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Jugando fuerte con mi hermana. 26 jugando a los espías

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Jugando fuerte con mi hermana. 26 jugando a los espías
Nos levantamos un poco más tarde de lo habitual. El despertador no suena a las seis y cuarto; hoy lo hemos silenciado. Marta abre los ojos primero, se estira como un gato en la cama y me mira con una sonrisa perezosa.
—¿Corremos? —pregunta, medio en broma.
La miro, todavía medio dormido, y me río bajito.
—¿Y si hoy tenemos que correr de verdad en el pueblo? Mejor guardamos las piernas.
Marta suelta una carcajada que retumba en el ático.
—Joder, Caco… qué previsores nos hemos vuelto.
Nos reímos los dos, esa risa tonta de quienes saben que el día va a ser raro pero no peligroso. Nos vestimos con ropa cómoda pero de calle: vaqueros, botas, camisetas de manga larga y chubasqueros finos por si llueve (que en Gipuzkoa en octubre siempre llueve). Nada de mallas ni zapatillas de correr. Hoy somos solo dos madrileños de paseo.
Bajamos a la calle, el aire fresco y húmedo nos pega en la cara. Caminamos hasta la estación de autobuses de Amara sin prisa. El bus especial del mercadillo está ahí, gratuito gracias a la Diputación Foral de Gipuzkoa. Subimos, casi lleno: familias con niños, jubilados con bolsas reutilizables, algún turista con cámara. Nos sentamos juntos al fondo, hombro con hombro. Marta apoya la cabeza en mi hombro un segundo.
El bus arranca. Mientras salimos de Donosti hacia Astigarraga, mi móvil vibra varias veces seguidas. Miro la pantalla: mensajes de Carmen. El corazón me da un vuelco.
"Se que vais a ir a Astigarraga. Por favor hacedme un favor. A la entrada del pueblo hay un edificio en ruinas. Para que estéis seguros de cual es os mandaré una geolocalización. Os agradecería que le sacarais unas fotos y me las mandéis. Puedes hacer como que le sacas fotos a Marta. Nadie os va a decir nada. El lunes si quieres te lo explico. Solo es un favor si quieres me lo haces si no quieres no."
Me quedo mirando la pantalla, sorprendido. ¿Cómo coño sabe que vamos? ¿López se lo ha dicho? ¿O tiene a alguien más siguiéndonos? Le paso el móvil a Marta sin decir nada. Ella lee, frunce el ceño un segundo y escribe rápido en notas del móvil para que no hablemos en voz alta:
"Por mí no hay problema. Hacemos las fotos y ya. Pero qué raro que lo sepa."
Asiento. Le contesto a Carmen un simple “Ok, lo hacemos” y guardo el móvil. El resto del trayecto lo pasamos en silencio, mirando por la ventana cómo pasa el paisaje verde y gris de Gipuzkoa.
Llegamos a Astigarraga. El mercadillo ocupa el casco viejo: calles empedradas, soportales antiguos, puestos bajo toldos de rayas rojas y blancas. Llueve fino, esa llovizna vasca que moja sin empapar del todo. La gente lleva paraguas pequeños o chubasqueros de colores. Ambiente festivo: olor a sidra, a txistorra asada, a pan recién hecho y a castañas.

