You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda una esposa puta y su cornudito beta 10

Después de la ducha caliente que los dejó limpios pero todavía con el cuerpo pesado y adolorido, Miranda y Eduardo se metieron en la cama desnudos, abrazados bajo las sábanas frescas. El olor a jabón de vainilla reemplazó el hedor a sexo y mugre del baño del refugio, pero el recuerdo de Paco seguía latiendo en el aire entre ellos.
Miranda se acurrucó contra su pecho, besándole el cuello con ternura.
—Vení, cornudito… —susurró, rozándole la pichita con la mano—. Ahora me toca a mí sentirte adentro… follame despacito… quiero sentir a mi marido después de haber sido puta de un viejo sucio.
Eduardo gimió bajito, excitado por sus palabras. Se subió encima de ella, besándola profundo, la pichita chiquita rozando la entrada de su coño todavía hinchado y sensible. Intentó empujar… pero nada. La verga se quedó blanda, floja, incapaz de endurecerse del todo. Intentó de nuevo, frotándose contra ella, pero seguía sin pararse.
—Ay… no… no se me para… —murmuró avergonzado, la cara roja hasta las orejas.
Miranda lo miró con una sonrisa cariñosa pero dominante, le acarició la mejilla y le besó los labios.
—Tranquilo, mi amor… —susurró, besándole la frente—. Estás volviendo cada vez más mariquita cornudo… tan cornudo y tan pasivo que ya ni se te para para follarme. Tu pichita chiquita ya sabe cuál es su lugar… no es para penetrar… es para encerrar, para gotear en una jaulita mientras otros me rompen.
Eduardo bajó la mirada, humillado pero excitado, la pichita latiendo flojita contra el muslo de ella.
—Perdón… —susurró.
Miranda lo abrazó fuerte, lo hizo rodar para que quedara debajo de ella y le besó la boca con dulzura.
—No te preocupes, mi cornudito precioso… —dijo con voz ronca y amorosa—. No necesitás pararla para hacerme feliz. Naciste para ser penetrado… para ser mi putita beta. Yo te voy a penetrar a vos… como siempre. Voy a ponerme el arnés y te voy a romper el culo mientras te digo cuánto me calentó verte aceptar que Paco me cogiera… cuánto me calienta que seas tan sumiso… tan mío.
Se levantó un segundo, fue al cajón y sacó el arnés negro con el consolador grueso. Se lo ajustó rápido alrededor de las caderas, el glande apuntando hacia adelante, ya lubricado de antes.
—Ponete en cuatro, mi amor… abrí bien ese culito que Paco dejó marcado… mamá va a entrar y te va a hacer mío otra vez.
Eduardo obedeció al instante, se puso en cuatro, el culo levantado, todavía sensible y rojo de la verga de Norberto. Miranda se colocó detrás, le separó las nalgas con ternura y apoyó el consolador contra su ano.
—Te amo… te amo tanto… —susurró ella, empujando despacio—. Te amo por no poder pararla para mí… te amo por ser mi mariquita cornudo… te amo por dejarme ser la que te folla después de que otros me llenen… te amo por ser perfecto para mí.
Entró centímetro a centímetro, lento y profundo, follándolo con cariño dominante mientras le besaba la espalda.
Eduardo gemía bajito, empujando hacia atrás.
—Te amo… te amo… —jadeaba—. Me encanta que me penetres… que seas mi dueña… te amo por hacerme sentir así… te amo…
Miranda aceleró un poco, follándolo con ritmo constante, profundo, susurrándole al oído:
—Sentilo… sentilo cómo te rompo después de que Paco te haya dejado abierto… te amo por ser mi cornudo que se calienta con que me cojan indigentes sucios… te amo por entregarte… te amo para siempre.
Eduardo se corrió sin tocarse otra vez, solo por estimulación anal, temblando entero mientras Miranda seguía embistiéndolo hasta que ella también llegó, abrazándolo fuerte por detrás.
Se derrumbaron juntos, exhaustos, abrazados, besándose lento.
—Te amo… —susurró ella—. Sos mi todo… mi cornudito mariquita perfecto.
—Te amo… te amo… —respondió él, acurrucándose contra su pecho—. Gracias por ser mi dueña… gracias por amarme así.
Se durmieron abrazados, el consolador todavía a un lado de la cama, el amor y el morbo envolviéndolos como una manta caliente y sucia.
Miranda una esposa puta y su cornudito beta 10

