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Deseos de sierra IV

Los intentos de separación se fueron agotando como agua en un cántaro agujereado. Al principio eran promesas firmes: “Mañana duermo en el sofá”, “No nos tocamos más”, “Esto tiene que parar”. Pero cada promesa duraba menos que la anterior. El sofá quedaba vacío, la cama volvía a ser compartida, y los cuerpos se buscaban en la oscuridad como si nunca hubieran conocido otra forma de estar juntos.

Una noche, después de otra recaída —esta vez en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre ellos mientras Javier la tomaba por detrás, las manos apretando sus caderas anchas y Karina apoyando las palmas contra los azulejos, gimiendo su nombre entre el vapor—, algo cambió. No hubo llanto inmediato. No hubo reproches. Se quedaron abrazados bajo el chorro, respirando agitados, hasta que el agua se enfrió.

Karina fue la primera en hablar, con la voz baja y ronca por el placer reciente.

—Ya no puedo seguir luchando contra esto, Javier.

Él levantó la cabeza, mirándola con ojos cansados pero claros.

—¿Qué quieres decir, mamá?

Ella cerró el grifo, tomó una toalla y se envolvió despacio, como si cada movimiento le costara.

—Quiero decir que perdí. Que tú perdiste. Que los dos perdimos la batalla contra lo que sentimos. —Se sentó en el borde de la tina, mirándolo fijo—. Cada vez que intento alejarme, termino más cerca. Cada vez que me digo “es pecado”, mi cuerpo dice “es necesidad”. Ya no sé distinguir entre lo que está mal y lo que simplemente… es.

Javier se arrodilló frente a ella, tomó sus manos húmedas.

—Yo tampoco. Al principio pensé que era solo deseo, que se me iba a pasar. Pero no es solo eso. Te miro y veo a la mujer que me dio la vida, pero también a la mujer que me hace sentir vivo. Y cuando te tengo así… cuando estoy dentro de ti… siento que por fin algo encaja. Aunque sepa que está torcido.

Karina soltó una risa amarga, casi sin sonido.

—Torcido. Sí. Muy torcido. Ramiro allá, José mandando dinero pensando que somos una familia decente… y nosotros aquí, escondiéndonos en esta casita rentada, haciendo lo que nadie debería hacer. Pero ya no tengo fuerzas para odiarme más. Me odio por las mañanas, me odio cuando hablo con tu papá por teléfono, me odio cuando rezo y las palabras no salen. Pero luego llega la noche y tú me tocas… y por unos minutos no me odio. Solo siento.

Se miraron en silencio un rato largo. Javier se levantó, la ayudó a ponerse de pie y la llevó de vuelta al cuarto. Esta vez no hubo prisa. Se acostaron desnudos, sin prisa por nada. Solo se abrazaron, piel contra piel, sintiendo el latido del otro.

—No vamos a parar —dijo Javier al fin, acariciando su espalda con lentitud—. No porque no sepamos que está mal, sino porque ya no podemos vivir sin esto. Sin ti.

Karina asintió contra su pecho.

—Entonces aceptémoslo. No como algo bonito, no como algo que merecemos. Solo como algo que pasó. Que nos pasó a nosotros. —Levantó la cara y lo besó suave, sin hambre esta vez—. Pero con una regla: nadie más puede saberlo. Nunca. Ni Ramiro, ni José, ni nadie del pueblo. Esto queda aquí, entre estas cuatro paredes. Y cuando hablemos con ellos, sonreímos, mandamos dinero, decimos que todo está bien. Porque para ellos tiene que estarlo.

Javier la apretó más fuerte.

—Y para nosotros… ¿qué somos ahora?

Karina tardó en responder. Tocó su rostro, trazó la línea de su mandíbula con los dedos.
—Somos madre e hijo. Y somos amantes. Dos cosas que no deberían juntarse, pero que ya se juntaron. Y ya no hay forma de separarlas sin rompernos a los dos.

Se besaron de nuevo, esta vez con una ternura resignada. No hubo gemidos urgentes esa noche; solo caricias lentas, exploraciones tranquilas, como si quisieran memorizar cada centímetro del otro. Cuando Javier entró en ella, fue despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo. No hubo palabras. Solo el movimiento suave, el roce constante, el clímax que llegó como una ola larga y silenciosa, dejándolos temblando, pero en paz.

Al día siguiente, la rutina siguió: tortillas en la estufa, trabajo en la maquila, llamadas breves a Monterrey. Pero ya no había intentos de separación. Ya no había sofá. Solo aceptación muda. La culpa no desapareció —seguía ahí, como una sombra en el fondo de los ojos—, pero dejó de ser una lucha diaria. Se convirtió en parte de ellos, como el polvo de la ciudad o el olor a maíz molido.

Karina a veces rezaba todavía, pero ya no pedía perdón. Pedía fuerza para seguir cargando el secreto. Javier, por su parte, dejó de masturbarse solo en el baño; ahora todo era con ella, y en esos momentos se sentía completo, aunque supiera que era una completitud prohibida.

Se habían rendido. No al pecado, sino a la realidad de que el deseo ya no era algo que pudieran expulsar. Era parte de su sangre, de su historia, de la casita rentada en las afueras de San Luis Potosí. Y en esa resignación, encontraron una paz extraña, frágil, pero real.

