Buen día, tarde o noche. Este es el primer relato que inaugura una serie propia de mi autoría en la que fanáticos de mis historias comparten sus propias experiencias, vivencias, anécdotas o incluso fantasías para relatarlas con mi estilo característico. Sientanse cómodos de participar en nuevas ediciones y disfruten está anécdota de un fan.
Hola, MrFreak!
Soy uno de esos fans silenciosos que devora cada relato erótico que subes. Los leo una y otra vez, me pongo como loco imaginando las escenas, y siempre fantaseo con vivir algo así… pero nunca pensé que me pasaría de verdad. Hasta esa noche.
Era el cumpleaños de mi novia, una fiesta familiar en su casa. Todo normal: música bajita, primos, tíos, pastel, brindis. Yo estaba bebiendo tranquilo cuando la vi a ella… la hermana menor de mi novia.
Se llamaba Vale. Morena intensa, piel canela brillante por el calor de la fiesta, cuerpo gordibuena en el sentido más delicioso posible: tetas grandes, pesadas, que se movían con cada paso torpe que daba, y un culo gordo, redondo, que se marcaba brutalmente contra la falda corta que traía puesta. Era otaku hasta la médula, siempre con alguna playera de anime un poco grande que apenas contenía esas tetas enormes. Esa noche traía una de esas, y se le había subido un poco por el sudor y el alcohol, dejando ver la curva suave de su pancita y el borde de un brasier negro.
La fiesta avanzaba y ella había tomado más de la cuenta. Se veía cansada, con las mejillas rojas, el pelo negro y ondulado pegado a la frente y al cuello. Se tambaleaba un poco apoyada contra la pared, riéndose sola de algo que solo ella entendía.
Mi novia se acercó a mí con esa cara de “por favor ayúdame”.
—Amor, Vale está peda y cansadísima. ¿Puedes llevarla a su cuarto para que se acueste? Yo estoy atendiendo a mis tíos y no puedo dejarlos ahora. Por favor…
Acepté sin pensarlo dos veces.
Me acerqué a Vale, le pasé un brazo por la cintura para sostenerla. Dios… su cuerpo era puro calor blando. Sentí inmediatamente cómo su cadera ancha se pegaba a la mía, cómo esa nalga gorda se aplastaba contra mi costado. Olía a perfume dulce mezclado con sudor y alcohol.
—Vamos, Vale… te llevo a tu cama —le dije bajito.
Ella levantó la cara hacia mí. Sus ojos estaban vidriosos, los labios entreabiertos. Balbuceaba cosas sin sentido:
—Mmm… el piso… se mueve… ¿por qué todo da vueltas…? Jajaja… eres el novio de mi hermana… qué guapo eres cuando te enojas… nooo, no te enojas…
Su rostro estaba demasiado cerca del mío. Mientras caminábamos por el pasillo hacia su habitación, su aliento caliente me daba directo en la boca. Cada paso hacía que sus tetas pesadas se apretaran contra mi pecho y mi brazo. Sentía los pezones duros rozándome a través de la tela fina de su playera. Mi verga empezó a hincharse sin que pudiera controlarlo.
Llegamos a su cuarto. Estaba oscuro, solo entraba un poco de luz del pasillo. La llevé hasta la cama y la senté con cuidado. Pero ella no me soltó. Sus manos se aferraron a mi camisa y me jaló hacia abajo cuando intenté incorporarme.
—Quédate un ratito… no quiero estar sola… todo da vueltas… —murmuró con voz pastosa, inocente y a la vez cargada de algo que no supe identificar.
Su cara quedó a centímetros de la mía. Labios carnosos, respiración agitada. Una de sus tetas enormes se escapó un poco del escote de la playera, casi rozándome la mejilla. El culo se hundía en el colchón, haciendo que la falda se subiera peligrosamente, dejando ver el borde de unas bragas blancas de algodón que se le clavaban entre esas nalgas gordas y suaves.
Tragué saliva. Mi verga ya estaba completamente dura, palpitando dentro del pantalón.
—Vale… tienes que dormir —dije, pero mi voz salió ronca, traicionándome.
