Una joven pareja embriagada por la curiosidad se entrega al dominio de un implacable seductor a través de un pacto que cambiará la relación para siempre
Las luces led del techo pintaban la habitación de un tono naranja dando al lugar una calidez que acompasaba con los gemidos de Melissa que se fundían sin esfuerzo a los de la película porno que habíamos dejado correr en la TV. Hace poco habíamos cumplido tres años de relación y como la mayoría de las parejas jóvenes pasábamos el viernes a la noche disfrutando de una fogosa sesión de sexo.
Su respiración agitada anunciaba que estaba por llegar al orgasmo cabalgando sobre mí, sus profundos ojos negros se clavaron en los míos, mis manos buscaron sus carnosas caderas para agarrarla y poder penetrarla con la fuerza de quien se siente rebosante de orgullo al tener como pareja a una mujer así. Meli es lo que en palabras medio ordinarias uno describiría como una “blanquita” hermosa.
No cabe duda que su atributo físico más imponente eran sus senos, dos melones bien redondos los cuales siempre le habían sido demasiado grandes como para poder ocultar a la vista de cualquier hombre que pasara junto a ella. No obstante, en un sentido conceptual lo que la volvía un manjar era la contradicción entre la frescura juvenil de sus rasgos y la perversa tentación que provocaba su cuerpo curvilíneo.
Mientras sus carnosos labios rosa embarraban el cuello de saliva, mis manos ya recorrían la delicada piel de su espalda, se podía percibir como el sudor empapaba su lacio cabello negro cortado la altura de los hombros. De pronto un agudo gemido inundó la habitación en señal de que Melissa había llegado al clímax, su sexo envolvía el mío con tanta calidez que me resultó imposible contenerme y me vacié por completo en su interior.
Semejante entrega drenó nuestra energía al punto que nos desplomamos sobre la cama. Mientras mi leche apenas empezaba a derramarse de la vagina de Melissa, la película porno en la pantalla del televisor parecía haber atraído su atención, en ella se veía como un hombre de aspecto ingenuo y sumiso invitaba a que otro hombre que parecía ser su vecino pudiera tener sexo con su mujer.
Me sorprendí al verme enganchado con la trama, aprovechando ese estado de trance en que estábamos, lancé una pregunta al aire: “¿Quisieras intentar algo así alguna vez?”. Melissa se puso tensa, me miró fijamente y en un impulso defensivo me devolvió la misma interrogante. Para tranquilizarla me permití responder con sinceridad y le expliqué que no me despertaba prácticamente ninguna emoción la idea de que sea yo el que esté con otra mujer, me daba mucho más morbo la idea de que fuera ella quien pueda estar con otro hombre.
Para mi sorpresa ella dejó escapar una sonrisa de picardía y me hizo saber que la sola mención del tema ya le despertaba un morbo fascinante. Mi verga se puso tiesa al oír su respuesta. Melissa lo notó y me montó de nuevo con la intención de cabalgarme, a la par que aún caían unas últimas gotas de semen por la cara interior de sus muslos. Consciente del derrame de esperma, ella me encendió con una inesperada pregunta de fantasía: “¿Qué pasaría si esa leche fuera de otro hombre y tuvieras que penetrarme así?”.
La calentura nubló mi mente de forma instantánea, no pude articular palabra así que respondí con acción, tomé a Melissa por sus anchas caderas y la senté con fuerza sobre mí verga. Sus torneados muslos me envolvieron con deseo y finalmente nos fundimos en un apasionado beso para encaminarnos a un nuevo orgasmo conjunto que terminó por mandarnos a dormir.
A la mañana siguiente, mientras Melissa y yo compartíamos el desayuno, la cocina se sentía cargada de una tensión eléctrica. Por dentro, ambos lo deseábamos salvajemente, pero la vergüenza impedía que alguno de nosotros trajera la fantasía de nuevo. Finalmente, decidí sobreponerme al pudor y solté la pregunta como quien se lanza al vacío: “¿Quieres hablar de lo de anoche?”.
Melissa sonrió con alivio y me confesó que ella tampoco había dejado de pensar en la idea de abrir nuestra puerta a un desconocido, fue así como entre risas nerviosas empezamos a imaginar cómo podíamos hacer que la fantasía se vuelva realidad.
Algo en lo que estuvimos de acuerdo casi instantáneamente es que ni yo estaba listo para ver cómo otro hombre la penetraba, ni ella estaba lista para que otro hombre la posea físicamente. Estaba escrito en piedra. Nuestra intimidad sexual era un acto de amor y queríamos mantenerlo así. En medio del debate Melissa argumentó con un brillo de malicia en los ojos: "Quiero que otra persona me desee tanto que le duela porque sabe que solo tú me tienes". Ese testimonio sirvió para comulgar en una visión. La idea de la interacción sexual física nos aterraba, pero la idea de calentar a otro, ese juego perverso en el que un tercero se desborda de deseo nos deleitaba al punto que era el único camino que estábamos dispuestos a seguir.