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Empezamos a pasear sin prisa. Puestos de productos locales: quesos de Idiazabal, miel de la zona, pimientos de Gernika, txakoli en garrafas pequeñas. Otros son los típicos que van de pueblo en pueblo: ropa barata, juguetes chinos, herramientas de segunda mano, mantas de lana. Hay un escenario pequeño en la plaza principal donde un grupo de dantzaris baila danzas vascas. Uno de los bailes acaba con cada participante saltando e intentando quedarse en pie sobre un vaso de sidra colocado boca abajo. La gente aplaude y ríe cuando alguien se cae.
Estamos a gusto. El ambiente es alegre, la gente habla alto, se saluda de lejos, hay niños corriendo entre los puestos. En un puesto de sidra nos invitan a probar. El hombre, con txapela y mandil, nos sirve en vasos de cristal grueso y nos enseña a beberla “como toca”: vaso inclinado, sorbo rápido para que entren las burbujas vivas antes de que se escapen.
—Ongi etorri! —nos dice en euskera.
Marta sonríe y responde lo que ya hemos aprendido:—Ez dakit euskaraz.
El hombre se ríe y pasa al castellano sin problema.—Tranquilos, aquí todo el mundo habla las dos. ¡Probad, que está recién prensada!
Bebemos. La sidra pica en la lengua, fresca, ácida, con ese toque vivo que solo tiene la de verdad.
Damos varias vueltas por los puestos. Compramos cosas pequeñas: un kilo de patatas nuevas, un manojo de puerros gordos, unas manzanas reineta que huelen a gloria, un trozo de queso Idiazabal que nos envuelven en papel. Todo algo más barato que en San Sebastián. Marta lleva la bolsa de plástico en la mano, se balancea mientras caminamos.

mercado


Nos paramos en un puesto de verduras. Mientras miro los calabacines, pienso en el edificio en ruinas que nos ha pedido Carmen. La geolocalización llega justo en ese momento: un pin en el mapa, a la entrada del pueblo, un caserío medio derruido junto a la carretera. Lo marcamos. Todavía no hemos llegado ahí.
Marta me mira de reojo.—¿Seguimos paseando un rato más?
Asiento.—Un rato más. Luego vamos a por las fotos.
La lluvia arrecia un poco, pero ninguno de los dos abre el paraguas. Nos gusta la sensación de estar mojados, juntos, en medio de la gente que no sabe nada de nosotros.
Volvemos al escenario de la plaza. La lluvia ha parado un momento, pero el suelo sigue brillante y resbaladizo. Ahora hay un concurso de versolaris: cuatro hombres de mediana edad, txapelas y pañuelos al cuello, subidos al entarimado. Empiezan a improvisar. No entendemos ni una palabra de euskera, pero el ritmo es hipnótico: versos que se lanzan como pelotas, rimas que encajan con precisión, pausas que generan expectación. La gente ríe, aplaude, contesta con gritos. Nos quedamos un rato, apoyados en una columna, dejando que la cadencia nos envuelva aunque no captemos el significado.

espana


Un hombre se acerca. Lleva chubasquero amarillo brillante, abierto sobre una camisa oscura, txapela negra y barba gris bien recortada. Se parece un poco a Kepa: misma complexión fuerte, misma mirada directa. Nos habla en vascuence, con tono amable.
Respondo lo de siempre:—Ez dakit euskaraz.
El hombre sonríe, cambia al castellano sin problema.—Ah, vale. ¿Os gusta el bertsolaritza?
Marta asiente.—Suena bonito, aunque no entendamos nada.
El hombre se ríe.—Es como un duelo de rimas. Se tiran pullas, se responden, improvisan sobre lo que les echan. Mirad…
Nos traduce algunos versos al vuelo. Uno habla de la sidra que se escapa del barril, otro contesta con una pulla sobre los vascos que beben demasiado y luego cantan mal. Entendiendo el chiste, nos reímos los dos. El hombre se ríe con nosotros, satisfecho.
El concurso acaba entre aplausos. Nos despedimos del hombre con un “Eskerrik asko” que ya sabemos decir, y un apretón de manos.
Decidimos cumplir el encargo de Carmen. Caminamos hacia la entrada del pueblo, siguiendo el pin de la geolocalización. El edificio en ruinas está ahí: un caserío viejo, paredes de piedra medio derruidas, ventanas sin cristales, tejado hundido por un lado. Hierba y zarzas lo han invadido. Sacamos el móvil y hacemos fotos discretas: generales, detalles de las ventanas rotas, de la puerta caída. Marta posa un par de veces como si le estuviera haciendo fotos a ella, por si acaso.
Justo cuando estamos acabando, se nos acerca un hombre desde el camino. Unos sesenta años, gorra de visera, chaqueta de lana, expresión seria pero no agresiva.
—Perdonad —dice en castellano—. ¿Por qué sacáis fotos aquí?
Respondo sin titubear:—Hemos preferido no sacarlas dentro del pueblo. Siempre hay alguien al que le molesta salir de fondo, y aquí no hay nadie. Así nadie se molesta.
El hombre asiente despacio.—En eso tenéis razón. Hoy día todos se han vuelto paranoicos con las fotos. Pero esta casa en ruinas no deja de ser una casa particular. Aunque esté así, sigue siendo de alguien.
Nos mira un segundo más, no hostil, solo firme. Luego se da la vuelta y se va por donde ha venido.
Marta y yo nos miramos. No decimos nada hasta que estamos fuera de su vista.
—Joder —susurra ella—. Menos mal que no hemos insistido.
Volvemos a la zona del mercadillo. Es hora de comer. En un puesto nos invitan a degustar chistorra asada y txakoli. La chistorra está buena, jugosa, picante justo. El txakoli nos sabe malísimo: ácido, casi verde, con burbujas que pican en la lengua como si fuera un refresco estropeado. Nos miramos y nos reímos.
En otro puesto hay degustación de Rioja Alavesa: vino tinto joven, pan y queso Idiazabal. Eso sí está bueno. Nos tomamos un par de vasos cada uno. Marta, que dice que no sabe de vinos, reconoce:
—Joder, este está delicioso.
Seguimos paseando. Vemos a un hombre con chubasquero verde, de lejos. El corazón nos da un salto: ¿Kepa? Nos acercamos disimulando. No, no es él. Complexión parecida, pero cara diferente. Tampoco vemos a Nekane por ninguna parte.

