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El Asqueroso Novio de Mamá

Hola, me llamo Jessica, tengo 22 años y soy una chica bastante normal, al menos eso creía hasta que mi mundo se puso patas arriba. Mido uno sesenta y ocho, tengo el cabello negro y largo, los ojos marrones y, para ser sincera, siempre he sido consciente de que soy atractiva. Heredé de mi madre los pechos naturales, una copa D que a veces se me hace difícil disimular, y una figura que muchos llamarían "seductora". Pero ser una belleza blanca de no me había preparado para lo que estaba por venir.

El Asqueroso Novio de Mamá

Hasta entonces, mi mayor preocupación eran los exámenes finales y si mi novio, aprendería alguna vez a besarme sin chocar los dientes. Ingenua, ¿verdad? Pues todo cambió el día que mi madre llegó a casa con la noticia de que había conocido a alguien especial.

Mi madre me presentó a su novio, Antonio, por primera vez cuando yo aun tenia 18 años. Era el comienzo de mi último año de preparatoria y yo era bastante ingenua en muchos sentidos. Aunque ya había empezado a salir con chicos e incluso había tenido relaciones sexuales un par de veces, seguía siendo una adolescente inocente.

Mi madre y yo habíamos estado solas desde que mi padre falleció cuando yo tenía nueve años. Desde entonces, ella no había tenido muchas citas. De hecho, no recuerdo que saliera con nadie hasta que apareció Antonio. Estoy segura de que lloró la muerte de mi padre durante demasiado tiempo, lo que explica mi inmensa alegría cuando un día mi madre llegó a casa del trabajo y me contó que había conocido a un nuevo hombre.

Recuerdo ese día con mucha claridad porque siempre me preocupó que mi madre se quedara sola el resto de su vida. Ahora bien, debo aclarar que no era fea ni antipática ni nada por el estilo. De hecho, era y sigue siendo muy guapa y amable, y muchos hombres jóvenes la invitaban a salir en aquella época, sin darse cuenta de que ya había pasado los treinta. El hecho de que hiciera ejercicio con frecuencia para mantenerse en forma contribuía a atraer bastantes pretendientes. Su larga melena rubia dorada y ondulada, sus pechos grandes, su vientre plano y su tez impecable probablemente también jugaban a su favor. Recuerdo que, de vez en cuando, algunas personas la confundían con mi hermana mayor, lo que, por supuesto, siempre le alegraba el día.

En fin, una amiga casada de mi madre le había presentado a Antonio, un vendedor de coches usados. Recuerdo haber pensado qué pareja tan curiosa para ella: un vendedor de coches usados. Como mi madre es abogada, siempre imaginé que alguien con más estudios sería ideal para ella.

Para entonces, mi madre y Antonio ya habían tenido algunas citas y ella quería que lo conociera un sábado por la noche. Mi madre parecía muy ilusionada con él, y yo estaba ansiosa por conocerlo. Quizás nuestro optimismo ciego contribuyó al caos que siguió. No estoy segura. Pero puedo decir que nuestras vidas nunca volvieron a ser las mismas después de que Antonio entrara en ellas.

Por fin llegó el sábado por la noche y fue un placer ver a mi mamá arreglada para su cita. No paraba de pedirme consejos sobre maquillaje y ropa, y por una vez, me sentí como la figura paterna en nuestra relación. Para cuando Antonio tocó el timbre, puedo decir con toda sinceridad que mi mamá estaba guapísima.

Estaba sentada en la sala de estar viendo la televisión cuando oí a mi madre abrir la puerta principal y saludar a Antonio.

—¡Estás fantástica, Carolina! —se oyó una voz masculina y fuerte desde el pasillo.

—Gracias —escuché responder a mi madre—. Ven… quiero que conozcas a mi hija.

Por su forma de hablar, noté que le avergonzaba el cumplido. Luego, mi madre llevó a Antonio al salón.

Antonio era un hombre apuesto, de aproximadamente 1,88 m de estatura, con pelo corto y oscuro, ojos marrones, tez morena y complexión musculosa. Con su espeso bigote oscuro, me recordó un poco a algún actor. Parecía tener unos cuarenta años y vestía de forma informal, pero con estilo.

—Antonio, quiero presentarte a mi hija, Jessica —anunció mi madre con orgullo.

Antonio sonrió y me miró fijamente a los ojos. Me tendió la mano y yo la acepté.

—Bueno, es un verdadero placer conocerte, Jessica. Siento que ya te conozco por lo que me ha contado tu madre.

Me estrechó la mano con firmeza y pareció sostenerla unos segundos de más.

—Sí… encantada de conocerte también —dije tímidamente.

Aparté la mirada de Antonio cuando la situación se volvió un poco incómoda. Luego miré a mi madre y le pregunté:

—¿Adónde van esta noche?

Mi madre se volvió hacia Antonio.

—Cenamos en la ciudad, ¿verdad?

—Sí, hice la reserva para las ocho en punto.

Mi madre miró su reloj y luego me miró a mí.

—Bueno, entonces será mejor que nos vayamos. Hay dinero en el mostrador por si quieres pedir una pizza más tarde.

—Gracias, mamá —respondí.

—Vale, nos vamos. Te quiero, cariño —dijo, inclinándose para darme un beso en la mejilla.

—Yo también te quiero, mamá. ¡Que te diviertas!

Levanté la vista hacia Antonio, que seguía mirándome fijamente. Creí haberlo atrapado mirándome los senos, pero logré soltar:

—Fue un placer conocerte.

—Igualmente, Jessica. ¡Fue un placer conocerte! Nos vemos luego —anunció Antonio mientras se inclinaba y me daba un beso en la mejilla.

