Llevaba tres semanas con ese dolor en la espalda baja y ya me tenía podrido. No era un dolor que te deja tieso en la cama, sino ese dolor sordo y constante que se mete en todo: en el sueño, en el humor, en las ganas de hacer cualquier cosa. El médico fue claro: "Necesitas fisioterapia, no más ibuprofeno." Me dio un número y me dijo que llamara a "Claudia", que atendía a domicilio por La Castellana.
La llamé un martes sin muchas expectativas. Una voz pausada, con ese acento costeño suave que tienen las monterinas cuando hablan despacio, me dijo que tenía disponibilidad el jueves a las cuatro. Le di la dirección, confirmé el piso, y listo. Colgué sin imaginarme nada. Solo quería que me dejara de doler la espalda.
El jueves llegó puntual. Cuando abrí la puerta me encontré con algo que no esperaba.
Claudia tendría unos 27 años. Morena clara, con el pelo negro recogido en una cola apretada y unos ojos cafés grandes que miraban directo, sin rodeos. Cargaba una maleta negra con rueditas y vestía un leggins gris pitillo y una camiseta blanca sin mangas. Nada especial en la ropa, pero había algo en cómo se paraba, con el peso en una cadera, cómo te miraba sin apurarse, que te hacía notar que era una mujer cómoda en su cuerpo.
—Buenas, ¿Andrés?
—El mismo. Adelante.
Entró sin titubear. Dejó la maleta, sacó una tableta y me hizo unas preguntas rápidas. Luego se descalzó en la entrada sin pedirme permiso, dejando unas crocs blancas junto a la pared. Me fijé sin querer: pies pequeños, piel oscura, uñas con un esmalte rojo viejo pelándose en los bordes. Una pulsera de hilo rojo en el tobillo derecho. No sé por qué, pero eso se me quedó grabado.
Extendimos la colchoneta en el cuarto. Me pidió que me quitara la camiseta y me acostara boca abajo. El ventilador movía el aire caliente de la tarde. Escuché el aceite al destaparse, sus manos frotándose.
Cuando me puso las manos en la espalda entendí por qué la recomendaban. No era manoseo. Era presión precisa, pulgares hundiéndose en puntos exactos, moviéndose por la columna con un ritmo que tenía algo de hipnótico. El aceite olía a eucalipto. Me relajé sin querer.
—¿Ahí es donde sientes el dolor?
—Justo ahí.
—Contractura en el cuadrado lumbar. Y los trapecios los tienes hechos mierda. ¿Trabajas sentado todo el día?
—Frente a un computador, sí.
—Eso pensé.
Trabajó en silencio. En algún momento cambié de posición y la vi de reojo: arrodillada a mi lado, inclinada sobre mi espalda, con la camiseta separada de la cintura dejando ver una franja de piel morena. Sus pies descalzos estaban a unos centímetros de mi cara. Ese olor suave que subía de ellos, mezcla de crema y piel caliente después de caminar todo el día, me llegó directo. Cerré los ojos, pero ya no por sueño.
—Voltéate para trabajar el psoas —dijo.
Me volteé. Se arrodilló a la altura de mi cadera y me bajó el pantalón apenas unos centímetros. Sus dedos se hundieron en un punto interno que me hizo tensar todo el cuerpo.
—Tranquilo, respira. Este músculo lo tienes como una piedra.
Respiré hondo y solté. Algo cedió con una sensación rara, mitad alivio, mitad corriente que bajó directo a la ingle. Me acomodé disimuladamente. Ella no dijo nada, pero vi la comisura de su boca moverse apenas.
Terminó la sesión, me explicó los ejercicios, recogió sus cosas. Se puso las crocs, agarró la maleta y me extendió la mano. La estreché. Palma firme, cálida, con rastro de aceite.
—Hasta el martes, Andrés.
