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Jugando fuerte con mi hermana. XXIV

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Jugando fuerte con mi hermana. XXIV


Me despierta el roce de sus dedos en mi hombro, suaves pero insistentes, y la risa baja que sale de su garganta como si ya supiera lo que va a decir antes de abrir la boca.
—Venga, Caco, que hoy sí que te has dormido como un tronco —susurra Marta, todavía medio tapada con la sábana arrugada—. Carmen te dejó bien relajado, ¿eh? Siempre eres tú el que me despierta a mí dando patadas como un caballo.
Abro los ojos despacio. La luz gris del amanecer se cuela por la claraboya del ático, esa que da al tejado inclinado de la Parte Vieja. El calefactor cerámico nuevo ronronea bajito en la esquina, un milagro de bajo consumo que mantiene el frío a raya sin que salte el diferencial. Huele a café recién hecho y a porro de anoche, a nosotros.
Me incorporo un poco sobre los codos y la miro. Está sentada al borde del colchón, en bragas negras y sujetador deportivo, el pelo recogido en una coleta alta que le deja al descubierto el tatuaje del sol con ojo en el ombligo. Sonríe con esa mezcla de burla y cariño que solo ella sabe poner.
—Tienes razón —admito, frotándome la cara—. Hacía tiempo que no dormía tan seguido. Ni un puto sueño raro, ni me despierto a las tres pensando en mierda. Me he levantado… con ganas.
Bajo la sábana lo justo para que vea. La erección mañanera está ahí, dura, sin pedir permiso. Marta arquea una ceja, los ojos le brillan un segundo con ese deseo crudo que no disimula nunca. Se muerde el labio inferior, pero luego suelta una carcajada corta y genuina.
—Joder, Caco… qué oportuno. Pero no, hoy corremos. Que si no, luego me echas la culpa a mí de que estés flojo.
Se levanta de un salto, me da un cachete juguetón en el muslo y empieza a ponerse las mallas y la sudadera. Yo me quedo un segundo más mirando el techo, sintiendo cómo la sangre me late en las sienes y en la polla, pero también cómo el cuerpo responde sin esa urgencia desesperada de antes. Es raro. Es bueno. Me levanto, me pongo el pantalón corto, las zapatillas gastadas, y salimos al fresco húmedo de la mañana donostiarra.

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Hoy cambiamos el recorrido. En vez de la vuelta clásica por la playa de la Concha y el paseo, subimos hacia el monte Urgull. Trotamos por las calles empedradas de la Parte Vieja, pasamos el Aquarium, giramos hacia el puerto y empezamos la cuesta. Marta va delante, ritmo constante, respiración controlada. Yo la sigo, notando cómo los gemelos protestan desde el minuto cinco, cómo el aire frío me quema la garganta. Pero no paro. Subimos casi hasta la estatua del Sagrado Corazón, donde el camino se empina de verdad, y luego bajamos trotando suave, controlando la zancada para no machacarnos las rodillas.
Llego al final jadeando más de lo que quisiera admitir, pero con una sonrisa idiota en la cara. Marta se para, se estira los brazos por encima de la cabeza y me mira de reojo.
—Estás cada vez más fuerte, cabrón. Antes te dejaba tirado en la mitad de la cuesta.
—Gracias a ti —digo, todavía recuperando el aliento—. Y al puto calefactor, que me ha dejado dormir como un señorito.
Nos reímos los dos, nos damos un beso rápido con sabor a sudor y salitre, y volvemos al ático a ducharnos y cambiarnos para el curro.
En la Delegación del Gobierno, al pasar el control de seguridad, veo al sargento López de pie junto a la máquina de rayos X, hablando con un guardia civil joven. Lleva el uniforme impecable, como siempre, pero cuando nos ve a Marta y a mí entrar juntos, hace un gesto casi imperceptible con la cabeza: sígueme. No dice nada. Marta y yo nos miramos un segundo. Ella aprieta los labios, como conteniendo una sonrisa.