El siguiente punto en discusión fue uno que ya entraba en el campo de lo logístico: ¿Cómo haríamos para encontrar a esa tercera persona?. Ninguno de los dos quería que nuestras identidades quedasen marcadas de alguna manera, nos daba pánico la idea de que alguien de la ciudad nos reconociera, entonces no podíamos simplemente ir a un bar e intentar pescar a alguien de la nada, mucho menos visitar algún lugar para la comunidad swinger o algo por el estilo. Fue así que decidimos que para encontrar a ese tercero emprenderíamos la búsqueda en un lugar donde el anonimato es moneda corriente: La internet.
Después de un par de idas y vueltas finalmente hubo aprobación para una idea qué si bien nació de mí, Melissa se encargó de pulir con cuidado. Acordamos publicar un anuncio en la categoría "parejas” de una página web para encuentros sexuales. A manera de estudio dimos una rápida lectura a las publicaciones en dicha sección y procedimos a redactar nuestra solicitud, dejando bien claras las reglas que eran necesarias para llegar a un acuerdo fructífero.
La primera y más importante era: No queremos sexo. Solo queremos conocer gente. Luego marcamos un rango etario que se orientaba por hombres mayores a nosotros con énfasis en una edad madura. Y como último punto establecimos un pago simbólico pero obligatorio. En fachada esta contribución servía para solventar la gasolina, pero en realidad lo veíamos como una garantía de que había alguien serio del otro lado. Mientras que a mí me parecía injusto cobrar por una salida en la que en el mejor de los casos la otra persona no tendría más beneficio que una charla, a Melissa le preocupaba que aquello la hiciera parecer una prostituta.
También la convencí de que adjuntemos al anuncio una foto de ella con el rostro cubierto por un emoji. Fuimos cuidadosos de que la imagen no revelase ningún dato que permitiera rastrearnos. Elegimos una selfie de las vacaciones de hace un año. Allí ella tenía el cabello más largo haciéndola parecer una persona distinta. Un detalle no menor es que en el retrato ella llevaba una blusa escotada de color amarillo que exponía a la perfección su más imponente atributo.
Antes de publicarlo, ajustamos el anuncio para que circulara solo en la zona céntrica de La Capital, ciudad que estaba a unos treinta minutos de la comunidad donde nosotros vivimos. Con mucha atención dimos un repaso final al texto y finalmente lo publiqué no sin antes sentir como mi verga daba un brinco de excitación al momento de dar el click definitivo.
Habíamos dado el primer gran paso y el ambiente de nuestro departamento ya parecía nublado por un hervor intenso. Melissa se sentó sobre mi regazo y empecé a devorar sus redondos senos por encima de su blusa de dormir. Su boca buscó la mía y nos fundimos en un húmedo beso. Cuando nos desprendimos de ese momento de placer impulsivo contemplamos con sorpresa que ya había varios mensajes en nuestro buzón.
La mayoría de ellos eran basura, pertenecían a usuarios que nos inspiraron una sensación de alerta y peligro. Sin embargo, hubo dos solicitudes a las que decidimos admitir en la bandeja principal. La que más nos llamó la atención fue la de un usuario llamado: ViajeroSobreRuedas. Se notaba que tenía algún tipo de experiencia con parejas abiertas ya que no se mostraba necesitado de atención ni desesperado por sexo como los demás.
El hombre se presentó con la gracia de un dandy, nos hizo saber que se llamaba Sebastián y tenía 55 años. Veintitrés más que Melissa. Se atribuyó un impecable estado físico producto de la práctica del ciclismo, actividad a la que dedicaba parte de su día hace ya más de cuatro décadas. Se sentía tan seguro de sí mismo que hasta se animó a pasar una foto de su rostro para mostrarse sin reservas. Pese a que en ese momento era el único candidato con posibilidades reales, el hecho de poder ver que efectivamente se veía como el hombre maduro, elegante y de buen aspecto que su mensaje auguraba fue lo que terminó por inclinar la balanza a su favor.
Así que rebosantes de placer cerramos un acuerdo interno: Le íbamos a dar una oportunidad a Sebastián. Se lo notificamos e intercambiamos números para conectarnos en llamada. Escuchar su voz profunda de ritmo pausado a través del altavoz alimentó más el morbo. Con nerviosismo Melissa y yo nos presentamos como pareja, le recordamos las reglas, y él fue muy cálido al reiterar que las aceptaba gustosamente.
Enviamos nuestros datos bancarios, y al instante él nos devolvió la transferencia de comprobación. Oficialmente el trato estaba cerrado, pase lo que pase, esa tarde nos íbamos a encontrar con un total desconocido. Antes de concluir la llamada acordamos un punto de encuentro, Sebastián se mostró cómodo con tomar la iniciativa y propuso vernos a las cuatro de la tarde en una discreta heladería frente al Parque del Bosque, en la zona céntrica de la capital. Me daba paz la idea de vernos ahí porque parecía imposible que la cita pudiera salirse de control en un lugar así, además, para el ojo curioso de quien pudiera vernos no seríamos más que tres personas compartiendo unos helados.
