((Hola. Volviendo al ruedo después de mucho tiempo de no escribir. Realmente no tenía nada, cero ideas, cero historias más allá de las que ya había relatado. Pero a veces la vida se encarga de acercarle material a uno.
Este relato me lo contaron a su vez a mí, desde la propia fuente, durante un período de unos cuatro a seis meses atrás. Es 100% real y lo transcribo, con autorización de la protagonista, con ciertas licencias artísticas para que quede bien como relato, y con los cambios obligatorios: Los nombres y los lugares fueron cambiados. Pero eso es todo.
Me lo relató la propia protagonista, mi amiga de toda la vida, Cristina. No tuvo por qué mentirme y de hecho yo se que todo lo que me contó es cierto porque fue verificado por otros hechos secundarios que ocurrieron durante todo el tiempo que cubre el relato, que yo sabía o intuía antes de saber todo ésto, y además fue verificado por una tercera persona, una amiga en común, quien no tiene nada que ver con el relato pero si me verificó muchas cosas del mismo que ella sabía por su parte.
Es un relato de cómo la vida a veces cambia a la gente. O si lo quieren interpretar de otra manera, como la vida a veces permite a la gente ser lo que siempre fue. Queda a criterio de ustedes. Ciertamente se puede interpretar de las dos maneras. Las imágenes son de una modelo muy parecida físicamente a Cristina.
Espero que lo disfruten.
– M77.))
—
1. Lo que no sabes, no te molesta. O al menos, no debería.
Todo empezó a principios de Agosto de 2025. Fue cuando me empecé a enterar. Yo, Murciélagos, como autor o más bien relator de ésta historia. Por suerte yo no soy el protagonista, ni siquiera actor de reparto.
El lugar: Un asado con amigos. En la casa de uno de ellos. Me acuerdo que pese al frío que hacía en esa época nos juntamos un sábado a la noche y se dió que la temperatura ayudó bastante.
Con mis amigos y amigas solemos juntarnos seguido, cuando se puede, para asados o alguna que otra reunión. Somos el grupo de la secundaria que quedamos relacionados (casi) todos y nos vemos seguido. Se que a mucha gente no le pasa. Mucha gente termina la secundaria y se despide de ese grupo de amigos y compañeros, quizás se queda relacionado con uno o dos y no más. Pero nosotros no. Quedamos un grupo de más o menos ocho, diez, que nos vemos muy seguido. Vivimos casi todos cerca, lo cual ayuda, y cuando no nos juntamos personalmente siempre tenemos nuestro grupo de Whatsapp vivo y coleando.
A ese asado, después de dos o tres faltazos, cayó nuestra amiga Cristina. Compañera nuestra de la secundaria, amiga de todos. Una más del grupo desde siempre. Me puse contento cuando vino porque siempre la pasamos bárbaro cuando viene. Se extraña cuando no está, pese a que no es una mina de esas extrovertidas o charlatanas, ni mucho menos. Es nada más ni nada menos una parte importante de nuestro grupo, como todos los demás.
Cristina tiene casi un año menos que la mayoría de nosotros. Tenía 41 en la época de ese asado. Por unas pocas semanas casi que le correspondía estar en otro curso, en un año anterior al nuestro, pero tuvimos suerte y estuvo siempre con nosotros. Cris no es de esas mujeres despampanantes, que los tipos se dan vuelta por la calle para mirar, no. Pero para mi siempre fue una linda mina. Normal, agradable, un poco tímida con quienes no conoce, pero super abierta una vez que sos amigo y entrás en confianza. Es una flaca alta y delgada, morocha de pelo bien negro, pero palidita de piel. Nunca fue una mujer voluptuosa, de esas con pechos y culo enormes, nada de eso. Siempre fue flaca, bien formada pese a que no hace mucho ejercicio más que salir a correr de vez en cuando.

Cristina es fisioterapeuta, especializada en medicina del deporte. Le va muy bien, siempre le fue bien profesionalmente. Tiene su propio consultorio que comparte en sociedad con otra amiga fisioterapeuta, a quien conoció en la facultad. Y para ganarse algo extra, y por ganas, trabaja también en un hospital. Se había casado a los 29 años con un tipo, Marcos, que era productor de seguros. No era de nuestro grupo. Lo había conocido una vez cuando fue a bailar con unas amigas. La verdad es que no tuvieron un buen matrimonio. Nada grave, nada de violencia, abuso y esas cosas, pero realmente no se llevaron bien una vez que se casaron. Eran personalidades muy distintas y chocantes entre sí. De hecho duraron tres años nada más. A los 32, Cristina se divorció de Marcos y por suerte no llegaron a tener hijos.
A los 35 Cristina conoció a su actual marido, Emiliano. El está en la parte administrativa de una empresa de hoteles, con un cargo similar a gerente regional para una parte de Argentina. Y están casados desde entonces, ya siete años. Seis, al momento que Cristina me comenzó a contar todo. Siempre me cayó bien Emiliano, desde que lo conocimos y empezó a venir a las reuniones como marido de Cristina. Se integró bien al grupo y se hizo amigo. Todo bien con él y Cristina estaba feliz.
O al menos eso era lo que yo pensaba. Lo que pensabamos todos.
De vuelta a esa noche del asado. Por supuesto que me alegré de verla, reintegrándose a uno de nuestros asados después de haber pegado el faltazo un par de veces. Hacía más de cuatro meses que no la veía. Ella estaba en nuestro grupo de Whatsapp, hablaba siempre, pero no era lo mismo.
La saludé. Abrazo y beso en la mejilla, mientras me cuidaba de no volcar el vaso de vino que yo tenía en la mano y los demás estaban sentados a la mesa o desperdigados por el lugar.
“Qué hacés, locura? Viniste por fin…”, le dije
Cristina sonrió, “Siii, que bueno que pude! Cómo estás?”
“Bien y usted?”
“Bien, ahí. Laburando.”
