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Deseos de sierra IX

El embarazo avanzó en una calma aparente por fuera, pero con un fuego subterráneo que nunca se apagaba. Ramiro vivía en una nube de felicidad: compraba ropita de bebé en el mercado, hablaba de nombres (si era niño, Ramiro Jr.; si niña, algo como María o Guadalupe), y cada noche ponía la mano en el vientre de Karina para sentir las pataditas, convencido de que era su milagro tardío. Karina sonreía, asentía, dejaba que la besara en la frente. Pero cada caricia de Ramiro le recordaba la mentira que cargaba en el vientre.

Deseos de sierra IX

Javier y Karina, mientras tanto, encontraron formas de verse a escondidas. Al principio fueron momentos breves y peligrosos en la casa misma: cuando Ramiro salía al turno matutino, Karina entraba al cuarto con Javier sin decir nada. Se desnudaban en silencio, con urgencia contenida.

Javier la acostaba de lado —para no presionar el vientre que ya crecía—, y la penetraba despacio desde atrás, una mano en su pecho hinchado y sensible, la otra en su cadera. Karina gemía bajito contra la almohada, sintiendo cómo su sexo se abría más fácil por el embarazo, más húmedo, más sensible. Javier entraba profundo, moviéndose con ritmo lento pero firme, besando su nuca, susurrando “te sientes tan diferente… tan caliente… tan mía”. Ella llegaba al orgasmo temblando, contrayéndose alrededor de él hasta que Javier se corría dentro, llenándola otra vez, como si sellaran su secreto con cada eyaculación.

Pero la casa se volvía cada vez más riesgosa. Ramiro empezaba a llegar antes, o a olvidar algo y regresar inesperadamente. Una vez casi los pilló: Karina salió del cuarto con el cabello revuelto y las mejillas encendidas justo cuando Ramiro entraba por la puerta principal. Ella fingió que había ido a “buscar una blusa vieja” y Ramiro no preguntó más, pero la miró un segundo de más.

Decidieron buscar más privacidad. Javier, con el dinero que ahorraba de la maquila, propuso un plan. Una tarde de sábado, cuando Ramiro fue a visitar a un amigo en la colonia vecina, Javier le dijo a Karina:

—Vamos a un hotel. Solo unas horas. Nadie nos va a ver. Nadie va a saber.

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Karina dudó al principio —el vientre ya se notaba bajo la ropa holgada—, pero el deseo fue más fuerte. Se arregló con un vestido amplio, se puso el rebozo cruzado y salieron “a comprar cosas para el bebé”.

Tomaron un taxi hasta un hotel sencillo en las afueras de San Luis: habitaciones por horas, discreto, con estacionamiento trasero y entrada independiente. Javier pagó en efectivo y pidió una habitación en la planta alta.

Apenas cerraron la puerta, la urgencia explotó. Karina se quitó el rebozo y el vestido en un movimiento fluido, quedando en ropa interior sencilla que apenas contenía sus pechos hinchados y el vientre redondo. Javier la miró con hambre cruda: la piel morena brillando bajo la luz tenue, los pezones oscuros y erectos, la curva del embarazo que la hacía verse más voluptuosa, más deseable.

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La acostó en la cama con cuidado, pero sin delicadeza. Le bajó los calzones despacio, besando cada centímetro de sus muslos gruesos. Karina abrió las piernas, exponiendo su sexo hinchado y húmedo por el embarazo. Javier se arrodilló entre ellas y la devoró con la boca: lengua plana lamiendo desde abajo hasta el clítoris, succionándolo con fuerza mientras dos dedos entraban profundo, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse. Karina se tapó la boca con la mano para no gritar, pero los gemidos se le escapaban igual: “Javier… sí… ahí… no pares…”.

Él la llevó al borde varias veces, deteniéndose justo antes del orgasmo para hacerla suplicar. Luego se subió encima, apoyando el peso en los brazos para no aplastarla. La penetró despacio al principio, sintiendo cómo su sexo lo envolvía más apretado por los cambios hormonales.
Karina jadeó cuando él entró hasta el fondo, sintiendo cada vena de su polla rozando sus paredes sensibles.

