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Miranda y su cornudito 18 - cumpleaños de nuentra hija trans

Lunes por la tarde


La casa estaba llena de risas y voces infantiles. En el salón de abajo, Camilita jugaba con sus dos hermanas a un juego de mesa. Los tres reían, movían las fichas y discutían con esa energía despreocupada de los hermanos. Camilita, vestida con ropa normal de chico (para no levantar sospechas delante de sus hermanas), seguía siendo el más aniñado de los tres: se reía con carcajadas suaves, se sonrojaba cuando perdía y buscaba constantemente la aprobación de sus hermanas mayores.


Desde la cocina, Miranda observaba la escena con una mezcla de ternura y nervios. Había pasado todo el domingo pensando en lo que había visto en el refugio: cómo Camilita se sonrojaba especialmente cuando Dogoberto le decía piropos, cómo bajaba la mirada con timidez pero no se alejaba, cómo su cuerpo parecía reaccionar de forma inconsciente ante ese hombre grande, gordo y sucio.


Cuando el juego de mesa llegó a un momento de pausa, Miranda llamó desde la escalera con voz cariñosa pero firme:


—Camilita… subí un momento al cuarto, hijita. Mamá quiere hablar algo a solas con vos.


Camilita levantó la vista, sorprendida. Sus hermanas protestaron un poco (“¡No te vayas ahora, estamos en la mitad!”), pero Miranda les sonrió con dulzura:


—Solo un ratito, chicas. Sigan jugando, ya vuelve.


Camilita subió las escaleras con paso tímido, el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Entró al dormitorio de sus padres y cerró la puerta detrás de sí.


Miranda estaba sentada en el borde de la cama, con una expresión suave pero seria. Le hizo señas para que se acercara y se sentara a su lado. Cuando Camilita lo hizo, Miranda le tomó las manos con ternura y lo miró a los ojos.


—Mi nenita… ayer en el refugio te estuve observando —empezó con voz baja y cariñosa—. Vi cómo te comportaste con Dogoberto… ese señor alto y gordo que te decía piropos. Te sonrojaste mucho cada vez que te hablaba… más que con los otros. Bajabas la mirada, te mordías el labio… pero no te ibas rápido. Parecías… nerviosa, pero también contenta. ¿Te gusta Dogoberto, Camilita?


Camilita se puso rojo como un tomate. Bajó la mirada inmediatamente, retorciendo los dedos de las manos con vergüenza. Su voz salió bajita, casi un susurro:
—N-no sé, mami… me da vergüenza decirlo…
Miranda le levantó la cara con suavidad, obligándolo a mirarla. Su expresión era llena de amor y comprensión, sin ningún juicio.


—Shhh… no tengas vergüenza, hijita. Mamá está acá para escucharte. No te voy a regañar, no te voy a juzgar. Confía en mí. Soy tu mamá y te quiero muchísimo. Si te gusta Dogoberto… aunque sea un poquito… podés decírmelo. Está bien sentir eso.


Camilita se mordió el labio inferior, los ojos brillándole de emoción contenida. Después de unos segundos de silencio, habló con voz temblorosa y aniñada:


—Es que… cuando me dice piropos… me siento rara. Me da calor en la panza… y me pongo nerviosa. Me gusta cómo me mira… como si yo fuera… linda. Nadie me había mirado así antes. Pero me da mucha vergüenza admitirlo… porque es un señor grande, sucio… y yo soy… yo.


Miranda le acarició el cabello largo con ternura y le sonrió con todo el amor del mundo.


—Mi nenita preciosa… no tenés que avergonzarte de nada. Es normal que te guste que te miren, que te digan cosas bonitas. Dogoberto es un hombre grande, fuerte, con presencia… y aunque sea sucio y viejo, tiene algo que te atrae. Mamá lo vio. Y está bien. Mamá no te va a regañar por sentir eso. Al contrario… mamá está feliz de que confíes en mí y me lo cuentes.


