Hola Corazones! Como están? Hoy les traigo un relato erotico con un alto contenido lésbico. El relato es totalmente ficticio y creado por mí, para divertirme un rato a solas. Espero que les guste y que lo disfruten muchísimo. 🥰
A continuación les dejo los instagram de las bellas mujeres que con sus fotos ardientes y sus cuerpos de diosas me inspiraron a crear nuestra bella historia. 😍



"La Locutora, la Madre y la Hija"
💋 Capítulo I: El Mensaje
Vero había estado siguiendo a Carolina en redes desde hacía meses. No recordaba exactamente cómo había empezado —quizás un like en una foto de la pileta, un comentario sobre el calor cordobés— pero había algo en esa mujer, en aquella madre soltera, que le quitaba el sueño.
Era febrero de 2024, el verano apretaba en Córdoba. Vero estaba en su estudio de radio, sola, terminando su programa de la madrugada. La ciudad dormía afuera, pero ella estaba despierta, con la adrenalina de tres horas de micro, cuando recibió el mensaje.
"Estoy afuera. Me dijiste que si pasaba por el centro, te avisaba. —Caro"
Vero sintió el estómago revolverse. No era una adolescente, tenía treinta y seis años, había tenido mujeres antes, pero Carolina...era diferente. Era el objeto de fantasías que nunca se habían cumplido, el "qué hubiera pasado si" que perseguía desde la adolescencia.
Bajó. La vio parada junto a su auto, con un vestido negro simple, sandalias, el pelo largo y oscuro suelto sobre los hombros. No usaba sostén. Vero lo notó de inmediato, la forma en que el vestido se adhería a sus pechos, los pezones ligeramente erectos por el aire acondicionado del auto.
"Hola, locutora," sonrió Carolina, y esa sonrisa tenía años de ventaja, de saber exactamente el efecto que causaba.
"Sube," dijo Vero, su voz ronca por el uso del micrófono, más ronca aún por la excitación repentina.
En el ascensor, el silencio era denso. Vero olía a perfume barato mezclado con sudor de verano, y a algo más... a piel caliente. Carolina la miraba de reojo, evaluando, y Vero se sentía de pronto como la adolescente que había sido, nerviosa, torpe, deseando.
"Tu programa es... íntimo," dijo Carolina rompiendo el silencio. "Me gusta cómo hablas. Como si estuvieras al oído de cada una."
"Eso intento," respondió Vero, y sus ojos se encontraron en el espejo del ascensor.
Fue Carolina quien se movió primero. No fue un gesto grande, solo deslizó su mano por el brazo de Vero, desde la muñeca hasta el codo, un roce que duró dos segundos pero que dejó a Vero sin aliento.
"Me gustan las mujeres que saben usar la voz," murmuró Carolina, y sus dedos se quedaron en el bíceps de Vero, apretando suavemente.
💋 Capítulo II: La Cabina y la Confesión
El estudio estaba oscuro, iluminado solo por las luces de los equipos y el resplandor azul de la pantalla del computador. Vero cerró la puerta con llave. No había nadie más en el edificio a las tres de la mañana.
"¿Me mostrás dónde hablas?" preguntó Carolina, y su voz era un ronroneo.
Vero la llevó a la cabina. El micrófono profesional, los auriculares colgando, la silla giratoria. Carolina se sentó en la silla de Vero, cruzando las piernas, y el vestido se subió mostrando muslos que Vero había visto en fotos pero que ahora, en carne y hueso, le parecían esculturas.
"Probá," dijo Vero, señalando el micrófono.
Carolina se inclinó hacia adelante, sus labios rozando el micrófono de espuma negra, y habló: "¿Me escuchan, Córdoba?"
La voz salió por los monitores, envuelta en estática, íntima, obscena sin querer serlo.
"Escucho tu respiración," dijo Vero, parada junto a ella, su mano apoyada en el respaldo de la silla, a centímetros del cabello de Carolina.
"Es que estoy nerviosa," sonrió Carolina, girando la silla para mirarla. "No todos los días estoy en un estudio con una mujer que me hace sentir... expuesta."
Vero no respondió. Se inclinó, lentamente, dando tiempo a Carolina de retroceder, de decir no. Pero ella no retrocedió. Levantó la cara, sus ojos cerrándose suavemente, y cuando los labios de Vero rozaron los suyos, fue un suspiro compartido lo que se escuchó, no un beso todavía.
El primer beso fue lento, exploratorio. Labios secos rozándose, probando. Vero sabía a café frío y cigarrillo. Carolina sabía a menta y algo dulce, chicle de cereza. Sus lenguas se encontraron con timidez, luego con más confianza, y Vero sintió las manos de Carolina en su cintura, tirando de ella, haciéndola sentarse en su regazo en la silla estrecha.
"Tu gorra," murmuró Carolina contra su boca, y se la quitó, dejando el pelo rojo de Vero caer sobre sus hombros.
Carolina enterró las manos en ese pelo, tirando suavemente, inclinando la cabeza de Vero hacia atrás para acceder a su cuello. Los besos descendieron, hambrientos ahora, y Vero jadeó cuando sintió la lengua de Carolina en su clavícula, lamiendo el sudor de la noche de verano.
"Te deseé," confesó Carolina entre besos, "desde que vi tu foto con esa remera de Metallica. Pensé: 'esa mujer me va a hacer venir algún día'."
Vero se rio, un sonido ronco, y tomó el rostro de Carolina entre sus manos. "¿Y ahora?"
