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📑La Tía Paola-Parte 2

📑La Tía Paola-Parte 2
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Paola lo tomó de la mano apenas él cruzó la puerta. No perdió tiempo: lo llevó directo a su habitación, cerró y apoyó la espalda contra la madera, mirándolo con esa sonrisa peligrosa que a él le derretía el pulso.

—Hoy vas a aprender más posiciones… —susurró, acariciando su erección que ya se marcaba bajo su ropa—. Quiero ver cómo te manejas.

Andy tragó saliva, sintiendo que la respiración se le volvía un temblor. Paola lo desvistió con calma, con ese ritmo que encendía más que cualquier prisa. Luego se desnudó y se tumbó en la cama, abriendo sus muslos lentamente.

—Primero… misionero. Ven encima mío, mi cielo.


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Él se acomodó sobre ella, metiendole la pija en la concha, sintiendo el calor de su cuerpo envolverlo. Paola le guiaba la cadera, lo tomaba por la nuca, le murmuraba indicaciones suaves al oído mientras su cuerpo se arqueaba.

Cada movimiento que él hacía era recompensado con un suspiro, un gemido suave, una presión más fuerte de sus muslos rodeándolo.

Cuando cambiaron a de costado, Paola se pegó a él, apoyando una pierna sobre su cintura, mordiéndole suavemente el cuello.

—Así… despacio primero… después más profundo, mi amor.

La posición los unió aún más, piel contra piel, respiraciones mezcladas, ritmo creciente hasta que ella tuvo que aferrarse a su brazo.

Pero Andy no había olvidado lo que había pedido días atrás.

—¿Podemos probar el… sesenta y nueve? —susurró él, tímido, pero encendido.

Paola sonrió como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta.

—Sube… quiero saborearte al mismo tiempo que tú me saboreas a mí.

Se acomodaron. El mundo desapareció; solo quedaba el calor de su boca y el aroma dulce de ella. Paola gemía mientras él le devoraba la concha, lo guiaba con sus dedos, y Andy temblaba cuando ella envolvía su pija con su lengua, chupandole, marcando un ritmo que casi lo quiebra.

Cuando ya no podían más, ella se subió sobre él, lenta, deliciosa, hundiéndose su pija en su concha con un suspiro largo que le erizó la piel completa.

—Así… así te quería, mi niño —susurró mientras lo cabalgaba con un vaivén cada vez más profundo. Y el le chupaba las tetas.

Justo cuando la intensidad subía, cuando la cama crujía y los músculos de ambos se tensaban…

🔔 Se oye la puerta principal abrirse.

—¡Paola? ¡Llegué antes, amor! —la voz de su pareja retumbó en la casa.

Paola se congeló a mitad del movimiento.
Andy también.

En un susurro desesperado, ella le dijo:

—¡Métete en el clóset, ahora!

Él casi se cae tratando de levantarse, completamente desnudo, todavía palpitando.

Paola lo empujó hacia el armario y cerró la puerta justo cuando su pareja entraba a la habitación.

—¿Qué hacías? —preguntó él.

Paola, respiración aún agitada, fingió naturalidad.

—Entraba a darme una ducha… estaba acomodando la cama —dijo, tomando una toalla y envolviéndose como si recién fuera a bañarse.

Desde el clóset, Andy escuchaba cada paso. Sentía el corazón martillando en su garganta, el aroma de ella todavía en su boca, la piel encendida, mientras la pareja revisaba la habitación sin sospechar lo que acababa de ocurrir sobre esas sábanas.

Paola, desde la puerta del baño, le lanzó a Andy —oculto en las sombras— una mirada rápida, llena de fuego, como diciendo:

No salgas de ahí.

Pero él se acercó demasiado cerca. Andy podía oír sus pasos desde el armario, cada crujido de la madera.

Y entonces ocurrió.

La pareja deslizó los dedos por el nudo de la toalla… y tiró. La tela cayó al suelo.

Paola quedó desnuda, expuesta… justo cuando Andy deseaba ser él quien la tuviera así.

—Te extrañé —susurró el hombre, atrapándola de la cintura y pegándola a su cuerpo.

Andy apretó los dientes en silencio. Podía sentir lo que estaba por pasar. Podía escucharlo incluso antes de verlo.

La pareja la besó con desesperación, sin darle tiempo a reaccionar. Ella respondió solo para no levantar sospechas, pero había una tensión clara en su respiración.

—Ven acá… —ordenó él, guiándola hasta la cama.

