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33: Asistencia a RRHH




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Compendio III


33: ASISTENCIA A RRHH

33: Asistencia a RRHH

• Entonces, buen señor, ¿Está satisfecho con su oficina? —Maddie se burló de mí, aun jadeando mientras me montaba, su cálido peso presionando mis caderas.

Me sostuvo la cara entre sus palmas, los pulgares acariciando la barba incipiente en mi mandíbula, sus ojos vidriosos de satisfacción y algo más suave. Algo peligrosamente cercano al afecto…

El aislamiento acústico había cumplido su función; ni un susurro de nuestra hora juntos había escapado de esas cuatro paredes.

- ¡Por supuesto, Maddie! ¡Sabes que eres la mejor! —respondí, apretando sus pechos mientras besaba sus labios.

Ella rió. Esa risita ronca y desinhibida que siempre aceleraba mi pulso… antes de apartar mis manos con fingida indignación.

• ¡Los halagos no te conseguirán otra ronda, Marco! ¡Guarde las dulces palabras para cuando no esté goteando sobre sus muslos, señor! No cuando tengo revisiones trimestrales que hacer en dos horas.

Pero sus dedos se demoraron en mis hombros, trazando los músculos como si estuviera memorizando su forma.

No podía creer mi suerte de que esta australiana dinámica (con rizos dorados e ingenio afilado) se hubiera derretido contra mí como miel tibia hace solo unos minutos.

La forma en que su cuerpo se arqueó, cómo su respiración se cortó cuando le mordí el hombro, gimiendo por más y porque me adentrara más en ella, sus increíbles pechos presionando mi pecho, su sexo temblando con mi verga dentro y sus firmes nalgas redondas sudando bajo mi palma...

Nada de eso coincidía con el profesionalismo impecable que mostraba en las juntas directivas.

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En mi país, mujeres como Maddie eran más raras que unicornios: pulidas, poderosas y perpetuamente inalcanzables a menos que fueras material de CEO de otra sucursal internacional.

Y, sin embargo, aquí estaba, aún sentada en mi regazo, sus muslos pegajosos contra los míos, sonriendo como si acabáramos de cometer un robo.

El nuevo sofá de mi oficina (un mueble rojo de cuero mantecoso que la propia Maddie había elegido) crujió bajo nuestro peso, sus costuras cediendo de formas que habrían hecho llorar al equipo de limpieza.

Maddie se movió ligeramente, su muslo desnudo pegándose al tapizado con un suave despegue de piel húmeda por el sudor, y me descubrí sonriendo como un idiota.

La silla de mi escritorio (robusta, ergonómica, completamente olvidable) nunca podría competir con su comodidad sobre el sofá.

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No cuando ella se extendía sobre mí así, con sus miembros bronceados y satisfacción deliciosa, sus rizos formando un halo caótico contra mi pecho.

Y a pesar de todo, no puedo creer que una chica como Maddie se sienta atraída por un tipo como yo. Sí, quizás sea "un poco más que el promedio allá abajo" (no son mis palabras, sino las de mi uróloga), pero ella está moldeada como la portada de una película erótica hecha realidad: esos pechos pesados que rebotan con cada respiración, ese trasero que podría partir nueces, y esas caderas que nunca mienten.

Lo más increíble es que siempre inventa las excusas más ridículas para entrar y "revisarme": encuestas de satisfacción laboral, evaluaciones ergonómicas, incluso una vez (descaradamente) una inspección de extintores. Da igual. A los dos minutos, ya está montándome como una campeona de rodeo y recreando escenas de sus películas para adultos favoritas.

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Como siempre, mi verga seguía hinchada dentro de ella mucho después de terminar, manteniéndonos unidos en ese abrazo íntimo y sudoroso. Maddie se tomó su tiempo (porque siempre lo hace) dejando besos cariñosos a lo largo de mi mandíbula, sus labios cálidos y ligeramente hinchados por nuestro frenesí previo.

Sus dedos se enredaron en el pelo de mi nuca, tirando lo suficiente para hacerme gemir, y sentí su sonrisa contra mi piel.

• ¡Te extrañé tanto! ¿Por qué te tomaste tantas semanas libres? —Maddie se quejó con ese tono dulce y aniñado que solo usaba en privado. El que me apretaba el pecho de formas inexplicables.

Sus dedos retorcieron la tela de mi camisa mientras hacía pucheros, su labio inferior sobresaliendo lo suficiente como para hacerme querer morderlo.

Me reí en voz baja y ronca en mi garganta mientras Maddie fruncía más el ceño.

- ¿En serio? ¿Olvidaste lo ocupado que estuve el año pasado con todo el lío del software financiero? - me burlé de ella, deslizando mis manos por la curva de su cintura, saboreando cómo su piel aún vibraba bajo mi tacto. - Además, aproveché para llevar a mi esposa y a nuestros hijos a Japón. Necesitaba esas tres semanas libres.