"Ahora quiero que me hagas venir de verdad," respondió Carolina, y la frase, dicha con esa naturalidad, esa madurez, hizo que Vero sintiera un golpe de calor entre las piernas.
💋 Capítulo III: El Sofá del Estudio
Se movieron al sofá de la recepción, un mueble de cuero gastado donde Vero descansaba entre programas. Carolina se recostó, y Vero se arrodilló sobre ella, una rodilla a cada lado de sus caderas.
Vero besó el cuello de Carolina, mordisqueó el lóbulo de su oreja, susurró: "¿Sabes cuántas veces pensé en ti mientras me tocaba?"
"¿En mí?" jadeó Carolina, sus manos subiendo por la espalda de Vero, metiéndose bajo la remeta negra.
"En ti. En esta madre que veía en las reuniones escolares, con sus bikinis, con su manera de mirar como si supiera todos mis secretos."
Vero bajó las manos al escote del vestido de Carolina. No preguntó. Simplemente tiró hacia abajo, y los pechos de Carolina quedaron expuestos, grandes, con pezones oscuros y erectos, el tipo de pechos que solo tienen las mujeres que han amamantado y que han aprendido a amar sus cuerpos a pesar de los cambios.
"Perfectos," murmuró Vero, y tomó uno en su boca.
Carolina arqueó la espalda, un grito ahogado saliendo de su garganta. Vero chupaba fuerte, usando la lengua en círculos, luego suave, luego fuerte de nuevo, alternando. Su otra mano jugaba con el segundo pezón, pellizcándolo, masajeando la carne pesada.
"Tu boca," gemía Carolina, "tu boca es..."
"¿Qué?" preguntó Vero, soltando el pezón con un sonido húmedo.
"Es perfecta. Es exactamente... ahí... justo ahí..."
Vero había deslizado la mano libre por el vientre de Carolina, encontrando el borde de las bragas —tanga, notó, sintiendo el hilo dental— y siguió bajando, hasta encontrar el calor, la humedad, la apertura.
Carolina estaba empapada. No de excitación recién despertada, sino de esa humedad profunda, esa necesidad que se acumula durante días de fantasías.
"Por favor," suplicó Carolina.
Vero no hizo esperar más. Bajó por el cuerpo de Carolina, besando el vientre, el ombligo, la línea del vello púbico. Se quitó la remeta, quedando en sostén negro, y posicionó su rostro entre los muslos de Carolina.
El primer lenguada fue larga, desde la entrada hasta el clítoris, recogiendo todo el sabor de Carolina, salado, metálico, único. Carolina gritó, un sonido que Vero habría querido grabar para su programa.
Vero usó la lengua con precisión. Lenta, rápida, puntiaguda, plana. Dibujó el abecedario en el clítoris de Carolina, y cuando encontró la letra que la hacía temblar —la "S", curva y larga— repitió una y otra vez.
"Me voy a venir," advirtió Carolina, sus manos en el pelo rojo de Vero.
"Ven," ordenó Vero contra su sexo, y la vibración de la voz fue el empujón final.
Carolina se vino con una serie de espasmos que Vero sintió contra su lengua, contracciones rítmicas, fuertes, largas. No fue un orgasmo silencioso; Carolina gritó el nombre de Vero, y luego se desplomó, jadeante, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
💋 Capítulo IV: La Devolución y la Casa
Vero se limpió la boca con el dorso de la mano, subió por el cuerpo de Carolina, y la besó. Carolina pudo saberse a sí misma en los labios de Vero, y eso la excitó de nuevo.
"Tu turno," susurró Carolina.
Se vistieron torpemente, riendo. En el auto de Carolina, Vero puso su mano en el muslo de ella, subiendo, encontrando que no se había puesto bragas.
"¿Siempre vas sin ropa interior?" preguntó Vero, acariciando.
"Desde que te conocí, sí," respondió Carolina.
Llegaron al apartamento de Carolina en el centro, un departamento antiguo con techos altos y una cama king-size que ocupaba la mayor parte del dormitorio. No llegaron a la cama de inmediato. En la sala, contra la pared, Carolina devolvió el favor.
Vero estaba de pie, con los pantalones bajados hasta los tobillos, las bragas negras a un lado, y Carolina estaba arrodillada frente a ella, con la cara enterrada en su sexo, lamiendo con esa delicadeza madura que solo tienen las mujeres que han aprendido a esperar.
"Caro... por favor..." gemía Vero, apoyada contra la pared.
Carolina usó los dedos mientras lamía, entrando suavemente, buscando el punto exacto. Vero se vino con un grito que debió haber despertado a los vecinos, un orgasmo que le subió por la columna y le explotó en la cabeza, haciéndola ver estrellas.
Se arrastraron hasta la cama, desnudándose completamente, y pasaron las siguientes horas explorándose, probándose, memorizándose. Carolina se sentó en el rostro de Vero, y sin dudarlo Veronica la lamió desde abajo, sintiendo el peso de su cuerpo, el poder de su entrega. Luego Vero se lo hizo a Carolina, y se turnaron, una y otra vez, hasta que ambas estuvieron agotadas, sudadas, marcadas por el sexo.
💋 Capítulo V: La Hija del Espejo
Eran las seis de la mañana cuando Sofía llegó.
Sofía Luján, veinticinco años, hija menor de Carolina, con su mariposa tatuada en el vientre, su pelo oscuro y largo, su actitud provocadora que había cultivado desde los quince. Venía de una noche de fiesta en Cosquín, todavía con la pollera a cuadros y el top negro que mostraba su ombligo y el tatuaje.