Camilita levantó la vista, con los ojos húmedos pero aliviados.


—¿De verdad, mami? ¿No te molesta que me guste un señor así?


Miranda negó con la cabeza y lo abrazó fuerte contra su pecho, acariciándole la espalda.


—No, mi amor. No me molesta. Mamá entiende que estás descubriendo quién sos. Te estás convirtiendo en una nenita… y las nenitas sienten atracción por los hombres. Aunque sean hombres grandes, viejos y sucios como Dogoberto. Eso no te hace mala persona. Solo te hace humana… y muy valiente por contármelo.
Se separó un poco del abrazo y le tomó la cara con las dos manos, mirándolo con mucho cariño.
—Camilita… si querés, mamá puede ayudarte a acercarte más a él. Pero solo si vos querés. Mamá nunca te va a obligar a nada. Todo tiene que ser porque vos lo deseás. ¿Entendés?


Camilita asintió, todavía sonrojado, pero con una pequeña sonrisa tímida asomando en sus labios.


—Entiendo, mami… gracias por no enojarte.


Miranda lo abrazó de nuevo, besándole la cabeza con ternura.


—Nunca me voy a enojar por algo así, hijita. Mamá te ama tal como sos… y te va a seguir acompañando en todo este camino. Si querés seguir hablando de Dogoberto… o de cómo te sentís cuando te mira… mamá está acá para escucharte. Siempre.


Camilita se quedó abrazado a su mamá un rato largo, sintiéndose seguro, querido y comprendido como nunca antes. Miranda, mientras lo abrazaba, sentía en su pecho una mezcla de amor maternal profundo y un morbo oscuro que no podía negar: la idea de que su hijita se sintiera atraída por un hombre como Dogoberto abría puertas que ya no podía cerrar.


El vínculo entre madre e hija se estaba volviendo cada vez más íntimo… y más peligroso.


Miranda abrazó a Camilita un poco más fuerte después de la conversación sobre Dogoberto. Le besó la cabeza con ternura y le dijo con voz suave y cariñosa:
—Hijita… mamá tiene un regalo sorpresa para vos. Algo que va a ayudarte a sentirte más nenita todavía.
Camilita levantó la cara, curioso y un poco nervioso.
—¿Un regalo, mami?
Miranda sonrió, se levantó y sacó de debajo de la cama una cajita negra discreta. La abrió frente a su hija y sacó una jaula de castidad de plástico transparente, pequeña y delicada, con un anillo base y un candado rosa.
Camilita la miró con los ojos muy abiertos, sin entender del todo qué era.
—¿Qué es eso, mami?
Miranda se sentó de nuevo a su lado, tomó la jaula con una mano y le explicó con tono paciente, maternal y lleno de cariño:
—Esto se llama jaula de castidad, mi nenita. Es para tu pitito. Las nenitas como vos no necesitan que se les pare el pitito. De hecho… las nenitas buenas no tienen erecciones. Su placer no viene de ahí. El placer de una nenita viene de su anito… de sentirlo lleno, de que la penetren, de que la usen por atrás. El pitito de una nenita debe quedarse chiquito, suave y quieto… porque ya no es lo importante.
Camilita se sonrojó intensamente, pero escuchaba con atención, sin interrumpir.
Miranda continuó, acariciándole el cabello mientras hablaba:
—Cuando te pongas la jaulita, tu pitito va a estar encerrado todo el tiempo. No va a poder crecer, no va a poder ponerse duro… y eso es bueno, hijita. Porque así te vas a acostumbrar a que tu placer venga solo de tu culito. Vas a sentirte más femenina, más delicada, más nenita. Además tiene muchas ventajas:


Vas a estar siempre concentrada en ser una buena nenita, no en pensamientos de varón.
Cuando un hombre te mire o te toque, vas a sentir cosquilleo en tu anito en vez de en el pitito.
Mamá va a tener la llave… y mamá va a decidir cuándo te libera. Eso te va a hacer sentir segura y protegida.
Te va a ayudar a no tener erecciones incómodas cuando estés vestida de nenita o cuando estés cerca de hombres.
Y lo más importante… te va a recordar todos los días que sos mi nenita, que tu cuerpo ya no es de varón… que ahora sos una chica que complace con su culito.


