Capítulo 3: El colapso de la Ciudadela

La Ciudadela del Nuevo Orden, aquel bastión de mármol blanco y tejados azulados erigido por la diosa Calipso, resplandecía bajo la luz de la tarde. En sus calles empedradas, humanos y bestias oscuras caminaban manteniendo las distancias, respetando la estricta ley divina que prohibía cualquier tipo de cruce o mestizaje entre las especies.
Por el centro de la gran plaza caminaba Aleila, la hechicera consejera de la emperatriz. Aleila era un torbellino de carisma, siempre risueña, histriónica y con unos ojos castaños llenos de esperanza que miraban el mundo con absoluta inocencia. Vestía su característico traje azul de seda ajustado, botas altas de cuero y un cinturón del que colgaba su inseparable bolso rebosante de polvos mágicos y reactivos. Mientras saludaba a los ciudadanos con su habitual energía, un grupo de duendes —pequeñas criaturas de piel verdosa, orejas puntiagudas y ojos saltones que apenas le llegaban a la cintura— comenzó a tirarle de la falda con desesperación.
—¡Señorita Aleila! ¡Por favor, venga rápido! —chilló uno de ellos, con una vocecita aguda—. ¡Le ha pasado algo terrible a nuestro amigo! ¡Se muere!
Aleila, que poseía un corazón enorme y siempre estaba dispuesta a socorrer a quien lo necesitara, asintió de inmediato con expresión compasiva.
—¡Por los cielos! No se preocupen, pequeños, guíenme —dijo con calma, apresurando el paso tras ellos.
Los duendes la condujeron con rapidez hacia un callejón estrecho y sombrío, oculto entre dos imponentes casonas de piedra. Allí, tirado sobre unos sacos de paja, un tercer duende se retorcía de dolor, gimiendo y apretándose la entrepierna.


—¿Qué ha ocurrido? ¿Es un ataque mágico? —preguntó Aleila, arrodillándose en el suelo húmedo y abriendo su bolso de polvos.
—¡Una serpiente de los escombros! —exclamó el duende más viejo, fingiendo terror—. ¡Le ha mordido directamente en el pene! ¡Tiene que curarlo, el veneno lo está matando!
Aleila sintió que las mejillas se le encendían levemente. Aunque era una hechicera experimentada, la situación era sumamente vergonzosa. Con manos temblorosas, apartó los harapos que cubrían la entrepierna del herido. El miembro del duende era, tal como ella imaginaba, una cosita diminuta y arrugada, lo que le causó una punzada de ternura.
—Tranquilo, pequeñín. Un simple conjuro de restauración bastará —pronunció Aleila con determinación, extendiendo sus manos sobre la zona mientras una suave luz azulada brotaba de sus palmas.
Pasaron los segundos, pero la luz se disipó sin causar efecto. El duende seguía retorciéndose, soltando gemidos cada vez más teatrales.
—¡No funciona! ¡La magia de la Ciudadela no corta este veneno! —gritó otro de los duendes, acercándose al oído de la hechicera—. ¡Señorita Aleila, la única forma de salvarlo es succionando el veneno directamente con la boca! ¡Hágalo, por favor!
A Aleila se le paró el corazón. Miró el minúsculo pene y luego a los duendes, debatiéndose entre su pudor y su inquebrantable deseo de salvar una vida.
—P-pero... debe haber otra forma —balbuceó, sonrojada—. Quizás si...
Intentando evitar algo tan explícito, Aleila envolvió el diminuto miembro con sus dedos e intentó exprimirlo con cuidado, presionando desde la base hacia la punta para ver si el veneno salía de forma manual. Sin embargo, no logró expulsar absolutamente nada, y el duende comenzó a jadear con más fuerza.
—¡Se está quedando sin tiempo! ¡Use la boca o morirá! —presionaron las criaturas.
—Está bien, está bien... ¡Lo haré! —exclamó Aleila, armándose de valor épico, como si fuera a librar una batalla.
