levantando las caderas, y desde atrás la vista era una cosa seria: esas nalgas maduras y llenas, esa espalda morena, ese pelo negro con canas extendido sobre la almohada.
Entré de nuevo. Ella hundió la cara en la almohada y el sonido que salió fue ahogado y largo y sin ningún resto de la señora Edilma de los domingos.
Le pasé las manos por la espalda, por las caderas, por los glúteos. Le separé las nalgas con cuidado y le pasé el pulgar despacio por ese lugar que nunca nadie había explorado.
Ella se tensó de inmediato.
—Ahí no —dijo, levantando la cara.
Retiré la mano sin insistir.
—Listo —le dije, y le besé la espalda.
Se relajó de nuevo. Eso me gustó: que dijera no sin drama y que yo parara sin drama y que los dos siguiéramos como si nada porque nada había pasado. Esa confianza que se había formado entre nosotros en tan poco tiempo era una cosa aparte.
Seguimos. Más rápido, más profundo, con ella empujando hacia atrás a cada embestida y agarrando la almohada con las dos manos.
—Andrés —dijo, con la voz enterrada en la almohada.
—¿Qué.
—Me voy a venir otra vez.
—Véngase.
—Es que... ay... es que son muchas veces.
—¿Y eso tiene algo de malo?
No respondió. El cuerpo respondió por ella: ese temblor que le empezaba en las caderas y se extendía hacia arriba, esos gemidos que subían de volumen sin que ella pudiera hacer nada.
Se vino por segunda vez con la cara en la almohada y las manos apretando la sábana y un sonido que era la suma de todo lo que había aguantado en seis años de silencio.
Me vine con ella, adentro, con la frente contra su espalda.
---
Quedamos tirados un rato largo. Ella boca abajo, yo a su lado, con una mano sobre su espalda que subía y bajaba con su respiración.
Después de un rato se volteó y me miró. Tenía el pelo enredado, el maquillaje completamente deshecho, los labios hinchados. Hermosa de esa manera que no se planea.
—¿Sabe qué pensé esta semana? —dijo.
—¿Qué.
—Que me perdí mucho tiempo.
No dije nada. Le acaricié el pelo.
—No se lo digo con tristeza —aclaró—. Se lo digo como dato. —Hizo una pausa—. Pero ya no me voy a perder más.
Le besé la frente. Ella cerró los ojos.
Afuera el barrio sonaba tranquilo. Alguien cortando pasto. Un niño en una bicicleta. La vida normal de una tarde en Montería que no sabía nada de lo que acababa de pasar en esa habitación.
Edilma se quedó dormida antes de que oscureciera, con una mano sobre mi pecho y una expresión en la cara que no le había visto nunca.
Paz. Solo eso. Paz completa.
Me quedé despierto un rato mirando el techo, escuchando su respiración, pensando que hay personas que uno se encuentra en el lugar menos esperado y que llegan a enseñarle a uno cosas que no sabía que necesitaba aprender.
El domingo siguiente en la misa me saludó con su inclinación de cabeza de siempre.
Pero esta vez sonrió primero.
Volví el martes. Ella no me había llamado pero yo sabía que no necesitaba llamar.
Abrió la puerta antes de que tocara. Traía un vestido verde oscuro de tela liviana, sin brasier, algo que noté de inmediato porque sus tetas se movían libres debajo de la tela con una naturalidad que me dijo que lo había pensado antes de vestirse.
Me miró con esa calma nueva que había adquirido en las últimas semanas.
—Venía pasando —dije.
—Claro que sí —dijo, y se dio la vuelta dejándome entrar.
La seguí adentro. Iba descalza y el vestido le caía hasta las rodillas y se le pegaba a las caderas con cada paso. No habló de tinto ni de pandeyuca ni de ninguna otra excusa. Fue directo al cuarto y yo fui detrás.
Se sentó en el borde de la cama y me miró.
—Esta semana estuve pensando —dijo.
—¿En qué.
—En cosas que nunca he hecho. —Bajó los ojos un momento y los volvió a subir—. Y en cosas que quiero hacer.
Me senté a su lado.
—Cuénteme.
Se tomó un momento. Edilma siempre se tomaba su momento antes de decir algo importante.
—Quiero hacerle todo —dijo—. Sin pena. Sin estar pensando si está bien o si está mal. Solo hacerlo.
La miré.
—¿Todo?
—Todo lo que usted me ha hecho a mí. —Una pausa—. Y más.
Me incliné y la besé despacio. Ella respondió diferente a todas las veces anteriores, con una urgencia nueva, agarrándome la camisa con las manos, jalándome hacia ella.
La acosté en la cama y me puse encima. Le subí el vestido y confirmé lo que sospechaba: no traía pantaleta. Solo esa piel morena y ese vello canoso y húmedo que me recibió con ese olor espeso y dulce que a esta altura ya me sabía de memoria y que me seguía llegando igual que la primera vez.
—Edilma —dije.
—¿Qué.
—No tiene pantaleta.
—Ya sé —dijo, sin ninguna pena—. Me la quité antes de abrir la puerta.
Me quedé mirándola. Ella sostuvo la mirada con esa calma nueva, con una sonrisa chiquita que era completamente suya.
Esa mujer me estaba matando.
Le bajé el vestido por los hombros. Sin brasier, sus tetas cayeron libres, grandes y pesadas, con los pezones oscuros ya duros. Me las llevé a la boca y ella arqueó la espalda y metió los dedos en mi pelo con fuerza.
—Muérdalas —dijo, bajito.
Las mordí suave. Ella empujó mi cabeza contra su pecho.
—Más.
Las mordí con más presión y soltó un sonido largo y satisfecho que llenó el cuarto.
Me separé y me quité la ropa. Ella me miraba desde la cama sin moverse, con los ojos recorriéndome despacio, con una apreciación tranquila que me gustó. Cuando quedé desnudo frente a ella se incorporó, se puso de rodillas en la cama y me jaló hacia ella por la cadera.
—Ahora yo —dijo.
Me lo agarró con esa mano cuidada y me lo metió en la boca sin preámbulos, sin la torpeza de la primera vez. Había practicado en su cabeza, eso era evidente. Sabía dónde poner la lengua, cómo mover la mano al mismo tiempo, cómo mirarme desde abajo con esos ojos cafés que ya no tenían nada de señora de iglesia.
Me lo chupó largo, con hambre, con esa entrega que tenía Edilma para todo lo que decidía hacer. Le enredé los dedos en el pelo y ella no se apartó sino que se metió más, bajando hasta donde podía, con la mano trabajando lo que la boca no alcanzaba.
Se separó un momento para respirar y me miró.
—¿Está bien así? —preguntó, con los labios húmedos y ese maquillaje corrido que le quedaba mejor que cualquier maquillaje puesto.
—Está perfecta, Edilma.
Sonrió y siguió.