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Esto me sorprendió un poco, ya que acababa de conocerlo, pero simplemente me dejé llevar y le devolví el beso. Olía a una mezcla de cigarrillos y colonia Polo. Todavía hoy me repugna esa colonia. Dicho esto, ambos se marcharon a su cita.

El resto de la noche pensé en mamá y en Antonio. Parecía simpático y, sin duda, guapo. Entendía perfectamente por qué mi madre se sentía atraída por él. Sin embargo, algo en él me incomodaba. Antonio derrochaba confianza, casi demasiada. ¿De verdad me estaba mirando las tetas? Estaba acostumbrada a que los chicos me miraran en el colegio, pero no un adulto como Antonio.

Para cuando se fueron me quedé solo con mi tanga y una camiseta —mi ropa de dormir habitual—, decidí que mis preocupaciones eran infundadas. Al fin y al cabo, acababa de conocerlo y las primeras impresiones suelen ser erróneas. Estaba segura de que estaba siendo demasiado sobreprotectora con mi madre. Finalmente me quedé dormida, contenta con la posibilidad de que mi madre hubiera encontrado un buen chico.

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Esa misma noche me despertó un ruido extraño que venía de dentro de la casa. Acostada en la cama con los ojos aún cerrados, esperé a oírlo de nuevo.

Y entonces llegó. Débilmente al principio, pero luego haciéndose más fuerte.

—¡Ah… Ahh… Ahhh… Ahhh… ¡Sííí! —se oyó la voz amortiguada de mi madre, cada palabra seguida de un crujido de su cama matrimonial en la habitación de al lado.

—Ahhh… Ahhh… Ahhh… Ahhh… Ahhh… Ahhh… Ahhh… Ahhh…

No podía creer lo que oía. No sabía si reír o sentirme completamente asqueada. Me negué a abrir los ojos al darme cuenta de que mi madre estaba teniendo relaciones sexuales en la habitación de al lado. Me tapé la cabeza con las sábanas e intenté volver a dormirme. Pero los gemidos de mi madre continuaron y, para mi asombro, se hicieron aún más fuertes.

"¿Acaso no sabe que puedo oírla?"— Pensé

—Ahhh… Ahhh… Ahhh… Sí… Oh, Dios, Antonio… Ahhh… Ahhh… ¡¡¡Ahhh!!!

Siguieron así durante otros veinte minutos, hasta que me dio sed y pensé que podría bajar rápidamente a buscar un vaso de agua antes de que terminaran. Salí de la cama de puntillas, con cuidado, y bajé a la cocina. Después de beber un sorbo, empecé a regresar a mi habitación cuando oí que la puerta de mi madre se abría con un crujido. Entré en pánico y, para que no pensara que había oído lo que pasaba, me metí rápidamente en el cuarto de servicio del pasillo, frente al baño.

Apenas cerré la puerta cuando alguien salió del dormitorio. El corazón me latía con fuerza y le rogué a Dios que mi madre no me viera. Por la rendija de la puerta, vi a Antonio salir del dormitorio, envuelto en una toalla. Se dirigió lentamente al baño, y encendió la luz. Me sorprendió poder ver directamente dentro del baño desde donde estaba.

Además de su cabello erizado, noté una capa brillante de sudor en su rostro y torso. Obviamente había estado trabajando duro allí dentro. Sin cerrar la puerta, Antonio dejó caer la toalla a un lado y comenzó a orinar. Solté un jadeo audible cuando vi su pene. Esto hizo que Antonio girara la cabeza bruscamente hacia mí, buscando la fuente del ruido. Intenté no respirar ni moverme mientras él miraba hacia el pasillo durante un par de segundos antes de volver a concentrarse en lo que estaba haciendo.

Su pene parecía enorme. Estaba hipnotizada; no podía apartar la vista. El único otro pene que había visto en persona era el de mi novio, Gilberto, ¡y el suyo era mucho más pequeño! Empecé a sentir ese cosquilleo en mi coño y noté que me mojaba mientras Antonio seguía orinando. Intenté resistir la sensación, pero enseguida me di cuenta de que era inútil. Podía ver su verga de perfil y, aunque estaba flácida, debía medir al menos catorce o quince centímetros. No sabría decir el grosor. Sus testículos también eran grandes, rodeados de una espesa mata de pelo negro y rizado.

Me recordó a la clase de Salud de principios de ese año, cuando habíamos estudiado educación sexual. Cuando llegó el turno de preguntas, el sabelotodo de la clase le preguntó al profesor sobre el tamaño promedio del pene, para diversión de todos. Intentando mantener el orden y que la discusión fuera relativamente seria, el profesor respondió que la mayoría de las investigaciones sugerían que la longitud promedio del pene erecto era de diez a doce centímetros. ¡El de Antonio era obviamente mucho más grande que el promedio!

Me llevé los dedos a la entrepierna y sentí que estaba completamente empapada. Me froté un poco para aliviarme. Antonio pareció orinar durante una eternidad, pero finalmente terminó después de sacudirse un par de veces. Al agacharse para recoger la toalla, su trasero peludo y musculoso quedó al descubierto brevemente antes de cubrirse y apagar la luz del baño.

Al regresar por el pasillo hacia la habitación de mi madre, juraría haberlo visto girarse brevemente hacia el armario de servicio y sonreír. Pero estaba oscuro, con todas las luces apagadas, y mis ojos aún se estaban acostumbrando a la penumbra, así que podría haberme equivocado.

Esperé cinco minutos antes de volver corriendo a la cama, asegurándome de cambiarme mi mojada ropa interior primero. Tardé otra media hora en poder dormirme.

Durante las siguientes semanas, mi madre vio a Antonio con bastante frecuencia, tanto los fines de semana como entre semana. Siempre se quedaba a dormir y yo tenía que soportar constantemente los sonidos de mi madre siendo penetrada sin piedad por él. Se volvió tan habitual que aprendí a ignorarlos. Mi madre insistía en que Antonio se fuera muy temprano por la mañana, antes de que yo me despertara, porque "no quiero que Jessica sepa que estamos durmiendo juntos todavía". La oí decirle esto a través de la pared del dormitorio en varias ocasiones, sin que ella lo supiera.

