
Benito Roldán no era hombre de esperar. Desde aquel domingo en que los ojos de Kathia se humedecieron ante su pregunta directa, el viejo ministro sintió que un anzuelo se le había clavado en la entrepierna y no pensaba soltarlo. Esa misma tarde, después del servicio, se quedó rondando por la secretaría de la iglesia, fingiendo revisar los registros de feligreses mientras preguntaba con voz casual:
—Hermano, ¿dónde vive la familia de Israel y Kathia? Quiero pasar a dejarles un folleto de estudio bíblico para parejas.
La secretaria, una mujer mayor y devota, sonrió con aprobación y le dio la dirección sin dudar. Benito anotó la calle y el número en su agenda de cuero gastado, sonriendo para sí. “Buena chica. Siempre tan obedientes”.
Esa misma semana, un martes por la tarde, Benito tocó el timbre de la casa modesta pero impecable . Israel abrió la puerta, ajustándose las gafas, con esa sonrisa educada y un poco sorprendida.
—Pastor Benito… ¡qué honor! Pase, por favor.
Benito entró con su Biblia bajo el brazo y una bolsa de papel con dos ejemplares nuevos de “El camino a la santidad matrimonial”. Se sentó en el sofá del salón, cruzando las piernas con elegancia, mientras Israel le ofrecía un café.
—Hermano Israel, he estado orando por ustedes —empezó con esa voz grave que parecía acariciar las palabras—. Sé que llevan tiempo esperando un hijo. Y el Señor me ha puesto en el corazón invitarlos a un estudio bíblico privado en mi casa. Solo parejas que necesiten… guía especial. He visto milagros, hermano. Milagros de fe.
Israel, con los ojos brillantes de devoción, asintió varias veces.
—Nos encantaría, pastor. Kathia y yo confiamos plenamente en la palabra de Dios… y en usted.
Kathia apareció entonces desde el pasillo, con un vestido sencillo de algodón gris que se ceñía a su cintura y dejaba ver el contorno de esas tetas operadas que parecían desafiar la gravedad incluso bajo tela modesta. Llevaba el cabello suelto, húmedo aún de la ducha, y un leve aroma a vainilla flotaba a su alrededor. Bajó la mirada al ver a Benito, pero no pudo evitar que sus pezones se marcaran contra la tela al sentir esa mirada pesada sobre ella.
—Buenas tardes, hermana —dijo Benito, levantándose con lentitud para besarle la mano como un caballero de otra época. Sus labios rozaron apenas la piel suave y Kathia sintió un escalofrío que le recorrió la columna hasta instalarse entre las piernas.
Esa misma noche, Benito ya tenía lo que necesitaba. Un contacto le había pasado un par de fotos antiguas de Kathia: una en tanga negro y tacones altísimos girando en un tubo, las tetas rebotando bajo las luces neón; otra posando en un camerino con las piernas abiertas y una sonrisa de puta cara. El viejo se masturbó lentamente mirando las imágenes en su teléfono, imaginando cómo esas mismas tetas se verían ahora, más maduras, más pesadas, pero igual de falsas y perfectas. “Puta redimida… pero puta al fin”, murmuró mientras se corría en un pañuelo.
Días después, Benito citó a Kathia sola en la pequeña capilla lateral de la iglesia. Le dijo que era para “oración personal por su fertilidad”. Israel, confiado, la dejó ir sin preguntar.
Kathia llegó puntual, con una blusa blanca de botones que se tensaba peligrosamente sobre su escote y una falda larga plisada azul marino. Se arrodilló en el reclinatorio de madera, juntando las manos en oración, el culo redondo y carnoso elevándose bajo la tela mientras apoyaba los codos. Benito se quedó de pie frente a ella, Biblia abierta en las manos, leyendo en voz alta el Salmo 127: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”.
Pero sus ojos no estaban en las letras. Bajaban una y otra vez a esas tetas que se desbordaban contra los brazos cruzados de Kathia, a la forma en que la blusa dejaba entrever el encaje del sujetador negro, a cómo su respiración acelerada hacía que los pezones se endurecieran visiblemente. Luego bajaba más: al arco de su espalda, al culo prominente que se marcaba bajo la falda, imaginando cómo se vería esa carne temblando si la azotara con la palma abierta.
