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Las tetas de ana

Ana siempre había tenido las tetas másgrandes que cualquier otra chica de su clase según ella me conto. Aún en primeraño, medía 90 de busto, y ahora, tenía un busto de 110 cm. Ser tetona le veníade familia, dado que sus dos hermanas mayores medían de 115 para arriba y sumadre así como dos de sus tías, medían 140. Tampoco era que fueran vacasgordas, sino que las mujeres de su familia, sin ser flacas raquíticas, eranbien formadas y saludables, como su padre se refería a su madre. Esto tambiénse aplicaba perfectamente a Ana.
Dados sus obvios atributos, Ana solíarecibir mucha atención de los varones, y no sólo de los muchachos de su edad yalgo mayores. Los profesores siempre la tenían un poco más en cuenta que a lasotras chicas normalmente dotadas. Y a pesar de que no hacía ostentación deesto, le encantaba hacer que los muchachos (y hombres) se retorcieran de ganasa su paso, acentuando -si fuera posible- su enorme busto.
Su víctima favorita era yo, un tontode primera, que enseñaba educación artistica. A Ana le encantaba el sólo hechode desabrocharse los dos botones superiores de su blusa, acercarse a mi yreclinarse hacia adelante para preguntarle cualquier tontería, con el únicopropósito de darle una vista de su generoso escote. Sólo hacía esto paradivertirse, pero nunca llego a más, pues eso significaría una sola cosa: líos.
Sin embargo, líos eran los que Anitadebería afrontar. A dos semanas de las vacaciones de fin de año, todos losprofesores entregábamos los informes, a fin de que los estudiantes (y suspadres) supieran cómo les había ido y poder ingresar en la universidad. Anasiempre había sido buena estudiante, y sus padres no se conformarían con menosque ver a su hija en el cuadro de honor. Todo estaba bien hasta que entreguesus informes, aquel fatídico viernes. ¡Un extra! Tenía un extraordinario eneducación artistica. Esto no sólo era malo: ¡era un desastre! Sus padrespodrían tolerar un seis en su informe  pero un extra sólo significaría uncastigo de un mes sin salir ni ver a nadie. ¡Nada de vida social durante todoun mes! Anita decidió hablar conmigo después de la última hora de clases.
Al sonar el último timbre, losestudiantes comenzaron a salir del colegio, como peces que querían volver alagua. Muy pronto, todo el establecimiento estuvo casi desierto, siendo Ana unode los pocos estudiantes que aún quedaban en el edificio. Mientras se acercabaal aula, esperaba que yo  estuviera solo.Cuando Ana espió a través de la ventana de la puerta, vio que no hubiera nadie,calificando unas pruebas escritas. Sin perder el tiempo, desabrochó los dosbotones superiores de su blusa y entró en el aula. Al acercarse al escritorio,  le pregunte qué deseaba. Anita, con cara muyafligida, me explico su posición; y, pese a ser comprensivo, le dije que nohabía nada que pudiera hacer para ayudarla. Al oír esto, Anita comenzó allorar. Me puse de pie y la rodee con su brazo para que la jovencita tomaraasiento. Al hacer esto, Ana sintió que mi mano rozaba, casualmente, sus pechos.A estas alturas, debía tomar una rápida decisión. Mientras lloraba, me dijo quehabía otra cosa que, realmente, la molestaba.
-Es mi pecho; me siento como una vacacon estas dos cosas pegadas a mi cuerpo. Todo el mundo se queda mirándome ¡Soy un fenómeno! -dijo y empezó a llorar aún más fuerte.
Obviamente confundido, intenteconsolarla, diciéndole que lucía perfectamente bien y que no prestara atencióna lo que los demás podrían pensar.
-Eso es fácil de decir. ¡Usted notiene estas cosas horribles en su pecho! -contestó, continuando con su plan ydesbrochando toda su blusa, con un movimiento rápido, al cabo del cual sustetas quedaron expuestas ante mi, y dijo: ¡Mire qué feas que son! ¡Apuesto aque nunca en su vida ha visto peores que éstas!
completamente pasmado, no pude hacerotra cosa que quedarse observando el par de tetas más espectaculares que jamáshabía visto, las cuales, al hacer presión contra el fino nylon del corpiño deborde bajo, permitían ver claramente los pezones oscuros de Anita a través dela tela casi transparente. Comparada con esto, mi esposa  parecía un muchacho adolescente. Viendo laconfusión marcada en mi, Ana tomó la iniciativa y colocó una de mis manos sobreuna de sus enormes tetas.
