Miss Dany había estado esperando este momento desde el primer día que te vio dejar a tu hijo en la puerta del salón de preescolar. Esa mañana, como siempre, llevaba una blusa blanca casi transparente que apenas contenía sus enormes tetas, sin sostén. Sus pezones grandes, oscuros y gruesos se marcaban perfectamente contra la tela, contrastando con su piel clara y suave. Cada vez que se inclinaba para saludar a los Papas, aquellas tetas pesadas se balanceaban y sus pezones se endurecían más, como si pidieran ser chupados.
Sabía todo de ti. Sabía que te follabas a varias mamás del salón, que habías cogido con la maestra de al lado en el baño de la escuela y que tenías fama de tener una verga gruesa, larga y que no se cansaba nunca. Y ella llevaba meses fantaseando con eso. Quería comprobarlo en carne propia. Quería que le llenaras el coño y la boca hasta que le chorreara tu leche espesa. Esa tarde te citó “para hablar del comportamiento de tu hijo”. Sabía perfectamente que irías solo; tu esposa estaba de viaje. Cuando llegaste al salón vacío, Miss Dany cerró la puerta con llave y corrió las cortinas.
—Hola, Papi… —ronroneó con una sonrisa coqueta y risueña, acercándose lentamente. Llevaba una falda cortísima plisada que apenas le cubría el culo y la misma blusa transparente. Sus tetas se movían con cada paso, los pezones ya completamente erectos y oscuros, pidiendo atención.
—Miss Dany, ¿de qué quería hablar? —preguntaste, aunque ya sabías el juego.
Ella se rio bajito, mordiéndose el labio, y se paró tan cerca que sus tetas rozaron tu pecho.
—Quería hablar de lo mucho que me calientas… —susurró sin rodeos—. Desde que te vi supe que quería que me follaras. Todas las mamás y maestras me han contado lo mismo: que tienes una verga espectacular, gruesa, venosa y que eyaculas como un caballo. Quiero comprobarlo.
—Todas me han contado lo mismo, Papi… —dijo acercándose con pasos lentos, moviendo las caderas
—. La mamá de Mateo, la de Sofía, la maestra Laura y hasta la directora me han descrito tu verga con detalles. Dicen que es gruesa como una lata de refresco, venosa, con una cabeza grande y morada que abre cualquier coño. Que mide más de 20 centímetros cuando estás completamente duro y que no se te baja ni después de correrte dos veces. Que eyaculas chorros espesos, calientes y en cantidades ridículas… como si tus huevos fueran una fábrica de semen. Se mordió el labio y soltó esa risa risueña y desinhibida que la caracterizaba.
—Tu propia esposa me lo confirmó hace dos semanas, cuando tomamos café. Me dijo que eres un semental, que la follas como una puta casi todas las noches y que a veces la dejas tan llena de leche que le chorrea por las piernas todo el día. Me confesó que le encanta cuando se la metes y que le encanta gritar para que todo mundo se entere mientras la partes en dos. Me confesó que una noche te la cogiste en el balcón y te corriste tanto adentro que le bajaba semen por las piernas mientras hablaba con los vecinos. También me dijo que le gusta que le llenes la boca y que trague todo porque “es mucha leche y muy rica” Eso me mojó tanto que esa misma noche me masturbé pensando en robarte un rato.
Dany se pegó a ti, presionando sus tetas enormes contra tu pecho, y metió la mano directamente dentro de tu pantalón. Sacó tu polla ya dura y gruesa, y sus ojos brillaron de lujuria auténtica.
—Joder… es más grande de lo que me contaron —gimió, acariciándola con las dos manos
—. Mira nada más esta verga… gruesa, pesada, venosa… huele a macho. Quiero que me destroces el coño como se lo destrozas a todas. Se arrodilló de inmediato y te la metió a la boca con hambre. Sus labios se estiraron al máximo alrededor de tu grosor mientras bajaba la cabeza, intentando tragártela hasta la garganta. Salivaba abundantemente, haciendo ruidos fuertes y obscenos. Te miraba desde abajo con ojos llorosos de esfuerzo y placer, mientras sus tetas colgaban y se balanceaban pesadamente. Sacaba tu verga solo para lamerte los huevos, metiéndose uno entero en la boca y chupándolo con fuerza.
—Quiero que me folles más rico que a tu esposa —suplicó entre mamadas—. Quiero que me dejes el coño abierto y lleno de tu semen espeso. La levantaste, la sentaste sobre una de las mesitas infantiles y le abrí las piernas. Su coño estaba hinchado, rojo y chorreando hilos de crema transparente. Escupiste sobre tu verga y la metiste de un solo empujón brutal hasta el fondo. Dany soltó un gemido ronco y largo, arqueando la espalda.
