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Jugando fuerte con mi hermana. XXIII

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Jugando fuerte con mi hermana. XXIII
Me despierto antes de que suene el despertador, como casi siempre desde que llegamos aquí. El ático está frío, el techo inclinado parece bajar más por las noches, y el olor a porro viejo se mezcla con el de Marta dormida a mi lado, su pelo revuelto sobre la almohada y esa respiración profunda que me calma y me acelera al mismo tiempo. Son las seis y cuarto. Nos levantamos sin hacer ruido, me pongo las zapatillas de correr y salimos a la calle.
El paseo por la Parte Vieja todavía está oscuro, pero ya huele a mar y a pan recién hecho. Corremos por el Boulevard, hacia el Kursaal, bajamos por la playa de la Zurriola. El viento norteño me pega en la cara, fresco, casi cortante, pero no molesta. Diez kilómetros justos, el cuerpo responde bien, limpio de todo lo duro desde julio. Solo porros y tabaco, y aun así me siento más fuerte que nunca. O quizás solo es la ilusión de control.
Me quito la camiseta empapada y me meto en el baño minúsculo. Ducha rápida, agua tibia que se acaba pronto porque la caldera es una mierda. Marta entra detrás, se pega a mi espalda, me enjabona el pecho, baja la mano despacio hasta que me tiene duro en tres segundos. No follamos, solo juegos. Un beso largo bajo el chorro, sus tetas operadas contra mi pecho, sus piercings fríos rozándome. Luego salimos, nos secamos con la misma toalla raída y preparamos el desayuno en la mesa plegable: café de cafetera italiana, pan con tomate y aceite que compramos ayer en el mercado, un plátano cada uno. Comemos en silencio, mirándonos.
Bajamos a la parada del bus. El 26 o el 37, da igual, los dos pasan por el centro y nos dejan cerca del Gobierno Civil. Nos sentamos juntos, ella apoya la cabeza en mi hombro. Nadie habla mucho a estas horas, solo algún turista despistado y funcionarios con cara de lunes eterno aunque sea martes.
Llegamos a la puerta principal a las ocho menos diez. Nos separamos con un beso rápido en la mejilla, como dos hermanos normales. No es muy habitual que dos hermanos trabajen en la misma delegación habiendo sacado la oposición casi al mismo tiempo. Somos medio famosos, los hermanos madrileños. Ella sube a su planta, administrativo, segundo piso. Yo me quedo en la planta baja, control de seguridad y accesos. Pero hoy no llego solo al puesto.
Allí está él. Sargento López. Uniforme impecable, barba recortada, ojos que no se pierden nada. Me ve y levanta la barbilla a modo de saludo. No dice nada hasta que estamos dentro del pasillo lateral, lejos de las cámaras y del murmullo de la entrada.
—Buenos días, Carlos.
—Buenos días, sargento.
Me mira un segundo más de lo necesario. Siempre lo ha hecho, desde que me reclutaron. Antes, esa mirada me ponía cachondo y me hacía sentir pequeño al mismo tiempo. Rosa me había dejado tan jodido que cualquier hombre con autoridad me hacía fantasear con arrodillarme. Con él era peor: uniforme, voz grave, esa calma de quien ha visto mierda y no se inmuta. Hace semanas me habría imaginado de rodillas en ese mismo pasillo, con su mano en mi nuca, obligándome a tragármelo todo mientras me llamaba puto madrileño.
Hoy no.
Hoy lo miro y solo veo a un tipo normal. Un hombre serio, profesional, con arrugas en las comisuras de los ojos que delatan que también se ríe alguna vez. No siento esa sumisión automática. No me tiembla nada por dentro. Y no entiendo por qué. Supongo que es porque por primera vez tengo algo de verdad que contarle. Algo gordo. Algo que vale.
Me invita a pasar a un despacho pequeño al fondo del pasillo. Mesa metálica, dos sillas, ordenador viejo, bandera y foto del Rey en la pared. Cierra la puerta. Me señala la silla de enfrente.
—Siéntate. Cuéntame.