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Hemos dado ya tres o cuatro vueltas por los mismos puestos. La lluvia ha ido y venido a ratos, pero la temperatura ha sido agradable: fresca pero no fría. Estamos sudados bajo los chubasqueros, la ropa pegada por dentro.

Decidimos que ya está. Es hora de volver a San Sebastián.

En el escenario hay una actuación final de danzas. Un grupo que ha venido de Viana: chicas y chicos jóvenes, trajes tradicionales, pasos precisos y alegres. Marta se queda mirando.

—Me gusta que chicas tan jóvenes estén implicadas en mantener los bailes tradicionales y esas cosas.

Me río bajito.—¿Desde cuándo eres tan folclórica?

Ella me da un codazo suave.—Desde que vivo aquí, supongo.

Por fin nos vamos al bus. Ha sido una misión fracasada: ni rastro de Kepa ni de Nekane, solo un caserío en ruinas, unas fotos que mandamos a Carmen y un buen rato en el mercadillo. Pero el sargento ya nos había avisado: no es como en las películas. La infiltración de verdad lleva meses, años a veces.

En el bus de vuelta nos sentamos juntos. Hablamos bajito de películas de infiltrados: “Donnie Brasco”, “The Departed”, “Infernal Affairs”, “The Infiltrator”. Nos reímos pensando que ahora nosotros somos como esos héroes de la pantalla. Dos madrileños en Donosti, jugando a espías sin pistola ni placa.

Marta apoya la cabeza en mi hombro.—Somos una mierda de infiltrados —dice.

Yo sonrío.—Pero buenos turistas.

El bus avanza entre el verde mojado de Gipuzkoa. Llueve otra vez. Dentro, nosotros estamos calientes, sudados, con el olor a sidra y chistorra todavía en la boca.

El bus nos deja en Amara pasadas las seis. La llovizna ha parado, pero el aire sigue húmedo y frío. Caminamos rápido hacia la Parte Vieja, hombro con hombro, la bolsa de plástico con los puerros, patatas y queso balanceándose en la mano de Marta. Las calles ya empiezan a llenarse de gente que sale a cenar o a tomar pintxos. Subimos las escaleras del portal casi corriendo, el eco de nuestros pasos rebotando en el hueco estrecho.

Llegamos al ático. Marta abre la puerta con prisa, tira la bolsa sobre la mesa plegable y se dirige directa al baño minúsculo.

—Joder, me meo viva —dice, ya quitándose los vaqueros mientras entra.

Yo entro detrás, cierro la puerta con el pie. El baño es tan pequeño que apenas cabemos los dos de pie. Marta se sienta en el váter, las piernas abiertas, y suelta el chorro con un suspiro de alivio. El sonido del pis contra la porcelana llena el espacio. Me mira con una sonrisa traviesa.