Cerré la puerta y me quedé parado en la sala con el olor a eucalipto flotando en el apartamento y una sensación rara que no era el dolor de la espalda.
El martes llegó con el mismo calor de siempre. Montería en enero es una contradicción: el calendario dice principio de año pero el sol cae como si fuera agosto.
Claudia llegó diez minutos antes. Esta vez leggins negro y camiseta azul sin mangas. Los brazos de una fisioterapeuta son distintos: no son de gimnasio, son de amasar cuerpos todos los días, con una firmeza en el antebrazo que se nota. Me saludó con la misma calma de siempre y pasó adentro.
—¿Hiciste los ejercicios?
—Todos.
—¿Y la espalda?
—Mucho mejor.
Asintió sin exagerar. Se descalzó en el mismo sitio, y yo fui al cuarto a extender la colchoneta. Cuando entró yo ya estaba sin camiseta, boca abajo.
Esa segunda sesión fue diferente. El dolor había bajado y ya no estaba en modo de paciente sufriendo. Estaba presente, atento a todo: la presión de sus pulgares en la cintura, el calor de sus palmas, el sonido de su respiración cuando se esforzaba en un punto difícil.
En un momento se sentó sobre mis muslos para trabajar mejor la zona media. El peso de su cuerpo encima del mío era concreto, real, y el cuarto cambió de temperatura sin que nadie abriera una ventana.
—¿Te molesta si me siento así? Es más fácil para aplicar presión.
—No, para nada.
Trabajó varios minutos desde ahí. Sentía el calor de sus muslos contra los míos, el movimiento de sus caderas cada vez que cambiaba el ángulo. Bajó las manos hasta justo encima de mis glúteos, trabajando el sacro, y ahí fue cuando se me acabó la compostura.
—Claudia.
—¿Duele?
—No. Al contrario.
Sus manos se detuvieron un segundo. Luego siguieron, pero más despacio.
—¿Al contrario cómo? —preguntó, y en esa pregunta ya no había nada de profesional.
Me volteé despacio, quedando boca arriba con ella todavía sentada encima. Nos miramos. No había susto en su cara ni fingida indignación. Solo esa mirada directa, evaluando, decidiendo.
—Que desde que llegaste la primera vez no he podido dejar de pensar en tus manos. En cómo me tocas. En cómo hueles.
Ladeó la cabeza apenas.
—Eso me lo dicen seguido —dijo, sin vanidad.
—No te lo estoy diciendo como cumplido. Te lo digo en serio.
—Ya sé que es en serio. —Pausa—. Por eso no me he bajado todavía.
Le puse las manos en la cintura, despacio, dándole tiempo de retroceder. No retrocedió. Se inclinó y me besó con una calma que me desarmó, sin afán, como quien lleva tiempo pensando en hacerlo.
Le quité la camiseta sin prisa. Tenía un brasier deportivo negro que le recogía las tetas, unas tetas medianas, firmes, con los pezones oscuros y gruesos que se notaban duros antes de que me los llevara a la boca. Los chupé uno por uno mientras ella me apretaba la cabeza contra su pecho con esa misma fuerza que usaba para trabajar, pero cargada de otra intención completamente distinta.
La acosté de espaldas. Le besé el cuello, la clavícula, el centro del pecho, el ombligo. Cuando llegué al leggins la miré desde abajo.
—¿Sigo?
—¿Para qué preguntas? —dijo con la sonrisa ladeada.
Le bajé el leggins despacio. Traía unos panties de algodón negro, sencillos, bien pegados, con una mancha húmeda y oscura en el centro que me dijo todo lo que necesitaba saber. Los agarré por los lados y se los fui bajando despacio, acercando la nariz mientras lo hacía. Lo que subió desde ahí me paró en seco: un olor espeso, caliente, entre dulce y ácido, con ese fondo animal que tiene la mujer cuando lleva horas deseando algo sin decirlo. Me quedé ahí parado, respirándola, sin tocarla todavía.