—¡Ay, cabrón! ¡Qué gruesa! Me estás abriendo… ¡Sigue! Empezaste a follarla con fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente. Agarraste aquellas dos masas pesadas, las estrujaste y chupaste sus pezones oscuros y grandes con fuerza, mordiéndolos mientras tu polla entraba y salía de su coño empapado con sonidos húmedos y fuertes.
—Todas dicen que eres adicto al coño ajeno… que te coges a las mamás en los baños de la escuela, en los carros, hasta en las juntas de padres —jadeaba entre gemidos
—. Yo quiero ser tu puta favorita. Quiero que vengas a dejar a tu hijo y me folles rápido en el baño mientras tu esposa espera afuera.
—La mamá de Mateo me dijo que te la coges en el estacionamiento después de dejar a los niños. Que te la follas en el asiento de atrás de su camioneta y que una vez te corriste tanto dentro de ella que tuvo que ponerse una toalla entre las piernas para no chorrear semen en la junta de padres. Dice que tu verga es tan gruesa que le dolió dos días seguidos y que cuando te corres parece que te vacías los huevos completos: chorros largos, espesos y calientes que la llenan hasta rebosar. Dany se rio bajito, excitada con sus propias palabras.
—La maestra Laura, la de primero, me confesó que te la chupó en el almacén de materiales. Que apenas podía meterte la mitad en la boca porque eres demasiado grueso. Me describió las venas marcadas, la cabeza grande y morada, y cómo le golpeabas la garganta hasta que le lloraban los ojos. Dice que eyaculas tanto que se le salió por la nariz y que tragó tanta leche que le dio náuseas de lo abundante que es.
—Hasta la directora Adriana —continuó, mientras te apretaba la verga con el coño como si fuera un Puño— me contó que te la follaste en su oficina durante la última reunión. Que la pusiste contra el escritorio, le tapaste la boca y la partiste en dos. Dice que tienes una resistencia brutal, que la hiciste correrse tres veces seguidas y que cuando te corriste dentro de ella, el semen le chorreaba por los muslos hasta los tacones mientras caminaba de vuelta a la sala de maestros.
Miss Dany sacó tu verga dura y pesada, la miró con ojos brillantes de pura lujuria y soltó un gemido de aprobación.
Se arrodilló de inmediato y te la metió hasta donde pudo. Sus labios se estiraron obscenamente alrededor de tu grosor. Chupaba con hambre, saliva corriendo por su barbilla, haciendo ruidos fuertes y mojados. Te sacaba la verga solo para lamerte los huevos pesados, metiéndose uno entero en la boca mientras te masturbaba con las dos manos.
—Quiero que me folles más duro que a todas ellas —suplicó con la boca llena—. Quiero que me dejes el coño más destruido que a tu esposa. La levantaste, la sentaste sobre una mesita infantil y le abrí las piernas. Su coño estaba hinchado, completamente empapado y brillando. Escupiste sobre tu verga y la metiste de un empujón brutal hasta el fondo. Dany echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco y largo.
—¡Ay, mierda! ¡Qué verga tan gruesa! Me estás abriendo el coño… ¡Más adentro! Empezaste a follarla con fuerza, haciendo que sus tetas enormes rebotaran violentamente. Agarraste esas dos masas pesadas, las estrujaste, chupaste y mordiste sus pezones oscuros y grandes mientras tu polla entraba y salía con sonidos húmedos y fuertes, golpeando su cervix.
—Todas dicen que eres adicto a follarte a las mamás casadas… que les gustas porque las tratas como putas y las llenas como nadie —jadeaba entre gemidos—. La mamá de Sofía me contó que te la cogiste en el baño de la escuela durante la fiesta de fin de mes y que te corriste tanto adentro que tuvo que sacarse el semen con los dedos antes de volver con su marido.
Volteaste a Miss Dany, la pusiste a cuatro patas sobre la alfombra de juegos y la penetrarte salvajemente desde atrás, tirándole del pelo. Su culo redondo rebotaba contra ti con cada embestida. Le dabas nalgadas fuertes, dejando marcas rojas mientras le metías toda la verga.
—La maestra de segundo, la señorita Carla, me confesó que te la follaste en su propio salón después de la hora de salida. Que la pusiste contra la pizarra, le subiste la falda y se la metiste entera sin condón. Dice que te corriste dos veces dentro de ella: la primera tan fuerte que le chorreaba semen por los muslos mientras recogía sus cosas, y la segunda en su boca mientras estaba de rodillas debajo del escritorio. Me dijo que tienes una resistencia de burro y que la dejaste con el coño tan abierto que tuvo que ponerse hielo esa noche.