—¿Qué haces aquí, mirón?

Se me ocurre una maldad. Me arrodillo delante de ella sin decir nada, meto la mano justo debajo del chorro caliente. El líquido me salpica los dedos, caliente, fuerte. Marta suelta una carcajada sorprendida.

—¿Estás loco?

Le sonrío, acercándome.—Loco por ti.

La beso. Boca abierta, lengua contra lengua, mientras sigue orinando. El chorro se va debilitando, pero el beso no. Cuando termina, va a alcanzar el papel para secarse la última gotita. Se lo impido con la mano.

—Espera.

Bajo la cabeza y le chupo el coño despacio, recogiendo esa última gota salada. Marta se ríe más fuerte, pero se le escapa un gemido.—Eres un cochino…

—No sabes cuánto —respondo, mordiéndole suave el clítoris.

Le ayudo a quitarse la ropa: camiseta, sujetador deportivo, mallas. Cuando levanta los brazos para sacar la camiseta, le chupo las axilas. Sudadas por la caminata y el mercadillo, saladas, con ese olor fuerte y animal que me vuelve loco. Marta ríe, se retuerce.

—Para, que me da cosquillas… y me pone.

Nos desnudamos a toda prisa, manos torpes tocando, besándonos mientras caen las prendas al suelo. Sudados como estamos, olor a día, a sidra, a chistorra y a nosotros, nos tiramos en la cama. 69 inmediato: ella encima, coño en mi boca, polla en la suya. Empieza lo duro.

Marta me muerde el ano. Dientes que aprietan, duelen mucho, pero el dolor se convierte en un placer extraño, eléctrico, que me hace gemir contra su clítoris. Sigo mordiéndole el clítoris, fuerte, succionándolo. Ella me mete dos dedos por el culo, los curva, busca la próstata. Yo le meto tres en la vagina y dos en el ano, alternando, mientras le chupo el clítoris sin parar. Marta se corre en mi boca, un chorro caliente que me moja la cara, el cuello, la barbilla. Tiembla encima de mí.

Estoy a punto de correrme. Marta me da una palmada seca en los testículos. Veo las estrellas, el dolor agudo me hace jadear, casi pierdo la erección.

—Quiero que te corras dentro mío —dice, voz ronca.

Cambiamos. Me tumbo boca arriba. Ella se sube, me cabalga. Le muerdo las tetas, retuerzo los pezones, tiro de los piercings hasta que arquea la espalda y gime de placer-dolor. Se levanta un poco, agarra mi polla, la pone en su ano y baja de golpe. Sin lubricante apenas, duele: a mí la piel tensa, a ella el estiramiento brusco. Pero veo en su cara que le ha gustado el dolor. Me cabalga cada vez más rápido, más profundo. Nos corremos al mismo tiempo: yo dentro de su culo, ella temblando encima, apretándome hasta que duele.

En el postorgasmo nos tumbamos de medio lado, abrazados, besándonos tiernamente. Lenguas lentas, caricias suaves. Pero un mal olor nos llega de repente. Miro hacia abajo: mi polla, todavía medio dura, tiene restos de heces.

Marta se ríe bajito.—Bueno… pequeño accidente.

Me levanto con cuidado de no manchar la sábana, la cara de asco que pongo debe ser épica porque Marta se parte de risa.

—Venga, ve a la ducha, cochino.

Entro al baño, abro el agua caliente. Mientras me enjabono, oigo a Marta desde la cama:

—¡No tardes, que quiero repetir sin accidentes!

Sonrío bajo el chorro. El agua caliente me lava el sudor, el olor del día, los restos. Pero el calor que tengo dentro no se va con el agua.

Salgo de la ducha con la toalla alrededor de la cintura, el vapor todavía flotando en el baño minúsculo. Marta entra detrás, me roza al pasar y cierra la puerta con el pie. El agua empieza a correr otra vez.