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Sus ojos se estrecharon. Solo un poco, pero suficiente para captar el destello de algo rencoroso tras esas largas pestañas. El calor juguetón en su expresión se enfrió como metal abandonado toda la noche en el desierto.

• ¿Y te acostaste con ella? ¿Con tu esposa? —preguntó, su voz teñida de un celo tan denso que casi podía saborear su sabor a cobre.

Sus dedos, que habían estado acariciando mi pecho, se detuvieron abruptamente. La forma en que todo su cuerpo se tensó contra el mío fue casi cómica. Como una gata sorprendida arañando muebles.

- ¡Claro que sí! ¡Es mi esposa! —respondí, echándome a reír mientras seguía haciéndole cariño por la espalda sudorosa de Maddie—. ¿Y tú? ¿Te acostaste con alguien más?

Maddie se sonrojó al instante, su piel clara enrojeciendo desde la clavícula hasta la frente como si alguien hubiera derramado vino rosado sobre ella.

Sus dedos de pronto se cerraron en puños contra mi pecho.

• ¡No, claro que no! ¿Por qué lo haría? —Las palabras salieron rápidamente, su acento australiano cortando las vocales mientras entraba en modo defensivo: el mismo tono que usaba en reuniones cuando Horatio intentaba recortar el presupuesto de su departamento.

Me reí suavemente, apretando su pecho (más por costumbre que por intención), mi pulgar rozando el pezón erecto aún endurecido por nuestro frenesí previo.

- ¡No sé! ¡Nunca te pedí que me fueras fiel! - La admisión salió tan casual como un encogimiento de hombros, aunque su inhalación brusca me dijo que no se lo esperaba. - Mientras uses protección, no me importa con quién te acuestes.

Su pulso latía salvaje bajo mis dedos donde descansaban contra su garganta, y observé, fascinado, cómo emociones conflictivas guerreaban tras sus grandes ojos azules.

Sus mejillas se tornaron rojas como fresas, no de las pálidas y tiernas, sino las jugosas que manchan tus dedos al presionarlas.

Maddie miró firmemente mis abdominales en lugar de mi rostro, su labio inferior atrapado entre los dientes de una manera que hizo que mi pulso fallara.

33: Asistencia a RRHH

• Bueno, Marco, el problema es que es difícil encontrar tipos como tú...- Su voz se volvió baja, casi tímida, mientras trazaba un círculo lento alrededor de mi ombligo con la yema del dedo. Su toque ardía más de lo que debería. - La mayoría de los hombres que conocí en bares eran divertidos, y el sexo era... pasable.

Arrugó la nariz como si hubiera probado algo agrio.

• Pero tú… - Su respiración se detuvo cuando mi verga se agitó dentro de ella, aún semidura a pesar de las cuatro rondas que ya habíamos hecho. - ¡Dios, sigues caliente! Como si esperaras una repetición.

Finalmente logró mirarme a los ojos con seriedad.

• ¡Eres el único hombre que conozco que puede ir dos veces seguidas! De hecho, todavía no creo que estés listo para otra ronda después de cuatro. -Sus yemas rozaron mis costillas (ese toque ligero que siempre hacía temblar mis músculos), antes de exhalar fuerte por la nariz. - La mayoría de los hombres con los que he estado se rinden tras veinticinco minutos. ¡Quizás me hacen venir cuatro o cinco veces si se esfuerzan! ¿Pero tú? (Negó la cabeza, sus rizos dorados rebotando contra mi pecho.) La primera ronda puede durar hasta más de cuarenta y cinco minutos, y cuando terminas, he perdido la cuenta después de ocho. Para la segunda ronda, voy por quince orgasmos y básicamente, quedo licuada. Y aun así… (Apretó sus muslos contra mis caderas, frotándose lo justo para hacerme gemir) ¡Aquí estás! ¡Tan duro como para empezar una maldita maratón!

Me impresionó. Lo había pensado mucho... y estaba lejos de terminar.

• Luego está “la parte tú". - continuó, su voz suavizándose hasta rozar algo peligrosamente cercano a la admiración. - No presumes ni fanfarroneas… solo... tranquilo. Como si fuéramos amigos tomando café. Solo que, en lugar de café, ¡Estamos follando sin condón en el sofá de tu oficina! (Soltó una risita, pero se serenó de golpe cuando arqueé las caderas contra las suyas, arrancándole un jadeo.) ¡Y eres inteligente! ¡Del tipo que asusta! ¿Cómo haces esas estrategias en las reuniones? ¡Haces que mi cerebro haga cortocircuito! (Sus dedos deslizaron por mi pecho, las uñas arañando lo justo para escocer.) Y luego está todo eso... “latino” que tienes… (Movió las caderas con intención, su calor húmedo apretándose alrededor de mí.) El acento, las manos, cómo me miras como si decidieras devorarme o adorarme… ¡Da igual! Ya estoy empapada antes de que me toques. Así que, como ves, conocer a otro sería rebajarme. ¿Para qué conformarme con agua del grifo si puedo ahogarme en ti?