Accedimos a la idea y Sebastián se despidió con amabilidad. Al cortar la llamada el lugar se quedó en total silencio. Su voz dejó un vacío que rápidamente fue ocupado por un perverso placer, mis ojos se encontraron con los de Melissa y nos permitimos sonreír con picardía. Me acerqué a ella, mi mano derecha buscó su seno izquierdo para masajearlo con fuerza y con mi otra mano la pegué a mi cuerpo tomándola por los cachetes de su carnoso culo.
Nos fundimos en un beso que me despertó el deseo de hacerle el amor ahí en plena cocina. Mientras la embestía por la espalda con la tanga bajada hasta los muslos, la tomé con fuerza de su corta melena negra, le hice jurar que ella era solo mía y me vacié en sus entrañas para sentir que, en ese instante, la estaba marcando como mi propiedad.
Después de la fugaz sesión de sexo acordamos que saldríamos hacia nuestra cita con una hora de antelación, así podríamos viajar con la calma de tener un margen de tiempo por cualquier atraso que pudiera ocurrir, ya que la zona céntrica de La Capital suele tener un tráfico bastante complicado.
Pese a haber intimado hace solo unos momentos Melissa y yo nos sentíamos aún más excitados. Esa emoción violenta se iba transformando con el pasar de los minutos y a ratos se volvía una especie de tensa calma. Mi ansiedad se disparó al punto que para las dos de la tarde yo ya estaba vestido. Me puse unos jeans, una camiseta negra y zapatos deportivos. Intenté despejar la mente y puse una serie en la TV de la sala mientras mi pareja se duchaba.
Logré perder cierta noción del tiempo hasta que finalmente Melissa salió de la habitación ya lista para la cita. Se había puesto una ajustadísima camiseta blanca que parecía fundirse con su delicada piel y marcaba a la perfección la silueta de su cuerpo. Sus redondos senos eran imposibles de ignorar. La tela tensada transparentaba de forma tentadora su sexy brasier negro de encajes. La prenda se cortaba a la altura de su cintura, permitiendo que su ombligo y vientre quedasen a la vista.
Con sus profundos ojos negros rebosantes de expectativa Melissa me preguntó qué tal se veía; respondí acercándome para besarle el cuello y hacerle sentir que en mi pantalón se había gestado una fuerte erección con tan solo verla. Me excitaba poderosamente la idea de que ella se hubiera preparado de forma especial para la ocasión.
Ya de camino a buscar nuestro auto advertí que Melissa se había puesto unos shorts color negro que hace mucho no usaba porque le quedaban algo chicos y dejaban ver la curvatura inicial de los carnosos cachetes de su culo. Una perversa idea de placer me recorrió al imaginar que quizá, dentro de una hora, otro hombre iba a estar deseando clavar su cara entre sus glúteos.
Como mecanismo para bajar la ansiedad por la cita, Meli y yo acordamos que en el camino a La Capital hablaríamos de cualquier cosa menos de lo que estaba por pasar. La primera mitad de la ruta se pasó volando, al contar con tiempo de sobra, Melissa sugirió que hiciéramos una parada en un pequeño supermercado para comprar unas cervezas y llegar más relajados al encuentro.
Cuando dejamos el auto en el estacionamiento del parque, el alcohol ya había hecho su trabajo y de pronto todo nerviosismo se había esfumado. Llamamos a Sebastián para avisarle que habíamos llegado algo temprano, pero el hombre nos sorprendió al contarnos que él ya estaba en la heladería así que avanzamos hacia el lugar.
Sebastián salió a la vereda para saludarnos con cordialidad. Melissa y yo nos miramos con cierta complicidad, nos era imposible ocultar la sorpresa, en persona el hombre tenía aún mejor aspecto que en la foto que nos había enviado, la cual de por sí ya había sido clave para inclinarnos por su perfil.
Al verlo en persona lo primero que quedaba en evidencia era su físico privilegiado. Sebastián era un hombre alto, de muy buena pinta. Su cabellera frondosa con mechones grises le daba un aspecto imperial. Vestía un polo de color púrpura en combinación con unos pantalones deportivos color negro que lo hacían lucir relajado y a la moda. Nuestra mirada clavada en él y su mirada clavada en Melissa era señal ineludible de que todas las partes sentíamos haber tomado una elección correcta.
Sebastián estrechó mi mano con firmeza y luego le dio un respetuoso beso en la mejilla a Melissa. En ese momento de morbo desbordante, cometí lo que en perspectiva fue un desliz de principiante. Mientras nos presentábamos, él hizo un cumplido sutil al notar que ella ahora usaba el cabello más corto; torpemente, decidí tomarla de la mano y darle una vuelta, bromeando con que era para que apreciara mejor su nuevo estilo. No obstante, la verdad era evidente: lo hice para que se deleitara con el culo de mi novia asomando bajo el short. Melissa sonrió con una mezcla de picardía y vergüenza, sin embargo, el hombre apenas se inmutó. Fue como si ese acto de exposición vulgar no le hubiese gustado; así que, para pasar página, nos invitó a entrar al local.
