Total libertad para comentar lo que quieran
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QUIEN TIENE EL CONTROL?
No sé exactamente en qué momento empecé a cruzar la línea. Supongo que fue de a poco, como esas grietas invisibles que van abriéndose en una pared hasta que un día la estructura simplemente cede.
Mi nombre no importa, al menos no en esta historia. Lo que importa es que soy una mujer de cuarenta y dos años, casada con un hombre brillante, respetado y, sobre todo, presente. Un pilar en la estructura estatal, como yo. Formamos una de esas parejas que muchos envidian: influyentes, elegantes, siempre impecables en cada acto, en cada saludo, en cada discurso.
Siempre supe que una mujer como yo genera respeto… y deseo. La ropa me sienta como una armadura. Mis tacos altos, mis trajes a medida, el perfume exacto en el momento justo. Me gusta caminar por los pasillos sabiendo que las miradas me siguen al compás del vaivén de mis caderas. Me gusta decidir cuándo sonreír… y a quién.
Él llegó como llegan los que no saben en qué mundo están entrando. Veinticuatro años, tal vez veinticinco. Pelo oscuro, modales torpes pero atentos. Postulante a una unidad estratégica que depende directamente de mí. Su nombre, Matías.
La primera vez que cruzamos palabras fue en la sala de reuniones, mientras yo corregía un informe y él esperaba con su cuaderno en mano. Lo noté tenso. Me miraba como se mira algo que no se entiende del todo, pero se desea intensamente. Esa mirada... la reconocí enseguida. Me excita saber que alguien se desarma por dentro solo por estar cerca mío.
Lo cité a mi despacho. Era lo correcto, claro. Tenía que explicarle las reglas, su rol, lo que se esperaba de él. Pero también, en el fondo, quería jugar.
—Cerrá la puerta, por favor —le dije sin mirarlo, mientras revisaba unos papeles—. Prefiero que nadie interrumpa.
Sentí cómo su respiración se alteró apenas. El sonido seco de la cerradura me provocó un estremecimiento sutil. Cuando levanté la vista, él ya estaba atrapado. No necesitaba decir nada más.
Ese día no pasó nada... en apariencia. Pero yo ya sabía. Y él también.
No hizo falta mucho para que Matías empezara a entender el juego. Yo marcaba el ritmo, y él seguía con esa mezcla de obediencia e impulso contenido que tanto me enloquece. Al principio se limitaba a escucharme con atención, a tomar notas exageradas, como si cada palabra que yo dijera fuese sagrada.
Después vinieron los roces. Le corregía algo desde atrás y mi mano tocaba su hombro, mi perfume le rozaba el cuello. Me inclinaba más de la cuenta, y él se quedaba inmóvil, tenso, excitado. Sus ojos evitaban los míos, pero yo lo veía todo: la respiración acelerada, el rubor en el cuello, la forma en que sus manos temblaban apenas.
Solo buscaba el punto de quiebre, sin prisa, pero sin pausa, sabia de memoria donde iban sus ojos cada vez que le daba la espalda, y notaba como sus ojos hacían lo imposible para no irse a mis pechos, podía usar alguna frase sugerente, en doble sentido, pero tan sutil que el dudaba lo que yo quería decir
Una tarde cualquiera, con el edificio casi vacío, le pedí que me acompañara al archivo. Tenía que buscar unos informes viejos. Cerré la puerta detrás de nosotros.
El aire estaba denso. Las luces, débiles. Lo observé un segundo en silencio. Él no dijo nada.
—¿Sabés qué es lo que más me gusta de este lugar? —pregunté, acercándome—. Que hay rincones donde nadie escucha nada… salvo que quiera hacerlo.
Matías tragó saliva. Yo no esperé su respuesta. Acerqué mi boca a su oído.
—No digas nada —le susurré—. Solo obedecé.
Y obedeció.
Lo besé con hambre. Con rabia. Con la urgencia de una mujer que siempre tiene el control, pero que en ese instante elige perderlo un poco, solo lo suficiente como para probar lo prohibido.
Sus manos eran torpes, pero sinceras. Su cuerpo temblaba contra el mío, y eso me excitaba aún más. Lo apoyé contra la estantería. Abrí su camisa. Lo miré a los ojos y me arrodillé.
