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De Mamá Cariñosa a Puta de mi Hijo.

La tarde en Rosario se sentía como un horno lento. Pasaban de las 6:30 PM y el sol bajaba naranja y pesado sobre los techos de chapa. El aire estaba cargado de humedad, olor a tierra mojada y humo de asado de algún vecino. Los grillos ya cantaban fuerte y un perro ladraba a lo lejos.
Lucas llegó apurado desde la parada del colectivo 153, mochila al hombro y cara transpirada de pura alegría.

Abrió la puerta de calle de un empujón.

—¡Mamá! ¡Lo pasé! ¡Saqué un seis! —gritó contento.
María estaba en la cocina, lavando los platos con un delantal viejo encima de una remera blanca suelta y una pollera corta que apenas le cubría los muslos gruesos. Tenía las manos llenas de espuma y mechones de pelo negro pegados al cuello por el sudor.

Se dio vuelta sonriendo, con orgullo genuino.

—¿De verdad, m’hijo? ¡Qué bueno! Vení que te felicito…

Lucas no le dio tiempo. Tiró la mochila al piso, se acercó rápido y la agarró fuerte de la cintura, pegándola contra la mesada. Le metió un beso profundo, sucio y dominante. Lengua contra lengua, chupando, mordiendo, devorándola. Un beso baboso, ruidoso, casi agresivo. Le apretó una teta por encima de la remera mientras con la otra mano le metía mano debajo de la pollera, agarrándole el culo sudado con fuerza.

María se tensó un segundo, con las manos mojadas todavía levantadas.

—Lucas… ¡mmph! —protestó contra su boca, pero él siguió comiéndosela.

Cuando por fin se separó, un hilo grueso de saliva los unía. María respiraba agitada, con las mejillas coloradas.

—Lucas, por Dios… ¿qué hacés? —dijo con voz entre regaño y excitación—. Acabás de llegar y ya me
venís así… Tengo las manos mojadas, estoy lavando los platos y vos me comés la boca como si fuera tu puta.

Lucas sonrió con esa nueva confianza que estaba ganando, sin soltarla. Le pellizcó el pezón duro por encima de la tela.

—Pasé de milagro, mamá. Tenía que celebrarlo como corresponde —susurró con voz ronca, y volvió a besarla igual de sucio, lamiéndole los labios y el mentón.
María intentó resistirse un poco más, girando la cara, aunque su cuerpo ya se rendía.

—Pará un segundo, pelotudo… Dejame secarme las manos… Esto cada vez es más intenso. No soy tu novia, Lucas. Soy tu vieja… y mirá cómo me ponés.

Pero mientras lo decía, separó un poco las piernas. Lucas le levantó la remera hasta el cuello, exponiendo sus tetas grandes, pesadas y con pezones oscuros ya duros. Bajó la cabeza y las atacó con hambre: chupando fuerte, mordiendo suave, tironeando los pezones con los labios y la lengua. Hacía ruidos húmedos y obscenos.

—Despacio… que me lastimás —gimió María, pero le puso ambas manos en la nuca y lo apretó más contra su pecho—. Así… chupá las dos, mi amor. Alterná… uff, qué boca de mierda que tenés.
Mientras le devoraba las tetas, Lucas bajó una mano y le acarició la concha por encima de la bombacha. Estaba empapada, caliente. Metió dos dedos adentro de la tela y empezó a frotarle el clítoris hinchado.

—Estás chorreada, mamá… te encanta que te trate así apenas llego.

—Callate… —jadeó ella, avergonzada pero excitada—. Me tenés mal desde ayer. No puedo ni pensar en otra cosa.

Lucas se arrodilló de golpe, le bajó la pollera y la bombacha hasta los tobillos de un tirón. Miró la concha madura de su mamá: hinchada, brillante, con los labios abiertos y jugos brillando. Hundió la cara entre sus muslos y empezó a comerla con ganas brutales.

Lengua plana, larga lamidas, chupando el clítoris, metiendo la lengua adentro, lamiendo todo el jugo que le corría.

María soltó un gemido ronco y largo, agarrándole la cabeza con fuerza.

—Ay, Lucas… comeme toda… haceme sentir sucia… así, m’hijo, meté la lengua bien adentro.
Él la comió como un animal, metiendo dos dedos mientras le chupaba el clítoris con fuerza. El agua de la pileta seguía corriendo. María se corrió violentamente, apretándole la cara contra su concha, temblando y soltando gemidos ahogados mientras le mojaba la boca y la barbilla.

Cuando todavía estaba temblando, lo miró con ojos nublados de placer.

—Levantate… quiero chupártela.

Lucas se puso de pie. María le bajó el short. La pija gruesa, venosa y completamente dura saltó hacia su cara, con la cabeza hinchada y goteando. Ella la agarró con fuerza, la miró un segundo y se la metió entera en la boca sin dudar tanto como antes. Chupaba con hambre, bajando profundo, babeando, lamiéndole los huevos y volviendo a subir mientras lo miraba a los ojos.

—Así, mamá… mamame toda… sos cada vez mejor —gruñó Lucas, agarrándole el pelo con más autoridad.

No aguantó mucho. Le avisó que se venía. María no se sacó. Recibió toda la leche espesa y caliente en la boca, tragando con avidez, aunque parte se le escapó por los labios. Después le lamió la pija lentamente, limpiándola con devoción.

Se quedaron abrazados contra la mesada, transpirados y jadeando. María le acariciaba la espalda, pero esta vez su mirada tenía algo nuevo: una mezcla de adicción y miedo.

—Esto ya no es un juego, Lucas… —susurró—. Cada vez te ponés más atrevido, más mandón. Y yo… cada vez te dejo hacer más. Me da terror lo rápido que me acostumbré. Ya ni me reconozco.
Lucas le besó el cuello y le apretó el culo con posesión.

—Porque vos también lo querés, mamá. Te gusta que te tome así. Y a mí me gusta sentir que por fin soy yo quien te cuida y te hace sentir mujer.

María suspiró profundo, todavía con el sabor de su leche en la boca.

—Tenemos que tener cuidado… mucho cuidado. Esto puede destruirnos si alguien se entera. Pero tenés razón… no quiero parar.

Todavía no.

La tarde caía roja sobre Fisherton. La rutina de siempre seguía afuera, pero dentro de esa casa humilde ya nada era igual. El deseo entre madre e hijo había dejado de ser un impulso y empezaba a convertirse en una necesidad peligrosa y adictiva.

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