Me siento. Tengo el esquema mental preparado desde anoche, después del porro con Marta, cuando repasamos todo en voz baja mientras fumábamos en la cama.
—Fue ayer, lunes. Inspección en la N-1 con Nekane, la de Diputación. Se mareó un poco al final de la jornada, dijo que necesitaba que la lleváramos a casa. Fuimos los tres: Marta, Nekane y yo. Kepa estaba allí con un par de colegas suyos, tipos de su rollo, cazadores o lo que sea. Y un montón de armas.
Saco del bolsillo interior de la chaqueta un folio doblado. Lo abro y lo dejo sobre la mesa. Marta lo escribió anoche con su letra pulcra, detallando todo lo que vio y lo que identificó.—Esto es lo que Marta me dictó. Ella sabe bastante de esto.
López coge el papel y lee en voz alta, despacio:
—AR-15 tuneado, selector full-auto ilegal, supresor roscado, visor holográfico EOTech. AK-103 con cañón corto, supresor, mira nocturna Pulsar. Rifle .300 Blackout con munición subsónica. Visores térmicos. Varias cajas de munición 5.56, 7.62×39 y .300. Levanta la vista.
—¿Todo esto lo visteis vosotros?
—Kepa lo enseñó como si nada. Dijo que eran para caza. Pero Marta dice que varias modificaciones no pasan ningún control legal. El full-auto en el AR-15, por ejemplo, es delito grave. Y los visores térmicos y nocturnos en un contexto de caza… no cuadra.
López asiente, pensativo. Dobla el papel y se lo guarda en el bolsillo del uniforme.
—Seguramente estén guiadas como armas deportivas o de colección. Pero sí, es información interesante. Muy interesante. ¿Algo más? Respiro hondo.
—Para interesante, el cuarto oculto.
Se inclina hacia delante.
—¿Qué cuarto oculto?
—Dentro de la sala de sadomaso. Kepa tiene un espacio BDSM privado: potro, cruz de San Andrés, jaula, fucking machine, vacbed… todo muy profesional. Marta y yo lo vimos porque Kepa nos lo enseño cuando nos mostró el caserío. Yo he visto una habitación exactamente como esa y tenía un cuarto oculto al que se accedía moviendo un adorno. Ese mismo adorno estaba en el mismo sitio en la habitación de Kepa.
López se queda callado un segundo. Luego saca un bloc y un boli.
—Hazme un dibujo. Lo que recuerdes.
Sonrío por dentro. Marta lo tenía previsto. Anoche, mientras fumábamos, me hizo repasar la distribución tres veces y dibujó ella misma el plano aproximado en otro folio. Lo saco del bolsillo trasero y se lo entrego.
—Es más o menos así. Sala principal rectangular, doce por ocho metros. Potro en el centro, cruz en la pared de la izquierda. Jaula en la esquina derecha. La puerta oculta supongo que está en la pared del fondo, un espejo en realidad tiene unas bisagras ocultas. Si es que es como la habitación que vi en Barcelona. Y todo lo demás era igual. Pero lo que si te puedo confirmar es que al salir nos fijamos en que el almacén medía dos metros más que la habitación. El cuarto oculto no es muy grande pero está ahí.
López estudia el dibujo. Asiente despacio.
—Pues si que era interesante. Buen trabajo.
Se recuesta en la silla, me mira fijo.
—Gracias, Carlos. De verdad.
Hay un silencio. Luego añade, casi como si se le escapara:
—¿Sabes? Yo conocí a Marta hace años.
Me quedo helado.
—¿Cómo?
—Hace… no sé, 12 años. Yo era cabo entonces. Nos tocó ir a un colegio de Madrid a hacer una exposición didáctica: material antidisturbios, chalecos, armas reglamentarias, todo lo que se enseña a críos para que no tengan miedo a la Guardia Civil. Se acercó una niña. Doce, trece años. Pelo largo, ojos muy vivos. Empezó a hacer preguntas que ni los profes se atrevían: ¿por qué el cetme está obsoleto?, ¿cuánto pesa una placa balística nivel IV?, ¿es verdad que las balas subsónicas pierden precisión por encima de los cien metros? Nos dejó flipando. Estuvimos hablando casi una hora. Al final nos dijo que de mayor quería ser guardia civil o policía. Que quería cazar malos de verdad.