Durante ese tiempo, solía ver a Antonio cuando veía la televisión con nosotros o cuando recogía a mi madre para alguna cita. Continuó mirándome fijamente, lo cual, en sí mismo, no era gran cosa. El problema surgió cuando empezó a ser demasiado cariñoso conmigo. Comenzó con besos inocentes en la mejilla, seguidos de abrazos que se alargaban más de lo necesario y, finalmente, tocamientos inapropiados. Con tocamientos inapropiados me refiero a acariciarme el pelo, agarrarme la mano o el brazo, e incluso darme palmaditas en el trasero a veces. Antonio siempre lo hacía de forma muy sutil y, por lo general, cuando mi madre no estaba presente.

Desde el inicio nunca supe bien cómo reaccionar ante ese tipo de situaciones. Mi madre estaba encantada con él, y no quería decir nada que pudiera arruinar su relación. Así que decidí que podía manejar la situación por la felicidad de mi madre.

Una noche de sábado, oí a mi madre y a Antonio llegar muy tarde. Hacían mucho ruido y se notaba que habían bebido bastante. De hecho, mi madre sonaba peor que él (nunca toleró bien el alcohol), arrastraba las palabras y se tambaleaba. Enseguida se hizo el silencio y me pregunté si se habrían quedado dormidos. Me levanté de la cama y me asomé por la puerta de mi habitación, que siempre dejo entreabierta. Me asomé justo a tiempo para ver a Antonio llevando a mi madre, casi inconsciente, a su habitación.

"Alguien se va a quedar sin comer esta noche" pensé entre risas mientras volvía a meterme en la cama y finalmente me dormía.

No estoy segura de cuánto tiempo pasó antes de que otro ruido me despertara esa misma noche. Acostada en silencio, esperé a oírlo de nuevo. Como de costumbre, dormía boca abajo y estaba demasiado cansada para darme la vuelta e investigar.

Unos segundos después, volví a oír el ruido. Un pánico absoluto me invadió al darme cuenta de que alguien estaba en mi habitación.

Me quedé paralizada de miedo al oír que alguien se arrodillaba a mi lado. Mi mente empezó a dar vueltas. Estaba segura de que no era mi madre, ya que siempre se esforzaba por respetar mi privacidad y sin duda habría llamado a la puerta antes de entrar. Además, teniendo en cuenta lo borracha que la había visto antes, sabía que estaría inconsciente. Cuando la fuerte mezcla de cigarrillos y colonia Polo llegó a mis fosas nasales, un terror insoportable me invadió. Me di cuenta de que solo podía ser una persona: el novio de mi madre, Antonio.

No sé cuánto tiempo pasó —quizás un minuto— mientras fingía estar profundamente dormida, con mi respiración pesada y rítmica. ¿Qué demonios hace aquí? pensé.

Podía sentir su mirada fija en mí, lo cual me inquietó bastante. Era casi como si estuviera decidiendo qué hacer. Finalmente, sentí cómo retiraba metódicamente mi cobija y la sábana de la cama. Se tomó su tiempo y parecía tener mucho cuidado para no despertarme.

Sentía cómo la adrenalina recorría mi cuerpo, pero estaba demasiado asustada para reaccionar. Me sentía débil e impotente.

Antonio finalmente me quitó la última manta y allí estaba yo, usando solamente una Tanga gris ya que por el calor decidí no usar ningún top esa noche. Me sentía extremadamente vulnerable y esperaba que todo fuera una pesadilla.

De repente, sentí frío en el trasero, luego sentí unos dedos cálidos deslizarse dentro de mis bragas y sobre mis nalgas. Me acariciaba las nalgas y la parte baja de la espalda con movimientos suaves y circulares. Me estremecí al pensar en ese viejo pervertido tocando mi cuerpo. Si no hubiera estado tan asustada, creo que habría llorado.

Pronto sentí una segunda mano moverse bajo mis bragas mientras seguía masajeándome el trasero. Se me erizó la piel de las nalgas y la parte baja de la espalda, y me sorprendió darme cuenta de que sus caricias me resultaban bastante placenteras.

Antonio finalmente bajó los dedos hasta mi culo. Me mordí el labio mientras una mano apartaba suavemente una nalga y la otra frotaba delicadamente la zona alrededor de mi ano con un dedo. Mi respiración se aceleró. Parecía estar dibujando pequeños círculos alrededor de mi ano. Por un lado, sentía cierto asco, pero la verdad es que me estaba excitando mucho, por mucho que intentara ignorarlo. Estaba confundida por esa reacción de mi cuerpo.

Su mano se deslizó entonces hacia la zona entre mi ano y mi vagina, donde la manipuló durante un rato. Sin darme cuenta, separé ligeramente las piernas. Rezaba para que Antonio no notara la reacción de mi cuerpo.

De repente, y sin previo aviso, su otra mano también bajó, apartó mis bragas y empezó a frotar mi coño con firmeza. Antonio parecía saber exactamente lo que hacía mientras acariciaba con cuidado mi clítoris y mis labios. Si le sorprendió el estado de excitación de mi coño, no lo demostró. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo mientras una mano acariciaba mi clítoris y la otra me penetraba con los dedos. Estaba perdiendo la noción del tiempo.

Antonio continuó penetrándome con los dedos con destreza durante unos minutos más, mientras me estimulaba el clítoris con la otra mano. Mientras él me penetraba, yo también comencé a mover ligeramente las caderas. No podía evitarlo. En ese momento, solo pensaba en el placer. Me asombra cómo pude permanecer en silencio durante todo el proceso
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seducida

En ese instante, se oyó un fuerte golpe en la habitación de mi madre. Esto debió asustar a Antonio, pues se apartó rápidamente y salió de mi habitación. Acto seguido, oí el leve chirrido de la puerta al cerrarse tras él.