“Y coso no vino?”, le pregunté.
Ella sacudió suavemente la cabeza, “Nah, se quedó en casa. Está con unos temas. Bah, estamos.”
“Pasó algo?”, le pregunté un poco más seriamente.
Cristina me tiró una sonrisa de esas descartables, que se usan una vez para aparentar algo y no las podés usar de nuevo. Yo no se la creí. Creo que ni ella se la creyó, pero se la puso en la cara igual, “No, nada. Quilombos de laburo, lo de siempre. Se va ahora a Mendoza mañana. Tienen unos temas ahí que ni te cuento.”
“Uh, bueh.”
La dejé ir a seguir saludando a todos. Parecía normal. En la superficie era todo normal. Pero Cristina y yo siempre tuvimos buena onda y mucha confianza. Durante la secundaria y ahora también. Siempre. Yo no podía dejar de pensar, o intuir, que le estaba pasando algo. No era la misma, por más que se presentaba igual que siempre. No dijo nada fuera de lugar, no hizo nada extraño, pero a veces las personas se sienten distintas y esa noche Cristina era otra. Esa noche Cristina era un frasco en un estante, que toda la vida, años y años, entrás a la cocina y lo ves siempre en el mismo lugar… y de repente un día lo ves movido unos centímetros a la izquierda o a la derecha. Algo pasó para que su frasco se moviera.
Dejé de pensar en todo eso y me dediqué a compartir el asado con los demás. La pasamos bien. Comimos bien. Nos cagamos de risa. Como siempre.
A eso de las dos de la mañana ya estábamos todos bastante desperdigados por la casa, bien comidos y bien tomados. Bajé al baño y al salir la vi sentada en uno de los sillones, sola, tipeando algo en su celu. Me senté al lado y me sonrió.
“Qué hacés bichi”, me dijo sin dejar de mirar su Whatsapp.
“Nada, cansado. Comí mucho”, le dije. Era verdad.
“Mmm. Sip. Yo también.”
“Che, escuchame… ahora que estamos solos un ratito, me querés contar?”
“Contar que?”, me miró.
“Contar que te está pasando. Estás rara.”, le dije.
“Rara cómo?”, se sonrió.
“No sé. Rara. A ver, todo bien si.. que se yo… si es algo personal. No me corresponde saber, lo entiendo, pero no me jodas, algo pasa. O te pasa.”, le dije.
Se lo dije bien, en buen tono, en el tono que siempre usabamos con el otro cuando nos dejabamos de joder quince segundos y teníamos que hablar de algo importante. Y lo captó enseguida. Suspiró y dió vuelta el teléfono, pantalla para abajo sobre sus piernas.
“No es que no te quiero contar. Es que no se”, me dijo.
“No sabés que?”
“No se si puedo, o si debo.”
“Uh, la puta madre… dale…”, resoplé. No hacía falta agregarle el ‘si no tenés confianza conmigo’. Ya lo sabía. Los dos sabíamos que la teníamos. “Que pasó? Que cagada te mandaste?”
“Murcie…”
“No me digas que necesitas guita, porque si vos necesitas guita que mierda nos queda a nosotros…”, le tiré. Se rió bajito.
“No, no es eso. Mirá…”, me dijo y me miró un par de segundos a los ojos, como animándose a largarse, “Mirá, estoy teniendo unos problemas de pareja con Emi. Hace tiempo ya”.
“Okey…”, le dije
“Nada super grave, viste, pero… bueh, son problemas”
“Alguna que te mandaste vos? O él? O… problemas nada mas?”, le pregunté.
Suspiró de nuevo y sin dejar de mirarme me dijo, “No… una que me mandé yo.”
“Ah, okey.”, asentí.
“Eh… unasssss… en realidad”, completó.
“Unassss? Plural?”, me sorprendí un poco.
“Si.”
“Me querés contar? Se puede contar?”
“Ay, no sé, Murcie…”
La frené, “Dale, pelotuda. Si necesitas hablar con alguien, acá estoy.”
“Si, ya sé”, me sonrió y asintió.
“Pensás que te voy a juzgar por algo? Si me chupa un huevo…”
“No, ya sé, no es eso.”
“Y entonces?”
“Es que me da vergüenza”, se rió bajito. Yo también.
“Que boluda!”
“No, en serio.”
“Qué te voy a decir?”, le dije, “Que pensás, que me voy a asustar por algo? A ofender? O que le voy a decir algo a Emi?”
“No, ya sé que no…”
“Bueno, mirá”, le dije, pensando que ya había perdido bastante tiempo tratando de convencerla para que hablara, “Vos sabés que yo estoy si necesitas algo o hablar con alguien, okey? Porque lo sabés”, me levanté del sillón, “Mejor me vuelvo arriba a ver si se piensan que estamos chapando…”
Ahí fue cuando sentí su mano en mi antebrazo, reteniéndome sin hacer presión, “No, pará Murcie… pará, sentate. Dale.”
Y ahí en ese sillón, mientras nuestros amigos estaban haciendo la sobremesa del asado arriba, fue cuando nos quedamos charlando y me empezó a contar todo.
Con dos medios vasos de vino en nuestras manos, y mientras de vez en cuando escuchábamos a los demás reírse en el piso de arriba en la sobremesa, Cristina me empezó a contar. Desde el principio.
El tema era mucho más viejo, más problemático y, a decir verdad, más bizarro que lo que yo esperaba. La primera cosa que se me vino a la mente, casi por instinto, era que Cristina por ahí se había besuqueado con algún tipo, o andaría chateando con alguno. Algo así. Quizás alguna vez que salió a tomar algo con alguna amiga alguna noche. Algo asi. Touch and go, que le dicen. Pero no. Cristina me empezó a contar la historia, con algunos detalles, y yo no podía hacer más que escucharla, sin animarme a meter mucho bocado.