En algún momento me senté en el borde de la cama y la jalé hacia el piso. Ella se arrodilló frente a mí sin que yo se lo pidiera, entendiéndolo sola, y siguió desde ahí, mirándome de frente, con el pelo cayéndole sobre los hombros y esas tetas grandes moviéndose con cada movimiento de su cabeza.
Era la imagen más improbable y más perfecta que había visto en mucho tiempo.
La detuve antes de terminar. La levanté, la acosté, me puse entre sus piernas. Pero antes de entrar bajé y le pasé la lengua, solo para escucharla, porque el sonido que hacía Edilma cuando la comía era una de esas cosas que uno no se cansa de escuchar.
No se decepcionó. Gemió largo y sin freno, con las manos en mi cabeza, empujándome contra ella.
—Andrés —dijo, entre jadeos.
—¿Qué.
—Los pies.
Levanté la cabeza.
—¿Qué con los pies?
—Que me los haga. Mientras me come.
Me quedé quieto un segundo. Ella había pedido eso ella sola, sin que yo lo sugiriera.
Le levanté un pie, se lo llevé a la boca, le chupé los dedos uno por uno mientras le seguía trabajando entre las piernas con la otra mano. Edilma se retorció en la cama con un gemido que era mitad placer y mitad incredulidad de su propio cuerpo.
—No entiendo por qué eso se siente así —decía, sin aliento—. No tiene sentido.
—¿Le gusta o no le gusta?
—Me enloquece —admitió—. Me enloquece y no sé por qué y ya no me importa por qué.
Le trabajé los dos pies así, oliéndolos, lamiéndolos, saboreando esa piel oscura y suave con ese rastro de crema y de día caminado, mientras ella se deshacía en la cama sin intentar controlarse.
Cuando entré en ella ya estaba tan abierta y tan húmeda que el sonido que hicimos los dos juntos llenó el cuarto. Ella no cerró los ojos esta vez. Me miró de frente, con esa mirada directa que tenía para todo, y no la apartó.
—Quiero verle la cara —dijo.
Me moví adentro de ella mirándola. Eso fue más íntimo que cualquier otra cosa que habíamos hecho y los dos lo sabíamos.
Le levanté las piernas sobre mis hombros. La profundidad desde ese ángulo la hizo soltar un grito corto y agudo.
—Dios —dijo.
—¿Bien?
—Muy bien. No pare.
No paré. Me moví con fuerza, con profundidad, con ese ritmo que habíamos encontrado juntos en las semanas anteriores y que era completamente nuestro. Sus tetas se sacudían con cada embestida y ella las agarraba con las manos, ofreciéndomelas, y yo me bajaba a morderlas sin salirme y ella arqueaba la espalda y gemía mi nombre.
En algún momento le pasé el pulgar por el lugar que la semana anterior había rechazado. Esta vez no se tensó. Se quedó quieta, sintiendo.
—Despacio —dijo, bajito.
—¿Segura?
—Despacio —repitió, como única respuesta.
Fui despacio. Ella respiró hondo, soltó el aire, y se fue abriendo poco a poco con una confianza que venía de adentro. Le besé un pie mientras lo hacía, distrayéndola con eso que ya sabía que le gustaba, y ella se concentró en el placer en vez del miedo.
—Ay —dijo, cuando entré apenas—. Ay, Andrés.
—¿Para?
—No —dijo, cerrando los ojos—. Siga.
Seguí, despacio, con cuidado, leyendo cada señal de su cuerpo. Ella se fue relajando de a poco, abriéndose con una rendición silenciosa que me llegó más profundo que cualquier gemido.
—Nadie —dijo, con la voz enterrada en la almohada— nadie me había hecho sentir así.
No respondí. Seguí moviéndome adentro de ella, despacio, sintiéndola entera, ese calor que tenía en cada rincón de su cuerpo envolviéndome completo.
Se vino de una manera diferente a todas las anteriores. Sin gritos, sin temblores bruscos. Una oleada lenta y profunda que le recorrió todo el cuerpo de abajo hacia arriba, con un gemido largo que fue bajando de volumen hasta quedarse en silencio, y ese silencio final fue lo más intenso de todo.
Me vine con ella, adentro, con los ojos cerrados y la frente contra su espalda.
---
Quedamos así un rato largo.
Ella se volteó despacio y se acomodó contra mí, con la cabeza en mi pecho y una pierna sobre las mías. Le acaricié la espalda sin decir nada.
Afuera llovía. Esa lluvia de Montería que llega de golpe y lo llena todo de un olor a tierra mojada que entra por las ventanas y se mete en todo.
—Andrés —dijo, después de un rato.
—¿Qué.
—¿Esto qué es?
No respondí de inmediato.
—¿Necesita que sea algo? —le pregunté.
Pensó.
—No —dijo—. Creo que no. —Pausa—. Solo quería saber si usted sabía.
—No sé —dije, honesto—. Pero me gusta estar aquí.
—A mí también —dijo.
Y eso fue suficiente para los dos.
La lluvia siguió un rato largo. Edilma se quedó dormida con la mano sobre mi pecho y esa paz en la cara que yo ya había aprendido a reconocer como la versión más real de ella.
El domingo siguiente en la iglesia me saludó igual que siempre.
Pero cuando pasé a su lado de camino a la salida, sin mirarme, me dijo bajito:
—El martes.
Y siguió caminando como si nada, con su cartera de cuero negro y sus zapatos limpios y toda la dignidad intacta.
Yo salí a la calle sonriendo sin poder evitarlo...
Edilma tendría unos 54 años. Viuda desde hacía seis, según contaba mi mamá, de un señor que trabajó toda la vida en la Alcaldía y murió de un infarto sin previo aviso. Sin hijos. Sola en una casa de El Campestre que le había quedado grande y silenciosa.
Era una mujer presentable, de esas que se arreglan todos los días aunque no tengan para dónde ir. Siempre peinada, siempre con los labios pintados de un rojo discreto, siempre con los zapatos limpios. Tenía el cuerpo de una mujer que había sido delgada de joven y que con los años había agarrado peso en las caderas y en el pecho de una manera que no le quedaba mal sino todo lo contrario. Morena clara, con el pelo teñido de negro azabache que le llegaba a los hombros y unas manos cuidadas con las uñas siempre arregladas.
Nunca la había mirado de otra manera. Era la amiga de mi mamá. La señora Edilma. Buenos días, buenas tardes, que Dios la bendiga.
Hasta que un domingo después de misa me pidió un favor.
---
Necesitaba que le ayudara a mover unos muebles. Su sobrino que siempre le colaboraba estaba en Bogotá y ella no quería molestar a nadie más. Me lo pidió con esa pena característica suya, mirando al piso, restándole importancia.
—No se preocupe, señora Edilma. El domingo en la tarde la caigo.
—Ay, Andrés, tan bueno. No sé qué haría sin los muchachos de su mamá.
