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Miranda y su cornudito 17 - incluyendo a nuentro hijo

Miranda miró a Camilo de arriba abajo con una sonrisa llena de ternura y cariño. El chico estaba parado frente al espejo, con la tanguita negra de encaje, las medias de red hasta el muslo, el portaligas y la camisola corta y transparente. Su cuerpo delgadito, piel blanquita como la de ella, y ese culito redondo y prominente se veían resaltados por la ropa femenina. El cabello largo le caía sobre los hombros, dándole un aire aún más aniñado y delicado.
Miranda se acercó por detrás, lo abrazó suavemente por la cintura y le habló con voz suave y maternal, mirándolo a través del espejo:
—Hijito… te ves muy lindo. Muy, muy lindo. Creo que naciste para ser nenita. Mirá cómo te queda todo… el culito redondito, las piernitas delgaditas… parece que estas ropitas fueron hechas para vos.
Camilo se sonrojó intensamente, pero no se apartó del abrazo. Bajó la mirada, tímido, y murmuró:
—¿De verdad, mami? ¿No te da vergüenza que me guste esto?
Miranda lo abrazó más fuerte, apoyando la barbilla en su hombro y besándole la mejilla.
—No, mi amor. Al contrario. Me encanta verte así. Si las nenitas pueden usar estas ropitas y sentirse lindas… ¿por qué vos no? Si querés ser nenita… entonces vas a ser nenita. Mamá te va a apoyar en todo.
Camilo levantó la vista hacia el espejo, con una mezcla de emoción y vergüenza.
—¿De verdad puedo… ser nenita?
Miranda asintió, sonriendo con cariño.
—Sí, mi amor. Si querés ser nenita, entonces vas a tener otro nombre. Ahora te voy a llamar Camilita. ¿Te gusta?
El chico (ahora Camilita) se mordió el labio inferior y una sonrisa tímida pero feliz apareció en su cara.
—Me gusta… Camilita… suena lindo.
Miranda lo giró para que quedara frente a ella y lo abrazó fuerte contra su pecho, acariciándole el cabello largo.
—Vení acá, Camilita… abrazame. Mamá te quiere muchísimo, tal como sos. Si querés ser nenita, mami te va a enseñar cómo hacerlo. Vamos a hacerlo juntas, despacito, sin apuro. ¿Querés?
Camilita asintió contra su pecho, abrazándola con fuerza.
—Sí, mami… quiero.
Miranda le dio un beso en la cabeza y empezó a guiarlo con paciencia y cariño.
—Entonces empecemos por lo básico, mi nenita. Primero, aprendé a doblar la ropa como una chica ordenada.
Le enseñó a doblar las prendas con cuidado, explicándole cómo hacerlo para que quedaran prolijas. Camilita la imitaba concentrado, feliz de estar aprendiendo algo “de nenita” con su mamá.
Después pasaron a planchar. Miranda le mostró cómo planchar una blusa con delicadeza, explicándole que las nenitas deben cuidar su ropa para que siempre se vea linda.
—Mirá, Camilita… así se plancha. Suavecito, sin quemar la tela. Las chicas siempre quieren verse impecables.
Luego le enseñó a barrer la habitación con gracia, moviéndose con pasos suaves, explicándole que una nenita debe moverse con delicadeza.
—Cuando barrés, mové las caderas un poquito… así. Las nenitas caminan diferente a los varones.
Camilita intentaba imitarla, un poco torpe pero muy entusiasmado. Cada vez que su mamá lo elogiaba (“¡Muy bien, Camilita! Te movés lindo”), se sonrojaba de felicidad.
Al final, Miranda lo sentó frente al espejo y le dijo con una sonrisa cariñosa:
—Y ahora lo más divertido… vamos a vestirte sexy, mi nenita.
Le ayudó a elegir una tanguita rosa de encaje, unas medias negras de red con portaligas, y una camisola corta y transparente negra que apenas le cubría el culito. Le ajustó el portaligas con cuidado y le peinó el cabello largo, poniéndole una hebillita rosa.
Cuando Camilita se miró en el espejo completo —tanguita, medias, portaligas y camisola—, se quedó sin palabras. Se veía delicado, femenino y sorprendentemente atractivo.
Miranda se paró detrás de él, lo abrazó por la cintura y le besó el cuello con ternura.
—Mirá cómo te ves, Camilita… sos una nenita preciosa. Mamá está muy orgullosa de vos. ¿Te gusta cómo te ves?
Camilita asintió, con los ojos brillantes y la cara roja.
—Me gusta mucho, mami… me siento… lindo. Gracias por enseñarme.
Miranda lo abrazó más fuerte y le susurró al oído con cariño:
—Esto recién empieza, mi nenita. Mamá te va a enseñar muchas más cosas… a maquillarte, a caminar como una chica, a moverte… todo lo que quieras. Y siempre va a ser nuestro secreto por ahora. ¿Está bien?
