You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda una esposa puta y su cornudito beta 11

LA TARDE SEGUIA SU RUMBO MIENTAS EDUARDO Y MIRANDA MIRABAN UN PELICULA CON SUS HIJOS LES SURGIO UNA IDEA
Miranda y Eduardo estaban sentados en el sofá de la sala, con los chicos tirados en el piso frente a la tele viendo una película de Disney que ya iba por la mitad. La luz tenue de la pantalla iluminaba sus caritas inocentes, riendo con las canciones y los personajes. Todo parecía normal, familiar, perfecto.
Pero debajo de la manta que compartían, la mano de Miranda descansaba en el muslo de Eduardo, subiendo despacio hasta rozar la jaulita de castidad que llevaba puesta desde la mañana. El recuerdo de Paco y la propuesta de los tres amigos indigentes seguía flotando entre ellos como un secreto caliente y peligroso. Miranda sentía el coño latiéndole todavía, empapado solo de hablarlo, de imaginarlo.
Se inclinó hacia el oído de Eduardo, hablando en un susurro casi inaudible por encima de la música de la película.
—Cornudito… —murmuró, la voz ronca y temblorosa—. Toda esta charla me calentó demasiado… necesito que me cojas ahora. Subamos a la alcoba… rápido.
Eduardo sintió la pichita apretarse inútilmente contra la jaula, el corazón acelerándose.
Miranda levantó la voz lo justo para que los chicos oyeran, tono casual de mamá:
—Chicos, papi y mami vamos a descansar un ratito arriba… estamos un poco cansados del refugio. No suban, ¿eh? Queremos estar tranquilos. Si necesitan algo, nos llaman al teléfono de la mesita.
Los niños asintieron sin despegar los ojos de la pantalla, murmurando un “sí, mami” distraído.
Miranda tomó la mano de Eduardo y lo levantó del sofá con disimulo. Subieron las escaleras despacio, conteniendo la respiración para no hacer ruido, pero una vez que cerraron la puerta de la alcoba y pusieron el pestillo, la tensión explotó.
Miranda lo empujó contra la puerta cerrada y lo besó con hambre, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras le bajaba los pantalones de un tirón. La jaulita quedó expuesta, la pichita chiquita apretada e intentando endurecerse sin éxito.
—Sacátela… —susurró ella, jadeando—. Quiero que me penetres… quiero sentirte adentro aunque sea un ratito.
Eduardo se quitó la ropa con manos temblorosas. Miranda se desnudó rápido, quedando en cuatro sobre la cama matrimonial, el culo grande y carnoso levantado, el coño hinchado y mojado brillando bajo la luz tenue de la lámpara.
—Vení… metémela… —gimió, separándose las nalgas con las manos—. Quiero tu pichita chiquita adentro después de hablar de Paco y sus amigos…
Eduardo se subió detrás, la pichita rozando la entrada caliente y húmeda de ella. Empujó… pero nada. La verga se quedó blanda, floja, incapaz de entrar. Intentó frotarse, apretar, concentrarse… pero seguía sin pararse.
—Ay… no… no puedo… —murmuró avergonzado, la cara roja.
Miranda se giró un poco, mirándolo con una sonrisa dominante pero llena de amor.
—Tranquilo, mi mariquita cornudo… —susurró, besándole los labios—. Ya estás volviendo cada vez más pasivo… tan cornudo que ya ni se te para para follarme. No pasa nada, amor… naciste para ser penetrado, no para penetrar. Mamá te va a romper el culo ahora… como te gusta.
Se levantó de la cama, fue al cajón secreto y sacó algo nuevo: un arnés negro más grande que el anterior, con un consolador monstruoso de 28 cm, grueso, venoso, con base ancha y glande hinchado. Lo ajustó alrededor de sus caderas con movimientos rápidos, el juguete apuntando hacia adelante como una amenaza deliciosa.
Eduardo se quedó mirando, los ojos abiertos de par en par.
—¿28 cm…? —balbuceó, mitad asustado, mitad excitado—. Es… enorme…
Miranda sonrió con malicia, untando lubricante en el consolador con la mano.
—Sí, mi amor… más grande que Norberto… quiero que sientas lo que es ser abierto de verdad… mientras pienso en cómo Paco y sus amigos indigentes sucios te van a romper algún día. Ponete en cuatro… abrí ese culito para mamá.
Eduardo obedeció temblando, se puso en cuatro en la cama, el culo levantado, todavía sensible de sesiones anteriores. Miranda se colocó detrás, le separó las nalgas y apoyó el glande enorme contra su ano.
—Te amo… te amo tanto… —susurró ella, empezando a empujar despacio—. Te amo por no poder pararla… por ser mi cornudo pasivo perfecto… te amo mientras te rompo con esta verga de 28 cm… te amo por ser mío.