Su miembro a contra luz lucia apetecible, puse una mano en su bajo vientre para retenerlo contra la pared y la otra en uno de sus muslos, solo use mi boca, es algo en lo que soy muy buena y me encanta hacer. Solo sabia a hombre y sentía la suavidad de su sexo en mi boca, un poco más y otro poco aun, cambiaba solo para observar sus expresiones. Me sentía tan mojada, pero tenía ropa interior y medias de nylon hasta la cintura, imposible, pero no me importo, lleve la mano que tenía sobre su muslo y ni las medias ni la tanga impidieron que me frotara con fuerzas por sobre ellas, el contacto indirecto parecía ser aún más adictivo
Estaba en cuclillas haciendo equilibrio sobre mis altos tacos finos, y estos empezaban a querer clavarse en mis talones, la atmosfera húmeda y pestilente del lugar empezaba a marcar gotas de transpiración en mi frente, y acelere el ritmo, entre mis piernas, entre las suyas. Tenía mi ropa de oficina, mi camisa, mi chaqueta, y no podía dejar que 'su final' manchara mi presencia, la excusa perfecta para dejarlo venir donde deseaba que se viniera, y mis dedos terminaron su juego entre mis piernas, cerré los ojos, fruncí el seño y lo deje explotar en mi boca
Me incorpore y me desentendí de él, ya me era prescindible, era parte del juego, y me perfile frente a un viejo espejo de pared que vivía ahí desde toda la historia, Matías me miraba a la distancia, yo lo veía, se acomodaba la ropa y trataba de recobrar la postura pareciendo aun no creer lo ocurrido
—¿Te gustó? —pregunté sin dirigirle la mirada, concentrada en la imagen que me devolvía el espejo—
Me respondió con un 'si' tímido, porque el estaba demasiado atento a la manera en que aun estaba saboreando todos sus jugos, porque yo sentía aun todo ese amargor espeso del semen que terminaba de ingerir
—¿Trae a muchos a este sitio? — soltó de repente, y necesite darle un cierre al juego, con un final abierto, como dejándole entender que había estado bueno, pero no era nada del otro mundo
—Los suficientes...—respondí—pero no lo hago con todos, solo con quien yo elijo, por cierto, eyaculas un montón! eso me gusta! podría incluirte en el top cinco...
Tomé una pastilla de menta del bolsillo de mi chaqueta para tapar mi aliento a infierno y cerré ese juego con un final abierto
Después, fingí que nada había pasado. Salimos del archivo con los informes en la mano y el pulso desordenado.
Fue la primera vez. No fue la última.
Durante semanas, todo sucedió en los intersticios: en el baño del segundo piso, cuando sabía que mi esposo estaba en una videollamada a pocos metros; en el ascensor, cuando el edificio dormía la siesta burocrática; en mi despacho, detrás de persianas cerradas y puertas con doble traba.
Él no se atrevía a tomar la iniciativa. Me miraba esperando la señal, la orden, el permiso. Y yo… yo me volvía adicta a esa obediencia.
Pero también aparecieron las grietas.
A veces, después del sexo, me miraba como si quisiera decir algo. Como si esperara más. Yo desviaba la mirada, me acomodaba la falda, le decía que se fuera.
Una noche, en casa, mi esposo me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Me abrazó por la espalda. Su cuerpo era cálido, familiar. Pero no sentí nada. Me odié un poco por eso. Y al mismo tiempo, me excité al recordar cómo, esa misma tarde, había tenido a Matías de rodillas en el baño, entre mis piernas, mientras afuera hablaban de políticas públicas.
Intenté alejarme. Dejé de citarlo. Ignoré sus mensajes. Evitaba sus ojos cuando cruzábamos pasillos.
Pero no podía sostenerlo.

El poder, el peligro, el deseo… todo eso era más fuerte que la culpa.
Me di cuenta que ese día en el archivo, cuando tenía todo bajo control y le hice creer que llevar a chicos a ese lugar era una costumbre, en verdad no solo le mentía a él, también me mentía a mí, y sin querer, me estaba metiendo sola en un laberinto sin salida
Supe que las cosas así no podían seguir, todo mi mundo se ponía de cabezas, vivía más pendiente de lo que pasaba con Matías para dejar en segundo plano lo que era mi propia vida, mi trabajo, mi marido, y no medía las consecuencias de lo que hubiera ocurrido si algo de esto salía a la luz, y, además, Matías era joven y hermoso, cuanto tiempo tardaría en encontrarse a alguna chica de su edad?, cuando se pasaría el calor que sentía por mí?, debía poner punto final a esa locura que me estaba consumiendo
Una tarde lo llamé nuevamente a mi oficina. Cerré la puerta. Me senté con las piernas cruzadas y los labios pintados con precisión quirúrgica.