Camilita se giró y la abrazó fuerte, escondiendo la cara en su pecho.
—Está bien, mami… te quiero mucho.
Miranda le besó la cabeza y lo abrazó con todo el amor del mundo.
—Te quiero más, Camilita. Mucho más.
Se quedaron abrazados un rato largo frente al espejo, madre e hijo (ahora hija en este nuevo juego), compartiendo un momento íntimo y lleno de cariño.


Miranda y su cornudito 17 - incluyendo a nuentro hijo


Al día siguiente – Mañana
Miranda despertó temprano, todavía con el cuerpo sensible de la sesión anterior, pero con una energía especial. Sabía que ese día iba a ser importante. Camilo —ahora Camilita— ya estaba despierto, sentado en la cama con su pijama, esperando a su mamá con esa mezcla de timidez y expectativa que lo caracterizaba.
Miranda entró a la habitación con una sonrisa cariñosa y se sentó a su lado.
—Buenos días, mi nenita —le dijo con voz suave, acariciándole el cabello largo—. Hoy vamos a seguir aprendiendo. Mamá te va a enseñar varias cosas importantes para que te sientas cada vez más como una nenita de verdad.
Camilita se sonrojó, pero asintió con una sonrisa tímida.
—Buenos días, mami… ¿qué me vas a enseñar hoy?
Miranda lo tomó de las manos y lo miró a los ojos con ternura.
—Primero, lo más importante: las nenitas tienen que vestirse sexy. Aunque estén haciendo tareas de la casa, aunque estén limpiando, cocinando o doblando ropa… siempre tienen que estar sexy. ¿Sabés por qué, Camilita?
El chico negó con la cabeza, atento y curioso.
Miranda le explicó con paciencia, usando un tono maternal y suave:
—Porque las nenitas existen para calentar a los hombres. Aunque estemos en casa, aunque estemos solas… tenemos que estar listas por si aparece un macho. Un hombre de verdad. Cuando un hombre entra a la casa, tiene que ver una nenita sexy, con ropa que marque su cuerpo, que muestre sus curvas, que invite a mirarla. Eso es parte de ser femenina. Mostrarle al hombre que somos suaves, que somos deseables, que estamos ahí para complacerlo. Aunque sea solo con la mirada.
Camilita escuchaba con atención, las mejillas cada vez más rojas.
Miranda continuó, acariciándole el cabello:
—Las nenitas no se visten cómodas como los varones. Se visten para ser vistas. Por eso usamos tanguitas que se meten entre las nalgas, medias que marcan las piernas, camisolas transparentes que dejan ver el cuerpo… todo para demostrar feminidad. ¿Entendés, mi amor?
Camilita asintió despacio, visiblemente emocionado y nervioso.
—Creo que sí, mami… me gusta la idea de vestirme así… de sentirme deseada.
Miranda le sonrió con cariño y lo besó en la frente.
—Exacto, Camilita. Y hoy vas a empezar a practicar. Pero primero, mamá te va a explicar más cosas.
Se levantó y abrió el armario donde había guardado la ropa que había comprado. Sacó varias prendas y las fue mostrando una por una:


Tanguitas de encaje muy pequeñas, de diferentes colores.
Medias de red y portaligas.
Camisolas cortas y transparentes.
Falditas plisadas cortas.
Blusas ajustadas con escote.


Mientras le mostraba cada prenda, le explicaba con detalle:
—Mirá esta tanguita rosa… es muy chiquita para que se te marque el culito. Las nenitas siempre tienen que tener el culito marcado, porque a los hombres les gusta mirar. Esta camisola transparente… se usa sin nada debajo para que se vean las tetitas y el culito. Las medias de red… hacen que las piernas se vean más largas y sexys. Todo esto es para demostrar feminidad, Camilita. Para que cuando un hombre te mire, sepa que sos una nenita dispuesta a complacerlo.
Camilita escuchaba todo con los ojos muy abiertos, absorbiendo cada palabra. Su cara estaba roja, pero no dejaba de sonreír tímidamente.
Miranda lo abrazó de nuevo y le dijo con voz suave:
—Hoy vamos a practicar todo esto. Primero te vas a vestir sexy, como una nenita de verdad. Después vas a hacer algunas tareas de la casa vestida así… para que te acostumbres a moverte, a sentir la ropa en el cuerpo, a saber que estás sexy aunque estés limpiando. ¿Estás listo, Camilita?
El chico asintió, visiblemente emocionado.
—Sí, mami… estoy listo.
Miranda le dio un beso en la frente y sonrió con cariño.
—Entonces empecemos, mi nenita. Mamá te va a ayudar a vestirte.