Al ser un pene tan pequeño, pensó que no tendría mayores dificultades. Se inclinó, cerró los ojos llenos de esperanza y metió la pequeña verga entre sus labios. Comenzó a succionar con cuidado, tratando de mantener una mentalidad puramente médica. Pero tras unos pocos segundos de contacto con la saliva cálida, el cuerpo del duende dio un espasmo y el miembro comenzó a reaccionar.
Aleila abrió los ojos de par en par cuando sintió que el pene mutaba dentro de su boca. Los duendes poseían la naturaleza mágica del oeste, y ante el estímulo de la hechicera, el miembro comenzó a ensancharse de forma descomunal. En un par de parpadeos, la verga se volvió tan gruesa y pesada que le taponó la garganta por completo, ahogándola.
—¡Cof, cof! —Aleila se apartó bruscamente, tosiendo y jadeando, mientras un hilo de saliva le caía por la barbilla.
Al darse la vuelta para mirar al "herido", se quedó estupefacta. El pene del duende no había crecido mucho en longitud, pero se había vuelto una porra maciza, gorda y venosa que palpitaba con fuerza hacia el cielo. Ella siempre había creído que los duendes eran seres tiernos de anatomía inofensiva; contemplar semejante calibre la dejó completamente descolocada y con el rostro encendido en un vivo color carmín.
Los duendes, notando la mirada expectante y el profundo sonrojo de la joven, sonrieron con malicia y decidieron guiarla para continuar con el engaño.



—¡Vas muy bien, Aleila! ¡Pero el veneno se ha movido! —le indicó uno, dándole palmaditas en la espalda—. Primero pensamos que estaba en la cabeza, pero creo que ahora está atrapado en el tronco. Tienes que chupar ahí.
Aleila, con la mente aturdida y el juicio nublado por la adrenalina del momento, asintió rígidamente. Se inclinó de nuevo y volvió a rodear el grueso miembro con sus labios, subiendo y bajando con timidez.
—¡No, no, así no sale! ¡Ahora se fue a las bolas! —corrigió otro duende desde atrás—. ¡Tienes que lamer los huevos y frotar el tronco con entusiasmo para que el veneno suba! ¡Hazlo con fuerza!
—¡Mmmf... o-okay! —articuló ella con el miembro a medio meter.
Siguiendo las caóticas instrucciones, Aleila comenzó a lamer el par de testículos tensos mientras usaba su mano libre para frotar la base con velocidad. Los sonidos más obscenos y húmedos comenzaron a escapar de su boca: un concierto de chasquidos, succiones profundas y jadeos ahogados que resonaban en las paredes del callejón.
—¡Ya casi está en el glande! —gritó el duende "moribundo", arqueando la espalda con una sonrisa de puro vicio—. ¡Succiona la punta con todas tus fuerzas mientras me acaricias los huevos, Aleila! ¡Sácalo ya!
La hechicera, completamente entregada a su labor de salvamento, abrió la boca al máximo y tragó la porra hasta el fondo de su garganta, succionando el glande con una fuerza descomunal mientras sus dedos masajeaban las bolsas del duende. El estímulo fue tan devastador que la criatura no pudo contenerse más. Con un violento espasmo, el duende eyaculó con la potencia de un cañón.
Una cantidad ingente de semen espeso, blanco y caliente inundó la boca de Aleila. La presión fue tal que el fluido no solo le llenó las mejillas, sino que le brotó de golpe por las fosas nasales, haciéndola retroceder de golpe.
—¡Puaj! ¡Cof, cof! —Aleila cayó de rodillas, limpiándose el rostro con desespero.
—¡Misión cumplida! ¡Parece que funcionó! —festejaron los duendes a su alrededor. El supuesto enfermo ya no se retorcía; respiraba aliviado y su miembro volvía lentamente a su tamaño normal.