—¿Qué haces? —preguntó, mirándome desde arriba.
—Oliéndote. ¿Te molesta?
Silencio breve.
—No —dijo, con una voz diferente.
Le abrí las piernas con las manos. Su sexo era oscuro, carnoso, con los labios bien formados y una humedad que brillaba en la poca luz del cuarto. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacio, separando cada pliegue, aprendiendo el camino. Ella clavó los dedos en mi pelo.
—Ay, vale —murmuró, cerrando los ojos.
La comí sin afán, saboreándola, metiéndole la nariz entre los labios cada tanto para olerla de cerca. Le metí dos dedos y los moví adentro mientras le chupaba el clítoris, que era pequeño pero respondía a todo, palpitando contra mi lengua cada vez que lo tocaba bien.
—No pares... no pares... —repetía con la voz quebrada, empujándome la cabeza con la mano.
Cuando se vino fue largo. El cuerpo entero temblando, las piernas cerrándose contra mis orejas, un gemido ahogado que llenó el cuarto y luego ese temblor lento que le quedó en los muslos durante casi un minuto.
Levanté la cabeza. Tenía la cara vuelta hacia un lado, los labios entreabiertos, el pelo suelto por toda la colchoneta.
—Ven acá —dijo, jalándome por el brazo sin abrir los ojos.
Me trepé encima. Me bajó el pantalón con una eficiencia que me hizo reír, y me agarró con esa mano segura, orientándome directo.
—Mételo —dijo bajito—. Sin tanto cuento.
Entré despacio, sintiendo cómo me recibía: apretada, húmeda, caliente por dentro de una manera que no se describe bien con palabras. Ella clavó los dedos en mi espalda y arqueó las caderas para recibirme mejor, buscando el fondo.
—Gonorria... qué rico —susurró contra mi cuello.
Nos movimos al ritmo que ella marcaba. Le mordí el hombro y ella me clavó las uñas. Le agarré las caderas y empujé más fuerte, y soltó una palabrota bajita que se me grabó para siempre.
La puse de lado, me pegué a su espalda y entré por detrás. Le levanté una pierna y me fui a fondo, con la nariz hundida en su nuca, oliéndole el sudor reciente detrás de la oreja. Ella empujaba hacia atrás a cada embestida, buscándome.
—Así me gustas tú —decía bajito, para ella misma tanto como para mí.
Bajé una mano por su vientre hasta encontrarla y la toqué mientras seguía moviéndome. Ella tembló entera.
—Andrés, me vas a matar...
—¿Quieres que pare?
—Si paras te mato yo a ti.
Me reí contra su cuello. Y entonces me acordé de algo que había estado pensando desde el primer día.
—Dame los pies —le dije.
Se volteó a mirarme.
—¿Qué?
—Los pies. Dámelos.
Los levantó despacio, sin entender del todo. Se los tomé con las dos manos, esos pies pequeños con el esmalte rojo pelado y la pulsera de hilo en el tobillo, y los acerqué a mi cara. Olían a crema y a piel caliente, con ese rastro suave a trabajo acumulado, a día largo, a mujer real. Les pasé la nariz por la planta, cerré los ojos.
—Andrés, ¿qué es eso? —preguntó, entre asustada y curiosa.
—Relájate. ¿Te molesta?
Silencio.
—No... es raro pero no me molesta.
Le pasé la lengua por el talón, por el arco, y luego le metí el dedo gordo en la boca. Ella soltó un sonido que no era de disgusto.
—Eso se siente extraño pero... —no terminó.
—¿Pero?
—Pero me está mojando más. No sé por qué.
Seguí lamiéndole los dedos uno por uno, saboreando esa piel suave y salada, mientras con la otra mano la tocaba entre las piernas. Ella se retorcía, ya sin saber dónde poner las manos.
—Hijueputa... eso no debería gustarme tanto.