Miranda sonrió con ternura al ver la reacción tímida de Camilita y le acarició el cabello largo con cariño.
—Es hora de cambiarnos, mi nenita —dijo con voz suave y maternal—. Vamos a vestirnos sexys hoy. Mamá te va a enseñar cómo se hace.
Se levantó y comenzó a desnudarse frente a él sin prisa. Se quitó la remera holgada, dejando al descubierto sus tetas enormes y pesadas, luego se bajó el short, quedando completamente desnuda. Su cuerpo voluptuoso, con curvas generosas, tetas grandes y culo redondo, quedó expuesto bajo la luz de la habitación.
Camilita, al ver a su mamá desnuda, se tapó los ojos rápidamente con ambas manos, sonrojándose hasta las orejas.
—Mami… no puedo mirar… —murmuró con vergüenza.
Miranda soltó una risita cariñosa y se acercó a él, tomándole las manos con suavidad para apartárselas de la cara.
—No tengas vergüenza, Camilita. Podés mirar. Total, estamos entre mujeres ahora. Mamá es una mujer y vos también estás aprendiendo a ser nenita. No hay nada malo en ver el cuerpo de otra mujer. Mirá… mirá a mamá sin miedo.
Camilita bajó las manos despacio, todavía rojo como un tomate, pero obedeció. Sus ojos recorrieron tímidamente el cuerpo desnudo de su mamá: las tetas grandes y pesadas, la cintura estrecha, las caderas anchas y ese culo carnoso que tanto admiraba en secreto.
—Así… muy bien —dijo Miranda con una sonrisa dulce—. Ahora te toca a vos. Desnudate, mi nenita. Mamá te va a ayudar a vestirte sexy.
Camilita asintió, todavía nervioso, y empezó a quitarse la ropa. Se sacó la remera, luego el short, quedando solo con los calzoncillos. Dudó un segundo antes de bajárselos también, revelando su cuerpo delgadito, piel blanquita como la de su mamá, y ese culito redondo y prominente que ya se notaba incluso sin ropa.
Miranda lo miró con cariño y aprobación.
—Qué lindo cuerpo tenés, Camilita… tan delicado, tan blanquito… perfecto para ser nenita. Ahora vení, mamá te va a vestir.
Le entregó primero una tanguita negra de encaje muy pequeña.
—Ponete esto. Las nenitas siempre usan tanguitas chiquitas para que se les marque el culito y se sientan sexys.
Camilita se la puso con manos temblorosas. La tanguita se le metió entre las nalgas, marcando su culito redondo de forma evidente.
Después le dio unas medias de red negras con portaligas.
—Las medias hacen que las piernas se vean más largas y sensuales. Las nenitas siempre las usan para calentar a los hombres.
Le ayudó a colocárselas y a ajustar el portaligas alrededor de su cintura delgada.
Por último, le dio una camisola corta y transparente de color negro, que apenas le cubría el culito.
—Esta camisola es para que se vea el cuerpo por debajo… para que un hombre que te mire sepa que estás lista para complacerlo.
Cuando Camilita estuvo completamente vestido —tanguita negra, medias de red, portaligas y camisola transparente—, Miranda lo hizo girar frente al espejo.
—Mirá cómo te ves, mi nenita… qué sexy y qué linda. Ahora mamá te va a enseñar a hacer las tareas de la casa de forma sexy.
Lo llevó primero a la cocina.
—Cuando barrés, mové las caderas así… despacito, como si estuvieras bailando. Las nenitas no se mueven como varones. Tienen que ser suaves y provocativas.
Camilita intentó imitarla, moviendo las caderas mientras barría el piso. La falda imaginaria (aunque llevaba camisola) se movía con él, y la tanguita se le marcaba con cada movimiento.
—Muy bien, Camilita… así. Ahora cuando limpiás la mesada, inclinate un poquito más de lo necesario… para que si entra un hombre te vea el culito marcado.
Le enseñó a doblar la ropa con movimientos delicados, a caminar por la casa con pasos suaves y femeninos, a agacharse siempre manteniendo la espalda recta y el culo ligeramente levantado.
—Las nenitas siempre tienen que estar listas… aunque estén haciendo tareas. Nunca se sabe cuándo puede aparecer un macho. Y cuando aparezca, tenés que demostrarle tu feminidad… con la ropa, con la forma de moverte, con la mirada.
Camilita escuchaba todo con atención, intentando hacer todo lo que su mamá le enseñaba. Cada vez que Miranda lo elogiaba (“¡Muy bien, mi nenita! Te movés lindo”), se sonrojaba de felicidad y seguía practicando con más ganas.
Al final de la mañana, Miranda lo abrazó fuerte y le besó la frente.