—Esto se termina —le dije.
Él me miró, confundido. Herido.
—¿Por qué?
—Porque me gusta demasiado.
No dijo nada. Se levantó. Yo creí que lo había entendido. Que había ganado. Que el control, como siempre, era mío.
Lo que no sabía… era que él también había aprendido a jugar.
Pasaron dos semanas sin contacto, apenas los cruces imprescindibles por trabajo. Me dediqué a mi rutina: reuniones, actos, notas, el rol de esposa ejemplar. Matías parecía haber entendido. Se limitaba a trabajar. Me saludaba con profesionalismo. Nada más.
Y sin embargo, algo en mí estaba inquieto. Esa calma era artificial, la calma que precede a la tempestad. Él no era así. Había algo detrás de su silencio, algo que no podía leer... y eso me incomodaba. Me desesperaba, en realidad.
Traté una vez más intentar descifrarlo, volví a citarlo a mi despacho y cerré la puerta tras sus pasos, me había perfumado en demasía porque sabía cuánto le gustaba
—¿Todo bien? — tiré de una
—Si, todo bien — respondió a secas
—Entre nosotros, digo, me refiero a eso— noté que por primera vez dudaba de mis palabras, como que ya no tenía tan claras las cosas
—Perfecto... —respondió— usted es mi jefa inmediata y usted dicta lo que debemos hacer
Era loco, el maldito aun me trataba de usted a pesar de todas las revolcadas que habíamos tenido, de todos los secretos compartidos, de todo el sexo que había corrido por nuestras venas. Giré la conversación a temas de trabajo, una reunión que tendía el día siguiente con tipos importantes del gobierno, también estaría mi esposo, y el debía preparar temas de agenda, cosas de rutina
Esa mañana, mi esposo y yo llegamos un tanto retrasados, temas de tránsito, en la sala de reunión ya había varias personas importantes a la espera, cada uno en su sitio, al llegar a mi lugar, sobre la mesa me esperaba un sobre cerrado. Papel grueso, elegante. Sin nombre, sin remitente. La situación me desbordó y un sonrojo cubrió mi rostro
—¿Y eso? — preguntó mi marido
Ensaye una respuesta tonta e inocente, es que no podía pensar con claridad, y esa reunión sería una mierda, porque no pude sacar mis pensamientos de ese sobre, y toda mi presentación pareció irse a la cloaca
En algún break fui al baño, escondiendo el sobre lo mejor posible, me senté en el inodoro para orinar y lo abrí nerviosa,
Dentro, una nota escrita a mano, solo decía:
"Usted me enseñó muchas cosas. Ahora es mi turno."
Sabía que era él, y empecé a recordar todo lo vivido, la locura, la pasión, y sentí como mis pezones empezaban a acariciar la tela de mi corpiño, un rubor recorrió mi cuerpo, como un viento de primavera y sentí que algo me quemaba por dentro, no quería, pero no podía, cerré los ojos y acaricié la tela de la camisa por sobre mis pechos, me mordí los labios por miedo a que un gemido descontrolado escapara, llevé una mano entre mis piernas y me metí los dedos tan profundo como pude, como él me los metía, y luego los lamí para sorber mi sabor, como a él le gustaba que lo hiciera
Pero me detuve de repente, porque si quería terminar con esto, pues solo debía terminarlo, no podía permitir seguir el juego, ni siquiera en mi soledad, y preferí quedarme caliente como una brasa a que ese maldito me robara otro orgasmo. Me enjuagué el rostro en el lavabo, me miré al espejo y traté de recomponer mi imagen acomodando mi maquillaje
Apenas terminada la reunión volví a mi despacho, me senté a pensar poniendo paños fríos al asunto, fruncí el ceño. Revisé cámaras, pedí discretamente a los de seguridad… nada. El archivo no tenía registros.
Esa misma tarde lo llamé a mi despacho.
Entró con total calma. Casi… desafiante.
—¿Fuiste vos?
—¿Yo qué?
Me acerqué, firme. Me paré frente a él, a centímetros y tirando el sobre sobre el escritorio dije
—No vuelvas a jugar conmigo, Matías. Sabés lo que está en juego.