Atónita, me di la vuelta, me bajé la camiseta y por fin abrí los ojos. Me arrastré por la cama buscando las sábanas, pero me detuve al notar una mancha húmeda. Había hecho un desastre.

Me limpié con una funda de almohada de repuesto y luego coloqué una limpia sobre la mancha. Volví a meterme en la cama y me tapé hasta el cuello. No sabía qué pensar, qué sentir ni qué hacer. Lo que acababa de pasar era un desastre. Solo quería dormir.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, Antonio ya se había ido, como de costumbre, y mi madre estaba en la cocina preparando el desayuno. Bajé aunque no tenía mucha hambre.

—Buenos días, cariño —me saludó mientras cocinaba unos huevos en la estufa.

Tenía un aspecto terrible. Obviamente tenía resaca: el pelo revuelto, la cara pálida y los ojos inyectados en sangre.

Me senté a la mesa y pregunté con voz aletargada:

—¿Tienes resaca, mamá?

Mi madre se giró rápidamente.

—¿Es TAN obvio, Jessica?

—Sí.

—Bueno, supongo que tendré que empezar a controlar cuánto bebo. ¡No quiero que Antonio piense que soy una borracha! —dijo riendo.

—Como si él debiera hablar —susurré sarcásticamente entre dientes.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó mi madre.

—Nada, mamá. Solo dije que creo que voy a dar un paseo.

—¿No quieres huevos?

—No, gracias —dije, levantándome de la mesa y marchándome.

Dos días después, seguía en estado de shock mientras reflexionaba sobre lo que me había pasado. Para colmo, Antonio iba a venir a ver una película con nosotras esa misma noche después del trabajo; sería la primera vez que lo vería desde aquella noche. Por un instante, pensé en contarle a mi madre lo sucedido. Obviamente, ese tipo era un pervertido y ella tenía que saberlo. Pero no pude hacerlo por varias razones.

Primero, tenía muchísimo miedo: ¿y si no me creía? Sabía que Antonio negaría que hubiera sucedido y, desde luego, no podría probarlo. Era su palabra contra la mía, y me horrorizaba la idea de hacerle pasar eso a mi madre.

En segundo lugar, arruinaría por completo la primera relación exitosa que mi madre había tenido desde que mi padre falleció. No la había visto tan feliz en años, y sería una pena estropearlo.

Finalmente, algo que probablemente me molestaba más que nada era la vergüenza que sentía por la forma en que mi cuerpo había reaccionado ante él. Era como si no pudiera controlar mis propias reacciones. ¿Acaso lo había fomentado de alguna manera? Parecía bastante estúpido acusar a alguien de abuso si, en el fondo, lo habías disfrutado. ¿Cómo podía sentir repulsión por alguien, pero a la vez excitación? Quizás me estoy volviendo loca, pensé.

Al final, decidí actuar como si nada hubiera pasado y limitarme a evitarlo. Antonio nunca supo que yo estaba despierta esa noche, así que no sabía que yo sabía lo que había hecho. ¿Y qué probabilidades había de que lo intentara de nuevo? Además, bien podía haber estado muy borracho (como mi madre) esa noche y no haberse dado cuenta de lo que hacía. Me convencí de que podría haber sido un error terrible. Mientras me mantuviera alejada de él y cerrara la puerta de mi habitación con llave por las noches, no debería haber más problemas en el futuro.

Desafortunadamente, este es el tipo de pensamiento ingenuo que solo una chica de dieciocho años podría creer.

Antonio llegó más tarde esa noche, como estaba previsto. Al verme en el sofá de la sala, una sonrisa burlona apareció en su rostro. Hice todo lo posible por no mirarlo a los ojos.

—¡Hola, Jessica! —anunció con un tono de voz seguro mientras se acercaba a mí.

—Hola —respondí secamente, estirando el cuello para ver la televisión—. ¿Te importa? Estoy intentando ver la película.

Mi madre habló desde el sofá:

—Jessica, pon la pelicula desde el principio para que Antonio pueda verla desde el principio. Voy a buscarle algo de beber. Vuelvo enseguida.

Antonio se sentó en el sofá después de darle un beso en la mejilla a mi madre al pasar. Como siempre, se quedó mirándome fijamente mientras la pelicula volvía a empezar.

Echó un vistazo rápido hacia la cocina y luego me habló en voz baja:

—Jessica… sé que estabas despierta el sábado por la noche.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿De qué estás hablando? —respondí, manteniendo la mirada fija en la televisión.

—Vamos, Jessica. Sé que disfrutaste lo que te hice. Y te voy a hacer mucho más.

Lentamente, giré la cabeza hacia Antonio con disgusto. Sonreía de oreja a oreja. Qué cretino, pensé. Qué descaro el suyo, hablándome así con mi madre, su novia, en la habitación de al lado.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? —Sentí que la sangre me subía a la cara—. ¡Sabes que mi madre está en la habitación de al lado!

—No se lo dirás a tu madre, Jessica —interrumpió Antonio—. ¿Sabes por qué?

Aparté la mirada de él, pero él continuó de todos modos:

—Porque ya lo habrías hecho. Sabes tan bien como yo que es demasiado tarde. Además… ¿de verdad crees que tu madre te creería a ti antes que a mí?

Justo en ese momento, mi madre volvió a entrar en la habitación con la bebida. Se sentó junto a Antonio en el sofá y se acurrucó a su lado.

—Vale, cariño, vamos a poner la película.

