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Jugando fuerte con mi hermana. XXV

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Jugando fuerte con mi hermana. XXV
El despertador del móvil suena a las seis y cuarto, ese pitido seco y cabrón que Marta pone siempre en modo creciente para que no nos dé un infarto al levantarnos. Abro los ojos de golpe. La claraboya deja pasar una luz grisácea que ya anuncia otro día de mierda otoñal en Donosti. El calefactor ronronea bajito en la esquina, mantiene el aire tibio sin que salte el diferencial. Huele a café de ayer y a nosotros, a sudor limpio de anoche y a porro residual.
Marta se remueve a mi lado, estira un brazo por encima de mi pecho y apaga el despertador con un manotazo preciso. Se gira hacia mí, todavía medio dormida, el pelo revuelto cayéndole sobre la cara.
—Buenos días, Caco —murmura con voz ronca—. ¿Listo para machacarte la cuesta otra vez?
Me incorporo sobre los codos. Me siento fuerte, joder. El cuerpo responde sin quejas, los músculos calientes, la cabeza clara. Y la polla dura como una piedra, la erección matutina que no falla desde que Carmen me dejó dormir como un señor.
—Más que listo —digo, y hago el elefante.
Bajo la sábana lo justo, agarro la polla con la mano y la muevo arriba y abajo como el niño aquel del anime japonés que tanto nos hacía reír de críos: el baile del elefante, con trompa y todo. Marta suelta una carcajada que retumba en el ático.
—Joder, Caco… sigues siendo el mismo idiota.
Se ríe, pero los ojos le brillan con ese deseo crudo que no disimula nunca. Se muerde el labio, se acerca un poco más y me da un beso rápido en la boca, todavía con sabor a sueño.
Mientras nos vestimos —mallas, sudadera, zapatillas— me viene el recuerdo de golpe, como si el elefante hubiera abierto una puerta vieja. Se lo cuento mientras me ato los cordones.
—¿Te acuerdas de la excursión a Barcelona? Quinto o sexto de primaria, no sé. Papá se apuntó de voluntario para ayudar a los profes.
Marta se para, con una zapatilla a medio poner.
—Cómo no me voy a acordar. La camiseta de la Roja que llevaba, la que me regaló la abuela.
Asiento.—Íbamos al punto de reunión para pillar el bus de vuelta a Madrid. Nos cruzamos con una manifa independentista. Eran cuatro gatos, pero empezaron a gritarte: “Fuera españolista”, “niña facha” y mierda así. Lloraste como una magdalena. Papá te cogió en brazos y te sacó de allí rápido.
Marta se ríe bajito, pero hay algo duro en la risa.
—Y el punto de reunión estaba a dos calles. El bus no había llegado. Papá empezó a llamar por el móvil a los profes. Me encargó que te cuidara. Pero yo…
—Te distrajiste con la niñata esa de clase que te ponía ojitos —termina ella, con una sonrisa torcida—. La de las coletas.
—Exacto. Y tú te escapaste. Te subiste a un árbol que había en la plaza, uno de esos plátanos de sombra. Gritaste hasta que te hicieron caso. Y cuando te miraron todos, les soltaste: “¡Podéis venir y besarme el culo!”. Te diste la vuelta, te bajaste los pantalones y meneaste el trasero como si nada.
Marta se echa a reír de verdad ahora, apoyada en la pared, con lágrimas en los ojos.
—Y tú llegaste corriendo, rojo como un tomate, gritándome que bajara. Bajé haciendo peinetas, lengua fuera, gestos obscenos… Volvimos con papá como si nada hubiera pasado.
Nos miramos. El pacto quedó sellado en ese momento, sin palabras. Nadie diría nada. Ni a papá, ni a mamá, ni a los profes. Fue nuestro primer secreto grande, el que nos enseñó que juntos podíamos con cualquier mierda.
—Desde entonces supe que eras una jodida kamikaze —digo, todavía riendo.
—Y tú un puto despistado —responde ella, dándome un empujón juguetón—. Venga, que se nos hace tarde. Hoy toca Urgull otra vez. A ver si aguantas sin que te deje tirado.