Me dijo que todo había empezado, increíblemente, hacía como dos años ya. Me pareció inusual que hubiera pasado tanto tiempo desde ese entonces sin que nada hubiera salido a la luz, que no nos hubiéramos dado cuenta, que mantuvo ésto tras bambalinas por dos años, pero bueno. Se ve que Cristina sabía cómo mantener la discreción.
Me dijo que hacía un poco más de dos años, que hubo un momento de crisis. Un momento en el que, según ella, se le juntó todo. Todo de golpe, como suele pasar con éstas cosas.
Por un lado, Cristina ya tenía 41 años. Hacía mucho tiempo ya, me dijo, que íntimamente quería tener un bebé. Emiliano no quería saber nada y ella, por no causar problemas de pareja, decidió aceptar eso. Pero ese tipo de cosas por más que una mujer lo decida aceptar intelectualmente, me dijo, no significa que afectiva o sentimentalmente también lo acepte. Me dijo que vivió un par de años casi torturada diariamente por esas ganas, sabiendo que el reloj no sólo le jugaba absolutamente en contra, sino que quizás ya el partido había terminado y no habría nada para hacer, por su edad.
Ese era el punto uno. El punto dos era quizás más punzante. Su matrimonio con Emiliano, seguramente en gran parte por causa del punto uno, se había vuelto bastante menos que perfecto. Me dijo que habían perdido la comunicación. Que ella, entre su consultorio y el hospital, más las tareas de la casa… y él, absorbido por los constantes temas de los hoteles y los viajes que tenía que hacer seguido… los dos habían como perdido el día a día de la convivencia. Del saberse con el otro y que el otro está. Ya prácticamente no tenían sexo, y cuando lo hacían a veces, me dijo bastante apenada, como de compromiso. Ella lo disfrutaba, breve y físicamente, si, pero no había más nada detrás de eso. Nada mas que el hecho del sexo físico en sí. De la sensación de placer fugaz. No era que había dejado de querer a su marido, y ella no pensaba que él la había dejado de querer. Pero sí se dió cuenta que en algún momento en esos años, sin saber cuándo ni cómo, habían pasado de amarse a quererse. Y de quererse a meramente convivir. O al menos ella lo sentía así.
Le pregunté si había hablado todo ésto con Emiliano. Me dijo que algunas cosas sí, otras no. El tema de tener un bebé era algo que inicialmente ella mencionaba más seguido, pero al ver cómo Emi se negaba, o no quería saber nada con hablar del tema, poco a poco sencillamente dejó de considerarlo como un tema de conversación, prefiriendo tragárselo y dejárselo adentro. Interiorizarlo para no causar problemas.
Y sobre el tema de cómo se sentían ya ellos, como pareja, me dijo que ni lo habló. Que le parecía al pedo hablarlo. Que no era algo solucionable, o que al menos ella no veía a su marido con la capacidad, las ganas o el tiempo como para solucionarlo.
Ahí me encogí de hombros. Yo, justamente yo, no soy ni de lejos el más indicado para aconsejarle a nadie como actuar y qué hacer para solucionar temas de pareja. Bastantes cagadas me he mandado yo también en mi vida, así que hubiese sido totalmente de hipócrita tirarle a Cristina en ese momento las soluciones comunes, como “terapia de pareja”, “dedíquense a ustedes mismos tiempo para estar juntos”, “hagan más cosas juntos”... directo del manual básico. No me dió como para tirar esas cosas, nada mas le asentía y escuchaba.
Nos quedamos un momento en silencio, tomando nuestros vinos, hasta que le hablé.
“Cris, no es que estoy menospreciando todo ésto que me dijiste. Son problemas. Pero boluda, la verdad que me lo vendiste como algo catastrófico que te daba vergüenza y… que se yo, son cosas de pareja que le pasan a todo el mundo.”
Ella se rió, “Si, bueno, no termina ahí, Murcie. Esa es nada más la intro.”
“Eh?”, me sorprendí. La miré. Me miró. Se sonreía la guacha.
“Si, hay mas.”
“Como qué, a ver?”
La vi que se sonrió y se inclinó para susurrarme al oído. No hacía falta. Estábamos solos ahí abajo en el sillón, no había nadie más, estaban todos arriba. Estas pelotudeces que siempre hizo y siempre va a hacer porque era Cristina y era así. La escuche que me dijo al oído.
“... hace un par de años que me estoy acostando con otros tipos. Pero no digas nada, okey? En serio.”
La miré cuando se incorporó de nuevo y se tomó un traguito de vino, “En serio?”
Ella asintió.
“Vos?”, le dije, incrédulo.
Se rió, “Si, yo. Como lo oís.”
“A la mierda.”, fue lo único que atiné a decir. Cristina se rió de nuevo. “Mirá vos, la salvajita.”
“Viste”, me dijo, mitad con cierto orgullo y mitad con cierta incredulidad ella también.
“Y quienes son?”, le pregunté.
Se encogió un poco de hombros, “No los conocés.”
Yo me reí, “Y no, me imagino que no los conozco porque si me decís que te estuviste cogiendo a Miki o al Rengo, me voy a la mierda ya.”
Se rió y me pegó suavecito en el brazo, “Ay, Murcie! Dejate de joder!”
“Dale, quienes son? Que, salís por ahí? Como hacés?”, le pregunté.
Sacudió la cabeza, “No. Son tipos.”
“Tipos. Hmm.”
“Tipos que vienen a casa.”, me dijo mirándome, “Cuando Emi no está.”
Me sorprendí un poco, “Cómo ‘tipos que vienen a casa’? Que decís?”
“Que, te jode?”
“No, no me jode, pero no lo entiendo y no me lo imagino”, le dije la verdad. Realmente me costaba imaginarme justamente a Cristina haciendo eso. La timidona, la doctora, la simpática, la que nunca había hecho nada raro. Recibiendo tipos en su casa para que se la cogieran. Si es que realmente era verdad lo que me decía, pero Cristina nunca fue de mentir.
