2. La Familiaridad Genera Desprecio
Me junté con Cristina unos días después, el Jueves, a la salida de nuestros trabajos. Me dijo de ir a un cafecito que había ahí por su casa en la zona de Villa Crespo. Lindo, en una callecita tranqui. Me dijo que a veces iba ella con alguna amiga.
Cuando nos sentamos, nos pasamos los primeros quince minutos charlando de todo. Haciéndonos reír, como siempre. Haciéndonos comentarios pelotudos. Como siempre. Al principio ni bien llegamos la había notado un poco nerviosa, pero enseguida se le pasó. El estar relajada, en un lugar neutral, con un rico café y con alguien con quien podía hablar sin medirse, parecía estar haciéndole muy bien. Había vuelto a ser un poco la Cristina de antes, la de siempre, no la que había visto y notado en el asado del sábado.
Finalmente me tomé un sorbito de café y la miré, “Bueno, dale che. Arrancá porque me gustaría volver a casa a horario.”
Se rió y miró un poco alrededor. No se a quien. Había otras dos mesas ocupadas a bastante distancia y un pibe y una piba que trabajaban ahí, detrás del mostrador charlando. Nadie la iba a escuchar si hablaba bajito. Y habló bajito, apenas por encima de la música ambiental que había en el lugar.
“Bueno, a ver… ufff…”, arrancó.
“Empezá por el principio. La idea más o menos ya me la dijiste el sábado. Sé de qué va el asunto.”, la acomodé.
“Cómo arrancó todo ésto?”, me preguntó.
“Si, ponele. Es el mejor lugar para empezar.”, le dije.
Tomó un sorbito de su cortado en jarrito y pensó un momento, como animándose por fin a contárselo a alguien. Ahí entendí inmediatamente, casi instintivamente, que mi trabajo no era sólo el de escucharla. Era el de ser comprensivo también.
“A ver, arrancó todo hace dos años. Ya sé, si… dos años casi exactos, porque fue cuando se nos inundó el consultorio, te acordás?”
Asentí, “Si, me habías dicho. Lo de la cañería del de arriba.”
“Claro. Bueno, cuestión que se nos jodieron, entre otras cosas, unos tomacorrientes de una parte del consultorio, la de Lilita. Con el agua y eso. Así que Emiliano llamó a un pibe que conocía él, un tal Martín, que es electricista y había venido algunas veces a casa a hacer algún arreglo. Viste como es Emi con la gente que tiene que meterse en casa por algo, si no es de confianza…”
“Si, la debe estar pasando bárbaro ahora tu marido me imagino”, le tiré el chiste.
“Ah, pero sos un pelotudo…”, me dijo, pero se rió. Era lo que yo quería.
“Seguí, dale. Lo tenía que decir”, le dije.
“Cuestión que Emi le dijo a éste electricista que fuera al consultorio a revisar y a cambiar los tomas.”, siguió Cristina.
“Le diste a un pibe en el consultorio?”, pregunté asombrado. Cris se rió.
“No, tarado… éste Martín fue, revisó todo, dijo lo que había que cambiar, cuánto iba a salir más o menos y bueno ahí ya le dije que sí, que volviera cuanto antes porque Lilita casi que no tenía luz en su parte.”
Me sonreí, “Y ahí le echaste el ojo a éste Martín?”
La ví que se sonrió un poco, “Bueno, si. Se me fue la vista un poco, no te voy a mentir. Pero no hice nada. Lo dejé que revisara, que laburara. No estuvo mucho tiempo, habrá estado quince minutos, más no.”
“Pará, ahí ya estabas pensando en volteartelo?”, le pregunté.
Cris tardó un poquito en responderme, “Sssssi y no? No sé. Yo en ese momento estaba pasada de calentura, Murcie. Por todo. Por la poca bola que me daba Emi, porque hacía más de dos meses que no me tocaba un pelo, que no hacíamos nada, viste. Si, la vista se me fue un poco. Un poco bastante, pero Martín no se dió cuenta.”
“Cómo es el tipo?”, le pregunté.
“Electricista, no sé. Normal. Nada del otro mundo. Lindo pelo tiene, un poquito largo. Tiene 32 años, tenía 30 en ese entonces. Pibe normal, lindo.”