—Pero te gusta.
—Sí me gusta, cabrón.
La volteé boca arriba, le puse las piernas sobre mis hombros y entré con fuerza. Ella gritó sin avisar, con esa honestidad del cuerpo cuando ya no le importa el volumen. Le agarré los tobillos, los besé mientras me movía, y ella me miraba con esos ojos cafés grandes y desorbitados, la boca abierta, el pelo enredado.
—No pares, no pares, no pares...
Cuando sentí que se acercaba otra vez la toqué con el pulgar en el clítoris y no lo solté. Ella se vino con un grito que aplastó contra la almohada, el cuerpo entero convulsionando, los muslos apretándome con una fuerza impresionante.
Me vine poco después, con la frente contra su hombro, apretando sus caderas fuerte.
Quedamos tirados, respirando, con el ventilador moviéndole el pelo. El cuarto olía a aceite de eucalipto, a sexo, a piel caliente.
—Esto no me había pasado nunca —dijo después de un rato.
—¿Qué parte?
—Todo junto.
Me apoyé en un codo y la miré. Tenía el cuerpo relajado de una manera diferente, esa relajación profunda que no viene de las manos de nadie sino de adentro.
—¿Y los pies? —le pregunté.
Se rió. Una risa genuina, del pecho.
—Me sorprendieron, te lo juro. Yo toco cuerpos todo el día y nunca había pensado en los míos así.
—¿En serio no te gustó?
—Te acabo de decir que me mojé más. No me hagas repetir las cosas.
Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Cuántas sesiones más necesito? —le pregunté.
Me miró con esa ceja levantada.
—Depende. ¿Seguimos hablando de la espalda o de esto?
—De esto.
Se mordió el labio.
—Las que quieras —dijo, y se acomodó contra mi pecho como si llevara años haciéndolo.
Afuera Montería seguía con su calor. El sol de las seis pegaba por la ventana, dibujando una franja dorada sobre la colchoneta, sobre sus piernas enredadas con las mías, sobre esos pies pequeños con el esmalte pelado y la pulsera de hilo rojo en el tobillo.
La espalda ya no me dolía. Pero eso, a esas alturas, era lo de menos.
La llamé un martes sin muchas expectativas. Una voz pausada, con ese acento costeño suave que tienen las monterinas cuando hablan despacio, me dijo que tenía disponibilidad el jueves a las cuatro. Le di la dirección, confirmé el piso, y listo. Colgué sin imaginarme nada. Solo quería que me dejara de doler la espalda.
El jueves llegó puntual. Cuando abrí la puerta me encontré con algo que no esperaba.
Claudia tendría unos 27 años. Morena clara, con el pelo negro recogido en una cola apretada y unos ojos cafés grandes que miraban directo, sin rodeos. Cargaba una maleta negra con rueditas y vestía un leggins gris pitillo y una camiseta blanca sin mangas. Nada especial en la ropa, pero había algo en cómo se paraba, con el peso en una cadera, cómo te miraba sin apurarse, que te hacía notar que era una mujer cómoda en su cuerpo.
—Buenas, ¿Andrés?
—El mismo. Adelante.
Entró sin titubear. Dejó la maleta, sacó una tableta y me hizo unas preguntas rápidas. Luego se descalzó en la entrada sin pedirme permiso, dejando unas crocs blancas junto a la pared. Me fijé sin querer: pies pequeños, piel oscura, uñas con un esmalte rojo viejo pelándose en los bordes. Una pulsera de hilo rojo en el tobillo derecho. No sé por qué, pero eso se me quedó grabado.
Extendimos la colchoneta en el cuarto. Me pidió que me quitara la camiseta y me acostara boca abajo. El ventilador movía el aire caliente de la tarde. Escuché el aceite al destaparse, sus manos frotándose.