A ver, es necesario hacer una pausa acá. Yo soy hombre y como es sabido, el hombre es perfectamente capaz de cogerse al 80% de las mujeres que ve en cualquier momento. No está ni mal ni bien, es así. Asi que por supuesto podía “imaginarme” a una mina linda como Cristina siendo cogida por algún tipo. No pasaba por ahí. Nada más no podía en ese momento compatibilizar la imagen que yo siempre había tenido de Cristina, mi amiga de toda la vida, la de siempre, la compañera, la doctora, la casada, en esa situación. Si, por supuesto que yo como hombre y ella como mujer, en algún momento alguna le habré dedicado. Más que nada cuando éramos más chicos, cuando éramos compañeros. Se entiende. Pero una cosa es eso y otra cosa es… escuchar ésto de sus propios labios.
Cristina se ocupó de sacarme ella misma de mis pensamientos, “Tipos, Murcie. Tipos que vienen a casa y… bueno.”
“Pero qué tipos, boluda?! Quien, tu cuñado? El ferretero de la otra cuadra? El embajador de Italia? Quien?”
“Ay, Murcie. TIPOS. Que importa?”, me dijo.
“Si importa. Porque no es lo mismo ‘me cogí a mi cuñado’, que dentro de todo es más normal de lo que uno cree, y otra cosa es ‘me cogí al sindicato de camioneros entero en una tarde’”, le dije. No se rió. “Los detalles importan.”
“Oíme, vos querés saber porque te importa? O querés saber de chusma?”, me preguntó.
“Porque me importa!”, le dije.
“Aha… seh.”
“Bueno, las dos cosas.”, le sonreí.
“Sos un tarado. Ves que no se te puede contar nada…”, refunfuñó.
Le puse una mano en el antebrazo y se lo apreté, le sonreí, “Dale, boluda. En serio. Sabés que me importa y me importás. Pero bueno, entendé que me estoy desayunando con todo ésto ahora.”
“Hmm…”
“Contame”, le dije.
“Que cosa?”
“Lo que quieras. Algo. No se. Me imagino que sé por qué lo hiciste, pero cómo empezaste? Pará, Emiliano sabe?”
Sacudió la cabeza, “No, obvio que no.”
“Okey… y le vas a decir en algún momento?”
“No se. No creo.”, suspiró, “No tengo idea donde va a terminar ésto. A veces… no quiero ni pensar.”
“Te sentís como que tenés la obligación de decirle?”, le pregunté.
La vi pensar un momento, al final me dijo, “No. Obligación no. Que se yo. Es algo mío que lo hago porque quiero.”
“Dijiste ‘lo hago’”, la interrumpí, “O sea… si entiendo bien, es algo que sigue pasando… ahora… la semana pasada, o la otra… no es algo que pasó algunas veces… es… algo continuo…”
Me asintió con la cabeza y tomó un poco más de su vino, “Seguido, si.”
“A la mierda”
Nos quedamos callados unos momentos ahí, ella finalmente habló, “Murcie, es… así. Lo hago porque quiero y porque puedo. Está mal?”
Yo me encogí de hombros, “No se. Te dije que no te iba a juzgar.”
“No como juicio”
“Entonces no sé. No creo. Yo no lo haría, pero tampoco te culpo, que se yo. No se que decirte, bichi”, le respondí, “No tengo la altura moral para decirle nada a nadie de qué hacer con su vida. Si te puedo decir que te compraste… o te estás comprando… un flor de quilombo que seguramente no termine bien.”
“Por?”
“Y porque en algún momento Emiliano se va a enterar, o vos misma no vas a aguantar más y se lo vas a decir, de culposa nomás, y ahí se va todo al tacho.”, le respondí honestamente lo que pensaba, “No es algo rescatable ésto. Al menos por lo poco que sé. Lo que me contaste. No es algo de lo que se vuelve. Si pretendes tener un matrimonio después de ésto, Cris… no sé cómo vas a hacer.”
Suspiró, “Ni sé que pretendo, Murcie.Tenés razón. A ver, lo lógico es que si Emiliano se entera, ahí se termina todo. Pero bueno, hasta que se entere…”
“Lo vas a seguir haciendo…”
“Y… si? Por qué tengo que parar? Si me gusta? De nuevo, está mal?”
“No. No sé.”, le dije y tomé de mi vino.
“Bueno si no está mal, entonces para qué voy a parar?”, me preguntó.
“Que boluda! Si te digo que sí, que está mal, que… vas a parar? No, ni en pedo. Seguirías haciéndolo y todavía más culposa, porque sabés que hay gente que te dijo que estaba mal. Entonces para qué preguntás, si no te importa la respuesta.”
Me miró y se rió bajito, “Sos un tarado.”
“Si. Y también tengo razón. Dale, contame algo. Cómo arrancó todo…”
Cristina me frenó, “No, pará, me da cosa acá con los chicos y todo…”
“Ufff…”
“No, en serio.”
“Bueh… como quieras. Querés que nos juntemos en la semana un dia? A la tardecita, vamos a tomar un café por ahí por tu casa, tranqui, y me contás.”
“Jajaja!”, se rió alegremente, “Como en los viejos tiempos!”
Yo también me reí, “Si. O no. Como vos quieras. Pero la verdad que me dejaste con la intriga y necesito saber que no estás haciendo cagadas. Digo, además de las cagadas que ya me contaste que venís haciendo”, le sonreí.
Ella se levantó, “Okey, vemos. Dale vamos arriba, volvamos.”
Y así volvimos al piso de arriba con el resto de nuestros amigos. Habremos estado menos de diez minutos abajo los dos solos, charlando todo ésto. Nadie nos dio bola ni cuando desaparecimos ni cuando volvimos. Estaban todos ocupados pasándola bien, como corresponde. Cristina se sentó en la mesa de nuevo y se sirvió más vino. Y yo también me senté, pero con la cabeza que me daba vueltas de éstas revelaciones.
