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Jessica: El compadre de mi suegro

Jessica: El compadre de mi suegro
Jessica estaba sola en casa, el silencio envolviéndola como una caricia pesada. Hacía demasiado tiempo que no salían solo ella y su esposo; los niños se habían quedado con su suegra, y esa noche irían a una boda.  El simple hecho de saberse libre, sin interrupciones, le provocaba un nerviosísimo dulce y caliente que le subía por el vientre.
Se metió a la ducha y dejó que el agua caliente le recorriera el cuerpo despacio, deteniéndose en los pechos, en la curva de su cadera, entre las piernas. Cuando salió se seco con movimientos lentos, casi rituales, y se miró al espejo. Su piel brillaba. Se pasó las manos por los senos, apretándolos un poco, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo sus propios dedos.
Eligió un vestido corto y ajustado, de tela color nude que se pegaba a cada curva como una segunda piel. Al subírselo, sintió como le marcaba el trasero, cómo le realzaba las caderas y le dejaba las piernas casi descubiertas. Se miró de lado y sonrió con un dejo de malicia: sabía que se veía deseable, casi obscena en su elegancia.
Se sentó en la orilla de la cama y comenzó a ponerse las pantimedias nude. El material fino y transparente se deslizó por sus pantorrillas, por sus muslos, hasta abrazarle la entrepierna con una presión suave y provocativa. Casa centímetro de tela contra su piel le provocaba un escalofrío. Después se calzo las zapatillas elegantes de tacón fino; al ponerse de pie, sintió cómo se le alargaban las piernas y cómo el vestido se le subía un poco más, dejando entrever el arranque de las pantimedias.
Se acercó otra vez al espejo. El reflejo le devolvió una mujer diferente: nervios, sí, pero también húmeda de anticipación. Se pasó una mano por el muslo, subiendo despacio hasta la entrepierna, y notó el calor que ya empezaba a concentrarse ahí. Respiró hondo, mordiéndose el labio inferior.
Estaba lista. Lista para que su esposo la viera así… y para lo que viniera después.
El esposo llegó a casa un poco antes de lo previsto. Abrió la puerta y se quedó congelado en el umbral.
Jessica estaba de pie en el centro del salón, bajo la luz suave de la lámpara. El vestido nude, ajustado le abrazaba el cuerpo como nunca antes se lo había visto. Las pantimedias nude brillaban sobre sus piernas largas y firmes, y los tacones elegantes le daban una postura casi provocativa. El escote dejaba entrever la curva suave de sus pechos, y la tela se marcaba sobre sus caderas y su trasero de una forma que a él le robo el aliente.
—Jessica… —su voz salió ronca, casi un susurro.
Ella se mordió el labio, nerviosa pero no apartó la mirada. Él dio un paso hacia ella, y luego otro, como si tuviera miedo de que el hechizo se rompiera.
La amaba desde que la conoció en secundaria. Ella siempre había sido una chica recatada, de familia tradicional, la que bajaba la vista cuando alguien la miraba demasiado. Su primera vez había sido juntos, torpe y dulce, entre sabanas y promesas tímidas. A lo largo de los años, Jessica se había convertido en la esposa perfecta, la madre dedicada, el ama de casa seria y decente que nunca levantaba la voz ni el vestido demasiado. A sus 29 años, jamás había dejado que su cuerpo se mostrara así abierto, deseable, casi pecaminoso.
Y ahora esta ahí, transformada.
Él se detuvo frente a ella. Sus ojos recorrieron cada centímetro: el brillo de las pantimedias, la forma en que el vestido se pegaba a su viente plano, el leve temblor de sus muslos. Levantó una mano y le rozó la cadera con la yema de los dedos, sintiendo la tela fina y, debajo, el calor de su piel.
—Dios mío…—murmuró Rodrigo—. Nunca te había visto así. Nunca.
Jessica sintió el calor intenso subirle por el pecho. La mirada de él, llena de asombro y de un deseo profundo, casi animal, la hacía sentir más expuesta que si estuviera desnuda. 
—¿Te… te gusta? —preguntó en voz baja, con un hilo de voz que delataba sus nervios.
Él no respondió con palabras.  La tomó por la cintura con ambas manos, la acercó contra su cuerpo y la beso con una urgencia que no había sentido en años. Un beso profundo, húmedo, que sabía a años de contención y a la emoción de ver, por fin, a la mujer que siempre había deseado mostrar más.
Cuando se separaron, él susurró contra los labios:
—Me encanta. Y esta noche… esta noche no vas a ser solo una esposa decente.
Sus manos bajaron lentamente por la tela del vestido hasta alcanzar el borde inferior, rozando el inicio de las pantimedias. Los dedos se deslizaron un poco más arriba, sintiendo la suavidad de sus muslos a través del material transparente.
Jessica cerró los ojos un segundo, el corazón golpeándole el pecho.
El juego apenas comenzaba.
Salieron de casa casi a las nueve. Jessica caminaba a. Su lado con pasos cortos, consciente de cómo el vestido se le pegaba a las caderas y de cómo las pantimedias brillaban bajo la luz de la calle. Él no dejaba de mirarla de reojo, todavía asombrado.