Durante el resto de la noche, Antonio me lanzó miradas cómplices mientras yo intentaba ignorarlo. Pero tenía razón: no se lo contaría a mi madre ni a nadie. Como si alguien fuera a creerme…

Después de esa noche, hice todo lo posible por evitar a Antonio. Odiaba a ese desgraciado. Cuando venía a verme, siempre me aseguraba de estar en mi habitación o en casa de algún amigo. Empecé a cerrar la puerta de mi habitación con llave, incluso cuando él no estaba. Pensaba que cuanto más tiempo me mantuviera alejada, más probabilidades habría de que me dejara en paz. Seguro que, tarde o temprano, se daría por vencido.

Pero no podía evitarlo todo el tiempo, sobre todo cuando aparecía inesperadamente. Y en esos momentos, se sentía atraído por mí como un imán: siempre se desvivía por saludarme con un beso en la mejilla y, a veces, con una palmadita en el trasero cuando mi madre no miraba.

Una vez, pasé junto a él en el pasillo cuando iba al baño y, "accidentalmente", se frotó contra mí con una erección evidente y prominente que se deslizó por mi cuerpo. Literalmente lo aparté de un empujón, lo cual pareció disfrutar mucho.

—¡Eres un idiota! —le regañé.

Él simplemente se rió de mí.

Podría mencionar muchos otros ejemplos que detallan su acoso. Sinceramente, me sentía acosada por él y gastaba mucha energía tratando de mantenerme alejada en mi propia casa.

Al recordar esa época, me asombra que mi madre no se diera cuenta de nada. Antonio era un sinvergüenza muy astuto y, sin duda, la tenía completamente dominada.

Poco después, mi mejor amiga Diana vino a casa a hacer un proyecto escolar. Mi madre entró con Antonio y, como siempre, él no perdió la oportunidad de coquetear descaradamente con Diana delante de mi madre, quien, ingenua, no notó nada. Para alejarme de él, le pedí permiso a mi madre para ir a casa de Diana a nadar, sin contarle que sus padres estaban fuera y que habíamos invitado a nuestros novios. Allí, los cuatro nos emborrachamos bastante con ron y, más tarde, mientras Diana y su novio se encerraron en su habitación, León y yo terminamos en la piscina a solas.

León me quitó el bikini y comenzamos a tener sexo, pero para mi decepción, eyaculó casi al instante, dejándome frustrada y con ganas de más. Mientras él se jactaba de lo "genial" que había sido, yo solo podía pensar en lo poco que me satisfacía y en cómo, además, tenía que lidiar con el acoso constante de Antonio en mi propia casa. Frustrada, decidí irme antes de la medianoche, no sin antes asomarme a la habitación de Diana, donde vi a su novio penetrándola con una intensidad que me hizo envidiarla profundamente.

Al acercarme a casa, vi que todas las luces estaban apagadas, lo que significaba que mi madre se había ido a dormir. Por desgracia, el coche de Antonio seguía en la entrada. Suspiré, preguntándome qué más podría salir mal esa noche.

Abrí la puerta principal y entré en casa en silencio. Tenía el pelo aún mojado de la ducha y seguía vestida con el bikini y la toalla de playa. El salón estaba casi a oscuras cuando entré; esperé un segundo a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra antes de dirigirme a la cocina. El ron aún me hacía efecto mientras dejaba la toalla sobre una silla. Me serví un vaso de té helado y me quedé mirando por la ventana de la cocina, a solas con mis pensamientos.

En ese preciso instante, oí un ruido a mis espaldas. Me giré y vi la silueta de una persona de pie en la puerta de la cocina.

—¿Quién anda ahí? —susurré, rezando para que no fuera Antonio.

La figura se acercó lentamente y finalmente entró en la habitación iluminada por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Di un paso atrás. Era Antonio, con esa sonrisa arrogante en el rostro.

Se detuvo a unos dos metros de mí, y pude ver que solo llevaba puestos unos calzoncillos. Mis ojos se fijaron instintivamente en el bulto entre sus piernas, pero me contuve y aparté la mirada. Como siempre, olía a cigarrillos y a colonia Polo. No sabía qué decir. Me sentía extremadamente vulnerable, vestida solo con mi bikini. .

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Solté de repente:

—¿Qué haces despierto? —antes de darme la vuelta y mirar hacia afuera.

—Me levanté para ver qué tal había ido tu fiesta en la piscina —respondió Antonio con sarcasmo.

No me molesté en darme la vuelta.

—Todo salió bien. Ya puedes volver a la cama.

—¿Estaba ahí tu noviecito? —preguntó riendo.

Ahora estaba justo detrás de mí, con la cara pegada a mi oreja derecha. Antonio me tenía acorralada contra el fregadero y lo sabía. Podía sentir cómo me rozaba. Estaba duro como una piedra, como siempre.

—No. Por supuesto que no. ¿Y qué te importa a ti?

Antonio se rió de mi respuesta cortante.

—Jessica, ¿has estado bebiendo?

—¡No! —dije mientras intentaba pasar rápidamente junto a él sin siquiera girarme.

Y fue entonces cuando actuó. Con un movimiento rápido, me agarró por las caderas y me hizo girar para que lo mirara.

—Creo que sí, Jessica. Has sido una chica muy mala esta noche. ¿Por qué parar ahora?

De repente, Antonio me besó con fuerza en los labios. Estaba encima de mí y no podía escapar de su abrazo. Intenté resistirme girando la cabeza, pero él me la tiró hacia atrás bruscamente. Su bigote se sentía extraño contra mi cara mientras introducía su lengua en mi boca, silenciando mis protestas. Intenté patearlo y golpearlo, pero todos mis esfuerzos fueron en vano: era demasiado fuerte.