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Salimos al fresco húmedo de la Parte Vieja. Las calles todavía vacías, solo algún repartidor y el olor a pan recién hecho que sale de alguna tahona. Trotamos hacia el puerto, el ritmo constante de Marta marcando el paso. El aire huele a salitre, a diesel y a pescado fresco que sale de las lonjas. Pasamos por el muelle de los barcos de pesca, donde ya hay movimiento: redes extendidas, hombres con impermeables amarillos descargando cajas de hielo. El sol aún no ha salido del todo, pero la luz grisácea ya ilumina los mástiles y las boyas.
De repente, uno de los marineros —un tipo fornido, barba canosa, unos cincuenta y tantos— resbala en el borde del muelle. Lleva un punzón en la mano para arreglar redes, y al caer el pie se le va hacia el agua. El punzón apunta directo a su cabeza. Marta, que pasaba justo al lado, reacciona en un segundo: extiende los brazos, lo abraza por la cintura y tira de él hacia atrás con fuerza. El hombre cae sentado en el suelo del muelle, el punzón se clava en la madera a centímetros de su sien.
—Joder… —murmura el marinero, pálido.
Marta lo suelta despacio, comprueba que está bien.
—¿Estás entero? —pregunta, todavía con la respiración acelerada por la carrera.
El hombre se pone de pie, se sacude, mira el punzón clavado y luego a Marta.
—Bai, bai… Eskerrik asko, neska. Mila esker. —Habla en vascuence, con voz ronca pero sincera. Luego cambia al castellano—: Gracias, de verdad. Me has salvado la crisma.
Llego un paso detrás, jadeando.
—No es nada —dice Marta, quitándole hierro—. Solo ha sido reflejo.
—Reflejo de los buenos —responde el hombre, sonriendo ahora—. Id con cuidado, ¿eh?
Nos despedimos con un gesto y seguimos trotando. El corazón me late fuerte, no solo por la cuesta, sino por esa imagen: Marta abrazando al tipo como si nada, salvándole la vida sin pensarlo dos veces. Esas cosas que hace sin alardear.
Cuando volvemos, ya bajando del monte Urgull, pasamos otra vez por el mismo muelle. El marinero nos ve desde lejos y levanta la mano para pararnos. Está junto a su barco, con una caja pequeña de poliestireno en las manos.
—Eh, jóvenes —nos llama—. Veo que vais sudando y no os quiero parar mucho, no sea que os quedéis fríos y os constipéis. Pero de alguna forma os tengo que dar las gracias. Tomad, aquí tenéis una merluza de las buenas, recién pescada esta mañana.
Saca un pescado precioso, plateado, casi dos kilos, todavía brillante y con las branquias rojas.
—No hace falta, de verdad —digo yo, un poco incómodo.
—Insisto —responde él, serio—. Por favor. Es lo menos. Y os hará un buen caldo o lo que queráis.
Marta mira el pescado, luego a mí, y asiente.
—Vale, muchas gracias. De verdad.
El hombre sonríe, satisfecho, nos da la caja con hielo picado y nos despide con un “Ondo ibili!”.
Seguimos trotando hacia el ático, yo cargando la caja como si fuera un tesoro. Pienso en voz alta mientras subimos las escaleras empedradas
:—Joder, Marta… por una vez vamos a comer algo que no sean sopas de sobre, arroz o pasta.
Ella se ríe.
—Y encima gratis. La vida a veces regala cosas.
En el ático, dejamos la merluza en la nevera pequeña (que milagrosamente funciona sin sobrecargar la instalación). Calculamos mentalmente: con lo que nos queda en la cuenta podemos comprar patatas, cebolla, un poco de aceite… y hacer un marmitako decente. Todos los días hacemos números: si compramos esto, nos queda para el tabaco; si no, tiramos de arroz otra vez. Hemos renunciado al butano porque exigen una fianza que no tenemos. Pero cuando el frío apriete de verdad —y en Donosti ya se nota que viene—, será imprescindible. El calefactor eléctrico nos salva ahora, pero no durará para siempre.
Nos duchamos rápido, uno detrás del otro en el baño minúsculo. Marta sale primero, envuelta en la toalla, y me mira mientras me seco.—Hoy ha sido un buen día para empezar el finde, ¿no?
Asiento, todavía con la sonrisa tonta.—Sí. Un marinero vivo, una merluza en la nevera… y tú salvando vidas como si nada.
Me da un beso en la mejilla, húmedo y cálido.