Subimos al despacho de la tercera planta. López cierra la puerta con calma, echa el pestillo y se sienta detrás del escritorio. Marta no aguanta ni diez segundos.
—Tenías una Colt 1911 que me dijiste que habías heredado de tu abuelo —suelta de golpe, con los ojos brillantes—. La que me enseñaste en Madrid cuando era una cría y me prometiste que cuando fuera mayor me la dejarías.
López suelta una risa seca, de las que no llegan a los ojos pero sí al fondo del pecho. Abre el cajón inferior del escritorio, saca una caja de madera oscura, la abre con cuidado. Ahí está: la 1911 Government, pavón negro gastado por el uso, culata de madera con iniciales grabadas a navaja. La coge por el cañón, extrae el cargador con un movimiento experto, abre la corredera para enseñar la recámara vacía y se la tiende a Marta con la palma hacia arriba.
—Ahora ya eres mayor —dice, con voz tranquila—. Y ya no hay nadie que me diga que no puedo.
Marta la coge con las dos manos, como si fuera un objeto sagrado. La sopesa, gira la muñeca para sentir el equilibrio, apunta con cuidado hacia la pared del fondo (nunca se apunta a alguien a quien no se quiere disparar, le enseñó nuestro padre hace mil años). Sonríe de oreja a oreja, una sonrisa de niña que recupera un sueño viejo.
—Gracias, sargento.
Marta la devuelve con respeto. López la guarda de nuevo en la caja y nos invita a sentarnos.
Charlamos un rato. Nada de prisas. Café de máquina, comentarios sobre el tiempo de mierda que se avecina, sobre cómo la Parte Vieja se pone imposible los fines de semana. Luego va al grano.
—Hemos apretado a la empresa que montó la sala de masoquismo en el caserío de Kepa. Al principio se hicieron los suecos, pero con un par de inspecciones sorpresa y algo de presión fiscal han cantado. Sí hay un acceso a un cuarto secreto detrás del espejo de bisagras. Lo que no saben —o no quieren decir— es qué hay dentro ahora. Dicen que el mecanismo de apertura puede haber cambiado desde que ellos lo instalaron. Quizás ya no sea el adorno móvil del marco. Tendremos que entrar de otra forma si queremos verlo.
Miro a Marta. Ella tiene la mandíbula apretada, los ojos fijos en López. Sé que ya está pensando en cómo colarse, en cómo identificar el nuevo mecanismo solo con verlo.
López se recuesta en la silla.
—Nada de heroicidades, ¿eh? Vosotros dos sois confidentes informales, no comando de asalto. Si hay que entrar, entraremos con apoyo. Pero por ahora, vigilad. Y no forcéis encuentros con ese par. Ya se irán dando. La gente en general desconfía de los encuentros inesperados. Esta gente es aún más desconfiada. En las pelis el infiltrado se hace amigo del jefe de la banda el primer día. Pero son eso películas. Para que un infiltrado triunfe tiene que trabajárselo durante meses o incluso años. Además muchas veces se intenta infiltrar a alguien, se consigue, y resulta que la persona a la que se quería investigar era menos importante de lo que se pensaba.
Nos despedimos con un apretón de manos firme. López le da una palmada en el hombro a Marta.
Salimos al pasillo. Marta camina a mi lado, todavía con esa energía contenida. Al llegar a la escalera me mira de reojo.
—¿Qué te pasa? Vas sonriendo como idiota desde que hemos salido del despacho.
Me encojo de hombros, sin dejar de sonreír.
—Nada. Precisamente eso. Que no me pasa nada. Y hace mucho tiempo que no podía decirlo.
Ella se ríe bajito, me pasa el brazo por los hombros y me aprieta contra ella mientras bajamos las escaleras.
Y por un momento, solo por un momento, el mundo parece casi en orden.