Él me sostuvo la mirada. Ya no era el chico nervioso del primer día. Había algo nuevo en él. Algo frío. Algo… mío.
—¿Qué está en juego, exactamente? —preguntó, con una sonrisa apenas dibujada y agregó —. ¿Tu cargo? ¿Tu matrimonio? ¿Tu reputación? Porque por mi lado... bueno, yo recién empiezo.
Me congelé. Era la primera vez que me tuteaba, los roles cambiaban demasiado rápido
Él metió la mano en bolsillo de su saco y sacó su celular. Me lo mostró. Un video. Yo, en el baño. De rodillas. Él jadeando. Mi voz. Mis manos. Todo.
Mi mundo se derrumbó en un segundo.
—No quiero dinero —dijo—. Ni escándalos. Solo quiero seguir viéndote. Quiero llamarte cuando quiera. Quiero usarte cuando lo necesite. Como siempre hiciste conmigo, solo que a partir de ahora, yo decido.
No supe qué decir. Sentí vértigo, rabia, deseo. Él me había leído. Me había anticipado.
Y lo peor… es que una parte de mí, muy en el fondo, estaba excitada. Porque por primera vez… el control no era mío.
Esa noche llegué a casa antes que mi esposo. Me duché, me miré al espejo, me puse el perfume de siempre. Me serví una copa de vino. Me quede descalza para darle paz a mis pies, fuimos a la cama, y le hice el amor como hacía tiempo que no se lo hacía, él no entendió el motivo, nunca lo entendería
Nos levantamos como cada día, el sol recién asomaba por el horizonte, fui a la cocina a preparar el café con leche y unas tostadas como cada mañana, mi marido en el baño, se afeitaba tranquilo. Luego lo sentí venir, me abrazó por la espalda y besó mi cuello, casi en un susurro me dijo
—Te amo, anoche estuviste fuera de serie!
Respondí con una sonrisa, me sentí bien envuelta en su calor, luego nos sentamos a desayunar para seguir con nuestros arreglos de vestimentas antes de salir, estábamos por hacerlo, cuando mi celular vibró
Un mensaje. De Matías. Solo unas palabras:
“Hoy tendremos trabajo extra”
Me quedé en silencio. Sonreí. Le dije a mi marido que me diera unos minutos, un cambio a última hora. Me puse los tacos más altos que tenía, los que le gustaba a él. Y entonces salí.
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Mi nombre no importa, al menos no en esta historia. Lo que importa es que soy una mujer de cuarenta y dos años, casada con un hombre brillante, respetado y, sobre todo, presente. Un pilar en la estructura estatal, como yo. Formamos una de esas parejas que muchos envidian: influyentes, elegantes, siempre impecables en cada acto, en cada saludo, en cada discurso.
Siempre supe que una mujer como yo genera respeto… y deseo. La ropa me sienta como una armadura. Mis tacos altos, mis trajes a medida, el perfume exacto en el momento justo. Me gusta caminar por los pasillos sabiendo que las miradas me siguen al compás del vaivén de mis caderas. Me gusta decidir cuándo sonreír… y a quién.
Él llegó como llegan los que no saben en qué mundo están entrando. Veinticuatro años, tal vez veinticinco. Pelo oscuro, modales torpes pero atentos. Postulante a una unidad estratégica que depende directamente de mí. Su nombre, Matías.
La primera vez que cruzamos palabras fue en la sala de reuniones, mientras yo corregía un informe y él esperaba con su cuaderno en mano. Lo noté tenso. Me miraba como se mira algo que no se entiende del todo, pero se desea intensamente. Esa mirada... la reconocí enseguida. Me excita saber que alguien se desarma por dentro solo por estar cerca mío.
Lo cité a mi despacho. Era lo correcto, claro. Tenía que explicarle las reglas, su rol, lo que se esperaba de él. Pero también, en el fondo, quería jugar.
—Cerrá la puerta, por favor —le dije sin mirarlo, mientras revisaba unos papeles—. Prefiero que nadie interrumpa.
Sentí cómo su respiración se alteró apenas. El sonido seco de la cerradura me provocó un estremecimiento sutil. Cuando levanté la vista, él ya estaba atrapado. No necesitaba decir nada más.
Ese día no pasó nada... en apariencia. Pero yo ya sabía. Y él también.