—Venga, Caco. Al curro. Que luego volvemos y cocinamos esa bestia.
Y salimos juntos, con el frío de la mañana pegándonos en la cara, pero con algo que se parece mucho a la esperanza.
El día pasa sin complicaciones. Reuniones rutinarias, informes de baches en la N-634 que nadie va a arreglar nunca, algún correo de la Diputación que contesto con copia a Marta para que se ría conmigo. Nada de López, nada de Carmen, ni siquiera Nekane con sus miradas nerviosas. Solo burocracia gris y el runrún de los fluorescentes. Por primera vez en mucho tiempo, el reloj avanza sin que me pese en el pecho.
Mientras tecleo el último parte del día, me pillo pensando: en cuanto tengamos un poco más de dinero, esto va a ser el puto paraíso. Un trabajo fácil, sin jefes que me miren como si supieran mi historial. Estar con mi hermana todos los días, sin escondernos de nadie. Me siento fuerte, sano, con algún futuro por delante. El cuerpo responde en la carrera, la cabeza está clara, y el sexo con Marta… joder, es magnífico y diario. No hay prisa, no hay culpa que lo empañe todo. Solo nosotros, en este ático cutre que ya empieza a parecer hogar.
A las tres y pico salimos juntos, como siempre. Bajamos las escaleras de la Delegación, pasamos el control de seguridad sin miradas raras, y llegamos a la parada del bus. El viento trae olor a mar y a humo de tubos de escape. Y ahí está Marijó otra vez, apoyada en el poste con su vestido rojo premamá, la barriga enorme como un faro. Esta vez no suelta la bomba de entrada. Se acerca discreta, mira a los lados y nos habla bajito, con ese acento gaditano que suaviza todo.

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—Mi alma… por favor, necesito sexo. Me pongo nerviosa, pienso en las dificultades del traslado, en los trillizos, en mi marido… y me pongo triste. Salvadme, porfa.
Marta suelta una risa corta, le pone una mano en el hombro.
—No seas tan teatrera, Marijó. Pareces de telenovela.
Pero lo dice con cariño, sin maldad. Luego mira a mí, luego al cielo gris, y decide:
—Como nos invitaste a comer en casa de tu tía, hoy te invitamos nosotros a cenar merluza. Fresca, recién pescada esta mañana. Y si quieres, trae el postre.
Marijó se le ilumina la cara, pone las manos en la barriga como si ya estuviera saboreando.
—Ay, mi arma… pues el bollo ya lo tengo en su punto pa que os lo comáis ahí mismo.
Nos reímos los tres, una risa fácil, de complicidad. Le explicamos dónde vivimos: Parte Vieja, Kale Boulevard 22, el portal que parece de los años 70, el ático en la última planta. Subir las escaleras empinadas con esa barriga va a ser un reto, pero ella dice que no pasa nada, que le vendrá bien moverse.
—Nos vemos a las ocho —dice Marta—. Y trae hambre, que la merluza es grande.
Marijó asiente, nos da un beso en la mejilla a cada uno —a mí un poco más largo, con guiño—, y se sube al bus que llega en ese momento. Nosotros esperamos el siguiente, hombro con hombro, mirando cómo se aleja.
—Esta mujer es un peligro —digo, medio en broma.
Marta se ríe bajito.—Es un amor. Y está salida como una mona. Vamos a tener que cocinar bien esa merluza… y el postre.
Llegamos al ático preparamos la mesa plegable, sacamos la sartén más grande que tenemos. Marta pone música bajita en el móvil —algo de Rosalía que le gusta cuando cocina—. Yo pelo patatas, ella limpia la merluza con manos expertas.
Pienso que sí: esto empieza a parecer paraíso. Un pescado gratis, una hermana que me quiere, una amiga embarazada que viene a cenar y a follar. Y por primera vez en años, no hay craving que me joda la cabeza. Solo ganas de que llegue la noche.
A las ocho en punto suena el timbre, puntual como un militar. Marta abre la puerta y ahí está Marijó, con su vestido rojo premamá que ya parece una segunda piel, la barriga enorme y una sonrisa que ilumina el rellano oscuro. Lleva una botella de vino blanco en una mano y una bolsa pequeña en la otra.
—Buenas noches, mis almas —dice con ese acento gaditano que lo llena todo—. No os he hecho esperar ni un segundo.
