Hanna llegó al edificio aquella tarde de verano con una carpeta bajo el brazo y una falda que dejaba ver demasiado, aunque ella fingía no notarlo. Tenía dieciocho años recién cumplidos, el cabello rubio recogido en una coleta alta, y una curiosidad que quemaba más que el sol de julio.

Buscaba trabajo de verano, y el anuncio en el periódico decía: Se necesita asistente para archivo. Hombre mayor, horarios flexibles. No especificaba que el hombre mayor la miraría como si fuera un cuadro en un museo, con los ojos brillantes de quien sabe apreciar la belleza.
Don Arturo tenía sesenta y cinco años, el pelo plateado, las manos manchadas de tinta y una sonrisa que había visto medio siglo de vida. Vivía solo en un piso lleno de estanterías que llegaban hasta el techo, atestadas de libros, discos de vinilo y cajas de madera con documentos amarillentos.
—Siéntate, niña —dijo, señalando un sillón de cuero gastado—. Cuéntame por qué quieres trabajar aquí.
Hanna se sentó, cruzando las piernas sin pensar. La falda se levantó un par de centímetros, y Don Arturo desvió la mirada un segundo, el tiempo justo para que ella lo notara.
—Necesito dinero para la universidad —respondió ella, con una voz clara y segura—. Y me gustan los sitios tranquilos.
—¿Y los viejos? —preguntó él, con una sonrisa pícara—. ¿Te gustan los viejos?
Hanna rió, sonrojándose ligeramente.
—Depende del viejo.
Don Arturo asintió, como si hubiera aprobado un examen. Le ofreció el trabajo.
Las primeras semanas fueron de aprendizaje. Hanna organizaba papeles, digitalizaba documentos, y aprendía a preparar café exactamente como a él le gustaba: cargado, sin azúcar, con una pizca de canela. Pero lo que realmente aprendió fue a leer las miradas de Don Arturo.
Cuando él se acercaba para señalarle un libro en un estante alto, su mano rozaba su cintura. Cuando ella se inclinaba para alcanzar una carpeta en el suelo, él se quedaba quieto, observando la curva de su espalda. Y cuando ella llevaba vestidos ligeros por el calor, él encontraba excusas para estar cerca.
Un día, Hanna encontró un libro de fotografía erótica de los años setenta. Lo hojeó con curiosidad, y Don Arturo la sorprendió.
—¿Te gusta? —preguntó, sentándose a su lado.
—Son… interesantes —dijo ella, sin apartar la mirada de las imágenes en blanco y negro.
—El cuerpo humano es una obra de arte —dijo él, con voz pausada—. Y el deseo, la forma más sincera de expresión. ¿Tú has sentido deseo alguna vez, Hanna?
Ella levantó la vista, encontrando sus ojos oscuros.
—Sí —respondió, en un susurro.
—¿Y qué hiciste al respecto?
Hanna sintió que el calor le subía a las mejillas. Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa.
—Nada. No sabía qué hacer.
Don Arturo sonrió, con esa sonrisa de hombre que ha visto demasiado y ya no le teme a nada.
—El deseo no se piensa, niña. Se siente. Y cuando se siente, se actúa.
Esa noche, Hanna se quedó más tarde de lo habitual. La luz del atardecer entraba por la ventana, tiñendo el polvo del aire de un color dorado. Don Arturo estaba en su sillón, leyendo, y ella se acercó lentamente.
—Don Arturo —dijo, la voz temblorosa—. Quiero que me enseñe.
Él bajó el libro y la miró. La luz dorada iluminaba su silueta, el cabello rubio suelto sobre los hombros, los labios entreabiertos.
—¿Enseñarte qué, Hanna?
—Todo —respondió ella—. Lo que sabe sobre el deseo.
Don Arturo se levantó despacio, con la parsimonia de quien ha aprendido que la prisa es enemiga del placer. Se acercó a ella, y con una mano arrugada pero firme, le acarició la mejilla.
—Eres muy joven —dijo, aunque sus ojos decían otra cosa.
—Y usted es muy viejo —respondió ella, sonriendo—. Pero eso no importa, ¿verdad?
Él rió, una risa grave y cálida.
—No, supongo que no.
La besó.
Fue un beso lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Los labios de Don Arturo eran suaves, experimentados, y Hanna sintió que se derretía contra él. Sus manos encontraron su cintura, y la guiaron hacia el dormitorio.