No hizo falta mucho para que Matías empezara a entender el juego. Yo marcaba el ritmo, y él seguía con esa mezcla de obediencia e impulso contenido que tanto me enloquece. Al principio se limitaba a escucharme con atención, a tomar notas exageradas, como si cada palabra que yo dijera fuese sagrada.
Después vinieron los roces. Le corregía algo desde atrás y mi mano tocaba su hombro, mi perfume le rozaba el cuello. Me inclinaba más de la cuenta, y él se quedaba inmóvil, tenso, excitado. Sus ojos evitaban los míos, pero yo lo veía todo: la respiración acelerada, el rubor en el cuello, la forma en que sus manos temblaban apenas.
Solo buscaba el punto de quiebre, sin prisa, pero sin pausa, sabia de memoria donde iban sus ojos cada vez que le daba la espalda, y notaba como sus ojos hacían lo imposible para no irse a mis pechos, podía usar alguna frase sugerente, en doble sentido, pero tan sutil que el dudaba lo que yo quería decir
Una tarde cualquiera, con el edificio casi vacío, le pedí que me acompañara al archivo. Tenía que buscar unos informes viejos. Cerré la puerta detrás de nosotros.
El aire estaba denso. Las luces, débiles. Lo observé un segundo en silencio. Él no dijo nada.
—¿Sabés qué es lo que más me gusta de este lugar? —pregunté, acercándome—. Que hay rincones donde nadie escucha nada… salvo que quiera hacerlo.
Matías tragó saliva. Yo no esperé su respuesta. Acerqué mi boca a su oído.
—No digas nada —le susurré—. Solo obedecé.
Y obedeció.
Lo besé con hambre. Con rabia. Con la urgencia de una mujer que siempre tiene el control, pero que en ese instante elige perderlo un poco, solo lo suficiente como para probar lo prohibido.
Sus manos eran torpes, pero sinceras. Su cuerpo temblaba contra el mío, y eso me excitaba aún más. Lo apoyé contra la estantería. Abrí su camisa. Lo miré a los ojos y me arrodillé.
Su miembro a contra luz lucia apetecible, puse una mano en su bajo vientre para retenerlo contra la pared y la otra en uno de sus muslos, solo use mi boca, es algo en lo que soy muy buena y me encanta hacer. Solo sabia a hombre y sentía la suavidad de su sexo en mi boca, un poco más y otro poco aun, cambiaba solo para observar sus expresiones. Me sentía tan mojada, pero tenía ropa interior y medias de nylon hasta la cintura, imposible, pero no me importo, lleve la mano que tenía sobre su muslo y ni las medias ni la tanga impidieron que me frotara con fuerzas por sobre ellas, el contacto indirecto parecía ser aún más adictivo
Estaba en cuclillas haciendo equilibrio sobre mis altos tacos finos, y estos empezaban a querer clavarse en mis talones, la atmosfera húmeda y pestilente del lugar empezaba a marcar gotas de transpiración en mi frente, y acelere el ritmo, entre mis piernas, entre las suyas. Tenía mi ropa de oficina, mi camisa, mi chaqueta, y no podía dejar que 'su final' manchara mi presencia, la excusa perfecta para dejarlo venir donde deseaba que se viniera, y mis dedos terminaron su juego entre mis piernas, cerré los ojos, fruncí el seño y lo deje explotar en mi boca
Me incorpore y me desentendí de él, ya me era prescindible, era parte del juego, y me perfile frente a un viejo espejo de pared que vivía ahí desde toda la historia, Matías me miraba a la distancia, yo lo veía, se acomodaba la ropa y trataba de recobrar la postura pareciendo aun no creer lo ocurrido
—¿Te gustó? —pregunté sin dirigirle la mirada, concentrada en la imagen que me devolvía el espejo—
Me respondió con un 'si' tímido, porque el estaba demasiado atento a la manera en que aun estaba saboreando todos sus jugos, porque yo sentía aun todo ese amargor espeso del semen que terminaba de ingerir
—¿Trae a muchos a este sitio? — soltó de repente, y necesite darle un cierre al juego, con un final abierto, como dejándole entender que había estado bueno, pero no era nada del otro mundo
—Los suficientes...—respondí—pero no lo hago con todos, solo con quien yo elijo, por cierto, eyaculas un montón! eso me gusta! podría incluirte en el top cinco...
Tomé una pastilla de menta del bolsillo de mi chaqueta para tapar mi aliento a infierno y cerré ese juego con un final abierto
Después, fingí que nada había pasado. Salimos del archivo con los informes en la mano y el pulso desordenado.
