Capítulo anterior

Me desperté antes de que el sol terminara de colarse por la trampilla, con el cuerpo aún pesado por la resaca emocional del domingo en el Urgull. Marta dormía a mi lado, boca abajo, con la sábana enrollada en las piernas y el tatuaje del AK-47 asomando por el borde de sus shorts. El ático olía a porro viejo, a sudor seco y a ese pachulí residual que Mari había dejado como huella invisible. Era lunes. El craving por la coca seguía ahí, un zumbido bajo en la nuca, pero lo ignoré como pude. Me obligué a levantarme.
-¿Caco? ¿Ya?-, murmuró Marta sin abrir los ojos.
-Vamos a correr un rato. Necesito despejarme.-
Ella gruñó, pero se incorporó. El día era perfecto: soleado sin ser caluroso, unos 17-18 °C, cielo limpio, ese viento fresco del norte que olía a mar y a pino. Nos pusimos las zapatillas, shorts y camisetas viejas, y salimos por las callejuelas de la Parte Vieja. El barrio aún dormía, solo algún repartidor y el eco de las persianas subiendo. Bajamos hasta la playa de la Concha y corrimos por el paseo marítimo, el arenal dorado a nuestra izquierda, las olas rompiendo suaves. Marta iba delante, su cuerpo musculado moviéndose con esa gracia atlética que siempre me había impresionado. Yo la seguía, sintiendo el sudor limpiarme por dentro, el ritmo constante ahogando los pensamientos sobre Rosa, sobre Mari, sobre el susurro de doña Carmen el sábado.

Volvimos al ático jadeando, nos duchamos rápido en el baño minúsculo –ella primero, yo después, sin tiempo para juegos– y desayunamos lo de siempre: café instantáneo, pan tostado con tomate y aceite, un par de huevos revueltos en la sartén de los dos fuegos. Comimos en silencio, pero no era un silencio incómodo; era el de dos personas que ya no necesitan llenar cada hueco con palabras.
-Hoy toca rutina-, dijo ella al final, besándome en la frente. -No la cagues en el curro, hermano.-
Llegué al Gobierno Civil a las 8:45, con el pelo aún húmedo y la mochila al hombro. El edificio era gris, funcional, con esa atmósfera de papel y fluorescente que me recordaba demasiado a las oposiciones. Me senté en mi mesa –un cubículo estrecho con vistas a un patio interior–, encendí el ordenador y empecé a revisar los informes pendientes de inspecciones viales. Todo parecía normal, hasta que sonó el teléfono interno.
-Doña Carmen quiere verte en su despacho. Ahora.-

Subí las escaleras con el estómago revuelto. El despacho de Carmen era amplio, con ventana a la calle, un escritorio de madera oscura y estanterías llenas de expedientes. Ella estaba de pie, con su traje sastre, el pelo recogido en un moño impecable y esa sonrisa que no llegaba a los ojos. Cerró la puerta detrás de mí y señaló la silla frente al escritorio.
-Siéntate, Carlos.-
Obedecí. Ella se sentó también, cruzando las piernas con deliberada lentitud.
-Primero, lo laboral. Hoy sales de nuevo a hacer mediciones con Nekane. Hay que levantar acta por unas irregularidades en el tramo de la N-1 cerca de Astigarraga. Como es inspección con implicaciones administrativas, os acompaña alguien del departamento jurídico. Y como nadie quiere perder la mañana en eso... seguramente te tocará Marta.-
Sentí un alivio mezclado con nervios. Ver a Marta en el trabajo, aunque fuera en modo profesional, era un recordatorio de lo frágil que era nuestra normalidad. Asentí.
-Perfecto. Nekane te pasa los detalles por correo. Salís a las 10.-
Hizo una pausa, inclinándose hacia adelante. Sus ojos se oscurecieron.
-Ahora, lo interesante.-
Mi pulso se aceleró. Sabía a qué se refería. El susurro del sábado –"tengo acceso a buena coca, si te portas bien"– había estado dando vueltas en mi cabeza todo el fin de semana.
-Quiero establecer normas claras, Carlos. No quiero malentendidos. Vamos a negociar lo que puedes hacerme y lo que no. Y lo que yo te haré a ti.-
Tragué saliva. Debería haberle dicho que no, que estaba limpio, que no necesitaba eso. Pero la tentación era más fuerte que la razón. El craving latía como un segundo corazón.
-Empieza tú-, dije, la voz ronca.
Ella sonrió, satisfecha.
-Cada vez que nos veamos, yo aporto cocaína de buena calidad. No barata, no cortada. Tú la consumes conmigo. A cambio, durante los encuentros sexuales, serás mi sumiso. Totalmente. Admitirás golpes –en la cara, en el cuerpo–, insultos, ser atado, asfixia controlada. Te follaré como yo quiera, con lo que yo quiera. Solo pasarás a ser activo cuando yo te lo ordene. Y cuando acabe el acto sexual, todo vuelve a ser profesional. Aquí dentro, soy tu jefa. Fuera, no existimos el uno para el otro en ese plano.-
Cada palabra era un clavo en mi culpa, pero también un alivio extraño. Sumisión. Control externo. Como con Rosa en 2018. Sentí la erección creciendo bajo la mesa, traicionándome.
-¿Y la palabra de control?-, pregunté.
-Logroño. Simple, fácil de recordar. La dices y paro al instante. Sin preguntas.-
Asentí. Negociamos un par de detalles más: nada de marcas visibles que pudieran verse en el trabajo, nada de fotos o grabaciones, encuentros solo en un piso discreto que ella tenía acceso. Nada en el ático, nada que involucrara a Marta directamente –aunque no lo dijo, lo entendí como advertencia implícita.
-Bien-, concluyó. -Voy a imprimirlo.-
Sacó una hoja, tecleó rápido en su ordenador y la imprimió. Era un texto breve, casi contractual: los términos que habíamos acordado, sin nombres propios, solo iniciales C. y C. (Carmen y Carlos, supuse). Lo leyó en voz alta, despacio, y luego me lo pasó.
-Fírmalo.-
Firmé con mano temblorosa. Ella firmó debajo. Luego, los dos nos reímos –una risa nerviosa, casi histérica– porque sabíamos que ese papel no valía nada legalmente, y porque ninguno quería que existiera prueba física de aquello. Lo rompió en pedazos pequeños y los tiró a la papelera.
-Perfecto. El primer encuentro será mañana martes por la tarde, a las 18:00. Te mando la dirección por un mensaje encriptado al móvil personal. Ven limpio, duchado, sin excusas.-
Se levantó, rodeó el escritorio y se acercó. Me rozó la mejilla con los dedos, un gesto casi tierno.
-Ahora vete a tu mesa. Y disfruta el día pensando en mañana.-
Salí del despacho con las piernas flojas. Volví a mi sitio, me senté y noté inmediatamente la erección dolorosa presionando contra la tela del pantalón. Intenté concentrarme en el correo de Nekane –los detalles de la salida–, pero mi mente estaba en otra parte: en el piso discreto, en la coca que me esperaba, en la sumisión que acababa de firmar. La culpa era un nudo en el estómago, pero debajo, muy debajo, había una excitación aterrorizada que no podía negar.
Marta llegaría pronto para la inspección conjunta. Tendría que fingir normalidad. Como siempre.
Me senté en mi cubículo intentando concentrarme en el correo de Nekane —detalles del tramo de la N-1, coordenadas GPS, fotos previas de las irregularidades en el firme—, pero mi cabeza seguía en el despacho de Carmen. El papel imaginario con nuestra firma seguía quemándome en la memoria, aunque ya estuviera hecho trizas en su papelera. La erección había bajado un poco, pero el nudo en el estómago no se iba. Cada pocos minutos miraba hacia la puerta de entrada del pasillo, esperando —o temiendo— ver aparecer a Marta.Y apareció.