Camilita se mordió el labio, visiblemente nervioso pero también intrigado. Miró la jaulita transparente y preguntó bajito:
—¿Y… duele, mami?
Miranda negó con la cabeza y le acarició la mejilla.
—No duele, mi amor. Al principio puede sentirse un poco apretado, pero te vas a acostumbrar rápido. Mamá te la va a poner con mucho cuidado y con lubricante. Y si en algún momento te molesta demasiado, mamá te la saca. Pero creo que te va a gustar… porque te va a hacer sentir más nenita que nunca.
Camilita se quedó pensando unos segundos, luego miró a su mamá con ojos grandes y confiados.
—Si vos decís que es bueno para mí… entonces quiero probármela, mami.
Miranda sonrió con orgullo y ternura, lo abrazó fuerte y le besó la frente.
—Esa es mi nenita buena y obediente. Vení… vamos a ponértela ahora. Mamá te va a explicar todo paso a paso.
Se levantó, tomó la jaula y el lubricante, y comenzó a prepararla con mucho cariño, explicándole cada paso mientras lo hacía.
Miranda y su cornudito 18 - cumpleaños de nuentra hija trans

Martes por la tarde


El martes llegó con una mezcla de nervios y expectativa en la casa. Era el día anterior al tan ansiado miércoles en el que Dogoberto vendría a cenar. Miranda había pasado la mañana preparando todo: la cena, la mesa, y especialmente la ropa para su hijita.


Después del almuerzo, cuando la casa quedó en silencio, Miranda llamó a Camilita a su habitación con voz cariñosa:
—Camilita, vení, hijita. Mamá te trajo varios conjuntos nuevos para que te pruebes. Quiero que elijas el más lindo para mañana, cuando venga Dogoberto.
Camilita entró con pasos suaves y tímidos, ya vestida con una faldita corta y una blusita ajustada que marcaba sus pequeños pechitos incipientes. Su cabello largo estaba suelto y brillaba bajo la luz de la ventana. Se veía claramente emocionada y nerviosa.


Miranda había extendido sobre la cama varios conjuntos que había comprado especialmente para ella:


Un vestido blanco corto, de tela ligera y vaporosa, con escote en forma de corazón y falda plisada.
Un conjunto de falda rosa pastel y blusa blanca con volados.
Un vestido negro ajustado con encaje en el pecho.
Varias tanguitas, medias y un par de sandalias rosas con un ligero taco.
Camilita se acercó a la cama con los ojos brillantes. Tocó las telas con dedos temblorosos y murmuró con voz aniñada y feliz:


—Qué lindas son todas, mami… me encanta que me compres ropa de nenita.


Miranda sonrió con ternura y empezó a ayudarla a probarse.


Primero le probó el vestido negro ajustado. Camilita se miró en el espejo y dio una vueltita, pero negó con la cabeza.


—Este me gusta… pero me siento demasiado… atrevida.


Luego probó el conjunto de falda rosa y blusa blanca. Se veía muy dulce, pero Miranda notó que no terminaba de convencerla.
Finalmente, Camilita se probó el vestido blanco corto. La tela ligera caía suavemente sobre su cuerpo delgadito, marcando sus pequeñas curvas, sus pechitos incipientes y su culito redondo. La falda plisada le llegaba justo por encima de las rodillas, y el escote en corazón dejaba ver un poco de su piel blanquita. Miranda le colocó las sandalias rosas con un ligero taco, que le daban un toque más femenino y la obligaban a caminar con pasitos delicados.
Camilita se miró en el espejo de cuerpo entero y se quedó en silencio unos segundos. Luego giró sobre sí misma, haciendo que la falda se moviera, y una sonrisa grande y feliz apareció en su cara.
—Mami… este me encanta —dijo con voz suave y emocionada—. Me siento tan… nenita. Tan linda. Me gusta cómo se mueve la falda, cómo se ven mis piernas con las sandalias… Me gusta mucho ser nenita, mami. Me hace sentir feliz y… especial.
Miranda se acercó por detrás, la abrazó por la cintura y le besó el cuello con cariño.