Aleila se quedó estática en el suelo. Tenía el rostro cubierto de la sustancia blanquecina, la cual goteó con cuidado de su boca hasta depositarse en las palmas de sus manos. Sin embargo, en lugar de sentir asco, una extraña e intensa oleada de calor comenzó a recorrerle el cuerpo. El semen de los duendes, cargado de una magia afrodisíaca ancestral, comenzó a filtrarse por su piel, calentándole las manos y acelerándole el pulso de forma alarmante. Sus ojos castaños perdieron el brillo de la esperanza y adoptaron una expresión ligeramente boba y lasciva.



—Uhh... qué raro... —balbuceó Aleila, tocándose las mejillas ardientes—. Me siento... muy extraña. ¿Sera... el veneno de la serpiente que me contagió?
—¡Claro que no, hermosa Aleila! —rió el duende líder, acomodándose la ropa—. Es el esperma de los duendes. Tiene propiedades afrodisíacas extremas para los humanos. Te agradecemos que salvaras a nuestro amigo, estuviste fantástica.
—Oh... de nada... no hay de qué... —respondió ella con tono torpe, arrastrando las palabras.
Sus ojos, ahora nublados por el deseo, se desviaron involuntariamente hacia el resto de las criaturas. No se había percatado de que, debido al espectáculo erótico que acababa de dar, todos los duendes del callejón se habían excitado al unísono. Varios de ellos ya tenían afuera sus penes, cortos pero increíblemente gruesos y venosos, apuntando directamente hacia ella.
—Oigan... —murmuró Aleila, con una sonrisa boba y la respiración entrecortada—. Ustedes también... parecen necesitar urgentemente de mi ayuda médica... Están muy hinchados.
—Aleila... —dijo uno de los duendes, relamiéndose—. Son los efectos del afrodisíaco. Estás demasiado caliente. Quizás deberíamos llevarte con un macho humano que pueda follarte bien... No está permitido que engullas nuestras vergas, ni que las pongamos en tu húmeda vagina... que por cierto, se nota desde aquí lo empapada que está.
—Mmm... no me importa la ley —protestó la hechicera, perdiendo por completo los estribos y la compostura histriónica que la caracterizaba—. Mi vagina... quema... está tan caliente... Pongan sus vergas en ella ahora mismo. Soy la mejor amiga de la emperatriz, a ella no le importará que hagamos una pequeña excepción...
Sin esperar un segundo más, Aleila agarró al duende más cercano por las caderas y lo arrastró hacia ella, guiando la gruesa verga verdosa directamente hacia la entrada de su intimidad, que ya desbordaba jugos naturales.
—Vamos... ¡hazlo, duendecito! —le rogó, abriendo las piernas de par en par sobre la paja.
—Bueno... si la consejera real insiste, ¡quién soy yo para negarme! —exclamó el duende con una carcajada lasciva.
El pequeño ser se impulsó hacia adelante y, de una sola embestida firme y profunda, clavó su grueso miembro en el interior de la hechicera. El impacto fue tan húmedo que salpicó las sábanas de paja de alrededor, arrancándole a Aleila un gemido de placer tan agudo que ecoó en el callejón.
«¡Por los dioses! ¡Quién hubiera pensado lo rico que es tener una verga de duende dentro! De haberlo sabido, lo habría hecho mucho antes», pensó Aleila, con la mente completamente derretida por el éxtasis.
—¡Tú! ¡El otro! —le gritó al segundo duende, jalándolo del brazo mientras el primero continuaba bombeando su pelvis con salvajismo—. ¡Méteme ese penecote en la boca ya mismo!
El segundo duende no se lo pensó dos veces y le atascó su porra venosa entre los labios. Aleila comenzó a ser devorada por ambos extremos, sucumbiendo ante un torbellino de puro vicio y placer ininterrumpido. Sin embargo, a través de sus ojos entrecerrados, alcanzó a ver al tercer duende, que miraba la escena a un lado, un poco solitario y con cara de decepción.