Andy escuchó el colchón hundirse. Luego, el sonido húmedo y rítmico de ella siendo besada entre las piernas. Y después, la respiración masculina cambiando de tono, un gemido contenido… Paola estaba chupandole la pija, obligada por la circunstancia.

Andy sintió un ardor amargo. Quería irrumpir, quería arrancarla de ahí. Pero no podía moverse.

La pareja la giró, la colocó sobre manos y rodillas. Andy escuchó el golpe leve del cuerpo de ella acomodándose. La voz del hombre se volvió grave:

—Así te quería…

Mientras la cogia en cuatro, dándole nalgadas. Y sin aviso alguno, él la penetró por el culo.

Paola soltó un gemido—entre sorpresa y dolor—mordiendo la sábana para no delatar nada.

Andy sintió un fuego que le subió por el pecho. Rabia pura. Celos feroces. Esa zona… esa zona era la que él había deseado desde la primera vez .

Esa zona que ella le había negado, diciéndole que “aún no estaba listo”. Ese culo que él soñaba estrenar… y que otro estaba reclamando justo delante de él.

Los embates seguían. Paola trataba de acompañar, de no mostrar tensión, de mantener la mentira intacta. Cuando la pareja terminó, respiró hondo, satisfecho, y la palmó suavemente:

—Ve a darte una ducha conmigo… ya vuelvo —dijo él, yendo al baño primero.

Paola, temblando, lo siguió unos pasos… pero antes de entrar, se giró hacia el armario, sin abrirlo, apenas murmurando:

—Corre… ahora.

Andy salió del escondite todavía con el pulso alborotado. Apenas escuchó la puerta del baño cerrarse detrás del marido de Paola, avanzó con pasos tensos hacia ella. Paola, aún con el cuerpo húmedo por la “ducha falsa”, se sobresaltó al verlo tan cerca.

—¿Qué haces aquí todavía? —susurró nerviosa—. Te dije que—

—No me voy a ir —la interrumpió Andy, con la voz quebrada entre celos y frustración—. Quiero que me expliques… ¿por qué a él sí le dejaste hacer eso… y a mí no?

—¿Por qué…? —soltó sin respirar—. ¿Por qué le dejaste a él hacerte eso… y a mí no?

Paola abrió la boca, sorprendida. Él continuó, la voz ronca:

—Yo llevo semanas soñando contigo… dándote todo… y hoy… hoy escuché cómo él te cogio así… sin avisarte. ¿Y yo? ¿Yo no puedo ni intentarlo?

Ella tragó saliva. Andy estaba distinto. Más hombre. Más decidido.

—Andy, mi cielo… —intentó tocarle el pecho.

Él atrapó su mano.

—No me digas “mi cielo” si no vas a dejarme cumplir mis fantasías contigo. —Sus palabras temblaron—. ¿Sabes lo que sentí mientras él te cogia así…? ¿Sabes lo que deseo hacer yo?

Paola respiró hondo. Dio dos pasos hacia él.

—Se lo permití a él porque… —buscó las palabras— …porque llevo años con él. Conozco sus límites, y él los míos. Contigo… —lo miró de arriba abajo, mordiendo su labio— …contigo estoy enseñándote. Estoy guiando cada parte tuya… no quiero lastimarte, ni que empieces algo para lo que tu cuerpo todavía no está listo.

Andy ardía por dentro.

—Estoy listo. —susurró—. Solo dime que sí…Tía. Dímelo.

Ella apoyó sus manos en su nuca y lo atrajo, su pecho rozando la respiración temblorosa de él.

—Te deseo, Andy… más de lo que debería —admitió al oído—. Pero lo de hoy… lo de atrás… requiere control, calma y práctica. No es solo… “meter”. Es otra cosa.

Él la miró, todavía dolido.

—Entonces enséñame. Dame la oportunidad. No quiero quedarme con la imagen de él haciéndote eso.

Paola sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, llena de decisiones que sabía que no debería tomar… pero igual lo hacía.

Le acarició el pene, despacio, como disculpándose con los dedos.

—No te dije que nunca. Solo te dije que no por el momento. —Lo atrajo aún más—. Pero si quieres… puedo prepararte. Puedo entrenarte para que, cuando llegue ese momento… no haya comparación.

Andy respiró hondo, casi vencido por el contacto.

—Entonces… ¿me vas a dejar?

Paola lo besó lento, profundo, como una promesa.

—Sí, Andy. Pero vas a ganártelo. Y cuando lo haga… será conmigo. No con la rabia de hoy, sino con fuego… del bueno.

Ella deslizó la mano hacia abajo, marcando el ritmo, calmándolo, domándolo con caricias expertas.

—Mañana —susurró en su boca—. Mañana empezamos tu preparación.