—Hoy lo hiciste muy bien, Camilita. Mamá está orgullosa de su nenita. Seguiremos practicando todos los días… hasta que te sientas completamente cómoda siendo una nenita sexy.
Camilita la abrazó de vuelta, con una sonrisa tímida pero radiante.
—Gracias, mami… me gusta mucho esto.
Miranda le acarició el cabello largo y le susurró al oído:
—Y a mamá también le gusta verte así… muy, muy lindo.




Con el paso de los días, Miranda se fue entregando cada vez más a la feminización de su hijo. Lo que empezó como un juego de curiosidad se convirtió en una rutina diaria cuando estaban solos en casa.
Cada mañana, apenas Eduardo salía para el trabajo y los otros dos hermanos se iban al colegio, Miranda llamaba a su hijo con voz dulce:
—Camilita… vení, hijita. Es hora de que te vistas como la nenita que sos.
Camilita (ya respondía naturalmente al nombre femenino) aparecía con una sonrisa tímida y aniñada. Miranda lo ayudaba a vestirse: tanguitas de encaje, medias de red, portaligas, camisolas transparentes o falditas cortas. Le peinaba el cabello largo con hebillas o moños, y le ponía un poco de brillo labial para que sus labios se vieran más suaves y femeninos.
—Así, hijita… las nenitas siempre tienen que estar lindas y sexys en casa —le decía mientras le ajustaba el portaligas—. Aunque estemos solas, tenés que sentirte femenina. Eso es lo que te hace especial.
Camilita pasaba el día entero vestido de nenita cuando estaban solos. Ayudaba a su mamá con las tareas de la casa, pero siempre con movimientos suaves y delicados que Miranda le enseñaba: caminar con las caderas, agacharse con la espalda recta, moverse con gracia. Miranda lo corregía con cariño:
—No, Camilita… las nenitas no caminan como varones. Mové las caderas un poquito más… así. Muy bien, hijita. Te ves preciosa.
Poco a poco, Miranda empezó a hablarle solo en femenino:
—Vení, nenita… ayudame a doblar la ropa.
—Qué linda te ves hoy, Camilita.
—Hijita, traeme el trapo para limpiar la mesa.
Camilita respondía cada vez con más naturalidad, sonrojándose de felicidad cada vez que su mamá lo elogiaba.
Unos días después, mientras Camilita estaba ayudando a su mamá a ordenar el dormitorio, Miranda se sentó en la cama y lo llamó con voz suave pero seria:
—Camilita, vení acá, hijita. Mamá quiere hablarte de algo importante.
El chico se acercó y se sentó a su lado, todavía vestido con una tanguita rosa, medias de red y una camisola corta.
Miranda le tomó las manos con ternura y le dijo:
—Mi nenita… ya estás vestida como una chica, te movés como una chica y te sentís como una chica. Pero para ser una nenita completa, tenés que aprender a complacer a los hombres. Y para eso… primero tenés que entrenar tu culito.
Camilita se sonrojó intensamente y bajó la mirada.
—¿Mi… culito, mami?
Miranda asintió con una sonrisa cariñosa y le acarició el cabello.
—Sí, hijita. Las nenitas complacen a los hombres con su culito. Y para que no te duela cuando llegue el momento… tenés que entrenarlo. Mamá te va a enseñar cómo masturbarte como lo hacen las nenitas. Mañana, cuando estemos solas, mamá te va a mostrar cómo hacerlo bien… con los deditos primero, y después con algo más grande. ¿Querés aprender, Camilita?
Camilita se mordió el labio, visiblemente nervioso pero también muy curioso y excitado. Asintió despacio.
—Sí, mami… quiero aprender.
Miranda lo abrazó fuerte y le besó la frente.
—Buena nenita. Mamá está muy orgullosa de vos. Mañana vamos a empezar tu entrenamiento. Te va a gustar, hijita… te lo prometo.
Camilita se quedó abrazado a su mamá, el corazón latiéndole fuerte, sintiéndose más cerca que nunca de ella en este nuevo mundo secreto que estaban construyendo juntas.
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Al día siguiente – Mañana
Miranda esperó a que Eduardo se fuera al trabajo y los otros dos hermanos salieran al colegio. Una vez que la casa quedó en completo silencio, llamó a su hijo con voz dulce desde el dormitorio principal:
—Camilita… vení, hijita. Es hora de tu lección de hoy.
Camilita apareció enseguida, ya vestido como nenita: tanguita rosa de encaje, medias de red negras con portaligas y una camisola corta y transparente que apenas le cubría el culito. Su cabello largo estaba suelto y le caía sobre los hombros. Se veía tímido pero claramente emocionado.
Miranda estaba sentada en el borde de la cama, completamente desnuda. Entre sus piernas tenía un dildo realista de 20 cm, grueso y venoso, que ya se había introducido parcialmente en su vagina. Lo movía despacio adentro y afuera mientras miraba a su hijo con una sonrisa maternal.