Sintiendo una inoportuna punzada de pena por dejarlo fuera de la fiesta, Aleila se las arregló para girar un poco el cuerpo. Con sus propios dedos, estiró los pliegues de su ano, exponiendo su entrada más prohibida hacia la criatura.
—No te quedes ahí... ven aquí también —le incitó con la voz ahogada por el miembro que tenía en la boca.
El tercer duende abrió los ojos con entusiasmo y, acomodándose detrás de ella, empujó su verga con desesperación en el estrecho conducto anal. Aleila estalló en múltiples orgasmos consecutivos, temblando de pies a cabeza mientras los tres duendes la follaban como auténticos locos en el callejón.
Mientras tanto, en lo alto de los tejados que rodeaban el lugar, un grupo de duendes centinelas observaba la escena a lo lejos con binoculares mágicos.
—Excelente... el plan ha funcionado a la perfección. La consejera real está totalmente inutilizada —comunicó el líder por un cristal de transmisión—. ¡Brujas, desaten el conjuro ahora!
En las alturas de la Ciudadela, ocultas entre las nubes, un aquelarre de brujas trans del oeste comenzó a canalizar una inmensa cantidad de energía oscura. Un destello de luz carmesí y púrpura cubrió por completo el cielo de la Ciudadela, expandiéndose como una cúpula mágica. El gran hechizo de fornicación masiva, que se suponía debía ser detectado y frenado por las barreras místicas de Aleila, cayó sobre la población sin ningún impedimento.
De inmediato, en las calles, plazas y tabernas, los humanos y las bestias oscuras detuvieron sus actividades. Las miradas de odio y los tratados de paz se desvanecieron, reemplazados por una lujuria ciega. En cuestión de minutos, la Ciudadela entera se enfrascó en una maratón de sexo desenfrenado, rompiendo la ley de Calipso en una orgía monumental que colapsó el orden público.
A través del cristal mágico, el líder de los duendes se comunicó directamente con el trono de piedra negra en el este.
—Misión cumplida, mi diosa Asaias —informó el duende, contemplando desde su posición cómo el trío de sus compañeros seguía ensartando a la hechicera—. El conjuro ya cubre la ciudad. Por cierto... ¿ahora me puedo unir yo también a la orgía? Es que la vagina de la puta de Aleila se ve deliciosamente rica y apretada... Además, creo que cabe una segunda verga en ese ano suyo si se lo propongo.
En su trono, Asaias soltó una carcajada dominante y sumamente sexy, cruzando las piernas con suma elegancia.
—Por supuesto, mi pequeño amigo. Diviértete todo lo que quieras. Esto apenas está comenzando —respondió la deidad con un ronroneo.
—¡Siiiii! —vitoreó el duende, rompiendo la comunicación. Se quitó los harapos a toda prisa y, con la verga colgando completamente erecta y venosa, se abalanzó felizmente hacia el callejón para unirse al festín.
Abajo, entre los embates de los cuatro cuerpos verdosos que ahora la rodeaban, Aleila alcanzó a ver el destello carmesí en el cielo. Vio cómo la magia de las brujas disolvía los escudos protectores de la emperatriz y cómo los ciudadanos comenzaban a fornicar en plena calle.
Se sacó la verga de la boca por un breve segundo, jadeando y con los ojos desorbitados por el placer.
—Oh, no... el escudo... yo debería... yo debería levantarme y detenerlos... —balbuceó, intentando recordar su deber como consejera. Sin embargo, al mirar los gruesos miembros que la rodeaban y sentir las embestidas dobles en su retaguardia, soltó una risa boba—. Pero... ¡pero estos penes no se van a deslechar solos! Termino de follar aquí con estos duendecitos ricos y voy directo a ayudar... ¡Oh, sí! ¡Vengan más duendes, qué delicia!
