Ella sonrió de forma torcida, esa sonrisa inocente de otaku borracha, y de repente sus dedos bajaron por mi pecho hasta llegar al borde de mi pantalón.
—Estás caliente… ¿tienes fiebre? —balbuceó, y sin querer (o queriendo, quién sabe) rozó con el dorso de la mano el bulto evidente que tenía yo.
El contacto fue eléctrico.
Me quedé congelado. Ella parpadeó lento, como procesando lo que acababa de tocar, y luego soltó una risita baja, casi infantil.
—Mmm… eso es grande… ¿siempre está así cuando cargas a alguien…?
Su mano no se apartó. Al contrario, se quedó ahí, presionando suavemente contra mi verga dura a través de la tela, mientras su cara seguía pegada a la mía, sus ojos entrecerrados, inocentes y curiosos a la vez.
El corazón me latía en la garganta. Sabía que mi novia estaba a solo unos metros, en la sala llena de familia… y yo estaba ahí, con la hermana de ella, sintiendo cómo esa gordibuena morena y borracha empezaba a frotar lentamente su palma contra mi polla palpitante.
Y lo peor… o lo mejor… es que ella no parecía querer parar.
Vale soltó una risita suave y se dejó caer de lado en la cama, pero luego, como si su cuerpo pesara demasiado, rodó lentamente hasta quedar completamente boca abajo.
Dios santo…
El vestido gris corto se le subió de golpe por la espalda, dejando al descubierto ese culo enorme, gordibuena, moreno y brillante de sudor. Era una visión brutal: dos nalgas redondas, gruesas, gelatinosas, que se movían y temblaban con cada respiración pesada que daba. El vestido apenas las contenía; se había enredado en la cintura, y las bragas blancas de algodón se le habían metido profundamente entre las nalgas, marcando perfectamente la raja húmeda y el contorno de su coño hinchado. Ese culo se veía tan suave, tan lleno, tan listo para ser agarrado… que se me secó la boca.
Cerré la puerta con cuidado, girando la llave sin hacer ruido. El corazón me latía tan fuerte que pensé que alguien lo escucharía desde la sala. Sabía que mi novia estaba ahí afuera, riendo con la familia, y yo… yo estaba a punto de hacer algo que no tenía vuelta atrás.
Me acerqué a la cama con las piernas temblando. Vale murmuraba incoherencias contra la almohada, la cara hundida, el pelo negro desparramado. Sus caderas se movían un poco, como si estuviera incómoda, y cada movimiento hacía que ese culo gordo se bamboleara de forma hipnótica, las nalgas chocando suavemente entre sí.
No pude resistirme más.
Con las manos sudando, levanté completamente el vestido gris hasta su cintura. Ahí estaba: ese culo perfecto, moreno, ancho, con hoyuelos suaves en los lados. Lo toqué primero con las yemas de los dedos… estaba caliente, la piel tersa y blanda. Lo apreté con ambas manos y gemí bajito al sentir cómo se hundían mis dedos en esa carne gelatinosa, cómo rebosaba entre ellos. Era tan suave, tan pesado… lo separé un poco y vi cómo las bragas blancas se le clavaban más profundo, mojadas ya en el centro.
—Vale… joder… —susurré, casi sin voz.
Ella solo soltó un gemidito ahogado contra la almohada, como si ni siquiera estuviera consciente del todo, pero su culo se empujó ligeramente hacia atrás, buscando más contacto.
Me arrodillé en la cama detrás de ella. Bajé las bragas lentamente por sus muslos gruesos hasta dejarlas en las rodillas. Su coño quedó expuesto: labios morenos hinchados, brillando de humedad, y ese culito apretado justo arriba. Olía a mujer excitada, dulce y fuerte al mismo tiempo.
No lo pensé más.
Me abrí el pantalón, saqué mi verga dura como piedra, palpitante, con la cabeza ya mojada de precum. La puse entre sus nalgas gordas y la froté lentamente, sintiendo cómo se deslizaba entre esa carne caliente y blanda. Luego apunté directo a su coño… y empujé.
Entré de una sola vez, lento pero profundo. Estaba tan mojada que resbaló hasta el fondo sin esfuerzo. Vale soltó un gemido ahogado y largo contra la almohada, su cuerpo se tensó un segundo y luego se relajó, dejando que su culo gordo se aplastara completamente contra mi pelvis.