Fue la primera vez. No fue la última.
Durante semanas, todo sucedió en los intersticios: en el baño del segundo piso, cuando sabía que mi esposo estaba en una videollamada a pocos metros; en el ascensor, cuando el edificio dormía la siesta burocrática; en mi despacho, detrás de persianas cerradas y puertas con doble traba.
Él no se atrevía a tomar la iniciativa. Me miraba esperando la señal, la orden, el permiso. Y yo… yo me volvía adicta a esa obediencia.
Pero también aparecieron las grietas.
A veces, después del sexo, me miraba como si quisiera decir algo. Como si esperara más. Yo desviaba la mirada, me acomodaba la falda, le decía que se fuera.
Una noche, en casa, mi esposo me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Me abrazó por la espalda. Su cuerpo era cálido, familiar. Pero no sentí nada. Me odié un poco por eso. Y al mismo tiempo, me excité al recordar cómo, esa misma tarde, había tenido a Matías de rodillas en el baño, entre mis piernas, mientras afuera hablaban de políticas públicas.
Intenté alejarme. Dejé de citarlo. Ignoré sus mensajes. Evitaba sus ojos cuando cruzábamos pasillos.
Pero no podía sostenerlo.

El poder, el peligro, el deseo… todo eso era más fuerte que la culpa.
Me di cuenta que ese día en el archivo, cuando tenía todo bajo control y le hice creer que llevar a chicos a ese lugar era una costumbre, en verdad no solo le mentía a él, también me mentía a mí, y sin querer, me estaba metiendo sola en un laberinto sin salida
Supe que las cosas así no podían seguir, todo mi mundo se ponía de cabezas, vivía más pendiente de lo que pasaba con Matías para dejar en segundo plano lo que era mi propia vida, mi trabajo, mi marido, y no medía las consecuencias de lo que hubiera ocurrido si algo de esto salía a la luz, y, además, Matías era joven y hermoso, cuanto tiempo tardaría en encontrarse a alguna chica de su edad?, cuando se pasaría el calor que sentía por mí?, debía poner punto final a esa locura que me estaba consumiendo
Una tarde lo llamé nuevamente a mi oficina. Cerré la puerta. Me senté con las piernas cruzadas y los labios pintados con precisión quirúrgica.
—Esto se termina —le dije.
Él me miró, confundido. Herido.
—¿Por qué?
—Porque me gusta demasiado.
No dijo nada. Se levantó. Yo creí que lo había entendido. Que había ganado. Que el control, como siempre, era mío.
Lo que no sabía… era que él también había aprendido a jugar.
Pasaron dos semanas sin contacto, apenas los cruces imprescindibles por trabajo. Me dediqué a mi rutina: reuniones, actos, notas, el rol de esposa ejemplar. Matías parecía haber entendido. Se limitaba a trabajar. Me saludaba con profesionalismo. Nada más.
Y sin embargo, algo en mí estaba inquieto. Esa calma era artificial, la calma que precede a la tempestad. Él no era así. Había algo detrás de su silencio, algo que no podía leer... y eso me incomodaba. Me desesperaba, en realidad.
Traté una vez más intentar descifrarlo, volví a citarlo a mi despacho y cerré la puerta tras sus pasos, me había perfumado en demasía porque sabía cuánto le gustaba
—¿Todo bien? — tiré de una
—Si, todo bien — respondió a secas
—Entre nosotros, digo, me refiero a eso— noté que por primera vez dudaba de mis palabras, como que ya no tenía tan claras las cosas
—Perfecto... —respondió— usted es mi jefa inmediata y usted dicta lo que debemos hacer
Era loco, el maldito aun me trataba de usted a pesar de todas las revolcadas que habíamos tenido, de todos los secretos compartidos, de todo el sexo que había corrido por nuestras venas. Giré la conversación a temas de trabajo, una reunión que tendía el día siguiente con tipos importantes del gobierno, también estaría mi esposo, y el debía preparar temas de agenda, cosas de rutina
Esa mañana, mi esposo y yo llegamos un tanto retrasados, temas de tránsito, en la sala de reunión ya había varias personas importantes a la espera, cada uno en su sitio, al llegar a mi lugar, sobre la mesa me esperaba un sobre cerrado. Papel grueso, elegante. Sin nombre, sin remitente. La situación me desbordó y un sonrojo cubrió mi rostro
—¿Y eso? — preguntó mi marido
Ensaye una respuesta tonta e inocente, es que no podía pensar con claridad, y esa reunión sería una mierda, porque no pude sacar mis pensamientos de ese sobre, y toda mi presentación pareció irse a la cloaca
En algún break fui al baño, escondiendo el sobre lo mejor posible, me senté en el inodoro para orinar y lo abrí nerviosa,
Dentro, una nota escrita a mano, solo decía:
"Usted me enseñó muchas cosas. Ahora es mi turno."