Cuando me puso las manos en la espalda entendí por qué la recomendaban. No era manoseo. Era presión precisa, pulgares hundiéndose en puntos exactos, moviéndose por la columna con un ritmo que tenía algo de hipnótico. El aceite olía a eucalipto. Me relajé sin querer.
—¿Ahí es donde sientes el dolor?
—Justo ahí.
—Contractura en el cuadrado lumbar. Y los trapecios los tienes hechos mierda. ¿Trabajas sentado todo el día?
—Frente a un computador, sí.
—Eso pensé.
Trabajó en silencio. En algún momento cambié de posición y la vi de reojo: arrodillada a mi lado, inclinada sobre mi espalda, con la camiseta separada de la cintura dejando ver una franja de piel morena. Sus pies descalzos estaban a unos centímetros de mi cara. Ese olor suave que subía de ellos, mezcla de crema y piel caliente después de caminar todo el día, me llegó directo. Cerré los ojos, pero ya no por sueño.
—Voltéate para trabajar el psoas —dijo.
Me volteé. Se arrodilló a la altura de mi cadera y me bajó el pantalón apenas unos centímetros. Sus dedos se hundieron en un punto interno que me hizo tensar todo el cuerpo.
—Tranquilo, respira. Este músculo lo tienes como una piedra.
Respiré hondo y solté. Algo cedió con una sensación rara, mitad alivio, mitad corriente que bajó directo a la ingle. Me acomodé disimuladamente. Ella no dijo nada, pero vi la comisura de su boca moverse apenas.
Terminó la sesión, me explicó los ejercicios, recogió sus cosas. Se puso las crocs, agarró la maleta y me extendió la mano. La estreché. Palma firme, cálida, con rastro de aceite.
—Hasta el martes, Andrés.
Cerré la puerta y me quedé parado en la sala con el olor a eucalipto flotando en el apartamento y una sensación rara que no era el dolor de la espalda.
El martes llegó con el mismo calor de siempre. Montería en enero es una contradicción: el calendario dice principio de año pero el sol cae como si fuera agosto.
Claudia llegó diez minutos antes. Esta vez leggins negro y camiseta azul sin mangas. Los brazos de una fisioterapeuta son distintos: no son de gimnasio, son de amasar cuerpos todos los días, con una firmeza en el antebrazo que se nota. Me saludó con la misma calma de siempre y pasó adentro.
—¿Hiciste los ejercicios?
—Todos.
—¿Y la espalda?
—Mucho mejor.
Asintió sin exagerar. Se descalzó en el mismo sitio, y yo fui al cuarto a extender la colchoneta. Cuando entró yo ya estaba sin camiseta, boca abajo.
Esa segunda sesión fue diferente. El dolor había bajado y ya no estaba en modo de paciente sufriendo. Estaba presente, atento a todo: la presión de sus pulgares en la cintura, el calor de sus palmas, el sonido de su respiración cuando se esforzaba en un punto difícil.
En un momento se sentó sobre mis muslos para trabajar mejor la zona media. El peso de su cuerpo encima del mío era concreto, real, y el cuarto cambió de temperatura sin que nadie abriera una ventana.
—¿Te molesta si me siento así? Es más fácil para aplicar presión.
—No, para nada.
Trabajó varios minutos desde ahí. Sentía el calor de sus muslos contra los míos, el movimiento de sus caderas cada vez que cambiaba el ángulo. Bajó las manos hasta justo encima de mis glúteos, trabajando el sacro, y ahí fue cuando se me acabó la compostura.
—Claudia.
—¿Duele?
—No. Al contrario.
Sus manos se detuvieron un segundo. Luego siguieron, pero más despacio.
—¿Al contrario cómo? —preguntó, y en esa pregunta ya no había nada de profesional.
Me volteé despacio, quedando boca arriba con ella todavía sentada encima. Nos miramos. No había susto en su cara ni fingida indignación. Solo esa mirada directa, evaluando, decidiendo.