Las palabras de Maddie quedaron como humo tras un disparo. Pesadas, persistentes. Abrí la boca y la cerré. ¿Qué podía decir? ¿Que tenía razón? ¿Que había acertado en cada maldita razón por la que esto funcionaba? Pero también había entendido todo al revés. Esto no era amor. Ni cerca.

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Amo a Marisol. Ha sido mi mejor amiga durante casi 14 años. De hecho, en nuestras vacaciones de verano celebramos nuestro 12° aniversario y llevamos a nuestras tres hijas y nuestro bebé a Japón para conmemorarlo. No es solo mi esposa: es quien me conoce mejor que nadie, la guardiana de todos mis secretos (incluyendo a Maddie y mis otras *amigas con beneficios*), la que me hace reír hasta que me duelan las costillas, la que lee mis estados de ánimo como un libro. ¿Y en la cama? Digamos que Maddie se humillaría si alguna vez comparara notas. Pero eso no era de lo que se trataba esto, ¿Verdad?

No hablamos por un rato, mientras mi verga volvía a su tamaño normal. Ambos sabíamos lo que sentíamos: no era solo lujuria, sino algo más cálido, algo que se enroscaba en nuestros pechos como humo de una fogata que se apaga.

Pero las paredes de la oficina a nuestro alrededor, los informes trimestrales esperando en mi computadora, mi alianza aún tibia contra mi piel… nada de eso permitía algo más.

Y quizás, no queríamos más. Quizás esto era perfecto tal como era: horas robadas, gemidos susurrados, las uñas de Maddie en mi espalda.

Esto no es amor. Es solo la mentira que mejor encaja. Indagar más solo lo convertiría en algo complicado. Algo doloroso…

- ¡Al menos mi oficina ya no huele a sexo como antes! - Rompí el silencio con cualquier cosa que nos devolviera a cierta normalidad. - ¡Fue buena idea usar esos ambientadores!

Las palabras sonaban absurdas incluso al decirlas. Como si hablásemos del clima tras un huracán. El resoplido de Maddie vibró en mi pecho donde aún descansaba, sus rizos rozándome la barbilla.

Maddie sonrió, comprensiva.

• ¡Es bueno saberlo! - Sus dedos bajaron por mi pecho, deteniéndose sobre el esternón como si contara los latidos de mi corazón.

El silencio se extendió: cómodo, pero cargado de todo lo que habíamos aprendido a guardar entre orgasmos e informes trimestrales. Afuera, el murmullo amortiguado de la oficina continuaba, ajeno a cómo su muslo aún presionaba contra el mío, la piel pegándose levemente donde el sudor no se había secado del todo.

Una vez que la pude sacar, comenzamos a vestirnos. Tristemente, el juego había terminado. Mientras Maddie recogía su ropa dispersa (la blusa colgando de la lámpara, la falda lápiz arrugada cerca del basurero…), no pude evitar admirar cómo la luz del atardecer capturaba el sudor aún brillante entre sus omóplatos. Se movía con esa gracia deliciosa y satisfecha de una mujer bien follada, deteniéndose para estirar los brazos con un suspiro que hacía elevar sus pechos de manera tentadora. ¡Dios, era deslumbrante! El tipo de mujer por el que los practicantes se masturbaban en el baño del tercer piso, imaginándosela, montándolos igual que lo había hecho conmigo minutos antes. Sus trajes serios y su agudeza en la sala de juntas solo hacían el fantasma más ardiente…

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La idea de que bajo todo ese profesionalismo había esto: una mujer capaz de correrse quince veces en una hora y seguir rogando por más.

- ¡Eres una buena jefa de RRHH! - comenté mientras me subía los calzoncillos, observando cómo Maddie se deslizaba en sus bragas de encaje con ese giro experto de caderas. - ¡Y no lo digo solo porque seas increíble en la cama!

La comisura de su boca se torció (medio sonrisa, medio pregunta) mientras se abrochaba el sostén con una mano y alcanzaba su blusa con la otra.

Maddie se congeló a mitad de movimiento, un brazo aún enredado en la correa del sostén, la boca ligeramente abierta. El rubor subió por su cuello otra vez: ese rosado revelador que había aprendido a reconocer como su tono "sorpresa".

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• ¿Perdón? -repitió, más atenta ahora, como preparándose para convertir el cumplido en profesionalismo aprobado por RRHH.

Sus dedos tropezaron con el broche, el encaje escapándose de su agarre.