La rutina se había asentado en una calma engañosa. Javier y Karina vivían en una especie de tregua con su secreto: días de trabajo y tareas domésticas que parecían normales desde fuera, noches de entrega silenciosa donde los cuerpos se buscaban sin palabras, sin culpas explícitas. Ya no hablaban de “parar”; simplemente existían en ese espacio prohibido, como si el mundo exterior no pudiera entrar.

Javier y Karina empezaron a vivir como pareja de verdad: desayunaban juntos sin prisa, se besaban en la cocina sin miedo, se duchaban juntos y se quedaban en la cama hasta tarde los fines de semana.
Javier decidió que era hora de dejar atrás la Karina de pueblo, la que vestía rebozos desteñidos y vestidos holgados que ocultaban su figura. Quería verla como la mujer que era para él: sensual, segura, deseada. Empezó comprándole ropa poco a poco, con el dinero que ahorraba de su sueldo en la maquila.

La primera sorpresa llegó una tarde de sábado. Javier regresó con varias bolsas.

—Ábrelo —dijo, sentándose en el sofá con una sonrisa traviesa.

Karina sacó primero un par de jeans ajustados, azul oscuro, de corte skinny que abrazaban las caderas anchas y marcaban la curva de sus nalgas redondas. Luego una blusa blanca de tela ligera con escote en V sutil, que dejaba ver el inicio de sus pechos plenos sin ser vulgar. Y al fondo de la bolsa… ropa interior.

No eran los calzones de algodón grueso, blancos o floreados, que usaba desde niña. Eran conjuntos de encaje negro: un brasier push-up que levantaba y juntaba sus senos generosos, creando un escote profundo y tentador; una tanga mínima que dejaba casi toda la nalga al descubierto, con tiras finas que se cruzaban en la espalda; y un body de encaje transparente que se abrochaba entre las piernas.
Karina se sonrojó hasta las orejas.

—Javier… esto es… demasiado.

Él se acercó, tomándola de la cintura.

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—No es demasiado. Es lo que mereces. Quiero verte así. Quiero que te sientas sexy, que sepas lo hermosa que eres cuando te quitas la ropa. Pruébatelo. Por favor.

Karina dudó un segundo, pero la mirada de él —mezcla de amor y deseo puro— la convenció. Se fue al cuarto y se cambió.

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Cuando salió, Javier se quedó sin aliento.

Los jeans se pegaban a sus piernas gruesas y muslos firmes, marcando cada curva. La blusa se ajustaba a su cintura y dejaba ver el encaje negro del brasier por el escote. Caminó hacia él despacio, sintiendo cómo la tela rozaba su piel de una forma nueva, cómo el tanga se hundía entre sus nalgas con cada paso.

Javier se levantó del sofá, la tomó por la cintura y la besó con hambre.

—Dios… estás increíble —murmuró contra sus labios—. Mírate en el espejo.

La llevó al espejo del pasillo. Karina se miró: el reflejo mostraba a una mujer diferente. No la esposa de pueblo gastada por el trabajo y los años; sino una mujer madura, curvilínea, sensual. Los jeans delineaban su trasero perfecto, el brasier empujaba sus pechos hacia arriba, creando un valle profundo que invitaba a besos. Se sintió expuesta, vulnerable… y poderosa.

Javier se pegó a su espalda, manos en sus caderas, besándole el cuello

Karina se giró, lo besó profundo y lo empujó hacia el sofá.

—Entonces… demuéstrame cuánto te gusta.

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Javier no esperó más. La sentó a horcajadas sobre él, le bajó el brasier sin quitárselo del todo y tomó un pezón en la boca, succionando fuerte mientras sus manos apretaban sus nalgas por encima de los jeans. Karina se movió sobre él, frotándose contra su erección dura, gimiendo bajito.

Le quitó la blusa, el brasier, los jeans despacio —disfrutando cómo la tela se despegaba de su piel húmeda—. Cuando quedó solo en el tanga negro, Javier la levantó y la llevó al cuarto. La tiró en la cama, le abrió las piernas y apartó la tela mínima para lamerla con devoción: lengua plana recorriendo sus labios, succionando el clítoris, introduciendo dos dedos mientras la miraba a los ojos.
Karina se arqueó, agarrando las sábanas, gritando su nombre sin miedo.

—Javier… sí… así… no pares…

Él no paró hasta que ella se corrió temblando, contrayéndose contra su boca. Luego se quitó la ropa, se puso encima y la penetró despacio, disfrutando cada centímetro. Se movieron juntos, lentos al principio, profundos, luego más rápido, más fuerte. Karina envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda, pidiéndole más.

—Más adentro… lléname… hazme tuya…

Javier obedeció, embistiéndola con fuerza, besándola profundo mientras ambos llegaban al clímax casi al mismo tiempo: él derramándose dentro de ella con un gruñido ronco, ella contrayéndose alrededor en oleadas que la dejaron jadeando y temblando.

Quedaron abrazados, sudorosos, riendo bajito.

—Esto es lo que quería —dijo Javier, besándole la frente—. Verte así, sentirte así… todos los días.
Karina sonrió, acariciándole el pecho.

—Y yo quiero verte a ti… querer verte cada vez que me mires como ahora.

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Y cada vez que se vestía con algo nuevo, Javier la desnudaba con los ojos primero… y luego con las manos, la boca, el cuerpo entero. La casa ya no era solo un refugio; era su paraíso privado, donde Karina ya no era madre ni esposa de pueblo… era su mujer, su amante, su todo.

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