La boda estaba llena de gente. Apenas entraron, las miradas empezaron a posarse sobre ella. Hombres que conocían de años, amigos de la familia, incluso algunos compañeros de trabajo de él… todos la observaban un segundo más. Algunos con discreción, otros con una curiosidad más abierta, casi hambrienta. El vestido corto y ajustado, las piernas envueltas en pantimedias nude y los tacones la convertían en el centro de atención sin que ella lo hubiera buscado.
Jessica notó las miradas y sintió un calor incómodo subirle por el cuello. Nunca se había vestido así. Siempre había sido la esposa recatada, la que usaba faldas largas y blusas cerradas. Ahora se sentía expuesta, observada, y eso le provocaba una mezcla extraña de vergüenza y un cosquilleo traicionero entre las piernas.
Él también lo notó. Vio cómo los ojos de otros hombres se detenían en el escote de su esposa, en la curva de su trasero, en la forma en que el vestido se le subía un poco al caminar. Una punzada de celos y de orgullo se le clavó en el pecho al mismo tiempo. Quería que todos la vieran… y al mismo tiempo deseaba llevársela de ahí, esconderla solo para él.
Intentaron disfrutar. Bailaron un poco, saludaron a los novios, tomaron una copa. Pero él empezó a sentirse mal. Primero un mareo, después una náusea persistente. A las dos de la mañana, pálido y con la frente sudorosa, se acercó a ella y le susurró al oído:
—Amor… me siento mal. Creo que voy a vomitar. Mejor nos vamos.
Estaba pálido, sudoroso y con náuseas fuertes. Intento levantarse de la mesa, pero se tambaleó. Fue entonces cuando Don Ricardo, el compadre de toda la vida de su padre, se acercó preocupado.
Don Ricardo tenía casi setenta años, pero se mantenía bien. Alto de hombros anchos, voz grave y esa mirada segura de quien siempre había sido el hombre de confianza de la familia. Conocía a Jessica desde que era una adolescente callada y recatada. La había visto crecer, casarse y convertirse en la esposa perfecta…hasta esa noche.
—Hijo, te ves muy mal — dijo Don Ricardo, tomándolo del brazo —. Yo te llevo a casa. No puedes manejar así.
Rodrigo apenas pudo asentir. Jessica, todavía con el vestido ajustado las pantimedias nude y los tacones, se levanto de inmediato para acompañarlos. En el auto, ella iba en el asiento de atrás sosteniendo la mano de su marido, mientras Don Ricardo manejaba en silencio. De vez en cuando, a través del espejo retrovisor, sus nos se detenían un segundo de más en las piernas de Jessica, en cómo el vestido se le había subido al sentarse, dejando ver el brillo de las pantimedias hasta casi la entrepierna.
Llegaron a casa.  Entre los dos ayudaron al esposo a subir a la recámara. Lo acostaron, le pusieron un trapo húmedo en la frente y le dieron un vaso de agua.  En menos de diez minutos, el hombre ya estaba profundamente dormido, agotado por el malestar.
Jessica y Don Ricardo bajaron de nuevo a la sala. Ella se quedó de pie junto al sofá, nerviosa, consciente de que el vestido le marcaba demasiado el cuerpo y de que él la estaba mirando sin disimulo.
—Gracias por traerlo, Don Ricardo… —dijo en voz baja —. No sé qué había hecho sin usted.
Él no respondió de inmediato. Se quito el saco, lo dejó sobre el sillón y se acercó un paso. Su mirada recorrió el escote, la cintura estrecha, las piernas largas envueltas en pantimedias.
—Nunca te había visto así, Jessica —murmuró con voz ronca —. Siempre fuiste la niña recatada… la esposa decente. Y ahora mirarte es casi un pecado.
Jessica sintió el calor subirle por el pecho. Quiso dar un paso atrás, pero sus tacones la traicionaron y se quedó quieta. Don Ricardo levantó una mano y rozó la mejilla con el dorso de sus dedos, con una ternura que contrastaba con la intensidad de su mirada.
—Tu esposo está dormido arriba… —continuó, bajando la voz —. Y tú estas aquí, vestida como nunca te habías atrevido. ¿Sabes cuántos años llevo deseándote en silencio?
Ella abrió la boca para responder, pero él ya había cerrado la distancia. Lo siguiente que sintió fue la mano grande y cálida de Don Ricardo deslizándose por su cintura, bajando hasta la curva de su trasero y apretándola con posesión. El otro brazo la atrajo contra su cuerpo y la besó.
No fue un beso suave. Fue profundo, dominante, de quien había esperado demasiado tiempo. Jessica soltó un gemido ahogado contra su boca. Sus manos, traidoras, se aferraron a la camisa de él. El vestido se le subió un poco más cuando Don Ricard la alzó ligeramente y la sentó en el respaldo del sofá abriéndole las piedras con las rodillas.
—Esta noche —le susurró al oído, mientras sus dedos subían por el interior de los muslos, rosando la pantimedia.
Sus dedos llegaron hasta la entrepierna y presionaron el calor que ya se sentía a través de la tela fina. Jessica arqueó la espalda, un gemido escapándosele de los labios.
Don Ricardo sonrió contra su cuello.
—…vas a ser mía.

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