—Te ves preciosa, Camilita. Ese vestido blanco te queda perfecto. Te hace ver inocente y sexy al mismo tiempo… justo como una nenita debe verse. Mamá está muy orgullosa de vos.


Camilita se apoyó contra su mamá, todavía mirando su reflejo en el espejo.


—Gracias, mami… de verdad me gusta mucho ser nenita. Antes me sentía raro, como si no encajara… pero ahora, cuando me visto así, cuando me llamás Camilita, cuando me enseñás a moverme… me siento bien. Me siento yo. Me gusta ser tu nenita.
Miranda la abrazó más fuerte y le susurró al oído con ternura:
—Y mamá te ama siendo su nenita. Mañana, cuando venga Dogoberto, vas a estar vestida así… y mamá va a estar muy orgullosa de ver cómo te comportás. Si te gusta que te miren, si te gusta que te digan piropos… está bien, hijita. Mamá te va a apoyar en todo.
Camilita se sonrojó, pero sonrió.
—Me da un poco de miedo… pero también me da curiosidad. Dogoberto es grande… y cuando me dice cosas… me siento rara por dentro.


Miranda le besó la cabeza y le dijo con voz suave:


—Todo a su tiempo, mi nenita. Mañana solo vas a cenar con él. Mamá y papá vamos a estar ahí. Si te sentís cómoda… veremos qué pasa. Pero lo más importante es que vos te sientas bien y segura.


Camilita se giró y abrazó fuerte a su mamá.


—Te quiero mucho, mami… gracias por dejarme ser Camilita.


Miranda la abrazó de vuelta, sintiendo una oleada de amor y también de morbo al imaginar lo que podría pasar al día siguiente.
—Te quiero más, hijita. Ahora seguí practicando cómo caminar con las sandalias… mañana vas a estar hermosa.
Camilita dio unas vueltitas más frente al espejo, feliz y nerviosa, mientras Miranda la observaba con una sonrisa llena de cariño… y de expectativas.