Tenía llave del departamento de su madre —"para emergencias"— pero nunca había tenido que usarla. Sin embargo, esa mañana, algo la hizo ir. Quizás una corazonada, quizás el mensaje de su madre diciendo que no volvería a casa.
Usó la llave escondida en el florero y entró al apartamento.
El olor la golpeó primero: sexo, sudor, perfume mezclado, el olor inconfundible de dos mujeres que han estado follando durante horas. Luego escuchó los sonidos: gemidos, respiraciones pesadas, el sonido húmedo de lenguas sobre carne.
Sofía debería haberse ido. Debería haber cerrado la puerta.
En cambio, siguió el sonido.
Desde la puerta entreabierta del dormitorio, vio la escena que cambiaría todo.
Su madre estaba en la cama, completamente desnuda, las piernas abiertas, el pelo oscuro extendido como un abanico sobre las sábanas blancas. Y entre sus piernas, arrodillada, estaba Vero. La locutora. La mujer que había visto en redes, que su madre había mencionado en alguna cena.
Vero estaba haciendo el cunnilingus a su madre con una dedicación que hizo que Sofía sintiera un golpe de calor instantáneo entre las piernas. La lengua de Vero entraba y salía, brillante por los fluidos, y su madre se retorcía, agarrando las sábanas, jadeando, pidiendo más.
Sofía sacó su celular automáticamente. Abrió la cámara, apagó el flash, y comenzó a filmar.
En la pantalla, veía a su madre como nunca la había visto. No como la mujer que le hacía la cena, que la regañaba por el desorden. Veía a una diosa, arqueada, deshecha, recibiendo placer de otra mujer. Los pechos de su madre se movían con cada respiración, los pezones erectos, el vientre contrayéndose.
Y Vero... era un espectáculo. El pelo rojo brillante contra la piel pálida de su madre, los músculos de su espalda flexionándose, el sonido húmedo obsceno que llegaba hasta donde Sofía estaba parada.
Sofía bajó la mano libre, la metió bajo su pollera, encontrando que estaba empapada. Se tocó sobre las bragas, presionando contra su clítoris, mientras seguía filmando.
"Ahí... justo ahí... oh Dios, no pares..." gemía Carolina, su voz ronca, desconocida para Sofía, una voz de mujer sexual, no de madre.
Sofía no pudo contenerse. Un gemido escapó de su garganta, bajo, involuntario, el sonido de una mujer joven que está al borde del orgasmo.
Vero se detuvo.
Su cuerpo se tensó, pero no se apartó de entre las piernas de Carolina. Lentamente, muy lentamente, levantó la cara de la vagina de su amiga, y un hilo de saliva —mezclada con los fluidos de madre soltera— cayó desde su barbilla, estirándose, brillando a la luz de la mañana, antes de romperse y caer sobre el muslo de Carolina.
Vero miró directamente hacia la puerta. Hacia donde estaba Sofía.
Sus ojos se encontraron.
Sofía debería haberse asustado, haber corrido. Pero estaba paralizada, con la mano todavía bajo su pollera, el celular todavía grabando, su propio aliento jadeante llenando el silencio.
Vero sonrió. Una sonrisa lenta, perversa, dominante. Sin apartar la mirada de Sofía, llevó el dedo índice a sus labios —los labios brillantes por el sexo de Carolina— y los chupó limpio, haciendo un sonido húmedo, obsceno, deliberado.
Luego, con ese mismo dedo húmedo, hizo un gesto.
Ven.
Un solo movimiento del dedo, curvándose hacia adentro, invitando, ordenando.
Carolina, todavía jadeante, confundida por la detención, abrió los ojos y siguió la mirada de Vero. Vio a su hija allí parada, con la mano entre las piernas, el celular en la otra mano, los ojos vidriosos de excitación y vergüenza.
"Mi amor..." susurró Carolina, pero no sonó a regaño. Sonó a... reconocimiento.
"Ella quiere quedarse," dijo Vero, su voz ronca, autoritaria. "¿Verdad, Sofía?"
Sofía no pudo hablar. Solo asintió, temblando.
"Entonces quédate," ordenó Vero, volviendo a sumergir su rostro entre las piernas de Carolina, pero esta vez manteniendo los ojos abiertos, mirando a Sofía mientras lamía, mientras chupaba, mientras hacía gemir a su madre de nuevo. "Pero si te quedas... te tocas. Aquí. Frente a nosotras."
Sofía, paralizada por la orden, bajó su pollera por completo, dejando ver sus bragas negras, y se metió la mano dentro, encontrando su clítoris hinchado, sensitivo, listo.
Comenzó a tocarse al ritmo de los lametones de Vero, viendo cómo la lengua de la locutora entraba y salía de su madre, viendo cómo Carolina se retorcía, cómo sus pechos se movían, cómo su vientre se contraía con la proximidad del orgasmo.
"Filma esto," ordenó Vero contra el sexo de Carolina. "Filma a tu madre corriéndose. Para que nunca olvide quién es."
Sofía levantó el celular con mano temblorosa, enfocando el rostro de su madre, capturando el momento exacto en que Carolina arqueó la espalda, gritó el nombre de Vero, y se corrió con una fuerza que hizo que todo su cuerpo se sacudiera, convulsionara, mientras Vero seguía lamiendo, tragando cada gota.
Y Sofía, viendo eso, sintiendo el poder de su madre convertido en deshecho placentero, se vino también, apretando los muslos contra su mano, mordiéndose el labio para no gritar.
💋 Capítulo VI: El Impulso
Pero no se detuvo ahí.