Cada uno se va a su puesto sin más ceremonia. Marta desaparece por el pasillo de la tercera planta hacia su sección de administrativo, con esa energía contenida que lleva desde que López le ha dejado tocar la Colt. Yo entro en mi cubículo de inspección de vías y carreteras, enciendo el ordenador y me pongo con los informes pendientes. La mañana pasa lenta, burocrática, con el runrún de los teléfonos y el olor a café quemado que sale de la máquina del pasillo. Intento concentrarme, pero mi cabeza va y viene: el calefactor nuevo, la erección mañanera que Marta ha dejado en suspenso, la Colt que ha hecho brillar los ojos de mi hermana como cuando era una cría, el cuarto secreto del caserío de Kepa que ya no es tan secreto. Todo mezclado con esa paz rara que me invade desde anoche.
Sobre las once y media me llaman de la sección de personal: hay que llevar unos expedientes firmados a la cuarta planta. Cojo la carpeta, subo las escaleras y, al bajar de nuevo, paso por delante del despacho 312. La puerta está entreabierta. Veo la silueta de Marijó de pie junto a la ventana, con esa barriga inmensa que parece desafiar la gravedad bajo el vestido premamá azul marino que lleva hoy. Dudo un segundo, pero entro.
—Ey, Marijó. Solo venía a ver qué tal estás.

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Ella se gira, sonríe con esa sonrisa gaditana que ilumina todo el despacho, cierra la puerta con pestillo y echa la llave con un clic seco.
—Pa que no nos interrumpan, mi arma —dice, con ese acento cantado que me hace gracia cada vez—. ¿Cómo voy a estar? Mucho mejor, coño. Una buena corrida hace que cualquiera vea la vida con más optimismo, ¿no te parece?
Me río bajito, nervioso. Ella se acerca, me pone una mano en el pecho.
—Lo del traslado a Cádiz ya lo solucionaremos. Me quedan dos meses pa parir y algo se nos ocurrirá. No te preocupes por mí.
Miro su barriga, enorme, redonda, y frunzo el ceño.
—Joder, Marijó… con esa panza que llevas, ¿de verdad solo estás de siete meses?
Ella suelta una carcajada abierta, de las que retumban.
—¡Ay, mi arma! Que son trillizos, coño. Tres chiquillos ahí dentro dándome guerra. Por eso parezco una ballena varada.
Se ríe ella, me río yo. Luego baja un poco la voz, se pone seria un segundo.
—Anoche hablé con mi marido. Nada más empezar a hablar ya notó que algo había pasado. Se lo tuve que confesar todo.
Me quedo pálido de golpe. El estómago se me contrae.
—¿Todo? ¿Y…?
Marijó me pone las dos manos en las mejillas, me mira a los ojos y se ríe otra vez.
—Tranquilo, mi niño, que no pasa na. Llevamos veinte años casados, hemos pasado temporadas separados por el curro de él, y ya acordamos hace tiempo que la fidelidad cuando uno está tan lejos es mucho pedir. No es la primera vez que pasa algo así. Y él lo ha entendido. Así que relájate, que no va a venir nadie a pegarte un tiro.
Suelto el aire que tenía atrapado en el pecho y acabo riéndome con ella, aliviado hasta lo ridículo.
De repente, sin previo aviso, se sube el vestido hasta la cintura. Debajo lleva unas braguitas blancas de algodón premamá, pero el gesto es directo, descarado.
—Doctor, doctor… necesito otra inyección de su medicina.
La polla se me pone dura al instante, como si tuviera memoria propia. Nos acercamos. Nos besamos con una pasión que no esperaba: bocas abiertas, lenguas peleando, dientes que rozan labios, mordiscos suaves que duelen rico. Le meto las manos por debajo del vestido, le acaricio la espalda, bajo hasta el culo. Ella gime contra mi boca.
Recobro un poco de compostura, jadeando.—¿Y si nos pillan? Aquí hay cámaras, gente…
Marijó niega con la cabeza, sonriendo.