Venía caminando con paso firme, coleta alta balanceándose, jersey azul cobalto ceñido que marcaba justo lo necesario sin ser provocativo, pantalón negro ajustado que resaltaba sus piernas tonificadas del gym. Profesional, impecable, como si nunca hubiéramos compartido colchón ni secretos ni semen en la cara. Llevaba una carpeta fina bajo el brazo y una sonrisa neutra de "estoy aquí por trabajo". Cuando llegó a mi mesa se paró, apoyó una mano en el respaldo de mi silla y se inclinó lo justo para que solo yo la oyera.
—Ey, Caco. Me han mandado a mí porque soy la última en llegar a San Sebastián y me toca bailar con la más fea. O sea, contigo y Nekane en el arcén de la N-1. Qué suerte la mía.
Intenté reír, pero salió forzado. Un sonido seco, como si me hubiera atragantado. Bajé la mirada al monitor, fingiendo leer algo importante.
—Genial. Nekane ya mandó los detalles. Salimos en… —miré el reloj— veinte minutos.
Marta ladeó la cabeza, estudiándome. Sus ojos se entrecerraron un segundo. Esa mirada que siempre tenía cuando detectaba mierda debajo de la superficie.
—Estás raro. Muy raro.
—Estoy bien. Solo… lunes, ya sabes.
Ella se acercó más, hablando bajito, con esa sonrisa de "todo normal" para cualquiera que pasara por el pasillo, pero la voz baja y cortante solo para mí.
—¿Qué coño pasa, Carlos? Suéltalo ya.
Me rendí. No podía mentirle a ella. No después del Urgull, no después de Mari, no después de todo. Bajé la voz hasta casi un susurro, mirando al frente como si estuviera hablando solo.
—Carmen. Mi jefa. Me ha llamado al despacho antes. Primero lo del trabajo, luego… lo otro. Me ha propuesto un acuerdo. Coca de buena calidad cada vez que nos veamos. A cambio, durante los encuentros, soy su sumiso. Golpes, insultos, ataduras, asfixia… lo que ella quiera. Solo activo si ella ordena. Palabra de seguridad: Logroño. Lo hemos firmado en un papel que luego ha roto. Primer encuentro mañana martes por la tarde, en un piso discreto que tiene.
Silencio. Dos segundos eternos. Esperé el grito, el tortazo, el "eres un puto enfermo". Nada.
Marta soltó el aire despacio, casi como un suspiro de alivio.
—Joder, Caco… ¿Y has dicho que sí?
Asentí, sin mirarla.
—No debería. Pero… la tentación. El craving. No he tocado dura desde julio, pero esto… me ha podido.
Ella se quedó callada un momento más. Luego, con voz calmada, sin rastro de reproche:
—Vale. Si sobra un poco de coca, tráela a casa. No me jodas con que no.
—Se guarda lo que sobra. Lo ha dicho claro.
—Pues que se joda ella. —Hizo una pausa, y añadió casi divertida
—: Pero si consigues rascar algo, ya sabes dónde estoy.
La miré por fin. No había ira. Solo esa complicidad retorcida que siempre habíamos tenido. Pensé que quizás había hablado demasiado. Que acababa de meterla en el mismo pozo. Pero antes de que pudiera decir nada más, sonó el teléfono interno.
—Carlos, Nekane os está esperando en el parking subterráneo. Baja ya.
Colgué. Marta me dio un golpecito suave en el hombro, como si fuéramos solo compañeros.
—Vamos. A trabajar.