—Te sientes tan rico… tan lleno… —susurró ella, clavando las uñas en su espalda.

Javier aceleró: embestidas profundas y rítmicas, el vientre de Karina rozando contra su abdomen con cada movimiento. Bajó la cabeza y tomó un pezón en la boca, succionándolo fuerte mientras seguía follándola.

Karina llegó primero: un orgasmo intenso que la hizo convulsionar, chorros calientes mojando las sábanas y el miembro de Javier. Él la siguió segundos después, empujando hasta el fondo y derramándose dentro de ella en chorros espesos, gruñendo su nombre contra su cuello.

Se quedaron abrazados un rato largo, sudorosos, respirando agitados. Javier puso la mano en su vientre y sintió una patadita suave.

—Es fuerte —dijo, con voz ronca.

Karina sonrió con tristeza.

—Es nuestro. Y Ramiro nunca va a saberlo.

Volvieron a casa antes de que Ramiro regresara, con las mejillas encendidas y el secreto más pesado que nunca. En las semanas siguientes repitieron el ritual dos o tres veces más: salidas “al mercado” o “al doctor”, habitaciones de hotel pagadas en efectivo, horas robadas donde se entregaban sin límites. Javier la tomaba de todas las formas que el embarazo permitía: de lado, ella encima cabalgando con cuidado, de rodillas mientras él la penetraba desde atrás con una mano en su vientre para sentir las pataditas al mismo tiempo que la follaba.

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Cada vez terminaban llorando en silencio después del clímax: de placer, de culpa, de miedo a que todo se derrumbara cuando naciera el bebé.

El embarazo seguía avanzando. Ramiro seguía creyendo que era suyo. Y Javier y Karina seguían robándose momentos, sabiendo que cada encuentro era un paso más cerca del día en que la verdad —o la mentira— explotaría.

Ramiro tomó la decisión una noche de octubre, cuando el aire de San Luis ya traía el frío seco del norte. Estaba sentado en la mesa de la cocina, contando los ahorros en una libreta vieja: lo que Javier y él juntaban cada quincena, lo poco que Karina juntaba vendiendo tortillas y tamales en el mercado.

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El embarazo de Karina avanzaba —seis meses ya, el vientre redondo y firme bajo las blusas holgadas—, y Ramiro lo tocaba cada día con una mezcla de orgullo y ternura que hacía que Karina sintiera un nudo eterno en la garganta.

—Vieja, ya no aguanto más rentar —dijo Ramiro, cerrando la libreta con un golpe seco—. Esta casita nos está comiendo vivo. El dueño subió otra vez la renta, y con el niño que viene… necesitamos algo nuestro, José ya tiene su familia y ya no podemos pedir su ayuda, el también tiene sus gastos.

Karina levantó la vista del metate donde molía nixtamal, las manos deteniéndose.

—¿Qué piensas hacer?

Ramiro se rascó la barba rala, mirando el techo agrietado.

—Regreso a Monterrey. José me dijo que en la constructora donde trabaja hay chamba fija para supervisores. Pagan el doble que aquí en la maquila. Con horas extras y bonos, en un año o año y medio junto lo suficiente. Vendemos las tierras en la sierra —las que quedaron de mis papás, las que nunca dimos uso— y con eso compramos esta casa que rentamos. O una parecida, pero nuestra. De block, con patio grande para el niño.

Karina sintió un frío subirle por la espalda. Monterrey. Lejos. Solo ella y Javier en la casa, con el bebé creciendo. El secreto que ya era una vida dentro de ella se volvería aún más pesado sin Ramiro como escudo.

—¿Y nos dejas solos? —preguntó, voz baja, fingiendo preocupación.

Ramiro le tomó la mano, sonriendo.

—No solos. Javier está aquí. Él te cuida, y con el niño… va a ser bueno que el carnal mayor esté cerca. Además, José y Ana están allá. Si pasa algo, no estoy tan lejos. Y mando plata todos los meses. En seis meses ya vemos si compramos.