Andy cerró los ojos, exhalando como si por fin pudiera respirar.

—Mañana, tía Paola.

Ella sonrió.

—Eso es, mi alumno. Mañana… la clase más intensa.

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Paola lo llevó nuevamente a la habitación, con esa mezcla de picardía y tormento que solo ella sabía usar. Cerró la puerta con llave, apoyó la espalda en la madera y lo observó de arriba abajo, como si lo estuviera evaluando para un examen importante.

—Si querés por atrás… necesitas preparación, cielo —murmuró, acercándose con pasos lentos.

Andy tragó saliva. Sabía exactamente a qué se refería… o al menos eso creía.

Paola le tomó la barbilla con suavidad, inclinándole el rostro hacia ella.

—No se trata solo de deseo… también de control.
Rozó su cuello con los labios, muy despacio.

—Tienes fuerza… pero te falta resistencia. Y eso lo vamos a trabajar hoy.

Lo hizo recostarse y comenzó un ritmo de caricias intensas, frotando sus tetas y su concha, por su pija, sin penetración, que subían y bajaban, aceleraban y frenaban. Andy estaba al borde del descontrol… y justo cuando iba a perderse, ella lo detenía.

—Respira. No te adelantes.
Su voz era una caricia en sí misma.

Varias veces él estuvo por rendirse, por dejarse llevar por el impulso, pero Paola le sostenía la muñeca, lo guiaba, lo domaba.

—Eso… así, mi cielo… no te rompas todavía.

Cuando por fin lo dejó descansar, se sentó a su lado, despeinada, con el pecho latiendo más rápido de la cuenta. Lo miró como si viera algo que no esperaba encontrar.

—Andy… —suspiró, bajando la mirada— no debería decirte esto.

Él se incorporó un poco, confundido.

—¿Qué pasa, tía?

Paola lo tomó de las mejillas con ambas manos, suave pero firme.

—Me estoy obsesionando contigo.
Lo dijo en un hilo de voz, como si fuese un secreto peligroso.
—Esto no debería pasar… pero pasa. Y cada vez más.

Andy quedó en silencio.

Ella, nerviosa, jugueteó con un mechón de su propio cabello.

—Y hay algo más…
Se acercó a su oído, y con un susurro cargado de intención añadió:
—Tu… pija… es más grande que la de él. Y me encanta. Mucho más de lo que debería. 

Andy sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Paola lo miró directo a los ojos, con una mezcla de deseo, culpa y necesidad.

—Así que si quieres cogerme por el culo…
Le acarició el pecho lentamente.
—tendrás que demostrarme que puedes manejarlo. Y… que puedo confiar en ti tanto como tú confías en mí.

Ella apoyó su frente en la de él, respirando hondo, temblando un poco.

—No sabes lo que me haces sentir, Andy. No tenía previsto que tú… tú me gustaras más que nadie.

Se separó de él unos segundos, colocándose, a cuatro patas, levantando la cadera como una invitación prohibida.

—Ven… —ordenó—. Hazlo con suavidad primero.

Andy se acercó, guiado más por el deseo que por la experiencia. Paola tomó su pija con una mano firme, acomodándolo donde ella quería. Él avanzó despacio, metiéndole la pija en el culo, sintiendo cómo ella se tensaba y luego exhalaba, abriéndose a él.

—Así… despacio… no te apures —jadeó.

Cuando ambos ya se habían acostumbrado a la sensación, Paola movió las caderas hacia atrás, marcando un ritmo más atrevido.

—Sigue… —le pidió con voz entrecortada—.disfrútalo.

Andy aumentó la intensidad, sosteniéndola de la cintura, dejándose llevar por la mezcla de placer y poder que nunca había experimentado. Chocando contra sus nalgas.

Paola miró por encima del hombro, el cabello despeinado, las mejillas encendidas.

—Mi cielo… —susurró— no pares…

Él obedeció hasta que los dos quedaron temblando, respirando entrecortados, aferrados uno al otro como si fueran a deshacerse en cualquier momento.

Al final, ella se dejó caer sobre la cama boca abajo, rendida y satisfecha. Andy se recostó junto a ella, todavía agitado.

Paola acarició su rostro y le dio un beso lento, dulce, distinto.

—Ese… fue tu segundo regalo —susurró—. Y créeme… vendrán más. Pero solo si sigues siendo mi alumno obediente.

Andy sonrió, sintiendo que su vida jamás volvería a ser la misma.

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Andy cumplía diecinueve. Su madre estaba feliz, había preparado una cena especial, globos, música suave… todo lo que cualquier hijo agradecería.