—Na de na. Este despacho está insonorizado pa las reuniones confidenciales. Y una vez echado el pestillo, ni a tiros abren la puerta. Estamos solos, mi arma.
La subo a la mesa con cuidado —la barriga es enorme, pero ella se mueve con una agilidad sorprendente—. Le bajo las bragas, me arrodillo entre sus piernas abiertas. Le hago sexo oral despacio al principio, lamiendo el clítoris, metiendo la lengua dentro. Luego bajo más, le separo las nalgas con cuidado y le chupo el culo. Ella se estremece.
—Ay, coño… me encanta por el culo, pero con el embarazo tengo unas fisuritas que duelen un poquito. Solo chupe, mi niño, no metas na.
Obedezco. Le lamo el ano con saliva abundante, círculos suaves, mientras con los dedos sigo estimulando el clítoris. Marijó se corre en mi boca en menos de dos minutos, un orgasmo fuerte, tembloroso, que le saca un gemido largo y ronco.
—Más… dame más…
Me levanto, me bajo los pantalones y los calzoncillos. Saco un preservativo del bolsillo —ayer decidí llevarlos y ya lo aprovecho—. Marijó lo ve y se ríe.
—No me voy a quedar embarazada, tonto. Ya estoy hasta los topes.
—He leído que el esperma puede provocar el parto antes de tiempo —le digo, serio—. Mejor prevenir.
Se ríe otra vez, pero asiente. Me pongo el condón. La penetro despacio, sentado en la silla de oficina para que ella pueda controlar la profundidad con la barriga. Le toco las tetas con cuidado —están duras, hinchadas—, pellizco los pezones suave. Nos besamos mientras me muevo dentro de ella, ritmo lento pero profundo.
Luego cambiamos: ella se da la vuelta, se apoya con las manos en la mesa, saca el culo hacia atrás. La penetro desde atrás, una mano en su cadera, la otra acariciándole el ano por fuera, echándole saliva para que resbale. Ella gime más fuerte, se corre otra vez, apretándome dentro. Yo no aguanto y me corro en el preservativo, un orgasmo que me deja las piernas flojas.
Nos limpiamos con pañuelos de papel que ella saca de un cajón. Marijó me mira con picardía.
—Llévate el condón, mi arma. Tampoco es cuestión de dejar pruebas por ahí.
Lo meto en el bolsillo, anudo la bolsita. Mientras me subo los pantalones, veo una foto enmarcada en el escritorio: Marijó más joven, sonriente, con dos niños pequeños abrazados a sus piernas.
—¿Son tus sobrinos? —pregunto.
Ella niega, con una sonrisa tierna.
—No, son mis hijos. Me casé joven, tuve dos niños. Siempre quise una niña, por eso este tercer embarazo. Aunque al final…
Se toca la barriga.—¿Qué crees que son?
—Niños —digo sin dudar.
—Efectivamente. Voy a tener hombres en casa pa montar un equipo de baloncesto entero.
Nos reímos los dos. Pienso que Marijó es jodidamente divertida, de esa forma natural que te hace olvidar el marrón en el que estás metido.
—A ver si nos vemos otro día —dice ella—, pero ya con una cama de verdad, que aquí la mesa está dura.
—Vivo con mi hermana… —empiezo.
—Y yo con una tía lejana que no me deja tener visitas. Ya me ha advertido que no quiere bebés en casa. Pero ya veremos qué hacemos.
Se acerca, me da un beso en la mejilla.
—La próxima vez no te escapas de que te haga una buena mamada. Que yo en eso soy especialista, ¿eh?
Siento que se me vuelve a poner dura solo de oírlo, pero miro el reloj y niego con la cabeza.
—No quiero arriesgar más hoy.
Nos despedimos con otro beso suave en la mejilla. Salgo del despacho con el corazón a mil, el condón usado en el bolsillo como una bomba de relojería, y una sonrisa idiota que no se me quita.