—Y la maestra Rosa, la más seria de todas, la de lenguaje… esa que parece tan correcta. Me contó borracha en una salida de maestras que te la cogiste en el baño de la dirección durante la última junta. Que la sentaste en el lavabo, le abriste las piernas y la taladraste tan fuerte que tuvo que morderte el hombro para no gritar. Dice que le hiciste correrse tan duro que se orinó un poco encima de ti y que cuando te corriste dentro, el semen le salía a borbotones y le manchó toda la falda. Desde ese día no puede mirarte sin apretar las piernas.
—¡Fóllame como follas a tu esposa cuando estás muy caliente! ¡Quiero tu leche espesa! Miss Dany se corrió con fuerza, apretando tu polla y soltando un chorro caliente que te mojó los huevos. Siguió temblando y gimiendo mientras la taladrabas sin piedad. Cuando sentiste que ibas a explotar, la sacaste, la pusiste de rodillas y le apuntaste a la cara y las tetas. Gruesos chorros de semen blanco, espeso y abundante salieron disparados: uno le cayó directo en la lengua abierta, otro le cubrió las tetas enteras, salpicando sus pezones oscuros, y varios más le pintaron las mejillas, la nariz y el pelo. Dany gemía de placer, tragando lo que podía y untándose el resto por las tetas como una puta en celo.
—Está más rica y abundante de lo que decían… —jadeó, lamiéndose los dedos—. Tu esposa no exageraba. Todavía con tu semen chorreando por su cuerpo, se levantó, te besó profundamente metiéndote la lengua con sabor a corrida y susurró:
—Está más rica y más cantidad de la que decían… —jadeó satisfecha, con tu semen chorreándole por el cuerpo
—. Mañana quiero que me folles el culo como se lo follas a la maestra Carla. Y algún día voy a querer que tu esposa nos mire mientras me das toda esta leche que guardas en esos huevos tan pesados. Miss Dany se levantó, todavía manchada y con la blusa transparente pegada a sus tetas llenas de semen, y te dio un beso profundo con sabor a corrida. —Vete a casa… pero este coño y este culo van a estar esperándote abiertos cada vez que vengas. Las maestras y yo seguiremos comparando notas. Se levantó, todavía con tu semen chorreando por su cuerpo, y te dio un beso profundo lleno de promesas sucias. Miss Dany había cumplido su fantasía… y ya planeaba la siguiente.
Sabía todo de ti. Sabía que te follabas a varias mamás del salón, que habías cogido con la maestra de al lado en el baño de la escuela y que tenías fama de tener una verga gruesa, larga y que no se cansaba nunca. Y ella llevaba meses fantaseando con eso. Quería comprobarlo en carne propia. Quería que le llenaras el coño y la boca hasta que le chorreara tu leche espesa. Esa tarde te citó “para hablar del comportamiento de tu hijo”. Sabía perfectamente que irías solo; tu esposa estaba de viaje. Cuando llegaste al salón vacío, Miss Dany cerró la puerta con llave y corrió las cortinas.
—Hola, Papi… —ronroneó con una sonrisa coqueta y risueña, acercándose lentamente. Llevaba una falda cortísima plisada que apenas le cubría el culo y la misma blusa transparente. Sus tetas se movían con cada paso, los pezones ya completamente erectos y oscuros, pidiendo atención.
—Miss Dany, ¿de qué quería hablar? —preguntaste, aunque ya sabías el juego.
Ella se rio bajito, mordiéndose el labio, y se paró tan cerca que sus tetas rozaron tu pecho.
—Quería hablar de lo mucho que me calientas… —susurró sin rodeos—. Desde que te vi supe que quería que me follaras. Todas las mamás y maestras me han contado lo mismo: que tienes una verga espectacular, gruesa, venosa y que eyaculas como un caballo. Quiero comprobarlo.
—Todas me han contado lo mismo, Papi… —dijo acercándose con pasos lentos, moviendo las caderas
—. La mamá de Mateo, la de Sofía, la maestra Laura y hasta la directora me han descrito tu verga con detalles. Dicen que es gruesa como una lata de refresco, venosa, con una cabeza grande y morada que abre cualquier coño. Que mide más de 20 centímetros cuando estás completamente duro y que no se te baja ni después de correrte dos veces. Que eyaculas chorros espesos, calientes y en cantidades ridículas… como si tus huevos fueran una fábrica de semen. Se mordió el labio y soltó esa risa risueña y desinhibida que la caracterizaba.