Marta se aparta para dejarla pasar, cierra la puerta y comenta, medio en broma:
—Los andaluces tenéis fama de impuntuales, ¿eh?
Marijó arquea una ceja, finge ofensa.—Y los madrileños no sois mucho mejor, guapa. Siempre con prisas y luego llegando tarde a todo.
Se miran un segundo con mala cara, como si fueran a saltar. Luego las dos estallan en risas al mismo tiempo, abrazándose torpemente por la barriga de Marijó.
—Soy hija de militar —explica Marijó mientras deja la botella en la mesa plegable—. Mi padre nos ponía firmes a las siete de la mañana aunque fuera domingo. Aprendí a ser puntual o me caía la bronca del siglo.
La cena ya está preparada: merluza a la plancha con patatas panaderas, un poco de ajo y perejil, aceite de oliva que compramos con lo último que quedaba en la cuenta. Huele a mar y a casa. Marijó saca el vino blanco, lo abre con el sacacorchos improvisado que tenemos, y sirve tres copas pequeñas —ella solo un sorbito por los trillizos.
Cenamos sentados en la mesa plegable y en la cama, hablando de todo y de nada. Marijó cuenta que habló con su marido anoche por videollamada.
—Os manda recuerdos a los dos —dice, mirando a Marta y a mí—. Y ha prometido que si me tratáis bien, os invita al bautizo triple. Tres chiquillos a la vez… va a ser una locura.
Más risas. El vino sube suave, el pescado está jugoso, las patatas perfectas. Por un rato todo parece normal, como si no fuéramos tres personas con vidas jodidas que se han encontrado en este ático cutre.
Cuando acabamos, recogemos los platos en un minuto —no hay lavavajillas, así que lavamos en el fregadero diminuto—. Marijó se sienta en el borde de la cama, se acomoda la barriga y me hace señales con el dedo.

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—Esta vez no te escapas sin que te la chupe, mi arma.
Me desnudo sin prisa. La polla ya está medio dura solo de verla ahí, sentada, con el vestido rojo subido un poco por los muslos. Me acerco. Marijó me mira con ojos brillantes, se moja los labios y empieza.
Joder, se le da muy bien. Succiones profundas, mordiditas suaves en el glande, lametones largos desde la base hasta la punta. Baja a los testículos, los chupa uno por uno, los acaricia con la lengua. Luego me hace dar la vuelta, me separa las nalgas con cuidado y me lame el culo, círculos húmedos, lengua insistente. Me pone como loco, las piernas me tiemblan, el placer sube por la columna como electricidad. Aguanto sin correrme por los pelos.
Me separo jadeando.—Relevo, por favor… o me corro ya.
Marijó se echa a reír tan fuerte que casi se mea encima. Se pone la mano en la barriga y en la entrepierna.—Espera, espera… voy al baño o me hago pis aquí mismo.
Sale corriendo —o lo más rápido que puede con esa barriga— al baño minúsculo. Cuando vuelve ya se ha quitado el vestido. Queda en bragas blancas premamá y sujetador a juego que también se quita. Marta también se ha desnudado, tatuajes brillando bajo la luz tenue de la lámpara y esos pirsing que tanto me gustan y que también le gustan a Marijó.
Dudan un segundo cómo ponerse. Al final Marta se tumba boca arriba en la cama, piernas abiertas. Marijó se pone a cuatro patas sobre ella, la barriga colgando con cuidado, y baja la cabeza entre las piernas de Marta. Empieza a chuparle el coño, lengua lenta al principio, luego más intensa, dedos dentro, succionando el clítoris.
Yo me pongo el preservativo —siempre, con ella— y me coloco detrás. Penetro a Marijó despacio, profundo, sintiendo cómo se aprieta alrededor. Es intenso, morboso. Le toco las tetas hinchadas, pellizco pezones con cuidado. Marta gime debajo, agarrando la cabeza de Marijó contra su coño.
Marta se corre primero, fuerte, con la boca y los dedos de Marijó. El cuerpo se le arquea, un gemido largo que retumba en el ático.
Marijó no se mueve, sigue a cuatro patas, penetrada por mí. Levanta la cabeza y le dice a Marta:
—Quiero morderte las tetas.