- ¡He conocido tipos de otras mineras! - confesé, observando cómo los dedos de Maddie pausaban en el sostén mientras abotonaba mi camisa. - Dicen que sus jefes de RRHH los arrastran a retiros holísticos y cursos de concienciación completamente inútiles.

El recuerdo de un pobre diablo de “Rio Tinto” quejándose de terapias de cristales obligatorias me sacó una sonrisa.

- Tú, en cambio, siempre estás encima de mí… a veces, literalmente… - Sonreí cuando su rubor se profundizó. - ¡Puedo llamarte cuando te necesito! Y me dejas en paz cuando quiero. Para mí, eso te hace excelente en tu trabajo.

Los dedos de Maddie se detuvieron en el broche, sus hombros cayendo levemente como si mis palabras hubieran pinchado su bravuconería habitual. La luz del atardecer captó las suaves sombras bajo sus ojos, las que no había notado antes bajo el brillo del sudor y la satisfacción.

• Bueno, no es fácil, ¿Sabes? - Su voz era más suave ahora, la broma juguetona reemplazada por algo crudo y desprotegido.

Se puso la blusa, ocultando el rubor que avanzaba por su cuello.

- ¿Por qué? ¿Qué quieres decir? —Ajusté mi cinturón con un clic seco, observando cómo Maddie se inclinaba para recoger sus bragas negras de encaje cerca de la pata del escritorio.

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El movimiento hacía mecer sus pechos bajo la blusa (aún desabotonada…), pero había una tensión en sus hombros que no estaba allí cinco minutos antes.

• Pues... - Sus dedos temblaron al agarrar la prenda, sacudiéndola con más fuerza de la necesaria. Un pequeño diamante de imitación (probablemente, del bordado decorativo) rebotó contra el piso. - Las mujeres de mi equipo llevan quejándose de que no asistes a nuestras reuniones corporativas.

No me miró al decirlo, concentrándose en ponerse las bragas con ese equilibrio a una pierna que había visto mil veces.

— ¿Qué? —pregunté, atónito.

Maddie sonrió, como si supiera algo que yo no. La curva de sus labios tenía esa satisfacción que solía preceder a sus bombazos corporativos, los que hacían sudar a los ejecutivos junior bajo sus cuellos almidonados.

• ¡Te conozco, Marco! - dijo, balanceando las caderas mientras subía las bragas por esas piernas interminables. La tela se adhiriendo a su piel húmeda, ajustándose con un *thwack* suave contra sus muslos. - ¡No asistirías a una reunión de conciencia emocional, aunque ofrecieran un bono por participar!

Parpadeé. No tenía idea de que existieran esos cursos…

• Además, solo quieren que asistas porque eres el galán de la empresa. - continuó Maddie, rodando los ojos mientras metía los pulgares en la cintura de sus bragas. El encaje negro se estiró contra sus muslos húmedos antes de ajustarse con otro *thwack* familiar. - ¡Ya sabes! Esa tontería del “Príncipe de la Junta” que todavía circula por los pasillos.

Me tocó sonrojarme… algo raro para un hombre que había sudado bajo el sol de Broken Hill sin inmutarse. Lo del “Príncipe de la Junta” empezó el año pasado, después de que contraté a Ginny para finanzas al instante como una de mis primeras acciones en la junta; le di crédito a Isabella, nuestra nueva portavoz, tras ayudarme con un folleto para la conferencia internacional; ayudé a Horatio, el jefe de finanzas, a conservar su puesto; y está todo el lío del software financiero que fue el dolor de cabeza del año pasado. Todo eso me ganó puntos de reputación entre el personal (especialmente, el femenino). Pero tampoco ayuda que normalmente trabajo solo sin asistente en mi pequeña oficina insonorizada…

Un detalle que, al parecer, alimentó rumores sobre reuniones privadas tras puertas cerradas.

Aun así, mantengo mis raíces humildes como ingeniero de minas venido de la faena: no necesito una oficina de esquina con vista ni un escritorio de caoba del tamaño de un portaaviones. Solo una computadora, una estantería con manuales técnicos, internet estable, un escritorio robusto y una silla que no chille. Nada más que eso he necesitado.

Pero entendía el punto de Maddie. Yo mismo había vivido algo similar.

Cuando empecé en el noveno piso como asistente de Sonia, el ambiente se sentía... raro. Venía de años trabajando en terreno, interactuando con más de trescientos hombres diariamente, donde el espacio, la jerarquía y los límites eran claros. De la noche a la mañana, eso cambió. Me encontré en un único piso con casi sesenta mujeres y un puñado de hombres que parecían haberse rendido por completo, resignados a dejar que la mayoría impusiera el tono.