Llegué a las tres. Abrió la puerta con un vestido de andar por la casa, de esos holgados y frescos que usan las señoras mayores cuando no hay visita formal. Pero en Edilma ese vestido azul claro con flores pequeñas se veía diferente: le marcaba el pecho y le caía sobre las caderas con una naturalidad que no tenía nada de intencional y precisamente por eso era tan difícil de ignorar. Tenía los pies descalzos sobre el piso frío de la sala, las uñas pintadas de un rosado suave.
—Pase, pase. ¿Quiere agua de panela?
—Listo, sí.
La casa olía a colonia suave y a comida reciente. Era una casa ordenada, de cuadros religiosos en las paredes y manteles de encaje en las mesas, pero con una calidez que se sentía desde la entrada.
Moví los muebles en veinte minutos. Un sofá, una cómoda, un armario. Edilma dirigía desde la puerta de cada cuarto, señalando con esas manos cuidadas, pidiéndome perdón cada dos minutos por la molestia.
Cuando terminé me llevó a la cocina y me puso el agua de panela con limón y una tajada de quesillo encima de la mesa.
—Siéntese, que se lo merece.
Se sentó al frente. Así, de cerca, en la luz de la cocina, me fijé en cosas que desde la distancia de la iglesia no se notaban. Las arrugas finas alrededor de los ojos que no alcanzaban a ser arrugas sino apenas marcas de expresión. La forma en que se le movían los labios cuando hablaba, esa boca bien formada con el labio inferior grueso. El escote del vestido que se abría apenas cuando se inclinaba hacia adelante y dejaba ver el borde de un brasier de encaje color piel que no cuadraba con la imagen de señora de iglesia que yo tenía de ella.
Me pilló mirando.
Se enderezó despacio, sin hacer teatro. Se acomodó el vestido con una mano y siguió hablando como si nada, pero con las mejillas un tono más oscuras.
Estuvimos ahí casi una hora. Ella hablaba de sus cosas, del barrio, de la iglesia, de lo grande que me había puesto desde que era pelado. Yo escuchaba y respondía y en algún momento dejé de escuchar del todo y me dediqué a mirarla.
Había algo en Edilma que yo no había visto antes porque nunca había tenido razón para buscarlo. Una soledad específica, de esas que no se queja ni pide nada pero que se nota en la forma en que una persona llena el silencio con palabras, en cómo agradece demasiado una visita que no duró ni dos horas.
Cuando me levanté a irme ella me acompañó a la puerta.
—Gracias, Andrés. En serio. No sabe lo que es tener a alguien de confianza.
—Para eso estamos, señora Edilma.
—Edilma, no más. Que señora me hace sentir vieja.
La miré. Ella sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y luego la bajó.
—Edilma —dije.
Sonrió con esa boca que tenía y abrió la puerta.
---
Volví el siguiente sábado. Sin que me llamara, sin excusa concreta. Pasé por ahí con una bolsa de pandeyuca de la panadería de la esquina y toqué el timbre como si fuera lo más normal del mundo.
Abrió en bata. Una bata de tela liviana, verde, amarrada en la cintura. Se la veía recién bañada, con el pelo húmedo sobre los hombros y la cara sin maquillaje. Sin el maquillaje era distinta: más suave, más real, con esas marcas finas alrededor de los ojos y esa boca que sin el labial rojo seguía siendo la misma boca.
—Andrés —dijo, sorprendida—. ¿Pasó algo?
—Nada. Pasaba por aquí y traje pandeyuca.
Me miró un momento, evaluando. Luego se hizo a un lado.
—Pase.
Tomamos tinto en la sala esta vez. Ella se había amarrado mejor la bata pero en algún momento se sentó con las piernas cruzadas en el sofá y la tela se abrió hasta la rodilla, dejando ver la pantorrilla morena y el pie descalzo moviéndose solo en el aire.
Hablamos diferente ese día. Menos relleno, menos cortesía. En algún momento ella dijo algo y yo me reí y ella se rió también, de verdad, con esa risa que tiene la gente cuando baja la guardia sin darse cuenta.
—Usted es muy raro, Andrés —dijo, todavía sonriendo.
—¿Por qué.
—Porque uno no sabe para dónde va con usted.
La miré fijo.
—¿Para dónde quiere que vaya?
El silencio que siguió duró tres segundos exactos. Ella dejó de sonreír, no de golpe sino despacio, como cuando una luz se va atenuando. Bajó los ojos a su tinto, lo movió en la taza.
—No diga esas cosas —dijo, bajito.
—¿Por qué no.
—Porque yo soy la amiga de su mamá. Porque tengo la edad que tengo. Porque —hizo una pausa— porque no.
—Edilma.
Levantó los ojos.
—Usted es una mujer muy bonita. Y yo no estoy diciendo eso por decir.
Se le notó en la cara. No fue vanidad sino otra cosa, esa cosa que tiene la gente cuando le dicen algo que necesitaba escuchar y llevaba tiempo sin escuchar. Le brillaron los ojos un segundo y luego los apartó hacia la ventana.
—Váyase a su casa —dijo, sin convicción.
No me fui. Me acerqué despacio en el sofá. Ella no se movió, mirando la ventana, con las manos apretadas alrededor de la taza.
Le puse la mano sobre la suya, apenas, sin presionar.
La sintí tensarse. Luego, muy despacio, soltar.
—Andrés —dijo, con una voz que no reconocí porque era la primera vez que me hablaba así—. Yo no sé hacer estas cosas.
—¿Qué cosas.
—Estas. —Hizo un gesto vago con la mano—. Hace seis años que no...
No terminó. No necesitaba terminar.
Le quité la taza de las manos con cuidado y la puse en la mesa. Me acerqué más. Ella me miraba de frente ahora, con esa mezcla de miedo y de algo más que le cambiaba la respiración.
La besé despacio. Un beso corto, sin presión, solo para preguntar.
Ella no respondió de inmediato. Pero tampoco se alejó. Se quedó quieta con los ojos cerrados cuando me separé.
—Dios mío —murmuró, para ella misma.
—¿Está bien?
Abrió los ojos. Me miró.
—No sé —dijo, honesta.
La besé de nuevo. Esta vez ella respondió, apenas, con una timidez que no era de muchacha sino de mujer que ha olvidado cómo se hace esto y está recordando despacio. Le puse una mano en la cara y ella la cubrió con la suya, apretando mis dedos contra su mejilla como si necesitara ese ancla.
Nos besamos así un rato largo, sin afán, dejándola acostumbrarse. Cuando me separé tenía los ojos húmedos pero no de tristeza.
—¿Por qué llora? —le pregunté.
—No sé —dijo, limpiándose el ojo con el dorso de la mano—. No lloro. Es que hace mucho.
Le sequé la mejilla con el pulgar. Ella cogió mi mano y se la quedó apretando.
—Andrés, yo nunca he... —empezó, y se detuvo.
—¿Nunca ha qué.
Se le fue el color. Bajó los ojos.
—Mi marido era muy... conservador. Nunca me... —Otra pausa larga—. Nunca me hacía ciertas cosas. Decía que eso no se hacía.
La miré, esperando.
—¿Qué cosas, Edilma?