“Okey, pensé que me ibas a decir que había caído George Clooney a revisarte los tomas”, le dije.
Se rió, “No, nada que ver. Ojalá! Nah, normal. Simpático hasta ahí, cordial.”
“Él te tiró algo? Te tiró alguna que te dió pie a vos a algo?”, le pregunté.
“No, nada que ver. Correcto el pibe. Para mi que ni se fijó en mí. Como yo estaba, con el guardapolvo y eso. Para mi ni se fijó en mí.”
“Bueno y entonces?”
“Entonces volvió dos días después, antes del mediodía y se puso a laburar, arreglando y cambiando los tomas”, me dijo Cristina, “Ya ahí con mas tiempo yo me hacía la boluda como que estaba haciendo cosas del consultorio, pero la verdad es que lo miraba al pibe”, largó una risita.
Yo tomé un sorbito de mi café, “Ya pensabas ahí que le querías dar?”
Ella suspiró, “Mirá… si te digo que no, te miento. Se me cruzaron un montón de cosas por la cabeza, pero como el pibe no ví que me miraba o que me dijera algo, medio que me contuve yo sola. Por ahí si lo notaba que me tiraba algo de onda, no sé… hubiese hecho algo ahí mismo. Pero te juro Murcie, me pasaba tanto por la cabeza en ese momento. Que el pibe estaba ahí, que estábamos los dos solos hasta que llegara Lilita, que era lindo… y por otro lado pensaba en Emi, en que no podía hacer lo que estaba pensando, que era una vergüenza…”
“.. me imagino”, asentí, “Así que por lo menos en ese momento no hiciste nada.”
“No”, me dijo, “Pero ahí decidí que si quería hacer algo. En algún momento. No sé, me resulta difícil de explicar. Como que me sobrepasó la calentura. Nunca me había sentido así. Viste, estar al borde de hacer algo así. Nunca había estado en esa situación.”
“Y qué hiciste?”
Me sonrió pícaramente, “Me la jugué, Murcie. Ahí en ese momento no iba a hacer nada, pero la verdad que el pibe me calentaba. Le dije que me diera su número así le avisaba porque había cosas de electricidad para hacer en casa también.”
Yo sonreí también, “Ah, te lo llevaste a casita.”
Ella sonrió más amplio todavía, “Si. Pobre. Se pensaba que era en serio. Encima yo tiré esa, que había cosas para arreglar, pero después que el pibe se fué me di cuenta… que mierda, no hay nada para arreglar en casa! Me puse a googlear como una boluda las cosas más comunes de electricidad que pueden pasar en un departamento. Así por lo menos tenía algo para mentirle un poco cuando fuera!”
“Msé… y fué?”
“Si, le escribí por Whatsapp un par de días después, a ver cuando podía venir a casa a revisar que la heladera a veces hacía ruido raro en el motor y bajaba la tensión… cualquiera, pero ya la iba a pilotear cuando estuviera ahí en casa. Quedamos que iba a ir en unos días a revisar. Pobre, me daba consejos hasta que él pudiera ir a revisar. Un amor. No sabés cómo estaba yo, Murcie. Mal. Re mal. Contando los días, jajaja!”
“Estabas pasada de ansiedad no?”, me reí.
“Ansiedad. Calentura. Miedo. Todo junto.”, se rió, “Estaba hecha un manojo de nervios. Pensaba que cuando el pibe fuera yo me iba a cagar en las patas de tenerlo ahí y no tirarle ninguna, nada de onda. Y si él no tiraba nada tampoco, no iba a pasar nada, iba a ser todo al pedo y yo iba a seguir igual. Todo mal esos días.”
“Pero fué, me imagino”, le hice una muequita.
“Si, fué”, sonrió Cristina.
“Y?”
“Y que? Tarado”, me frunció el ceño.
“Dale, boludaza, contame”, me reí.
“Que querés el play by play? Forro”, se sonrió un poco.
Yo me encogí de hombros, me tomé un sorbito de café, “Sabés que me gusta escribir, Cris. Los escritores vivimos y morimos por el detalle. Así que dale.”
“No sé, Murcie…” empezó, pero la atajé.