Trago saliva. Duele. Duele mucho.
—Esa era Marta —murmuro.
López asiente.
—Nunca olvidé su nombre. Ni su ilusión. Luego pasó lo que pasó con los vídeos, y no podemos arriesgarnos a tener gente con ese historial… y al final acabó aquí, funcionaria burocrática. Pero sigue sabiendo más de armas que la mitad de mis compañeros. Ya me dijiste que ella quiere colaborar con nosotros. Por mi está bien, pero no tenemos presupuesto para asignarle un pago. Os tendréis que repartir lo que te demos. Sobre lo de tu historial crediticio, se está complicando la cosa pero algo podremos hacer por ti.
No digo nada. Solo asiento. Por dentro me retuerzo. Marta quiso ser como él. Quiso llevar placa, pistola, uniforme. Y por mi culpa, por mis mierdas, por los vídeos que se filtraron y le jodieron el sueño, está aquí. Contigo. En un ático de mierda. Contando armas ilegales para un confidente que no se atreve ni a mirarla a los ojos cuando le duele.
López se levanta. Me tiende la mano.
—Hasta pronto, Carlos. Sigue atento. Y cuida de ella.
Le doy el apretón. Fuerte. Como si con eso pudiera compensar algo.
Salgo del despacho con el pecho apretado. El pasillo huele a café y a papel viejo. Marta estará en su mesa, contestando correos, fingiendo que todo es normal.
Yo vuelvo al control de accesos. Pero ya no soy el mismo que entró hace veinte minutos.
Algo ha cambiado. Y no sé si es para bien o para jodernos más.
Bajo las escaleras hacia los aseos mixtos del sótano. Son los que quedan más apartados, los que usan pocos porque huelen a humedad y a desinfectante barato. Allí hemos quedado. Le mandé un mensaje rápido desde el móvil del trabajo: “Baño sótano. 10 min”. Ella respondió solo con un pulgar arriba.
Bajo los escalones de dos en dos. El corazón me late fuerte, no solo por la conversación con López, sino por lo que viene: contarle todo, ver su cara cuando le diga lo de la anécdota del colegio, lo de su sueño jodido por mi culpa. Siempre duele repetirlo, aunque sea en voz baja.
Empujo la puerta del baño. Está vacío, luces fluorescentes parpadeando. Marta ya está allí, apoyada en el lavabo grande del fondo, brazos cruzados, pelo todavía en coleta alta. Me ve y sonríe, pero la sonrisa se le borra cuando nota mi cara.
—¿Qué pasa, Caco? ¿Mal rollo con el sargento?
Abro la boca para empezar a contarle, pero entonces lo oímos.
Un llanto ahogado, entrecortado, que viene del cubículo del fondo. No es un sollozo discreto de alguien que se recompone rápido. Es de los que duelen de verdad, de los que hacen que el estómago se te retuerza.
Marta y yo nos miramos. Ella se adelanta primero, llama suavemente a la puerta.
—¿Estás bien ahí dentro?
Silencio. Luego otro sollozo, más fuerte.
La puerta se abre despacio. Y aparece ella.

embarazadas


Embarazada. Muy embarazada. El vestido premamá beige claro se le pega al cuerpo, el vientre enorme, redondo, tenso. Pelo rubio ondulado, revuelto, ojos hinchados y rojos. Lágrimas que le caen por las mejillas sin control. Parece de unos cuarenta y alguno muy bien llevados, guapa a pesar del llanto, con ese acento gaditano tan marcado que se nota incluso en el hipo.
—Perdón… perdonad… es que… no puedo más…
Marta entra en modo protector al instante. Le pone una mano en el hombro, suave.
—Tranquila, cariño. Respira. ¿Qué te pasa?
La mujer se apoya en el marco de la puerta, se abraza la barriga como si quisiera protegerla del mundo.