Tardó en responder. Cuando lo hizo no me miró.
—Lo que hacen por abajo —dijo, tan bajito que casi no lo escuché.
El silencio que siguió fue de esos que pesan de buena manera.
—¿Quiere que le haga eso? —le dije, directo, sin rodeos.
Se puso roja. No respondió. Pero tampoco dijo no.
Me bajé del sofá y me arrodillé frente a ella. Le tomé los pies, esos pies cuidados con las uñas rosadas, y los puse en mis rodillas. Ella me miraba desde arriba con los ojos muy abiertos y las manos apretadas en el regazo.
Le besé un pie. Le pasé los labios por el tobillo, por el arco, por los dedos. Ella soltó el aire que había estado aguantando.
—Ay —dijo, apenas.
Le besé la pantorrilla. La rodilla. Fui subiendo despacio por la pierna mientras la bata se abría sola. Ella no la cerró. Tenía los ojos fijos en mí, la boca entreabierta, las manos ahora aferradas al cojín del sofá.
Cuando llegué a los muslos ella tembló.
—Andrés —dijo, con la voz completamente diferente.
—¿Quiere que pare?
Negó con la cabeza. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero claro.
Le separé los muslos con cuidado. Traía una pantaleta de algodón blanco, sencilla, y estaba húmeda. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que su cuerpo quería aunque su cabeza todavía estuviera pidiéndole permiso a Dios.
Le puse los labios encima de la tela primero, solo para acostumbrarla. Ella pegó un brinco y se tapó la boca con la mano.
—Espera —dijo, con la voz entrecortada.
Me detuve.
—¿Qué.
—Es que... —respiró hondo— ...tengo miedo.
—¿De qué.
—De que no me guste. O de que me guste demasiado. —Me miró—. No sé cuál de los dos me da más susto.
Me arrodillé mejor, con las manos abiertas sobre sus muslos.
—Edilma. Relájese. Si en cualquier momento quiere que pare, para. Sin explicaciones.
Me miró un momento largo. Luego asintió, cerró los ojos, y echó la cabeza hacia atrás contra el espaldar del sofá.
Le bajé la pantaleta despacio. Lo que apareció era la cosa más honesta que había visto: un vello canoso y suave, abundante, completamente natural, de mujer que nunca tuvo razón para depilarse porque nadie le había pedido eso. La abrí con cuidado y lo que encontré era oscuro y húmedo y olía a mujer encerrada en sí misma durante seis años largos.
Le pasé la lengua por primera vez.
El sonido que soltó Edilma no fue un gemido sino algo más primitivo, más sorprendido, como quien recibe un golpe que no duele sino que despierta. Las manos que tenía en el regazo fueron a mi cabeza sin que ella lo decidiera conscientemente, posándose ahí con una delicadeza que se fue convirtiendo en presión a medida que yo seguía.
—Dios santo —murmuró, con la voz completamente rota—. Dios santo.
La comí despacio, aprendiendo su geografía, leyendo cada temblor. Tenía el clítoris escondido pero respondía a todo, hinchándose bajo mi lengua. La sentí abrirse poco a poco, ese cuerpo que había estado cerrado tanto tiempo cediendo con una gratitud que se sentía en cada músculo.
Le metí un dedo con cuidado. Ella soltó un grito chiquito y se tapó la boca de inmediato, mirando hacia la ventana por reflejo aunque estuviéramos solos.
—No hay nadie —le recordé.
—Lo sé —dijo, con la mano todavía en la boca—. Es que no puedo evitarlo.
—No se tape. Quiero escucharla.
Me miró desde arriba con esos ojos que ya no tenían nada de la señora de iglesia.
—Me da pena —dijo.
—¿Pena con quién. Si solo estamos nosotros dos.
Tardó. Luego bajó la mano despacio, la dejó caer al lado del cuerpo, y cuando volví a moverme adentro de ella el sonido que salió fue completo, sin filtro, de los que se forman en el fondo del pecho y suben solos.
La trabajé así un rato largo, sin afán, dejándola acostumbrarse al placer como quien se acostumbra a la luz después de estar mucho tiempo en la oscuridad. Ella gemía bajito, luego más, con las caderas moviéndose solas hacia mi boca, los dedos enredados en mi pelo con una fuerza que no sabía que tenía.
—No pares —decía—. Por favor no pares.
Cuando se vino fue con todo el cuerpo. Las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza, la espalda arqueada, un gemido largo y profundo que llenó la sala entera y que ella no intentó callar. Se quedó temblando durante casi un minuto, con las manos apretando mi cabeza contra ella, hasta que el cuerpo fue soltando de a poco.
Me separé despacio. La miré desde abajo.
Tenía los ojos cerrados y las mejillas mojadas. No de tristeza. De eso que sale cuando el cuerpo libera algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
Me senté a su lado en el sofá. Ella no abrió los ojos todavía. Le tomé la mano y ella me la apretó fuerte.
—¿Está bien? —le pregunté.
Tardó en responder.
—Sí —dijo, con una voz nueva, de esas que no se forman en la garganta sino más abajo—. Estoy muy bien.
Silencio. El tinto frío en la mesa. Los cuadros religiosos en la pared mirándonos sin opinar.
Abrió los ojos y me miró de frente. Sin pena, sin disculpa. Solo esa mirada directa de mujer que acaba de recordar algo de sí misma que había olvidado.
—Andrés —dijo.
—¿Qué.
—Quiero más.
No lo dijo como pregunta ni como ruego. Lo dijo como quien ha tomado una decisión después de pensarlo suficiente.
Le sonreí.
—Entonces quédese quieta —le dije, y la besé despacio mientras la bata terminaba de abrirse sola.
---
Esa tarde Edilma perdió la pena por completo. Despacio, en capas, como quien se quita ropa que llevaba años puesta sin darse cuenta. Primero la bata. Luego la voz. Luego esa contención que la había acompañado durante seis años de viudez silenciosa y misa de los domingos y casa grande y vacía.
Lo que quedó debajo de todo eso era una mujer que quería y que sabía pedir y que cuando finalmente se soltó de verdad llenó cada rincón de esa sala con una presencia que no tenía nada que ver con la señora Edilma que yo había conocido de toda la vida.
Cuando me fui ya era de noche. Ella me acompañó a la puerta con la bata de nuevo amarrada, el pelo enredado y esa expresión de quien acaba de despertar de un sueño largo.
—Andrés —dijo, antes de cerrar.
—¿Qué.
—Esto... —buscó la palabra— ...no lo sabe nadie, ¿verdad?
—Nadie.
Asintió, satisfecha con eso.
—¿Y va a volver? —preguntó, con una naturalidad que no tenía nada de ruego pero que cargaba todo el peso de lo que habíamos hecho esa tarde.
—¿Quiere que vuelva?
Me miró.
—Sí —dijo, sin adornos.
—Entonces vuelvo.
Cerró la puerta. Yo me quedé un momento en el andén, bajo el cielo de Montería cargado de estrellas, escuchando el barrio tranquilo a esa hora.