—Vení, mi nenita… sentate acá cerquita de mamá —le dijo con voz suave y cariñosa, palmeando la cama a su lado.
Camilita se sentó, mirando con ojos grandes el dildo que su mamá se estaba metiendo en la vagina.
Miranda siguió moviéndolo lentamente dentro de sí, gimiendo bajito de placer, y le explicó con tono paciente y maternal:
—Mirá, hijita… mamá se está metiendo este dildo grande en la vaginita. Esto es lo que hacen las mujeres cuando quieren sentir placer. Pero vos, mi nenita… vos no tenés vaginita. Vos tenés un anito lindo y apretadito. Y para complacer a los machos, las nenitas como vos tienen que aprender a usar su culito. Ese es tu lugar de placer ahora.
Camilita se sonrojó intensamente, pero no apartó la mirada. Miraba fijamente cómo su mamá se penetraba con el dildo de 20 cm.
Miranda sacó el dildo de su vagina con un sonido húmedo y lo dejó a un lado. Luego tomó otro más pequeño —de 12 cm, más delgado y suave— y se lo entregó a Camilita junto con el frasco de lubricante.
—Este es para vos, mi amor —le dijo con voz tierna—. Es más chiquito y más suave porque es tu primera vez. Mamá te va a enseñar cómo hacerlo. Primero ponete mucho lubricante en los deditos y en el culito. Después… vas a ir metiéndotelo despacito, con calma. No fuerces nada. Las nenitas tienen que aprender a disfrutar de su culito con paciencia.
Camilita tomó el dildo pequeño con manos temblorosas. Estaba claramente nervioso, pero también muy excitado. Miró a su mamá buscando aprobación.
—¿Así, mami? —preguntó con voz bajita y aniñada.
Miranda asintió con una sonrisa cariñosa y se sentó más cerca de él.
—Así, hijita. Primero lubricate bien el culito… poné un dedito con lubricante y hacelo girar despacito… eso es… muy bien, mi nenita. Ahora ponéle lubricante al dildo… sí, así. Ahora apoyalo contra tu anito y empujá suavecito… no fuerces. Dejá que entre solo un poquito al principio.
Camilita hizo exactamente lo que su mamá le indicaba. Soltó un gemidito suave cuando la punta del dildo de 12 cm empezó a entrar en su ano virgen.
—Duele un poquito… —susurró.
—Shhh… lo sé, mi amor —dijo Miranda con ternura, acariciándole el cabello—. Al principio duele un poquito, pero después se siente muy rico. Seguí empujando despacito… así… muy bien, Camilita. Sos una nenita muy obediente.
Miranda siguió guiándolo con paciencia, hablándole con voz maternal mientras él se introducía el dildo poco a poco:
—Así, hijita… movelo suavecito adentro y afuera… sentilo cómo te abre el culito… las nenitas complacen a los hombres con su anito, mi amor. Cuando seas más grande, vas a poder recibir vergas de verdad… pero por ahora mamá te enseña con esto para que aprendas a disfrutar.
Camilita gemía bajito, moviendo el dildo con más confianza, los ojos entrecerrados de placer.
—Mami… se siente… rico… —murmuró.
Miranda sonrió con orgullo y le besó la sien.
—Claro que se siente rico, mi nenita. Porque naciste para esto… para ser una nenita que complace con su culito. Mamá está muy orgullosa de vos.
Se quedaron así un buen rato: Miranda guiando a su hijo, hablándole con cariño y explicándole todo con paciencia, mientras Camilita descubría por primera vez el placer de masturbarse analmente bajo la mirada amorosa y dominante de su mamá.


Pasaron los meses…
El tiempo avanzó y la feminización de Camilita se volvió cada vez más profunda y natural. Lo que había empezado como un juego de curiosidad entre madre e hijo se convirtió en una transformación constante y cotidiana cuando estaban solos en casa.
Miranda dedicaba casi todas las horas del día en las que estaban a solas a educar a su “hijita”. Camilita ya no usaba ropa de varón en casa. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, vestía como una nenita: tanguitas de encaje, falditas cortas, camisolas transparentes, medias de red y portaligas. Su cabello largo ya le llegaba casi hasta la mitad de la espalda y Miranda le enseñaba a peinarlo con ondas suaves, hebillas y moños.
Además, Miranda había empezado a darle hormonas femeninas de forma discreta y controlada. Camilita tomaba las pastillas todos los días sin falta, bajo la supervisión cariñosa de su mamá. Con el paso de los meses, los cambios comenzaron a notarse: su piel se volvió aún más suave y blanquita, su cuerpo se redondeó ligeramente en las caderas y, lo más notable, le empezaron a crecer unos pechitos muy incipientes, pequeños pero firmes, con pezoncitos rosados y sensibles.