Antonio me levantó como si fuera una niña y me sentó en la encimera. Parecía tener un plan específico en mente mientras se ponía manos a la obra. Me separó las piernas a la fuerza y empezó a frotar su ingle contra la mía. Jadeé al sentir el peso y el volumen de su miembro contra mi zona íntima. Se sentía diferente, pero de una forma agradable. Al poco tiempo, empezó a sentirse bien. No pude evitarlo: mi entrepierna se empapó rápidamente, como siempre.

Fue en ese momento cuando prácticamente me rendí. Literalmente, me di por vencida. La verdad es que estaba harta de resistirme a Antonio; él había agotado mi resistencia. Además, empezó a sentirse demasiado bien. Quizás el alcohol también tuvo algo que ver, o tal vez fue culpa de mi novio por no saber cómo hacerlo.

Por la razón que fuera, cambié de estrategia de repente y comencé a besar a Antonio mientras él me exploraba con sus enormes manos. Para mi sorpresa, lo abracé por los hombros y rodeé su cintura con mis piernas, deseando estar lo más cerca posible de él. Antonio se detuvo un instante, casi confundido por mi aparente cooperación. Sin embargo, al darse cuenta de que participaba voluntariamente, retomó la actividad. Ya no había vuelta atrás.

Me sentí atraída de una manera que nunca antes había experimentado. Aunque odiaba a Antonio con todas mis fuerzas, necesitaba tener relaciones sexuales con él esa noche.

Antonio me bajó la parte de arriba del bikini y me manoseó y apretó los pechos mientras seguía besándome apasionadamente. También siguió frotándose contra mí allí mismo, sobre la encimera. Toda esa estimulación a la vez me estaba volviendo loca.

En un momento dado, me aparté bruscamente y susurré:

—¡Espera! Aquí no.

Antonio asintió, comprendiendo que necesitábamos más privacidad. Lo tomé de la mano, en silencio, y pasamos por delante de la habitación de mi madre hasta la mía.

Al cerrar y asegurar la puerta de mi habitación, Antonio se acercó por detrás y me arrancó violentamente la parte de arriba y la de abajo del bikini. Me quedé allí completamente desnuda, con el novio de mi madre detrás. Temblaba de deseo, pero tenía demasiado miedo para darme la vuelta.

—Ve a tu escritorio e inclínate —me susurró Antonio al oído.

Caminé hacia el escritorio y él me empujó suavemente la espalda. Ahora estaba inclinada sobre la superficie, apoyada en los codos, con el trasero y la vagina completamente expuestos ante él. Mientras se arrodillaba detrás de mí, mi corazón latía con fuerza por la anticipación. Estaba empapada y ansiaba que me tocara.

Entonces Antonio, metódicamente, hizo lo que quiso conmigo. Empezó rodeando mi clítoris con su lengua en el sentido de las agujas del reloj, aumentando gradualmente la velocidad y la presión.

—Ohh… Ohh… Ohh… Ohh —gemí, asegurándome de no gritar demasiado fuerte.

maduro

Justo cuando pensé que iba a atacar mi clítoris directamente, cambió de ritmo y empezó a moverse en sentido contrario a las agujas del reloj, con cuidado de no tocar mi clítoris hinchado. En varias ocasiones, moví mis nalgas hacia él con la esperanza de que entraran en contacto con su lengua, pero fue en vano. Se sentía maravilloso, pero a la vez frustrante. Podía intuir lo que intentaba hacer: quería excitarme al máximo, y lo estaba consiguiendo.

Cuando menos lo esperaba, Antonio atacó mi clítoris y mi coño con furia.

—¡Ohhh! —gemí, sin esperar que se sintiera tan bien.

Antonio pasó los siguientes minutos devorando mi coño. A veces lamía mi clítoris y mi vagina de arriba abajo en un solo movimiento largo, cambiando de ritmo con frecuencia.

Finalmente, se centró únicamente en mi coño y pareció contentarse con intentar lamer la mayor cantidad posible de mi humedad. Mis piernas y, en realidad, todo mi cuerpo temblaban por una mezcla de lujuria, ansiedad y cansancio.

—Antonio… Ohh… Ohh… Antonio, vas a hacerme correr —le susurré por encima del hombro—. Ohh… Ohh… Ohh… Ohhh… Ohhh… Antonio… Ohhhhhhhh…

Al oír esto, Antonio empezó a lamerme profundamente. Sentí como si fuera un pene en miniatura, y tengo que decir que su lengua me pareció más grande que el pene de mi novio. ¡Y al menos la lengua de Antonio aguantaba más de quince segundos!

Ahora movía mis caderas hacia atrás frente a su cara y estaba muy cerca de mi primer orgasmo con otra persona en mi corta vida. Empecé a tener orgasmos en oleadas.

—Ohhhhhh… Ohhhhhhhh… Ohhhhhhh… Antonio… ¡No te detengas!

Finalmente, Antonio sacó la lengua y se dedicó a lamer la zona entre mi vagina y mi ano ¡lo cual fue increíble! Se dio cuenta de que lo estaba disfrutando y, acto seguido, subió un poco más para lamer alrededor de mi ano.

Su lengua lamió suavemente el borde de mi ano con movimientos circulares, similar a lo que había hecho antes con mi clítoris. Antonio me acarició el clítoris mientras seguía con mi trasero. Debo admitir que se sintió maravilloso.

—¡Ah! —jadeé cuando Antonio metió la punta caliente y húmeda de su lengua en mi ano—. Ohh… Ohh… Ohh, Antonio… ¿Qué me estás haciendo? ¡Ohh… Ohh… Ohh, Dios!

Parecía que no podía controlar lo que decía. Abrí más las piernas, esperando que su lengua llegara más adentro de mi ano. La combinación de que me lamiera el culo mientras me tocaba el clítoris me estaba volviendo loca. Respiraba tan agitadamente que parecía que me estaba dando un ataque de asma. Intentaba no hacer ruido, pero seguro que gritaba mucho más de lo que creía. Sería un milagro que no despertara a mi madre.