El domingo siguiente la vi en la iglesia, en su silla de siempre, con su vestido floreado y su cartera de cuero negro.
Me saludó con una inclinación de cabeza discreta, de esas que no significan nada para nadie más.
Pero me miró dos segundos más de lo normal.
Y en esa mirada estaba todo.
Volví el miércoles. Ella abrió la puerta antes de que tocara el timbre, como si hubiera estado escuchando los pasos desde la calle.
Traía el mismo vestido floreado de los domingos pero sin la cartera, sin los zapatos, con el pelo suelto sobre los hombros y los labios pintados del rojo discreto de siempre. Ese detalle me dijo que se había arreglado para mí, que había pensado en esto, que no había sido una decisión de último momento sino algo que había cargado desde el domingo en la iglesia.
—Pase —dijo, haciéndose a un lado.
Entré. La casa olía igual, a colonia suave y a algo cocinado temprano. Pero el ambiente era diferente. No había tinto preparado ni excusa de visita. Solo los dos sabiendo para qué estaba yo ahí.
Se sentó en el sofá. Yo me senté a su lado, cerca, y ella no se corrió.
—¿Está nerviosa? —le pregunté.
—Sí —dijo, honesta como siempre.
—¿Por qué.
—Porque el otro día fue una cosa. Pero hoy ya sé que vine a algo. Y eso se siente diferente.
La miré.
—¿Se arrepiente?
Tardó. Luego negó con la cabeza, despacio.
—No. —Me miró—. Pero tengo que decirle algo.
—Dígame.
—Yo nunca he hecho lo que usted hizo. Y tampoco he hecho... lo otro. —Bajó los ojos—. Nunca se lo hice a mi marido así. Como dicen que se hace.
El silencio que siguió no fue incómodo sino cargado.
—¿Quiere aprender? —le dije, directo.
Se le fue el color a la cara. Luego volvió, más oscuro.
—Sí —dijo, casi sin voz.
Me acerqué y la besé despacio. Ella respondió mejor que la primera vez, con más confianza, con esa boca gruesa que sabía besar aunque hubiera olvidado que sabía. Le puse una mano en la rodilla y la sentí tensarse y soltarse al mismo tiempo.
Le fui subiendo la mano por el muslo, por debajo del vestido. Ella abrió las piernas apenas, ese gesto pequeño que lo dice todo. Estaba húmeda ya, a través de la tela de la pantaleta, y cuando le pasé los dedos por encima soltó el aire que tenía guardado.
—Edilma —dije.
—¿Qué.
—Hoy usted me lo va a hacer a mí primero.
Me miró. Los ojos muy abiertos.
—Andrés, yo no sé.
—Yo le enseño.
Se quedó quieta, procesando. Luego asintió, una vez, con esa determinación silenciosa que tenía cuando tomaba una decisión.
Me puse de pie frente a ella. Le tomé las manos y las puse en mi cintura. Ella las dejó ahí, quietas, mirando hacia arriba con una mezcla de concentración y nervios que me pareció la cosa más honesta del mundo.
—Sin afán —le dije—. Como usted quiera.
Sus dedos encontraron el botón del pantalón. Lo trabajó despacio, con cuidado, como quien desarma algo delicado. Cuando me lo bajó junto con lo de abajo y quedé frente a ella, me miró con una expresión que no era susto sino asombro, de esas personas que ven algo por primera vez y necesitan un momento para ubicarse.
Extendió una mano y me tocó con los dedos, explorando, con una delicadeza que venía de no saber y de querer hacerlo bien al mismo tiempo. Ese contacto torpe y cuidadoso me pareció más erótico que cualquier maña aprendida.
—¿Así? —preguntó, mirándome.
—Así. Con más presión.
Apretó un poco más. Yo le puse la mano sobre la suya y le mostré el ritmo sin apurarla. Ella aprendía rápido, con esa atención que debía tener en el salón de clases, concentrada, pendiente de cada reacción.
—¿Le gusta? —preguntó, con una voz diferente.
—Mucho.
Eso la animó. Se inclinó hacia adelante, dudó un segundo, y luego me lo metió en la boca con una torpeza honesta que me llegó directo al estómago. Lo hizo despacio, sin saber bien cómo pero con una entrega que compensaba todo lo demás. Cerré los ojos.
—¿Está bien así? —se separó un momento para preguntar, mirándome desde abajo con esos ojos cafés.
—Está muy bien, Edilma.
Siguió. Fue encontrando el camino sola, aprendiendo qué le gustaba a mi cuerpo, respondiendo a cada señal. En algún momento le enredé los dedos en el pelo negro teñido y ella no lo rechazó sino que se acomodó, cerrando los ojos, metiéndose más.
La detuve antes de que terminara.
Ella levantó la cabeza, con los labios húmedos y el maquillaje corrido apenas.
—¿Hice algo mal? —preguntó.
—Nada. Es que no quiero terminar así todavía.
Me arrodillé frente a ella como la primera vez. Le subí el vestido, le bajé la pantaleta. Ese olor suyo, espeso y dulce, cargado de esos días desde el miércoles anterior, me golpeó directo. Me quedé respirándolo un momento con los ojos cerrados.
—Eso te vuelve a dar asco —dijo, con la pena asomándose de nuevo.
—No me da asco. Me encanta cómo hueles.
—Andrés...
—En serio. Su olor me tiene loco desde la semana pasada.
La vi procesarlo. Esa idea de que su olor, ese olor que ella probablemente había considerado una imperfección toda la vida, era para mí exactamente lo contrario.
Le separé los muslos y le pasé la nariz por los pliegues despacio, oliéndola de cerca, saboreando ese aroma denso antes de tocarla con la boca. Ella puso las manos en mi cabeza.
La comí despacio, recordando lo que le había gustado la primera vez, y ella respondió más rápido ahora, sin la barrera del miedo inicial. Gemía sin tapujarse, con esa voz nueva que había encontrado el miércoles anterior y que hoy salía más fácil.
En algún momento levanté la cabeza y le miré los pies, que había dejado sobre el borde del sofá. Les pasé la mano, los bajé hacia mí.
—¿Qué haces? —preguntó.
No respondí. Le besé el empeine, el tobillo, le pasé la lengua por la planta y ella pegó un brinco y soltó una risa nerviosa.
—Eso me hace cosquillas.
—¿Solo cosquillas?
Le metí el dedo gordo en la boca y lo chupé despacio, mirándola. La risa se le cortó. Abrió los labios.
—No —dijo, con la voz cambiada—. No solo cosquillas.
Le trabajé los pies mientras le seguía tocando entre las piernas con la otra mano, y ella no sabía dónde poner los ojos ni las manos, perdida entre las dos sensaciones.
—Andrés, qué es eso —decía, sin aliento—. Por qué se siente así.
—¿Bien o mal?
—Bien. Muy bien. Demasiado bien.
