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Dulces 28 Cap. 1

Dulces 28
Capítulo 1

Héctor despertó antes del amanecer para preparar el desayuno favorito de Dulce: pan francés dorado, coronado con moras azules frescas, azúcar glass espolvoreado y un generoso chorrito de miel de maple. Hoy ella cumplía veintiocho años y él quería que todo fuera perfecto.

Con sigilo, llevó la bandeja hasta la habitación. Dulce aún dormía, hermosa como siempre, con el cabello oscuro desparramado sobre la almohada. Apenas abrió los ojos y una sonrisa somnolienta iluminó su rostro al verlo.

—¿Despertaste antes, amor? —preguntó con voz ronca de sueño.

—Tenia que hacerte tu desayuno especial —respondió él, sentándose al borde de la cama—. Hoy es tu día.

Dulces 28 Cap. 1

Comieron juntos entre las sábanas, riendo y planeando el día. Cuando terminaron, Dulce se estiró con pereza y dijo:

—Todo el día soy tuya… pero en la noche me invitaron a salir unas amigas.

Héctor levantó una ceja, intrigado.
—¿Unas amigas? ¿Quién pretende robarme a mi novia en su cumpleaños?

Dulce titubeó un segundo. Sabía que los nombres que iba a decir no le caían bien a él.

—Brenda y Tania.

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El semblante de Héctor cambió por un instante, pero enseguida suavizó la expresión.

—Bueno… es tu cumpleaños. Hoy no voy a oponer resistencia.

Dulce sonrió, aliviada, y le acarició la mejilla con ternura.

El resto de la mañana transcurrió entre caricias y risas. Se metieron juntos a la regadera. El agua caliente caía sobre sus cuerpos mientras Héctor enjabonaba lentamente la piel de Dulce. Ella medía apenas un metro cincuenta y cinco, tenía un cuerpo delgado pero con curvas suaves y discretas que a él le encantaban. Su cabello oscuro le llegaba hasta los hombros, sus ojos grandes tenían esa mirada inocente que siempre lo desarmaba y, cuando sonreía, se le veían los brackets que a Héctor le parecían irresistibles.

Las manos de él recorrieron con familiaridad cada centímetro de su cuerpo. Llevaban casi cinco años juntos y conocían perfectamente los lugares y movimientos que la hacían estremecer. Su vida sexual era activa, aunque no diaria: una o dos veces al mes, cuando el trabajo y las ganas coincidían.


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De pronto, Héctor se acercó a su oído y susurró mientras sus dedos bajaban por el vientre de ella:

—¿Te parece que hoy te haga un cambio de look ahí abajo? Ya sabes que me encanta ser tu estilista personal… y la cumpleañera tiene que lucir perfecta por todos lados.


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Dulce soltó una risita y lo miró con picardía.

—Claro que sí, amor. Hazme el look que quieras. Al cabo eres el único suertudo que lo disfruta.

Héctor tomó la máquina rasuradora con cuidado y, con trazos precisos, dibujó un pequeño corazón perfecto sobre el vello púbico de Dulce. Ella lo observaba con atención y ternura, mordiéndose el labio inferior.


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—Listo —anunció él al terminar—. Trabajo terminado.

Ambos admiraron el resultado en el espejo empañado. Dulce rio y lo besó con ganas.


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—Siempre tan ocurrente, amor —murmuró contra sus labios.

Héctor deslizó la mano por el muslo derecho de ella, subiendo con firmeza.

—¿Qué tal si adelantamos un poco tu regalo de cumpleaños? —propuso con voz ronca.

Dulce acarició el miembro de Héctor, que ya estaba semierecto y mojado por el agua.

—¿Alguien despertó caliente porque su novia ya tiene veintiocho y él todavía tiene veintisiete? —dijo con una sonrisa pícara.

Entonces Héctor se atrevió a susurrar lo que llevaba tiempo deseando:

—¿Qué tal si hoy tú también me das un regalo especial…?


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Dulce se tensó de inmediato. Sabía exactamente a qué se refería.

—Amor, hemos hablado de esto antes —respondió, cortante—. Sabes que no me gusta ser muy extrema en la cama. Mi chiquito no está a discusión.

Salió de la regadera sin más, se envolvió en una toalla y dejó a Héctor bajo el agua con una clara mueca de decepción. Él no insistió. Tomó su toalla y salió también.

El resto del día transcurrió con normalidad: comida familiar, regalos, risas y fotos. Sin embargo, Héctor no consiguió seducirla ni una sola vez, aunque el sexo de cumpleaños era casi tradición entre ellos.

Al caer la noche, Dulce anunció desde la habitación:
—Voy a empezar a arreglarme para salir con las chicas.

Héctor, tirado en el sofá viendo una serie, respondió sonriendo:

—Si tardas demasiado, sigo con los capítulos que me faltan de esta temporada, ¿eh?

Minutos después, Dulce salió del cuarto. Se había dado otra ducha y lucía espectacular: un vestido negro corto, ajustado, con un escote pronunciado que normalmente cubría con un broche. Esta vez no lo había hecho. Llevaba botas negras hasta la rodilla, el collar que Héctor le regaló en Navidad y el cabello suelto.


Dulces 28 Cap. 1


Héctor se quedó sin aliento.

—Te ves preciosa… —dijo, recorriéndola con la mirada—. Creo que hasta me puse un poco duro solo de verte. Pero… el escote. Esta vez no lo tapaste.

Dulce se tocó el cuello, algo nerviosa.

—Lo sé. Se terminaron los broches.
Héctor no desconfiaba de ella. Nunca lo había hecho. Solo la admiró mientras caminaba hacia la puerta.

—No llegaré tarde —prometió Dulce—. Solo un par de tragos con las chicas y regreso. Espero que me esperes despierto… para darte un pequeño obsequio. No es el chiquito, pero creo que igual te va a gustar.

Le guiñó un ojo con picardía.

Cuando Dulce tomó las llaves de la mesa, se le cayeron al suelo. Se agachó a recogerlas y el vestido corto se subió lo suficiente para que Héctor viera claramente su ropa interior: un tanga negro de encaje que apenas cubría nada. Tragó saliva. Por un segundo sintió una punzada de preocupación, pero luego recordó la promesa del “obsequio” y sonrió.


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—Ve con cuidado, amor. Diviértete. Si necesitas que vaya por ti, avísame.

—Te amo —dijo ella desde la puerta.

—Te amo más —respondió Héctor.

La puerta se cerró.

Héctor se quedó solo en la sala, con el corazón latiéndole fuerte y una mezcla de deseo, celos leves y anticipación recorriéndole el cuerpo.

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