La luz suave de la mañana entraba por la ventana de la cocina, bañando su piel pálida con un tono dorado. Allí estaba ella, mi novia, completamente desnuda frente a la encimera. Su cabello naranja, largo y ondulado, caía por su espalda como fuego líquido, contrastando con las pecas delicadas que salpicaban su rostro, sus hombros y la parte superior de sus pechos pequeños y firmes.
Era delgada, con un cuerpo esbelto y elegante: cintura estrecha, caderas sutiles y piernas largas y tonificadas. Sus senos eran modestos, perfectos para caber en mis manos, con pezones rosados que ya se endurecían por el fresco de la mañana. Se movía con naturalidad, como si cocinar desnuda fuera lo más normal del mundo. Sus pecas bailaban con cada movimiento mientras cortaba frutas y batía huevos en un bol.
Me quedé en la puerta observándola, sintiendo cómo mi deseo crecía rápidamente. Ella giró la cabeza, me vio y sonrió con picardía, sus ojos verdes brillando bajo esas pecas adorables.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con voz suave y juguetona, arqueando ligeramente la espalda. Sus nalgas firmes y redondas se marcaron cuando se inclinó un poco más sobre la encimera para alcanzar algo.
Me acerqué por detrás sin decir nada. Mis manos recorrieron su cintura delgada, subiendo lentamente hasta acunar esos pequeños senos. Los apreté con suavidad, sintiendo cómo sus pezones se ponían duros contra mis palmas. Ella soltó un gemido bajito y se apretó contra mí, rozando su trasero desnudo contra mi erección ya evidente.
—Estaba preparando el desayuno… pero parece que tienes hambre de otra cosa —susurró, girando la cabeza para besarme. Su lengua era cálida y ansiosa.
La giré hacia mí y la levanté con facilidad, sentándola en la encimera fría. Sus pecas parecían más intensas bajo la luz directa. Separé sus piernas delgadas y me arrodillé entre ellas. Besé sus muslos internos, subiendo lentamente mientras ella enredaba sus dedos en mi cabello. Cuando llegué a su centro, ya estaba húmeda y caliente. Lamí con lentitud, saboreándola, escuchando cómo sus gemidos llenaban la cocina. Sus caderas se movían contra mi boca, pequeñas y desesperadas.
—Joder… sí… —jadeó, tirando de mi cabello.
Me levanté, me quité los pantalones y la penetré de un solo movimiento. Estaba apretada, resbaladiza, perfecta. Sus pequeños senos rebotaban suavemente con cada embestida mientras yo la follaba sobre la encimera. Sus pecas se sonrojaban junto con sus mejillas. La sujeté por las caderas delgadas, entrando más profundo, más rápido. Ella envolvió sus piernas alrededor de mí, arañando mi espalda.
El olor a café y fruta se mezclaba con el aroma de nuestro sexo. Sus gemidos se volvieron más agudos, más urgentes, hasta que se corrió temblando, apretándome con fuerza dentro de ella. Segundos después exploté, llenándola mientras mordía suavemente su hombro pecoso.
Aún jadeando, apoyó su frente contra la mía, sonriendo con esa sonrisa llena de pecas que tanto amaba.
—El desayuno se va a enfriar… —murmuró, besándome de nuevo.
Y supe que ese sería solo el comienzo de la mañana
Era delgada, con un cuerpo esbelto y elegante: cintura estrecha, caderas sutiles y piernas largas y tonificadas. Sus senos eran modestos, perfectos para caber en mis manos, con pezones rosados que ya se endurecían por el fresco de la mañana. Se movía con naturalidad, como si cocinar desnuda fuera lo más normal del mundo. Sus pecas bailaban con cada movimiento mientras cortaba frutas y batía huevos en un bol.
Me quedé en la puerta observándola, sintiendo cómo mi deseo crecía rápidamente. Ella giró la cabeza, me vio y sonrió con picardía, sus ojos verdes brillando bajo esas pecas adorables.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con voz suave y juguetona, arqueando ligeramente la espalda. Sus nalgas firmes y redondas se marcaron cuando se inclinó un poco más sobre la encimera para alcanzar algo.
Me acerqué por detrás sin decir nada. Mis manos recorrieron su cintura delgada, subiendo lentamente hasta acunar esos pequeños senos. Los apreté con suavidad, sintiendo cómo sus pezones se ponían duros contra mis palmas. Ella soltó un gemido bajito y se apretó contra mí, rozando su trasero desnudo contra mi erección ya evidente.
—Estaba preparando el desayuno… pero parece que tienes hambre de otra cosa —susurró, girando la cabeza para besarme. Su lengua era cálida y ansiosa.
La giré hacia mí y la levanté con facilidad, sentándola en la encimera fría. Sus pecas parecían más intensas bajo la luz directa. Separé sus piernas delgadas y me arrodillé entre ellas. Besé sus muslos internos, subiendo lentamente mientras ella enredaba sus dedos en mi cabello. Cuando llegué a su centro, ya estaba húmeda y caliente. Lamí con lentitud, saboreándola, escuchando cómo sus gemidos llenaban la cocina. Sus caderas se movían contra mi boca, pequeñas y desesperadas.
—Joder… sí… —jadeó, tirando de mi cabello.
Me levanté, me quité los pantalones y la penetré de un solo movimiento. Estaba apretada, resbaladiza, perfecta. Sus pequeños senos rebotaban suavemente con cada embestida mientras yo la follaba sobre la encimera. Sus pecas se sonrojaban junto con sus mejillas. La sujeté por las caderas delgadas, entrando más profundo, más rápido. Ella envolvió sus piernas alrededor de mí, arañando mi espalda.
El olor a café y fruta se mezclaba con el aroma de nuestro sexo. Sus gemidos se volvieron más agudos, más urgentes, hasta que se corrió temblando, apretándome con fuerza dentro de ella. Segundos después exploté, llenándola mientras mordía suavemente su hombro pecoso.
Aún jadeando, apoyó su frente contra la mía, sonriendo con esa sonrisa llena de pecas que tanto amaba.
—El desayuno se va a enfriar… —murmuró, besándome de nuevo.
Y supe que ese sería solo el comienzo de la mañana
0 comentarios - Un rico desayuno