Lo que me perturbó no fue el equilibrio de género, sino la inversión repentina de normas. En Broken Hill, el espacio personal era sagrado: un choque de puños, quizá una palmada en el hombro tras una victoria, pero nunca los toques prolongados que ahora sufría a diario. Aquí, las secretarias se inclinaban sobre mi escritorio con las blusas escotadas lo suficiente para hacer imposible el contacto visual. Las analistas junior me rozaban "accidentalmente" en el ascensor, con risitas de disculpa que sonaban ensayadas. Lo peor eran los "chistes": comentarios sobre mi acento, mis manos, lo "salvaje" que debía ser en la cama por mi herencia… dichos con un guiño, como si ser latino me convirtiera en propiedad pública.

Cuando llegué al límite y le expresé mis preocupaciones, la propia Maddie las desestimó, afirmando con total naturalidad que los hombres no podían sufrir acoso, no como las mujeres.

Ahí entendí cuán estrecha se había vuelto la definición de daño.

Hubo momentos en que me sentí acorralado. Los cumplidos eran esperados (exigidos, en realidad) como peajes pagados en algún punto de chequeo invisible donde cada interacción requería su moneda. Y cada respuesta conllevaba riesgo. ¿Silencio? Hostilidad. ¿Cortesía? Condescendencia. Peor. Aprendí a navegarlo como un minero en túneles inestables: probando el peso, escuchando crujidos, siempre consciente de que el suelo podría hundirse bajo mis pies.

33: Asistencia a RRHH

Aun así, me considero afortunado. Sonia, mi buena amiga y mentora (una de las pocas que me vio pasar de novato escuálido a mi puesto actual) mantenía las cosas implacablemente profesionales en nuestra oficina compartida. Sin toques prolongados, sin comentarios sugerentes (al menos, no tantos ni tan indeseados), solo la eficiencia nítida de dos personas que respetaban el trabajo del otro. Pero al salir de esa burbuja... Ahí era cuando el noveno piso me tragaba por completo.

Las medias de Maddie silbaron al subirlas por sus muslos, el sonido cortante contra el zumbido silencioso de la oficina.

• ¡Es gracioso pensarlo! - murmuró, alisando la tela sobre sus rodillas. - Pero tu departamento es el que menos quejas me genera. (Hizo una pausa, con un pie apoyado en el borde del escritorio mientras ajustaba la costura en su pantorrilla) Como dijiste, podría contar con una mano las veces que tu equipo ha ido a RRHH. En cambio, mi propio equipo apenas funciona…. (Su risa fue frágil, sin el calor habitual) ¡Siempre retrasadas en cuotas! Y estoy segura de que la mitad inventa trabajo para evitar tareas reales.

Mis dedos se detuvieron en la hebilla. El cambio en su tono era inequívoco (esto ya no era charla postcoital). Maddie se sentó en el borde del sofá, sus hombros desnudos tensos mientras miraba la alfombra. Parecía preocupada, sin muchas opciones para seguir adelante.

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Me coloqué detrás de ella, masajeando sus hombros, con ganas de agarrar esos montículos suaves otra vez, pero sintiendo nudos más apretados que los protocolos de seguridad de Broken Hill.

- ¿Sabes qué hacíamos en las minas? - mis pulgares presionaron su trapecio, trabajando la tensión como cables de perforación extremadamente tirantes.

Ella se arqueó levemente bajo mi toque, un suspiro suave escapando de sus labios: mitad alivio, mitad agotamiento.

- Objetivos semanales claros. Medibles. ¿Fallar tres seguidos? ¡Turno extra de media semana! -Deslicé mis palmas hasta los bordes alados de sus omóplatos, saboreando cómo su piel se erizaba. - ¡Eso arruina cualquier plan semanal!

Maddie inclinó la cabeza contra mi estómago, sus ojos buscando los míos.

• Ese... no es el estilo de RRHH. - Sus dedos juguetearon con la costura de su falda, el movimiento delatando nervios que su voz firme ocultaba. - ¡No castigamos a la gente por luchar! ¡Debemos apoyarlos!

- ¡Tampoco es dejar que te pisoteen! - Aparté un rizo detrás de su oreja, dejando mis dedos rozar su contorno delicado, todavía cálido por el esfuerzo.

Su champú se mezclaba con el sexo y el cítrico tenue de mi crema para afeitar, algo íntimo y extrañamente reconfortante.

- ¡Eres más lista que esto, Maddie! ¡Rehiciste todo el sistema de inducción en seis semanas durante la pandemia! ¡Estas chicas tienen suerte de tenerte como jefa!

Ella me miró como queriendo creer, pero al mismo tiempo confundida sobre cómo proceder.

• ¿Cómo... lo haría? -preguntó, tímidamente. - ¡Sé que tienes razón, Marco! Admito que les permito pasarse. Pero estoy perdida. ¡No sé qué camino tomar!