La jornada de trabajo acaba sin más incidentes. Informes entregados, correos respondidos, alguna llamada rutinaria de la Diputación sobre baches en la carretera de Orio. A las tres y pico salimos como siempre, Marta y yo, hacia la parada del bus en la avenida. El cielo está gris plomizo, el viento trae olor a mar y a gasolina quemada. Caminamos en silencio cómodo, hombro con hombro, todavía con la adrenalina de la mañana y el despacho de Marijó latiéndome en la cabeza.
Y ahí está ella, en la parada: Marijó, apoyada en el poste con su vestido premamá azul marino, la barriga como un faro en medio de la gente. Cuando nos ve, se le ilumina la cara. Yo me quedo paralizado un segundo, sin saber si saludar, si hacerme el loco o qué coño hacer. Marta, en cambio, va directa, le planta un beso en la mejilla y le dice:
—Ey, guapa. ¿También coges este?
Marijó suelta una risotada gaditana, sin filtro ni pudor.—Hace un rato tu hermano me ha echado un polvazo que me ha sacado dos pedazo de orgasmos, mi arma. Todavía me tiemblan las piernas.
Pienso: “Qué bruta es esta mujer”. Literalmente. Me quedo mirándola con la boca entreabierta, rojo como un tomate. Marta se echa a reír, una risa abierta y genuina, sin celos ni drama.
—No lo sabía, coño —dice Marta, dándole un codazo suave—. ¿Y qué tal ha estado el servicio?
Marijó duda un segundo, mira a su alrededor y baja la voz un pelín.
—¿No lo podía contar? Si lo mejor del sexo es contarlo, ¿no?
Me doy por vencido. Le pregunto, medio en serio medio muerto de risa:—¿Se lo has contado a alguien más?
—Na de na —responde ella, seria de repente—. Vosotros sois los únicos con los que hablaría de esto en todo San Sebastián. Con mis compañeros de curro me llevo fatal, y a mi tía… ni de coña le cuento algo así. Esa mujer es más seca que un desierto.
Me entra un ataque de risa que no puedo parar. Se me contagia a las dos. Estamos los tres ahí, en la parada del bus, partiéndonos de risa como idiotas mientras llega el autobús. Nos subimos. Marijó se sienta en uno de los asientos dobles, Marta se sienta con ella. Yo quedo separado, de pie un par de filas atrás, agarrado a la barra, mirándolas charlar como si nada.
Antes de llegar a nuestra parada habitual, Marta me hace señas con la mano: síguenos. Se bajan en la anterior, en la zona de Sancho el Sabio. Bajo detrás, las sigo a unos metros. Caminan delante, Marijó con esa marcha pesada pero decidida, Marta a su lado. Llegamos a un portal elegante, de los de antes, con portero automático y buzones de latón. Marta me mira.
—Hoy la tía de Marijó se ha ido de excursión. Nos ha invitado a comer.
Subimos en el ascensor antiguo, de esos con reja. El piso es amplio, elegante, techos altos, molduras, pero los muebles tienen pinta de los años 80: sofá de piel gastada, vitrinas con figuritas de porcelana, un cuadro horrible de un paisaje vasco. Comemos en la cocina, mesa plegable contra la pared, para que no queden evidencias de visitas en el salón. Arroz blanco con tomate, ensalada, agua del grifo que aquí se puede beber sin problema. Charla ligera: el embarazo, el curro, lo jodido que está el alquiler en Donosti. Nada de sexo. Todavía.
Cuando acabamos, Marijó se levanta con esfuerzo, se apoya en la mesa y dice:
—Venga, vamos a mi habitación. Quiero más sexo. Lo necesito, por favor.
Hace un puchero exagerado, de niña grande. Yo miro a Marta. Ella me guiña un ojo.
—Las damas primero, Caco.
Entramos en la habitación: cama grande con edredón floreado, armario empotrado, una ventana que da a un patio interior. Marijó se quita el vestido por la cabeza en un movimiento fluido, queda en bragas blancas premamá y sujetador a juego. La barriga es impresionante, tensa, con estrías finas que brillan bajo la luz.