“Escuchame, no me voy a escandalizar, no me voy a ofender y no le voy a decir nada a nadie.”, le dije un poco seco, “A vos te parece que a ésta altura de mi vida, con todo lo que hice y lo que ví, algo de ésto me va a sobrepasar? No”, le dije, sabiendo que había que sacudirla un poco y animarla.
“Me da mucha vergüenza, Murcie…”, suspiró.
“Pedazo de boluda”, me reí, “Yo te ví esas veces que íbamos a la quinta de los abuelos de Germán y con las otras trolas de tus amiguitas…”, ella se empezó a reír sola porque ya sabía para donde estaba apuntando, yo también me reí, “... si, con las putas de tus amiguitas, la Flor, Andy, toda esa manga de putas, que ahora treinta años después se hacen las señoras, yo las veía que se iban a la pileta y se ponían las tangas esas que les desaparecían por el medio del orto. Así que no me jodas!”
Cristina se rió fuerte y tomó su café, más distendida, “Ay, sos un pelotudo…”
“Y vos una forra que te da vergüenza hablar conmigo”, le sonreí.
Se tomó un buen sorbo de su cortado y me empezó a contar, ya más relajada.
“Bueno, Martín me tocó el timbre temprano a la tarde ese día. Yo no me había vestido nada sugerente. Jean, remera, nada más. No quería insinuar nada.”
“Que boluda”, le dije.
“Que se yo.. Que no fuera tan evidente, eso pensé en ese momento. Bueno, el pibe subió, lo hice pasar. Pobre, se puso a revisar atrás de la heladera completamente al pedo. Me dió pena hacerlo laburar así, pero bueh… me dijo al final que no veía nada raro, que la heladera era bastante nueva. Pero que si a veces nos hacía bajar la tensión cuando arrancaba que si quería ponía una térmica más grande o algo así. Yo le dije que sí.”
“Todo al pedo”, me reí.
“Todo recontra al pedo, pero había que aparentar”, Cris se sonrió, “Mientras él laburaba ahí en la cocina donde tenemos todo el tablero le dije si no quería un café, que yo me iba a hacer uno. Me dijo que sí, gracias.”
Yo me reí, imaginándome la situación, “Y vos ahí ya te lo querías recontra garchar, me imagino…”
Cris se rió, “Boludo, estaba que volaba de nervios. De calentura. Todo. Sabés lo que era saber que estaba como al filo de todo en esos minutos… que si yo no hacía nada, no pasaba nada, pero que si yo hacía… por ahí si? Una excitación tenía adentro. Casi que me temblaban las manos.”
“Y entonces?”
“Bueno, terminó de poner la térmica nueva, me dijo que no iba a tener problemas con esa. Yo no entiendo nada, le decía todo que si, gracias. Ahí nos sentamos un toque en la mesita de la cocina, él en su silla, yo en la mía, tomando café, charlando. Más que nada de electricidad, de cosas de eso que no entiendo. Pero yo le decía a todo que sí, que interesante. Y me colgaba mirándolo a ver si captaba.”
Yo me reí, “Nena, el pibe estaba laburando. No iba a captar nada de eso. Es muy sutil. Con ojitos y miraditas nada más no ibas a lograr nada.”
“Si, ya sé. Me di cuenta. Pero… bueno… ahí fue cuando no aguanté más y me mandé.”, se rió.
“Te mandaste así nomás?”, me soprendí.
“No, sabés que pensé en ese momento? Te juro, en mis pacientes. Los de rehabilitación. Sabés que pensé? Que los veía después de esas rehabilitaciones largas, de lesiones jodidas, que por ahí estuvieron meses sin poder apoyar el pie y vos estás ahí ayudándolos y diciéndoles que ya está todo bien, que puede pisar lo más bien, que no va a sentir dolor ni nada… pero es más fuerte que ellos, el miedo a pisar y que duela, o a caerse.”
“Ah… si, me imagino”, le dije.
“Así que pensé en eso. Que era cuestión nada más de mandarse, pisar y tratar de caminar. Y si te caes, te caes. Te levantas y probás de nuevo. Pero si no probás…”
“No pasa nada”, asentí.
“Claro. Así que bueno, le empecé a llevar la charla. Le pregunté si tenía novia, me dijo que sí. Hablamos un poco de ella. Me dijo que vivía en San Fernando, vecina de él. Que tenía 26 años… bah, todo eso de la chica.”