—Que desde que llegaste la primera vez no he podido dejar de pensar en tus manos. En cómo me tocas. En cómo hueles.
Ladeó la cabeza apenas.
—Eso me lo dicen seguido —dijo, sin vanidad.
—No te lo estoy diciendo como cumplido. Te lo digo en serio.
—Ya sé que es en serio. —Pausa—. Por eso no me he bajado todavía.
Le puse las manos en la cintura, despacio, dándole tiempo de retroceder. No retrocedió. Se inclinó y me besó con una calma que me desarmó, sin afán, como quien lleva tiempo pensando en hacerlo.
Le quité la camiseta sin prisa. Tenía un brasier deportivo negro que le recogía las tetas, unas tetas medianas, firmes, con los pezones oscuros y gruesos que se notaban duros antes de que me los llevara a la boca. Los chupé uno por uno mientras ella me apretaba la cabeza contra su pecho con esa misma fuerza que usaba para trabajar, pero cargada de otra intención completamente distinta.
La acosté de espaldas. Le besé el cuello, la clavícula, el centro del pecho, el ombligo. Cuando llegué al leggins la miré desde abajo.
—¿Sigo?
—¿Para qué preguntas? —dijo con la sonrisa ladeada.
Le bajé el leggins despacio. Traía unos panties de algodón negro, sencillos, bien pegados, con una mancha húmeda y oscura en el centro que me dijo todo lo que necesitaba saber. Los agarré por los lados y se los fui bajando despacio, acercando la nariz mientras lo hacía. Lo que subió desde ahí me paró en seco: un olor espeso, caliente, entre dulce y ácido, con ese fondo animal que tiene la mujer cuando lleva horas deseando algo sin decirlo. Me quedé ahí parado, respirándola, sin tocarla todavía.
—¿Qué haces? —preguntó, mirándome desde arriba.
—Oliéndote. ¿Te molesta?
Silencio breve.
—No —dijo, con una voz diferente.
Le abrí las piernas con las manos. Su sexo era oscuro, carnoso, con los labios bien formados y una humedad que brillaba en la poca luz del cuarto. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacio, separando cada pliegue, aprendiendo el camino. Ella clavó los dedos en mi pelo.
—Ay, vale —murmuró, cerrando los ojos.
La comí sin afán, saboreándola, metiéndole la nariz entre los labios cada tanto para olerla de cerca. Le metí dos dedos y los moví adentro mientras le chupaba el clítoris, que era pequeño pero respondía a todo, palpitando contra mi lengua cada vez que lo tocaba bien.
—No pares... no pares... —repetía con la voz quebrada, empujándome la cabeza con la mano.
Cuando se vino fue largo. El cuerpo entero temblando, las piernas cerrándose contra mis orejas, un gemido ahogado que llenó el cuarto y luego ese temblor lento que le quedó en los muslos durante casi un minuto.
Levanté la cabeza. Tenía la cara vuelta hacia un lado, los labios entreabiertos, el pelo suelto por toda la colchoneta.
—Ven acá —dijo, jalándome por el brazo sin abrir los ojos.
Me trepé encima. Me bajó el pantalón con una eficiencia que me hizo reír, y me agarró con esa mano segura, orientándome directo.
—Mételo —dijo bajito—. Sin tanto cuento.
Entré despacio, sintiendo cómo me recibía: apretada, húmeda, caliente por dentro de una manera que no se describe bien con palabras. Ella clavó los dedos en mi espalda y arqueó las caderas para recibirme mejor, buscando el fondo.
—Gonorria... qué rico —susurró contra mi cuello.
Nos movimos al ritmo que ella marcaba. Le mordí el hombro y ella me clavó las uñas. Le agarré las caderas y empujé más fuerte, y soltó una palabrota bajita que se me grabó para siempre.