—Son trillizos… van a nacer aquí, en San Sebastián… y yo… yo quería irme a Cádiz, con mi marido… me han denegado el traslado. Han cambiado las reglas este año. Antes se podía pedir comunidad por embarazo múltiple, pero ahora… ahora dicen que no hay vacantes, que hay que esperar turno… y yo… yo retrasé el embarazo demasiados años para sacar la oposición… estudiaba de noche, vomitaba de nervios… y cuando por fin apruebo, me quedo embarazada de trillizos… y justo entonces cambian todo… es una putada… una puta putada…
Se le quiebra la voz. Empieza a llorar más fuerte, los hombros temblando. Marta la abraza sin pensarlo. Yo me acerco por el otro lado, le pongo una mano en la espalda. No sé qué decir. Solo murmuro:
—Joder… lo siento mucho.
Ella levanta la vista, nos mira a los dos, como si se diera cuenta de que estamos ahí de verdad. No se aparta. Al contrario, se deja abrazar más fuerte.
Marta le acaricia el pelo.
—¿Cómo te llamas?
—María José… pero me llaman Marijó… de Cádiz. Administrativa en la Delegación del Gobierno en Gipuzkoa… llevo aquí desde que saqué la plaza… pero mi marido está en Cádiz, en la base naval… y los niños… los niños van a nacer sin su padre al lado…
Más lágrimas. Yo no pienso. Solo me inclino y le beso la frente, suave, como si fuera una hermana pequeña. Funciona un poco: el llanto se calma un segundo, respira hondo.
Marta me mira, ve que ha funcionado, y hace lo mismo: besa la frente de Marijó, luego la sien. Los besos se quedan ahí un instante más de lo necesario. Marijó cierra los ojos, suspira.
Y entonces algo cambia en el aire. Se nota. Ella no se aparta. Al contrario, ladea la cabeza, busca los labios de Marta. Se besan despacio, primero suave, luego más profundo. Yo las abrazo a las dos por detrás, mis manos en la cintura enorme de Marijó, sintiendo cómo se mueve la barriga con la respiración acelerada.
Marta baja la mano, le acaricia el pecho por encima del vestido. Marijó gime bajito. Yo le bajo los tirantes despacio, con cuidado. El vestido no cae porque la barriga impide que baje más. No lleva sujetador. Los pechos hinchados, venas marcadas, pezones oscuros y grandes. Marta y yo nos miramos un segundo. Luego cada uno coge uno. Chupamos suave, con cuidado, lengua alrededor del pezón, sin apretar demasiado. Marijó arquea la espalda, gime más fuerte.
—Joder… sí… así…
La sentamos con cuidado en el borde del lavabo grande. Marta le sube el vestido hasta las caderas. Está mojada, hinchada. Marta le acaricia el clítoris con los dedos, despacio, círculos suaves. Yo me bajo los pantalones. Me acerco.
—¿Te parece bien? —pregunto, voz ronca.
Ella asiente, mordiéndose el labio.
—Con cuidado… pero métemela… por favor…
La penetro despacio. Está caliente, apretada, pero el embarazo la hace más sensible. Entro poco a poco, hasta el fondo, y me quedo quieto un segundo. Marijó suspira largo, cierra los ojos.
—Joder… qué bueno…
Empiezo a moverme, lento pero insistente, profundo. Marta se pega a su lado, le besa la boca, le mete la lengua, mientras con una mano se masturba a sí misma y con la otra acaricia el clítoris de Marijó. Las dos se besan con hambre, gimen en la boca la una de la otra. Marijó mete la mano dentro del pantalón de Marta. Para facilitarle el acceso mi hermana se baja el pantalón y el tanga. Marijó mete dos dedos en la vagina y parece que sabe lo que hace porque Marta pone cara de estar disfrutando mucho.
Pienso que es la primera vez que follo con una embarazada. Tiene su morbo: la barriga enorme rozándome el abdomen, los pechos moviéndose con cada embestida, esa mezcla de ternura y lujuria cruda. Me acelera el pulso.