Los gemidos de su madre, la vista de Vero entre sus piernas, el olor del sexo en el aire, la transgresión absoluta de estar allí, filmando, tocándose... todo creó en Sofía un impulso que no pudo controlar.
Dejó caer el celular sobre la cómoda, todavía grabando. Se quitó la pollera de un tirón, dejándola en el piso. Se quitó las bragas, revelando su propio sexo húmedo, los labios hinchados de excitación, el tatuaje de la mariposa en su vientre subiendo y bajando con su respiración acelerada.
Vero la vio hacerlo y sonrió, anticipando, animando con los ojos.
Sofía caminó hacia la cama. Carolina yacía todavía jadeante, recuperándose del orgasmo, los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Sofía se subió a la cama, pasando por encima de Vero, y se posicionó sobre el rostro de su madre.
"Caro..." susurró Vero, una advertencia suave, una invitación.
Carolina abrió los ojos y vio a su hija sobre ella, el sexo de Sofía suspendido a centímetros de su boca, brillante, húmedo, el vello recortado, la mariposa tatuada mirándola desde arriba.
Por un segundo, un segundo de eternidad, Carolina dudó. La madre en ella gritó que esto estaba mal, que era su hija, que no podía.
Pero la mujer en ella, la mujer que Vero había despertado, que había hecho sentir viva por primera vez en años, esa mujer vio el deseo en los ojos de Sofía, vio la necesidad, vio el reflejo de su propia sexualidad.
Y sin culpa, sin remordimiento, solo con hambre, Carolina levantó la cabeza y metió la lengua en el sexo de su hija.
Sofía gritó.
No un grito de dolor, sino de liberación absoluta, de fantasía cumplida que ni ella sabía que tenía. Sintió la lengua de su madre —la misma lengua que la había regañado, que le había dicho "te amo" mil veces— ahora entrando en ella, lamiendo, chupando, explorando su interior con una familiaridad que era completamente nueva y completamente tabú.
"Madre..." jadeó Sofía, agarrándose a la cabecera de la cama, moviendo sus caderas, frotándose contra la boca de Carolina. "Madre, por favor..."
Carolina no respondió con palabras. Respondió con la lengua, encontrando el clítoris de su hija, chupándolo con la misma dedicación con la que Vero la había chupado a ella. Sofía se movía sobre su rostro, usando a su madre como Vero la había usado, y Carolina la dejaba, la guiaba con las manos en sus muslos, acariciando, animando.
Vero observaba desde abajo, su propio sexo palpitando de excitación al ver la escena. Vio cómo Carolina lamía a su hija, vio la mariposa tatuada de Sofía contra el vientre de su madre, y supo que estaba presenciando algo sagrado y profano al mismo tiempo.
Se levantó, se subió a la cama, y se posicionó detrás de Sofía, que estaba a cuatro patas sobre su madre, todavía recibiendo el sexo oral.
Vero envolvió su cuerpo alrededor de Sofía desde atrás, presionando sus pechos contra la espalda de la joven, sintiendo su calor, su temblor. Metió una mano entre las piernas de Sofía, encontrando la boca de Carolina allí, y comenzó a tocar a ambas, a madre e hija simultáneamente, uniéndolas con sus dedos.
"Ven," susurró Vero al oído de Sofía. "Ven para tu madre. Déjala sentir cómo se siente su hija corriéndose en su boca."
Sofía no pudo resistir. Con la lengua de Carolina en su clítoris, con los dedos de Vero entrando y saliendo de ella, con el cuerpo de su madre debajo de ella, se corrió con una fuerza que la hizo ver oscuridad, que la hizo gritar un "¡mamá!" que sonó a súplica y a gratitud.
Carolina tragó los fluidos de su hija, sintiendo el orgasmo de Sofía contra su lengua, y se corrió de nuevo ella misma, sin ser tocada, solo por la excitación de lo que estaba haciendo, de la transgresión absoluta.
💋 Capítulo VII: El Beso y la Cena
Cuando Sofía se desplomó, Vero la atrapó, la giró, y la besó.
Fue un beso profundo, apasionado, lleno de el sabor de Carolina que todavía persistía en la boca de Sofía. Vero metió la lengua, explorando, reclamando, y Sofía respondió, todavía temblando, todavía en shock, pero devolviendo el beso con hambre.
Carolina se sentó en la cama, mirando a su hija y a su amante besarse, y sonrió. Una sonrisa de mujer completa, satisfecha, sin culpas.
Cuando se separaron, Vero tomó el rostro de Sofía entre sus manos, mirándola a los ojos.
"El domingo," dijo Vero, su voz ronca, autoritaria pero tierna. "Vienes a cenar. Las dos. Quiero volver a ver esto. Quiero enseñarle a tu madre cómo chuparte mejor. Y quiero que tú aprendas a hacerle lo mismo a ella."
Sofía asintió, todavía sin aliento.
"¿Aceptas?" preguntó Vero, besando su frente, sus mejillas, su barbilla.
"Sí," susurró Sofía. "Sí, voy a venir. Las dos van a venir."
Carolina se rio, un sonido feliz, y se acercó, abrazando a su hija desde un lado, mientras Vero la abrazaba desde el otro. Las tres mujeres yacieron en la cama, desnudas, entrelazadas, marcadas por lo que habían compartido.
"Te amo, mamá," susurró Sofía, y por primera vez, la frase sonó diferente, más completa, incluyendo todos los aspectos de su madre, incluso este, el aspecto sexual, el aspecto que Vero había liberado.
"Yo también te amo, mi amor," respondió Carolina, besando el hombro de su hija. "Y gracias por... por esto. Por verme. Por dejarme verte."