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- El primer paso es pedir ayuda. - respondí, haciéndola hacer un puchero al señalar lo obvio. - No necesariamente de mí, sino a otros jefes de departamento.

• ¿Otros jefes? —Maddie preguntó, sorprendida.

Sus dedos se congelaron en el aire, el encaje de sus bragas colgando como un signo de interrogación.

Entendí su sorpresa. El panorama corporativo aquí solía parecerse a marcajes territoriales de manadas rivales: finanzas acaparando datos como raciones de invierno, TI tratando sus permisos como joyas de la corona, y planificación... ¡Dios! Planificación operaba como una secta secreta donde la información fluía en una sola dirección: hacia adentro. Antes de mi puesto en la junta, la colaboración entre departamentos significaba correos pasivo-agresivos con copia para Edith.

Pero el fiasco del software financiero del año pasado cambió todo. Ver a Horatio (nuestro CFO perpetuamente estresado) casi sufrir un derrame cuando falló la nómina a mitad del ciclo fue un aleccionador. Resultó que el problema no eran las hojas de cálculo obsoletas de finanzas, ni las "limitaciones de ancho de banda" de TI (jerga corporativa de Cristina para "¡Vete a la mierda!"). La causa raíz fue claramente la negativa de planificación a autorizar actualizaciones de software. Tres departamentos señalándose, hasta que el edificio entero hacía eco del juego de culpas.

El año pasado, sentí que debía enseñarles a esos jefes a colaborar (un concepto que hacía sonreír a nuestra CEO Edith cada vez que se enteraba). Había algo perversamente divertido en ver a profesionales adultos (hombres y mujeres con sueldos de seis cifras) regresar a niños del prescolar cuando se mencionaba la “colaboración interdepartamental”: Finanzas apretaba sus hojas de cálculo como mantas de seguridad; TI trataba sus permisos como reliquias sagradas, y ¿Planificación?... digamos que Inga sigue siendo mi "niña problema"…

- ¡Te sorprenderías! - exclamé, trazando la curva de su columna con mi pulgar. - ¿Cristina en TI? ¡Tiene registros que muestran exactamente cuánto tiempo pierde tu equipo en tiendas online versus nóminas! ¿Julien en Legal? ¡Ese tipo encuentra lagunas contractuales antes del desayuno! ¡Úsalos!

Maddie se tensó…

• ¿Me estás diciendo que espíe a mi propio equipo? -Su voz se quebró, los dedos apretándose en el cojín del sofá.

La luz tardía captó los temblores en sus nudillos. Una tensión ajena a nuestro ejercicio previo…
El hueco de su blusa donde saltó un botón llamó mi atención.

- ¡Llámale... auditoría de desempeño... o vigilancia con beneficios! ¡Tú decides! —Abotoné mi camisa, viendo su reflejo en la ventana de piso a techo. El atardecer pintó sus hombros desnudos de cobre, iluminando las pecas que sus blazers usualmente ocultaban. - ¿Quieres cambio? ¡Ármate con datos! Ahora mismo, llevas empatía a una pelea de cuchillos mientras ellos te apuñalan con horas laborales.

Ella se estremeció. Odiaba ser duro, pero la verdad corta más que las mentiras. Los dedos de Maddie apretaron sus medias, el tejido transparente arrugándose como papel tisú. Ese era el problema: trataba la insubordinación de su equipo como café derramado en una mesa…

Algo que limpiar con nerviosismo en lugar de enfrentar con detergente industrial.

Sus dedos se cerraron en su blusa.

• ¿Y si encuentro pruebas? ¿Qué entonces…? ¿Despidos masivos? ¡Marco, son personas con…!

- Familias. Rentas. Deudas. ¡Lo sé! - Me arrodillé frente a ella, atrapando sus manos temblorosas. - ¡Por eso les das una advertencia! ¡Métricas claras! ¡Consecuencias! Como con las violaciones de seguridad en las minas… no despides al primer error… pero te aseguras de que sea el último.

Maddie no estaba convencida del todo. Tuve que tomar sus manos y mirarla directamente.

- ¡Maddie, sé que es difícil y no estás acostumbrada! - dije, haciendo círculos en sus nudillos con mis pulgares. Sus manos parecían pequeñas en las mías, un contraste extraño con la mujer formidable que acababa de montarme en el sofá con la determinación de un operador de perforación. - Pero piénsalo así: Si exigimos estándares duros a los mineros, ¿Por qué la gerencia debe actuar diferente?

Maddie sonrió (esa curva lenta y peligrosa de labios que significaba problemas) y de pronto, se lanzó hacia mí, envolviendo mis manos en su nuca y jalándome hacia un beso que sabía a victoria y tiempo robado. Sus pechos aplastaron mi camisa a medio abotonar, aún húmeda por el ejercicio previo, el calor de su piel quemando la tela.