Marijó unas veces me besa a mi y otras a Marta. Besa muy bien. Como a mi me gusta, duro, usando los dientes, mordiendo. Yo le devuelvo los mordiscos y noto que eso le encanta. Es la única parte de su anatomía donde me atrevo a ser brusco. Me da la impresión de que si no estuviera embarazada sería un polvo en plan salvaje.
Marta se corre primero. Se le escapa un gemido ahogado contra la boca de Marijó, tiembla, se aprieta los muslos. Eso enciende más a Marijó. Empieza a jadear más rápido, a empujar contra mí.
—Más… más fuerte… pero no mucho… ay, dios…
Acelero un poco, sigo profundo. Ella se tensa de repente, grita bajito, el orgasmo le atraviesa el cuerpo entero. La barriga se contrae visiblemente, los pechos se endurecen más. Eso me lleva al límite. No puedo aguantar. Me corro dentro de su vagina, fuerte, pulsando, sintiendo cómo ella me aprieta con cada espasmo. No he podido evitarlo. Pienso que voy a tener que volver a llevar preservativos a mano.
Nos quedamos quietos un segundo, respirando los tres. Luego salgo con cuidado. Marta ayuda a Marijó a bajarse del lavabo, le limpia con un papel de manos y sube el vestido, le coloca los tirantes.
Marijó se mira en el espejo, se limpia las lágrimas con papel, se ríe flojo.
—Joder… nada como una buena corrida para ver el mundo mejor, ¿eh?
Nos mira a los dos.
—Me llamo María José Carmona, pero ya sabéis… Marijó. De Cádiz. Gracias… de verdad. No sé qué me ha pasado, pero… necesitaba esto.
Yo sonrío, todavía con el corazón a mil.
—Carlos. Y ella es Marta. Somos hermanos y así nos hacemos compañía en San Sebastián. Nosotros tampoco somos de aquí.
Marijó asiente, nos da un beso en la mejilla a cada uno.
—Pues nada, Carlos y Marta… si algún día queréis repetir… o solo hablar… estoy en la tercera planta, despacho 312.
Se va hacia la puerta, caminando con esa balanceo pesado de los últimos meses. Antes de salir se gira.
—Y tranquilos… esto queda entre nosotros.
La puerta se cierra. Marta y yo nos miramos. Ella se ríe bajito, se ajusta la blusa.
—Hostia, Caco… qué locura.
Yo asiento, todavía procesando.
—Ya hablaremos luego de lo del sargento. Ahora… a currar.
Salimos del baño por separado, dos minutos después el uno del otro. Cada uno a su puesto. Pero el día ya no es el mismo.
Y yo sigo sin saber si todo esto nos está salvando… o nos está hundiendo más.
El resto del día pasa en piloto automático. Expedientes que se acumulan en la bandeja de entrada, sellos que estampan con ruido sordo, conversaciones banales en el pasillo sobre el tiempo que ya refresca demasiado para octubre. A las tres en punto, como buenos funcionarios, apagamos el ordenador y salimos. Marta me espera en la puerta principal, con el chubasquero puesto y esa coleta alta que se le mueve cuando camina rápido. Sin decir nada cogemos el bus de vuelta al ático.
En casa, preparamos algo rápido: pasta con tomate de bote, atún en lata, queso rallado que sobró del fin de semana con Mari. Comemos sentados en la mesa plegable, con la ventana entreabierta para que entre un poco de aire fresco con olor a mar. Yo no aguanto más y empiezo a contarle lo del sargento
.—…y entonces me dice lo del colegio. Que te vio con trece años, preguntando por el Cetme y las placas balísticas. Que querías ser guardia civil. Que nunca olvidó tu nombre ni tu ilusión. Y que por los vídeos… que no pudieron arriesgarse.
Se me quiebra la voz al final. Bajo la mirada al plato. Duele decirlo en voz alta. Duele más que cuando lo pienso solo.
Marta deja el tenedor despacio. Me mira fijo, sin parpadear.
—Caco… mírame.
Levanto la vista. Sus ojos están tranquilos, pero hay algo húmedo en las comisuras.