Pero él no quería pastel.
No quería regalos envueltos.
No quería abrazos familiares.

Solo quería a Paola.

La mujer que lo había estrenado, enseñado, guiado… y que ahora lo tenía atrapado en una obsesión deliciosa.
Su maestra de placeres.
La que lo había hecho descubrir un mundo del que ya no quería salir.

Durante la cena él sonreía por compromiso, pero su mirada iba una y otra vez hacia la casa vecina, donde vivía la mujer que no podía sacarse de la cabeza.

—¿Qué te pasa, hijo? —preguntó la madre, sirviéndole más comida.

—Nada, mamá… solo estoy cansado.

Mentira.
Estaba ardiendo.

Y entonces, como si el destino lo escuchara, Paola apareció en la puerta. Un vestido color vino, ajustado, que delineaba cada curva.
El cabello suelto.
Sonrisa peligrosa.

—Perdón que venga tan tarde… vine a saludar al cumpleañero —dijo con su voz dulce, mirándolo como si lo desvistiera en silencio.

Andy sintió un escalofrío.
Apenas pudo responder el saludo sin delatarse.

Ella lo abrazó, apretándolo más de lo que sería normal para “una tía de cariño”.
Mientras lo tenía entre brazos, le susurró muy bajito, solo para él:

—Hoy no puedo… pero mañana… mañana te doy tu regalote, cielo. Uno que vas a recordar.

Andy sintió que el suelo temblaba.

Ella se separó, le guiñó un ojo con picardía y volvió con su pareja, que la esperaba afuera sin imaginar nada.

Él se quedó tieso, tragando saliva, sintiendo que su corazón golpeaba como un martillo.

Su madre continuó con la cena sin notar nada, mientras Andy solo podía pensar en mañana.
En el regalo.
En esa promesa velada que le erizó el cuerpo entero.

Se acostó tarde.
No podía dormir.
Miraba el techo, pensando en las manos de Paola, su voz, sus clases, sus tentaciones, sus límites…

Murmuró para sí, con deseo urgente:

—Mañana… voy a recibir el mejor regalo de mi vida.

Y sonrió en la oscuridad, con el corazón acelerado.


Andy llegó a la casa de Paola con el corazón acelerado y la respiración desordenada. Había pasado toda la noche anterior imaginando qué sería ese “regalote” que ella le prometió en la fiesta de su cumpleaños.

Su madre le había preparado una cena sencilla, con pastel y algunas risas… pero él no podía dejar de pensar en la mujer que se había vuelto su obsesión.

Tocó la puerta.
Una vez.
Dos veces.

La tercera se abrió lentamente.

Y la vio.

Paola estaba completamente desnuda, solo con un hilo de luz cálida iluminando su silueta.
La habitación, detrás de ella, tenía globos dorados y rojos colgados en la pared, y un letrero que decía Feliz Cumple

Ella sonrió con esa picardía que lo desarmaba.

—Feliz cumpleaños, mi cielo… —susurró—. Hoy la “tía”… será tu putita traviesa.

Andy tragó saliva. No podía creerlo.

Paola lo tomó de la camiseta, lo acercó sin darle tiempo a pensar y le bajó la ropa con suavidad pero con hambre en los ojos. Su mano rodeó su pija recién despertada, y dejó un beso húmedo en la punta, como si lo probara.

—Estás como me gusta —murmuró contra su piel caliente—. Preparado para mí.

Se arrodilló frente a él y comenzó a recorrerle la pija con la boca, suave al principio, luego más profundo, mamandolo como si le estuviera demostrando lo que tanto deseaba desde el primer día que lo descubrió con su prenda íntima.

Andy apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio.

—Tía… —jadeó.

—Shhh… hoy no soy tu tía —dijo, mirándolo desde abajo con una sonrisa ardiente—. Hoy soy tu regalo.

Lo empujó hacia la cama y se subió sobre él con una lentitud provocadora, acomodándose sobre su cadera. Le tomó la pija con la mano y lo guió hacia su concha cálida, bajando poco a poco, dejándolo entrar en ella como quien abre un regalo muy esperado.

Andy soltó un gemido ahogado.
Paola movió las caderas despacio, marcando el ritmo, mirándolo fijo, disfrutando su expresión.

—Así… eso, mi cielo… —susurró mientras lo montaba, cada movimiento más profundo, más firme—. Estabas esperando este regalito, ¿verdad?

El aferrándose a sus tetas, no podía ni hablar. Solo asentir mientras ella aceleraba.