—Ahhh… mmm… —balbuceó, voz pastosa y rota.
Empecé a follarla así, boca abajo, con embestidas profundas y fuertes. Cada vez que empujaba, sus nalgas gelatinosas rebotaban contra mí con un sonido húmedo y carnoso. Sus tetas enormes se aplastaban contra el colchón y se salían por los lados de su cuerpo. Agarré esas caderas anchas con fuerza, hundiendo los dedos en su carne blanda mientras la penetraba más rápido, más duro.
Su coño me apretaba como si no quisiera soltarme. Estaba tan caliente por dentro, tan resbaladizo… y ella solo gemía bajito, incoherente, con esa inocencia otaku que me volvía loco:
—Está… muy adentro… ahh… ¿qué es esto…? se siente… rico… no pares…
La follé como un animal, viendo cómo ese culo gordo se sacudía con cada golpe, cómo su espalda se arqueaba, cómo su pelo se pegaba a su piel sudada. Sabía que en cualquier momento alguien podía tocar la puerta… y eso solo me ponía más caliente.
La tenía completamente a mi merced, boca abajo, con el vestido subido, las bragas en las rodillas y mi verga enterrada hasta el fondo en su coño mojado y apretado.
Y todavía no había terminado con ella…
La tenía completamente rendida boca abajo, mi verga enterrada hasta el fondo en ese coño caliente y apretado mientras su culo gordo gelatinoso rebotaba contra mi pelvis con cada embestida brutal. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación oscura, mezclado con sus gemiditos ahogados contra la almohada.
—Vale… estás tan mojada… tan rica… —gruñí entre dientes, apretando sus caderas anchas con fuerza mientras la follaba más rápido.
Ella solo balbuceaba, voz rota y pastosa por el alcohol y el placer:
—Mmm… ahh… se siente… muy profundo… duele rico… no… no pares…
Sus nalgas se sacudían violentamente, esa carne morena y blanda ondulando como gelatina con cada golpe. Yo no podía dejar de mirarlo: cómo se abrían y cerraban, cómo mi verga entraba y salía brillante de sus jugos, estirando esos labios hinchados.
De repente la agarré del pelo negro y ondulado, jalando su cabeza hacia atrás con cuidado pero firme. Su cara salió de la almohada, boca abierta, ojos entrecerrados y vidriosos.
—Quiero oírte… —le susurré al oído, sin dejar de follarla duro—. Gime para mí, putita…
Y ella lo hizo. Soltó un gemido largo y agudo que me erizó la piel:
—Ahhhhh… ¡sí! ¡Así… más fuerte!
Eso me volvió loco. La levanté un poco por las caderas, poniéndola en cuatro sobre la cama, sin sacarla. Ahora su culo gordo quedaba perfectamente expuesto, arqueado hacia mí, temblando con cada embestida. Agarré esas nalgas enormes con ambas manos, las separé y empecé a follarla como un animal salvaje, golpeando fondo con cada empujón. Sus tetas pesadas colgaban y se balanceaban violentamente debajo de ella, los pezones duros rozando las sábanas.
—Tu culo… joder, este culo me tiene loco… —gruñí, dándole una nalgada fuerte que hizo que la carne rebotara.
Vale gritó de placer, su voz ya no tan inocente:
—Más… ¡por favor! ¡Me gusta… me gusta cuando me das duro!
El sudor nos corría por el cuerpo. Yo sentía que estaba a punto de explotar, pero quería verla correrse primero. Deslicé una mano debajo de ella y empecé a frotarle el clítoris hinchado mientras la penetraba sin parar. Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados. Su coño empezó a apretarme con fuerza, pulsando alrededor de mi verga.
—Estoy… estoy… ¡ahhh! —balbuceó, el cuerpo temblando entero.
Y entonces se corrió. Fuerte. Su coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla, soltando un chorro caliente de jugos que me empapó las bolas y los muslos. Todo su cuerpo gordibuena se sacudió como si tuviera una convulsión de placer: el culo rebotando, las tetas agitándose, la espalda arqueándose mientras gritaba mi nombre contra la almohada, intentando ahogar el sonido pero sin conseguirlo del todo.