Bajamos juntos en el ascensor, en silencio. El parking era frío, fluorescente, olía a gasolina y hormigón húmedo. Nekane ya estaba junto a su coche oficial —un Peugeot 308 gris anodino con el escudo del Gobierno Vasco en las puertas—. Vestida para el terreno: chaqueta verde oliva técnica con capucha alta, pantalones beige cargo, beanie negro ajustado, botas de trekking marrón oscuro, mochila negra con correas cruzadas. Parecía salida de una ruta de montaña más que de una inspección vial. Nos vio llegar y su expresión se torció en una mueca de fastidio.
En cuanto estuvimos a tres metros empezó a soltar en euskera, rápido y grosero, señalando a Marta con la barbilla.
—Zer da hau? Zergatik bidali dute bulegoko neska bat hona? Ez dakit ezer egiten, eta gainera itxura hori… putakume bat dirudi.
No entendí nada —mi euskera es inexistente—, pero capté el tono despectivo, el "putakume" clarísimo, y cómo la señalaba como si fuera un estorbo con tetas.
No me lo pensé.
Di un paso adelante, le abrí la cremallera de la chaqueta de un tirón seco —lo justo para meter la mano dentro—, busqué el pezón bajo la camiseta térmica y lo retorcí con fuerza, girando.
—Creí que había quedado claro quién manda aquí.
Nekane se quedó helada. Abrió los ojos como platos, miró a derecha e izquierda por si alguien nos veía desde las plazas del parking. No había nadie. El lugar estaba desierto.
Intentó protestar, la voz temblorosa.
—Baina… zer egiten ari zara…?
Volví a apretar, más fuerte esta vez, clavando las uñas. Ella soltó un gemido corto: mitad queja, mitad placer involuntario. El cuerpo se le tensó, las rodillas flojearon un instante. Su cara pasó del enfado al miedo, y luego a algo más confuso, más sumiso.
La solté despacio, cerrándole la chaqueta como si nada.
—Sube al coche. Conduce tú. Y la próxima vez que abras la boca para faltarle el respeto a mi hermana, te retuerzo algo que duela más.
Marta, a mi lado, no dijo nada. Solo sonrió de lado, esa sonrisa que conocía demasiado bien: mezcla de orgullo y morbo. Nekane tragó saliva, abrió la puerta del conductor sin rechistar y se sentó al volante.
Yo me subí detrás con Marta. El coche arrancó con un ronroneo suave.
El trayecto hacia Astigarraga empezó en silencio absoluto.
El trayecto hasta el tramo problemático de la N-1 fue un silencio espeso, roto solo por el ronroneo del motor y el ocasional crujido de la grava cuando Nekane tomaba alguna curva. Yo iba atrás con Marta, nuestras rodillas rozándose en el asiento estrecho del Peugeot oficial. Ella miraba por la ventana, fingiendo interés en el paisaje otoñal: colinas verdes salpicadas de pinos, el mar Cantábrico lejano al norte, carreteras que serpenteaban entre caseríos. Nekane conducía rígida, con los nudillos blancos en el volante, la chaqueta verde oliva aún un poco descolocada donde yo había metido la mano. No dijo ni una palabra más en euskera ni en castellano. Buen comienzo.
Llegamos al punto de inspección alrededor de las 11:00. Era un tramo recto de la nacional cerca de Astigarraga, con obras recientes en el firme: parches de asfalto nuevo, grietas en el borde, hundimientos leves que habían motivado la queja de algún transportista. Aparcamos en un camino de tierra apartado que salía del arcén, un sendero estrecho flanqueado por zarzales y pinos bajos, lo suficientemente discreto para que nadie nos molestara mientras medíamos y tomábamos notas. El sol seguía tibio, el viento fresco traía olor a resina y tierra húmeda. Nekane sacó el metro láser, el nivel de burbuja y la libreta de su mochila. Yo cargaba el trípode y las señales de obra. Marta llevaba la carpeta con los expedientes y el acta en blanco.
Empezamos el trabajo. Nekane marcaba los puntos con spray naranja, yo medía las irregularidades (profundidad de baches, desniveles transversales), y Marta debía anotar todo en el acta: mediciones exactas, fotos con móvil oficial, observaciones jurídicas sobre posibles responsabilidades del contratista.
Ahí empezaron los errores tontos. Primero, Marta midió mal un desnivel: leyó el láser al revés y anotó 12 mm en vez de 21 mm. Nekane lo pilló al instante y soltó un bufido. Luego, al hacer la foto del bache principal, olvidó activar el geolocalizador del móvil, así que la imagen no tenía coordenadas GPS incrustadas. Nekane puso los ojos en blanco.
—Hostia, ¿es en serio? —dijo en castellano por fin, con voz cortante—. Esto es básico, joder. Si no lo haces bien, el acta no vale una mierda y volvemos a empezar.
Marta se sonrojó un poco, pero no contestó. Se limitó a corregir las notas con cara de póker. Yo observaba desde atrás, conteniendo una sonrisa. Nekane pensó que había recuperado el control, que podía volver a ser la dura del grupo. Cuando terminamos y volvíamos al coche por el camino apartado —el Peugeot aparcado a unos 20 metros, oculto tras una curva de zarzales—, Nekane no pudo resistirse.
—Falta de profesionalidad total —dijo, dirigiéndose a mí pero mirando a Marta—. La nueva no sabe ni medir un bache. ¿Esto es lo que mandan del jurídico ahora?
Me hizo gracia. Mucha gracia. El poder que acababa de reclamar en el parking seguía latiendo en mí, y ver a Nekane intentado recuperar terreno me encendió. Paré en seco, justo al lado del coche.
—Marta —dije calmado, mirándola a los ojos—. Castígala tú.
Marta levantó una ceja, pero sonrió de lado. Esa sonrisa que conocía: la de cuando su lado protector y dominante salía a jugar. Sin decir nada, se acercó a Nekane con paso rápido. Nekane retrocedió un paso, pero Marta fue más rápida. Agarró su brazo derecho, lo giró hacia atrás en un movimiento fluido, bajó la cadera y tiró de ella hacia el suelo. Fue una llave de armbar clásica de Brazilian Jiu-Jitsu (BJJ): controló la muñeca de Nekane, se sentó a horcajadas sobre su torso, extendió la pierna sobre el pecho para inmovilizarla y tiró del brazo hacia arriba mientras arqueaba la espalda, extendiendo el codo en hiperextensión dolorosa. Nekane soltó un grito ahogado, el cuerpo tenso en el suelo de tierra.
—No te muevas —dijo Marta con voz baja y firme—. O te lo rompo.
Nekane jadeaba, el beanie negro torcido, los ojos abiertos de sorpresa y miedo. Marta no soltó la presión del todo, pero se inclinó hacia adelante, se bajó los pantalones negros ajustados hasta las rodillas —dejando al descubierto su coño depilado total, ya húmedo por la adrenalina—, y se sentó directamente sobre la cara de Nekane, tapándole la boca y la nariz con su sexo.
—Chúpamelo —ordenó Marta—. Ahora.
Nekane forcejeó, la voz amortiguada bajo el peso.
—No… no soy lesbiana… yo no…
No terminó la frase. Yo me agaché detrás de ella, le bajé los pantalones beige cargo de un tirón hasta los tobillos, exponiendo su culo firme y su coño rasurado. Metí los dedos entre sus piernas, encontré el clítoris hinchado y lo retorcí con fuerza, como había hecho con el pezón antes.
Nekane arqueó la espalda, soltó un gemido largo de dolor-placer. Y empezó a lamer. Primero tímida, luego con más urgencia: lengua plana recorriendo los labios de Marta, succionando el clítoris, metiéndose dentro.
Marta gimió, agarrando el pelo de Nekane bajo el beanie.
—Joder… para no ser lesbiana lo haces muy muy bien. Esto no es el primer coño que te comes, ¿verdad?
Nekane no contestó, solo lamió más profundo, las manos ahora sujetando los muslos de Marta por instinto.
Con ella ya dominada, nos recomponemos un poco. Marta se quitó del todo los pantalones y los arrojó al asiento trasero del coche por la ventanilla abierta. Se sentó en el capó del Peugeot, piernas abiertas hacia afuera, coño expuesto al aire fresco. Nekane, sin que nadie se lo dijera, se arrodilló entre sus piernas y metió la cabeza de nuevo, chupando con devoción, lengua rápida en el clítoris, dedos abriendo los labios.
Yo me puse detrás de Nekane. Le bajé las bragas del todo, escupí en mi mano y me lubriqué la polla. La penetré primero por la vagina: entrada lenta pero profunda, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. Empecé a bombear fuerte, alternando con embestidas en el culo —sacándola, apuntando al ano apretado, empujando hasta el fondo—. Cada vez que entraba por detrás, le daba un azote seco en una nalga, luego en la otra, dejando marcas rojas. Le pellizcaba los pezones a través de la camiseta térmica, retorciéndolos hasta que gemía contra el coño de Marta. Le insultaba sin parar:
—Puta sumisa… zorra de carretera… te gusta que te follen como a una perra, ¿eh? Mira cómo chupas, guarra… no vales ni para medir baches, pero para esto sí…
Cada insulto la ponía más. Su coño chorreaba, el culo se abría más fácil con cada embestida alterna. Gemía alto contra Marta, el cuerpo temblando. Marta le agarraba la cabeza, frotándose contra su boca, acercándose al orgasmo.
Nos corrimos casi al unísono. Primero Marta: arqueó la espalda contra el capó, gritó bajito y eyaculó un chorro caliente en la cara de Nekane. Luego Nekane: se contrajo alrededor de mi polla, el cuerpo convulsionando, un orgasmo violento que la dejó temblando de rodillas. Yo salí del culo, me masturbé dos veces más y me corrí en su espalda, semen caliente salpicando la chaqueta verde oliva.
Quedamos jadeando un momento. El camino seguía desierto. El sol otoñal calentaba el capó. Nekane se levantó despacio, cara empapada, pantalones subidos a medias, expresión aturdida pero satisfecha.
Marta se limpió con una toallita del coche, se puso los pantalones y sonrió.
—Acta terminada.
Justo cuando íbamos a subir al coche, Marta se detuvo. Miró a Nekane y luego a mí. Tenía esa sonrisa lenta, la que ponía cuando algo le rondaba la cabeza y sabía que iba a ser bueno.
—¿Puedo jugar un poco con tu puta, Caco?
Sabía que Marta nunca perdía el control. Nunca. Con su entrenamiento de defensa personal —padre ex boina verde, años de krav magá y jiu-jitsu—, siempre medía hasta dónde podía llevar las cosas. Y cuando decía “jugar un poco”, solía ser intenso, pero seguro. Interesante. Muy interesante.
—Claro que sí —respondí, sintiendo otra vez esa erección traicionera—. Mi puta está a tu servicio.
Nekane levantó la cabeza, ojos vidriosos, pero no protestó. Marta se movió rápido. Abrió el maletero del Peugeot, rebuscó un momento y sacó una cuerda gruesa de nailon —de las que usan para asegurar material de obra, unos cinco metros enrollados—. La desenrolló con calma, agarró a Nekane por el brazo y la llevó hasta un pino joven y recto que había a unos metros del camino, lo suficientemente apartado para que no se viera desde la carretera.
—Manos atrás —ordenó Marta.
Nekane obedeció sin rechistar. Marta le cruzó las muñecas a la espalda, pasó la cuerda varias vueltas y la ató al tronco con nudos firmes pero no cortantes —sabía lo que hacía—. Luego le bajó los pantalones beige cargo y las bragas hasta los tobillos de un tirón, dejando su culo expuesto al aire fresco de octubre. Sacó el cinturón ancho de Nekane —el mismo que llevaba integrado en los pantalones, con hebilla rápida— y lo dobló por la mitad.
Empezó suave: un azote seco en la nalga derecha. Nekane soltó un jadeo. Luego uno en la izquierda. Alternaba: azote fuerte, caricia suave con la palma abierta, dedos recorriendo la piel enrojecida. Bajaba la mano entre las piernas, metía dos dedos en el coño ya empapado, luego uno en el culo, girando lento. Cuando Nekane empezaba a arquearse, a gemir de placer, volvía el cinturón: azote más fuerte, dejando marcas rojas que se solapaban. Placer y dolor en oleadas. Marta la llevaba al límite: dedos profundos, frotando el punto G, clítoris hinchado entre pulgar e índice, hasta que Nekane temblaba, suplicante.
—Joder… por favor… déjame correrme… —gimió Nekane, la voz rota.
Pero Marta siguió jugando. Otra tanda de azotes. Y vuelta a empezar. La hacía llegar casi al orgasmo, pero paraba antes de que llegara y la castigaba. Le zurraba el culo con el cinturón. Una y otra vez.
Por fin Marta sonrió. Metió la mano entera en la vagina —puño lento, lubricado por los jugos de Nekane—, empujando hasta el antebrazo, girando dentro mientras con la otra mano pellizcaba el clítoris con fuerza.
—Ahora sí. córrete, puta.
El orgasmo fue brutal. Nekane se convulsionó entera, gritó ahogado contra el tronco, el cuerpo arqueado como un arco. Luego se quedó flácida. Se desmayó: cabeza colgando, rodillas dobladas, sostenida solo por la cuerda.
Me asusté de verdad.
—Marta… joder, ¿qué…?
—Tranquilo, Caco. Solo es un desmayo. Sobrecarga. Le pasa a muchas cuando el orgasmo es así de intenso. Respira.
Marta soltó la cuerda con cuidado, dejó que Nekane cayera despacio al suelo de tierra. La colocamos de lado en posición de recuperación. Respiraba, pero lenta. Marta se bajó los pantalones otra vez, se acuclilló sobre su cara y orinó: chorro caliente y largo directo a la boca y los ojos de Nekane. El olor a orina se mezcló con el de pino y sexo.
Nekane empezó a reaccionar: tos, ojos abiertos, confusión. Yo no pude contenerme. Me bajé la cremallera, apunté a su boca abierta y oriné también: chorro fuerte, apuntando a que tragara un poco. Nekane tosió, escupió, suplicó con voz débil:
—Para… por favor… basta…
Paramos. Nos subimos la ropa. Nekane se quedó sentada en el suelo, temblando, cara empapada de orina y lágrimas, pantalones aún bajados.
—Llevadme… al caserío de mi marido… no me tengo en pie… por favor…
La miré, aún con la adrenalina alta.
—Da gracias por haber obtenido tanto placer, puta.
Nekane bajó la cabeza, voz ronca.
—Gracias… gracias por… el placer.
La ayudamos a levantarse. Subió al asiento trasero como pudo, se acurrucó contra la puerta. Le di las llaves a Marta
—no, espera: me puse yo al volante.
Marta se sentó a mi lado en el asiento del copiloto. Nekane, desde atrás, balbuceó unas coordenadas GPS: un caserío en las afueras de Astigarraga, dirección rural, camino de tierra.
Metí las coordenadas en el móvil del coche. Arrancamos. Nekane se durmió casi al instante, cabeza contra la ventanilla, respiración profunda.
Marta me miró de reojo mientras conducía por la N-1 de vuelta.
—Ha sido… productivo el día, ¿no?
Asentí, sin apartar la vista de la carretera.
—Demasiado.
Pensaba en Carmen, en la coca que me esperaba mañana. En cómo acababa de compartir a Nekane con mi hermana como si fuera un juguete. En la culpa que debería sentir, pero que se diluía bajo capas de excitación y poder.
El sol otoñal bajaba ya. San Sebastián esperaba en el horizonte.
Llegamos al caserío siguiendo las coordenadas que Nekane había balbuceado antes de dormirse. Era un edificio típico vasco: fachada de piedra irregular con vigas de madera vistas pintadas de rojo sangre, tejado inclinado de teja curva, portalón grande de madera oscura y un balcón corrido en la planta superior. Estaba rodeado de prados verdes y pinos, con un camino de grava que crujía bajo las ruedas. Aparqué al lado de un par de todoterrenos viejos y una furgoneta blanca con matrícula antigua.

Kepa salió por la puerta principal antes de que apagáramos el motor. Alto, ancho de hombros, barba recortada, pelo corto canoso en las sienes, camiseta negra ajustada y pantalones cargo. El típico vasco de campo que parece capaz de partir troncos con las manos. Vio a Nekane dormida en el asiento trasero, cara aún húmeda y marcada, ropa desarreglada, y soltó una carcajada profunda.
—Joder, ¿qué le habéis hecho a esta? La habéis destrozado, eh.
Marta bajó del coche primero, con esa chulería que saca cuando sabe que tiene el control. Se cruzó de brazos, jersey azul aún impecable a pesar de todo.