Al cruzar el umbral, notamos que el local tenía una atmósfera inusualmente discreta, casi como un refugio privado fuera del tiempo. Esto nos brindó una inmediata sensación de seguridad y nos permitió conocer más de Sebastián sin tapujos. El hombre empezó por sorprendernos gratamente al contarnos que él era el dueño de la heladería, explicó que normalmente atendía solo en días de semana, pero preocupado por la discreción había abierto el lugar exclusivamente para recibirnos. Para mis adentros no dejaba de agradecer por lo cuidadoso que había sido con nuestras reglas.
Mientras él hablaba, Melissa lo escuchaba con una fascinación hipnótica. Me fijé en cómo su cuerpo se inclinaba naturalmente hacia él, sus labios carnosos, ligeramente entreabiertos y húmedos parecían una invitación silenciosa que él ya estaba registrando con oculto placer. Entrando en confianza se permitió revelarnos cómo desde muy joven ya había logrado éxito en diversos negocios. Sebastián se esforzaba por no darlo a notar, pero estaba claro que era un hombre de muy alta alcurnia. El punto más emocionalmente denso de su relato fue cuando contó que había perdido a su esposa en un accidente aéreo hace ya casi diez años. Mi novia se interesó profundamente por la historia y cómo le cambió la vida sentimental después de ese traumático evento.
Sebastián nos supo decir qué si bien había intentado volver a tener una pareja estable, “ese fuego al que la gente le llama amor” se había apagado en él para siempre. No obstante, sí supo mencionar que sexualmente su chispa renació cuando la vida lo puso frente a la experiencia de volverse un corneador. Hasta ese entonces la charla no parecía haber nacido de un anuncio en una página de encuentros sexuales, pero cuando la palabra "corneador” se puso sobre la mesa se sintió como un recordatorio del por qué estábamos ahí, podría jurar que en ese momento los tres sentimos un calor particular recorriendo nuestros sexos.
A partir de ese punto, la charla empezó a sobrevolar temas de carácter más explícito. Sebastián nos contó con morboso detalle cómo años después de enviudar tuvo su primera experiencia swinger con una pareja europea sin escatimar en el morbo de los detalles nos narró cómo ese encuentro le devolvió el deseo sexual e hizo que frecuentara los más oscuros círculos en los que un corneador podía dar rienda suelta a sus deseos sexuales.
No obstante, supo mencionar que hoy ya se siente prácticamente retirado de esa vida. Al punto que, hace más de un año que no había tenido citas. Sin embargo, confesó con una sonrisa que todavía revisaba regularmente la web de encuentros sexuales por si algo llamaba su atención. Cada tanto Sebastián se permitía dar una fugaz mirada a los redondos senos de Melissa, pero fuera de eso nada hacía pensar que la estuviera seduciendo abiertamente, no la llenaba de piropos ni comentarios morbosos, no se mostraba desesperado por excitarla y aun así nos tenía a los dos hipnotizados.
Después de cerrar su historia de vida Sebastián se interesó por conocer más de nosotros, intentamos devolverle la confianza, tratamos de contarle en detalle cómo fue que nos conocimos, pero nos resultó imposible, entre tartamudeos y explicaciones torpes fuimos dando gigantescos saltos en el tiempo hasta llegar a contarle que la idea de abrirnos a un tercero recién había surgido la noche anterior. Con una sonrisa cómplice, el hombre nos hizo saber que lo que le llamó poderosamente la atención de nuestro anuncio fue lo fácil que le fue identificarnos como unos principiantes. Enumeró todas las pistas que nos delataron, y finalmente se permitió decir que nada lo calentaba más que una pareja novata porque “no hay nada como la primera vez”.
Y fue justo allí cuando Sebastián dejó escapar un inesperado gesto de cercanía física. En un ágil movimiento, la yema de su dedo anular acarició por encima el dedo de Melissa, provocando una descarga eléctrica que recorrió todo el cuerpo de la joven. El hombre parecía poder leernos como un libro. Su tacto provocó un notorio cambio de dinámica; se recostó confiado en su silla y, sin titubear, lanzó una propuesta al aire. Creo que puedo recordar sus palabras textualmente: “Estoy fascinado con esta mujer. Yo sé que su anuncio fue específico; además, ustedes lo fueron al momento de cerrar el acuerdo en la llamada. Lo entiendo, no habrá sexo. Sin embargo, quisiera preguntar si se permitirían cambiar de opinión”.
Melissa y yo estábamos absortos. Las palabras se agolpaban en nuestras bocas. Sin haber intentado seducirnos de forma convencional, Sebastián había logrado que nuestras reglas empezasen a sentirse como una carga. Él notó nuestra debilidad e hizo una jugada de maestría: nos ofreció un espacio para debatir a solas mientras se retiraba un momento al baño. Busqué los ojos de Melissa, pero su mirada era sombría, como si se hubiera perdido en el inmenso silencio que inundaba la habitación. Ninguno lo podía ocultar: la propuesta nos había descolocado.
Cuando nos quedamos a solas, hicimos un rápido pero sincero balance de la situación. De inmediato estuvimos de acuerdo en que la experiencia de conocer a Sebastián estaba siendo de disfrute absoluto. También nos vimos alineados con la idea de que no queríamos culminar la cita todavía; sin embargo, quedaba un límite importante por renegociar.