La senté sobre mí en el sofá, de frente. Ella me rodeó con las piernas, agarrándome los hombros, y entró despacio, con los ojos fijos en los míos, mordiéndose el labio con una concentración que me pareció hermosa.
Cuando me tuvo adentro completo cerró los ojos y se quedó quieta un momento.
—Dios mío —murmuró.
—¿Está bien?
—Estoy perfectamente bien —dijo, y empezó a moverse.
Se movía con una lentitud que no era timidez sino disfrute, de quien saborea algo que sabe que vale. Le agarré las caderas y la guié apenas, sin forzar el ritmo. Ella gemía bajito contra mi cuello, con ese vello canoso de su cabeza rozándome la cara, oliendo a esa colonia suave que usaba siempre y debajo de ella a sudor reciente y a mujer encendida.
—Más profundo —dijo, bajito, como si le costara pedirlo.
Empujé las caderas hacia arriba. Ella soltó un sonido largo.
—Sí —dijo—. Así.
Fuimos subiendo el ritmo juntos, naturalmente, sin que nadie lo decidiera. Sus gemidos llenaban la sala, sin contención ahora, esos gemidos de mujer que ha esperado demasiado y que ya no tiene razón para esperar más. Le mordí el hombro y ella me clavó las uñas en la espalda. Le agarré los glúteos con fuerza y ella arqueó la espalda y me miró desde arriba con esos ojos que ya no tenían nada de señora de iglesia.
—¿Quién iba a decirme —dijo, entre jadeos, con una sonrisa que era mitad incredulidad y mitad pura satisfacción— que a mis años...
—Cállese —le dije, y la besé.
Se rió dentro del beso. Y luego se olvidó de reírse porque el cuerpo le reclamó toda la atención.
Se vino encima de mí con un gemido largo y sin disculpas, aferrada a mis hombros, con el cuerpo entero temblando y ese olor suyo llenándome la nariz, mezclado con el sudor y la colonia y esa cosa específica que tenía Edilma y que no existía en ninguna otra parte del mundo.
Me vine poco después, adentro de ella, apretándole las caderas con las manos.
Quedamos así, enredados, respirando.
Ella no se bajó de inmediato. Se quedó sentada encima, con la frente contra la mía, recuperando el aire.
—Andrés —dijo.
—¿Qué.
—Gracias.
—¿Otra vez las gracias?
—Es que no sé qué más decir.
Le aparté el pelo de la cara. Ella me dejó, con los ojos cerrados.
—No tiene que decir nada —le dije.
Se quedó quieta un momento. Luego abrió los ojos y me miró con esa expresión directa que tenía cuando hablaba en serio.
—¿Sabe qué es lo más raro de todo esto?
—¿Qué.
—Que no me siento culpable. —Hizo una pausa—. Pensé que me iba a sentir culpable.
—¿Y?
—Y nada. Me siento bien. —Me miró—. ¿Eso está mal?
—No —le dije—. Eso está perfectamente bien.
Sonrió. Esa sonrisa que no era la de la señora de la iglesia sino una completamente nueva, de mujer que acaba de encontrar algo que no sabía que había perdido.
Se bajó despacio, se acomodó el vestido con esa calma que tenía para todo, y fue a la cocina a preparar el tinto que no habíamos tomado.
Yo me quedé en el sofá, escuchándola moverse en la cocina, con el olor de su cuerpo todavía en mí y los cuadros religiosos en la pared mirando hacia otro lado con una discreción que agradecí.
Volví el viernes siguiente; esta vez abrió la puerta con una sonrisa desde el principio, sin el nerviosismo de las veces anteriores. Traía una bata diferente, azul marino, y el pelo recogido pero no apretado, con esos mechones canosos en las sienes que yo había aprendido a buscar porque me gustaban.
—Pasé por la panadería —dije, levantando la bolsa.
—Siempre con el pandeyuca —dijo, haciéndose a un lado.
Pero esta vez cuando entré me agarró del brazo, me dio vuelta, y me besó ella primera. Sin rodeos, con esa boca que había aprendido a no pedirse permiso. Me tomó la cara con las dos manos y me besó largo, con una calma que era completamente suya.
Cuando se separó me miró directo.
—Ya no quiero tinto primero —dijo.
La cogí de la mano y la llevé al cuarto.
---
Se desvistió sola esta vez. Sin que yo le pidiera nada, sin que esperara que yo empezara. Se desató la bata, la dobló sobre la silla con ese orden que no podía evitar, y se quedó parada frente a mí con el brasier color piel y la pantaleta blanca, con esa figura de mujer madura que tenía las caderas anchas y el vientre suave y esas tetas grandes que el brasier apenas contenía.
Me miró.
—¿Qué espera? —dijo.
Me senté en el borde de la cama y la jalé hacia mí. La desabroché por atrás y cuando el brasier cayó me quedé un momento mirándola. Sus tetas eran generosas, pesadas, con los pezones muy oscuros y anchos que se endurecieron apenas tocó el aire. Las marcas del tiempo en su cuerpo, esas líneas suaves en la piel, ese vientre que había vivido, me parecieron más honestos y más excitantes que cualquier otra cosa.
Me las llevé a la boca una por una. Ella metió los dedos en mi pelo.
—Ay —dijo, bajito, con los ojos cerrados.
Le bajé la pantaleta despacio. Ese olor suyo, espeso y dulce y completamente de ella, me recibió como siempre y como siempre me dejé un momento ahí, respirándola, con la nariz hundida en ese vello canoso y suave que olía a mujer real y a deseo guardado durante días.
—Eso todavía me da pena —dijo, mirándome desde arriba.
—¿Por qué.
—Porque me huele.
—Me encanta cómo huele.
—Andrés...
—Edilma. Le juro que es verdad.
Se quedó callada. Aprendiendo a recibir eso también.
La acosté en la cama. Le besé el cuello, la clavícula, el centro del pecho, el vientre. Me detuve en el ombligo y le pasé la lengua ahí y ella se retorció.
—Eso me hace cosquillas —dijo, con una risa chiquita.
Seguí bajando. Cuando llegué a sus muslos los abrí con cuidado y me tomé mi tiempo antes de tocarla, besándole la parte interna de cada pierna, oliéndola de cerca, sintiendo cómo el calor que salía de ella aumentaba con cada segundo.
—Andrés —dijo, con la voz ya diferente—. No me haga esperar así.
—¿Le molesta esperar?
—Me desespera.
—Entonces espere un poco más.
Soltó un sonido entre frustración y deseo que me hizo sonreír contra su muslo. Cuando finalmente le pasé la lengua ella arqueó la espalda de golpe y agarró la sábana con las dos manos.
La comí despacio, sin afán, aprendiendo de nuevo lo que ya sabía de ella. Edilma respondía con todo el cuerpo, sin guardar nada, con esos gemidos que llenaban el cuarto sin que ella intentara controlarlos. Había perdido esa batalla desde el miércoles anterior y no tenía intención de recuperarla.