Yo me reí, “Y ahí te agarró la culpa, no?”
Cristina se rió, “No, sabés que nada que ver? No se si habla muy bien de mí, pero la verdad me importaba tres carajos que tuviera novia, o que la pendeja ayudara huerfanitos en la iglesia o cualquier cosa que me dijera. El pibe estaba ahí conmigo. Si él no quería, bueno no quería, tampoco me iba a imponer o a abusar. Pero si quería, bueno que se cague la noviecita!”
“Ah, bueno. Querés que te pida otro vasito de moral?”, le tiré.
Cristina se rió, “Dale, bobo. Vos en esa situación no accionás, por más que la otra persona esté en pareja?”
“... no estamos hablando de mí”, le sonreí, “No vine a hablar de mí”
“Tarado.”
“Bueno, entonces?”
Cristina suspiró un poquito, pero sonrió, “Hablamos un poquito de eso. Yo lo quería llevar para el lado de que me sentía sola, que era verdad. Que él me diera pie para decir algo. Al final parece que ya había entrado un poco en confianza y me preguntó el. Si yo andaba bien. Creo que fue más que nada para quedar bien, viste? Como yo le había preguntado por su relación, él me preguntó por la mía. Pese a que es distinto el noviazgo de un matrimonio.”
“Sep.”
“Pero sí, me preguntó y le dije la posta. Que a veces sentía que era muy complicado, que no es fácil convivir, que a veces las parejas se distancian. No me quería pasar de rosca porque sabía que el pibe lo conocía a Emiliano. Por eso más que nada.”, me dijo.
“Y que dijo?”
“Nada. Me asentía con la cabeza. Tomaba su café. Me miraba un poco. No se si no se animaba o no me veía garchable o que…”, se rió.
“Hmm. Que situación, no?”, comenté, “Tiraste la línea y ningún pescadito mordió. Que momento.”
Cristina me asintió, “Bueno, seguimos charlando. Le pregunté si se tenía que ir, y si no que se tomara otro café conmigo, que me venía bien la compañía. Ahí medio que se dió cuenta. Lo noté que le cambió un poco la cara, el humor, no sé. Como que se dió cuenta que yo estaba tratando. Tratando algo.”
“Aha.”
“Pero bueno, como ahí quedó la cosa, mientras nos estaba haciendo el otro café, me daba vueltas la cabeza, no sabía qué decirle para lograr algo. No sé, cualquier cosa. Me parecía clarísimo que el pibe no se iba a jugar a hacer nada, o a decir nada. Ni sabía si quería.”
“Claro que quería, nena. Cualquier hombre querría en esa situación”, acote, “Pasa que por ahí le daba miedo mandarse así de una.”
Cristina asintió, “Si, algo así seguramente. Así que mientras estaba preparando el café, de espaldas a él, pensé… te juro… pensé, ma si. A la mierda. No aguanto más. Yo le tiro una bomba y que el pibe haga lo que quiera. Ya no aguantaba más la incertidumbre”, se rió.
“Uffff… que mierda habrás dicho…”
Cris me miró y sonrió, “Estábamos hablando de cómo llevaba mi matrimonio, los problemas y eso. Yo estaba esperando que hirviera el agua, medio que me giré un poco apenas y le tiré ‘Sabes cual es el gran problema mío, Martín? Que a mi me encanta chupar pijas, y a mi marido mucho no le gusta. Siempre me dijo que no lo hago bien’”.
Yo me empecé a desternillar de la risa. No porque no le creía a Cristina. Al contrario, le creí. Pero me imaginaba la situación, en esa cocina que yo conocía bien, y ésta hija de puta pasada de calentura directamente despachándose con eso al pibe.
“Naaaaah… sos una sarpada. Qué hizo el pibe?”, yo me seguía riendo con ella.
“Se quedó medio duro, no sabía qué contestar. Me dijo algo así medio balbuceando, tipo, ‘eh… uy… bueno… todos los matrimonios tienen problemas no?’ Algo así. Que amor.”, me contestó Cristina, “Ahí fue cuando sentí que se me fué un peso de encima, Murcie. Te lo juro. Como que internamente supe, me di cuenta, que si le podía tirar esa a un tipo que prácticamente ni conocía, que ya estaba. Los únicos límites que tenía eran los que yo misma me ponía, no otros.”