La Ciudadela del Nuevo Orden, aquel bastión de mármol blanco y tejados azulados erigido por la diosa Calipso, resplandecía bajo la luz de la tarde. En sus calles empedradas, humanos y bestias oscuras caminaban manteniendo las distancias, respetando la estricta ley divina que prohibía cualquier tipo de cruce o mestizaje entre las especies.
Por el centro de la gran plaza caminaba Aleila, la hechicera consejera de la emperatriz. Aleila era un torbellino de carisma, siempre risueña, histriónica y con unos ojos castaños llenos de esperanza que miraban el mundo con absoluta inocencia. Vestía su característico traje azul de seda ajustado, botas altas de cuero y un cinturón del que colgaba su inseparable bolso rebosante de polvos mágicos y reactivos. Mientras saludaba a los ciudadanos con su habitual energía, un grupo de duendes —pequeñas criaturas de piel verdosa, orejas puntiagudas y ojos saltones que apenas le llegaban a la cintura— comenzó a tirarle de la falda con desesperación.
—¡Señorita Aleila! ¡Por favor, venga rápido! —chilló uno de ellos, con una vocecita aguda—. ¡Le ha pasado algo terrible a nuestro amigo! ¡Se muere!
Aleila, que poseía un corazón enorme y siempre estaba dispuesta a socorrer a quien lo necesitara, asintió de inmediato con expresión compasiva.
—¡Por los cielos! No se preocupen, pequeños, guíenme —dijo con calma, apresurando el paso tras ellos.
Los duendes la condujeron con rapidez hacia un callejón estrecho y sombrío, oculto entre dos imponentes casonas de piedra. Allí, tirado sobre unos sacos de paja, un tercer duende se retorcía de dolor, gimiendo y apretándose la entrepierna.


—¿Qué ha ocurrido? ¿Es un ataque mágico? —preguntó Aleila, arrodillándose en el suelo húmedo y abriendo su bolso de polvos.
—¡Una serpiente de los escombros! —exclamó el duende más viejo, fingiendo terror—. ¡Le ha mordido directamente en el pene! ¡Tiene que curarlo, el veneno lo está matando!
Aleila sintió que las mejillas se le encendían levemente. Aunque era una hechicera experimentada, la situación era sumamente vergonzosa. Con manos temblorosas, apartó los harapos que cubrían la entrepierna del herido. El miembro del duende era, tal como ella imaginaba, una cosita diminuta y arrugada, lo que le causó una punzada de ternura.
—Tranquilo, pequeñín. Un simple conjuro de restauración bastará —pronunció Aleila con determinación, extendiendo sus manos sobre la zona mientras una suave luz azulada brotaba de sus palmas.
Pasaron los segundos, pero la luz se disipó sin causar efecto. El duende seguía retorciéndose, soltando gemidos cada vez más teatrales.
—¡No funciona! ¡La magia de la Ciudadela no corta este veneno! —gritó otro de los duendes, acercándose al oído de la hechicera—. ¡Señorita Aleila, la única forma de salvarlo es succionando el veneno directamente con la boca! ¡Hágalo, por favor!
A Aleila se le paró el corazón. Miró el minúsculo pene y luego a los duendes, debatiéndose entre su pudor y su inquebrantable deseo de salvar una vida.
—P-pero... debe haber otra forma —balbuceó, sonrojada—. Quizás si...
Intentando evitar algo tan explícito, Aleila envolvió el diminuto miembro con sus dedos e intentó exprimirlo con cuidado, presionando desde la base hacia la punta para ver si el veneno salía de forma manual. Sin embargo, no logró expulsar absolutamente nada, y el duende comenzó a jadear con más fuerza.
—¡Se está quedando sin tiempo! ¡Use la boca o morirá! —presionaron las criaturas.
—Está bien, está bien... ¡Lo haré! —exclamó Aleila, armándose de valor épico, como si fuera a librar una batalla.