Vero sonrió, la tercera en discordia que las había unido, y supo que esto era solo el principio de algo que ninguna de las tres podía predecir, pero que todas deseaban.
FIN 💋
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"La Locutora, la Madre y la Hija"
💋 Capítulo I: El Mensaje
Vero había estado siguiendo a Carolina en redes desde hacía meses. No recordaba exactamente cómo había empezado —quizás un like en una foto de la pileta, un comentario sobre el calor cordobés— pero había algo en esa mujer, en aquella madre soltera, que le quitaba el sueño.
Era febrero de 2024, el verano apretaba en Córdoba. Vero estaba en su estudio de radio, sola, terminando su programa de la madrugada. La ciudad dormía afuera, pero ella estaba despierta, con la adrenalina de tres horas de micro, cuando recibió el mensaje.
"Estoy afuera. Me dijiste que si pasaba por el centro, te avisaba. —Caro"
Vero sintió el estómago revolverse. No era una adolescente, tenía treinta y seis años, había tenido mujeres antes, pero Carolina...era diferente. Era el objeto de fantasías que nunca se habían cumplido, el "qué hubiera pasado si" que perseguía desde la adolescencia.
Bajó. La vio parada junto a su auto, con un vestido negro simple, sandalias, el pelo largo y oscuro suelto sobre los hombros. No usaba sostén. Vero lo notó de inmediato, la forma en que el vestido se adhería a sus pechos, los pezones ligeramente erectos por el aire acondicionado del auto.
"Hola, locutora," sonrió Carolina, y esa sonrisa tenía años de ventaja, de saber exactamente el efecto que causaba.
"Sube," dijo Vero, su voz ronca por el uso del micrófono, más ronca aún por la excitación repentina.
En el ascensor, el silencio era denso. Vero olía a perfume barato mezclado con sudor de verano, y a algo más... a piel caliente. Carolina la miraba de reojo, evaluando, y Vero se sentía de pronto como la adolescente que había sido, nerviosa, torpe, deseando.
"Tu programa es... íntimo," dijo Carolina rompiendo el silencio. "Me gusta cómo hablas. Como si estuvieras al oído de cada una."
"Eso intento," respondió Vero, y sus ojos se encontraron en el espejo del ascensor.
Fue Carolina quien se movió primero. No fue un gesto grande, solo deslizó su mano por el brazo de Vero, desde la muñeca hasta el codo, un roce que duró dos segundos pero que dejó a Vero sin aliento.
"Me gustan las mujeres que saben usar la voz," murmuró Carolina, y sus dedos se quedaron en el bíceps de Vero, apretando suavemente.
💋 Capítulo II: La Cabina y la Confesión
El estudio estaba oscuro, iluminado solo por las luces de los equipos y el resplandor azul de la pantalla del computador. Vero cerró la puerta con llave. No había nadie más en el edificio a las tres de la mañana.
"¿Me mostrás dónde hablas?" preguntó Carolina, y su voz era un ronroneo.
Vero la llevó a la cabina. El micrófono profesional, los auriculares colgando, la silla giratoria. Carolina se sentó en la silla de Vero, cruzando las piernas, y el vestido se subió mostrando muslos que Vero había visto en fotos pero que ahora, en carne y hueso, le parecían esculturas.
"Probá," dijo Vero, señalando el micrófono.
Carolina se inclinó hacia adelante, sus labios rozando el micrófono de espuma negra, y habló: "¿Me escuchan, Córdoba?"
La voz salió por los monitores, envuelta en estática, íntima, obscena sin querer serlo.
"Escucho tu respiración," dijo Vero, parada junto a ella, su mano apoyada en el respaldo de la silla, a centímetros del cabello de Carolina.
"Es que estoy nerviosa," sonrió Carolina, girando la silla para mirarla. "No todos los días estoy en un estudio con una mujer que me hace sentir... expuesta."
Vero no respondió. Se inclinó, lentamente, dando tiempo a Carolina de retroceder, de decir no. Pero ella no retrocedió. Levantó la cara, sus ojos cerrándose suavemente, y cuando los labios de Vero rozaron los suyos, fue un suspiro compartido lo que se escuchó, no un beso todavía.
El primer beso fue lento, exploratorio. Labios secos rozándose, probando. Vero sabía a café frío y cigarrillo. Carolina sabía a menta y algo dulce, chicle de cereza. Sus lenguas se encontraron con timidez, luego con más confianza, y Vero sintió las manos de Carolina en su cintura, tirando de ella, haciéndola sentarse en su regazo en la silla estrecha.
"Tu gorra," murmuró Carolina contra su boca, y se la quitó, dejando el pelo rojo de Vero caer sobre sus hombros.
Carolina enterró las manos en ese pelo, tirando suavemente, inclinando la cabeza de Vero hacia atrás para acceder a su cuello. Los besos descendieron, hambrientos ahora, y Vero jadeó cuando sintió la lengua de Carolina en su clavícula, lamiendo el sudor de la noche de verano.
"Te deseé," confesó Carolina entre besos, "desde que vi tu foto con esa remera de Metallica. Pensé: 'esa mujer me va a hacer venir algún día'."
Vero se rio, un sonido ronco, y tomó el rostro de Carolina entre sus manos. "¿Y ahora?"
"Ahora quiero que me hagas venir de verdad," respondió Carolina, y la frase, dicha con esa naturalidad, esa madurez, hizo que Vero sintiera un golpe de calor entre las piernas.