La puse de lado, me pegué a su espalda y entré por detrás. Le levanté una pierna y me fui a fondo, con la nariz hundida en su nuca, oliéndole el sudor reciente detrás de la oreja. Ella empujaba hacia atrás a cada embestida, buscándome.
—Así me gustas tú —decía bajito, para ella misma tanto como para mí.
Bajé una mano por su vientre hasta encontrarla y la toqué mientras seguía moviéndome. Ella tembló entera.
—Andrés, me vas a matar...
—¿Quieres que pare?
—Si paras te mato yo a ti.
Me reí contra su cuello. Y entonces me acordé de algo que había estado pensando desde el primer día.
—Dame los pies —le dije.
Se volteó a mirarme.
—¿Qué?
—Los pies. Dámelos.
Los levantó despacio, sin entender del todo. Se los tomé con las dos manos, esos pies pequeños con el esmalte rojo pelado y la pulsera de hilo en el tobillo, y los acerqué a mi cara. Olían a crema y a piel caliente, con ese rastro suave a trabajo acumulado, a día largo, a mujer real. Les pasé la nariz por la planta, cerré los ojos.
—Andrés, ¿qué es eso? —preguntó, entre asustada y curiosa.
—Relájate. ¿Te molesta?
Silencio.
—No... es raro pero no me molesta.
Le pasé la lengua por el talón, por el arco, y luego le metí el dedo gordo en la boca. Ella soltó un sonido que no era de disgusto.
—Eso se siente extraño pero... —no terminó.
—¿Pero?
—Pero me está mojando más. No sé por qué.
Seguí lamiéndole los dedos uno por uno, saboreando esa piel suave y salada, mientras con la otra mano la tocaba entre las piernas. Ella se retorcía, ya sin saber dónde poner las manos.
—Hijueputa... eso no debería gustarme tanto.
—Pero te gusta.
—Sí me gusta, cabrón.
La volteé boca arriba, le puse las piernas sobre mis hombros y entré con fuerza. Ella gritó sin avisar, con esa honestidad del cuerpo cuando ya no le importa el volumen. Le agarré los tobillos, los besé mientras me movía, y ella me miraba con esos ojos cafés grandes y desorbitados, la boca abierta, el pelo enredado.
—No pares, no pares, no pares...
Cuando sentí que se acercaba otra vez la toqué con el pulgar en el clítoris y no lo solté. Ella se vino con un grito que aplastó contra la almohada, el cuerpo entero convulsionando, los muslos apretándome con una fuerza impresionante.
Me vine poco después, con la frente contra su hombro, apretando sus caderas fuerte.
Quedamos tirados, respirando, con el ventilador moviéndole el pelo. El cuarto olía a aceite de eucalipto, a sexo, a piel caliente.
—Esto no me había pasado nunca —dijo después de un rato.
—¿Qué parte?
—Todo junto.
Me apoyé en un codo y la miré. Tenía el cuerpo relajado de una manera diferente, esa relajación profunda que no viene de las manos de nadie sino de adentro.
—¿Y los pies? —le pregunté.
Se rió. Una risa genuina, del pecho.
—Me sorprendieron, te lo juro. Yo toco cuerpos todo el día y nunca había pensado en los míos así.
—¿En serio no te gustó?
—Te acabo de decir que me mojé más. No me hagas repetir las cosas.
Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Cuántas sesiones más necesito? —le pregunté.
Me miró con esa ceja levantada.
—Depende. ¿Seguimos hablando de la espalda o de esto?
—De esto.
Se mordió el labio.
—Las que quieras —dijo, y se acomodó contra mi pecho como si llevara años haciéndolo.
Afuera Montería seguía con su calor. El sol de las seis pegaba por la ventana, dibujando una franja dorada sobre la colchoneta, sobre sus piernas enredadas con las mías, sobre esos pies pequeños con el esmalte pelado y la pulsera de hilo rojo en el tobillo.
La espalda ya no me dolía. Pero eso, a esas alturas, era lo de menos.
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