Le levanté los pies y los puse sobre mis hombros mientras seguía. Ella no preguntó por qué. Ya sabía por qué. Le acaricié los tobillos, los talones, le pasé los pulgares por las plantas y ella se estremeció.
—Eso —dijo, sin terminar la frase.
Le besé un pie sin dejar de moverle la lengua entre las piernas. Los dedos en la boca, uno por uno, chupándolos despacio mientras ella perdía el hilo de todo lo demás.
—Dios mío —decía, sin saber ya si era invocación o blasfemia—. Dios mío, Dios mío.
Cuando se vino fue largo y profundo, con las piernas cerrándose sobre mis hombros y un gemido que empezó alto y fue bajando en oleadas mientras el cuerpo le temblaba sin parar.
Me subí encima de ella antes de que terminara de bajar. Entré despacio, sintiéndola todavía palpitando, y ella abrió los ojos de golpe.
—Ay —dijo, con la voz completamente rota.
Me moví despacio al principio. Ella me rodeó con las piernas, buscando más profundidad, jalándome hacia adentro.
—No seas suave —dijo.
La miré.
—¿Segura?
—Hace seis años que soy suave con todo —dijo, mirándome directo—. Hoy no.
Le agarré las caderas y empujé con fuerza. Ella gritó y no se tapó la boca. Le mordí el hombro y ella me clavó las uñas en la espalda y me jalé más adentro con las piernas. Sus tetas se movían con cada embestida y yo me perdí en ellas, besándolas, mordiéndolas apenas, y ella gemía mi nombre de una manera que me llegaba al fondo.
En un momento la volteé boca abajo. Ella se acomodó sin preguntar, levantando las caderas, y desde atrás la vista era una cosa seria: esas nalgas maduras y llenas, esa espalda morena, ese pelo negro con canas extendido sobre la almohada.
Entré de nuevo. Ella hundió la cara en la almohada y el sonido que salió fue ahogado y largo y sin ningún resto de la señora Edilma de los domingos.
Le pasé las manos por la espalda, por las caderas, por los glúteos. Le separé las nalgas con cuidado y le pasé el pulgar despacio por ese lugar que nunca nadie había explorado.
Ella se tensó de inmediato.
—Ahí no —dijo, levantando la cara.
Retiré la mano sin insistir.
—Listo —le dije, y le besé la espalda.
Se relajó de nuevo. Eso me gustó: que dijera no sin drama y que yo parara sin drama y que los dos siguiéramos como si nada porque nada había pasado. Esa confianza que se había formado entre nosotros en tan poco tiempo era una cosa aparte.
Seguimos. Más rápido, más profundo, con ella empujando hacia atrás a cada embestida y agarrando la almohada con las dos manos.
—Andrés —dijo, con la voz enterrada en la almohada.
—¿Qué.
—Me voy a venir otra vez.
—Véngase.
—Es que... ay... es que son muchas veces.
—¿Y eso tiene algo de malo?
No respondió. El cuerpo respondió por ella: ese temblor que le empezaba en las caderas y se extendía hacia arriba, esos gemidos que subían de volumen sin que ella pudiera hacer nada.
Se vino por segunda vez con la cara en la almohada y las manos apretando la sábana y un sonido que era la suma de todo lo que había aguantado en seis años de silencio.
Me vine con ella, adentro, con la frente contra su espalda.
---
Quedamos tirados un rato largo. Ella boca abajo, yo a su lado, con una mano sobre su espalda que subía y bajaba con su respiración.
Después de un rato se volteó y me miró. Tenía el pelo enredado, el maquillaje completamente deshecho, los labios hinchados. Hermosa de esa manera que no se planea.
—¿Sabe qué pensé esta semana? —dijo.
—¿Qué.
—Que me perdí mucho tiempo.
No dije nada. Le acaricié el pelo.
—No se lo digo con tristeza —aclaró—. Se lo digo como dato. —Hizo una pausa—. Pero ya no me voy a perder más.
Le besé la frente. Ella cerró los ojos.
Afuera el barrio sonaba tranquilo. Alguien cortando pasto. Un niño en una bicicleta. La vida normal de una tarde en Montería que no sabía nada de lo que acababa de pasar en esa habitación.
Edilma se quedó dormida antes de que oscureciera, con una mano sobre mi pecho y una expresión en la cara que no le había visto nunca.
Paz. Solo eso. Paz completa.
Me quedé despierto un rato mirando el techo, escuchando su respiración, pensando que hay personas que uno se encuentra en el lugar menos esperado y que llegan a enseñarle a uno cosas que no sabía que necesitaba aprender.
El domingo siguiente en la misa me saludó con su inclinación de cabeza de siempre.
Pero esta vez sonrió primero.
Volví el martes. Ella no me había llamado pero yo sabía que no necesitaba llamar.
Abrió la puerta antes de que tocara. Traía un vestido verde oscuro de tela liviana, sin brasier, algo que noté de inmediato porque sus tetas se movían libres debajo de la tela con una naturalidad que me dijo que lo había pensado antes de vestirse.
Me miró con esa calma nueva que había adquirido en las últimas semanas.
—Venía pasando —dije.
—Claro que sí —dijo, y se dio la vuelta dejándome entrar.
La seguí adentro. Iba descalza y el vestido le caía hasta las rodillas y se le pegaba a las caderas con cada paso. No habló de tinto ni de pandeyuca ni de ninguna otra excusa. Fue directo al cuarto y yo fui detrás.
Se sentó en el borde de la cama y me miró.
—Esta semana estuve pensando —dijo.
—¿En qué.
—En cosas que nunca he hecho. —Bajó los ojos un momento y los volvió a subir—. Y en cosas que quiero hacer.
Me senté a su lado.
—Cuénteme.
Se tomó un momento. Edilma siempre se tomaba su momento antes de decir algo importante.
—Quiero hacerle todo —dijo—. Sin pena. Sin estar pensando si está bien o si está mal. Solo hacerlo.
La miré.
—¿Todo?
—Todo lo que usted me ha hecho a mí. —Una pausa—. Y más.
Me incliné y la besé despacio. Ella respondió diferente a todas las veces anteriores, con una urgencia nueva, agarrándome la camisa con las manos, jalándome hacia ella.
La acosté en la cama y me puse encima. Le subí el vestido y confirmé lo que sospechaba: no traía pantaleta. Solo esa piel morena y ese vello canoso y húmedo que me recibió con ese olor espeso y dulce que a esta altura ya me sabía de memoria y que me seguía llegando igual que la primera vez.
—Edilma —dije.
—¿Qué.
—No tiene pantaleta.
—Ya sé —dijo, sin ninguna pena—. Me la quité antes de abrir la puerta.
Me quedé mirándola. Ella sostuvo la mirada con esa calma nueva, con una sonrisa chiquita que era completamente suya.
Esa mujer me estaba matando.
Le bajé el vestido por los hombros. Sin brasier, sus tetas cayeron libres, grandes y pesadas, con los pezones oscuros ya duros. Me las llevé a la boca y ella arqueó la espalda y metió los dedos en mi pelo con fuerza.