Lo peor, pensé, era el misterio.
Este relato me lo contaron a su vez a mí, desde la propia fuente, durante un período de unos cuatro a seis meses atrás. Es 100% real y lo transcribo, con autorización de la protagonista, con ciertas licencias artísticas para que quede bien como relato, y con los cambios obligatorios: Los nombres y los lugares fueron cambiados. Pero eso es todo.
Me lo relató la propia protagonista, mi amiga de toda la vida, Cristina. No tuvo por qué mentirme y de hecho yo se que todo lo que me contó es cierto porque fue verificado por otros hechos secundarios que ocurrieron durante todo el tiempo que cubre el relato, que yo sabía o intuía antes de saber todo ésto, y además fue verificado por una tercera persona, una amiga en común, quien no tiene nada que ver con el relato pero si me verificó muchas cosas del mismo que ella sabía por su parte.
Es un relato de cómo la vida a veces cambia a la gente. O si lo quieren interpretar de otra manera, como la vida a veces permite a la gente ser lo que siempre fue. Queda a criterio de ustedes. Ciertamente se puede interpretar de las dos maneras. Las imágenes son de una modelo muy parecida físicamente a Cristina.
Espero que lo disfruten.
– M77.))
—
1. Lo que no sabes, no te molesta. O al menos, no debería.
Todo empezó a principios de Agosto de 2025. Fue cuando me empecé a enterar. Yo, Murciélagos, como autor o más bien relator de ésta historia. Por suerte yo no soy el protagonista, ni siquiera actor de reparto.
El lugar: Un asado con amigos. En la casa de uno de ellos. Me acuerdo que pese al frío que hacía en esa época nos juntamos un sábado a la noche y se dió que la temperatura ayudó bastante.
Con mis amigos y amigas solemos juntarnos seguido, cuando se puede, para asados o alguna que otra reunión. Somos el grupo de la secundaria que quedamos relacionados (casi) todos y nos vemos seguido. Se que a mucha gente no le pasa. Mucha gente termina la secundaria y se despide de ese grupo de amigos y compañeros, quizás se queda relacionado con uno o dos y no más. Pero nosotros no. Quedamos un grupo de más o menos ocho, diez, que nos vemos muy seguido. Vivimos casi todos cerca, lo cual ayuda, y cuando no nos juntamos personalmente siempre tenemos nuestro grupo de Whatsapp vivo y coleando.
A ese asado, después de dos o tres faltazos, cayó nuestra amiga Cristina. Compañera nuestra de la secundaria, amiga de todos. Una más del grupo desde siempre. Me puse contento cuando vino porque siempre la pasamos bárbaro cuando viene. Se extraña cuando no está, pese a que no es una mina de esas extrovertidas o charlatanas, ni mucho menos. Es nada más ni nada menos una parte importante de nuestro grupo, como todos los demás.
Cristina tiene casi un año menos que la mayoría de nosotros. Tenía 41 en la época de ese asado. Por unas pocas semanas casi que le correspondía estar en otro curso, en un año anterior al nuestro, pero tuvimos suerte y estuvo siempre con nosotros. Cris no es de esas mujeres despampanantes, que los tipos se dan vuelta por la calle para mirar, no. Pero para mi siempre fue una linda mina. Normal, agradable, un poco tímida con quienes no conoce, pero super abierta una vez que sos amigo y entrás en confianza. Es una flaca alta y delgada, morocha de pelo bien negro, pero palidita de piel. Nunca fue una mujer voluptuosa, de esas con pechos y culo enormes, nada de eso. Siempre fue flaca, bien formada pese a que no hace mucho ejercicio más que salir a correr de vez en cuando.

Cristina es fisioterapeuta, especializada en medicina del deporte. Le va muy bien, siempre le fue bien profesionalmente. Tiene su propio consultorio que comparte en sociedad con otra amiga fisioterapeuta, a quien conoció en la facultad. Y para ganarse algo extra, y por ganas, trabaja también en un hospital. Se había casado a los 29 años con un tipo, Marcos, que era productor de seguros. No era de nuestro grupo. Lo había conocido una vez cuando fue a bailar con unas amigas. La verdad es que no tuvieron un buen matrimonio. Nada grave, nada de violencia, abuso y esas cosas, pero realmente no se llevaron bien una vez que se casaron. Eran personalidades muy distintas y chocantes entre sí. De hecho duraron tres años nada más. A los 32, Cristina se divorció de Marcos y por suerte no llegaron a tener hijos.
A los 35 Cristina conoció a su actual marido, Emiliano. El está en la parte administrativa de una empresa de hoteles, con un cargo similar a gerente regional para una parte de Argentina. Y están casados desde entonces, ya siete años. Seis, al momento que Cristina me comenzó a contar todo. Siempre me cayó bien Emiliano, desde que lo conocimos y empezó a venir a las reuniones como marido de Cristina. Se integró bien al grupo y se hizo amigo. Todo bien con él y Cristina estaba feliz.
O al menos eso era lo que yo pensaba. Lo que pensabamos todos.
De vuelta a esa noche del asado. Por supuesto que me alegré de verla, reintegrándose a uno de nuestros asados después de haber pegado el faltazo un par de veces. Hacía más de cuatro meses que no la veía. Ella estaba en nuestro grupo de Whatsapp, hablaba siempre, pero no era lo mismo.
La saludé. Abrazo y beso en la mejilla, mientras me cuidaba de no volcar el vaso de vino que yo tenía en la mano y los demás estaban sentados a la mesa o desperdigados por el lugar.
“Qué hacés, locura? Viniste por fin…”, le dije
Cristina sonrió, “Siii, que bueno que pude! Cómo estás?”
“Bien y usted?”
“Bien, ahí. Laburando.”
“Y coso no vino?”, le pregunté.