Para no dar margen a sorpresas, me adelanté e insistí en que no me sentía listo para ver a otro hombre dentro de Melissa, y ella replicó que tampoco estaba preparada para que otro la poseyera. Entonces, estábamos en la misma página: tener sexo era un «no». ¿Hasta dónde nos permitiríamos llegar entonces? ¿Cómo hacíamos para mantener encendido este fuego que nos embriagaba? Afortunadamente, fue ella quien se animó a proponer una idea.
Acercándose a mí, Melissa preguntó con timidez: “¿Dejarías que él me toque?”. Inundado por los nervios, no supe qué responder; pero ella agregó más detalles para dejar su plan bien claro: “Quiero decir, tocarme las piernas, los senos. Nada más”. Melissa lucía agitada y eso me calentaba sobremanera. Yo no quería decir que no y francamente tampoco creo que hubiera podido. Fue así cómo se gestó un nuevo acuerdo de pareja. Sentimos que la amabilidad de Sebastián merecía como recompensa el permitirle poder disfrutar de las curvas que Melissa se había esmerado tanto en preparar, pero sin llegar a cruzar ningún límite de intimidad.
Sebastián volvió a la mesa rebosante de confianza. Su presencia física encendió el ambiente así que no perdimos tiempo en contarle lo que habíamos decidido. El hombre asintió y juntó sus manos como agradeciendo nuestro voto de confianza en él. Por primera vez, su respiración pareció agitarse en señal de que debajo de toda esa calma había un volcán por estallar. A fin de romper la tensión nos sorprendió con una pregunta de logística: ¿Dónde lo haríamos?
Melissa y yo nos miramos sin saber qué decir dando una muestra más de nuestra inexperiencia. Sebastián capitalizó nuestra duda otra vez y se animó a proponer algo para hacer el encuentro aún más excitante. Él argumentó que perfectamente podía manosear a mi novia ahí en la heladería, pero sentía que nuestro perfil de pareja disfrutaría más la fantasía de hacerlo “en público, pero a escondidas” por lo que ofreció como locación una zona poco transitada el parque frente a la heladería.
Sebastián transmitía tanta confianza que me apresuré a aceptar sin siquiera mirar a Melissa; la sugerencia me pareció sumamente morbosa porque convertía uno de nuestros miedos en combustible. Me complació ver que, cuando por fin volteé hacia ella, mi pareja asentía con la cabeza, aprobando la idea también.
Al tener nuestro visto bueno, Sebastián se permitió sonreír y, con una gracia suprema, sugirió que Melissa fuera más cómoda al parque. Le propuso que fuera al baño y se quitara el brasier. Su tono era tan seguro, cálido y profesional que cualquier sensación de peligro por tratarse de un extraño se desvanecía por completo.
Esta vez ella imitó mi reacción y, en un impulso, aceptó la propuesta; la conozco lo suficiente para saber que el deseo ya la había obnubilado. Melissa se puso de pie y me lanzó una mirada fugaz. Al ver que mi propia excitación era ya inocultable, sintió que recibía el permiso definitivo para entregarse al juego de Sebastián, quien no pudo evitar seguir con la mirada su carnoso culo de camino al baño. El hombre evitó quedarse a solas conmigo y aprovechó para ir apagando las luces de la heladería, a fin de dejarla cerrada una vez que nos fuéramos.
El lugar se ensombreció, pero en el momento en que Melissa salió del baño, todo pareció volverse luminoso otra vez. Tenía las mejillas apenas sonrojadas y, con una sonrisa nerviosa, intentaba desviar la atención de su brasier de encaje, oculto en su mano izquierda detrás de sus anchas caderas. Mi verga dio otro brinco de placer; me excitaba la idea ingenua de que ella sintiera pudor de que él viera su ropa interior, sin medir que, apenas unos minutos después, las manos de ese desconocido estarían acariciando sus pechos con impunidad.
Rebosante de felicidad, Sebastián le hizo un cumplido que le arrancó una tierna sonrisa. Noté que el hombre ya no podía apartar la mirada del cuerpo de Melissa; sus pupilas se clavaban en sus redondos senos y no lo juzgo. Sin la estructura del brasier, la tela de algodón parecía una segunda piel que revelaba no solo la magnitud de sus pechos, sino la vulnerabilidad de su desnudez oculta a plena vista. Los pezones se le marcaban perfectamente, mientras sus rosadas areolas se transparentaban con delicadeza; ningún hombre podría resistirse a llenar sus ojos con esa imagen.
Finalmente salimos de la heladería y una corriente de viento helado recorrió nuestros cuerpos, sin embargo, la calentura de la excitación nos abrigaba. Cuando cruzábamos la calle hacia el parque, Sebastián intentó reflotar charlas de tipo casual, pero le sería imposible porque el ambiente ya hervía en tensión y expectativa.
Nos adentramos hacia la parte más boscosa del parque no sin antes hacer una parada en el estacionamiento para guardar el brasier de Meli dentro del carro. Después de una caminata de unos siete minutos finalmente llegamos al sitio que propuso Sebastián, una banca solitaria al costado de un puente. Tal y como prometió el escondite era prácticamente imposible de advertir a lo lejos, esto permitía ver con antelación si algún curioso se acercaba. Por si fuera poco, la pequeña explanada estaba cubierta bajo la densa sombra de un árbol.
