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Relato CFNM Novia

La puerta cerró con un chasquido sordo, y el silencio del recibidor se quebró por un gemido bajo y prolongado que venía desde la oficina. Mi corazón dio un vuelco. Seguí el sonido, una mezcla de placer y urgencia, y me detuve en el umbral de la puerta, entreabierta.

Allí estaba. El perfil de mi novia, recortado por la luz fría del monitor. Sentada en su silla ergonómica, con los pies en equilibrio precario sobre el escritorio de caoba, como una diosa moderna en su altar. La camisa blanca, ahora símbolo de un desorden provocador, tenía un botón desabrochado, revelando el encaje del brasier del mismo color. Las mangas, subidas con descuido hasta los codos, mostraban sus antebrazos tensos. La falda negra, una línea audaz en contraste con su piel, estaba recogida casi hasta la cadera, dejando al descubierto la delicada tela de las pantimedias y las tiras de las ligas que se hundían en sus muslos. Y luego, los tacones. Negros, imponentes, con esa suela roja que era su firma, un destello de poder y elegancia incluso en la intimidad más absoluta.

Sus ojos estaban cerrados, perdidos en su propio mundo. La pantalla mostraba una imagen congelada: dos mujeres entrelazadas en una postura que no dejaba lugar a dudas. Pero su atención no estaba ahí. Estaba en el vibrador que sostenía con una mano, un objeto de plata brillante que se movía con lentitud deliberada sobre su clítoris, oculto apenas por la tanga negra, ya corrida a un lado.

Noté un leve cambio en su respiración, una tensión mínima en su mandíbula. No hubo sorpresa, ni vergüenza. Solo una aceptación tácita. Me acerqué, el eco de mis pasos amortiguado por la alfombra.

—Amor —dije, mi voz un poco ronca.

Abrió los ojos un instante, pero su mirada se perdió en el cielo raso antes de volver a cerrarlos. No sé si notaba mi presencia, pero mi excitación me hacía creer que sí.

Sus gemidos, su posición, su olor, su piel... todo me invitaba a participar. Sin esperar más, lo hice. Abría y cerraba los ojos, salía y volvía a sumergirse en su placer, ignorándome o simplemente aceptando mi presencia. Me desnudé en silencio, la ropa cayendo al suelo como una segunda piel que ya no necesitaba. A gatas, me aproximé a su entrepierna, un altar de calor y perfume. Sus piernas seguían en alto, un puente de seda y piel sobre el escritorio. La tanga, completamente mojada, se adhería a su forma. El gemido creció, se hizo más profundo, más gutural. Acomodé mi boca y mi lengua encontró su entrada, caliente y húmeda. El primer contacto fue una chispa. Su cuerpo se tensó como un arco, y con un grito ahogado, explotó.

Un chorro cálido y salado me golpeó en la boca y la cara. Sus piernas temblaron violentamente, mientras el vibrador nunca dejaba su puesto en su clítoris. Me acerqué más, lamiendo con avidez, recogiendo cada gota de su orgasmo.

—Más, más, otra vez —susurró, la voz rota por el placer.

Mi mente asoció esas palabras a mí, pero también había un competidor a mi lado: ese vibrador parecía compartir ese lugar, o quizás era yo el tercero en discordia, porque me sumé después que él.

Quería participar, quería tocarme, pero no podía. La incomodidad de estar bajo el escritorio, doblado, me retenía. Algo me llamaba a no hacerlo aún, a esperar su instrucción. Mi mente pensaba en ella, y también pensaba que ella pensaba en mí.

Bajó las piernas lentamente y los tacones se clavaron en mi espalda, una presión punzante y excitante. Mientras yo seguía bebiendo y lamiendo su dulce manjar, hizo clic con el ratón y el video cobró vida. Los gemidos de las mujeres llenaron la habitación, mezclándose con los suyos. Eso la empujó al siguiente nivel. Bajó el vibrador, lo deslizó hacia su entrada mientras mi lengua trabajaba febrilmente. Tomó mi cabeza con su mano libre y me empujó contra ella.

—Ahí está —dije para mí—. Sabe que estoy. Luego me tocará, me dará placer también. Esperaré.

Luego noté que una fuerza me obligaba a sumergirme en ella. El video, el vibrador, mi boca... todo se fusionó en una espiral ascendente. Comenzó a acelerar, a gemir, a gritar, a arquear la espalda de una manera casi dolorosa. Los tacones arañaron mi piel, dejando un mapa de su placer en mi espalda. Vi lágrimas escapar de las comisuras de sus ojos, testigos de la intensidad de su éxtasis.