Miércoles por la mañana
Eran las 10 de la mañana cuando Miranda entró suavemente a la habitación de Camilita. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando la cama donde su hijita dormía plácidamente, con el cabello largo desparramado sobre la almohada y la cara relajada, todavía con esa expresión aniñada que tanto le gustaba.
Miranda se sentó en el borde de la cama y le acarició el cabello con ternura.
—Camilita… hijita… despertate, mi amor. Hoy es un día muy especial.
Camilita abrió los ojos lentamente, parpadeando con sueño. Al ver a su mamá, sonrió con timidez y se estiró.
—¿Mami…? ¿Qué pasa?
Miranda le sonrió con una mezcla de cariño maternal y excitación contenida.
—Hoy es el día, mi nenita. Hoy vas a convertirte en una nenita completa. Dogoberto viene esta noche a cenar… y mamá quiere que estés preciosa, lista y segura de quién sos.
Camilita se incorporó en la cama, visiblemente nerviosa pero también emocionada. Sus pequeños pechitos incipientes se marcaban bajo la camisola que había usado para dormir.
Miranda la tomó de la mano y la llevó al baño.
—Primero vamos a prepararte como se debe.
Le pintó las uñas de las manos y de los pies de un bonito color rosado suave, soplando suavemente para que se secaran más rápido. Camilita miraba fascinada cómo sus uñitas quedaban brillantes y femeninas.
Después la metió en la bañera. Miranda la bañó con cuidado, usando jabón de vainilla, lavándole el cabello largo con shampoo y acondicionador, masajeándole la cabeza con ternura.
—Relajate, hijita… hoy mamá te va a dejar impecable. Las nenitas tienen que oler rico y verse suaves.
Mientras la enjabonaba, le daba recomendaciones con voz suave pero clara:
—Durante la cena, Camilita, tenés que ser sutil pero coqueta. Mirá a Dogoberto a los ojos cuando te hable, sonreíle bajito, jugá un poco con tu cabello… las nenitas seducen sin ser obvias. Si te dice un piropo, bajá la mirada y sonríe con vergüenza… eso les gusta mucho a los hombres. No hables fuerte, usá voz suavecita y melosa. Cuando camines, mové las caderas despacito… que se note tu culito. Y si te toca la mano o te dice algo bonito… dejá que te toque. Una nenita buena sabe hacer sentir deseado a un hombre.
Camilita escuchaba todo con atención, sonrojada, mientras su mamá la enjuagaba.
—Entiendo, mami… voy a tratar de hacerlo bien.
Miranda la secó con una toalla grande y suave, luego la ayudó a vestirse con la ropa que habían elegido la noche anterior: el vestido blanco corto con falda plisada, las sandalias rosas con ligero taco, y debajo una tanguita blanca de encaje y un portaligas discreto con medias blancas hasta el muslo.
Le peinó el cabello largo, dejándolo suelto con ondas suaves, y le aplicó un poco de brillo labial rosado y un toque de rubor en las mejillas.
Cuando terminó, la hizo pararse frente al espejo de cuerpo entero.
Camilita se miró: el vestido blanco le quedaba perfecto, marcando sus pequeñas curvas, sus pechitos incipientes, su cintura delgada y su culito redondo. Las sandalias le daban un toque más femenino, y el cabello largo enmarcaba su cara aniñada y sonrojada.
—Te ves hermosa, hijita —dijo Miranda con orgullo y emoción en la voz—. Hoy vas a ser una nenita completa. Mamá está muy orgullosa de vos.
Camilita se giró y abrazó fuerte a su mamá, con los ojos brillantes.
—Gracias, mami… tengo miedo… pero también estoy feliz. Quiero que Dogoberto me vea linda.
Miranda la abrazó de vuelta y le besó la cabeza.
—Vas a estar preciosa, mi amor. Y mamá va a estar ahí para cuidarte. Sea lo que sea que pase esta noche… mamá te ama y te va a seguir amando.
Se quedaron abrazadas un rato largo, madre e hija, en silencio, sabiendo que esa noche todo podía cambiar.




Llegó la noche del miércoles. La casa estaba impecable: la mesa del comedor puesta con mantel blanco, velas encendidas y una cena sencilla pero bien presentada (asado al horno, ensalada, papas y postre). El ambiente era de una cena familiar formal, pero cargada de una tensión que solo Miranda y Eduardo podían sentir.
Miranda había vestido a sus tres hijas con mucho cuidado, como si fuera una ocasión especial:


Carla (la mayor, 14 años) llevaba un vestido azul oscuro elegante, ajustado en la cintura, con el cabello recogido en una coleta alta.
Juana (la del medio, 12 años) vestía un vestido rosa claro con volados, más juvenil, y el pelo suelto con una diadema.
Camilita (10 años, pero vestida y peinada como nenita) llevaba el vestido blanco corto con falda plisada que tanto le gustaba, sandalias rosas con tacón bajo, el cabello largo con ondas suaves y un toque de brillo labial rosado. Sus pequeños pechitos incipientes se marcaban suavemente bajo la tela, y se veía delicada, nerviosa y muy femenina.