—No te preocupes. Yo tomé mis decisiones. La cagué libremente. Elegí estar contigo cuando todo se fue a la mierda. Elegí los vídeos, elegí seguirte. Si alguna vez te he echado en cara la frustración de no poder llevar placa… perdóname. Porque no es justo. Tú no me obligaste a nada.
Traga saliva, sonríe torcido.
—Y si no puedo cazar malos de uniforme, pues seré como las viejas de los visillos: mirando por la ventana, contando armas ilegales y chivándome a la Guardia Civil desde el sofá. Al final colaboro igual, ¿no?
Nos miramos un segundo. Luego los dos nos echamos a reír. Primero bajito, después a carcajadas. Nos reímos hasta que nos duele la tripa. Hasta que las lágrimas nos caen por las mejillas. Es de las pocas veces que la culpa se diluye un poco, aunque sea solo por un rato.
A las diecisiete en punto, el móvil vibra. Mensaje de Carmen. Solo una dirección en una zona residencial de Gros, cerca del río Urumea. Y debajo: “Autobús 9 o 37, parada Easo. Baja en la 8ª. Te espero. No llegues tarde.”
Marta me mira mientras me pongo la chaqueta.
—Ve con cuidado, Caco. Y acuérdate: si se pone feo, safe word y punto.
—Logroño —repito, como un mantra.
Me besa fuerte en la boca antes de que salga.
El trayecto en bus se me hace eterno. Bajo en la parada indicada, camino tres calles bajo un cielo gris que amenaza lluvia pero no cae. Toco el timbre del portal. Se abre sin preguntar.
Subo en ascensor al tercero. La puerta ya está entreabierta. Entro.
Allí está ella.

sadomasoquismo


Doña Carmen. Vestida de rojo cuero brillante: chaqueta entallada con botones rojos, pantalones ajustados que marcan cada curva, tacones negros altos. No es un atuendo de mazmorra, pero tiene ese morbo frío, autoritario, de ejecutiva que podría destrozarte con una sola mirada. Lleva el pelo recogido en un moño perfecto, maquillaje impecable, y en la mano derecha un látigo corto de cuero negro con borlas en la punta.
Me mira de arriba abajo. Sonríe lento.
—Quítate la camisa de cuadros, Carlos. Y los pantalones. Quédate en calzoncillos.
Obedezco. Me quedo en medio del salón amplio, con muebles caros y minimalistas. En una mesita baja hay un espejo pequeño con cuatro rallas perfectas de cocaína. Ella se acerca, se agacha, esnifa una con un billete enrollado. Me tiende el billete.
—Tú también. Para que aguantes.
Es coca de la buena. Sube limpia, rápida, sin ese corte químico que quema las fosas. El mundo se afila, los colores brillan más, el corazón late fuerte pero controlado.
Empieza la sesión.
Me ata las muñecas a una barra fija en el techo con esposas acolchadas. Me deja colgando de puntillas. Empieza con el látigo: primero en la espalda, trazos precisos que queman sin romper piel. Luego en los muslos, en el pecho. Cada golpe va acompañado de insultos bajos, en voz ronca.
—Puto madrileño drogadicto… mira cómo se te pone dura solo con dolor…
El látigo baja a los testículos. Golpes secos, controlados. Duele tanto que se me escapa un grito ahogado. Pienso en “Logroño” dos veces. Pero no lo digo. Porque ella sabe parar justo antes de cruzar la línea. No deja marcas que duren, no rompe nada. Solo dolor limpio, intenso.
Me baja al suelo, me pone de rodillas. Me obliga a lamerle los zapatos. Luego se quita los pantalones de cuero despacio, se queda en tanga negro y medias. Me mete los dedos en la boca, tres, hasta la garganta. Me ahogo, lagrimeo. Ella se ríe.
—Buen chico.
Me hace chuparle el coño sin quitarse el tanga. Está empapado.
Entre acto y acto, volvemos a la mesita. Otra ralla cada uno. La coca me mantiene duro como piedra, aunque los huevos ya me palpitan de tanto golpe y de llevar casi una hora empalmado sin correrme.