—Le he metido la mano en el coño hasta el antebrazo. Y ha flipado.
Kepa se dobló de la risa, tos seca y ronca, como si le hubiera dado un ataque. Se apoyó en la puerta del coche, lágrimas en los ojos.
—Hostia puta… sois unos cabrones.
Entonces salieron tres hombres más del caserío. Mismos rollo que Kepa: robustos, barbudos, ropa de trabajo, miradas duras. Hablaron en euskera rápido y bajo, señalando el coche y a Nekane.
—¿Zer gertatu da? Nor dira horiek?
Kepa se recuperó de la tos, agitó la mano.
—Ez kezkatu, lagunak dira. Ez dago arazorik.
Los otros pusieron mala cara, pero no dijeron nada más. Se notaba quién mandaba allí: Kepa. Cogió a Nekane en brazos como si pesara nada —ella murmuró algo dormida—, y la llevó adentro sin esfuerzo. Nos miró por encima del hombro.
—Pasad, pasad. No os quedéis ahí como tontos.
Entramos detrás. El interior era puro caserío vasco: planta baja con suelo de piedra irregular, vigas de madera expuestas en el techo, una chimenea enorme en el centro con restos de fuego reciente. Olía a leña quemada, a chorizo ahumado y a algo metálico. En una una mesa larga de roble, había un montón de fusiles: rifles de cerrojo, escopetas de doble cañón, algún AR-15 modificado como los de las películas, cargadores apilados, cajas de munición de varios calibres —9 mm, .308, 12 gauge—. Demasiada para "cazadores". Parecían armas de guerra, no de montería.
Kepa lo notó y se encogió de hombros mientras dejaba a Nekane en un sofá viejo de cuero.
—Somos cazadores. El fin de semana estuvimos en el monte. Ahora las estamos limpiando.
Los tres amigos empezaron a recoger las armas y la munición, guardándolas en armarios reforzados sin mirarnos. No hablaban. Kepa, en cambio, era un anfitrión de puta madre: nos sentó a la mesa, sacó pan, queso Idiazabal, jamón, cerveza fría y chorizo a la sidra.
—Comed, que el día ha sido largo. ¿Verdad?
Preguntó cosas amables: cómo nos iba en San Sebastián, si nos gustaba el clima, si habíamos probado la cocina local. Los otros tres comían en silencio, mirándonos de reojo. Cuando terminamos, se levantaron casi sin despedirse —un gruñido, un gesto con la cabeza— y se fueron por una puerta lateral.
Marta miró alrededor, relajada.
—Son bonitos los caseríos. Es la primera vez que entro en uno de verdad.
Kepa se hinchó como un pavo real. Alagado, nos enseñó la casa con orgullo: explicó la arquitectura —las vigas de roble centenario, el portalón para entrar el ganado, el piso superior para secar el maíz y las patatas, la chimenea central que calentaba todo el edificio en invierno—. Habló de la historia: cómo los caseríos eran unidades autosuficientes desde hace siglos, familias enteras viviendo bajo el mismo techo con animales abajo y humanos arriba.
Luego nos llevó a un almacén anexo, abrió una puerta reforzada y encendió la luz.
Allí estaba: una sala de juegos sadomasoquistas completa. Paredes insonorizadas con paneles negros, suelo de goma antideslizante. En el centro, un potro de spanking de madera con correas de cuero en las cuatro patas. Al lado, una cruz de San Andrés de metal con argollas en cada extremo. Un banco de bondage con múltiples puntos de fijación, una jaula de acero para meter a alguien de rodillas. En las paredes: estanterías con látigos, floggers de cuero y de goma, paddles de madera con agujeros, canes de bambú y ratán, esposas de metal y cuero, collares con cadena, mordazas de bola, máscaras de látex, spreader bars, cuerdas de yute y nylon enrolladas, pinzas para pezones con pesos, electrodos para estimulación eléctrica, un fucking machine con dildo intercambiable montado en un trípode, un vacbed de látex negro con tubo de vacío, y en una esquina un St. Andrew's cross con suspension points en el techo para atar de pies y manos. Todo limpio, ordenado, profesional. Como en una mazmorra de club.
Me di cuenta de inmediato. En Barcelona 2018, con Rosa, había estado en una sala casi idéntica —misma disposición, mismos artilugios—. No había tanta gente montando dungeons privados así. Supuse que Kepa y el amigo de Rosa compartían contactos, o quizás un proveedor común. El mundo del BDSM extremo no era tan grande.
Kepa sonrió al ver mi cara.
—¿Os gusta? Es mi hobby. Tranquilos, aquí no juzgamos.
No entramos más. Kepa cerró la puerta y nos ofreció llevarnos de vuelta.
Montamos en su furgoneta blanca —un Mercedes Sprinter viejo pero cuidado—. Nos dejó a un par de calles del Gobierno Civil, en una zona peatonal.
—No me acerco ni loco a ese edificio —dijo riendo—. Demasiados uniformes. Ya sabéis dónde estoy si queréis repetir.
Arrancó y se fue, todavía riendo.
Antes de volver al ático, teníamos que pasar por el Gobierno Civil. Subimos al despacho con los documentos de la inspección. El acta corregida (ahora con las medidas exactas y las fotos geolocalizadas), las notas de campo, las fotos del móvil oficial transferidas al ordenador. Todo en regla, aunque el día había sido cualquier cosa menos rutinario.
Dejamos la carpeta en la bandeja de salida de la sección de inspecciones viales.
Al pasar por el control de seguridad pregunté por mi controlador. Ya se había ido pero se ofrecieron a llamarle si era urgente. Dije que no, pero que mañana martes tenía que hablar con el. Me recomendaron que fuera allí mismo a primera hora.
Salimos del edificio. El sol de octubre seguía tibio, el cielo limpio, así que decidimos ir caminando al ático. La Parte Vieja estaba a quince minutos a pie: callejuelas empedradas, olor a pintxos flotando desde los bares, turistas con cámaras y locales apresurados. Marta caminaba a mi lado, coleta alta balanceándose, jersey azul aún impecable a pesar de la mañana infernal. Yo llevaba la mochila al hombro, sintiendo el peso de todo lo que había pasado.
Al pasar por la plaza de Guipúzcoa, rompí el silencio.
—¿Te has fijado en la sala de dominación? Por fuera parecía más grande que por dentro.
Marta asintió despacio, sin mirarme.
—Sí. Me fijé en las dimensiones. El almacén donde nos enseñó la sala… no ocupaba todo el espacio que debería. Miré a ver si había otra puerta, pero no la vi.
Nos miramos un segundo. No hacía falta decir más. Los dos lo sabíamos: había una puerta oculta. Otra sala. Algo que Kepa no quería enseñar.
Seguimos caminando. El viento fresco traía olor a sal desde la bahía.
—No sé de armas —continué yo—, pero algunas de esas no parecían de caza. Demasiado… modernas.
Marta soltó una risa corta, casi profesional.
—Claro que no eran de caza. Vi al menos tres AR-15 tuneados: cañones pesados de 16 pulgadas, supresores roscados, visores holográficos EOTech, miras nocturnas ATN de cuarta generación. Uno tenía un selector de fuego full-auto modificado —ilegal en España para civiles—. Otro rifle era un AK-103 con culata plegable y grip vertical. Munición: cajas de 5.56 NATO, 7.62x39, incluso .300 Blackout subsónica para supresores. Alguien se ha gastado una pasta gorda en accesorios: visores térmicos Pulsar, láseres IR. Eso no es para jabalíes ni corzos. Eso es para otra cosa.
Hizo una pausa, mirando al frente.
—Kepa no es solo un cazador aficionado. Y esa sala de juegos… no es la única habitación que tienen ahí.
No respondí. Solo asentí. El silencio volvió, pero era un silencio compartido, cargado. Llegamos al Kale Boulevard 22. Subimos las escaleras estrechas hasta el ático. La trampilla chirrió al abrirse. El sol entraba por la ventana minúscula, calentando el monoambiente. Olía a porro viejo y a nosotros.
Dejé la mochila en el suelo. Marta se quitó los zapatos y se sentó en el colchón, piernas cruzadas.
—Mañana tienes lo de Carmen —dijo, sin rodeos.
—Sí.
—¿Vas a ir?
La miré. La culpa estaba ahí, pero también la excitación. El craving por la coca, la sumisión, el control externo.
—No lo sé. Pero creo que sí.
Marta sonrió de lado.
—Pues tráeme un poco si sobra. Y ten cuidado, Caco.
Se levantó, fue a la cocina y sacó el último porro que nos quedaba. Lo encendió, dio una calada y me lo pasó.
Fumamos en silencio, mirando el techo inclinado. El día había sido una locura: Nekane destrozada, el caserío, las armas, la sala oculta. Mañana, Carmen y su piso discreto.
Pero por ahora, solo estábamos nosotros. En nuestro ático, en San Sebastián, intentando no hundirnos del todo.