Miranda estaba encantada con cada cambio.
Una mañana, mientras Camilita estaba de pie frente al espejo del dormitorio, solo con una tanguita blanca de encaje y medias de red, Miranda se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos. Le besó el cuello con ternura y le acarició los pequeños pechos incipientes con las yemas de los dedos.
—Mirá, Camilita… —susurró con voz maternal y orgullosa—. Tus pechitos ya están creciendo. Son tan lindos y tan suaves… Mamá está muy feliz de verte convertirte en una nenita de verdad. Cada día te ves más femenina, hijita.
Camilita se sonrojó, pero sonrió con timidez y placer al sentir las manos de su mamá acariciándole los pechos.
—¿De verdad, mami? ¿Te gustan?
—Muchísimo, mi amor —respondió Miranda, besándole el hombro—. Las nenitas tienen que tener pechitos para que los hombres puedan tocarlos y chuparlos. Los tuyos ya están empezando a salir… pronto van a estar más grandes y redonditos. Mamá te va a enseñar cómo cuidarlos, cómo masajearlos para que crezcan más lindos.
Miranda continuó enseñándole todo lo que consideraba importante para “ser mujer”:
Le enseñaba a caminar con tacones bajos primero, luego más altos, moviendo las caderas con gracia.
Le mostraba cómo sentarse con las piernas juntas o cruzadas como una señorita.
Le explicaba cómo hablar más suave, con voz más aguda y melosa.
Le enseñaba a maquillarse: delineador, sombra, rubor y brillo labial.
Y sobre todo, le repetía constantemente el rol de una nenita:
—Una nenita tiene que ser sexy todo el tiempo, Camilita. Aunque estés limpiando la casa, aunque estés cocinando… siempre tenés que moverte de forma provocativa. Los hombres tienen que mirarte y desearte. Por eso usamos tanguitas que se meten entre las nalgas, falditas cortas que dejan ver las piernas, y blusas que marcan los pechitos.
Camilita absorbía todo con una mezcla de timidez y entusiasmo. Cada día se sentía más cómoda en su nueva identidad. Cuando estaba solo con su mamá, ya se comportaba de forma naturalmente femenina: hablaba más suave, caminaba con pasitos delicados y buscaba constantemente la aprobación y el cariño de Miranda.
Una tarde, mientras Miranda le ajustaba el portaligas y le ponía una faldita corta, le dijo con voz cariñosa pero firme:
—Camilita, hijita… ya estás creciendo como nenita. Tus pechitos están saliendo, tu culito se ve más redondo… pronto vas a estar lista para aprender cosas más avanzadas. Mamá te va a enseñar cómo complacer a un hombre de verdad… cómo usar tu boquita y tu culito para hacer feliz a un macho. Pero todo a su tiempo, mi amor. Primero tenés que sentirte completamente nenita por dentro.
Camilita se abrazó a su mamá, apoyando la cabeza en su pecho.
—Gracias, mami… me gusta mucho ser tu nenita. Te quiero mucho.
Miranda lo abrazó fuerte y le besó la cabeza.
—Y mamá te quiere más, Camilita. Sos mi nenita preciosa… y mamá va a seguir enseñándote todo lo que necesitás para ser una chica feliz y sexy.






El domingo siguiente
Era un domingo soleado y caluroso. Como todos los últimos domingos del mes, la familia fue al refugio de indigentes a hacer trabajo comunitario. Pero esta vez era diferente: Camilita también iba.
Miranda y Eduardo habían decidido llevarla. Camilita iba vestida de forma discreta pero claramente femenina: una remera holgada pero ajustada en el pecho que dejaba ver sus pequeños pechitos incipientes, una falda plisada corta gris (de las que usaban sus hermanas), medias blancas hasta la rodilla y el cabello largo suelto con una hebillita rosa. Se veía delicada, tímida y muy aniñada, con esa piel blanquita y su culito redondo que se marcaba suavemente bajo la falda.
Durante el servicio del almuerzo, Camilita ayudaba a su mamá sirviendo pan y vasos de agua. Los indigentes ancianos no tardaron en notarla.
Varios de ellos la miraban con deseo descarado. Sus ojos se clavaban en sus piernitas delgadas, en sus pechitos que empezaban a notarse, y especialmente en su culito redondo que se movía con cada paso. Uno de los viejos, un hombre flaco y barbudo, murmuró lo suficientemente alto para que se oyera:
—Qué nenita más linda trajeron hoy… mirá ese culito… parece hecho para que lo agarren.
Otro, un gordo de barba gris, soltó un piropo ronco:
—Ay, mamita… qué rica estás… con esa carita de ángel y ese culito que invita. Vení, dame un poquito de amor, nenita.