Me tumba boca arriba en un futón negro en el centro del salón. Me ata los tobillos abiertos, muñecas a los lados. Saca un vibrador grueso, negro, con base ancha. Lo lubrica con saliva y me lo mete por el culo despacio, girando. Duele al principio, luego se convierte en presión plena. Enciende el motor. Vibración profunda, constante.
Se sube encima. Se quita el tanga. Se sienta sobre mi polla, despacio, hasta el fondo. Empieza a cabalgar. Lento al principio, luego más rápido. Me clava las uñas en el pecho, me araña hasta que salen líneas rojas finas. Me abofetea la cara, fuerte, alternando mejillas.
—Dime que eres mi puta.
—Soy tu puta, doña Carmen…
Empieza a apretarme el cuello. El aire no llega bien a mis pulmones. Eso me marea pero también hace que se me ponga más dura.
Acelera. El vibrador sigue dentro, pulsando contra la próstata. Ella se toca el clítoris mientras me monta. Gime cada vez más alto. De repente se tensa, grita, y eyacula. Un chorro caliente, abundante, me moja el abdomen, el pecho, la cara. Los espasmos de su orgasmo me aprietan la polla como un puño. No aguanto más. Me corro dentro de ella, fuerte, pulsando, sintiendo cómo me ordeña hasta la última gota.
Se queda quieta encima un momento, jadeando. Luego se aparta despacio. Me desata con cuidado.
—Buen chico —murmura.
Me ayuda a levantarme. Las piernas me tiemblan. Pasamos a la ducha amplia del baño principal. Agua caliente, jabón caro. Nos enjabonamos mutuamente, despacio. Ella me lava la espalda, yo le lavo el pelo. Es tierno, casi cariñoso. Contrasta tanto con lo de antes que me descoloca.
Cuando vamos a salir, me abraza por detrás. Siento el chorro caliente entre mis piernas. Se está orinando encima de mí, despacio, deliberadamente. El pis caliente me corre por las piernas, por la polla que vuelve a endurecerse de golpe.
—Joder… —murmuro.
Ella se ríe bajito.
—Venga, otra ducha rápida.
Volvemos bajo el agua. Me enjuaga, me besa el cuello.
—Ya no estoy para tanto sexo seguido, Carlos. A mi edad hay que dosificar.
Nos secamos. Nos vestimos. Ella se pone su ropa habitual de funcionaria. Yo recupero mi ropa.
Antes de que me vaya, me tiende un paquete envuelto en papel kraft sencillo.
—Toma. Un regalo.
Lo abro. Es un pequeño calefactor eléctrico, moderno, de cerámica. Bajo consumo, dice la caja. Muy eficiente.
—Para el ático —me dice, mirándome fijo—. Sé que estáis pasando frío. Y sé que la potencia contratada es una mierda. Esto calienta rápido y gasta poco.
Me quedo mirándola. Es obvio que sabe cosas. Mucho más de lo que dice.
—Gracias —murmuro.
Me da un beso suave en los labios.
—El mes que viene volveremos a quedar cuando a mi me venga bien. Habrá cocaína de la buena y algún regalo que os venga bien. Yo se elegir regalos.
Asiento. Salgo al pasillo. Bajo en ascensor. La noche ya ha caído sobre San Sebastián.

sado


Camino hacia la parada del bus con el calefactor bajo el brazo. La coca todavía me corre por las venas, pero el dolor en los huevos y la espalda ya es solo un eco sordo. Por primera vez en mucho tiempo tengo la sensación de que si ahora me ofrecieran más cocaína sería capaz de rechazarla. Mi lado sumiso ha disfrutado de esta sesión. Y por alguna extraña razón me siento en paz. Una paz que hace mucho que no sentía.
Pienso en Marta esperándome en el ático. En el porro que nos fumaremos al llegar. En cómo contarle como me siento.
Y pienso que, quizás, por primera vez en mucho tiempo, alguien nos está cuidando un poco. Aunque sea a su manera retorcida.

masoquismo
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