💋 Capítulo III: El Sofá del Estudio
Se movieron al sofá de la recepción, un mueble de cuero gastado donde Vero descansaba entre programas. Carolina se recostó, y Vero se arrodilló sobre ella, una rodilla a cada lado de sus caderas.
Vero besó el cuello de Carolina, mordisqueó el lóbulo de su oreja, susurró: "¿Sabes cuántas veces pensé en ti mientras me tocaba?"
"¿En mí?" jadeó Carolina, sus manos subiendo por la espalda de Vero, metiéndose bajo la remeta negra.
"En ti. En esta madre que veía en las reuniones escolares, con sus bikinis, con su manera de mirar como si supiera todos mis secretos."
Vero bajó las manos al escote del vestido de Carolina. No preguntó. Simplemente tiró hacia abajo, y los pechos de Carolina quedaron expuestos, grandes, con pezones oscuros y erectos, el tipo de pechos que solo tienen las mujeres que han amamantado y que han aprendido a amar sus cuerpos a pesar de los cambios.
"Perfectos," murmuró Vero, y tomó uno en su boca.
Carolina arqueó la espalda, un grito ahogado saliendo de su garganta. Vero chupaba fuerte, usando la lengua en círculos, luego suave, luego fuerte de nuevo, alternando. Su otra mano jugaba con el segundo pezón, pellizcándolo, masajeando la carne pesada.
"Tu boca," gemía Carolina, "tu boca es..."
"¿Qué?" preguntó Vero, soltando el pezón con un sonido húmedo.
"Es perfecta. Es exactamente... ahí... justo ahí..."
Vero había deslizado la mano libre por el vientre de Carolina, encontrando el borde de las bragas —tanga, notó, sintiendo el hilo dental— y siguió bajando, hasta encontrar el calor, la humedad, la apertura.
Carolina estaba empapada. No de excitación recién despertada, sino de esa humedad profunda, esa necesidad que se acumula durante días de fantasías.
"Por favor," suplicó Carolina.
Vero no hizo esperar más. Bajó por el cuerpo de Carolina, besando el vientre, el ombligo, la línea del vello púbico. Se quitó la remeta, quedando en sostén negro, y posicionó su rostro entre los muslos de Carolina.
El primer lenguada fue larga, desde la entrada hasta el clítoris, recogiendo todo el sabor de Carolina, salado, metálico, único. Carolina gritó, un sonido que Vero habría querido grabar para su programa.
Vero usó la lengua con precisión. Lenta, rápida, puntiaguda, plana. Dibujó el abecedario en el clítoris de Carolina, y cuando encontró la letra que la hacía temblar —la "S", curva y larga— repitió una y otra vez.
"Me voy a venir," advirtió Carolina, sus manos en el pelo rojo de Vero.
"Ven," ordenó Vero contra su sexo, y la vibración de la voz fue el empujón final.
Carolina se vino con una serie de espasmos que Vero sintió contra su lengua, contracciones rítmicas, fuertes, largas. No fue un orgasmo silencioso; Carolina gritó el nombre de Vero, y luego se desplomó, jadeante, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
💋 Capítulo IV: La Devolución y la Casa
Vero se limpió la boca con el dorso de la mano, subió por el cuerpo de Carolina, y la besó. Carolina pudo saberse a sí misma en los labios de Vero, y eso la excitó de nuevo.
"Tu turno," susurró Carolina.
Se vistieron torpemente, riendo. En el auto de Carolina, Vero puso su mano en el muslo de ella, subiendo, encontrando que no se había puesto bragas.
"¿Siempre vas sin ropa interior?" preguntó Vero, acariciando.
"Desde que te conocí, sí," respondió Carolina.
Llegaron al apartamento de Carolina en el centro, un departamento antiguo con techos altos y una cama king-size que ocupaba la mayor parte del dormitorio. No llegaron a la cama de inmediato. En la sala, contra la pared, Carolina devolvió el favor.
Vero estaba de pie, con los pantalones bajados hasta los tobillos, las bragas negras a un lado, y Carolina estaba arrodillada frente a ella, con la cara enterrada en su sexo, lamiendo con esa delicadeza madura que solo tienen las mujeres que han aprendido a esperar.
"Caro... por favor..." gemía Vero, apoyada contra la pared.
Carolina usó los dedos mientras lamía, entrando suavemente, buscando el punto exacto. Vero se vino con un grito que debió haber despertado a los vecinos, un orgasmo que le subió por la columna y le explotó en la cabeza, haciéndola ver estrellas.
Se arrastraron hasta la cama, desnudándose completamente, y pasaron las siguientes horas explorándose, probándose, memorizándose. Carolina se sentó en el rostro de Vero, y sin dudarlo Veronica la lamió desde abajo, sintiendo el peso de su cuerpo, el poder de su entrega. Luego Vero se lo hizo a Carolina, y se turnaron, una y otra vez, hasta que ambas estuvieron agotadas, sudadas, marcadas por el sexo.
💋 Capítulo V: La Hija del Espejo
Eran las seis de la mañana cuando Sofía llegó.
Sofía Luján, veinticinco años, hija menor de Carolina, con su mariposa tatuada en el vientre, su pelo oscuro y largo, su actitud provocadora que había cultivado desde los quince. Venía de una noche de fiesta en Cosquín, todavía con la pollera a cuadros y el top negro que mostraba su ombligo y el tatuaje.
Tenía llave del departamento de su madre —"para emergencias"— pero nunca había tenido que usarla. Sin embargo, esa mañana, algo la hizo ir. Quizás una corazonada, quizás el mensaje de su madre diciendo que no volvería a casa.
Usó la llave escondida en el florero y entró al apartamento.