La habitación olía a madera vieja y a lavanda. La cama era grande, con sábanas de lino arrugadas. Don Arturo la tumbó sobre ellas con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus manos.
—No tengas prisa —susurró, desabrochando lentamente los botones de su camisa—. El placer se construye, ladrillo a ladrillo.
Hanna sintió sus manos recorrer su cuerpo, descubriendo cada curva, cada pliegue, cada punto que la hacía estremecerse. Don Arturo conocía el mapa del placer femenino como si lo hubiera estudiado durante años, y en cierto modo, así era.
—¿Te gusta? —preguntó, cuando sus dedos encontraron el centro húmedo de su deseo.
Hanna solo pudo asentir, mordiéndose el labio para no gritar.
Él se tomó su tiempo. Le enseñó a respirar, a moverse, a pedir lo que quería. Le mostró que el sexo no era solo un acto, sino una conversación entre cuerpos. Y cuando finalmente la penetró, con una lentitud que la volvía loca, Hanna sintió que el mundo se detenía.
—Dios… —gimió, aferrándose a sus hombros.
—No —susurró él, moviéndose dentro de ella con un ritmo antiguo—. Solo soy un viejo que sabe lo que hace.
El orgasmo llegó como una ola, construida durante horas de caricias y susurros. Hanna tembló, gimió, y sintió que su cuerpo se abría a una experiencia que nunca había imaginado.
Después, quedaron enredados en las sábanas, la respiración entrecortada. Don Arturo acariciaba su cabello rubio, y ella apoyaba la cabeza en su pecho, escuchando los latidos pausados de su corazón.
—¿Duele? —preguntó ella, señalando las cicatrices que marcaban su torso.
—No —respondió él—. Son recuerdos. Como este.
Hanna sonrió y besó su hombro.
—Quiero más —dijo.
Don Arturo rió, esa risa grave y cálida.
—Tienes toda la vida para aprender, niña. Y yo, aunque parezca mentira, todavía tengo tiempo para enseñarte.
Y así, entre libros polvorientos y tardes doradas, Hanna descubrió que el placer no entiende de edades. Solo de ganas. Y Don Arturo, el viejo sabio de manos manchadas de tinta, se convirtió en su maestro en el arte más antiguo del mundo.

Buscaba trabajo de verano, y el anuncio en el periódico decía: Se necesita asistente para archivo. Hombre mayor, horarios flexibles. No especificaba que el hombre mayor la miraría como si fuera un cuadro en un museo, con los ojos brillantes de quien sabe apreciar la belleza.
Don Arturo tenía sesenta y cinco años, el pelo plateado, las manos manchadas de tinta y una sonrisa que había visto medio siglo de vida. Vivía solo en un piso lleno de estanterías que llegaban hasta el techo, atestadas de libros, discos de vinilo y cajas de madera con documentos amarillentos.
—Siéntate, niña —dijo, señalando un sillón de cuero gastado—. Cuéntame por qué quieres trabajar aquí.
Hanna se sentó, cruzando las piernas sin pensar. La falda se levantó un par de centímetros, y Don Arturo desvió la mirada un segundo, el tiempo justo para que ella lo notara.
—Necesito dinero para la universidad —respondió ella, con una voz clara y segura—. Y me gustan los sitios tranquilos.
—¿Y los viejos? —preguntó él, con una sonrisa pícara—. ¿Te gustan los viejos?
Hanna rió, sonrojándose ligeramente.
—Depende del viejo.
Don Arturo asintió, como si hubiera aprobado un examen. Le ofreció el trabajo.
Las primeras semanas fueron de aprendizaje. Hanna organizaba papeles, digitalizaba documentos, y aprendía a preparar café exactamente como a él le gustaba: cargado, sin azúcar, con una pizca de canela. Pero lo que realmente aprendió fue a leer las miradas de Don Arturo.
Cuando él se acercaba para señalarle un libro en un estante alto, su mano rozaba su cintura. Cuando ella se inclinaba para alcanzar una carpeta en el suelo, él se quedaba quieto, observando la curva de su espalda. Y cuando ella llevaba vestidos ligeros por el calor, él encontraba excusas para estar cerca.
Un día, Hanna encontró un libro de fotografía erótica de los años setenta. Lo hojeó con curiosidad, y Don Arturo la sorprendió.