— ¡Síííí…! ¡Me vengo…!
Verla así, corriéndose como una loca con ese cuerpo moreno y blando temblando, fue demasiado para mí.
Saqué la verga de golpe, la volteé con fuerza sobre su espalda y me subí encima de ella. Sus tetas enormes quedaron aplastadas contra mi pecho, sus piernas abiertas alrededor de mis caderas. Volví a enterrarme en su coño aún palpitante de orgasmo y empecé a follarla con embestidas cortas y salvajes, buscando mi propia liberación.
—Voy a correrme… dentro de ti… —gruñí contra su boca.
Ella, todavía jadeando, me rodeó el cuello con los brazos y me besó torpemente, lengua torpe pero ansiosa.
—Hazlo… lléname…
Eso fue la sentencia.
Empujé hasta el fondo una última vez y exploté. Me corrí como nunca, soltando chorros gruesos y calientes directamente dentro de su coño, llenándola hasta que sentí que se desbordaba. Mi verga palpitaba violentamente mientras vaciaba todo, el placer tan intenso que casi me mareo.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, sudados, pegados. Mi semen empezaba a salir de su coño y a correrle por el culo gordo. Vale tenía los ojos cerrados, una sonrisa tonta y satisfecha en la cara, todavía balbuceando cosas incoherentes de otaku borracha:
—Qué… rico… me duele bonito…
Me aparté lentamente, admirando el desastre que había dejado: su vestido arrugado en la cintura, bragas enredadas en un tobillo, coño hinchado y chorreando mi leche, ese culo gelatinoso marcado con las huellas rojas de mis manos.
Rápidamente me acomodé la ropa, le bajé un poco el vestido para que pareciera que solo estaba durmiendo, y salí del cuarto con el corazón a mil.
Cuando regresé a la fiesta, mi novia me sonrió inocente:
—¿Todo bien? ¿Se durmió?
Yo solo asentí, todavía con el sabor de Vale en la boca y su coño palpitando en mi memoria.
Desde esa noche no he podido mirar a su hermana de la misma forma… y cada vez que la veo con esa playera de anime y ese culo gordo moviéndose, solo pienso en repetir.
Hola, MrFreak!
Soy uno de esos fans silenciosos que devora cada relato erótico que subes. Los leo una y otra vez, me pongo como loco imaginando las escenas, y siempre fantaseo con vivir algo así… pero nunca pensé que me pasaría de verdad. Hasta esa noche.
Era el cumpleaños de mi novia, una fiesta familiar en su casa. Todo normal: música bajita, primos, tíos, pastel, brindis. Yo estaba bebiendo tranquilo cuando la vi a ella… la hermana menor de mi novia.
Se llamaba Vale. Morena intensa, piel canela brillante por el calor de la fiesta, cuerpo gordibuena en el sentido más delicioso posible: tetas grandes, pesadas, que se movían con cada paso torpe que daba, y un culo gordo, redondo, que se marcaba brutalmente contra la falda corta que traía puesta. Era otaku hasta la médula, siempre con alguna playera de anime un poco grande que apenas contenía esas tetas enormes. Esa noche traía una de esas, y se le había subido un poco por el sudor y el alcohol, dejando ver la curva suave de su pancita y el borde de un brasier negro.
La fiesta avanzaba y ella había tomado más de la cuenta. Se veía cansada, con las mejillas rojas, el pelo negro y ondulado pegado a la frente y al cuello. Se tambaleaba un poco apoyada contra la pared, riéndose sola de algo que solo ella entendía.
Mi novia se acercó a mí con esa cara de “por favor ayúdame”.
—Amor, Vale está peda y cansadísima. ¿Puedes llevarla a su cuarto para que se acueste? Yo estoy atendiendo a mis tíos y no puedo dejarlos ahora. Por favor…
Acepté sin pensarlo dos veces.
Me acerqué a Vale, le pasé un brazo por la cintura para sostenerla. Dios… su cuerpo era puro calor blando. Sentí inmediatamente cómo su cadera ancha se pegaba a la mía, cómo esa nalga gorda se aplastaba contra mi costado. Olía a perfume dulce mezclado con sudor y alcohol.
