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Despierto del todo cuando oigo el primer movimiento: Marta removiéndose a mi derecha, estirando los brazos por encima de la cabeza con un gemido largo y perezoso que suena a gato satisfecho. El sol —por fin un sol de verdad, no esa luz grisácea de los días anteriores— se cuela por la rendija de la persiana medio rota y dibuja una franja dorada en la pared inclinada del techo. San Sebastián es así: te llueve encima cuatro días seguidos hasta que te crees que el mundo se ha acabado, y de repente abre un hueco azul y todo cambia. Hoy es uno de esos días.
Marta abre los ojos, me mira un segundo con esa sonrisa torcida que pone cuando se acuerda de la noche anterior, y luego se gira hacia Mari.
—Buenos días, mamá de cochinos —susurra, voz ronca de sueño y humo viejo.
Mari suelta una risa baja, ronca, sin abrir los ojos todavía. Se estira como un felino, la camiseta subiéndose hasta casi los pechos, y murmura:
—Buenos días, mis cochinos preciosos. ¿Qué hora es?
Miro el móvil en la mesita improvisada: las diez y pico. Hemos dormido como troncos después de la maratón de madrugada.
Mari es la primera en levantarse. Se pone de pie en el centro del monoambiente —el único sitio donde cabe sin agacharse—, se estira de nuevo y anuncia:
—Venga, desayuno. Que con lo que hemos gastado energía anoche, si no comemos algo nos desmayamos por la calle.
Marta y yo nos incorporamos despacio, riéndonos bajito. El ático huele a sexo seco, a porro apagado y ahora a ese sol que calienta un poco las tejas. Mari revuelve en la cocina pequeña: saca los dos yogures, la media cebolla que sobró de la pasta, un paquete de galletas María que compré en el chino de abajo y un cartón de leche que milagrosamente no se ha cortado. Improvisa café en el cazo (la cafetera italiana se rompió la primera vez que intentamos usarla), lo sirve en tres tazas desparejadas y nos lo trae a la cama, que hace de mesa-comedor-sofá todo en uno.
Desayunamos sentados en el colchón, piernas cruzadas, compartiendo las galletas y los yogures con cucharas de plástico. Mari cuenta una anécdota de cuando era joven y hacía autoestop por la costa cantábrica, durmiendo en playas y comiendo lo que pillaba. Marta se ríe y dice que ella también ha hecho alguna locura parecida en sus veranos de socorrista. Yo me limito a escuchar, sorbiendo el café amargo, sintiendo el sol en la cara y pensando que esto —los tres aquí, desayunando como si nada, después de lo de anoche— es lo más cerca que he estado de la normalidad en años.
Después del desayuno, Mari mira por la ventana y suelta:
—Hace bueno. Aprovechamos y salimos. Subimos al Urgull, que me apetece ver el mar desde arriba y recordar cómo era aquello.
Marta y yo asentimos. Nos vestimos rápido: yo con vaqueros y sudadera, Marta con leggings deportivos y una camiseta ancha, Mari con su vestido verde de algodón y nada más, nunca tiene frío, o casi nunca. Bajamos las escaleras, salimos a la Parte Vieja y el aire fresco nos pega en la cara. El sol brilla de verdad, el cielo azul con nubes blancas dispersas, la gente paseando sin paraguas por primera vez en días. Subimos por las escaleras empinadas hacia el monte Urgull, pasando por el Aquarium, el puerto viejo, el Paseo Nuevo. Mari va delante, con esa energía que no se le acaba nunca, señalando sitios y contando historias: “Aquí antes había una taberna donde servían el mejor vino de la zona”.
Llegamos arriba jadeando un poco. Visitamos las fortificaciones: el Castillo de la Mota, el museo de la Historia de San Sebastián con sus cañones oxidados y paneles explicativos. Mari se mueve como si conociera cada piedra. Nos lleva por un sendero lateral, medio escondido entre arbustos y pinos, hasta una batería antigua casi olvidada: un cañón enorme apuntando al mar, rodeado de muros de piedra cubiertos de musgo, con vistas a la bahía de La Concha y al Peine del Viento al fondo. No hay nadie. Solo el viento, las gaviotas y nosotros.
De improviso, Mari se gira hacia Marta, la coge por la cintura con las dos manos y la besa profundo, lengua incluida, sin avisar. Marta se deja, responde con un gemido bajito. Mari le mete mano por debajo de la camiseta, magrea las tetas operadas con ganas, pellizca un pezón por encima de la tela. Luego se separa, ríe y viene a por mí. Me besa igual: boca abierta, lengua caliente, manos en mi culo apretando fuerte. Me magrea la polla por encima del vaquero hasta que se me pone dura en dos segundos.
Se aparta, nos mira a los dos con los ojos brillantes y suelta una carcajada.