Sintió que yo trataba de sacar la manode tan embarazosa situación, así que volvió tomar su mano con renovados bríos,actuando como si él se sintiera asqueado ante el sólo hecho de tocarlas y lloróaún más fuerte. le asegure que no había nada de malo con ella y que disfrutabatocándoselas. Anita dijo que no me creía, y se separó de mi, girando comoocultándoselas. Al ver que intentaba consolarla nuevamente, Ana se pusonuevamente cara a cara , sólo que esta vez había quitado el corpiño y sus tetascolgaban libres. Ana pensó que, tal vez, moriría de un infarto. ¡Mi mente  daba vueltas! Trate de hablar, pero no mesalían las palabras; entonces, Ana se le acercó.
-La única manera en que podríaprobarme que mis tetas no son horribles sería si me las chupara -dijo,empujando un apetecible pezón hacia mi boca abierta y embobada.
Era pedir demasiado suponer que meresistiría, así que me zambullí y comenze a chupar y lamer con todas sus ganas.Pese a que me estaba poniendo un poco salvaje, Ana tuvo que admitir que erabueno chupando tetas; cuanto él más chupaba, más mojada se sentía. Miró haciaabajo y vio una gran carpa formada en la parte delantera de mis pantalones, asíque, tranquila, bajó la mano y comenzó a frotar la punta del bulto a través delpantalón. Una mancha de líquido preseminal apareció de pronto en la punta delbulto, y yo gemía mientras chupaba y Anita frotaba. La alumna bajó hábilmenteel cierre de la bragueta y sacó lo que resultó ser una pija muy grande.
Al verla, Ana se arrodilló y, conavidez, comenzó a chuparla, mientras me apoye contra una pared sin poder creerlo que estaba sucediendo. En el momento en que estaba por correrse, Anita miróhacia arriba y le preguntó si su trabajo merecía un extra. menee la cabeza ybalbuce la palabra «Diez». Entonces, Anita continuó la mamada hasta que sintióuna poderosa descarga en su ansiosa garganta. Mientras mi pija se empequeñecíaen la boca de Ana, mi respiración se normalizó, ella se puso de pie, levantósus tetas -una por vez- en mis manos y comenzó a pellizcar sus pezones hastaque quedaron erguidos como dos dedales.
Al ver esto, mi verga volvió aendurecerse, así que Ana se quitó la falda y se bajó las trusas en un rápidomovimiento. Se sentó al borde del escritorio con sus piernas bien abiertas,mostrando su concha mojada y una fina raya de vello en la parte superior de suzona pubiana, prolijamente depilada.
Esta vez, fui yo quien se arrodilló ycomenze a chupar esa hermosa conchita. Lamerla era todo un placer; ¡peropenetrarla con la lengua y rozar aquel clítoris con sus labios era lo máximo!Los gemidos de Anita me excitaron aún más, cuya cabeza ella se empeñaba enapretar contra su cuerpo, con ambas manos, como si fuera necesario. Aún sin esapresión, jamás se habría perdido semejante manjar que, tras unos minutos degemidos y suspiros, no tardó en llegar. Enseguida, resolvi prepararla para loque vendría: ya de pie, comenze a acariciar esa lujuriosa cueva de placer,separándole más aún los labios con los dedos, tocándole el clítoris, jugandocon él.
Ana volvía a suspirar y a gemir; alver esta reacción, le introduje un dedo que terminaron siendo tres. Se corrióuna vez, pero le sacó los dedos, para darle la oportunidad a otra parte de sudeseosa anatomía de entrar en esa cueva caliente y jugosa. Así, que me relamilos dedos y, con un movimiento de cabeza, le meti mi verga hasta las bolas.Ella se corrió inmediatamente después de comenzar el mete y saca, y sus golpescontra la piel de Anita parecían de pistones hasta que ella se corrió una yotra vez. Finalmente, di un fuerte gemido y vacie otra carga, sólo que, en estaocasión, fue en la profundidad de su hirviente conchita.
-Acabás de ganarte un 10, y recuerdaque seré tu profesor en la U el próximo año, y tendrás un diez si  estovuelve a repetirse -dije, mientras ella estaba sentada, goteando semen de suconchita.

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