—Vamos, Vale… te llevo a tu cama —le dije bajito.
Ella levantó la cara hacia mí. Sus ojos estaban vidriosos, los labios entreabiertos. Balbuceaba cosas sin sentido:
—Mmm… el piso… se mueve… ¿por qué todo da vueltas…? Jajaja… eres el novio de mi hermana… qué guapo eres cuando te enojas… nooo, no te enojas…
Su rostro estaba demasiado cerca del mío. Mientras caminábamos por el pasillo hacia su habitación, su aliento caliente me daba directo en la boca. Cada paso hacía que sus tetas pesadas se apretaran contra mi pecho y mi brazo. Sentía los pezones duros rozándome a través de la tela fina de su playera. Mi verga empezó a hincharse sin que pudiera controlarlo.
Llegamos a su cuarto. Estaba oscuro, solo entraba un poco de luz del pasillo. La llevé hasta la cama y la senté con cuidado. Pero ella no me soltó. Sus manos se aferraron a mi camisa y me jaló hacia abajo cuando intenté incorporarme.
—Quédate un ratito… no quiero estar sola… todo da vueltas… —murmuró con voz pastosa, inocente y a la vez cargada de algo que no supe identificar.
Su cara quedó a centímetros de la mía. Labios carnosos, respiración agitada. Una de sus tetas enormes se escapó un poco del escote de la playera, casi rozándome la mejilla. El culo se hundía en el colchón, haciendo que la falda se subiera peligrosamente, dejando ver el borde de unas bragas blancas de algodón que se le clavaban entre esas nalgas gordas y suaves.
Tragué saliva. Mi verga ya estaba completamente dura, palpitando dentro del pantalón.
—Vale… tienes que dormir —dije, pero mi voz salió ronca, traicionándome.
Ella sonrió de forma torcida, esa sonrisa inocente de otaku borracha, y de repente sus dedos bajaron por mi pecho hasta llegar al borde de mi pantalón.
—Estás caliente… ¿tienes fiebre? —balbuceó, y sin querer (o queriendo, quién sabe) rozó con el dorso de la mano el bulto evidente que tenía yo.
El contacto fue eléctrico.
Me quedé congelado. Ella parpadeó lento, como procesando lo que acababa de tocar, y luego soltó una risita baja, casi infantil.
—Mmm… eso es grande… ¿siempre está así cuando cargas a alguien…?
Su mano no se apartó. Al contrario, se quedó ahí, presionando suavemente contra mi verga dura a través de la tela, mientras su cara seguía pegada a la mía, sus ojos entrecerrados, inocentes y curiosos a la vez.
El corazón me latía en la garganta. Sabía que mi novia estaba a solo unos metros, en la sala llena de familia… y yo estaba ahí, con la hermana de ella, sintiendo cómo esa gordibuena morena y borracha empezaba a frotar lentamente su palma contra mi polla palpitante.
Y lo peor… o lo mejor… es que ella no parecía querer parar.
Vale soltó una risita suave y se dejó caer de lado en la cama, pero luego, como si su cuerpo pesara demasiado, rodó lentamente hasta quedar completamente boca abajo.
Dios santo…
El vestido gris corto se le subió de golpe por la espalda, dejando al descubierto ese culo enorme, gordibuena, moreno y brillante de sudor. Era una visión brutal: dos nalgas redondas, gruesas, gelatinosas, que se movían y temblaban con cada respiración pesada que daba. El vestido apenas las contenía; se había enredado en la cintura, y las bragas blancas de algodón se le habían metido profundamente entre las nalgas, marcando perfectamente la raja húmeda y el contorno de su coño hinchado. Ese culo se veía tan suave, tan lleno, tan listo para ser agarrado… que se me secó la boca.
Cerré la puerta con cuidado, girando la llave sin hacer ruido. El corazón me latía tan fuerte que pensé que alguien lo escucharía desde la sala. Sabía que mi novia estaba ahí afuera, riendo con la familia, y yo… yo estaba a punto de hacer algo que no tenía vuelta atrás.