El olor la golpeó primero: sexo, sudor, perfume mezclado, el olor inconfundible de dos mujeres que han estado follando durante horas. Luego escuchó los sonidos: gemidos, respiraciones pesadas, el sonido húmedo de lenguas sobre carne.
Sofía debería haberse ido. Debería haber cerrado la puerta.
En cambio, siguió el sonido.
Desde la puerta entreabierta del dormitorio, vio la escena que cambiaría todo.
Su madre estaba en la cama, completamente desnuda, las piernas abiertas, el pelo oscuro extendido como un abanico sobre las sábanas blancas. Y entre sus piernas, arrodillada, estaba Vero. La locutora. La mujer que había visto en redes, que su madre había mencionado en alguna cena.
Vero estaba haciendo el cunnilingus a su madre con una dedicación que hizo que Sofía sintiera un golpe de calor instantáneo entre las piernas. La lengua de Vero entraba y salía, brillante por los fluidos, y su madre se retorcía, agarrando las sábanas, jadeando, pidiendo más.
Sofía sacó su celular automáticamente. Abrió la cámara, apagó el flash, y comenzó a filmar.
En la pantalla, veía a su madre como nunca la había visto. No como la mujer que le hacía la cena, que la regañaba por el desorden. Veía a una diosa, arqueada, deshecha, recibiendo placer de otra mujer. Los pechos de su madre se movían con cada respiración, los pezones erectos, el vientre contrayéndose.
Y Vero... era un espectáculo. El pelo rojo brillante contra la piel pálida de su madre, los músculos de su espalda flexionándose, el sonido húmedo obsceno que llegaba hasta donde Sofía estaba parada.
Sofía bajó la mano libre, la metió bajo su pollera, encontrando que estaba empapada. Se tocó sobre las bragas, presionando contra su clítoris, mientras seguía filmando.
"Ahí... justo ahí... oh Dios, no pares..." gemía Carolina, su voz ronca, desconocida para Sofía, una voz de mujer sexual, no de madre.
Sofía no pudo contenerse. Un gemido escapó de su garganta, bajo, involuntario, el sonido de una mujer joven que está al borde del orgasmo.
Vero se detuvo.
Su cuerpo se tensó, pero no se apartó de entre las piernas de Carolina. Lentamente, muy lentamente, levantó la cara de la vagina de su amiga, y un hilo de saliva —mezclada con los fluidos de madre soltera— cayó desde su barbilla, estirándose, brillando a la luz de la mañana, antes de romperse y caer sobre el muslo de Carolina.
Vero miró directamente hacia la puerta. Hacia donde estaba Sofía.
Sus ojos se encontraron.
Sofía debería haberse asustado, haber corrido. Pero estaba paralizada, con la mano todavía bajo su pollera, el celular todavía grabando, su propio aliento jadeante llenando el silencio.
Vero sonrió. Una sonrisa lenta, perversa, dominante. Sin apartar la mirada de Sofía, llevó el dedo índice a sus labios —los labios brillantes por el sexo de Carolina— y los chupó limpio, haciendo un sonido húmedo, obsceno, deliberado.
Luego, con ese mismo dedo húmedo, hizo un gesto.
Ven.
Un solo movimiento del dedo, curvándose hacia adentro, invitando, ordenando.
Carolina, todavía jadeante, confundida por la detención, abrió los ojos y siguió la mirada de Vero. Vio a su hija allí parada, con la mano entre las piernas, el celular en la otra mano, los ojos vidriosos de excitación y vergüenza.
"Mi amor..." susurró Carolina, pero no sonó a regaño. Sonó a... reconocimiento.
"Ella quiere quedarse," dijo Vero, su voz ronca, autoritaria. "¿Verdad, Sofía?"
Sofía no pudo hablar. Solo asintió, temblando.
"Entonces quédate," ordenó Vero, volviendo a sumergir su rostro entre las piernas de Carolina, pero esta vez manteniendo los ojos abiertos, mirando a Sofía mientras lamía, mientras chupaba, mientras hacía gemir a su madre de nuevo. "Pero si te quedas... te tocas. Aquí. Frente a nosotras."
Sofía, paralizada por la orden, bajó su pollera por completo, dejando ver sus bragas negras, y se metió la mano dentro, encontrando su clítoris hinchado, sensitivo, listo.
Comenzó a tocarse al ritmo de los lametones de Vero, viendo cómo la lengua de la locutora entraba y salía de su madre, viendo cómo Carolina se retorcía, cómo sus pechos se movían, cómo su vientre se contraía con la proximidad del orgasmo.
"Filma esto," ordenó Vero contra el sexo de Carolina. "Filma a tu madre corriéndose. Para que nunca olvide quién es."
Sofía levantó el celular con mano temblorosa, enfocando el rostro de su madre, capturando el momento exacto en que Carolina arqueó la espalda, gritó el nombre de Vero, y se corrió con una fuerza que hizo que todo su cuerpo se sacudiera, convulsionara, mientras Vero seguía lamiendo, tragando cada gota.
Y Sofía, viendo eso, sintiendo el poder de su madre convertido en deshecho placentero, se vino también, apretando los muslos contra su mano, mordiéndose el labio para no gritar.
💋 Capítulo VI: El Impulso
Pero no se detuvo ahí.
Los gemidos de su madre, la vista de Vero entre sus piernas, el olor del sexo en el aire, la transgresión absoluta de estar allí, filmando, tocándose... todo creó en Sofía un impulso que no pudo controlar.