Marta se incorpora un poco, acerca los pechos a la boca de Marijó. Ella muerde suave, lame, succiona los piercings. Las caras de Marta son una mezcla de placer y dolor que me vuelve loco. Verla así, expuesta, disfrutando… me corro dentro del preservativo al mismo tiempo que Marijó se corre otra vez, apretándome fuerte, temblando.
Nos separamos despacio, jadeando. Marijó se tumba de lado en la cama, acariciándose la barriga. Marta se queda sentada, pelo revuelto, sonrisa satisfecha. Yo me siento en la silla plegable, todavía con el condón puesto, recuperando el aliento.
Marijó rompe el silencio, con voz ronca pero curiosa:
—Vosotros folláis entre vosotros… ¿cierto?
Me quedo congelado. La pregunta de Marijó cae como un ladrillo en el silencio del ático. Marta y yo nos miramos un segundo, sin parpadear. No hay pánico, solo esa complicidad vieja que hemos construido durante años.
Marijó insiste, con voz suave pero firme:
—Que no lo neguéis ya es una confirmación. Pero no os preocupéis por mí, que sé callarme cuando hace falta hacerlo.
Dudo. A veces Marijó habla demasiado, suelta cosas sin filtro y luego se arrepiente. Pero también es leal, y lo ha demostrado. Al final pregunto, con voz baja:
—¿Qué te ha hecho pensar eso?
Ella se encoge de hombros, todavía tumbada de lado, acariciándose la barriga.—Pues que no estáis nada incómodos teniendo sexo el uno delante del otro. A mí me ve desnuda mi hermano y salgo corriendo. Ni hago toples delante suyo.
Se ríe, pero es una risa nerviosa. Marta responde tranquila, sin alterarse:
—Nosotros hemos hecho nudismo con nuestra madre desde pequeños. Eso no es sexual.
Yo pienso: “No metas a nuestra madre en esto que ya la terminamos de liar”. Pero no digo nada.
Marijó vuelve a preguntar, curiosa:—¿Entonces?
Miro a Marta. Ella suspira, se pasa una mano por el pelo revuelto y dice:
—Sí. Follamos todos los días. Es una historia larga de contar y prefiero que esa historia la dejemos para otro día.
El tono de Marta sale triste, casi apagado. Marijó se alarma al instante, los ojos se le humedecen.
—Ya la he cagao… si seré gilí, me tenía que haber callado, soy una bocazas, perdonadme…
Se le saltan las lágrimas. Se tapa la cara con las manos, la barriga sube y baja con sollozos cortos.
Eso me puede. Me acerco rápido, me siento a su lado.—No, Marijó, no pasa nada. Es verdad. Follamos, nos apoyamos, nos hacemos compañía… y somos incluso felices. Pero preferiría que hoy no nos preguntes cómo empezamos.
Marta se acerca por el otro lado. Las dos la abrazamos, cada uno desde un lado. Besamos su frente, sus mejillas húmedas. Marijó deja de llorar poco a poco. Levanta la cara, nos mira a los dos, y de repente nos besa. Primero a Marta, suave. Luego a mí. Y de pronto estamos los tres besándonos a tres: lenguas que se encuentran, mordidas suaves en labios, manos que tocan sin prisa.
Todo el mundo toca a todo el mundo. Pechos, caderas, barriga de Marijó con mucho cuidado. Yo me pongo de pie, la polla dura otra vez. Me acerco. Las dos se lanzan: Marta y Marijó me chupan entre las dos, lenguas alternando, besándose entre ellas con mi polla en medio. Succiones, lametones, mordiditas. Marijó me mira desde abajo, ojos brillantes.
Tratamos a Marijó con muchísimo cuidado. Siempre de lado o a cuatro patas suaves, sin presionar la barriga. Yo la penetro despacio desde atrás mientras ella lame a Marta. Marta le toca los pezones con suavidad, los besa, los lame. Pero entre Marta y yo nos damos caña habitual: pellizcos fuertes en los pezones de ella, retorcerlos hasta que gime de placer-dolor. Azotes en el culo de Marta que resuenan en el ático. Tortas suaves en sus tetas, que rebotan. Yo recibo lo mismo: Marta me azota el culo, me retuerce los testículos con cuidado pero firme, me da palmadas en la polla cuando salgo de Marijó.