—Quiero más —repite, con voz ronca—. Por favor.
Me siento en una silla del rincón, cruzo las piernas. Marta se desnuda despacio, sin prisa. Marijó la mira con los ojos muy abiertos.
—Caramba, cuántos tatuajes… y esos piercings en los pezones me encantan.
Marta sonríe, se acerca.—Te voy a tratar con mucho cuidado por la barriga, pero si quieres pellizcar, morder o lo que sea, no te cortes. A mí me encanta.
—A mí también —dice Marijó.

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Se besan con intensidad, manos en las tetas, lenguas peleando. Marijó le chupa y muerde los pezones a Marta mientras le mete dos dedos en la vagina. Marta gime, pero con la barriga no llega bien para devolverle el favor. La tumba en la cama con cuidado, se arrodilla entre sus piernas y le hace sexo oral hasta que Marijó se corre, un orgasmo tembloroso que le sacude todo el cuerpo.
—Ahora yo quiero comerte el coño —dice Marijó.
Intentan un 69, pero la barriga no deja posición cómoda. Al final Marijó se tumba boca arriba, Marta se pone en cuclillas sobre su cara. Marijó le chupa, le muerde suave el clítoris, le mete dedos por delante y por detrás. Marta se corre fuerte, apoyando las manos en la cabecera para no caerse.
Mientras tanto yo me he puesto un preservativo. Marta se baja de la cama, me mira con picardía. Con mucho cuidado ponemos a Marijó de medio lado, yo me tumbo a su espalda como cucharita gigante. Penetro despacio, profundo. Le estoy dando ritmo suave, controlado. Marta aprovecha que Marijó no puede verle y se acerca por detrás: me mete dos dedos por el culo, lubricados con saliva. El contraste me hace gemir. Marijó se corre otra vez, apretándome dentro. Yo me corro en el preservativo, un orgasmo que me deja temblando.
Justo en ese momento suena la puerta de la calle. Llave en la cerradura.
—Coño, mi tía —susurra Marijó—. ¡A vestirse!
Nos vestimos a toda hostia. Yo guardo el condón usado en el bolsillo del pantalón. Cuando la tía entra en la habitación, ya estamos los tres vestidos, sentados en la cama como si nada, charlando del tiempo.
La señora es una mujer de setenta y tantos, pelo gris recogido, expresión fría pero educada. Nos mira de arriba abajo.
—¿Y estos quiénes son?
—Compañeros de trabajo, tía —dice Marijó, con voz inocente—. Me aburría y me han hecho compañía. Les he invitado a comer.
La tía pone mala cara, pero no dice nada más. Solo:
—Vale. ¿Ya os ibais?
Marijó asiente rápido.—Sí, ya se iban.
Nos acompaña hasta la puerta. En el rellano, cuando la tía ya ha cerrado, Marijó nos abraza a los dos.
—Perdonad a mi tía, es un poco borde. Y gracias por el sexo… desde que estoy embarazada estoy más salida que una esquina.
Nos vamos. En el ascensor, agarro a Marta del cuello con fingido enfado, la pego a la pared.
—Que sea la última vez que me metes algo por el culo delante de terceros.
Se ríe, me besa rápido.
—¿Qué decimos si se da cuenta?
—Todo estaba bajo control —dice ella—. Marijó no podía verme desde esa posición.
Bajo la voz, confesando:—Me ha encantado.
Marta me mira con esa sonrisa suya, mitad traviesa mitad orgullosa.—Lo sé, Caco. Lo sé.
El ascensor llega a la planta baja. Salimos a la calle, el viento fresco de octubre nos pega en la cara. Caminamos hacia casa sin prisa, con el condón usado todavía en mi bolsillo como un secreto sucio y caliente.
Y por hoy, basta.

Incesto hermano y hermana
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