Siguiente capítulo

Me desperté antes de que el sol terminara de colarse por la trampilla, con el cuerpo aún pesado por la resaca emocional del domingo en el Urgull. Marta dormía a mi lado, boca abajo, con la sábana enrollada en las piernas y el tatuaje del AK-47 asomando por el borde de sus shorts. El ático olía a porro viejo, a sudor seco y a ese pachulí residual que Mari había dejado como huella invisible. Era lunes. El craving por la coca seguía ahí, un zumbido bajo en la nuca, pero lo ignoré como pude. Me obligué a levantarme.
-¿Caco? ¿Ya?-, murmuró Marta sin abrir los ojos.
-Vamos a correr un rato. Necesito despejarme.-
Ella gruñó, pero se incorporó. El día era perfecto: soleado sin ser caluroso, unos 17-18 °C, cielo limpio, ese viento fresco del norte que olía a mar y a pino. Nos pusimos las zapatillas, shorts y camisetas viejas, y salimos por las callejuelas de la Parte Vieja. El barrio aún dormía, solo algún repartidor y el eco de las persianas subiendo. Bajamos hasta la playa de la Concha y corrimos por el paseo marítimo, el arenal dorado a nuestra izquierda, las olas rompiendo suaves. Marta iba delante, su cuerpo musculado moviéndose con esa gracia atlética que siempre me había impresionado. Yo la seguía, sintiendo el sudor limpiarme por dentro, el ritmo constante ahogando los pensamientos sobre Rosa, sobre Mari, sobre el susurro de doña Carmen el sábado.

Volvimos al ático jadeando, nos duchamos rápido en el baño minúsculo –ella primero, yo después, sin tiempo para juegos– y desayunamos lo de siempre: café instantáneo, pan tostado con tomate y aceite, un par de huevos revueltos en la sartén de los dos fuegos. Comimos en silencio, pero no era un silencio incómodo; era el de dos personas que ya no necesitan llenar cada hueco con palabras.
-Hoy toca rutina-, dijo ella al final, besándome en la frente. -No la cagues en el curro, hermano.-
Llegué al Gobierno Civil a las 8:45, con el pelo aún húmedo y la mochila al hombro. El edificio era gris, funcional, con esa atmósfera de papel y fluorescente que me recordaba demasiado a las oposiciones. Me senté en mi mesa –un cubículo estrecho con vistas a un patio interior–, encendí el ordenador y empecé a revisar los informes pendientes de inspecciones viales. Todo parecía normal, hasta que sonó el teléfono interno.
-Doña Carmen quiere verte en su despacho. Ahora.-

Subí las escaleras con el estómago revuelto. El despacho de Carmen era amplio, con ventana a la calle, un escritorio de madera oscura y estanterías llenas de expedientes. Ella estaba de pie, con su traje sastre, el pelo recogido en un moño impecable y esa sonrisa que no llegaba a los ojos. Cerró la puerta detrás de mí y señaló la silla frente al escritorio.
-Siéntate, Carlos.-
Obedecí. Ella se sentó también, cruzando las piernas con deliberada lentitud.
-Primero, lo laboral. Hoy sales de nuevo a hacer mediciones con Nekane. Hay que levantar acta por unas irregularidades en el tramo de la N-1 cerca de Astigarraga. Como es inspección con implicaciones administrativas, os acompaña alguien del departamento jurídico. Y como nadie quiere perder la mañana en eso... seguramente te tocará Marta.-
Sentí un alivio mezclado con nervios. Ver a Marta en el trabajo, aunque fuera en modo profesional, era un recordatorio de lo frágil que era nuestra normalidad. Asentí.
-Perfecto. Nekane te pasa los detalles por correo. Salís a las 10.-
Hizo una pausa, inclinándose hacia adelante. Sus ojos se oscurecieron.
-Ahora, lo interesante.-
Mi pulso se aceleró. Sabía a qué se refería. El susurro del sábado –"tengo acceso a buena coca, si te portas bien"– había estado dando vueltas en mi cabeza todo el fin de semana.
-Quiero establecer normas claras, Carlos. No quiero malentendidos. Vamos a negociar lo que puedes hacerme y lo que no. Y lo que yo te haré a ti.-
Tragué saliva. Debería haberle dicho que no, que estaba limpio, que no necesitaba eso. Pero la tentación era más fuerte que la razón. El craving latía como un segundo corazón.
-Empieza tú-, dije, la voz ronca.
Ella sonrió, satisfecha.
-Cada vez que nos veamos, yo aporto cocaína de buena calidad. No barata, no cortada. Tú la consumes conmigo. A cambio, durante los encuentros sexuales, serás mi sumiso. Totalmente. Admitirás golpes –en la cara, en el cuerpo–, insultos, ser atado, asfixia controlada. Te follaré como yo quiera, con lo que yo quiera. Solo pasarás a ser activo cuando yo te lo ordene. Y cuando acabe el acto sexual, todo vuelve a ser profesional. Aquí dentro, soy tu jefa. Fuera, no existimos el uno para el otro en ese plano.-
Cada palabra era un clavo en mi culpa, pero también un alivio extraño. Sumisión. Control externo. Como con Rosa en 2018. Sentí la erección creciendo bajo la mesa, traicionándome.
-¿Y la palabra de control?-, pregunté.
-Logroño. Simple, fácil de recordar. La dices y paro al instante. Sin preguntas.-
Asentí. Negociamos un par de detalles más: nada de marcas visibles que pudieran verse en el trabajo, nada de fotos o grabaciones, encuentros solo en un piso discreto que ella tenía acceso. Nada en el ático, nada que involucrara a Marta directamente –aunque no lo dijo, lo entendí como advertencia implícita.
-Bien-, concluyó. -Voy a imprimirlo.-
Sacó una hoja, tecleó rápido en su ordenador y la imprimió. Era un texto breve, casi contractual: los términos que habíamos acordado, sin nombres propios, solo iniciales C. y C. (Carmen y Carlos, supuse). Lo leyó en voz alta, despacio, y luego me lo pasó.
-Fírmalo.-
Firmé con mano temblorosa. Ella firmó debajo. Luego, los dos nos reímos –una risa nerviosa, casi histérica– porque sabíamos que ese papel no valía nada legalmente, y porque ninguno quería que existiera prueba física de aquello. Lo rompió en pedazos pequeños y los tiró a la papelera.
-Perfecto. El primer encuentro será mañana martes por la tarde, a las 18:00. Te mando la dirección por un mensaje encriptado al móvil personal. Ven limpio, duchado, sin excusas.-
Se levantó, rodeó el escritorio y se acercó. Me rozó la mejilla con los dedos, un gesto casi tierno.
-Ahora vete a tu mesa. Y disfruta el día pensando en mañana.-
Salí del despacho con las piernas flojas. Volví a mi sitio, me senté y noté inmediatamente la erección dolorosa presionando contra la tela del pantalón. Intenté concentrarme en el correo de Nekane –los detalles de la salida–, pero mi mente estaba en otra parte: en el piso discreto, en la coca que me esperaba, en la sumisión que acababa de firmar. La culpa era un nudo en el estómago, pero debajo, muy debajo, había una excitación aterrorizada que no podía negar.
Marta llegaría pronto para la inspección conjunta. Tendría que fingir normalidad. Como siempre.
Me senté en mi cubículo intentando concentrarme en el correo de Nekane —detalles del tramo de la N-1, coordenadas GPS, fotos previas de las irregularidades en el firme—, pero mi cabeza seguía en el despacho de Carmen. El papel imaginario con nuestra firma seguía quemándome en la memoria, aunque ya estuviera hecho trizas en su papelera. La erección había bajado un poco, pero el nudo en el estómago no se iba. Cada pocos minutos miraba hacia la puerta de entrada del pasillo, esperando —o temiendo— ver aparecer a Marta.Y apareció.