Miranda una esposa puta y su cornudito beta 11


Miranda se acomodó detrás de Eduardo, el arnés bien ajustado alrededor de sus caderas curvilíneas. El consolador nuevo de 28 cm, grueso y venoso, brillaba con el lubricante. Lo apoyó contra el ano ya abierto y sensible de su marido y empezó a empujar muy despacio, centímetro a centímetro, mientras le hablaba con esa voz suave, maternal y dominante que él tanto amaba.
—Shhh… tranquilo, mi bebé… mamá está aquí —susurró con ternura, acariciándole la espalda mientras la cabeza del consolador entraba poco a poco—. Respirá profundo… dejá que mamá te abra despacito… así, mi mariquita cornudo pasivo… eso es… sentilo cómo te llena.
Eduardo soltó un gemido largo y tembloroso cuando la mitad del consolador ya estaba dentro. Miranda se inclinó sobre su espalda, besándole la nuca con cariño mientras seguía empujando con paciencia.
—Ay, mi amor… mirá lo fácil que entra ahora —le dijo con voz dulce, casi como si estuviera consolando a un niño—. Qué mariquita cornudo pasivo te estás volviendo… tan sumiso, tan obediente… ya ni siquiera se te para para follarme, ¿verdad? Tu pichita chiquita sabe que su lugar es estar encerrada en la jaulita mientras mamá toma el control total de la relación.
Empujó un poco más, metiendo casi todo el consolador. Eduardo temblaba entero, gimiendo bajito contra la almohada.
—Te amo tanto así… —continuó Miranda, empezando a moverse con embestidas lentas y profundas—. Me encanta tomar el control, mi vida… me encanta ser yo la que decide cuándo y cómo te follan… me encanta verte en cuatro, con el culo abierto para mi verga, gimiendo como la putita pasiva que eres. Vos naciste para esto, cornudito… para que yo te domine, para que yo te penetre, para que yo decida quién te usa y cuándo. Y a mí me pone tan cachonda tenerte así… completamente mío, completamente entregado.
Aceleró un poco el ritmo, follándolo con embestidas firmes pero cariñosas, una mano acariciándole la espalda mientras la otra le apretaba suavemente la cintura.
—Mirá cómo te abro, mi bebé… —susurró con tono maternal—. Qué rico se siente tener el control total de nuestra relación… vos siendo mi mariquita cornudo pasivo, mi putita beta… y yo tu esposa dominante que te ama más que a nada. Te amo por entregarte así… te amo por dejarme ser la que manda… te amo por ser tan perfecto para mí.
Eduardo gemía más fuerte, empujando el culo hacia atrás para recibir cada centímetro.
—Te amo… te amo, mamá… —balbuceaba, la voz quebrada de placer.
Miranda sonrió con ternura y aceleró un poco más, follándolo con ritmo constante y profundo.
—Así, mi amor… dejá que mamá te cuide… dejá que mamá te rompa el culito mientras te digo lo mariquita cornudo pasivo que sos… y lo mucho que me gusta tenerte completamente bajo mi control.