—Tu propia esposa me lo confirmó hace dos semanas, cuando tomamos café. Me dijo que eres un semental, que la follas como una puta casi todas las noches y que a veces la dejas tan llena de leche que le chorrea por las piernas todo el día. Me confesó que le encanta cuando se la metes y que le encanta gritar para que todo mundo se entere mientras la partes en dos. Me confesó que una noche te la cogiste en el balcón y te corriste tanto adentro que le bajaba semen por las piernas mientras hablaba con los vecinos. También me dijo que le gusta que le llenes la boca y que trague todo porque “es mucha leche y muy rica” Eso me mojó tanto que esa misma noche me masturbé pensando en robarte un rato.
Dany se pegó a ti, presionando sus tetas enormes contra tu pecho, y metió la mano directamente dentro de tu pantalón. Sacó tu polla ya dura y gruesa, y sus ojos brillaron de lujuria auténtica.
—Joder… es más grande de lo que me contaron —gimió, acariciándola con las dos manos
—. Mira nada más esta verga… gruesa, pesada, venosa… huele a macho. Quiero que me destroces el coño como se lo destrozas a todas. Se arrodilló de inmediato y te la metió a la boca con hambre. Sus labios se estiraron al máximo alrededor de tu grosor mientras bajaba la cabeza, intentando tragártela hasta la garganta. Salivaba abundantemente, haciendo ruidos fuertes y obscenos. Te miraba desde abajo con ojos llorosos de esfuerzo y placer, mientras sus tetas colgaban y se balanceaban pesadamente. Sacaba tu verga solo para lamerte los huevos, metiéndose uno entero en la boca y chupándolo con fuerza.
—Quiero que me folles más rico que a tu esposa —suplicó entre mamadas—. Quiero que me dejes el coño abierto y lleno de tu semen espeso. La levantaste, la sentaste sobre una de las mesitas infantiles y le abrí las piernas. Su coño estaba hinchado, rojo y chorreando hilos de crema transparente. Escupiste sobre tu verga y la metiste de un solo empujón brutal hasta el fondo. Dany soltó un gemido ronco y largo, arqueando la espalda.
—¡Ay, cabrón! ¡Qué gruesa! Me estás abriendo… ¡Sigue! Empezaste a follarla con fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente. Agarraste aquellas dos masas pesadas, las estrujaste y chupaste sus pezones oscuros y grandes con fuerza, mordiéndolos mientras tu polla entraba y salía de su coño empapado con sonidos húmedos y fuertes.
—Todas dicen que eres adicto al coño ajeno… que te coges a las mamás en los baños de la escuela, en los carros, hasta en las juntas de padres —jadeaba entre gemidos
—. Yo quiero ser tu puta favorita. Quiero que vengas a dejar a tu hijo y me folles rápido en el baño mientras tu esposa espera afuera.
—La mamá de Mateo me dijo que te la coges en el estacionamiento después de dejar a los niños. Que te la follas en el asiento de atrás de su camioneta y que una vez te corriste tanto dentro de ella que tuvo que ponerse una toalla entre las piernas para no chorrear semen en la junta de padres. Dice que tu verga es tan gruesa que le dolió dos días seguidos y que cuando te corres parece que te vacías los huevos completos: chorros largos, espesos y calientes que la llenan hasta rebosar. Dany se rio bajito, excitada con sus propias palabras.
—La maestra Laura, la de primero, me confesó que te la chupó en el almacén de materiales. Que apenas podía meterte la mitad en la boca porque eres demasiado grueso. Me describió las venas marcadas, la cabeza grande y morada, y cómo le golpeabas la garganta hasta que le lloraban los ojos. Dice que eyaculas tanto que se le salió por la nariz y que tragó tanta leche que le dio náuseas de lo abundante que es.
—Hasta la directora Adriana —continuó, mientras te apretaba la verga con el coño como si fuera un Puño— me contó que te la follaste en su oficina durante la última reunión. Que la pusiste contra el escritorio, le tapaste la boca y la partiste en dos. Dice que tienes una resistencia brutal, que la hiciste correrse tres veces seguidas y que cuando te corriste dentro de ella, el semen le chorreaba por los muslos hasta los tacones mientras caminaba de vuelta a la sala de maestros.
Miss Dany sacó tu verga dura y pesada, la miró con ojos brillantes de pura lujuria y soltó un gemido de aprobación.
Se arrodilló de inmediato y te la metió hasta donde pudo. Sus labios se estiraron obscenamente alrededor de tu grosor. Chupaba con hambre, saliva corriendo por su barbilla, haciendo ruidos fuertes y mojados. Te sacaba la verga solo para lamerte los huevos pesados, metiéndose uno entero en la boca mientras te masturbaba con las dos manos.