Marijó lo ve tan intenso que se corre la primera: un orgasmo largo, tembloroso, apretándome dentro mientras gime contra el coño de Marta. El cuerpo se le estremece, la barriga sube y baja con respiraciones rápidas.
Luego Marta: yo la pongo a cuatro patas al lado de Marijó, la penetro por detrás —primero vagina, luego culo, lubricado con saliva y con cuidado—. Marta gime fuerte, pide más. Le azoto el culo rojo, le retuerzo los piercings de los pezones hasta que arquea la espalda. Se corre gritando, apretando alrededor de mi polla.
Al final yo: me tumbo boca arriba. Marijó se pone de lado con cuidado, Marta se arrodilla sobre mí. Me chupan las dos otra vez, alternando, hasta que no aguanto. Me corro en la boca de Marijó —chorros abundantes, calientes—. Ella se lo traga un poco, el resto se lo pasa a Marta en un beso profundo. Las dos se besan a tres conmigo, lenguas con semen, mordidas, gemidos.
Nos quedamos los tres tumbados, jadeando. Marijó en medio, barriga hacia arriba, manos en la tripa. Marta y yo a los lados, acariciándola.
El ático huele a sexo, a merluza residual y a nosotros. Por un momento, todo está en silencio. Solo respiraciones.
Marijó rompe el silencio con voz ronca:—Gracias… por salvarme otra vez.
Marta le besa la frente.—Siempre que quieras, guapa.
Yo solo asiento. Pienso que sí: esto empieza a parecer paraíso. Con sus secretos, sus riesgos y sus merluza gratis.
Estamos los tres tumbados en la cama, todavía jadeando, el aire del ático cargado de sudor, sexo y ese olor dulzón del vino blanco que sobró en las copas. Marijó en medio, barriga arriba, respirando profundo con las manos encima. Marta a un lado, yo al otro. Nadie habla. Solo el ronroneo del calefactor y el tráfico lejano de la Parte Vieja que se filtra por la claraboya.
De repente suena el móvil de Marta. Vibración corta, seca. Ella estira el brazo por encima de Marijó, coge el teléfono de la mesita improvisada. Mira la pantalla, frunce el ceño un segundo y me pasa el móvil sin decir nada.
Es un mensaje de López. Número guardado como “Sargento – No contestar nunca en voz alta”.
“Buenas noches. Mañana sábado mercadillo en Astigarraga, el del casco viejo. Autobuses gratuitos desde Donosti (salen cada hora desde la estación de autobuses de Amara, línea especial mercadillo). Id los dos como dos madrileños normales que quieren dar un paseo y comprar algo barato. Si veis a Kepa o Nekane, seguidles la corriente sin presionar. Nada de preguntas directas. Solo observad. Si hay algo raro, nada de fotos. Fotos solo como las de los turistas. No os acerquéis al caserío. Discreción total. Gracias.”
Leo, Marta me mira, los ojos serios de repente. El ambiente post-sexo se enfría un poco, como si alguien hubiera abierto una ventana.—¿Iremos? —pregunta ella, bajito.
Asiento. No digo nada para que Marijó no oiga. Aún así ha captado el cambio emocional.
Marijó se incorpora un poco sobre los codos, barriga temblando.—¿Todo bien?
Marta le acaricia el brazo.—Un mensaje de nuestra madre. Simplemente nos pone triste estar lejos de ella.
Marijó asiente, no pregunta más. Se tumba de nuevo, suspira.
—Pues entonces me voy yendo, que mi tía me mata si llego muy tarde, me trata como si fuera una adolescente salida. Gracias por la merluza… y por todo lo demás.
Se levanta despacio, se pone el vestido rojo con ayuda de Marta. Nos da besos en la mejilla a los dos —a mí uno más largo, con guiño—, y se va con cuidado por las escaleras empinadas. Cuando la puerta se cierra abajo, el ático se queda en silencio otra vez.
Marta y yo nos miramos.
—Mañana —dice ella.
—Mañana —repito.
Nos quedamos un rato callados. Luego ella se acerca, me besa lento, profundo.
—Sea lo que sea, lo hacemos juntos.
Asiento. Apagamos la luz. El calefactor ronronea bajito. Fuera, la Parte Vieja respira. Dentro, nosotros también
.Pero el mensaje de López sigue en la pantalla del móvil, iluminando un poco la oscuridad.
Mañana.

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