Cuando sintió que él estaba por perder el control, Paola se levantó, tomó su mano y se puso en cuatro frente a él, arqueando su cintura, ofreciéndole él culo con una entrega deliciosa.

—Ven… —le dijo con la voz cargada de deseo—. Termina tu cumpleaños como un hombrecito.

Andy se colocó detrás, guiado por ella, que le ofreció su silueta perfecta.
Entró, le metió la pija con más decisión, impulsado por todo lo que había acumulado de obsesión. Paola gemía bajito, de placer real, apretando las sábanas mientras él la sujetaba de las caderas.

—Eso… sí… así… —murmuró ella, perdiendo el control por momentos.

El ritmo creció, se tensó, se volvió inevitable.

Y cuando él terminó, hundido en su espalda, respirando contra su nuca, Paola giró el rostro y le dio un beso lento, suave, lleno de calor.

—Feliz cumpleaños, mi cielo.
—susurró, acariciándole la mejilla—.
Y ya sabes… cada vez que quieras celebrarlo otra vez… solo toca mi puerta.

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Paola lo recibió esa tarde con una sonrisa suave, distinta. No tenía ese brillo travieso habitual; había algo más profundo en su mirada. Andy sintió un nudo en el pecho incluso antes de que ella abriera la boca.

—Tenemos que hablar, mi cielo —murmuró, tomándolo de la mano y llevándolo al dormitorio, donde tantas veces lo había guiado, enseñado, provocado.

Él se quedó de pie frente a ella, nervioso, con el corazón latiendo como si ya supiera que algo estaba por terminar.

Paola respiró hondo y deslizó sus dedos por sus mejillas.

—Estoy embarazada —soltó finalmente.

El mundo de Andy tembló. La sangre se le heló, el corazón le cayó al estómago. Tragó saliva.

—¿Es… mío? —preguntó, casi sin voz.

Paola negó con la cabeza, acariciándole el pecho para calmarlo.

—No, amor. Es de mi pareja. Él y yo… ya sabes que seguíamos juntos. —Suspiró—. Por eso… las clases deben parar. Vendrá mi suegra a ayudarme, la casa va a cambiar, yo también.

Andy apretó la mandíbula. Todo su cuerpo ardía: celos, deseo, tristeza, frustración.

—¿Entonces… ya no quieres verme? —preguntó, dolido.

Paola lo tomó del rostro con ambas manos.

—Claro que quiero verte. Pero no así. No ahora. —Lo acercó, rozando sus labios—. Esto no es un final… es una pausa. Tienes que vivir tus propias aventuras, conocer a alguien que esté libre para ti, no una mujer atrapada entre deseos y culpas.

Andy bajó la mirada… hasta que sintió la mano de ella apretarle la pija. La miró sorprendido.

—Pero antes… —susurró Paola con voz ronca— déjame despedirme como mereces.

Lo empujó suavemente hacia la cama y se subió sobre él con toda la intención del mundo. Su cuerpo lo envolvió despacio, con esa mezcla de maestra y amante que solo ella tenía.

—Déjame grabarte en mi memoria —jadeó mientras se metia su pija en la concha y se mecía sobre él, lenta al principio, luego más intensa, sus manos aferradas a su torso. Él besando sus tetas.

Andy la sostuvo de las caderas, con los dedos marcándole la piel, sintiendo cada contracción, cada ondulación. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un sonido profundo que hizo que él temblara entero.

—Mi cielo… —gimió Paola sobre su oído—. Qué manera de crecer has tenido… jamás pensé que me obsesionaría por un alumno… y mucho menos por ti.

Él la abrazó con fuerza, como si quisiera retenerla para siempre.

Ella aceleró, moviéndose con desesperación, como si buscara rasgar el tiempo, detener el destino… o tal vez celebrarlo por última vez. El ritmo se volvió frenético, húmedo, envolvente. Andy sintió que el mundo se reducía a su cuerpo bajo el de ella.

Paola apretó los dientes, le sostuvo el rostro entre las manos y lo besó con fuego justo cuando ambos alcanzaron el final juntos, un estallido que casi los dejó sin aire.

Ella cayó sobre su pecho, respirando agitada.

—No se si es una despedida —susurró, riendo con un toque de tristeza—. O mejor dicho… hasta que la vida quiera que volvamos a cruzarnos.

Andy la abrazó fuerte, grabando su olor, su calor, su peso, su voz. Sabía que esa clase no la olvidaría jamás.

—Gracias por todo, tía… —murmuró él, quebrado.

Ella lo besó una última vez, larga, lenta, como un sello.

—Ve, mi cielo… y no mires atrás.

Y así terminó el capítulo que nunca imaginó vivir.

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