Me movió hacia arriba, hacia su clítoris, y mientras yo lo lamía, insertó el vibrador en su vagina. Más fuerte, más rápido. Subió, bajó y volvió a subir durante quince minutos que se sintieron como una eternidad. Y luego volvió a estallar, otra vez, con más fuerza. Agachó mi cabeza, obligándome a tragar sus chorros, a recibir su esencia directamente en la cara.

Cuando terminó, se levantó, empapada de sudor, con las piernas temblando todavía.

Noté que arreglaba su ropa y su cabello, como si pasáramos a una nueva etapa. Mi mente pensó: "Es ahora, que ella te dará placer a ti". Vi el asiento y me senté, mi piel desnuda en el frío cuero.

Mientras yo me sentaba, mi mente seguía pensando que ahora llegaría mi turno, que se arrodillaría y me correspondería. No fue así. Se subió al escritorio con una agilidad felina y se puso a cuatro patas, su trasero perfecto a centímetros de mi cara. Acercó su ano a mi boca.

Mi lengua encontró el anillo contraído, húmedo por los jugos que habían corrido hasta allí. Mientras lo lubrificaba con mi saliva, ella volvió a insertar el vibrador en su vagina. Diez minutos de ese ritual, hasta que abrió un cajón y sacó un plug anal de metal negro y comenzó a insertarlo en su ano.

Con mi mano comencé a terminar de insertarlo. Lo hice con cuidado, despacio, hasta que un gemido dulce y largo escapó de sus labios. Se incorporó, giró y frotó su vagina contra mi cara, mientras en la otra mano permanecía su vibrador, esta vez en reposo, una última reivindicación de su dominio.

Se levantó e instintivamente lo hice yo. Se puso de rodillas en el asiento, invitándome sin decirme nada a ponerme debajo de su vagina, y yo obedecí. Me senté en el suelo con la nuca apoyada en el frío cuero de la silla. Se aferró al respaldo y comenzó a moverse. Suave al principio, dejando que mi lengua recorriera su clítoris y su abertura. Luego, el ritmo se volvió salvaje. Cabalgó mi cara, deslizando su vagina desde mi barbilla, pasando por mi nariz hasta mi frente, una y otra vez, untándome con sus jugos, su sudor, su olor, su esencia. Estaba al límite, una bestia hermosa y descontrolada. Y explotó de nuevo, la más intensa de todas, con sus piernas cubiertas de seda temblando sin control.

Se levantó, tambaleándose. El maquillaje de sus ojos corría como lágrimas de tinta, el cabello era un nido caótico, la camisa abierta, tres botones ahora. Estaba exhausta y satisfecha.

Se posicionó de cuclillas frente al escritorio y su mano se dirigió al computador. Esa posición me invitó a querer más de sus jugos. Me agaché y me posicioné debajo de su trasero, una vista espectacular: su vagina, su periné, su ano con el plug.
Cuando lo hice, le pregunté si yo podía tocarme, casi como una súplica.

Me miró de reojo, o eso imagino me mente, que ella ignoró mi llamado, no dijo que si, pero tampoco dijo que no.

Estando sobre a mi cara, puso el vibrador en su clítoris y reanudó el video. Yo, en su vagina, ella con el vibrador en el clitoris el plug en su ano. Comenzó a saltar, a gemir, a gritar, a entregarse por completo a su placer por aproximadamente Diez minutos. Esa rendición me rompió cualquier atadura. Me toqué. Mi mano se movió al ritmo de sus gemidos, mi glande, enrojecido y expuesto, ansiando liberación. Me arqueé, gimiendo con ella, pero ella ya estaba en otro universo. Un par de minutos más, y otra vez, un diluvio sobre mi cara.

No aguanté más. Yo también exploté, pero mi semen cayó sobre mí mismo, sobre mi vientre, mi mano, mis testículos. Un placer solitario y absurdo que solo duró tres minutos.

Se levantó, se estiró con la languidez de una pantera satisfecha.

—Estoy lista —dijo, y su voz era de nuevo la de siempre, como si acabáramos de discutir sobre la compra del supermercado—. Ahora vamos a comer a la cocina.

Ella se había corrido cuatro veces sobre mí, yo fui testigo porque cada parte de mi rostro estaba empapado de sus chorros. Yo me había corrido solo una vez, rápida, solo 3 minutos de mi placer y fue sobre mí mismo. Ella no se dio cuenta.

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