Yo asentí lentamente, dándome cuenta de la situación en la cabeza de Cristina en ese momento, “Nosotros somos los que mejor nos saboteamos”
“Claro, exacto”, me dijo, “Así que me senté con calma de nuevo a la mesa, le acerqué su cafecito, como si no le hubiese dicho esa barbaridad hacía treinta segundos. Como si fuese lo más natural del mundo. Ya el pibe me miraba de otra manera, viste? Y yo a él. Ya había chispitas”, se rió.
“Chispitas… que hija de puta, tenés quince años por dentro.”
Cris sonrió, “Me tomé un sorbito de café y le pregunté si a él le gustaba que se la chuparan. Me dijo que sí, claro. A todo el mundo le gusta. Le dije, ‘jajaja, bueno a mi marido creo que no’.”
“Pobre Emi…”, dije
“Pobre una mierda. Ni estaba pensando en él”, me dijo Cristina, “El pibe tomaba su café, mirándome, creo que recalculando todo en la cabeza, pobre.”
“Y que pasó?”
“Ahí nomás le pregunté si él estaba satisfecho con su novia en esa área en particular”, se rió.
“Espero que no con esos términos académicos…”, me sonreí.
“No, tarado. Le dije otra cosa”
“Cómo se lo preguntaste?”
“Y… naturalmente, de nuevo, como quien no quiere la cosa. Le dije, ‘Y a vos tu novia te la chupa bien?’. Ahí se rió un poco, ya entendiendo de qué venía la movida. Me dijo que sí, por suerte sí, no podía quejarse.”, dijo Cristina.
Yo me reí bajito, “Ayyy… te la dejó picando… que jugador…”
Cristina se rió y se inclinó un poco sobre la mesa, para hablar más bajito. De nuevo, no hacía ninguna falta, pero lo hizo igual, me dijo, “Ahí lo miré directamente y le dije que yo seguro la chupaba mejor. Que si quería le mostraba.”
“A la mierda, Cris…”, me sorprendí, “Y… entonces?”
Cristina miró a la mesa entre nosotros, pero la ví sonreír por lo bajo, “Y ahí… me levanté, fui donde estaba sentado él, me arrodillé y le dí una chupada de pija que en su vida se iba a olvidar.”, terminó con una sonrisita.
“Wow… increíble…”, solo pude comentar, ya imaginándome la escena, “Lo disfrutaste por lo menos? Te sacaste las ganas?”
“Si. Mucho. Ahí, mientras se lo estaba haciendo, como que se me derritió todo. Bah, no todo, un montón de cosas.”
“Cómo que se te derritió?”, le pregunté.
“Si, Murcie.. Toda la mierda que llevaba adentro, en la cabeza. Las dudas, la angustia, todo eso. Sabés lo importante que es para cualquier mujer sentirse deseada?”
“Seguro…”
“No digo amada. Amada está muy bien, es genial, es hermoso. Pero también deseada”, me dijo, “Cuando se pierde eso es re triste, y cuando se recupera es hermoso. Y yo en ese momento con la pija del pibe en la boca, me sentí deseada de nuevo. Cuando lo escuchaba gemir despacito por encima mío, cuando sentía como se le endurecía adentro de mi boca, cuando le sentí la mano acariciándome el pelo… ay Dios ....”, se rió.
“Bueno… wow… lo disfrutaste, veo.”, le sonreí.
“Muchísimo. Y él también.”, me dijo sonriente, “Así que bueno, estuve así un rato, re lindo, los dos lo disfrutamos. Pero yo quería más, así que lo miré y le dije si no quería coger, que yo tenía muchas ganas. Me dijo que sí, claro.”
“Así nomás…”
“Y si, Murcie… ya se habían roto las barreras…”, comentó y tomó un poquito de su cortado.
“Hmm. Si. Si una mamada no rompe barreras, que más las puede romper?”
“Rompe el hielo, seguro”, se rió.
Yo también tomé de mi café, tratando de no pensar mucho en la imagen de Cristina arrodillada en su cocina chupándole la verga al electricista, “Y… te lo cogiste ahí en la cocina?”