Mientras ella se ducha, abro el cajón de la mesita improvisada —el escondrijo de siempre— y saco la bolsita de marihuana. La abro con cuidado. Queda muy poco: un pellizco escaso, lo justo para un porro finito. Me quedo mirando la bolsa, con cara de funeral.

Cuando Marta sale, envuelta en la toalla, pelo mojado pegado a la cara, me ve y frunce el ceño.

—¿Qué cara es esa, Caco?

Suspiro y le enseño la bolsita.—Es el último porro.

Marta se queda quieta un segundo. Luego suelta una retahíla de tacos en voz baja:—Joder, coño, hostia puta… Creí que nos quedaba para una semana más.

Levanto las manos.—Te juro que no he consumido a tus espaldas.

Ella niega con la cabeza rápido.—No te estoy acusando de eso, idiota. Pero cuando cogí la bolsa por última vez me pareció que aún quedaba un buen cacho.
Le enseño la bolsita de cerca. Hay un doblez en el plástico que hace bulto, un truco óptico que engaña la vista. Dentro, de verdad, solo queda para uno.

—¿Qué hacemos? —decimos los dos al mismo tiempo.

Nos miramos y sonreímos, esa sonrisa de “estamos jodidos pero juntos”.

Propongo:—Fumamos la mitad y guardamos el resto.

Marta niega.—Mejor nos fumamos este último porro en condiciones. Y ya está. Intentaremos pasar sin maría. Total, no es la primera vez que nos quedamos sin.

Asiento. Prepara el porro con calma: papel, grinder, el pellizco escaso que queda. Lo arma bien prieto, sin prisas. No lo enciendo hasta que sale ella del baño, limpia, desnuda, gotas todavía resbalando por los tatuajes.

Nos tumbamos en la cama, desnudos y limpios ahora, el olor a jabón mezclado con el de la hierba que empieza a quemarse. Damos caladas alternas, profundas, reteniendo el humo. El porro pasa de mano en mano, lento. Hablamos poco, solo miradas y sonrisas. Cuando queda lo último de lo último, lo apagamos con cuidado en el cenicero improvisado.

Antes de que se acabe del todo, empezamos a besarnos tiernamente. Labios suaves, lenguas que se buscan despacio. Las manos bajan: yo toco su coño, ya húmedo; ella agarra mi polla, que se pone dura al instante.

Me pongo encima. La penetro despacio al principio, pero pronto acelero. Marta envuelve mis caderas con las piernas, me aprieta contra ella. Le doy como a cajón que no cierra: embestidas fuertes, profundas, el colchón cruje debajo. Gime en mi boca.

Luego le hago poner los pies en mis hombros. La nueva posición la abre del todo. Sigo penetrándola, pero ahora aprovecho para darle tortas: en la cara, suaves al principio, luego más firmes; en las tetas, que rebotan con cada golpe; en los muslos, en el culo cuando puedo alcanzar. Cuanto más duro le doy, más se arquea ella, más gime, más me pide.

—Más… joder, más fuerte…

Se corre con un squirt que me moja el abdomen, las piernas, la cama. Tiembla debajo de mí, uñas clavadas en mi espalda.

Me salgo, subo hasta su cara y le meto la polla en la garganta hasta el fondo. Marta tiene un par de arcadas, ojos llorosos, pero aguanta. Succiona, traga, me mira desde abajo. Me corro dentro de su boca, chorros calientes que se traga casi todo. El resto le resbala por la comisura, por la barbilla.

Justo cuando acabamos, jadeando, sudados otra vez a pesar de la ducha, alguien da unos tímidos toques en la puerta. Tres golpes suaves. Luego silencio.
Marta y yo nos miramos, todavía con la respiración acelerada, semen y saliva en su cara, mi polla medio blanda goteando sobre su pecho.

—¿Quién coño…? —susurro.

Marta se limpia la boca con el dorso de la mano, sonríe con picardía.

—Sea quien sea, que espere un segundo. No voy a abrir así.

Se levanta, desnuda, y se pone la camiseta larga que usa de pijama. Yo me envuelvo la toalla alrededor de la cintura. Los golpes suaves se repiten.
Vamos hacia la puerta, juntos.


Incesto hermano y hermana
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