—¿Te gusta? —preguntó, sentándose a su lado.
—Son… interesantes —dijo ella, sin apartar la mirada de las imágenes en blanco y negro.
—El cuerpo humano es una obra de arte —dijo él, con voz pausada—. Y el deseo, la forma más sincera de expresión. ¿Tú has sentido deseo alguna vez, Hanna?
Ella levantó la vista, encontrando sus ojos oscuros.
—Sí —respondió, en un susurro.
—¿Y qué hiciste al respecto?
Hanna sintió que el calor le subía a las mejillas. Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa.
—Nada. No sabía qué hacer.
Don Arturo sonrió, con esa sonrisa de hombre que ha visto demasiado y ya no le teme a nada.
—El deseo no se piensa, niña. Se siente. Y cuando se siente, se actúa.
Esa noche, Hanna se quedó más tarde de lo habitual. La luz del atardecer entraba por la ventana, tiñendo el polvo del aire de un color dorado. Don Arturo estaba en su sillón, leyendo, y ella se acercó lentamente.
—Don Arturo —dijo, la voz temblorosa—. Quiero que me enseñe.
Él bajó el libro y la miró. La luz dorada iluminaba su silueta, el cabello rubio suelto sobre los hombros, los labios entreabiertos.
—¿Enseñarte qué, Hanna?
—Todo —respondió ella—. Lo que sabe sobre el deseo.
Don Arturo se levantó despacio, con la parsimonia de quien ha aprendido que la prisa es enemiga del placer. Se acercó a ella, y con una mano arrugada pero firme, le acarició la mejilla.
—Eres muy joven —dijo, aunque sus ojos decían otra cosa.
—Y usted es muy viejo —respondió ella, sonriendo—. Pero eso no importa, ¿verdad?
Él rió, una risa grave y cálida.
—No, supongo que no.
La besó.
Fue un beso lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Los labios de Don Arturo eran suaves, experimentados, y Hanna sintió que se derretía contra él. Sus manos encontraron su cintura, y la guiaron hacia el dormitorio.
La habitación olía a madera vieja y a lavanda. La cama era grande, con sábanas de lino arrugadas. Don Arturo la tumbó sobre ellas con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus manos.
—No tengas prisa —susurró, desabrochando lentamente los botones de su camisa—. El placer se construye, ladrillo a ladrillo.
Hanna sintió sus manos recorrer su cuerpo, descubriendo cada curva, cada pliegue, cada punto que la hacía estremecerse. Don Arturo conocía el mapa del placer femenino como si lo hubiera estudiado durante años, y en cierto modo, así era.
—¿Te gusta? —preguntó, cuando sus dedos encontraron el centro húmedo de su deseo.
Hanna solo pudo asentir, mordiéndose el labio para no gritar.
Él se tomó su tiempo. Le enseñó a respirar, a moverse, a pedir lo que quería. Le mostró que el sexo no era solo un acto, sino una conversación entre cuerpos. Y cuando finalmente la penetró, con una lentitud que la volvía loca, Hanna sintió que el mundo se detenía.
—Dios… —gimió, aferrándose a sus hombros.
—No —susurró él, moviéndose dentro de ella con un ritmo antiguo—. Solo soy un viejo que sabe lo que hace.
El orgasmo llegó como una ola, construida durante horas de caricias y susurros. Hanna tembló, gimió, y sintió que su cuerpo se abría a una experiencia que nunca había imaginado.
Después, quedaron enredados en las sábanas, la respiración entrecortada. Don Arturo acariciaba su cabello rubio, y ella apoyaba la cabeza en su pecho, escuchando los latidos pausados de su corazón.
—¿Duele? —preguntó ella, señalando las cicatrices que marcaban su torso.
—No —respondió él—. Son recuerdos. Como este.
Hanna sonrió y besó su hombro.
—Quiero más —dijo.
Don Arturo rió, esa risa grave y cálida.
—Tienes toda la vida para aprender, niña. Y yo, aunque parezca mentira, todavía tengo tiempo para enseñarte.
Y así, entre libros polvorientos y tardes doradas, Hanna descubrió que el placer no entiende de edades. Solo de ganas. Y Don Arturo, el viejo sabio de manos manchadas de tinta, se convirtió en su maestro en el arte más antiguo del mundo.
0 comentarios - Una asistente muy especial.