Finalmente, giré la cabeza hacia él y susurré:

—Vas a hacer… vas a hacer que me corra… otra vez.

De repente, se detuvo, me levantó como a un muñeco de trapo y me arrojó sobre la cama. Debió de haberse quitado los calzoncillos sin que me diera cuenta, porque ahora estaba desnudo frente a mí con la erección más grande que jamás había visto. Literalmente me dejó sin aliento.

El pene de Antonio era simplemente intimidante. Debía medir al menos veinte centímetros y ser bastante grueso. Sinceramente, no sabía si podría soportarlo todo, y me daba miedo sentir un dolor intenso.

Pero Antonio no me dio mucho tiempo para pensarlo. Rápidamente se metió en la cama a mi lado y me exigió:

—Chúpame la polla, Jessica.

Para entonces, yo habría hecho cualquier cosa por él. Me acerqué a su pene con una mezcla de miedo y lujuria en las venas. Al agarrarlo, me sorprendió ver que no podía rodearlo por completo con la mano. Comencé a bombearlo suavemente. Estaba muy caliente, firme y palpitante. Recuerdo haber pensado lo diferente que se veía del pequeño pene de mi Novio.

Impaciente, Antonio ordenó:

—¡Métetelo en la boca!

Con cuidado, metí la boca sobre la punta de su pene e intenté introducirlo lo máximo posible. Tras apenas unos centímetros, tuve arcadas y tuve que sacarlo. A Antonio pareció divertirle bastante. Entonces empecé a lamerle la punta mientras le acariciaba el resto con la mano. Era lo mejor que podía hacer en esas circunstancias. Mi objetivo era que Antonio se sintiera tan bien como él me hacía sentir a mí.

forzada

Ocasionalmente, tenía que dejar de chupársela para aliviar el creciente dolor en mi mandíbula. En esos casos, le lamía el pene a lo largo de todo el tronco hasta la punta, como vi hacer a una mujer una vez en una película porno. Cuando colocaba la punta de mi lengua en su orificio urinario, noté que ya estaba saliendo una pequeña cantidad de líquido pegajoso.

—Lámeme los testículos —dijo Antonio en un momento dado mientras me empujaba la cabeza hacia abajo.

Tuve que abrirme paso entre su maraña de vello púbico antes de meterme uno de sus enormes testículos en la boca. Fue una sensación extraña tenerlos ahí dentro. Alternaba entre los dos, pero con mucho cuidado de tratarlos con delicadeza.

Al cabo de un rato, Antonio me levantó y me dijo:

—Jessica, voy a follarte ahora mismo.

Sin esperar respuesta, me volteó rápidamente sobre mis rodillas y me empujó la cabeza contra la almohada, dejando mi trasero en el aire. Sentí que Antonio se subía encima de mí y me preparé, esperando que me penetrara de inmediato.

Finalmente, alineó su pene con la entrada de mi vagina, pero luego pareció cambiar de opinión. Procedió a frotarlo contra mi ano, mi vagina y mi clítoris durante un rato. Dios, en ese momento me moría de ganas. Sabía que iba a doler, pero no me importaba porque estaba muy cachonda.

Finalmente, me impacienté.

—¡Por favor, Antonio… hazlo! —supliqué a través de la almohada.

Parecía que estaba jugando una especie de juego cruel conmigo. Sentí que se inclinaba, me apartaba el pelo hacia un lado y empezaba a lamerme la nuca. Luego me agarró los pechos mientras me metía la mitad de la polla en la vagina.

—¡Ahhhhh! —jadeé.

El Asqueroso Novio de Mamá

Sentía como si me estuviera desgarrando. Empezó a bombear lentamente mientras me acostumbraba a su enorme tamaño. Un placer intenso comenzó a reemplazar el dolor agudo a medida que aceleraba.

En un par de minutos, Antonio introdujo el resto de su pene en mi apretada vagina. Gemí contra la almohada y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me estaba penetrando con toda su fuerza. Sentía como si su pene se me clavara en el estómago. Podía oírlo gruñir con cada embestida mientras me pellizcaba los pezones.

Empezó a decirme obscenidades al oído.

—Ohhh, Jessica… eres tan buena en la cama. He soñado con follarte desde que te vi aquel primer día en el sofá.

Continuó:

—Me encanta follarme tu cuerpo. Tu cuerpo fue hecho para que mi polla te folle… Siempre serás mi pequeña puta. ¿Entiendes?

—Síííí… —gemí en respuesta.

Fue entonces cuando tuve otra serie de orgasmos: uno tras otro, mientras Antonio seguía abusando de mí.

Pronto, Antonio me empujó, se tumbó boca arriba y me sentó sobre su polla. Mientras me acomodaba sobre él, me di cuenta de que esta posición era más cómoda porque podía controlar la profundidad y la velocidad del acto. Estuvimos así un buen rato. Se sentía especialmente bien cuando Antonio me rodeó con el brazo e introdujo la punta de su dedo en mi ano.

Después de un rato, empecé a preguntarme si Antonio alguna vez se correría. Su polla seguía más dura que nunca dentro de mí.

Antes de que pudiera seguir pensando en eso, Antonio me volteó boca arriba, colocando mis piernas sobre sus hombros. Más tarde supe que así le resultaba más fácil correrse. Comenzó con movimientos largos y lentos, sacando su pene casi por completo de mi coño antes de volver a introducirlo hasta el fondo.

Estaba disfrutando de la intensidad con la que me estaba follando. Ambos sudábamos profusamente, y podía ver gotas de sudor resbalando del cuerpo de Antonio y cayendo sobre mi cama.

A medida que se acercaba al clímax, aceleró el ritmo. Tenía muchas ganas de que se corriera, ya que mi coño empezaba a dolerme de verdad.