—Muérdalas —dijo, bajito.
Las mordí suave. Ella empujó mi cabeza contra su pecho.
—Más.
Las mordí con más presión y soltó un sonido largo y satisfecho que llenó el cuarto.
Me separé y me quité la ropa. Ella me miraba desde la cama sin moverse, con los ojos recorriéndome despacio, con una apreciación tranquila que me gustó. Cuando quedé desnudo frente a ella se incorporó, se puso de rodillas en la cama y me jaló hacia ella por la cadera.
—Ahora yo —dijo.
Me lo agarró con esa mano cuidada y me lo metió en la boca sin preámbulos, sin la torpeza de la primera vez. Había practicado en su cabeza, eso era evidente. Sabía dónde poner la lengua, cómo mover la mano al mismo tiempo, cómo mirarme desde abajo con esos ojos cafés que ya no tenían nada de señora de iglesia.
Me lo chupó largo, con hambre, con esa entrega que tenía Edilma para todo lo que decidía hacer. Le enredé los dedos en el pelo y ella no se apartó sino que se metió más, bajando hasta donde podía, con la mano trabajando lo que la boca no alcanzaba.
Se separó un momento para respirar y me miró.
—¿Está bien así? —preguntó, con los labios húmedos y ese maquillaje corrido que le quedaba mejor que cualquier maquillaje puesto.
—Está perfecta, Edilma.
Sonrió y siguió.
En algún momento me senté en el borde de la cama y la jalé hacia el piso. Ella se arrodilló frente a mí sin que yo se lo pidiera, entendiéndolo sola, y siguió desde ahí, mirándome de frente, con el pelo cayéndole sobre los hombros y esas tetas grandes moviéndose con cada movimiento de su cabeza.
Era la imagen más improbable y más perfecta que había visto en mucho tiempo.
La detuve antes de terminar. La levanté, la acosté, me puse entre sus piernas. Pero antes de entrar bajé y le pasé la lengua, solo para escucharla, porque el sonido que hacía Edilma cuando la comía era una de esas cosas que uno no se cansa de escuchar.
No se decepcionó. Gemió largo y sin freno, con las manos en mi cabeza, empujándome contra ella.
—Andrés —dijo, entre jadeos.
—¿Qué.
—Los pies.
Levanté la cabeza.
—¿Qué con los pies?
—Que me los haga. Mientras me come.
Me quedé quieto un segundo. Ella había pedido eso ella sola, sin que yo lo sugiriera.
Le levanté un pie, se lo llevé a la boca, le chupé los dedos uno por uno mientras le seguía trabajando entre las piernas con la otra mano. Edilma se retorció en la cama con un gemido que era mitad placer y mitad incredulidad de su propio cuerpo.
—No entiendo por qué eso se siente así —decía, sin aliento—. No tiene sentido.
—¿Le gusta o no le gusta?
—Me enloquece —admitió—. Me enloquece y no sé por qué y ya no me importa por qué.
Le trabajé los dos pies así, oliéndolos, lamiéndolos, saboreando esa piel oscura y suave con ese rastro de crema y de día caminado, mientras ella se deshacía en la cama sin intentar controlarse.
Cuando entré en ella ya estaba tan abierta y tan húmeda que el sonido que hicimos los dos juntos llenó el cuarto. Ella no cerró los ojos esta vez. Me miró de frente, con esa mirada directa que tenía para todo, y no la apartó.
—Quiero verle la cara —dijo.
Me moví adentro de ella mirándola. Eso fue más íntimo que cualquier otra cosa que habíamos hecho y los dos lo sabíamos.
Le levanté las piernas sobre mis hombros. La profundidad desde ese ángulo la hizo soltar un grito corto y agudo.
—Dios —dijo.
—¿Bien?
—Muy bien. No pare.
No paré. Me moví con fuerza, con profundidad, con ese ritmo que habíamos encontrado juntos en las semanas anteriores y que era completamente nuestro. Sus tetas se sacudían con cada embestida y ella las agarraba con las manos, ofreciéndomelas, y yo me bajaba a morderlas sin salirme y ella arqueaba la espalda y gemía mi nombre.
En algún momento le pasé el pulgar por el lugar que la semana anterior había rechazado. Esta vez no se tensó. Se quedó quieta, sintiendo.
—Despacio —dijo, bajito.
—¿Segura?
—Despacio —repitió, como única respuesta.
Fui despacio. Ella respiró hondo, soltó el aire, y se fue abriendo poco a poco con una confianza que venía de adentro. Le besé un pie mientras lo hacía, distrayéndola con eso que ya sabía que le gustaba, y ella se concentró en el placer en vez del miedo.
—Ay —dijo, cuando entré apenas—. Ay, Andrés.
—¿Para?
—No —dijo, cerrando los ojos—. Siga.
Seguí, despacio, con cuidado, leyendo cada señal de su cuerpo. Ella se fue relajando de a poco, abriéndose con una rendición silenciosa que me llegó más profundo que cualquier gemido.
—Nadie —dijo, con la voz enterrada en la almohada— nadie me había hecho sentir así.
No respondí. Seguí moviéndome adentro de ella, despacio, sintiéndola entera, ese calor que tenía en cada rincón de su cuerpo envolviéndome completo.
Se vino de una manera diferente a todas las anteriores. Sin gritos, sin temblores bruscos. Una oleada lenta y profunda que le recorrió todo el cuerpo de abajo hacia arriba, con un gemido largo que fue bajando de volumen hasta quedarse en silencio, y ese silencio final fue lo más intenso de todo.
Me vine con ella, adentro, con los ojos cerrados y la frente contra su espalda.
---
Quedamos así un rato largo.
Ella se volteó despacio y se acomodó contra mí, con la cabeza en mi pecho y una pierna sobre las mías. Le acaricié la espalda sin decir nada.
Afuera llovía. Esa lluvia de Montería que llega de golpe y lo llena todo de un olor a tierra mojada que entra por las ventanas y se mete en todo.
—Andrés —dijo, después de un rato.
—¿Qué.
—¿Esto qué es?
No respondí de inmediato.
—¿Necesita que sea algo? —le pregunté.
Pensó.
—No —dijo—. Creo que no. —Pausa—. Solo quería saber si usted sabía.
—No sé —dije, honesto—. Pero me gusta estar aquí.
—A mí también —dijo.
Y eso fue suficiente para los dos.
La lluvia siguió un rato largo. Edilma se quedó dormida con la mano sobre mi pecho y esa paz en la cara que yo ya había aprendido a reconocer como la versión más real de ella.
El domingo siguiente en la iglesia me saludó igual que siempre.
Pero cuando pasé a su lado de camino a la salida, sin mirarme, me dijo bajito:
—El martes.
Y siguió caminando como si nada, con su cartera de cuero negro y sus zapatos limpios y toda la dignidad intacta.
Yo salí a la calle sonriendo sin poder evitarlo...
3 comentarios - Edilma la señora madura