Me acerqué a la cama con las piernas temblando. Vale murmuraba incoherencias contra la almohada, la cara hundida, el pelo negro desparramado. Sus caderas se movían un poco, como si estuviera incómoda, y cada movimiento hacía que ese culo gordo se bamboleara de forma hipnótica, las nalgas chocando suavemente entre sí.
No pude resistirme más.
Con las manos sudando, levanté completamente el vestido gris hasta su cintura. Ahí estaba: ese culo perfecto, moreno, ancho, con hoyuelos suaves en los lados. Lo toqué primero con las yemas de los dedos… estaba caliente, la piel tersa y blanda. Lo apreté con ambas manos y gemí bajito al sentir cómo se hundían mis dedos en esa carne gelatinosa, cómo rebosaba entre ellos. Era tan suave, tan pesado… lo separé un poco y vi cómo las bragas blancas se le clavaban más profundo, mojadas ya en el centro.
—Vale… joder… —susurré, casi sin voz.
Ella solo soltó un gemidito ahogado contra la almohada, como si ni siquiera estuviera consciente del todo, pero su culo se empujó ligeramente hacia atrás, buscando más contacto.
Me arrodillé en la cama detrás de ella. Bajé las bragas lentamente por sus muslos gruesos hasta dejarlas en las rodillas. Su coño quedó expuesto: labios morenos hinchados, brillando de humedad, y ese culito apretado justo arriba. Olía a mujer excitada, dulce y fuerte al mismo tiempo.
No lo pensé más.
Me abrí el pantalón, saqué mi verga dura como piedra, palpitante, con la cabeza ya mojada de precum. La puse entre sus nalgas gordas y la froté lentamente, sintiendo cómo se deslizaba entre esa carne caliente y blanda. Luego apunté directo a su coño… y empujé.
Entré de una sola vez, lento pero profundo. Estaba tan mojada que resbaló hasta el fondo sin esfuerzo. Vale soltó un gemido ahogado y largo contra la almohada, su cuerpo se tensó un segundo y luego se relajó, dejando que su culo gordo se aplastara completamente contra mi pelvis.
—Ahhh… mmm… —balbuceó, voz pastosa y rota.
Empecé a follarla así, boca abajo, con embestidas profundas y fuertes. Cada vez que empujaba, sus nalgas gelatinosas rebotaban contra mí con un sonido húmedo y carnoso. Sus tetas enormes se aplastaban contra el colchón y se salían por los lados de su cuerpo. Agarré esas caderas anchas con fuerza, hundiendo los dedos en su carne blanda mientras la penetraba más rápido, más duro.
Su coño me apretaba como si no quisiera soltarme. Estaba tan caliente por dentro, tan resbaladizo… y ella solo gemía bajito, incoherente, con esa inocencia otaku que me volvía loco:
—Está… muy adentro… ahh… ¿qué es esto…? se siente… rico… no pares…
La follé como un animal, viendo cómo ese culo gordo se sacudía con cada golpe, cómo su espalda se arqueaba, cómo su pelo se pegaba a su piel sudada. Sabía que en cualquier momento alguien podía tocar la puerta… y eso solo me ponía más caliente.
La tenía completamente a mi merced, boca abajo, con el vestido subido, las bragas en las rodillas y mi verga enterrada hasta el fondo en su coño mojado y apretado.
Y todavía no había terminado con ella…
La tenía completamente rendida boca abajo, mi verga enterrada hasta el fondo en ese coño caliente y apretado mientras su culo gordo gelatinoso rebotaba contra mi pelvis con cada embestida brutal. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación oscura, mezclado con sus gemiditos ahogados contra la almohada.
—Vale… estás tan mojada… tan rica… —gruñí entre dientes, apretando sus caderas anchas con fuerza mientras la follaba más rápido.
Ella solo balbuceaba, voz rota y pastosa por el alcohol y el placer:
—Mmm… ahh… se siente… muy profundo… duele rico… no… no pares…
Sus nalgas se sacudían violentamente, esa carne morena y blanda ondulando como gelatina con cada golpe. Yo no podía dejar de mirarlo: cómo se abrían y cerraban, cómo mi verga entraba y salía brillante de sus jugos, estirando esos labios hinchados.