cuckold


Miranda siguió empujando despacio pero firme, metiendo los 28 cm hasta el fondo con cada embestida suave y profunda. Se inclinó completamente sobre la espalda de Eduardo, pegando sus tetas contra él, y le habló al oído con esa voz maternal, dulce y sucia que lo volvía loco:
—Así, mi bebé… dejá que mamá te abra bien ese culito… shhh, respirá… sentilo cómo te llena la verga grande de mamá… qué rico se siente, ¿verdad, mi mariquita cornudo pasivo?
Aceleró un poquito el ritmo, follándolo con embestidas más largas y constantes, mientras le besaba la nuca sudorosa.
—Ay, mi amor… mirá cómo te estás volviendo cada vez más putita… tan cornudo y tan pasivo que ya ni se te para la pichita chiquita para follarme… pobrecito… tu verga ya sabe que su lugar es estar encerrada en la jaulita, goteando sin poder hacer nada… mientras mamá te rompe el culo como la dueña que soy.
Metió todo el consolador de golpe y se quedó ahí, girando las caderas para que lo sintiera bien profundo.
—Te amo tanto así, mi bebé… te amo por ser mi mariquita cornudo perfecto… te encanta que mamá tome el control total, ¿no? Te encanta que yo sea la que decide todo en esta relación… que yo te folle cuando quiero, como quiero y con lo que quiero… mientras vos solo gemís y te entregás como la putita obediente que naciste para ser.
Empezó a follarlo más rápido, con embestidas profundas y firmes, el sonido húmedo de la penetración llenando la habitación.
—Mirá cómo te abro el orto, mi amor… qué rico se ve tu culito tragándose toda la verga de mamá… tan grande, tan gruesa… mucho más grande que tu pichita inútil… ¿sentís cómo te estira? ¿Sentís cómo te rompo como nunca te va a romper nadie? Porque yo soy tu dueña… yo soy la que manda… yo soy la que te folla… y vos sos solo mi cornudito mariquita pasivo que se corre solo con que mamá le meta verga en el culo…
Le mordió el lóbulo de la oreja y aceleró más, follándolo con fuerza maternal y dominante.
—Corréte para mamá, mi bebé… corréte solo por el culo… sin tocar esa pichita encerrada… demostrame lo mariquita cornudo que sos… te amo por ser así… te amo por entregarme tu culito… te amo por dejarme ser la puta dominante que te rompe y te cuida… corréte, putita… corréte para tu mamá…
Eduardo temblaba entero, gimiendo como perra, el culo apretando el consolador con cada embestida.
Miranda siguió follándolo sin piedad, susurrándole al oído con voz dulce y sucia:
—Así, mi amor… dejá que mamá te haga acabar… te amo… te amo tanto… sos mi cornudito perfecto… mi mariquita pasivo… mi todo…


Miranda aceleró el ritmo poco a poco, pero sin perder esa cadencia profunda y controlada. El consolador de 28 cm entraba y salía casi completo, abriéndole el culo a Eduardo con cada embestida firme. Se inclinó más sobre su espalda, pegando sus tetas sudadas contra él, y le habló al oído con esa voz maternal, dulce y terriblemente sucia que lo desarmaba por completo:
—Shhh… respirá, mi bebé… dejá que mamá te folle bien profundo… eso es… sentilo cómo te abre el culito, mi mariquita cornudo pasivo… qué lindo se ve tu orto tragándose toda esta verga grande mientras tu pichita chiquita sigue encerrada en su jaulita, inútil y goteando como una niñita…
Le mordió suavemente el lóbulo de la oreja y empujó hasta el fondo, girando las caderas para que sintiera cada centímetro.
—Ay, pobrecito mío… mirá lo que te has vuelto… tan cornudo y tan mariquita que ya ni se te para para penetrar a mamá… esa pichita tuya ya sabe que no sirve para nada… solo para estar encerrada, chiquita y blanda, mientras mamá te rompe el culo con una verga mucho más grande que la tuya… ¿te gusta sentirte así, mi putita? ¿Te gusta que mamá sea la que manda en esta casa? ¿Que yo sea la que decide cuándo y cómo te follan?
Aceleró un poco más, follándolo con embestidas más rápidas y profundas, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación.
—Te amo tanto por ser así, mi amor… tan sumiso, tan obediente… tan cornudo pasivo… me encanta tener el control total de vos… me encanta saber que soy yo la que te folla, la que te domina, la que te hace gemir como perrita… mientras vos solo abrís el culito y te entregás… porque eso es lo que eres ahora, mi bebé… mi mariquita cornudo que ya no folla… solo recibe verga… solo se deja romper por su propia esposa…
Le pasó una mano por debajo y rozó la jaulita con las yemas de los dedos, sintiendo cómo la pichita intentaba endurecerse inútilmente.
—Mirá cómo te aprieta la jaulita, pobrecito… no te deja crecer… no te deja ser hombre… porque ya no sos un hombre, ¿verdad? Sos mi putita beta… mi cornudito travesti… mi bebé que necesita que mamá lo folle para sentirse completo… te amo por eso… te amo por ser tan débil… tan entregado… tan mío…
Embestió más fuerte, más rápido, el consolador entrando y saliendo sin piedad, golpeando justo en ese punto que lo hacía temblar entero.
—Corréte para mamá, mi amor… corréte solo con el culo… sin tocar esa pichita inútil… demostrame lo mariquita cornudo pasivo que eres… demostrame que ya no necesitás penetrar… que solo necesitás que mamá te rompa… te amo… te amo mientras te follo como a una puta… te amo mientras te hago mío por completo… seguí gimiendo, mi bebé… seguí empujando ese culito hacia atrás… mamá te va a llevar al límite… mamá te va a hacer acabar como la putita que sos…
Eduardo temblaba violentamente, gimiendo alto contra la almohada, al borde del orgasmo, completamente entregado a su voz maternal y sucia.
Miranda siguió follándolo sin parar, susurrándole al oído con más intensidad:
—Así, mi putita… así… dejá que mamá te haga acabar… te amo… te amo tanto… corréte para mí, cornudito… corréte solo con mi verga en tu culo…