Con el paso de los meses, lo que empezó como una fantasía oscura y puntual se convirtió en una costumbre secreta y adictiva para Miranda y Eduardo. Cada último domingo del mes, como siempre desde hacía años, la pareja dejaba a los chicos con la abuela y se iba al refugio de indigentes de La Boca a hacer trabajo comunitario. Lavaban platos, servían guiso, repartían pan, charlaban con los abuelos… todo con la misma sonrisa cálida y solidaria que los demás voluntarios admiraban.
Pero detrás de esa fachada de familia perfecta, el ritual había cambiado para siempre.
Desde aquel primer encuentro en el baño mugriento, Paco se convirtió en el “beneficiario” fijo de la “caridad privada” de Miranda. No era todos los domingos (había que ser discretos), pero cuando coincidía que el refugio quedaba casi vacío al final del turno —cuando los otros voluntarios se iban temprano y solo quedaban algunos indigentes rezagados limpiando mesas—, Paco desaparecía hacia el fondo y Miranda “iba a revisar el depósito” o “a buscar más detergente”.
Las situaciones variaban, siempre improvisadas, siempre sucias, siempre cargadas de morbo para Eduardo, que miraba desde lejos o esperaba en el auto con la jaulita puesta (porque Miranda ya no se la sacaba los domingos de refugio).
Algunas veces era en el baño del fondo
Paco la esperaba sentado en el inodoro roto, la verga ya afuera y dura. Miranda entraba, cerraba la puerta con pestillo y se subía la falda sin decir nada. Se sentaba encima de él de espaldas, guiando esa verga gruesa y sucia dentro de su coño o su culo (dependiendo del día). Paco gruñía bajo, agarrándole las tetas por debajo de la remera, mordiéndole el cuello mientras ella subía y bajaba despacio al principio, después más rápido, gimiendo bajito para no alertar a nadie. Eduardo espiaba por la rendija de la puerta entreabierta, masturbándose en silencio o simplemente mirando con la jaula apretándole, susurrando para sí mismo: “Te amo… te amo mientras te coge ese viejo sucio…”.
Otras veces era en el depósito de atrás
Entre bolsas de arroz y latas de conserva, Paco la ponía contra una pila de cajas, le bajaba los jeans hasta las rodillas y la penetraba de pie por detrás. El olor a moho y harina vieja se mezclaba con el hedor corporal de Paco. Él le tapaba la boca con una mano sucia para que no gritara demasiado mientras la embestía con fuerza torpe, la panza golpeándole la espalda. Miranda se mordía el labio, empujando hacia atrás, y cuando Paco se corría dentro de ella, el semen espeso empezaba a gotear por sus muslos mientras volvía al salón con una sonrisa inocente.
Alguna vez fue en el pasillo angosto de la cocina
Cuando todos ya se habían ido y solo quedaban ellos dos “terminando de limpiar”, Paco la acorraló contra la pileta. Miranda se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el borde, y Paco se la metió por el culo sin lubricante extra (solo saliva), gruñendo que “ese orto grande estaba hecho para él”. Eduardo lavaba platos al lado, fingiendo no ver, pero con la jaula apretándole y la pichita goteando sin parar. Miranda gemía bajito, mirando a su marido a los ojos mientras Paco la reventaba por detrás, y le susurraba: “Te amo… te amo mientras este viejo me rompe el culo… te amo por dejarme ser su puta…”.
Y hubo días más arriesgados



cuckold

En una ocasión, cuando el refugio estaba particularmente vacío, Paco la llevó detrás de la cocina, a un rincón oscuro junto a los tachos de basura. Allí la puso de rodillas primero, le metió la verga sucia en la boca (“chupá, colorada… limpiame lo que queda de la mañana”), y después la puso en cuatro sobre un pedazo de cartón sucio y la penetró analmente mientras ella gemía con la cara pegada al piso. Eduardo vigilaba desde la puerta, masturbándose con la jaula puesta, susurrando: “Te amo… te amo por ser tan baja… tan caritativa… te amo mientras te usa como una puta de calle…”.
Cada vez que terminaban, Miranda volvía al salón con las mejillas sonrojadas, el pelo un poco desordenado y una sonrisa dulce para los voluntarios que quedaban. Eduardo la esperaba con una mirada de amor absoluto y humillación deliciosa. En el auto de regreso, ella apoyaba la cabeza en su hombro y le susurraba:
—Gracias por dejarme hacer esto… te amo por ser mi cornudo perfecto.
Y él respondía, con la jaula todavía puesta y el culo sensible:
—Te amo por ser mi puta caritativa… te amo por hacerme sentir vivo.
Así se convirtió en su secreto más oscuro y más dulce: los domingos de “trabajo comunitario” ya no eran solo para ayudar a los necesitados… también eran para que Miranda se entregara a Paco, el indigente sucio y bajo que la deseaba con locura, mientras Eduardo miraba, sufría y amaba cada segundo.