Dejó caer el celular sobre la cómoda, todavía grabando. Se quitó la pollera de un tirón, dejándola en el piso. Se quitó las bragas, revelando su propio sexo húmedo, los labios hinchados de excitación, el tatuaje de la mariposa en su vientre subiendo y bajando con su respiración acelerada.
Vero la vio hacerlo y sonrió, anticipando, animando con los ojos.
Sofía caminó hacia la cama. Carolina yacía todavía jadeante, recuperándose del orgasmo, los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Sofía se subió a la cama, pasando por encima de Vero, y se posicionó sobre el rostro de su madre.
"Caro..." susurró Vero, una advertencia suave, una invitación.
Carolina abrió los ojos y vio a su hija sobre ella, el sexo de Sofía suspendido a centímetros de su boca, brillante, húmedo, el vello recortado, la mariposa tatuada mirándola desde arriba.
Por un segundo, un segundo de eternidad, Carolina dudó. La madre en ella gritó que esto estaba mal, que era su hija, que no podía.
Pero la mujer en ella, la mujer que Vero había despertado, que había hecho sentir viva por primera vez en años, esa mujer vio el deseo en los ojos de Sofía, vio la necesidad, vio el reflejo de su propia sexualidad.
Y sin culpa, sin remordimiento, solo con hambre, Carolina levantó la cabeza y metió la lengua en el sexo de su hija.
Sofía gritó.
No un grito de dolor, sino de liberación absoluta, de fantasía cumplida que ni ella sabía que tenía. Sintió la lengua de su madre —la misma lengua que la había regañado, que le había dicho "te amo" mil veces— ahora entrando en ella, lamiendo, chupando, explorando su interior con una familiaridad que era completamente nueva y completamente tabú.
"Madre..." jadeó Sofía, agarrándose a la cabecera de la cama, moviendo sus caderas, frotándose contra la boca de Carolina. "Madre, por favor..."
Carolina no respondió con palabras. Respondió con la lengua, encontrando el clítoris de su hija, chupándolo con la misma dedicación con la que Vero la había chupado a ella. Sofía se movía sobre su rostro, usando a su madre como Vero la había usado, y Carolina la dejaba, la guiaba con las manos en sus muslos, acariciando, animando.
Vero observaba desde abajo, su propio sexo palpitando de excitación al ver la escena. Vio cómo Carolina lamía a su hija, vio la mariposa tatuada de Sofía contra el vientre de su madre, y supo que estaba presenciando algo sagrado y profano al mismo tiempo.
Se levantó, se subió a la cama, y se posicionó detrás de Sofía, que estaba a cuatro patas sobre su madre, todavía recibiendo el sexo oral.
Vero envolvió su cuerpo alrededor de Sofía desde atrás, presionando sus pechos contra la espalda de la joven, sintiendo su calor, su temblor. Metió una mano entre las piernas de Sofía, encontrando la boca de Carolina allí, y comenzó a tocar a ambas, a madre e hija simultáneamente, uniéndolas con sus dedos.
"Ven," susurró Vero al oído de Sofía. "Ven para tu madre. Déjala sentir cómo se siente su hija corriéndose en su boca."
Sofía no pudo resistir. Con la lengua de Carolina en su clítoris, con los dedos de Vero entrando y saliendo de ella, con el cuerpo de su madre debajo de ella, se corrió con una fuerza que la hizo ver oscuridad, que la hizo gritar un "¡mamá!" que sonó a súplica y a gratitud.
Carolina tragó los fluidos de su hija, sintiendo el orgasmo de Sofía contra su lengua, y se corrió de nuevo ella misma, sin ser tocada, solo por la excitación de lo que estaba haciendo, de la transgresión absoluta.
💋 Capítulo VII: El Beso y la Cena
Cuando Sofía se desplomó, Vero la atrapó, la giró, y la besó.
Fue un beso profundo, apasionado, lleno de el sabor de Carolina que todavía persistía en la boca de Sofía. Vero metió la lengua, explorando, reclamando, y Sofía respondió, todavía temblando, todavía en shock, pero devolviendo el beso con hambre.
Carolina se sentó en la cama, mirando a su hija y a su amante besarse, y sonrió. Una sonrisa de mujer completa, satisfecha, sin culpas.
Cuando se separaron, Vero tomó el rostro de Sofía entre sus manos, mirándola a los ojos.
"El domingo," dijo Vero, su voz ronca, autoritaria pero tierna. "Vienes a cenar. Las dos. Quiero volver a ver esto. Quiero enseñarle a tu madre cómo chuparte mejor. Y quiero que tú aprendas a hacerle lo mismo a ella."
Sofía asintió, todavía sin aliento.
"¿Aceptas?" preguntó Vero, besando su frente, sus mejillas, su barbilla.
"Sí," susurró Sofía. "Sí, voy a venir. Las dos van a venir."
Carolina se rio, un sonido feliz, y se acercó, abrazando a su hija desde un lado, mientras Vero la abrazaba desde el otro. Las tres mujeres yacieron en la cama, desnudas, entrelazadas, marcadas por lo que habían compartido.
"Te amo, mamá," susurró Sofía, y por primera vez, la frase sonó diferente, más completa, incluyendo todos los aspectos de su madre, incluso este, el aspecto sexual, el aspecto que Vero había liberado.
"Yo también te amo, mi amor," respondió Carolina, besando el hombro de su hija. "Y gracias por... por esto. Por verme. Por dejarme verte."
Vero sonrió, la tercera en discordia que las había unido, y supo que esto era solo el principio de algo que ninguna de las tres podía predecir, pero que todas deseaban.
FIN 💋
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