“No… fuimos al dormitorio. Nos sacamos más o menos la ropa, nos acostamos… y bueno…”
“ ‘Y bueno’ no, nena… contame, te gustó?”, le pregunté.
Ella sonrió dulcemente, “Sí, me encantó. Él se acostó y yo no aguanté y se la empecé a chupar de nuevo ahí. Me encantó la pija que tenía. Dura y rica. Nada que ver con la de Emi. No por lo dura, digo, no sé. Digo por el gusto, por la forma. Por saber que era de otro tipo, que yo estaba complaciendo a otro tipo, dándole placer, recibiendo placer de otro tipo… todo eso tenía en la cabeza.”

Cristina siguió, “Después de un rato me dijo que no aguantaba más, que me quería coger. Te juro que sentí un escalofrío de placer cuando lo escuché decir eso… digo, escuchar que otro tipo te desea así. Encima un pibe más joven, no sé. Pero me hizo vibrar. Obvio que le dije que sí.”
“Y ahí se dieron.. Que lindo…”, me sonreí.
“Si, nos sacamos toda la ropa y cogimos lindo. Re lindo. Yo noté que a él también lo excitaba estar con una mina que no era su novia. Se notaba. O por lo menos yo lo noté. Me dió lindo y parejo.”
“Perdón por la super pregunta, no? Pero, acabaste?”, me sonreí.
Cristina me devolvió la sonrisa, “Si, me sacó un orgasmo enorme. Re lindo. Sabés cuánto hacía que yo no disfrutaba así? Años.”
“Que bueno…”, suspiré, “Bueno, me alegro por vos.”
“Si, bueno, ahí medio que se complicó todo. O por lo menos lo sentí así en ese momento…”, me dijo y me dejó la frase inconclusa.
“Por qué se complicó? Que pasó?”, le pregunté, “Se puso pesado o algo así?”
Ella sonrió, “No! No, nada que ver, es un pibe re dulce, pero… bueno, la cosa es que me puso panza arriba y me entró a dar. El necesitaba acabar también, y yo la estaba pasando tan bien también…que… bueno, una cosa llevó a la otra… viste, en el vértigo del momento… yo ya ni sabía que decía entre gemidos… pero si me acuerdo que… bueno… no sé, Murcie, me da vergüenza, pero… le dije que me acabara adentro… viste.”, se encogió un poco de hombros, pero seguía con esa sonrisa en la cara.
“Ufff, Cris… medio jodido eso. Así sin forro ni nada… mirá si…”
Me interrumpió, “Si, ya sé todo eso, pero en ese momento no quería otra cosa. La verdad que no. Quería sentirlo acabarme adentro. Nada mas. Como que no me importaba nada más. Y si quedaba, quedaba y si no, no.”, frunció los hombros aún más.
“Entiendo, pero… es complicado, si.”, agregué.
“Claro que es complicado, pero en ese momento no lo pensás. Cuando lo sentí acabar, creo que casi me dió otro orgasmo a mí. Fue increíble. Dentro de mi cabeza era todo increíble”, sonrió.

Cris se quedó un momentito jugando con la cuchara en su cortado, mirando abajo a la nada, me dijo, “En ese momento tenía la cabeza que volaba de placer, el corazón que se me salía del pecho… y la conchi llena, Murcie. Llena de verga y semen de otro tipo. Que querías que pensara?”
“Nada, que se yo… tenés razón…”, le dije y asentí.
“No era momento de pensar. Era momento de sentir”, me dijo medio orgullosa.
“Y el pibe?”, le pregunté
Cris seguía sonriendo, “Nada. Acabó lindo él también, se me puso encima y nos besamos un rato. Me pidió perdón por la acabada, yo me cagué de risa, le dije que estaba todo bien, que no se preocupara. Charlamos un ratito asi, nos besuqueamos y tocamos un poco más, y al final nos vestimos, me saludó lo más bien y se fué.”
“Previo, claro, el típico ‘por favor no le digas nada a nadie’...”, dije pero me interrumpió.
“No, nada que ver. Ninguno de los dos dijimos nada de eso. Se sobreentendía.”, contestó ella.