Al ser un pene tan pequeño, pensó que no tendría mayores dificultades. Se inclinó, cerró los ojos llenos de esperanza y metió la pequeña verga entre sus labios. Comenzó a succionar con cuidado, tratando de mantener una mentalidad puramente médica. Pero tras unos pocos segundos de contacto con la saliva cálida, el cuerpo del duende dio un espasmo y el miembro comenzó a reaccionar.
Aleila abrió los ojos de par en par cuando sintió que el pene mutaba dentro de su boca. Los duendes poseían la naturaleza mágica del oeste, y ante el estímulo de la hechicera, el miembro comenzó a ensancharse de forma descomunal. En un par de parpadeos, la verga se volvió tan gruesa y pesada que le taponó la garganta por completo, ahogándola.
—¡Cof, cof! —Aleila se apartó bruscamente, tosiendo y jadeando, mientras un hilo de saliva le caía por la barbilla.
Al darse la vuelta para mirar al "herido", se quedó estupefacta. El pene del duende no había crecido mucho en longitud, pero se había vuelto una porra maciza, gorda y venosa que palpitaba con fuerza hacia el cielo. Ella siempre había creído que los duendes eran seres tiernos de anatomía inofensiva; contemplar semejante calibre la dejó completamente descolocada y con el rostro encendido en un vivo color carmín.
Los duendes, notando la mirada expectante y el profundo sonrojo de la joven, sonrieron con malicia y decidieron guiarla para continuar con el engaño.



—¡Vas muy bien, Aleila! ¡Pero el veneno se ha movido! —le indicó uno, dándole palmaditas en la espalda—. Primero pensamos que estaba en la cabeza, pero creo que ahora está atrapado en el tronco. Tienes que chupar ahí.
Aleila, con la mente aturdida y el juicio nublado por la adrenalina del momento, asintió rígidamente. Se inclinó de nuevo y volvió a rodear el grueso miembro con sus labios, subiendo y bajando con timidez.
—¡No, no, así no sale! ¡Ahora se fue a las bolas! —corrigió otro duende desde atrás—. ¡Tienes que lamer los huevos y frotar el tronco con entusiasmo para que el veneno suba! ¡Hazlo con fuerza!
—¡Mmmf... o-okay! —articuló ella con el miembro a medio meter.
Siguiendo las caóticas instrucciones, Aleila comenzó a lamer el par de testículos tensos mientras usaba su mano libre para frotar la base con velocidad. Los sonidos más obscenos y húmedos comenzaron a escapar de su boca: un concierto de chasquidos, succiones profundas y jadeos ahogados que resonaban en las paredes del callejón.
—¡Ya casi está en el glande! —gritó el duende "moribundo", arqueando la espalda con una sonrisa de puro vicio—. ¡Succiona la punta con todas tus fuerzas mientras me acaricias los huevos, Aleila! ¡Sácalo ya!
La hechicera, completamente entregada a su labor de salvamento, abrió la boca al máximo y tragó la porra hasta el fondo de su garganta, succionando el glande con una fuerza descomunal mientras sus dedos masajeaban las bolsas del duende. El estímulo fue tan devastador que la criatura no pudo contenerse más. Con un violento espasmo, el duende eyaculó con la potencia de un cañón.
Una cantidad ingente de semen espeso, blanco y caliente inundó la boca de Aleila. La presión fue tal que el fluido no solo le llenó las mejillas, sino que le brotó de golpe por las fosas nasales, haciéndola retroceder de golpe.
—¡Puaj! ¡Cof, cof! —Aleila cayó de rodillas, limpiándose el rostro con desespero.
—¡Misión cumplida! ¡Parece que funcionó! —festejaron los duendes a su alrededor. El supuesto enfermo ya no se retorcía; respiraba aliviado y su miembro volvía lentamente a su tamaño normal.