Los tres nos paramos frente a la banca de madera e instintivamente Melissa se sentó en el centro. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de curiosidad y miedo. Yo la seguí y me senté a su derecha. Por otra parte, Sebastián se quedó de pie junto al tronco del árbol dando una mirada vigilante a todos los alrededores para así asegurarse de que no había nadie cerca, al concluir esa fugaz guardia el hombre me pidió que cambiemos nuestras posiciones.
Yo me ubicaría unos pasos delante de ellos, junto al tronco del árbol, como en el vértice superior de nuestra distribución triangular. Allí tendría visión perfecta de dos cosas: Primero, podría ver si alguien se acercaba, y segundo, tendría un lugar privilegiado para ver cómo él se deleitaba con los atributos de mi novia. Así que Sebastián tomó asiento a la izquierda de Melissa y ella se giró para poder mirarlo de frente a la par que mi sexo pulsó con fuerza dentro de los jeans.
La joven respiraba con la delicadeza de quien intenta ocultar en vano lo mucho que la estaba calentando la situación. Sebastián lo notaba a leguas y con precisión quirúrgica usó la yema de su dedo anular para rozar el muslo izquierdo de Melissa, desde sus rodillas hasta las caderas y luego a la inversa, estando yo a solo unos pasos de ella ya podía sentir que una corriente eléctrica recorría su cuerpo y le erizaba la piel.
El dedo de Sebastián cambió su trayecto y empezó a subir por el brazo izquierdo, para luego volver a bajar delineando la cintura de la joven que muy sumisa se dejaba acariciar sin oposición. En un repentino movimiento, el dedo dio un nuevo salto, esta vez hacia el seno izquierdo de Melissa provocando que ella apriete los ojos en una mueca de profundo placer.
Vigilé que no viniera nadie y tragué grueso aún sin poder creer la escena que estaba presenciando. Con la punta de su dedo el hombre dibujó un par de círculos perfectos para recorrer la rosada areola que se adivinaba a través de la camiseta de Meli. La respiración de la joven se agitaba cada vez más. No sabía qué estaba más hinchado: sus pezones marcándose bajo la tela blanca o mi glande aprisionado por el pantalón.
Sebastián se aprovechó, pellizcó delicadamente el pezón izquierdo de mi novia y con voz profunda le preguntó: ¿Puedo?. Sin saber qué era exactamente lo que estaba autorizando Melissa simplemente asintió y el tipo llevó sus manos a los senos de la joven para masajearlos con pasión, parecía complacido de no poder dar abasto con la magnitud de esos redondos pechos.
La energía de los amantes era magnética. No podía dejar de mirarlos mientras el hombre se deleitaba con los senos de mi novia. Cada vez se los apretaba más fuerte y ella apenas podía frenar el impulso salvaje de gemir con placer. De pronto advertí que dos figuras se acercaban, puse en alerta a Melissa y Sebastián para que puedan disimular antes de que una pareja de deportistas cruzase el puente trotando.
Entre miradas cómplices los tres hicimos como si nada estuviera pasando. Cuando las dos siluetas se perdieron en el bosque del parque, la tensión estuvo lejos de disminuir. Al contrario, la comprobación del riesgo latente lo había potenciado todo. Sebastián soltó un susurro suplicante para pedir a Melissa que le muestre los senos. Sin pensarlo dos veces la joven se levantó la apretada blusa y la ancló a la altura de su cuello. En el momento en que sus redondos pechos quedaron expuestos el lugar estalló en llamas.
Mi verga dio un salto que se sintió como un latigazo al ver que impulso imparable Sebastián se abalanzó hacia los senos de mi novia. Sin ningún tipo de pudor o vergüenza el hombre atenazó con dos manos el pecho izquierdo de Melissa y empezó a chuparlo con la devoción de quien venera a una santidad, consiguiendo arrancarle un sonoro gemido a la joven.
Sebastián lamía el seno izquierdo y pellizcaba el pezón derecho de Melissa; luego, liberó su mano derecha y empezó a acariciar su hombría por encima del pantalón deportivo. Hasta ese momento yo no lo había advertido, pero una imponente barra de carne se abultaba más y más con cada caricia. Cuando su sexo parecía ya no caber en su entrepierna, el hombre dirigió su mano hacia el cuello de la joven y sus rostros se encontraron de frente. Entendí lo que estaba por pasar: mi novia estaba por besarse con otro hombre delante de mí. Mi sangre se heló, generando una mezcla de placer y dolor.
Cuando el desenlace parecía inminente, Melissa se apartó bruscamente a la par que intentaba recobrar la cordura, con la clara motivación de ponerle fin al encuentro. Con sus redondos senos aún expuestos, la joven se mordió los labios y se llevó las manos a la cabeza. Fue ahí cuando Sebastián nos dejó en shock: con un ágil movimiento se levantó apenas del asiento y, de un tirón, bajó su pantalón hasta la mitad del muslo para luego volverse a sentar.