Kathia sentía la mirada como un toque físico. Estaba inquieta, ansiosa. El viejo la ponía nerviosa de una forma que Israel nunca había logrado. Su voz grave, su olor a colonia cara y tabaco viejo, la forma en que la llamaba “hija mía” con un tono que sonaba a posesión… todo la hacía apretar los muslos sin darse cuenta. Un calor húmedo empezaba a formarse entre sus piernas, traicionero, pecaminoso.
—Hermana Kathia… —dijo Benito cerrando la Biblia con un golpe seco—. Sé de dónde vienes.
Ella levantó la vista de golpe, los ojos muy abiertos, el labio inferior temblando.
—¿Qué… qué quiere decir, pastor?
Benito se agachó un poco, acercando su rostro al de ella. Su aliento cálido le rozó la mejilla.
—Sé que bailabas. Que servías tragos en bares donde los hombres pagaban por verte desnuda.
Kathia se sonrojó hasta las orejas. Intentó bajar la mirada, pero Benito le puso dos dedos bajo la barbilla y la obligó a mirarlo.
—No te avergüences, hija. El Señor perdona. Pero el pasado deja huellas… y a veces, esas huellas son útiles. Israel es un buen hombre. Pero quizás… le falta fuego. Fuego que tú sí conoces.
Kathia tragó saliva. Sus pechos subían y bajaban con rapidez. Sintió que el tanga se le pegaba a los labios hinchados.
—Yo… yo soy una esposa cristiana ahora —susurró, pero su voz sonó débil, casi una súplica.
Benito sonrió, esa sonrisa de zorro viejo.
—Lo sé. Por eso voy a ayudarte.
kathia se retiro sorprendida y nerviosa … el viejo ministro estaba jugando con su mente.
Esa misma semana, en una cena en casa de Israel y Kathia, Benito volvió a aparecer. Esta vez trajo una botella de jugo de uva “sin alcohol, por supuesto” y se sentó a la mesa con aire paternal.
—Hermano Israel, he estado orando mucho por ustedes —dijo mientras cortaba un trozo de pan—. Y el Señor me ha mostrado un camino. Conozco a un doctor ginecólogo, un hermano en la fe, el doctor Valdez. Un hombre de mucha experiencia. Ha ayudado a varias parejas de nuestra congregación a concebir. Todo con oración, examen de fe… y revisiones médicas muy… detalladas.
Israel, con los ojos brillantes, se inclinó hacia adelante.
—¿En serio, pastor? ¿Cree que podría ayudarnos?
Benito miró a Kathia de reojo. Ella tenía la vista clavada en el plato, las mejillas encendidas, las manos temblando ligeramente sobre la servilleta.
—Claro que sí —respondió Benito con calma—. Pero requiere confianza absoluta. El doctor Valdez y yo los llevaremos a un lugar privado, discreto. Solo oración, examen y la intervención divina. Nada que vaya contra la palabra. Kathia solo tendría que… someterse al examen. Como buena esposa sumisa.
Israel asintió sin dudar.
—Confío en usted, pastor. Y en el Señor. Si es por fe… Kathia y yo estamos dispuestos.
Kathia levantó la vista un instante. Sus ojos se encontraron con los de Benito. Él le sostuvo la mirada, lenta, deliberada, y ella sintió que el calor entre sus piernas se volvía insoportable. Bajó la vista de nuevo, mordiéndose el labio inferior.
Esa noche, cuando Israel se durmió después de su rutinario misionero de diez minutos, Kathia se quedó despierta en la oscuridad. Se llevó una mano al vientre plano, luego la bajó hasta rozar el encaje húmedo de su tanga. No se tocó. Todavía no. Pero cerró los ojos y, por primera vez, imaginó dos pares de manos viejas y expertas sobre su cuerpo: las de Benito, fuertes y posesivas, y las del doctor Valdez, que aún no conocía, pero que ya sentía como una amenaza .
El plan del viejo ministro avanzaba exactamente como él lo había planeado. Paso a paso. Sin prisa. Pero sin pausa.
Y Kathia, sumisa, ansiosa, manipulable… ya estaba cayendo.
1 comentarios - Relato cornudo: el nuevo ministro y la fe de tener un hijo 2