De repente la agarré del pelo negro y ondulado, jalando su cabeza hacia atrás con cuidado pero firme. Su cara salió de la almohada, boca abierta, ojos entrecerrados y vidriosos.
—Quiero oírte… —le susurré al oído, sin dejar de follarla duro—. Gime para mí, putita…
Y ella lo hizo. Soltó un gemido largo y agudo que me erizó la piel:
—Ahhhhh… ¡sí! ¡Así… más fuerte!
Eso me volvió loco. La levanté un poco por las caderas, poniéndola en cuatro sobre la cama, sin sacarla. Ahora su culo gordo quedaba perfectamente expuesto, arqueado hacia mí, temblando con cada embestida. Agarré esas nalgas enormes con ambas manos, las separé y empecé a follarla como un animal salvaje, golpeando fondo con cada empujón. Sus tetas pesadas colgaban y se balanceaban violentamente debajo de ella, los pezones duros rozando las sábanas.
—Tu culo… joder, este culo me tiene loco… —gruñí, dándole una nalgada fuerte que hizo que la carne rebotara.
Vale gritó de placer, su voz ya no tan inocente:
—Más… ¡por favor! ¡Me gusta… me gusta cuando me das duro!
El sudor nos corría por el cuerpo. Yo sentía que estaba a punto de explotar, pero quería verla correrse primero. Deslicé una mano debajo de ella y empecé a frotarle el clítoris hinchado mientras la penetraba sin parar. Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados. Su coño empezó a apretarme con fuerza, pulsando alrededor de mi verga.
—Estoy… estoy… ¡ahhh! —balbuceó, el cuerpo temblando entero.
Y entonces se corrió. Fuerte. Su coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla, soltando un chorro caliente de jugos que me empapó las bolas y los muslos. Todo su cuerpo gordibuena se sacudió como si tuviera una convulsión de placer: el culo rebotando, las tetas agitándose, la espalda arqueándose mientras gritaba mi nombre contra la almohada, intentando ahogar el sonido pero sin conseguirlo del todo.
— ¡Síííí…! ¡Me vengo…!
Verla así, corriéndose como una loca con ese cuerpo moreno y blando temblando, fue demasiado para mí.
Saqué la verga de golpe, la volteé con fuerza sobre su espalda y me subí encima de ella. Sus tetas enormes quedaron aplastadas contra mi pecho, sus piernas abiertas alrededor de mis caderas. Volví a enterrarme en su coño aún palpitante de orgasmo y empecé a follarla con embestidas cortas y salvajes, buscando mi propia liberación.
—Voy a correrme… dentro de ti… —gruñí contra su boca.
Ella, todavía jadeando, me rodeó el cuello con los brazos y me besó torpemente, lengua torpe pero ansiosa.
—Hazlo… lléname…
Eso fue la sentencia.
Empujé hasta el fondo una última vez y exploté. Me corrí como nunca, soltando chorros gruesos y calientes directamente dentro de su coño, llenándola hasta que sentí que se desbordaba. Mi verga palpitaba violentamente mientras vaciaba todo, el placer tan intenso que casi me mareo.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, sudados, pegados. Mi semen empezaba a salir de su coño y a correrle por el culo gordo. Vale tenía los ojos cerrados, una sonrisa tonta y satisfecha en la cara, todavía balbuceando cosas incoherentes de otaku borracha:
—Qué… rico… me duele bonito…
Me aparté lentamente, admirando el desastre que había dejado: su vestido arrugado en la cintura, bragas enredadas en un tobillo, coño hinchado y chorreando mi leche, ese culo gelatinoso marcado con las huellas rojas de mis manos.
Rápidamente me acomodé la ropa, le bajé un poco el vestido para que pareciera que solo estaba durmiendo, y salí del cuarto con el corazón a mil.
Cuando regresé a la fiesta, mi novia me sonrió inocente:
—¿Todo bien? ¿Se durmió?
Yo solo asentí, todavía con el sabor de Vale en la boca y su coño palpitando en mi memoria.
Desde esa noche no he podido mirar a su hermana de la misma forma… y cada vez que la veo con esa playera de anime y ese culo gordo moviéndose, solo pienso en repetir.
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