Camilita se sonrojó intensamente, bajando la mirada y apretando las piernas. Se sentía expuesta, avergonzada… pero también extrañamente excitada. Su tanguita se humedeció un poco bajo la falda.
Miranda y Eduardo se miraron por encima de las mesas. Ambos notaron las miradas y los comentarios. Eduardo sintió un nudo caliente en el estómago y la jaula apretándole fuerte. Miranda sintió su coño palpitar de morbo.
Cuando terminaron de servir y el salón empezó a vaciarse, Miranda se acercó a Eduardo y le susurró al oído:
—Los viste… cómo la miraban. Cómo le decían piropos. Ya es hora, amor. 


Ese mismo domingo, en el refugio
Mientras servían el almuerzo, tanto Miranda como Eduardo notaron algo que les llamó poderosamente la atención.
Camilita, vestida con su falda plisada corta, la blusa ajustada que dejaba entrever sus pequeños pechitos incipientes y el cabello largo suelto, se movía entre las mesas ayudando a su mamá. Estaba claramente nerviosa, pero también había algo nuevo en su actitud: cada vez que algún indigente le dirigía un piropo, se sonrojaba intensamente y bajaba la mirada con una sonrisa tímida.
Pero hubo uno en particular que captó la atención de los padres.
Se llamaba Dogoberto. Un indigente alto, de casi 1.85, de 61 años. Era gordo, desalineado, con una gran panza que le colgaba por encima del cinturón roto. Completamente calvo, con la cabeza brillante de sudor, barba gris desprolija y dientes amarillentos y sucios que se veían cuando sonreía. Sus uñas eran largas, amarillas y llenas de mugre negra. Olía fuertemente a sudor viejo, a ropa sin lavar y a ese olor característico de la calle.
Dogoberto no disimulaba. Cada vez que Camilita pasaba cerca de su mesa, la miraba de arriba abajo con ojos hambrientos y le soltaba piropos roncos y directos:
—Qué nenita más rica trajeron hoy… mirá ese culito redondito… parece hecho para que lo agarren fuerte.
—Ay, mamita… con esa carita de ángel y esas piernitas blanquitas… vení, dame un besito, preciosa.
—Con ese pelo largo y esa faldita… parecés una muñequita. ¿Cuántos años tenés, bombón?
Cada vez que Dogoberto le hablaba, Camilita se sonrojaba muchísimo más que con los otros. Bajaba la mirada, se mordía el labio inferior y contestaba con voz bajita y tímida, pero no se alejaba rápido. Se quedaba un segundo más de lo necesario, como si inconscientemente disfrutara de la atención de ese hombre grande, gordo y sucio.
Miranda y Eduardo se miraron varias veces por encima de las mesas. Ambos lo notaron al mismo tiempo.
Miranda se acercó disimuladamente a su marido mientras servía un plato y le susurró al oído:
—¿Viste eso? Camilita se pone mucho más roja cuando Dogoberto le habla… y no se aleja rápido. Parece que le gusta… aunque no se dé cuenta todavía.
Eduardo asintió, con la jaula apretándole fuerte bajo el pantalón.
—Sí… lo vi. Ese viejo alto y gordo la mira como si quisiera comérsela. Y ella… se sonroja más con él que con los otros. Es como si inconscientemente le atrajera su tamaño, su rudeza… su aspecto de macho viejo y sucio.
Miranda siguió sirviendo, pero no dejaba de observar.
—Es verdad… Dogoberto es el que más la mira. Y Camilita, aunque esté nerviosa, se queda un segundo más cuando él le dice piropos. Mirá cómo baja la mirada y sonríe tímidamente… es la misma reacción que tenía cuando empezamos a vestirla de nenita. Creo que le gusta la atención de un hombre grande y dominante… aunque sea un indigente sucio.
Eduardo tragó saliva, claramente excitado por la observación.
—Dogoberto es perfecto para ella… alto, gordo, calvo, sucio… todo lo opuesto a lo delicado que es Camilita. Si lo dejamos… ese viejo la va a tratar como una nenita de verdad. La va a agarrar fuerte, la va a manosear… la va a hacer sentir pequeña y femenina.
Miranda miró a su marido con una sonrisa cargada de morbo.
—Exacto… y Camilita se sonroja más con él que con los demás. Inconscientemente ya le atrae. Creo que es el indicado para dar el siguiente paso… para desvirgarla.
Los dos siguieron trabajando, pero sus miradas se cruzaban constantemente, cargadas de complicidad y excitación. Veían cómo Dogoberto no dejaba de mirar a Camilita, cómo ella se ponía nerviosa y sonrojada cada vez que él le decía algo, y cómo esa atracción inconsciente entre la nenita delicada y el viejo gordo y sucio era cada vez más evidente.