Aleila se quedó estática en el suelo. Tenía el rostro cubierto de la sustancia blanquecina, la cual goteó con cuidado de su boca hasta depositarse en las palmas de sus manos. Sin embargo, en lugar de sentir asco, una extraña e intensa oleada de calor comenzó a recorrerle el cuerpo. El semen de los duendes, cargado de una magia afrodisíaca ancestral, comenzó a filtrarse por su piel, calentándole las manos y acelerándole el pulso de forma alarmante. Sus ojos castaños perdieron el brillo de la esperanza y adoptaron una expresión ligeramente boba y lasciva.



—Uhh... qué raro... —balbuceó Aleila, tocándose las mejillas ardientes—. Me siento... muy extraña. ¿Sera... el veneno de la serpiente que me contagió?
—¡Claro que no, hermosa Aleila! —rió el duende líder, acomodándose la ropa—. Es el esperma de los duendes. Tiene propiedades afrodisíacas extremas para los humanos. Te agradecemos que salvaras a nuestro amigo, estuviste fantástica.
—Oh... de nada... no hay de qué... —respondió ella con tono torpe, arrastrando las palabras.
Sus ojos, ahora nublados por el deseo, se desviaron involuntariamente hacia el resto de las criaturas. No se había percatado de que, debido al espectáculo erótico que acababa de dar, todos los duendes del callejón se habían excitado al unísono. Varios de ellos ya tenían afuera sus penes, cortos pero increíblemente gruesos y venosos, apuntando directamente hacia ella.
—Oigan... —murmuró Aleila, con una sonrisa boba y la respiración entrecortada—. Ustedes también... parecen necesitar urgentemente de mi ayuda médica... Están muy hinchados.
—Aleila... —dijo uno de los duendes, relamiéndose—. Son los efectos del afrodisíaco. Estás demasiado caliente. Quizás deberíamos llevarte con un macho humano que pueda follarte bien... No está permitido que engullas nuestras vergas, ni que las pongamos en tu húmeda vagina... que por cierto, se nota desde aquí lo empapada que está.
—Mmm... no me importa la ley —protestó la hechicera, perdiendo por completo los estribos y la compostura histriónica que la caracterizaba—. Mi vagina... quema... está tan caliente... Pongan sus vergas en ella ahora mismo. Soy la mejor amiga de la emperatriz, a ella no le importará que hagamos una pequeña excepción...
Sin esperar un segundo más, Aleila agarró al duende más cercano por las caderas y lo arrastró hacia ella, guiando la gruesa verga verdosa directamente hacia la entrada de su intimidad, que ya desbordaba jugos naturales.
—Vamos... ¡hazlo, duendecito! —le rogó, abriendo las piernas de par en par sobre la paja.
—Bueno... si la consejera real insiste, ¡quién soy yo para negarme! —exclamó el duende con una carcajada lasciva.
El pequeño ser se impulsó hacia adelante y, de una sola embestida firme y profunda, clavó su grueso miembro en el interior de la hechicera. El impacto fue tan húmedo que salpicó las sábanas de paja de alrededor, arrancándole a Aleila un gemido de placer tan agudo que ecoó en el callejón.
«¡Por los dioses! ¡Quién hubiera pensado lo rico que es tener una verga de duende dentro! De haberlo sabido, lo habría hecho mucho antes», pensó Aleila, con la mente completamente derretida por el éxtasis.
—¡Tú! ¡El otro! —le gritó al segundo duende, jalándolo del brazo mientras el primero continuaba bombeando su pelvis con salvajismo—. ¡Méteme ese penecote en la boca ya mismo!
El segundo duende no se lo pensó dos veces y le atascó su porra venosa entre los labios. Aleila comenzó a ser devorada por ambos extremos, sucumbiendo ante un torbellino de puro vicio y placer ininterrumpido. Sin embargo, a través de sus ojos entrecerrados, alcanzó a ver al tercer duende, que miraba la escena a un lado, un poco solitario y con cara de decepción.