Con la fuerza de un resorte, su sexo quedó expuesto a la vista de todos; era exactamente el mástil de carne que uno espera de un corneador. Su privilegiado pene era grueso en la base y parecía ensancharse monstruosamente en el tronco, para concluir en una rosada cabeza puntiaguda que, rebosante de líquido preseminal, coronaba su hombría.
Juro que jamás he tocado ni tocaría una verga, pero el pene de Sebastián tenía un poder hipnótico, confieso haber sentido algo de vergüenza al notar que la tenía más grande que yo. Eso me hacía sentir pequeño físicamente, pero extrañamente poderoso a nivel emocional. Yo era el verdadero dueño de la mujer que estaba siendo deseada por ese hombre superior, al final del día ella regresaría a casa conmigo y no con él.
Melissa hiperventilaba, su mirada recorría sin disimulo cada centímetro del carnoso sexo de Sebastián. Los ojos no mienten y los de ella se deslumbraban al reconocer la superioridad de esa pieza. La joven meneó la cabeza con fuerza en un intento desesperado por salir del trance, y en un breve instante de lucidez anunció que se mantendría firme en su postura inicial: No habría sexo y menos en pleno parque.
En respuesta Sebastián se apresuró a proponer algo que se ajustaba a los límites que habíamos puesto. Sin parar por un instante de masturbar su grueso mástil suplicó: “Estoy a punto de venirme. Hace años que no se me ponía así de dura. Al menos dame una mano, no me dejes así por favor”. Sebastián se volteó hacia mí con la verga brincando de placer, ladeó su cabeza como buscando apoyo, pero yo estaba ya en un estado de parálisis total y no supe ni qué responder.
Parte de mí esperaba que en ese momento Melissa se volteara para que sus ojos pudieran darme alguna pista de lo que deseaba, pero esa mirada nunca llegó. De los carnosos labios de la joven escapó un «está bien» y fue ahí cuando entendí lo que estaba por ocurrir.
Sebastián sonrió con placer perverso y me pidió que me mantuviera atento de que no viniera nadie; así, él podía entregarse de lleno al disfrute. Melissa también se levantó apenas para asegurarse de que estaríamos solos al momento del clímax. Cuando volvió a acomodarse en el asiento de madera, estiró su mano y finalmente hizo contacto con el hirviente miembro del hombre que se había convertido, oficialmente, en nuestro primer corneador.
Al solo tacto de la mano de Melissa, Sebastián emitió un hondo gemido que le hizo cerrar los ojos con fuerza. Al abrirlos de nuevo, descubrió que mi novia lo miraba fijamente; la temperatura creció exponencialmente y ella se animó a sumar su otra mano para masturbar toda la extensión del grueso sexo de aquel hombre que, ya sin pudor alguno, dejaba escapar sonoros gemidos.
La situación me sobrepasó al punto de que no pude evitar tocar tímidamente mi verga por encima del pantalón. Me avergonzaba sentir que estaba invadiendo la privacidad de Melissa y Sebastián. De pronto, el hombre puso sus manos en acción nuevamente: su mano derecha agarró con fuerza el seno izquierdo de mi novia, pellizcando su pezón entre el dedo medio e índice
Sin apartar la mirada, Sebastián llevó su otra mano a la mejilla de Melissa y, con delicadeza, introdujo el pulgar en su boca tras recorrer sus carnosos labios. Ella empezó a chupar su dedo con rebosante calentura; él cerró los ojos, entregado al incontenible placer, para luego anunciar entre hondos gemidos que estaba por correrse.
Fue entonces cuando la joven empezó a masturbarlo con mucha más vehemencia. El líquido preseminal se derramaba como cascada sobre los dedos de Melissa, quien, presa del deseo, liberó el pulgar del hombre para acercar su rostro al suyo y, de forma inesperada, fundirse con él en un beso apasionado.
Ver a mi novia enlazar su lengua con la de Sebastián me hizo sentir como si me hubieran bañado con agua helada. Sentí que estuve a punto de caer al suelo; mis rodillas flaquearon producto de la incontrolable energía que recorría mi cuerpo de cabeza a pies. Juraría que, en algún punto de ese trance, hasta me había corrido en los pantalones.
De pronto, Sebastián se despegó de los labios de la joven, la miró a los ojos y una descarga eléctrica pareció recorrerle el cuerpo hasta desembocar en la punta de su grueso mástil. En un impulso de preservación, Melissa intentó cubrir el glande de Sebastián, pero su verga era tan ancha que le fue imposible. Como si de una explosión se tratase, un grueso chorro de espeso semen cayó sobre los muslos de mi pareja. Una siguiente descarga, algo más débil, manchó los pantalones del hombre. El resto de su leche se fue derramando sobre las delicadas manos de la joven como si de la hirviente lava de un volcán se tratase. Ambos permanecieron unos segundos conectados por la mirada, imantados por un denso magnetismo; no fue hasta que ella, curiosa por admirar su obra, bajó la vista para contemplar el manantial de esperma que había inundado la escena.