Karina asintió despacio, los ojos bajos.

—Si tú crees que es lo mejor…

Ramiro la besó en la frente.

—Es lo mejor para nosotros tres… cuatro. Para la familia.

Javier, que había oído todo desde el pasillo, entró fingiendo que acababa de llegar del baño. Miró a su padre con una sonrisa forzada.

—¿Te vas a Monterrey, papá?

Ramiro asintió orgulloso.

—Sí, mijo. Para que tengamos casa propia. Tú cuida a tu mamá y al hermanito que viene. ¿Verdad que sí?

Javier tragó saliva, asintiendo.

—Claro, papá. No te preocupes.

Ramiro partió dos semanas después. Vendió las tierras en la sierra por teléfono a un compadre del pueblo —un terreno de unas cuantas hectáreas de milpa y monte que nunca había dado mucho, pero que un comprador de la costa quería para expandir huertos de aguacate—. Le dieron lo justo: unos 800,000 pesos en efectivo, más o menos, después de comisiones y trámites. No era una fortuna, pero con lo que Ramiro ganaría en Monterrey (alrededor de 18,000-22,000 pesos mensuales en la constructora, con horas extras), más lo que Javier juntaba, en un año podrían dar el enganche para comprar la casita rentada o una similar en la periferia industrial: 1.5-2.5 millones de pesos, según las que veían en anuncios de Facebook y Vivanuncios.

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Ramiro se fue en autobús nocturno, con una maleta pequeña y promesas de llamadas diarias. Besó el vientre de Karina, abrazó fuerte a Javier y dijo:

—Cuídense. Los quiero mucho.

Cuando el autobús se perdió en la carretera, Karina y Javier se quedaron en la puerta, mirando las luces traseras desaparecer. El silencio de la casa fue inmediato, pesado, cargado.

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Karina se tocó el vientre, sintiendo una patadita fuerte.

—Ahora estamos solos —susurró.

Javier la abrazó por detrás, mano sobre la de ella en el vientre.

—Solos con él —dijo, voz ronca—. Y con lo que viene.

Esa noche, sin necesidad de esconderse, entraron al cuarto principal —la cama de Ramiro, ahora vacía de su olor—. Se desnudaron despacio. Javier besó cada centímetro del cuerpo cambiado de Karina: pechos hinchados y sensibles que goteaban un poco de calostro cuando los succionaba, vientre redondo que se tensaba con cada caricia, muslos más gruesos por el embarazo. La penetró de lado, con cuidado pero profundo, sintiendo cómo su sexo la acogía más fácil, más caliente. Karina gimió sin contención por primera vez en meses, clavando las uñas en su brazo mientras él empujaba lento y fuerte.

—Te sientes tan llena… tan mía —susurró Javier contra su oreja.

Karina se corrió temblando, contrayéndose alrededor de él hasta que Javier se derramó dentro, llenándola otra vez, como si el bebé que crecía fuera testigo silencioso de su unión prohibida.
Los días siguientes fueron una rutina nueva y peligrosa: trabajo, casa, sexo sin prisa. Salían “al doctor” o “al mercado” y terminaban en la cama, probando posiciones que el vientre permitía: ella encima cabalgando despacio, él desde atrás con una mano en su vientre sintiendo las pataditas mientras la follaba. Cada encuentro era más intenso, más emocional: besos con lágrimas, promesas susurradas de que “lo vamos a criar juntos, aunque sea así”.

Ramiro llamaba todas las noches: “¿Cómo está mi mujer y mi hijo? ¿Se mueve mucho? Mando plata el viernes”. Karina respondía con voz dulce, Javier al fondo diciendo “todo bien, papá”.

Pero en la casa, el secreto crecía con el vientre de Karina. El bebé pataleaba más fuerte cada día, y ellos sabían que, cuando naciera, la mentira tendría cara, nombre y ojos que quizás se parecieran demasiado a Javier.

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