
No vengo a pedir perdón. Vengo a contar cómo, sin planearlo del todo, terminé teniendo en mi historial a todo el círculo íntimo de Javier (mi novio)… menos a él. Hasta que lo tuve también, claro.
Empecemos por el final, porque me gusta el suspenso controlado.
Fue en su cumpleaños, hace exactamente un año. Todavía no éramos novios oficiales, solo dos personas que se miraban demasiado en un trabajo grupal de Filosofía Contemporánea. Él estudiaba Ingeniería de Sistemas; yo Psicología. La materia era compartida. Nos tocó el mismo grupo y yo me aseguré de que así fuera. La noche de su cumpleaños fuimos a un pequeño bar de jazz en el casco viejo, uno de esos sitios donde la luz es ámbar y la música suena como si el saxofón supiera todos tus secretos. Javier me había invitado “como amiga”. Llegué con un con la ropa de la foto de arriba, discreto pero imposible de ignorar.
Entonces entraron ellos.
Reinaldo primero. Alto, piel de ébano, risa grave que reconocí al instante. Joaquín y Rafael detrás, riendo de algo que solo ellos entendían. Y ahí, mientras Javier me presentaba orgulloso a “sus panas de toda la vida”, sentí el clic perfecto dentro de mi cabeza. Los tres. Los había tenido a los tres. Antes de que Javier existiera en mi mapa. Y ninguno de ellos me reconoció en ese momento… o fingieron no hacerlo. Yo sonreí, tomé un sorbo de mi gin-tonic y dejé que el hielo tintineara como campanitas de advertencia. Qué ironía tan deliciosa.
Ahora retrocedamos. Porque los detalles son lo que hace que la historia valga la pena.
Reinaldo fue el primero en mi timeline. Último año de prepa. Yo ya sabía que mi cuerpo pedía más de lo que los chicos normales podían dar. Había oído los rumores en los pasillos: “Reinaldo está bien dotado”. No era chisme; era dato que queria averiguar. Una tarde de viernes, después de un proyecto para salvar la materia de física nos quedamos solos en su casa despues de que todos se habían ido a sus casas y yo estaba esperando a que mis padres pasaran por mi. Subimos a su habitación porque sus papás estaban de viaje. No hubo preámbulos largos. Me miró como si ya supiera que yo no estaba ahí por convivencia.
Fue la primera vez que sentí que me quitaban la virginidad de verdad. El chico anterior era… adecuado. Reinaldo no. Era mucho. Entró despacio, pero cada centímetro parecía redefinir mis límites internos. Recuerdo el momento exacto en que tocó fondo: un calor que se expandió desde el centro hacia las costillas, (literal no se como describirlo, pero sentí como cuando tienes maripositas en el estomago por ver a tu crush, fue algo muy intenso) Movía las caderas con esa cadencia pesada, precisa. Yo, que siempre había necesitado clítoris para llegar, sentí por primera vez cómo el orgasmo se construía desde adentro. Profundo. Inevitable. Me corrí apretándolo tan fuerte que él soltó un gemido ronco y se derramó dentro de mí sin poder detenerse. Me sentí incontrolable, temblaba y gritaba tanto que parecia que me estaba dando un ataque, incluso el llego a asustarse un poco, Me quedé temblando, con los ojos abiertos mirando el techo, pensando: “así que esto es lo que se siente cuando te rompen de verdad”. Inclusive camino a casa me daban mini temblores, espasmos incontrolables mientras hablaba con mis padres del proyecto.
Dos años después, ya en primer año de universidad, llegaron Joaquín y Rafael. Fue en la fiesta de fin de semestre de toda la facultad. Una cosa enorme en una casa antigua cerca del campus, con piscina iluminada y música que hacía vibrar las paredes. Yo llevaba un vestido blanco corto, casi virginal, pero con la espalda completamente descubierta. Ellos dos eran inseparables, siempre juntos en las fotos de grupo. Joaquín, el moreno de ojos claros y manos de artista. Rafael, el rubio de risa fácil y ego grande. Empezamos hablando de arte conceptual. Terminamos en una habitación del segundo piso que habian dejado sin llave.
Lo que pasó ahí fue… demasiado. Empecé con Joaquín contra la pared mientras Rafael nos miraba desde la cama, tocándose despacio. Luego cambiaron y por momentos se sentía la competencia por cual de los dos lo hacia mejor y podria disfrutar mas tiempo de mi. Y en un momento, sin palabras, los dos estuvieron dentro de mí al mismo tiempo, fue algo no pactado, pero que con miradas, los tres determinamos que sería la mejor opcion. Primera doble penetración de mi vida. Uno delante, profundo y lento. El otro detrás, más urgente. El contraste de ritmos me volvió loca de la mejor manera. No duró mucho, pero fue intenso. Cuando llegaron, me pusieron de rodillas entre los dos y se corrieron en mi cara, casi al mismo tiempo, como si lo hubieran coreografiado. Me limpié con el dorso de la mano, sonreí y les dije: “buena coordinación” riendome a carcajadas.
Al día siguiente desperté sola en mi departamento. No recordaba casi nada después de la tercera copa. Solo las fotos: yo sonriendo con los ojos cerrados y semen en los labios, sus manos en mi cabello, un selfie borroso donde se veían los tres cuerpos desnudos. Las borré… las puse en una carpeta encriptada. Por si acaso.
Con Javier. El único que no sabía nada. El que llegó después de que yo ya hubiera marcado territorio en su círculo sin que él sospechara. Cada vez que los cuatro estamos juntos y yo cruzo las piernas bajo la mesa, siento esa pequeña corriente de subir, me mojo con flashbacks de esos momentos.
0 comentarios - Tu novia, la puta.