Ella sacudió suavemente la cabeza, “Nah, se quedó en casa. Está con unos temas. Bah, estamos.”
“Pasó algo?”, le pregunté un poco más seriamente.
Cristina me tiró una sonrisa de esas descartables, que se usan una vez para aparentar algo y no las podés usar de nuevo. Yo no se la creí. Creo que ni ella se la creyó, pero se la puso en la cara igual, “No, nada. Quilombos de laburo, lo de siempre. Se va ahora a Mendoza mañana. Tienen unos temas ahí que ni te cuento.”
“Uh, bueh.”
La dejé ir a seguir saludando a todos. Parecía normal. En la superficie era todo normal. Pero Cristina y yo siempre tuvimos buena onda y mucha confianza. Durante la secundaria y ahora también. Siempre. Yo no podía dejar de pensar, o intuir, que le estaba pasando algo. No era la misma, por más que se presentaba igual que siempre. No dijo nada fuera de lugar, no hizo nada extraño, pero a veces las personas se sienten distintas y esa noche Cristina era otra. Esa noche Cristina era un frasco en un estante, que toda la vida, años y años, entrás a la cocina y lo ves siempre en el mismo lugar… y de repente un día lo ves movido unos centímetros a la izquierda o a la derecha. Algo pasó para que su frasco se moviera.
Dejé de pensar en todo eso y me dediqué a compartir el asado con los demás. La pasamos bien. Comimos bien. Nos cagamos de risa. Como siempre.
A eso de las dos de la mañana ya estábamos todos bastante desperdigados por la casa, bien comidos y bien tomados. Bajé al baño y al salir la vi sentada en uno de los sillones, sola, tipeando algo en su celu. Me senté al lado y me sonrió.
“Qué hacés bichi”, me dijo sin dejar de mirar su Whatsapp.
“Nada, cansado. Comí mucho”, le dije. Era verdad.
“Mmm. Sip. Yo también.”
“Che, escuchame… ahora que estamos solos un ratito, me querés contar?”
“Contar que?”, me miró.
“Contar que te está pasando. Estás rara.”, le dije.
“Rara cómo?”, se sonrió.
“No sé. Rara. A ver, todo bien si.. que se yo… si es algo personal. No me corresponde saber, lo entiendo, pero no me jodas, algo pasa. O te pasa.”, le dije.
Se lo dije bien, en buen tono, en el tono que siempre usabamos con el otro cuando nos dejabamos de joder quince segundos y teníamos que hablar de algo importante. Y lo captó enseguida. Suspiró y dió vuelta el teléfono, pantalla para abajo sobre sus piernas.
“No es que no te quiero contar. Es que no se”, me dijo.
“No sabés que?”
“No se si puedo, o si debo.”
“Uh, la puta madre… dale…”, resoplé. No hacía falta agregarle el ‘si no tenés confianza conmigo’. Ya lo sabía. Los dos sabíamos que la teníamos. “Que pasó? Que cagada te mandaste?”
“Murcie…”
“No me digas que necesitas guita, porque si vos necesitas guita que mierda nos queda a nosotros…”, le tiré. Se rió bajito.
“No, no es eso. Mirá…”, me dijo y me miró un par de segundos a los ojos, como animándose a largarse, “Mirá, estoy teniendo unos problemas de pareja con Emi. Hace tiempo ya”.
“Okey…”, le dije
“Nada super grave, viste, pero… bueh, son problemas”
“Alguna que te mandaste vos? O él? O… problemas nada mas?”, le pregunté.
Suspiró de nuevo y sin dejar de mirarme me dijo, “No… una que me mandé yo.”
“Ah, okey.”, asentí.
“Eh… unasssss… en realidad”, completó.
“Unassss? Plural?”, me sorprendí un poco.
“Si.”
“Me querés contar? Se puede contar?”
“Ay, no sé, Murcie…”
La frené, “Dale, pelotuda. Si necesitas hablar con alguien, acá estoy.”
“Si, ya sé”, me sonrió y asintió.
“Pensás que te voy a juzgar por algo? Si me chupa un huevo…”
“No, ya sé, no es eso.”
“Y entonces?”
“Es que me da vergüenza”, se rió bajito. Yo también.
“Que boluda!”
“No, en serio.”
“Qué te voy a decir?”, le dije, “Que pensás, que me voy a asustar por algo? A ofender? O que le voy a decir algo a Emi?”
“No, ya sé que no…”
“Bueno, mirá”, le dije, pensando que ya había perdido bastante tiempo tratando de convencerla para que hablara, “Vos sabés que yo estoy si necesitas algo o hablar con alguien, okey? Porque lo sabés”, me levanté del sillón, “Mejor me vuelvo arriba a ver si se piensan que estamos chapando…”
Ahí fue cuando sentí su mano en mi antebrazo, reteniéndome sin hacer presión, “No, pará Murcie… pará, sentate. Dale.”
Y ahí en ese sillón, mientras nuestros amigos estaban haciendo la sobremesa del asado arriba, fue cuando nos quedamos charlando y me empezó a contar todo.
Con dos medios vasos de vino en nuestras manos, y mientras de vez en cuando escuchábamos a los demás reírse en el piso de arriba en la sobremesa, Cristina me empezó a contar. Desde el principio.
El tema era mucho más viejo, más problemático y, a decir verdad, más bizarro que lo que yo esperaba. La primera cosa que se me vino a la mente, casi por instinto, era que Cristina por ahí se había besuqueado con algún tipo, o andaría chateando con alguno. Algo así. Quizás alguna vez que salió a tomar algo con alguna amiga alguna noche. Algo asi. Touch and go, que le dicen. Pero no. Cristina me empezó a contar la historia, con algunos detalles, y yo no podía hacer más que escucharla, sin animarme a meter mucho bocado.
