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El Deseo que ni el tiempo puede romper IV

Cada salto era un puñetazo en el estómago.

Uno: el tumor aparecía antes, más agresivo, como si el universo se burlara de mis cálculos. Otro: infarto masivo a los 35, mientras dormía a mi lado después de follarla hasta el amanecer. Otro: embolia pulmonar en el hospital, justo cuando pensábamos que el chequeo preventivo la había salvado. Otro: accidente de auto idiota, un camión que se cruza en una curva que en otras líneas nunca estuvo ahí.

Siempre algo. Siempre convergencia. El attractor field de esta mierda de mundo no la dejaba escapar. Yo la follaba con furia en cada intento, como si mi polla pudiera anclarla al presente, como si cada corrida dentro de ella pudiera reescribir la ecuación. Pero no me traía de vuelta al sótano, al presente roto, con el eco de su último gemido todavía en mis oídos.

Pensé en embarazarla antes. En cada línea donde llegaba a tiempo, la llenaba una y otra vez, imaginando que un hijo la ataría más fuerte a esta realidad. Pero el miedo me paralizaba: ¿y si la perdía embarazada? ¿Y si veía su vientre crecer y luego la veía morir igual? La idea de no tenerla —ni a ella, ni al futuro que planeamos— me lo impedía. Era peor que la muerte: era la nada absoluta.
Hasta que no pude más.

En una línea donde ella aún estaba sana, fuerte, con sus tetas grandes apretadas contra mí mientras me montaba en el sofá, colapsé.

Ella cabalgaba sobre mí como una puta desesperada. Su coño caliente, hinchado y chorreante se tragaba toda mi polla gruesa hasta los huevos en cada bajada. Los labios mayores gruesos y oscuros se abrían obscenamente alrededor de mi verga, dejando ver cómo los menores rosados se estiraban y succionaban mi carne. Cada vez que subía, un hilo espeso de sus jugos y mi precum le colgaba del coño, conectándola con mis huevos antes de romperse y caer sobre mi abdomen.

Sus tetas enormes rebotaban con fuerza salvaje contra mi cara. Las agarré con ambas manos, las apreté brutalmente y me metí un pezón oscuro y duro a la boca, chupándolo y mordiéndolo mientras ella gemía como una perra en celo.

—Más… ¡así! ¡Rómpeme el coño, hijo de puta! —gritaba, moviendo las caderas en círculos sucios, frotando su clítoris hinchado contra mi pelvis.

El sonido era asquerosamente delicioso: chap-chap-chap-chap, el golpeteo húmedo de su coño empapado contra mis huevos, mezclado con el olor fuerte de su excitación y sudor.
Entre jadeos, con su sudor goteando sobre mi pecho y sus ojos negros clavados en los míos, le conté todo.

—He muerto contigo mil veces —le dije, con la voz rota—. Tumor. Infarto. Embolia. Accidente. Siempre te pierdo. Siempre. He saltado líneas temporales para salvarte. Construí una máquina en el sótano. Recuerdo cada gemido, cada vez que te corrías gritando mi nombre. Pero no puedo detenerlo.

Ella se quedó quieta encima de mí, mi polla palpitando dentro de su coño, completamente enterrada, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían y apretaban como si quisieran ordeñarme. No gritó. No huyó. Solo me miró con esa calma profunda.

—Entonces… todo esto ya lo viviste —susurró. Y empezó a mover las caderas otra vez, lento y profundo, masturbándose con mi verga mientras procesaba mis palabras. Su coño apretaba y soltaba rítmicamente, chupándome por dentro—. Y sigues viniendo por mí…

Asentí. Lágrimas que nunca lloré en diez años reales se me escaparon.

—No puedo salvarte. Lo intenté todo. El destino siempre gana.

Ella se inclinó, besó mis lágrimas, luego me metió la lengua en la boca con hambre. Empezó a cabalgarme con fuerza brutal, casi con rabia. Sus tetas enormes me golpeaban la cara. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó como si fueran mi polla mientras gemía alto.

—Vuelve una vez más —me dijo, sin dejar de follarme como una loca—. Esta vez no me digas nada. No me cuentes el futuro. Vive conmigo como si no supieras nada. Fóllame como el primer día. Ámame como si fuera eterna. Y al final… déjame ir en paz. Sin que yo sepa el precio que pagaste.

No aguanté más. Le agarré el culo con ambas manos, separándole las nalgas, y empecé a embestirla desde abajo con toda mi fuerza. Mi polla entraba y salía violentamente de su coño empapado, golpeando contra su cervix. Sentí cómo su ano se contraía contra mi dedo cuando se lo metí hasta el fondo.

Me corrí dentro de ella como un animal: chorros gruesos, calientes y abundantes de semen explotaron directo contra su útero, llenándola hasta rebosar. Al mismo tiempo ella se corrió violentamente, su coño convulsionando alrededor de mi verga, soltando chorros de squirt que me empaparon el abdomen y los muslos. Gritó mi nombre entre sollozos de placer mientras su cuerpo temblaba sin control, ordeñándome hasta la última gota.

—Prométemelo, mi genio —susurró al oído, todavía empalada en mí, con mi semen espeso escapándose de su coño abierto y corriendo por mis huevos—. Una última línea. La buena.
Salté.

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