esposa puta


Al día siguiente del encuentro con Paco, Miranda estaba en la cocina de casa preparando el almuerzo para los chicos, todavía con el cuerpo adolorido y el coño hinchado recordándole cada embestida del viejo indigente. Eduardo entró por la puerta trasera, todavía con la jaulita puesta (Miranda no se la había sacado desde la mañana), y se acercó por detrás para abrazarla.
Antes de que pudiera besarle el cuello, el teléfono de Miranda vibró en la mesada. Era un número desconocido, pero ella lo reconoció al instante: Paco. Contestó con voz baja, poniéndolo en altavoz para que Eduardo oyera todo.
—Hola, colorada… —dijo Paco con esa voz rasposa y temblorosa de excitación—. Anoche no dormí pensando en vos… en cómo me diste ese coño y ese orto… sos una santa puta, che.
Miranda sonrió con malicia, mirando a Eduardo a los ojos.
—¿Y qué querés ahora, Paco? —preguntó, juguetona.
Hubo un silencio corto, como si el viejo juntara coraje.
—Tengo tres amigos… —empezó Paco, la voz más baja—. Indigentes como yo… feos, viejos, sucios… pero con vergas grandes, colorada. Muy grandes. Uno es flaco pero mide como 22 cm, otro es gordo y tiene una gruesa que parece brazo… y el tercero es un negro que debe andar en los 24. Todos hace décadas que no tocan una mujer. Les conté… sin dar detalles, eh… solo que una señora buena me ayudó mucho. Y se les paró al toque. Quieren… quieren que los ayudes también. Una obra de caridad grupal. En el refugio, cuando esté vacío… o donde digas. Te van a llenar como nunca, te lo juro.
Miranda se quedó quieta, el teléfono en la mano. El coño se le mojó al instante solo de imaginarlo: tres indigentes más, feos, ancianos, sucios, con vergas grandes, turnándose para romperla mientras Eduardo miraba. Pero al mismo tiempo sintió un nudo frío en el estómago.
—Paco… —dijo despacio—. Eso es… mucho. Cuantos más sepan, más riesgo hay. Si uno habla, si uno se va de lengua con otro del barrio… se corre el chisme. Podrían reconocerme, podrían venir a casa, podrían contárselo a alguien que nos conozca… los chicos podrían enterarse algún día. No sé si vale la pena tanto peligro.
Paco se quedó callado un segundo.
—Entiendo… —murmuró—. Pero pensalo, colorada. Ellos no hablan con nadie. Son viejos solos, sin familia, sin nadie que les crea. Y vos… vos sos una santa. Pensalo. Te espero el próximo domingo… si querés, traigo a uno solo primero. O a los tres. Vos decidís.
Colgó.
Miranda dejó el teléfono en la mesada y miró a Eduardo, que había escuchado todo. Se acercó a él, lo abrazó por la cintura y apoyó la frente en su pecho.
—Amor… —susurró—. Paco quiere que me coja a tres amigos suyos… indigentes como él, feos, viejos, sucios… con vergas grandes. Dice que sería una obra de caridad grupal… que los haría felices. Y a mí… a mí me calienta la idea como loca. Imaginate: cuatro viejos rotos turnándose para romperme… llenándome de semen rancio… mientras vos mirás o esperás en casa con la jaulita puesta. Me mojo solo de pensarlo… me calienta ser la puta de indigentes… la zorra caritativa que abre las piernas para los que nadie quiere tocar.
Hizo una pausa, le besó el cuello.
—Pero el riesgo… —continuó—. Cuantos más sepan, más peligro. Si uno habla, si uno se jacta en el refugio… si alguien del barrio conecta los puntos… podría explotarnos en la cara. Los chicos, los vecinos, la familia… todo. No sé qué hacer. ¿Vos qué pensás, cornudito? ¿Aceptamos? ¿O lo dejamos en fantasía para no arriesgar tanto?
Eduardo la abrazó fuerte, la pichita apretándose inútilmente contra la jaulita.
—Te amo… te amo por pensarlo… por calentarte con eso… —susurró—. Me pone loco imaginarte con tres más… cuatro vergas viejas y sucias turnándose… llenándote mientras yo miro… pero tenés razón: el riesgo es alto. Si se descubre… perdemos todo. La familia, el barrio, la tranquilidad… los chicos no merecen eso. Pero… también me calienta tanto que estés dispuesta… que lo veas como caridad pervertida… que quieras ayudarles así… te amo por ser tan libre… tan puta… tan mía.
Miranda le besó los labios despacio.
—Hablemoslo bien… —dijo—. Pensemos pros y contras. Si encontramos una forma segura… quizás uno solo primero… o en otro lugar… o sin repetir… podríamos. Pero si el riesgo es demasiado… lo dejamos en fantasía. Te amo demasiado para perder lo que tenemos.
Eduardo asintió, abrazándola más fuerte.
—Te amo… hablemoslo… decidimos juntos. Pase lo que pase… te amo.
Se quedaron abrazados en la cocina, hablando bajito de pros y contras, de morbo y miedo, de amor y riesgo, mientras el recuerdo de Paco y la idea de tres más flotaba entre ellos como una tentación oscura y deliciosa.
esposo cornudo

0 comentarios - Miranda una esposa puta y su cornudito beta 10