Me dijo que todo había empezado, increíblemente, hacía como dos años ya. Me pareció inusual que hubiera pasado tanto tiempo desde ese entonces sin que nada hubiera salido a la luz, que no nos hubiéramos dado cuenta, que mantuvo ésto tras bambalinas por dos años, pero bueno. Se ve que Cristina sabía cómo mantener la discreción.
Me dijo que hacía un poco más de dos años, que hubo un momento de crisis. Un momento en el que, según ella, se le juntó todo. Todo de golpe, como suele pasar con éstas cosas.
Por un lado, Cristina ya tenía 41 años. Hacía mucho tiempo ya, me dijo, que íntimamente quería tener un bebé. Emiliano no quería saber nada y ella, por no causar problemas de pareja, decidió aceptar eso. Pero ese tipo de cosas por más que una mujer lo decida aceptar intelectualmente, me dijo, no significa que afectiva o sentimentalmente también lo acepte. Me dijo que vivió un par de años casi torturada diariamente por esas ganas, sabiendo que el reloj no sólo le jugaba absolutamente en contra, sino que quizás ya el partido había terminado y no habría nada para hacer, por su edad.
Ese era el punto uno. El punto dos era quizás más punzante. Su matrimonio con Emiliano, seguramente en gran parte por causa del punto uno, se había vuelto bastante menos que perfecto. Me dijo que habían perdido la comunicación. Que ella, entre su consultorio y el hospital, más las tareas de la casa… y él, absorbido por los constantes temas de los hoteles y los viajes que tenía que hacer seguido… los dos habían como perdido el día a día de la convivencia. Del saberse con el otro y que el otro está. Ya prácticamente no tenían sexo, y cuando lo hacían a veces, me dijo bastante apenada, como de compromiso. Ella lo disfrutaba, breve y físicamente, si, pero no había más nada detrás de eso. Nada mas que el hecho del sexo físico en sí. De la sensación de placer fugaz. No era que había dejado de querer a su marido, y ella no pensaba que él la había dejado de querer. Pero sí se dió cuenta que en algún momento en esos años, sin saber cuándo ni cómo, habían pasado de amarse a quererse. Y de quererse a meramente convivir. O al menos ella lo sentía así.
Le pregunté si había hablado todo ésto con Emiliano. Me dijo que algunas cosas sí, otras no. El tema de tener un bebé era algo que inicialmente ella mencionaba más seguido, pero al ver cómo Emi se negaba, o no quería saber nada con hablar del tema, poco a poco sencillamente dejó de considerarlo como un tema de conversación, prefiriendo tragárselo y dejárselo adentro. Interiorizarlo para no causar problemas.
Y sobre el tema de cómo se sentían ya ellos, como pareja, me dijo que ni lo habló. Que le parecía al pedo hablarlo. Que no era algo solucionable, o que al menos ella no veía a su marido con la capacidad, las ganas o el tiempo como para solucionarlo.
Ahí me encogí de hombros. Yo, justamente yo, no soy ni de lejos el más indicado para aconsejarle a nadie como actuar y qué hacer para solucionar temas de pareja. Bastantes cagadas me he mandado yo también en mi vida, así que hubiese sido totalmente de hipócrita tirarle a Cristina en ese momento las soluciones comunes, como “terapia de pareja”, “dedíquense a ustedes mismos tiempo para estar juntos”, “hagan más cosas juntos”... directo del manual básico. No me dió como para tirar esas cosas, nada mas le asentía y escuchaba.
Nos quedamos un momento en silencio, tomando nuestros vinos, hasta que le hablé.
“Cris, no es que estoy menospreciando todo ésto que me dijiste. Son problemas. Pero boluda, la verdad que me lo vendiste como algo catastrófico que te daba vergüenza y… que se yo, son cosas de pareja que le pasan a todo el mundo.”
Ella se rió, “Si, bueno, no termina ahí, Murcie. Esa es nada más la intro.”
“Eh?”, me sorprendí. La miré. Me miró. Se sonreía la guacha.
“Si, hay mas.”
“Como qué, a ver?”
La vi que se sonrió y se inclinó para susurrarme al oído. No hacía falta. Estábamos solos ahí abajo en el sillón, no había nadie más, estaban todos arriba. Estas pelotudeces que siempre hizo y siempre va a hacer porque era Cristina y era así. La escuche que me dijo al oído.
“... hace un par de años que me estoy acostando con otros tipos. Pero no digas nada, okey? En serio.”
La miré cuando se incorporó de nuevo y se tomó un traguito de vino, “En serio?”
Ella asintió.
“Vos?”, le dije, incrédulo.
Se rió, “Si, yo. Como lo oís.”
“A la mierda.”, fue lo único que atiné a decir. Cristina se rió de nuevo. “Mirá vos, la salvajita.”
“Viste”, me dijo, mitad con cierto orgullo y mitad con cierta incredulidad ella también.
“Y quienes son?”, le pregunté.
Se encogió un poco de hombros, “No los conocés.”
Yo me reí, “Y no, me imagino que no los conozco porque si me decís que te estuviste cogiendo a Miki o al Rengo, me voy a la mierda ya.”
Se rió y me pegó suavecito en el brazo, “Ay, Murcie! Dejate de joder!”
“Dale, quienes son? Que, salís por ahí? Como hacés?”, le pregunté.
Sacudió la cabeza, “No. Son tipos.”
“Tipos. Hmm.”
“Tipos que vienen a casa.”, me dijo mirándome, “Cuando Emi no está.”
Me sorprendí un poco, “Cómo ‘tipos que vienen a casa’? Que decís?”
“Que, te jode?”
“No, no me jode, pero no lo entiendo y no me lo imagino”, le dije la verdad. Realmente me costaba imaginarme justamente a Cristina haciendo eso. La timidona, la doctora, la simpática, la que nunca había hecho nada raro. Recibiendo tipos en su casa para que se la cogieran. Si es que realmente era verdad lo que me decía, pero Cristina nunca fue de mentir.