“Pero ésto fue hace dos años”, le dije, “Fue esa vez y no lo viste mas?”
Cristina se rió, “No… si, lo vi varias veces más. Siempre en casa, cuando Emi no estaba. Yo le mandaba mensajes, arreglábamos para que viniera un rato a la tarde.. Y bueno…”
“Y bueno, queriendo decir, cogíamos…”, me reí.
“Como conejitos”, se rió ella.
“Cuántas veces más lo viste? O se vieron?”, le pregunté.
“No sé, habrán sido unos meses más. Martín no venía todas las semanas, nada que ver. Trabajaba mucho, yo también, y tenía que pasar que Emiliano no estuviera, viste. Pero nos arreglábamos. Nos habremos visto… no sé, los siguientes cuatro o cinco meses. Creo que vino a casa ocho o nueve veces en total. No mucho.”
“No mucho…”, exhalé, “Sabés lo que daríamos muchos de nosotros por coger ‘ocho o nueve veces’ nena…”
Ella me miró pícaramente, “No se de que te quejas, si vos tuviste a tu…”
La interrumpí, “No me lo recuerdes y de nuevo te digo que no vine a hablar de mí”, me reí.
“Que bobo que sos. Si es cierto!”
“Que sea cierto no quiere decir que se tenga que hablar del tema”, le sonreí, “Cómo la piloteaste con Emiliano ese tiempo que te veías con éste pibe?”
Cristina se encogió de hombros, “Las primeras veces, la verdad mal. Nunca se enteró, nunca le dije, pero los mambos en la cabeza eran míos. Vivía perseguida, a ver si notaba algo distinto en mi, si me habría quedado alguna marca, o si se me escapaba decir algo, todo eso. Después con el tiempo me di cuenta… que boluda… si el motivo por el cual había pasado todo ésto era justamente que Emi no me daba bola. Que se iba a fijar? Que iba a notar?”
“Hmm. Si.”
“Ahí fue cuando dije, chau loco. Ya fue. Para que me voy a preocupar tanto a ver si algún detallito se nota, si éste salame no le da bola a nada.”, dijo medio con tristeza, “Ahí fue cuando interiormente me solté.”
“Te soltaste cómo?”, le pregunté.
“Y soltarme en el sentido que dejé de preocuparme si Emiliano se enteraba. Dejé de perseguirme, de paranoiquearme sola. Si pasaba en algún momento, pasaba y ya lidiaría con eso en ese momento. Pero hasta que no pasara… yo estaba disfrutando de otro tipo que me quería, o por lo menos que me deseaba, que era lo que yo necesitaba. Emiliano que se joda, la verdad.”
“Medio duro, bichi”, acoté.
“Si, puede ser, pero yo ya estaba mentalmente fuera de ese matrimonio, Murcie”, me dijo, “Para qué hacerse problema por algo que yo sabía que tenía fecha de vencimiento? Para que sufrir? Mejor disfrutar. Y si el precio de mi placer y mi felicidad era hacerlo cornudo a Emiliano, bueno, lo pagaba gustosa. De hecho lo sigo pagando, más que gustosa.”
“Uy, dio…”, dije.
“Que?”
“Hay más…”, la miré.
Cristina me miró como quien mira a un boludo. Me dijo lisa y llanamente, “Varios más, Murcie. Si ésto con Martín pasó hace dos años ya. Que te pensas que me la pasé jugando a las cartas todo éste tiempo?”
“Claro, si… descubriste que la pasabas bien… y seguiste…”, dije. No a ella. A nadie.
“Exacto. Si hay algo que descubrí en éste tiempo, es que hacer ésto me gusta. Me gusta mucho, Murcie. Que se yo… cogerme a tipos así… siempre que se da, me hace bien. Me hace feliz. Eso descubrí de mí.”
“Eso descubriste? Que te hace feliz cornear a tu marido?”, le pregunté, con toda la confianza que nos teníamos.
“No, que me hace feliz sentirme la puta de tipos así random, Murcie.”, me dijo ella, también con toda la confianza.
Yo la miré, nos miramos. Llamé a la chica que atendía para que nos trajera otros dos cafés. Iba a ser una larga charla, me imaginaba. No iba a volver a casa a horario.
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