A medida que el intenso olor a semen se hizo más potente, la joven liberó de su agarre el grueso sexo de Sebastián que, en un estado de flacidez, se desplomó hacia un costado ensuciando aún más su ya maltrecho pantalón. El hombre intentaba recuperar la respiración a la par que Melissa se bajaba la blusa para cubrir sus senos y de a poco volver a tomar el control de su propio cuerpo.
Sin embargo, ocurrió algo que la trajo a tierra bruscamente. En el que fue quizás su único acto de imprudencia en toda la tarde, Sebastián acercó su mano sucia de semen a la boca de Melissa con la intención de que ella limpiara un pegajoso residuo de esperma que él había recogido de su pantalón deportivo. Mi novia reaccionó con asco y se puso de pie, muy enojada. La burbuja había explotado definitivamente.
Melissa por fin me dirigió la palabra desde que nos adentramos en el parque. Con algo de incomodidad, me preguntó si traía servilletas o algo para limpiarse; palpé mi pantalón por puro impulso, aun sabiendo que no traía nada para que ella pudiera asearse. Fue ahí cuando me di cuenta de que, efectivamente, había llegado al clímax dentro de mi ropa.
Con cada segundo que pasaba, Melissa se desesperaba más al no poder quitar el esperma de sus manos y muslos. Por otra parte, Sebastián corrigió su actitud confianzuda con el arrepentimiento propio de quien siente que pasó una línea; el hombre barrió con sus dedos los restos más notorios de semen de su pantalón y luego se limpió las manos con el reverso de su polo púrpura. Invadido por los nervios posteriores a una eyaculación, se puso de pie y sugirió que nos pusiéramos en marcha hacia el parqueadero.
Esta idea, si bien la reconocí como prudente, no hizo más que impacientar aún más a la joven, quien parecía sacudida emocionalmente por todo lo que había ocurrido. Por si fuera poco, todo se volvió aún más tenso cuando escuchamos que un grupo de deportistas se acercaba al puente; así que, con los nervios de punta, salimos del lugar en busca del auto. El ambiente se había enrarecido notoriamente y no era para menos. Estaba seguro de que Melissa y yo nos sentíamos profundamente avergonzados ante el otro por lo ocurrido; no podíamos ni mirarnos.
Los primeros pasos hacia el carro parecieron una especie de paseo de la vergüenza, pero debo confesar que me dio muchísimo morbo cuando el grupo de chicos que nos alertó pasó trotando junto a nosotros tres. Melissa intentó esconder disimuladamente sus manos para que los muchachos no vieran el semen de Sebastián secándose sobre su piel. Sin embargo, noté que uno de ellos advirtió algo peculiar en el muslo de mi pareja; confirmé que ella sí había despertado su interés cuando, al mirar sobre mi hombro, vi que él también había volteado hacia nosotros.
Mientras caminábamos, Sebastián se animó a pedirnos una calificación al respecto de lo ocurrido; todo esto con la notoria intención de romper el hielo, pero no recibió respuesta de ninguno. Para mis adentros, yo estaba seguro de lo mucho que lo había disfrutado y sufrido en partes iguales; sin embargo, me preocupaba el cambio de actitud en Melissa. ¿Se habría sentido humillada? ¿Incómoda? No veía la hora de poder entenderla.
Al llegar al auto, ella me pidió que desbloqueara las puertas y, en un movimiento agresivo, se metió en el asiento del copiloto sin despedirse. Por sobre mi hombro, advertí que abrió la guantera y sacó paños húmedos para quitar el semen de sus manos y sus muslos. Conociéndola como la conozco, le advertí a Sebastián que no esperase una despedida de su parte.
El adiós estuvo marcado por la inesperada frialdad de la joven; nada quedaba de aquella Melissa que, embriagada de placer, se había ofrecido sumisa a un desconocido. A pesar de todo, Sebastián se mostró tan agradecido como complacido. Muy a su estilo, mostró comprensión y empatía con lo que debía estar sintiendo mi pareja en ese momento.
Cuando estaba por voltearme para subir al auto, Sebastián se atrevió a compartir un último deseo. Con esa calma tan seductora que lo caracterizaba, me dijo abiertamente que le gustaría poder hacerle el amor a Melissa. Respondí que no podía prometerle nada ya que, después de su reacción, ya no sabía si nos quedaba futuro en este estilo de vida. El hombre lo entendió y se marchó en dirección a su negocio.
Antes de subirme, saqué el teléfono de mi bolsillo y me aseguré de bloquear su contacto con la falsa esperanza de que eso borrara lo ocurrido; sin embargo, no podía quitarme la sensación de que, eventualmente, volveríamos a ver a Sebastián. Aun así, sentí la paz de saber que, al tenerlo bloqueado, la voluntad de retomar la comunicación estaba de nuestro lado.
Cuando el hombre se perdió en el horizonte, advertí que Melissa me hacía señas para irnos. Subí al vehículo con una mezcla de preocupación y ansiedad morbosa. Estaba seguro de que, de camino a casa, nos esperaba una densa charla sobre el futuro de nuestra relación.
1 comentarios - Nunca preguntes esto a tu novia