A ver, es necesario hacer una pausa acá. Yo soy hombre y como es sabido, el hombre es perfectamente capaz de cogerse al 80% de las mujeres que ve en cualquier momento. No está ni mal ni bien, es así. Asi que por supuesto podía “imaginarme” a una mina linda como Cristina siendo cogida por algún tipo. No pasaba por ahí. Nada más no podía en ese momento compatibilizar la imagen que yo siempre había tenido de Cristina, mi amiga de toda la vida, la de siempre, la compañera, la doctora, la casada, en esa situación. Si, por supuesto que yo como hombre y ella como mujer, en algún momento alguna le habré dedicado. Más que nada cuando éramos más chicos, cuando éramos compañeros. Se entiende. Pero una cosa es eso y otra cosa es… escuchar ésto de sus propios labios.
Cristina se ocupó de sacarme ella misma de mis pensamientos, “Tipos, Murcie. Tipos que vienen a casa y… bueno.”
“Pero qué tipos, boluda?! Quien, tu cuñado? El ferretero de la otra cuadra? El embajador de Italia? Quien?”
“Ay, Murcie. TIPOS. Que importa?”, me dijo.
“Si importa. Porque no es lo mismo ‘me cogí a mi cuñado’, que dentro de todo es más normal de lo que uno cree, y otra cosa es ‘me cogí al sindicato de camioneros entero en una tarde’”, le dije. No se rió. “Los detalles importan.”
“Oíme, vos querés saber porque te importa? O querés saber de chusma?”, me preguntó.
“Porque me importa!”, le dije.
“Aha… seh.”
“Bueno, las dos cosas.”, le sonreí.
“Sos un tarado. Ves que no se te puede contar nada…”, refunfuñó.
Le puse una mano en el antebrazo y se lo apreté, le sonreí, “Dale, boluda. En serio. Sabés que me importa y me importás. Pero bueno, entendé que me estoy desayunando con todo ésto ahora.”
“Hmm…”
“Contame”, le dije.
“Que cosa?”
“Lo que quieras. Algo. No se. Me imagino que sé por qué lo hiciste, pero cómo empezaste? Pará, Emiliano sabe?”
Sacudió la cabeza, “No, obvio que no.”
“Okey… y le vas a decir en algún momento?”
“No se. No creo.”, suspiró, “No tengo idea donde va a terminar ésto. A veces… no quiero ni pensar.”
“Te sentís como que tenés la obligación de decirle?”, le pregunté.
La vi pensar un momento, al final me dijo, “No. Obligación no. Que se yo. Es algo mío que lo hago porque quiero.”
“Dijiste ‘lo hago’”, la interrumpí, “O sea… si entiendo bien, es algo que sigue pasando… ahora… la semana pasada, o la otra… no es algo que pasó algunas veces… es… algo continuo…”
Me asintió con la cabeza y tomó un poco más de su vino, “Seguido, si.”
“A la mierda”
Nos quedamos callados unos momentos ahí, ella finalmente habló, “Murcie, es… así. Lo hago porque quiero y porque puedo. Está mal?”
Yo me encogí de hombros, “No se. Te dije que no te iba a juzgar.”
“No como juicio”
“Entonces no sé. No creo. Yo no lo haría, pero tampoco te culpo, que se yo. No se que decirte, bichi”, le respondí, “No tengo la altura moral para decirle nada a nadie de qué hacer con su vida. Si te puedo decir que te compraste… o te estás comprando… un flor de quilombo que seguramente no termine bien.”
“Por?”
“Y porque en algún momento Emiliano se va a enterar, o vos misma no vas a aguantar más y se lo vas a decir, de culposa nomás, y ahí se va todo al tacho.”, le respondí honestamente lo que pensaba, “No es algo rescatable ésto. Al menos por lo poco que sé. Lo que me contaste. No es algo de lo que se vuelve. Si pretendes tener un matrimonio después de ésto, Cris… no sé cómo vas a hacer.”
Suspiró, “Ni sé que pretendo, Murcie.Tenés razón. A ver, lo lógico es que si Emiliano se entera, ahí se termina todo. Pero bueno, hasta que se entere…”
“Lo vas a seguir haciendo…”
“Y… si? Por qué tengo que parar? Si me gusta? De nuevo, está mal?”
“No. No sé.”, le dije y tomé de mi vino.
“Bueno si no está mal, entonces para qué voy a parar?”, me preguntó.
“Que boluda! Si te digo que sí, que está mal, que… vas a parar? No, ni en pedo. Seguirías haciéndolo y todavía más culposa, porque sabés que hay gente que te dijo que estaba mal. Entonces para qué preguntás, si no te importa la respuesta.”
Me miró y se rió bajito, “Sos un tarado.”
“Si. Y también tengo razón. Dale, contame algo. Cómo arrancó todo…”
Cristina me frenó, “No, pará, me da cosa acá con los chicos y todo…”
“Ufff…”
“No, en serio.”
“Bueh… como quieras. Querés que nos juntemos en la semana un dia? A la tardecita, vamos a tomar un café por ahí por tu casa, tranqui, y me contás.”
“Jajaja!”, se rió alegremente, “Como en los viejos tiempos!”
Yo también me reí, “Si. O no. Como vos quieras. Pero la verdad que me dejaste con la intriga y necesito saber que no estás haciendo cagadas. Digo, además de las cagadas que ya me contaste que venís haciendo”, le sonreí.
Ella se levantó, “Okey, vemos. Dale vamos arriba, volvamos.”
Y así volvimos al piso de arriba con el resto de nuestros amigos. Habremos estado menos de diez minutos abajo los dos solos, charlando todo ésto. Nadie nos dio bola ni cuando desaparecimos ni cuando volvimos. Estaban todos ocupados pasándola bien, como corresponde. Cristina se sentó en la mesa de nuevo y se sirvió más vino. Y yo también me senté, pero con la cabeza que me daba vueltas de éstas revelaciones.
Lo peor, pensé, era el misterio.
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