—Quiero que me folles más duro que a todas ellas —suplicó con la boca llena—. Quiero que me dejes el coño más destruido que a tu esposa. La levantaste, la sentaste sobre una mesita infantil y le abrí las piernas. Su coño estaba hinchado, completamente empapado y brillando. Escupiste sobre tu verga y la metiste de un empujón brutal hasta el fondo. Dany echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco y largo.
—¡Ay, mierda! ¡Qué verga tan gruesa! Me estás abriendo el coño… ¡Más adentro! Empezaste a follarla con fuerza, haciendo que sus tetas enormes rebotaran violentamente. Agarraste esas dos masas pesadas, las estrujaste, chupaste y mordiste sus pezones oscuros y grandes mientras tu polla entraba y salía con sonidos húmedos y fuertes, golpeando su cervix.
—Todas dicen que eres adicto a follarte a las mamás casadas… que les gustas porque las tratas como putas y las llenas como nadie —jadeaba entre gemidos—. La mamá de Sofía me contó que te la cogiste en el baño de la escuela durante la fiesta de fin de mes y que te corriste tanto adentro que tuvo que sacarse el semen con los dedos antes de volver con su marido.
Volteaste a Miss Dany, la pusiste a cuatro patas sobre la alfombra de juegos y la penetrarte salvajemente desde atrás, tirándole del pelo. Su culo redondo rebotaba contra ti con cada embestida. Le dabas nalgadas fuertes, dejando marcas rojas mientras le metías toda la verga.
—La maestra de segundo, la señorita Carla, me confesó que te la follaste en su propio salón después de la hora de salida. Que la pusiste contra la pizarra, le subiste la falda y se la metiste entera sin condón. Dice que te corriste dos veces dentro de ella: la primera tan fuerte que le chorreaba semen por los muslos mientras recogía sus cosas, y la segunda en su boca mientras estaba de rodillas debajo del escritorio. Me dijo que tienes una resistencia de burro y que la dejaste con el coño tan abierto que tuvo que ponerse hielo esa noche.
—Y la maestra Rosa, la más seria de todas, la de lenguaje… esa que parece tan correcta. Me contó borracha en una salida de maestras que te la cogiste en el baño de la dirección durante la última junta. Que la sentaste en el lavabo, le abriste las piernas y la taladraste tan fuerte que tuvo que morderte el hombro para no gritar. Dice que le hiciste correrse tan duro que se orinó un poco encima de ti y que cuando te corriste dentro, el semen le salía a borbotones y le manchó toda la falda. Desde ese día no puede mirarte sin apretar las piernas.
—¡Fóllame como follas a tu esposa cuando estás muy caliente! ¡Quiero tu leche espesa! Miss Dany se corrió con fuerza, apretando tu polla y soltando un chorro caliente que te mojó los huevos. Siguió temblando y gimiendo mientras la taladrabas sin piedad. Cuando sentiste que ibas a explotar, la sacaste, la pusiste de rodillas y le apuntaste a la cara y las tetas. Gruesos chorros de semen blanco, espeso y abundante salieron disparados: uno le cayó directo en la lengua abierta, otro le cubrió las tetas enteras, salpicando sus pezones oscuros, y varios más le pintaron las mejillas, la nariz y el pelo. Dany gemía de placer, tragando lo que podía y untándose el resto por las tetas como una puta en celo.
—Está más rica y abundante de lo que decían… —jadeó, lamiéndose los dedos—. Tu esposa no exageraba. Todavía con tu semen chorreando por su cuerpo, se levantó, te besó profundamente metiéndote la lengua con sabor a corrida y susurró:
—Está más rica y más cantidad de la que decían… —jadeó satisfecha, con tu semen chorreándole por el cuerpo
—. Mañana quiero que me folles el culo como se lo follas a la maestra Carla. Y algún día voy a querer que tu esposa nos mire mientras me das toda esta leche que guardas en esos huevos tan pesados. Miss Dany se levantó, todavía manchada y con la blusa transparente pegada a sus tetas llenas de semen, y te dio un beso profundo con sabor a corrida. —Vete a casa… pero este coño y este culo van a estar esperándote abiertos cada vez que vengas. Las maestras y yo seguiremos comparando notas. Se levantó, todavía con tu semen chorreando por su cuerpo, y te dio un beso profundo lleno de promesas sucias. Miss Dany había cumplido su fantasía… y ya planeaba la siguiente.
0 comentarios - Miss Danny