Sabía que era él, y empecé a recordar todo lo vivido, la locura, la pasión, y sentí como mis pezones empezaban a acariciar la tela de mi corpiño, un rubor recorrió mi cuerpo, como un viento de primavera y sentí que algo me quemaba por dentro, no quería, pero no podía, cerré los ojos y acaricié la tela de la camisa por sobre mis pechos, me mordí los labios por miedo a que un gemido descontrolado escapara, llevé una mano entre mis piernas y me metí los dedos tan profundo como pude, como él me los metía, y luego los lamí para sorber mi sabor, como a él le gustaba que lo hiciera
Pero me detuve de repente, porque si quería terminar con esto, pues solo debía terminarlo, no podía permitir seguir el juego, ni siquiera en mi soledad, y preferí quedarme caliente como una brasa a que ese maldito me robara otro orgasmo. Me enjuagué el rostro en el lavabo, me miré al espejo y traté de recomponer mi imagen acomodando mi maquillaje
Apenas terminada la reunión volví a mi despacho, me senté a pensar poniendo paños fríos al asunto, fruncí el ceño. Revisé cámaras, pedí discretamente a los de seguridad… nada. El archivo no tenía registros.
Esa misma tarde lo llamé a mi despacho.
Entró con total calma. Casi… desafiante.
—¿Fuiste vos?
—¿Yo qué?
Me acerqué, firme. Me paré frente a él, a centímetros y tirando el sobre sobre el escritorio dije
—No vuelvas a jugar conmigo, Matías. Sabés lo que está en juego.
Él me sostuvo la mirada. Ya no era el chico nervioso del primer día. Había algo nuevo en él. Algo frío. Algo… mío.
—¿Qué está en juego, exactamente? —preguntó, con una sonrisa apenas dibujada y agregó —. ¿Tu cargo? ¿Tu matrimonio? ¿Tu reputación? Porque por mi lado... bueno, yo recién empiezo.
Me congelé. Era la primera vez que me tuteaba, los roles cambiaban demasiado rápido
Él metió la mano en bolsillo de su saco y sacó su celular. Me lo mostró. Un video. Yo, en el baño. De rodillas. Él jadeando. Mi voz. Mis manos. Todo.
Mi mundo se derrumbó en un segundo.
—No quiero dinero —dijo—. Ni escándalos. Solo quiero seguir viéndote. Quiero llamarte cuando quiera. Quiero usarte cuando lo necesite. Como siempre hiciste conmigo, solo que a partir de ahora, yo decido.
No supe qué decir. Sentí vértigo, rabia, deseo. Él me había leído. Me había anticipado.
Y lo peor… es que una parte de mí, muy en el fondo, estaba excitada. Porque por primera vez… el control no era mío.
Esa noche llegué a casa antes que mi esposo. Me duché, me miré al espejo, me puse el perfume de siempre. Me serví una copa de vino. Me quede descalza para darle paz a mis pies, fuimos a la cama, y le hice el amor como hacía tiempo que no se lo hacía, él no entendió el motivo, nunca lo entendería
Nos levantamos como cada día, el sol recién asomaba por el horizonte, fui a la cocina a preparar el café con leche y unas tostadas como cada mañana, mi marido en el baño, se afeitaba tranquilo. Luego lo sentí venir, me abrazó por la espalda y besó mi cuello, casi en un susurro me dijo
—Te amo, anoche estuviste fuera de serie!
Respondí con una sonrisa, me sentí bien envuelta en su calor, luego nos sentamos a desayunar para seguir con nuestros arreglos de vestimentas antes de salir, estábamos por hacerlo, cuando mi celular vibró
Un mensaje. De Matías. Solo unas palabras:
“Hoy tendremos trabajo extra”
Me quedé en silencio. Sonreí. Le dije a mi marido que me diera unos minutos, un cambio a última hora. Me puse los tacos más altos que tenía, los que le gustaba a él. Y entonces salí.
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