Venía caminando con paso firme, coleta alta balanceándose, jersey azul cobalto ceñido que marcaba justo lo necesario sin ser provocativo, pantalón negro ajustado que resaltaba sus piernas tonificadas del gym. Profesional, impecable, como si nunca hubiéramos compartido colchón ni secretos ni semen en la cara. Llevaba una carpeta fina bajo el brazo y una sonrisa neutra de "estoy aquí por trabajo". Cuando llegó a mi mesa se paró, apoyó una mano en el respaldo de mi silla y se inclinó lo justo para que solo yo la oyera.
—Ey, Caco. Me han mandado a mí porque soy la última en llegar a San Sebastián y me toca bailar con la más fea. O sea, contigo y Nekane en el arcén de la N-1. Qué suerte la mía.
Intenté reír, pero salió forzado. Un sonido seco, como si me hubiera atragantado. Bajé la mirada al monitor, fingiendo leer algo importante.
—Genial. Nekane ya mandó los detalles. Salimos en… —miré el reloj— veinte minutos.
Marta ladeó la cabeza, estudiándome. Sus ojos se entrecerraron un segundo. Esa mirada que siempre tenía cuando detectaba mierda debajo de la superficie.
—Estás raro. Muy raro.
—Estoy bien. Solo… lunes, ya sabes.
Ella se acercó más, hablando bajito, con esa sonrisa de "todo normal" para cualquiera que pasara por el pasillo, pero la voz baja y cortante solo para mí.
—¿Qué coño pasa, Carlos? Suéltalo ya.
Me rendí. No podía mentirle a ella. No después del Urgull, no después de Mari, no después de todo. Bajé la voz hasta casi un susurro, mirando al frente como si estuviera hablando solo.
—Carmen. Mi jefa. Me ha llamado al despacho antes. Primero lo del trabajo, luego… lo otro. Me ha propuesto un acuerdo. Coca de buena calidad cada vez que nos veamos. A cambio, durante los encuentros, soy su sumiso. Golpes, insultos, ataduras, asfixia… lo que ella quiera. Solo activo si ella ordena. Palabra de seguridad: Logroño. Lo hemos firmado en un papel que luego ha roto. Primer encuentro mañana martes por la tarde, en un piso discreto que tiene.
Silencio. Dos segundos eternos. Esperé el grito, el tortazo, el "eres un puto enfermo". Nada.
Marta soltó el aire despacio, casi como un suspiro de alivio.
—Joder, Caco… ¿Y has dicho que sí?
Asentí, sin mirarla.
—No debería. Pero… la tentación. El craving. No he tocado dura desde julio, pero esto… me ha podido.
Ella se quedó callada un momento más. Luego, con voz calmada, sin rastro de reproche:
—Vale. Si sobra un poco de coca, tráela a casa. No me jodas con que no.
—Se guarda lo que sobra. Lo ha dicho claro.
—Pues que se joda ella. —Hizo una pausa, y añadió casi divertida
—: Pero si consigues rascar algo, ya sabes dónde estoy.
La miré por fin. No había ira. Solo esa complicidad retorcida que siempre habíamos tenido. Pensé que quizás había hablado demasiado. Que acababa de meterla en el mismo pozo. Pero antes de que pudiera decir nada más, sonó el teléfono interno.
—Carlos, Nekane os está esperando en el parking subterráneo. Baja ya.
Colgué. Marta me dio un golpecito suave en el hombro, como si fuéramos solo compañeros.
—Vamos. A trabajar.