Miranda reunió a las tres en la sala antes de que llegara el invitado y les habló con voz calmada pero firme:
—Chicas, hoy vamos a tener una cena especial. Va a venir un señor que se llama Dogoberto. Es un indigente del refugio donde papá y mamá hacemos trabajo comunitario los domingos. Es un hombre mayor, humilde y solo. Quiero que se comporten bien, que sean educadas y respetuosas. No hagan comentarios sobre su apariencia ni su olor. Él es nuestro invitado y merece ser tratado con cariño. ¿Entendido?
Carla y Juana asintieron, un poco sorprendidas pero obedientes.
—Está bien, mami —dijo Carla.
Juana, más curiosa, preguntó:
—¿Y por qué viene a cenar con nosotros?
Miranda sonrió con naturalidad:
—Porque a veces ayudar no es solo dar comida. También es dar compañía. Ahora vayan a sentarse a la mesa y esperen con educación.
Las dos hermanas mayores fueron al comedor. Camilita se quedó un segundo más, visiblemente nerviosa, retorciendo los dedos. Miranda le acarició el cabello y le susurró al oído:
—Tranquila, hijita… mamá y papá estamos acá. Solo sé vos misma… mi nenita linda.
De pronto, sonó el timbre.
Eduardo, que estaba en el pasillo, sintió un nudo en el estómago. La jaula de castidad le apretaba fuerte. Sabía quién era. Respiró hondo, miró a Miranda (que le devolvió una mirada cargada de complicidad y morbo) y fue a abrir la puerta.
Dogoberto estaba allí, de pie bajo la luz del porche.  Su cuerpo alto y gordo ocupaba casi todo el marco de la puerta. Al ver a Eduardo, inclinó la cabeza con torpeza.
—Buenas noches… —murmuró con voz ronca.
Eduardo tragó saliva y forzó una sonrisa educada, aunque por dentro temblaba de nervios y excitación.
—Buenas noches, Dogoberto. Pase, por favor. Estamos esperándolo.
Dogoberto entró, mirando alrededor con cierta incomodidad. Sus ojos se detuvieron un segundo en Miranda, que estaba de pie en el pasillo con una sonrisa cálida, y luego en Camilita, que estaba un poco más atrás, sonrojada y con la mirada baja.
Miranda se acercó con elegancia y le extendió la mano.
—Bienvenido a nuestra casa, Dogoberto. Gracias por venir.
Dogoberto le tomó la mano con torpeza, sus dedos callosos contrastando con la piel suave de Miranda.
—Gracias a ustedes por invitarme… —dijo, la voz baja y ronca.
Eduardo cerró la puerta detrás de él, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Sabía que esa noche todo podía cambiar. Miró a Camilita, que estaba nerviosa pero claramente interesada en la presencia del hombre grande y gordo, y luego a Miranda, que le devolvió una mirada cargada de significado.
La cena estaba a punto de comenzar.
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Llegó el miércoles por la noche. La casa estaba impecable: el comedor con mantel blanco, velas encendidas, vajilla buena y un aroma a comida casera que contrastaba fuertemente con lo que estaba a punto de entrar por la puerta.
El timbre sonó a las 20:15.
Eduardo abrió la puerta con el corazón latiéndole fuerte. Allí estaba Dogoberto.
El hombre medía casi 1.85, pero su postura encorvada lo hacía parecer más bajo. Era gordo, con una panza grande y flácida que le colgaba por encima del cinturón roto. Completamente calvo, con la cabeza brillante de sudor. La barba gris y desprolija le llegaba casi al pecho, llena de restos de comida y mugre. Sus dientes eran amarillentos y varios faltaban, lo que se notaba cuando intentaba sonreír. Llevaba la misma ropa sucia y rota de siempre: una camisa a cuadros descolorida con manchas oscuras de sudor bajo las axilas, un pantalón negro gastado y agujereado en las rodillas, y zapatos viejos que parecían haber pisado todos los charcos de la ciudad.