Al final del turno, cuando el salón empezó a vaciarse, Miranda se acercó a Eduardo y le susurró al oído:
—Ya es hora. Dogoberto es el que más le gusta a Camilita… aunque ella todavía no lo sepa del todo. Hoy vamos a dar el paso.
Eduardo respiró hondo, nervioso pero claramente excitado.
—Está bien… hagámoslo.
Miranda miró hacia donde estaba Camilita, que seguía sonrojada por los últimos piropos de Dogoberto, y sonrió con una mezcla de amor maternal y morbo profundo.
El momento del desvirgamiento de Camilita estaba cada vez más cerca.
Al final del turno, cuando la mayoría de los indigentes ya se habían ido y solo quedaban unos pocos voluntarios terminando de limpiar, Miranda y Eduardo se miraron y asintieron en silencio. Era el momento.
Se acercaron a Dogoberto, que estaba sentado solo en una mesa del fondo, terminando su vaso de agua. El hombre alto, gordo, calvo y desalineado levantó la vista al verlos acercarse. Sus ojos pequeños se iluminaron ligeramente al reconocer a Miranda.
—Buenas tardes, Dogoberto —dijo Miranda con voz suave pero directa—. ¿Podemos hablar un momento en privado?
El viejo asintió, un poco sorprendido, y se levantó pesadamente. Los tres caminaron hacia el patio trasero, el mismo lugar donde días atrás Miranda había sido follada por Paco y sus amigos. Se detuvieron junto a los contenedores de basura, donde nadie podía verlos ni oírlos fácilmente.
Eduardo fue el primero en hablar, con voz baja y nerviosa pero clara:
—Dogoberto… nosotros notamos que mirás mucho a Camilita… nuestra hijita. Y parece que a ella también le gusta cuando le decís piropos. Se sonroja más contigo que con los otros.
Dogoberto se rascó la barba gris desprolija, claramente sorprendido pero interesado.
—¿La nenita del pelo largo? Sí… es muy linda. Muy delicada. Me gusta cómo se mueve… cómo se sonroja. Nunca pensé que alguien como yo pudiera gustarle a una chica así.
Miranda tomó la palabra, hablando con calma y honestidad:
—Nosotros también lo notamos. Y creemos que podría haber algo entre ustedes. Por eso queríamos proponerte algo. El miércoles que viene te invitamos a cenar a nuestra casa. Un ambiente más privado, más tranquilo. Para que vos y Camilita se conozcan mejor… sin prisas, sin gente alrededor. Solo para ver si congenian.
Dogoberto abrió los ojos, claramente sorprendido por la propuesta. Se quedó callado un momento, procesando.
—¿En serio? ¿Me invitan a su casa? ¿Para conocer a la nenita?
Eduardo asintió.
—Sí. Pero hay algo que tenés que saber antes. Camilita… en realidad es una chica trans. Nació varón, pero se está convirtiendo en nenita. Si a vos te gustan las ninitas trans… entonces está bien. Si no, lo entendemos y no hay problema.
Dogoberto se quedó pensando unos segundos. Se rascó la panza por encima de la camiseta sucia y finalmente respondió con voz ronca pero sincera:
—Nunca estuve con una mujer trans… pero la nenita me gusta. Me gusta cómo se ve, cómo se sonroja, cómo camina. Si ella quiere… yo también quiero conocerla mejor.
Miranda sonrió, aliviada y excitada al mismo tiempo.
—Perfecto. Entonces el miércoles a las 8 de la noche te esperamos en casa. Vamos a cenar algo rico y van a poder hablar tranquilos. Si congenian… veremos qué pasa después.
Dogoberto asintió, con una sonrisa torcida que mostró sus dientes amarillentos.
—Allá estaré. Gracias… de verdad.
Los tres se despidieron con un apretón de manos. Dogoberto se fue caminando despacio hacia la salida del refugio, claramente pensativo y contento.
Miranda y Eduardo se quedaron un momento solos junto a los contenedores. Se miraron en silencio.
—Está hecho —susurró Miranda—. El miércoles viene a casa. Vamos a ver cómo se lleva con Camilita… y si todo fluye, quizás ese día o en otro momento… dejemos que pase lo que tenga que pasar.
Eduardo respiró hondo, la jaula apretándole fuerte.
—Estoy nervioso… pero también muy caliente con la idea. Nuestra nenita… con un hombre como Dogoberto. Va a ser intenso.
Miranda le tomó la mano y le dio un beso suave en los labios.
—Vamos a casa, amor. Tenemos que preparar a Camilita para el miércoles… y prepararnos nosotros también.
Caminaron de regreso al auto, tomados de la mano, con el corazón latiendo fuerte y la mente llena de expectativas, nervios y morbo.
El encuentro entre Camilita y Dogoberto estaba pactado.

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