Bajamos juntos en el ascensor, en silencio. El parking era frío, fluorescente, olía a gasolina y hormigón húmedo. Nekane ya estaba junto a su coche oficial —un Peugeot 308 gris anodino con el escudo del Gobierno Vasco en las puertas—. Vestida para el terreno: chaqueta verde oliva técnica con capucha alta, pantalones beige cargo, beanie negro ajustado, botas de trekking marrón oscuro, mochila negra con correas cruzadas. Parecía salida de una ruta de montaña más que de una inspección vial. Nos vio llegar y su expresión se torció en una mueca de fastidio.
En cuanto estuvimos a tres metros empezó a soltar en euskera, rápido y grosero, señalando a Marta con la barbilla.
—Zer da hau? Zergatik bidali dute bulegoko neska bat hona? Ez dakit ezer egiten, eta gainera itxura hori… putakume bat dirudi.
No entendí nada —mi euskera es inexistente—, pero capté el tono despectivo, el "putakume" clarísimo, y cómo la señalaba como si fuera un estorbo con tetas.
No me lo pensé.
Di un paso adelante, le abrí la cremallera de la chaqueta de un tirón seco —lo justo para meter la mano dentro—, busqué el pezón bajo la camiseta térmica y lo retorcí con fuerza, girando.
—Creí que había quedado claro quién manda aquí.
Nekane se quedó helada. Abrió los ojos como platos, miró a derecha e izquierda por si alguien nos veía desde las plazas del parking. No había nadie. El lugar estaba desierto.
Intentó protestar, la voz temblorosa.
—Baina… zer egiten ari zara…?
Volví a apretar, más fuerte esta vez, clavando las uñas. Ella soltó un gemido corto: mitad queja, mitad placer involuntario. El cuerpo se le tensó, las rodillas flojearon un instante. Su cara pasó del enfado al miedo, y luego a algo más confuso, más sumiso.
La solté despacio, cerrándole la chaqueta como si nada.
—Sube al coche. Conduce tú. Y la próxima vez que abras la boca para faltarle el respeto a mi hermana, te retuerzo algo que duela más.
Marta, a mi lado, no dijo nada. Solo sonrió de lado, esa sonrisa que conocía demasiado bien: mezcla de orgullo y morbo. Nekane tragó saliva, abrió la puerta del conductor sin rechistar y se sentó al volante.
Yo me subí detrás con Marta. El coche arrancó con un ronroneo suave.
El trayecto hacia Astigarraga empezó en silencio absoluto.
El trayecto hasta el tramo problemático de la N-1 fue un silencio espeso, roto solo por el ronroneo del motor y el ocasional crujido de la grava cuando Nekane tomaba alguna curva. Yo iba atrás con Marta, nuestras rodillas rozándose en el asiento estrecho del Peugeot oficial. Ella miraba por la ventana, fingiendo interés en el paisaje otoñal: colinas verdes salpicadas de pinos, el mar Cantábrico lejano al norte, carreteras que serpenteaban entre caseríos. Nekane conducía rígida, con los nudillos blancos en el volante, la chaqueta verde oliva aún un poco descolocada donde yo había metido la mano. No dijo ni una palabra más en euskera ni en castellano. Buen comienzo.
Llegamos al punto de inspección alrededor de las 11:00. Era un tramo recto de la nacional cerca de Astigarraga, con obras recientes en el firme: parches de asfalto nuevo, grietas en el borde, hundimientos leves que habían motivado la queja de algún transportista. Aparcamos en un camino de tierra apartado que salía del arcén, un sendero estrecho flanqueado por zarzales y pinos bajos, lo suficientemente discreto para que nadie nos molestara mientras medíamos y tomábamos notas. El sol seguía tibio, el viento fresco traía olor a resina y tierra húmeda. Nekane sacó el metro láser, el nivel de burbuja y la libreta de su mochila. Yo cargaba el trípode y las señales de obra. Marta llevaba la carpeta con los expedientes y el acta en blanco.
Empezamos el trabajo. Nekane marcaba los puntos con spray naranja, yo medía las irregularidades (profundidad de baches, desniveles transversales), y Marta debía anotar todo en el acta: mediciones exactas, fotos con móvil oficial, observaciones jurídicas sobre posibles responsabilidades del contratista.
Ahí empezaron los errores tontos. Primero, Marta midió mal un desnivel: leyó el láser al revés y anotó 12 mm en vez de 21 mm. Nekane lo pilló al instante y soltó un bufido. Luego, al hacer la foto del bache principal, olvidó activar el geolocalizador del móvil, así que la imagen no tenía coordenadas GPS incrustadas. Nekane puso los ojos en blanco.
—Hostia, ¿es en serio? —dijo en castellano por fin, con voz cortante—. Esto es básico, joder. Si no lo haces bien, el acta no vale una mierda y volvemos a empezar.
Marta se sonrojó un poco, pero no contestó. Se limitó a corregir las notas con cara de póker. Yo observaba desde atrás, conteniendo una sonrisa. Nekane pensó que había recuperado el control, que podía volver a ser la dura del grupo. Cuando terminamos y volvíamos al coche por el camino apartado —el Peugeot aparcado a unos 20 metros, oculto tras una curva de zarzales—, Nekane no pudo resistirse.
—Falta de profesionalidad total —dijo, dirigiéndose a mí pero mirando a Marta—. La nueva no sabe ni medir un bache. ¿Esto es lo que mandan del jurídico ahora?
Me hizo gracia. Mucha gracia. El poder que acababa de reclamar en el parking seguía latiendo en mí, y ver a Nekane intentado recuperar terreno me encendió. Paré en seco, justo al lado del coche.
—Marta —dije calmado, mirándola a los ojos—. Castígala tú.
Marta levantó una ceja, pero sonrió de lado. Esa sonrisa que conocía: la de cuando su lado protector y dominante salía a jugar. Sin decir nada, se acercó a Nekane con paso rápido. Nekane retrocedió un paso, pero Marta fue más rápida. Agarró su brazo derecho, lo giró hacia atrás en un movimiento fluido, bajó la cadera y tiró de ella hacia el suelo. Fue una llave de armbar clásica de Brazilian Jiu-Jitsu (BJJ): controló la muñeca de Nekane, se sentó a horcajadas sobre su torso, extendió la pierna sobre el pecho para inmovilizarla y tiró del brazo hacia arriba mientras arqueaba la espalda, extendiendo el codo en hiperextensión dolorosa. Nekane soltó un grito ahogado, el cuerpo tenso en el suelo de tierra.
—No te muevas —dijo Marta con voz baja y firme—. O te lo rompo.
Nekane jadeaba, el beanie negro torcido, los ojos abiertos de sorpresa y miedo. Marta no soltó la presión del todo, pero se inclinó hacia adelante, se bajó los pantalones negros ajustados hasta las rodillas —dejando al descubierto su coño depilado total, ya húmedo por la adrenalina—, y se sentó directamente sobre la cara de Nekane, tapándole la boca y la nariz con su sexo.
—Chúpamelo —ordenó Marta—. Ahora.
Nekane forcejeó, la voz amortiguada bajo el peso.
—No… no soy lesbiana… yo no…
No terminó la frase. Yo me agaché detrás de ella, le bajé los pantalones beige cargo de un tirón hasta los tobillos, exponiendo su culo firme y su coño rasurado. Metí los dedos entre sus piernas, encontré el clítoris hinchado y lo retorcí con fuerza, como había hecho con el pezón antes.
Nekane arqueó la espalda, soltó un gemido largo de dolor-placer. Y empezó a lamer. Primero tímida, luego con más urgencia: lengua plana recorriendo los labios de Marta, succionando el clítoris, metiéndose dentro.
Marta gimió, agarrando el pelo de Nekane bajo el beanie.
—Joder… para no ser lesbiana lo haces muy muy bien. Esto no es el primer coño que te comes, ¿verdad?
Nekane no contestó, solo lamió más profundo, las manos ahora sujetando los muslos de Marta por instinto.
Con ella ya dominada, nos recomponemos un poco. Marta se quitó del todo los pantalones y los arrojó al asiento trasero del coche por la ventanilla abierta. Se sentó en el capó del Peugeot, piernas abiertas hacia afuera, coño expuesto al aire fresco. Nekane, sin que nadie se lo dijera, se arrodilló entre sus piernas y metió la cabeza de nuevo, chupando con devoción, lengua rápida en el clítoris, dedos abriendo los labios.
Yo me puse detrás de Nekane. Le bajé las bragas del todo, escupí en mi mano y me lubriqué la polla. La penetré primero por la vagina: entrada lenta pero profunda, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. Empecé a bombear fuerte, alternando con embestidas en el culo —sacándola, apuntando al ano apretado, empujando hasta el fondo—. Cada vez que entraba por detrás, le daba un azote seco en una nalga, luego en la otra, dejando marcas rojas. Le pellizcaba los pezones a través de la camiseta térmica, retorciéndolos hasta que gemía contra el coño de Marta. Le insultaba sin parar:
—Puta sumisa… zorra de carretera… te gusta que te follen como a una perra, ¿eh? Mira cómo chupas, guarra… no vales ni para medir baches, pero para esto sí…
Cada insulto la ponía más. Su coño chorreaba, el culo se abría más fácil con cada embestida alterna. Gemía alto contra Marta, el cuerpo temblando. Marta le agarraba la cabeza, frotándose contra su boca, acercándose al orgasmo.
Nos corrimos casi al unísono. Primero Marta: arqueó la espalda contra el capó, gritó bajito y eyaculó un chorro caliente en la cara de Nekane. Luego Nekane: se contrajo alrededor de mi polla, el cuerpo convulsionando, un orgasmo violento que la dejó temblando de rodillas. Yo salí del culo, me masturbé dos veces más y me corrí en su espalda, semen caliente salpicando la chaqueta verde oliva.
Quedamos jadeando un momento. El camino seguía desierto. El sol otoñal calentaba el capó. Nekane se levantó despacio, cara empapada, pantalones subidos a medias, expresión aturdida pero satisfecha.
Marta se limpió con una toallita del coche, se puso los pantalones y sonrió.
—Acta terminada.
Justo cuando íbamos a subir al coche, Marta se detuvo. Miró a Nekane y luego a mí. Tenía esa sonrisa lenta, la que ponía cuando algo le rondaba la cabeza y sabía que iba a ser bueno.
—¿Puedo jugar un poco con tu puta, Caco?
Sabía que Marta nunca perdía el control. Nunca. Con su entrenamiento de defensa personal —padre ex boina verde, años de krav magá y jiu-jitsu—, siempre medía hasta dónde podía llevar las cosas. Y cuando decía “jugar un poco”, solía ser intenso, pero seguro. Interesante. Muy interesante.
—Claro que sí —respondí, sintiendo otra vez esa erección traicionera—. Mi puta está a tu servicio.
Nekane levantó la cabeza, ojos vidriosos, pero no protestó. Marta se movió rápido. Abrió el maletero del Peugeot, rebuscó un momento y sacó una cuerda gruesa de nailon —de las que usan para asegurar material de obra, unos cinco metros enrollados—. La desenrolló con calma, agarró a Nekane por el brazo y la llevó hasta un pino joven y recto que había a unos metros del camino, lo suficientemente apartado para que no se viera desde la carretera.
—Manos atrás —ordenó Marta.
Nekane obedeció sin rechistar. Marta le cruzó las muñecas a la espalda, pasó la cuerda varias vueltas y la ató al tronco con nudos firmes pero no cortantes —sabía lo que hacía—. Luego le bajó los pantalones beige cargo y las bragas hasta los tobillos de un tirón, dejando su culo expuesto al aire fresco de octubre. Sacó el cinturón ancho de Nekane —el mismo que llevaba integrado en los pantalones, con hebilla rápida— y lo dobló por la mitad.
Empezó suave: un azote seco en la nalga derecha. Nekane soltó un jadeo. Luego uno en la izquierda. Alternaba: azote fuerte, caricia suave con la palma abierta, dedos recorriendo la piel enrojecida. Bajaba la mano entre las piernas, metía dos dedos en el coño ya empapado, luego uno en el culo, girando lento. Cuando Nekane empezaba a arquearse, a gemir de placer, volvía el cinturón: azote más fuerte, dejando marcas rojas que se solapaban. Placer y dolor en oleadas. Marta la llevaba al límite: dedos profundos, frotando el punto G, clítoris hinchado entre pulgar e índice, hasta que Nekane temblaba, suplicante.
—Joder… por favor… déjame correrme… —gimió Nekane, la voz rota.
Pero Marta siguió jugando. Otra tanda de azotes. Y vuelta a empezar. La hacía llegar casi al orgasmo, pero paraba antes de que llegara y la castigaba. Le zurraba el culo con el cinturón. Una y otra vez.
Por fin Marta sonrió. Metió la mano entera en la vagina —puño lento, lubricado por los jugos de Nekane—, empujando hasta el antebrazo, girando dentro mientras con la otra mano pellizcaba el clítoris con fuerza.
—Ahora sí. córrete, puta.
El orgasmo fue brutal. Nekane se convulsionó entera, gritó ahogado contra el tronco, el cuerpo arqueado como un arco. Luego se quedó flácida. Se desmayó: cabeza colgando, rodillas dobladas, sostenida solo por la cuerda.
Me asusté de verdad.
—Marta… joder, ¿qué…?
—Tranquilo, Caco. Solo es un desmayo. Sobrecarga. Le pasa a muchas cuando el orgasmo es así de intenso. Respira.
Marta soltó la cuerda con cuidado, dejó que Nekane cayera despacio al suelo de tierra. La colocamos de lado en posición de recuperación. Respiraba, pero lenta. Marta se bajó los pantalones otra vez, se acuclilló sobre su cara y orinó: chorro caliente y largo directo a la boca y los ojos de Nekane. El olor a orina se mezcló con el de pino y sexo.
Nekane empezó a reaccionar: tos, ojos abiertos, confusión. Yo no pude contenerme. Me bajé la cremallera, apunté a su boca abierta y oriné también: chorro fuerte, apuntando a que tragara un poco. Nekane tosió, escupió, suplicó con voz débil:
—Para… por favor… basta…
Paramos. Nos subimos la ropa. Nekane se quedó sentada en el suelo, temblando, cara empapada de orina y lágrimas, pantalones aún bajados.
—Llevadme… al caserío de mi marido… no me tengo en pie… por favor…
La miré, aún con la adrenalina alta.
—Da gracias por haber obtenido tanto placer, puta.
Nekane bajó la cabeza, voz ronca.
—Gracias… gracias por… el placer.
La ayudamos a levantarse. Subió al asiento trasero como pudo, se acurrucó contra la puerta. Le di las llaves a Marta
—no, espera: me puse yo al volante.
Marta se sentó a mi lado en el asiento del copiloto. Nekane, desde atrás, balbuceó unas coordenadas GPS: un caserío en las afueras de Astigarraga, dirección rural, camino de tierra.
Metí las coordenadas en el móvil del coche. Arrancamos. Nekane se durmió casi al instante, cabeza contra la ventanilla, respiración profunda.
Marta me miró de reojo mientras conducía por la N-1 de vuelta.
—Ha sido… productivo el día, ¿no?
Asentí, sin apartar la vista de la carretera.
—Demasiado.
Pensaba en Carmen, en la coca que me esperaba mañana. En cómo acababa de compartir a Nekane con mi hermana como si fuera un juguete. En la culpa que debería sentir, pero que se diluía bajo capas de excitación y poder.
El sol otoñal bajaba ya. San Sebastián esperaba en el horizonte.
Llegamos al caserío siguiendo las coordenadas que Nekane había balbuceado antes de dormirse. Era un edificio típico vasco: fachada de piedra irregular con vigas de madera vistas pintadas de rojo sangre, tejado inclinado de teja curva, portalón grande de madera oscura y un balcón corrido en la planta superior. Estaba rodeado de prados verdes y pinos, con un camino de grava que crujía bajo las ruedas. Aparqué al lado de un par de todoterrenos viejos y una furgoneta blanca con matrícula antigua.

Kepa salió por la puerta principal antes de que apagáramos el motor. Alto, ancho de hombros, barba recortada, pelo corto canoso en las sienes, camiseta negra ajustada y pantalones cargo. El típico vasco de campo que parece capaz de partir troncos con las manos. Vio a Nekane dormida en el asiento trasero, cara aún húmeda y marcada, ropa desarreglada, y soltó una carcajada profunda.
—Joder, ¿qué le habéis hecho a esta? La habéis destrozado, eh.
Marta bajó del coche primero, con esa chulería que saca cuando sabe que tiene el control. Se cruzó de brazos, jersey azul aún impecable a pesar de todo.