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El beso se alargó, sus labios cálidos e insistentes: una promesa silenciosa mezclada con desesperación. Cuando se separó, su respiración se frenó levemente, delatando el pulso acelerado bajo su impecable compostura de directora de RRHH.

• ¡Tienes razón! —susurró, apretando mis cabellos. - ¡Esta es una de las razones por las que te extrañé tanto!

No pude evitar sentir mi corazón agitándose…. una sensación extraña para un hombre que pasó años calculando cargas y gráficos de mantenimiento sin pestañear. Las uñas de Maddie rasparon ligeramente mi cuero cabelludo, enviando un escalofrío inesperado por mi espina dorsal.

- ¿En serio? - pregunté, apretando su trasero mientras nos abrazábamos.

La carne firme cedió bajo mis dedos (todavía enrojecida por nuestras actividades previas) antes de recuperar esa elasticidad envidiable que solo los atletas treintañeros parecen mantener.

Ella rió (ese sonido rico y grave que siempre me ponía caliente), pero luego su expresión se volvió más cálida, más peligrosa, mientras su mano se deslizaba entre nosotros para apretar mi pene a través del pantalón. No juguetona, no provocativa, sino algo deliberado. Sus dedos trazaron el contorno con la precisión de alguien tomando medidas.
Su pulgar presionó la costura de la tela….

• ¿Crees que te mantengo conmigo por este *accesorio de tubería*? ¡No solo sirves para esto!

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Sus dedos apretaron a través de la tela, puntuando cada palabra con presión calculada. La voz de Maddie bajó a ese tono ronco que siempre aceleraba mi pulso: mitad autoridad de RRHH, mitad susurro de alcoba.

• ¡Y no es solo que tengas uno de los más gruesos que he sentido, o que me moje que seas tan valiente y fuerte! —Su pulgar trazó el glande a través de la tela con precisión quirúrgica. - ¡Pero te extrañé sobre todo porque eres inteligente! ¡Creativo! ¡Inventas soluciones que nadie más considera!

Sus dedos bajaron por mi pecho, deteniéndose justo encima de mi cinturón. Pero la ligereza en sus ojos se apagó. Suspiró, recostándose en el sofá (el cuero crujiendo bajo su peso) mientras miraba al techo. La luz moribunda del sol captó las líneas finas alrededor de sus ojos: arrugas que no había notado antes, grabadas por noches en vela y batallas de hojas de cálculo.

• Es solo que... ¿Y si me odian después de esto?

33: Asistencia a RRHH

Mi pulgar se deslizó sobre su punto de pulso…

- ¡Mejor sus lágrimas que tu despido!

La levanté, entregándole su blazer abandonado. La tela aún conservaba el calor de su piel, perfumado con nuestro sudor mezclado y su loción corporal de vainilla.

- ¡Y no estarás sola! - Mis dedos rozaron la parte interna de su muñeca, un gesto inconsciente que delataba más intimidad de la planeada. - ¡Estaré justo detrás de ti! Además… (añadí, viendo sus pupilas dilatarse levemente) también es autopreservación: ¿Preferirías sacrificar tu carrera para proteger a unas perezosas? ¿O pelear y salvarte?

Maddie se congeló a mitad del botón. No lo había considerado. El aire se espesó con el peso de su realización: ese silencio pesado que queda tras detonar explosivos en las minas, cuando los mineros aguantan la respiración para ver si el túnel resiste.

Sus dedos flotaron sobre el último botón de su blusa, el plástico perlado captando la luz moribunda como una pequeña señal de auxilio. Su mirada se volvió hacia adentro, viendo futuros desplegarse como informes de seguridad en una pantalla interna. El zumbido suave del aire acondicionado llenó el silencio, su ruido estéril de repente ensordecedor.

Entonces, abruptamente, resopló.

• ¡Dios, eres tan minero para todo! - protestó, sacudiendo la cabeza. Sus rizos rebotaron con el movimiento, captando las luces de la oficina como oro hilado. - ¡Todo contigo es "cavar más hondo" o "derrumbar el túnel"!

Sonreí, sin arrepentirme, apoyando mi mano en su rodilla desnuda donde la falda se había subido.

- ¡Y, sin embargo, aquí estás, siguiendo mi consejo! - Mi pulgar acarició su muslo interno, sintiendo el músculo estremecerse bajo la piel enrojecida. ¡Admítelo! ¡Extrañaste mi marca particular para resolver de problemas!

• ¡Porque es un buen consejo! - admitió a regañadientes, abrochando por fin el botón. - ¡Pero no entraré ahí con un pico, Marco! Hay una manera de hacer esto sin…

La besé suavemente en los labios, callándola. No protestó. Su boca cedió al instante, la queja disolviéndose en un suspiro contra mi piel. Cuando me separé, sus labios persiguieron los míos por medio segundo: un reflejo inconsciente que hizo que mi pecho se apretara de formas que no podía permitirme examinar.