Sintiendo una inoportuna punzada de pena por dejarlo fuera de la fiesta, Aleila se las arregló para girar un poco el cuerpo. Con sus propios dedos, estiró los pliegues de su ano, exponiendo su entrada más prohibida hacia la criatura.
—No te quedes ahí... ven aquí también —le incitó con la voz ahogada por el miembro que tenía en la boca.
El tercer duende abrió los ojos con entusiasmo y, acomodándose detrás de ella, empujó su verga con desesperación en el estrecho conducto anal. Aleila estalló en múltiples orgasmos consecutivos, temblando de pies a cabeza mientras los tres duendes la follaban como auténticos locos en el callejón.
Mientras tanto, en lo alto de los tejados que rodeaban el lugar, un grupo de duendes centinelas observaba la escena a lo lejos con binoculares mágicos.
—Excelente... el plan ha funcionado a la perfección. La consejera real está totalmente inutilizada —comunicó el líder por un cristal de transmisión—. ¡Brujas, desaten el conjuro ahora!
En las alturas de la Ciudadela, ocultas entre las nubes, un aquelarre de brujas trans del oeste comenzó a canalizar una inmensa cantidad de energía oscura. Un destello de luz carmesí y púrpura cubrió por completo el cielo de la Ciudadela, expandiéndose como una cúpula mágica. El gran hechizo de fornicación masiva, que se suponía debía ser detectado y frenado por las barreras místicas de Aleila, cayó sobre la población sin ningún impedimento.
De inmediato, en las calles, plazas y tabernas, los humanos y las bestias oscuras detuvieron sus actividades. Las miradas de odio y los tratados de paz se desvanecieron, reemplazados por una lujuria ciega. En cuestión de minutos, la Ciudadela entera se enfrascó en una maratón de sexo desenfrenado, rompiendo la ley de Calipso en una orgía monumental que colapsó el orden público.
A través del cristal mágico, el líder de los duendes se comunicó directamente con el trono de piedra negra en el este.
—Misión cumplida, mi diosa Asaias —informó el duende, contemplando desde su posición cómo el trío de sus compañeros seguía ensartando a la hechicera—. El conjuro ya cubre la ciudad. Por cierto... ¿ahora me puedo unir yo también a la orgía? Es que la vagina de la puta de Aleila se ve deliciosamente rica y apretada... Además, creo que cabe una segunda verga en ese ano suyo si se lo propongo.
En su trono, Asaias soltó una carcajada dominante y sumamente sexy, cruzando las piernas con suma elegancia.
—Por supuesto, mi pequeño amigo. Diviértete todo lo que quieras. Esto apenas está comenzando —respondió la deidad con un ronroneo.
—¡Siiiii! —vitoreó el duende, rompiendo la comunicación. Se quitó los harapos a toda prisa y, con la verga colgando completamente erecta y venosa, se abalanzó felizmente hacia el callejón para unirse al festín.
Abajo, entre los embates de los cuatro cuerpos verdosos que ahora la rodeaban, Aleila alcanzó a ver el destello carmesí en el cielo. Vio cómo la magia de las brujas disolvía los escudos protectores de la emperatriz y cómo los ciudadanos comenzaban a fornicar en plena calle.
Se sacó la verga de la boca por un breve segundo, jadeando y con los ojos desorbitados por el placer.
—Oh, no... el escudo... yo debería... yo debería levantarme y detenerlos... —balbuceó, intentando recordar su deber como consejera. Sin embargo, al mirar los gruesos miembros que la rodeaban y sentir las embestidas dobles en su retaguardia, soltó una risa boba—. Pero... ¡pero estos penes no se van a deslechar solos! Termino de follar aquí con estos duendecitos ricos y voy directo a ayudar... ¡Oh, sí! ¡Vengan más duendes, qué delicia!































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