AL DIA SIGUIENTE PENSANDO EN LA PROPUESTA DE PACO


Al día siguiente, lunes por la mañana, la casa estaba en silencio. Los chicos ya habían salido al colegio y Eduardo y Miranda se quedaron solos en la cocina, tomando café. El todavía sentía el culo sensible de la sesión de la noche anterior con el arnés de 28 cm, y llevaba la jaulita puesta desde ayer.
Miranda dejó la taza sobre la mesa y miró a Eduardo con ojos brillantes.
—Amor… estuve pensando toda la noche —dijo en voz baja—. Lo de Paco y sus tres amigos… quiero hacerlo. Me da miedo, sí… pero también me calienta muchísimo. Imaginarme rodeada de cuatro viejos sucios, feos y apestosos… usándome como puta caritativa… mientras vos mirás o esperás en el auto… me pone loca.
Eduardo tragó saliva, la jaulita apretándole fuerte.
—Yo también lo pensé —admitió—. Me calienta verte entregada así… pero el riesgo…
Miranda lo interrumpió con un beso suave.
—El riesgo siempre estuvo. Pero si lo hacemos solo una vez, en un lugar discreto del refugio… y les pedimos que no hablen con nadie… creo que podemos controlarlo. Quiero probar. Quiero sentirme usada por ellos. Y quiero que vos lo veas.
Eduardo asintió, la respiración acelerada.
—Entonces… hagámoslo.
Miranda tomó el teléfono y marcó el número de Paco. Puso el altavoz para que Eduardo escuchara todo.
Paco contestó al tercer tono, con voz ronca y ansiosa.
—¿Colorada? ¿Ya pensaste?
Miranda fue directa:
—Sí, Paco. Aceptamos. Pero solo una vez y con mucho cuidado. El próximo domingo, después de servir el almuerzo, cuando casi todos se hayan ido… vos y tus tres amigos me esperan en el patio trasero, al lado de los contenedores de basura. Ahí hay poca gente y casi nunca pasa nadie. Me van a tener ahí… los cuatro… y me van a follar todo lo que quieran. Pero nadie puede saberlo. Ni una palabra.
Paco se quedó callado un segundo, luego soltó una risa baja y excitada.
—Carajo… en serio… Mis amigos ya están locos de ganas. Tienen vergas grandes, colorada… te van a romper. El domingo, después del almuerzo, en los contenedores. Ahí estaremos los cuatro esperándote.
Miranda miró a Eduardo mientras hablaba, la mano libre acariciándole la jaulita por encima del pantalón.
—Perfecto. Nos vemos el domingo. Y Paco… que sea discreto. Si se corre la voz, nunca más.
—Tranquila, puta santa… va a ser nuestro secreto —respondió él con voz cargada de lujuria—. Te vamos a tratar como te merecés.
Colgó.
Miranda dejó el teléfono y miró a Eduardo con una mezcla de nervios y excitación pura.
—Ya está… el domingo… cuatro indigentes viejos y sucios me van a follar contra los contenedores de basura después de servirles el almuerzo… mientras vos mirás o esperás… ¿Estás seguro, cornudito?
Eduardo respiró hondo, la jaulita apretándole al máximo.
—Estoy seguro… te amo… y me calienta como nunca.
Miranda lo besó profundo y le susurró contra los labios:
—Entonces… prepárate, mi amor. Porque el próximo domingo… tu esposa va a convertirse en la puta oficial de cuatro indigentes ancianos y asquerosos.
esposo cornudo