- ¡Lo sé! - dije con una sonrisa brillante, notando cómo los hombros de Maddie se relajaban levemente ante mi tono de voz. - ¡Pero por eso te digo que trabajes con los otros jefes de departamento! ¡No eres tú quien los despide o amenaza! Es el sistema. Nuestra empresa… (Golpeé el escritorio para enfatizar, el golpe sordo resonando en el espacio insonorizado) ¡Si Cristina encuentra algo, tienes razones! ¡Si Julien encuentra lagunas, tienes razones! ¡No eres una tirana, Maddie! ¡Solo estás podando peso muerto! ¡Las plantas crecen más fuertes después!

Ella aún parecía insegura. Sostuve sus hombros y miré directamente a sus ojos, sintiendo la tensión en sus músculos como cables de acero sobrecargados. El sol de la tarde captó los destellos dorados en sus iris: habitualmente tan seguros; ahora titilando con la duda.

- ¡Piensa en Sonia, mi exjefa, y Gloria, mi exasistente personal ahora a cargo de seguridad ambiental! -insistí, apretando suavemente para anclar su atención. - ¿Crees que las cosas se las entregaron solo por ser mujeres?

Los labios de Maddie se separaron levemente, su respiración cortándose al registrar los nombres. Sonia, nuestra gerente de proyectos que comenzó la ardua tarea de rastrear el dinero de los proyectos en diferentes sitios y figura clave durante el proceso de unificación corporativa; Gloria, que pasó de traerme café a redactar nuestro protocolo completo de gestión de residuos en solo dos años. Ambas ocupaban ahora oficinas tres niveles salariales por encima de sus puestos iniciales.

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- ¡No esperaron permiso para importar! Sonia no pidió un asiento… ¡Construyó su propia mesa!... y Gloria hizo lo mismo después. - continué, viendo cómo la comprensión iluminaba su rostro.

Las palabras me sabían familiares… algo que Sonia me había gruñido durante mi primera semana en supervisión, cuando dudé en desafiar un diagrama defectuoso de un ingeniero senior.

- ¡La igualdad no se logra bajando expectativas, Maddie! ¡Es confiar en que la gente puede cumplirlas!

Una sombra cruzó sus rasgos: ya no resistencia, sino algo más agudo. Reconocimiento. Sus dedos se estremecieron contra mis muñecas, las uñas clavando marcas en mi piel.

• ¡Eso es diferente! -protestó, aunque la protesta carecía de convicción. - ¡Ellas tenían…!

- ¡Absolutamente nada a su favor! Solo el coraje para empujarse y probar sus límites. -interrumpí. - ¡Nadie está deteniendo a tu personal femenino para seguir sus pasos! Eligieron sus propios caminos. Y ahora, están cosechando sus resultados: Sonia y Gloria fueron ascendidas en sus campos. Tu equipo ha permanecido estancado…

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La forma en que me miró finalmente cambió. Aunque es sensual como el infierno, había visto a Maddie transformarse en una fuerza en la sala de juntas antes. Su resolución finalmente se había empoderado. Y aunque no negaré que me hubiera encantado que me estuviera chupando la verga en ese momento… (especialmente, con ese par de melones que tiene…) necesitaba escuchar esto más que otro orgasmo.

• ¡Tienes razón, Marco! ¡Tienes toda la razón! -Se levantó abruptamente, tirándome de la corbata con fuerza sorprendente: la seda mordiendo mi cuello mientras arrastraba mi boca hacia la suya.

El beso fue feroz, urgente, sus labios aun sabiendo ligeramente a mi loción de afeitar y su café de antes. Sus dedos retorcieron la tela, sus nudillos rozando mi nuez de Adán mientras susurraba contra mi boca:

• ¡Gracias, Marco! ¡Realmente necesitaba todo esto!

Y mientras movía ese dulce trasero hacia la puerta, Maddie se giró de repente: una mano en el pomo, la otra alisando su falda de esa manera exasperante que me hacía querer subírsela de nuevo hasta la cintura. El sol de la tarde captó el oro en sus rizos, enmarcando su rostro en un halo que contrastaba deliciosamente con el guiño diabólico que me lanzó.

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• ¡Prepárate para la próxima semana! - me amenazó juguetonamente. - ¡Manejaré una "lista especial de evaluación de desempeño del personal" y serás mi primera parada! ¡Espero que pases mi "evaluación oral"!

El guiño que me dio irradiaba más calor que el sol del mediodía en Broken Hill. Mi verga se tensó en anticipación. La puerta se cerró tras ella, dejándome solo con el aroma a sexo y la huella fantasma de su trasero aún tibia en mi sofá...

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