—Le he metido la mano en el coño hasta el antebrazo. Y ha flipado.
Kepa se dobló de la risa, tos seca y ronca, como si le hubiera dado un ataque. Se apoyó en la puerta del coche, lágrimas en los ojos.
—Hostia puta… sois unos cabrones.
Entonces salieron tres hombres más del caserío. Mismos rollo que Kepa: robustos, barbudos, ropa de trabajo, miradas duras. Hablaron en euskera rápido y bajo, señalando el coche y a Nekane.
—¿Zer gertatu da? Nor dira horiek?
Kepa se recuperó de la tos, agitó la mano.
—Ez kezkatu, lagunak dira. Ez dago arazorik.
Los otros pusieron mala cara, pero no dijeron nada más. Se notaba quién mandaba allí: Kepa. Cogió a Nekane en brazos como si pesara nada —ella murmuró algo dormida—, y la llevó adentro sin esfuerzo. Nos miró por encima del hombro.
—Pasad, pasad. No os quedéis ahí como tontos.
Entramos detrás. El interior era puro caserío vasco: planta baja con suelo de piedra irregular, vigas de madera expuestas en el techo, una chimenea enorme en el centro con restos de fuego reciente. Olía a leña quemada, a chorizo ahumado y a algo metálico. En una una mesa larga de roble, había un montón de fusiles: rifles de cerrojo, escopetas de doble cañón, algún AR-15 modificado como los de las películas, cargadores apilados, cajas de munición de varios calibres —9 mm, .308, 12 gauge—. Demasiada para "cazadores". Parecían armas de guerra, no de montería.
Kepa lo notó y se encogió de hombros mientras dejaba a Nekane en un sofá viejo de cuero.
—Somos cazadores. El fin de semana estuvimos en el monte. Ahora las estamos limpiando.
Los tres amigos empezaron a recoger las armas y la munición, guardándolas en armarios reforzados sin mirarnos. No hablaban. Kepa, en cambio, era un anfitrión de puta madre: nos sentó a la mesa, sacó pan, queso Idiazabal, jamón, cerveza fría y chorizo a la sidra.
—Comed, que el día ha sido largo. ¿Verdad?
Preguntó cosas amables: cómo nos iba en San Sebastián, si nos gustaba el clima, si habíamos probado la cocina local. Los otros tres comían en silencio, mirándonos de reojo. Cuando terminamos, se levantaron casi sin despedirse —un gruñido, un gesto con la cabeza— y se fueron por una puerta lateral.
Marta miró alrededor, relajada.
—Son bonitos los caseríos. Es la primera vez que entro en uno de verdad.
Kepa se hinchó como un pavo real. Alagado, nos enseñó la casa con orgullo: explicó la arquitectura —las vigas de roble centenario, el portalón para entrar el ganado, el piso superior para secar el maíz y las patatas, la chimenea central que calentaba todo el edificio en invierno—. Habló de la historia: cómo los caseríos eran unidades autosuficientes desde hace siglos, familias enteras viviendo bajo el mismo techo con animales abajo y humanos arriba.
Luego nos llevó a un almacén anexo, abrió una puerta reforzada y encendió la luz.
Allí estaba: una sala de juegos sadomasoquistas completa. Paredes insonorizadas con paneles negros, suelo de goma antideslizante. En el centro, un potro de spanking de madera con correas de cuero en las cuatro patas. Al lado, una cruz de San Andrés de metal con argollas en cada extremo. Un banco de bondage con múltiples puntos de fijación, una jaula de acero para meter a alguien de rodillas. En las paredes: estanterías con látigos, floggers de cuero y de goma, paddles de madera con agujeros, canes de bambú y ratán, esposas de metal y cuero, collares con cadena, mordazas de bola, máscaras de látex, spreader bars, cuerdas de yute y nylon enrolladas, pinzas para pezones con pesos, electrodos para estimulación eléctrica, un fucking machine con dildo intercambiable montado en un trípode, un vacbed de látex negro con tubo de vacío, y en una esquina un St. Andrew's cross con suspension points en el techo para atar de pies y manos. Todo limpio, ordenado, profesional. Como en una mazmorra de club.
Me di cuenta de inmediato. En Barcelona 2018, con Rosa, había estado en una sala casi idéntica —misma disposición, mismos artilugios—. No había tanta gente montando dungeons privados así. Supuse que Kepa y el amigo de Rosa compartían contactos, o quizás un proveedor común. El mundo del BDSM extremo no era tan grande.
Kepa sonrió al ver mi cara.
—¿Os gusta? Es mi hobby. Tranquilos, aquí no juzgamos.
No entramos más. Kepa cerró la puerta y nos ofreció llevarnos de vuelta.
Montamos en su furgoneta blanca —un Mercedes Sprinter viejo pero cuidado—. Nos dejó a un par de calles del Gobierno Civil, en una zona peatonal.
—No me acerco ni loco a ese edificio —dijo riendo—. Demasiados uniformes. Ya sabéis dónde estoy si queréis repetir.
Arrancó y se fue, todavía riendo.
Antes de volver al ático, teníamos que pasar por el Gobierno Civil. Subimos al despacho con los documentos de la inspección. El acta corregida (ahora con las medidas exactas y las fotos geolocalizadas), las notas de campo, las fotos del móvil oficial transferidas al ordenador. Todo en regla, aunque el día había sido cualquier cosa menos rutinario.
Dejamos la carpeta en la bandeja de salida de la sección de inspecciones viales.
Al pasar por el control de seguridad pregunté por mi controlador. Ya se había ido pero se ofrecieron a llamarle si era urgente. Dije que no, pero que mañana martes tenía que hablar con el. Me recomendaron que fuera allí mismo a primera hora.
Salimos del edificio. El sol de octubre seguía tibio, el cielo limpio, así que decidimos ir caminando al ático. La Parte Vieja estaba a quince minutos a pie: callejuelas empedradas, olor a pintxos flotando desde los bares, turistas con cámaras y locales apresurados. Marta caminaba a mi lado, coleta alta balanceándose, jersey azul aún impecable a pesar de la mañana infernal. Yo llevaba la mochila al hombro, sintiendo el peso de todo lo que había pasado.
Al pasar por la plaza de Guipúzcoa, rompí el silencio.
—¿Te has fijado en la sala de dominación? Por fuera parecía más grande que por dentro.
Marta asintió despacio, sin mirarme.
—Sí. Me fijé en las dimensiones. El almacén donde nos enseñó la sala… no ocupaba todo el espacio que debería. Miré a ver si había otra puerta, pero no la vi.
Nos miramos un segundo. No hacía falta decir más. Los dos lo sabíamos: había una puerta oculta. Otra sala. Algo que Kepa no quería enseñar.
Seguimos caminando. El viento fresco traía olor a sal desde la bahía.
—No sé de armas —continué yo—, pero algunas de esas no parecían de caza. Demasiado… modernas.
Marta soltó una risa corta, casi profesional.
—Claro que no eran de caza. Vi al menos tres AR-15 tuneados: cañones pesados de 16 pulgadas, supresores roscados, visores holográficos EOTech, miras nocturnas ATN de cuarta generación. Uno tenía un selector de fuego full-auto modificado —ilegal en España para civiles—. Otro rifle era un AK-103 con culata plegable y grip vertical. Munición: cajas de 5.56 NATO, 7.62x39, incluso .300 Blackout subsónica para supresores. Alguien se ha gastado una pasta gorda en accesorios: visores térmicos Pulsar, láseres IR. Eso no es para jabalíes ni corzos. Eso es para otra cosa.
Hizo una pausa, mirando al frente.
—Kepa no es solo un cazador aficionado. Y esa sala de juegos… no es la única habitación que tienen ahí.
No respondí. Solo asentí. El silencio volvió, pero era un silencio compartido, cargado. Llegamos al Kale Boulevard 22. Subimos las escaleras estrechas hasta el ático. La trampilla chirrió al abrirse. El sol entraba por la ventana minúscula, calentando el monoambiente. Olía a porro viejo y a nosotros.
Dejé la mochila en el suelo. Marta se quitó los zapatos y se sentó en el colchón, piernas cruzadas.
—Mañana tienes lo de Carmen —dijo, sin rodeos.
—Sí.
—¿Vas a ir?
La miré. La culpa estaba ahí, pero también la excitación. El craving por la coca, la sumisión, el control externo.
—No lo sé. Pero creo que sí.
Marta sonrió de lado.
—Pues tráeme un poco si sobra. Y ten cuidado, Caco.
Se levantó, fue a la cocina y sacó el último porro que nos quedaba. Lo encendió, dio una calada y me lo pasó.
Fumamos en silencio, mirando el techo inclinado. El día había sido una locura: Nekane destrozada, el caserío, las armas, la sala oculta. Mañana, Carmen y su piso discreto.
Pero por ahora, solo estábamos nosotros. En nuestro ático, en San Sebastián, intentando no hundirnos del todo.

Siguiente capítulo
1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. 22 (Pelea de gatas)