Recordé que mi amiga Carrie me había comentado una vez que la forma más fácil de hacer que un chico se corra es hablarle de forma sexy. A esas alturas, estaba dispuesta a intentar cualquier cosa con tal de que Antonio terminara.

Me incliné y le susurré al oído:

—Antonio, fóllame… Por favor, fóllame, Antonio. Fóllame.

Esto pareció ayudar, ya que aceleró sus embestidas, indicando que se estaba acercando.

Entonces continué en un susurro:

—¡Fóllame, Antonio! Fóllame el coño. Lo estás haciendo muy bien. ¿Te gusta follarte a la hija de tu novia? ¡Me encanta tu polla! Más rápido… Ohhh… Me haces sentir tan bien.

Antonio se estaba acercando mucho, y comencé a mover mi pelvis hacia él mientras me embestía para lograr una penetración más profunda.

—¡Vamos, Antonio! Sigue follándome. Ohh… Ohh… Dios, Antonio… Quiero que te corras. Por favor, córrete para mí.

Ya estaba muy cerca.

—Ohhh… Ohhhh… Ven para mí, Antonio. Quiero que te corras dentro de mi coño.

Lo siguiente que supe fue que Antonio me estaba follando tan fuerte que pensé que mi cuerpo estaría lleno de moretones por la mañana. Luego dio una última embestida poderosa y sentí cómo explotaba dentro de mí. Cayendo sobre mí, sudoroso, sentí varios chorros potentes en lo profundo de mi coño.

puta

Me quedé allí tumbada, con el pene de Antonio aún dentro de mí, sin saber qué hacer. Tenía los ojos cerrados y podía oler claramente el aroma del sexo. Al cabo de un minuto, Antonio suspiró ruidosamente y se apartó de mí. Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo y noté que su semen empezaba a salir.

Se levantó de la cama y lo oí buscar a tientas su ropa interior. Acto seguido, Antonio me apretó el pecho rápidamente antes de susurrarme al oído con seguridad:

—Esto es solo el principio, Jessica.

Dicho esto, salió de mi habitación, supongo que para volver con mi madre.

Así terminó mi primera noche con Antonio, pero estuvo lejos de ser la última. Lo que comenzó como un encuentro prohibido y retorcido se convirtió rápidamente en una rutina perversa que yo misma empecé a desear. Antonio me cogía por el culo, llenaba mi vagina de leche, chupaba mis tetas, me hacía gemir hasta quedarme sin voz… de todo. El placer que me daba era tan abrumador que me tenía completamente loca, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera su polla dentro de mí. Así estuvimos dos meses enteros, follando a escondidas cada vez que podíamos. Antonio ya venía a casa con mucha más regularidad —cinco o seis veces por semana— y siempre encontraba un momento para meterse en mi habitación mientras mi madre no miraba.

Un día, mi madre me confesó, emocionada, que estaba embarazada de Antonio. Me alegré muchísimo por ella; la veía radiante, feliz como no la recordaba desde la muerte de mi padre. Antonio se vino a vivir con nosotras poco después, y con él en casa, ya no había necesidad de esconderse tanto. Me cogía todos los días, a veces varias veces al día, en mi cama, en la ducha, en el sofá cuando mi madre salía a hacer compras. Fue una locura hermosa y destructiva a la vez.

A las dos semanas de que Antonio se instalara, yo descubrí que también estaba embarazada. Lo más probable era que fuera de él, ya que mi novio nunca había eyaculado dentro de mí. Primero hablé con mi novio: no podía creer que estuviera embarazada. Le dije que el líquido preseminal también embarazaba y que seguramente habíamos tenido suerte hasta ese momento. Obviamente me creyó ya que era tan ingenuo como yo años atrás y se ofreció a hacerse cargo. Luego hablé con Antonio. Él, al principio, se puso serio y dijo que iba a ser responsable, pero yo le aclaré que ya le había echado la culpa a mi novio, así que podía estar tranquilo. Entendió perfectamente y sonrió con esa sonrisa arrogante que tanto conocía.

Por último, hablé con mi madre. Al principio se molestó un poco porque aún no había terminado de estudiar, pero le faltaba poco para graduarme, así que no había de qué preocuparse. Luego cayó en cuenta de que iba a ser abuela y se puso feliz. Me fui a vivir con Facundo obviamente, Antonio seguía viniendo a cogerme salvajemente cada vez que podía, a escondidas de mi novio.

Con el tiempo, mi madre dio a luz a una hermosa niña, mi hermanita. Yo di a luz a un varón. Mi madre se ligó las trompas después del parto, pero yo volví a salir embarazada de Antonio, y di a luz a otro varón. Actualmente, Antonio me sigue cogiendo con la misma intensidad de siempre. Yo le he dicho que quiero una niña, así que él me está dando verga hasta preñarme de nuevo.

Y aquí sigo, esperando que esta vez sí sea una mujer. Aunque, en el fondo, sé que Antonio me seguirá follando sin importar el género del bebé.

jovencita

FIN

Muchas gracias por leer este relato. Espero que les haya gustado. Este es un nuevo formato de historias cortas que estoy explorando, y la próxima semana comenzaré una nueva serie. Sus puntos y comentarios son bienvenidos me ayudan mucho a mejorar y a saber qué les gustaría leer a continuación. ¡Nos leemos pronto!

4 comentarios - El Asqueroso Novio de Mamá

funmaxi +1
Muy buena historia!! Lo unico algo larga para los tiempos que corren donde no se si todos se detienen a leerla por completo. Pero me gustan este tipo de historias acompañadas de algunas imagenes. 🙂
MaCo2695
Alchile no lo leí por lo largo, solo vengo a recomendar que se pueden dividir en partes
1QWERTdj
En particular a mi sí me gusta que sean extensos, pero si son tipo serie aún mejor todavía