Llegó el domingo. El último domingo del mes.
Desde temprano la casa se sentía distinta. Los chicos ya estaban en lo de la abuela, la casa estaba en silencio y el aire cargado de una tensión sexual que casi se podía tocar.
Miranda salió del baño recién duchada, envuelta solo en una toalla, y encontró a Eduardo sentado en el borde de la cama, desnudo y nervioso. La jaula de castidad ya estaba sobre la mesita de noche, brillante y lista.
—Vení, mi cornudito… —dijo ella con voz suave pero firme—. Es hora de prepararte.
Eduardo se levantó. Miranda se sentó en la cama y lo atrajo entre sus piernas. Tomó la jaula con una mano y con la otra le acarició la pichita chiquita, que ya intentaba endurecerse inútilmente.
—Mirá cómo te tiembla… —susurró maternal y sucia—. Hoy vas a estar encerradito todo el día mientras mamá se deja romper por cuatro indigentes sucios. Eso te va a mantener bien calentito y frustrado, ¿verdad?
Le puso el anillo base alrededor de los huevos y la base del pene con cuidado, luego deslizó la jaulita transparente sobre la pichita. El clic del candado sonó fuerte en la habitación.
—Listo… —dijo Miranda, besando la jaulita una vez cerrada—. Ahora sí sos mío al cien por ciento. Hoy no vas a poder endurecerte ni correrte… solo vas a mirar y sufrir rico mientras Paco y sus amigos me usan como puta.
Eduardo miró hacia abajo: la jaulita apretaba su pichita pequeña, inútil, goteando un hilo de precum que se escapaba por los agujeritos. Gimió bajito.
Miranda se levantó y abrió el ropero. Empezó a vestirse con cuidado, eligiendo la ropa perfecta para el día:


Por fuera: una remera blanca simple pero ajustada que marcaba sus tetas enormes, un jean azul claro que se le pegaba al culo como segunda piel y zapatillas blancas. Parecía la mamá solidaria de siempre.
Por debajo: un conjunto de lencería negra muy puta —corpiño de encaje transparente que apenas contenía sus tetas, un tanga hilo dental que se perdía entre sus nalgas y unas medias de red con liguero que se iba a dejar puestas.


Se miró al espejo y giró para que Eduardo la viera.
—¿Qué te parece? —preguntó con una sonrisa perversa—. De afuera parezco la esposa perfecta que ayuda en el refugio… pero debajo estoy vestida como la puta que va a abrirse de piernas para cuatro indigentes ancianos y sucios. Cuando lleguemos al patio de los contenedores, solo voy a tener que bajarme el jean y ya voy a estar lista para que me usen.
Eduardo tragó saliva, la jaula apretándole fuerte.
—Estás… estás perfecta… —murmuró—. Me calienta tanto saber que vas a estar así… tan cerca de los chicos que sirven comida… y después te van a follar como a una zorra barata contra los tachos de basura.
Miranda se acercó, le levantó la cara con un dedo y le dio un beso profundo.
—Te amo, mi cornudito enjaulado… hoy vas a ver cómo tu esposa se convierte en la puta de cuatro viejos indigentes. Y cuando terminemos, vas a venir a limpiarme con la lengua todo lo que me dejen adentro.
Se separó un poco, le dio una última mirada y dijo con voz ronca:
—Vamos… ya es hora de ir al refugio.
Eduardo se vistió con las manos temblando. La jaula le recordaba a cada paso quién mandaba.
Miranda tomó las llaves del auto y sonrió con esa mezcla de ternura y maldad que lo volvía loco.
—Hoy vas a ver cómo me follan cuatro machos sucios y viejos… y yo voy a estar pensando en vos todo el tiempo, mi amor.
Salieron de la casa rumbo al refugio, el corazón de ambos latiendo fuerte, sabiendo que en pocas horas Miranda iba a ser usada sin piedad contra los contenedores de basura.

0 comentarios - Miranda una esposa puta y su cornudito beta 11