El olor que traía era abrumador: una mezcla pesada de sudor rancio acumulado durante días, pies sucios, ropa húmeda y nunca lavada, y ese hedor característico a basura y calle que se le había impregnado en la piel. Apenas entró, el contraste con el olor limpio y perfumado de la casa fue brutal.
Eduardo tragó saliva y forzó una sonrisa educada.
—Buenas noches, Dogoberto. Pase, por favor. Estamos esperándolo.
Dogoberto entró pesadamente, mirando alrededor con cierta incomodidad y asombro. El olor a limpio de la casa chocaba con su propio hedor, creando una atmósfera extraña y tensa.
Miranda se acercó con una sonrisa cálida, aunque por dentro sentía una mezcla de nervios y excitación.
—Bienvenido, Dogoberto. Gracias por venir.
Eduardo procedió a las presentaciones, intentando mantener la voz firme:
—Dogoberto, te presento a mi familia. Esta es mi esposa, Miranda. Y estas son nuestras hijas: Carla, Juana y Camilita.
Carla (14 años) y Juana (12 años) se acercaron educadamente y le dieron un beso en la mejilla, como les habían enseñado. Apenas se acercaron, ambas arrugaron la nariz de forma casi imperceptible. El olor asqueroso de Dogoberto —sudor rancio, pies sucios, ropa mugrienta— les golpeó fuerte. Carla disimuló mejor, pero Juana hizo una mueca rápida que intentó ocultar.
—Mucho gusto… —dijeron las dos con voz educada, aunque se notaba que querían alejarse.
Dogoberto sonrió mostrando sus dientes amarillos y sucios, y respondió con voz ronca y machista:
—Qué lindas las nenas… se nota que tienen buena mamá.
Luego sus ojos se posaron en Camilita, que estaba un poco más atrás, vestida con el vestido blanco corto, sandalias rosas y el cabello largo suelto. El viejo la miró de arriba abajo con deseo evidente y soltó un piropo ronco:
—Qué nenita más linda… con ese vestido blanco parecés un ángel. Me alegra verte de nuevo.
Camilita se sonrojó intensamente y bajó la mirada, pero una pequeña sonrisa tímida apareció en sus labios.
Todos pasaron al comedor. Durante la cena, Dogoberto intentó ser simpático a su manera: contaba chistes groseros y simples, hablaba de su vida en la calle con tono fuerte y machista (“Los hombres de verdad sabemos arreglárnoslas solos”), y de vez en cuando soltaba algún piropo sutil dirigido a Camilita:
—Qué pelo más lindo tenés, nenita… parece de muñeca.
—Con esa carita y esa sonrisa… vas a volver loco a más de uno.
Camilita se sonrojaba cada vez que él le hablaba, bajaba la mirada y respondía con voz bajita y aniñada. Carla y Juana se miraban entre sí, un poco incómodas por el olor fuerte que Dogoberto traía y por su forma de hablar, pero se comportaban educadamente.
La cena transcurrió de forma amena, aunque la tensión en el ambiente era palpable para Miranda y Eduardo. El contraste entre la casa limpia, la familia educada y ese hombre sucio y fuerte era evidente.
Cuando terminaron de comer y el postre ya estaba en la mesa, Miranda miró el reloj y dijo con voz natural:
—Chicas, ya es tarde. Carla, Juana… es hora de ir a dormir. Mañana tienen colegio. Suban a sus cuartos, por favor. Camilita se va a quedar un ratito más con nosotros.
Las dos hermanas mayores se despidieron educadamente de Dogoberto (aunque con cierta prisa por alejarse de su olor) y subieron las escaleras.
Ahora solo quedaban cuatro en la mesa: Miranda, Eduardo, Dogoberto y Camilita.
El ambiente cambió de inmediato. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Dogoberto miraba a Camilita con deseo más abierto, Camilita estaba sonrojada y nerviosa, Eduardo sentía la jaula apretándole fuerte, y Miranda observaba todo con una mezcla de excitación y control.
Miranda miró a su esposo y a su hijita, luego a Dogoberto, y sonrió con calma.
—Ahora sí… podemos hablar más tranquilos.

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