—¿Qué caras habéis puesto? No os preocupéis, aquí nadie nos ve. Estamos solos.
Se sienta en un banco de piedra viejo, saca del bolsillo de la chaqueta la bolsita de maría y papel. Lía un porro con dedos expertos, lo enciende, da una calada profunda y nos lo pasa. Nos sentamos a su lado, uno a cada lado, fumando en silencio al principio, mirando el mar. El sol calienta la piedra, el viento huele a sal y a pino.
Mari da otra calada, exhala despacio y dice, casi como si hablara sola:
—Tengo curiosidad por saber cómo empezasteis a tener sexo vosotros dos. De niños erais muy apegados, a pesar de la diferencia de edad. Siempre juntos, durmiendo en la misma cama cuando había visitas, abrazos eternos… Pero nunca pensé en algo así. Y de repente, un día nos llega a vuestro padre y a mí un enlace a un vídeo. En el que se os veía follar delante de mucha gente. Parecía una fiesta. Orgía, luces estroboscópicas, música alta… No era amateur, estaba bien grabado.
Marta y yo nos miramos. Nos ponemos colorados al instante, como adolescentes pillados. El porro pasa de mano en mano, pero nadie dice nada todavía. El silencio se estira.
Al final, Marta suspira, da una calada larga y empieza a hablar, voz baja pero firme.
Exhala el humo despacio hacia el mar y sigue hablando, voz baja pero clara, como si estuviera contando una historia que lleva años guardada en un cajón. Yo la miro de reojo, sentado a su lado en el banco de piedra, y siento un nudo raro en el estómago. No es culpa exactamente; es más bien desconcierto. Porque partes de lo que dice me suenan, pero otras… joder, es como si me estuviera contando la vida de otro.
—Fue en el piso de Carlos en Gracia, Barcelona —empieza Marta—. Ya llevaba unas semanas en casa de Carlos lo que había empezado como una visita se convirtió en una convivencia a tres. Rosa era… intensa. Alta, tetazas operadas que se marcaban en cualquier camiseta, tatuajes por todas partes —uno enorme de una rosa negra en el pecho, otro de serpientes enredadas en los muslos—, pelo teñido de rojo sangre, piercing en el labio. Era dominante, mandona, y Carlos hacía siempre lo que ella quería. Siempre. Como si no tuviera voluntad propia cuando estaba con ella.

Mari asiente despacio, sin interrumpir. Yo miro al horizonte, intentando recordar. Recuerdo a Rosa, sí. Recuerdo el piso pequeño, el olor a incienso y coca quemada. Pero el resto… se me escapa.
Marta continúa:—Una noche hicimos una fiesta gorda. Mucha gente, música alta, coca por todas partes. Yo no metí mucho —solo un par de rayas para no quedarme atrás—, pero Carlos y Rosa se metieron hasta las cejas. Al final de la noche la gente se fue yendo, y el sofá donde yo dormía quedó hecho mierda: cerveza derramada, ceniza, vómito de alguien que no aguantó. Olía fatal. Rosa miró el desastre y dijo: “Que duerma con nosotros en la cama grande. Total, es tu hermana”. Carlos ni discutió.
Al rato de estar en la cama me zarandearon un poco para “ver si dormía”, pero yo seguía despierta. Me hice la dormida porque no sabía qué hacer.
Hace una pausa, da otra calada y me pasa el porro. Lo cojo sin mirarla.
—Yo estaba en el borde de la cama, ellos en el centro. Al rato empezaron a besarse. Besos ruidosos, chupadas, gemidos. La fiesta había sido fuerte, y aunque ya llevaban horas sin meter, ese nerviosismo post-coca te quema por dentro. Les pedía sexo para calmarse. Yo los oía, sentía cómo se movían la cama, cómo Rosa gemía bajito cuando Carlos le metía mano. Me puse cachonda sin querer. Empecé a acariciarme despacio por debajo del pantalón corto que llevaba para dormir, intentando no hacer ruido. Pero se me escapó un suspiro.
Marta se ríe bajito, casi avergonzada.—Pararon en seco. Rosa preguntó: “¿Duermes, Martita?”. Yo abrí los ojos y dije la verdad: “Con este nerviosismo post-coca hasta que no me corra no voy a poder dormir”. Carlos y Rosa se miraron y dijeron al unísono: “A nosotros nos pasa lo mismo”. Yo me ofrecí a salir de la habitación, pero Rosa me cogió del brazo y dijo: “No, quédate. Mejor hazte la paja mirándonos. Nos pone”. Encendieron la luz de la mesita. Rosa se quitó la camiseta, se quedó en bragas. Yo no podía quitarle los ojos de encima: esas tetas enormes, los tatuajes, esa seguridad que tenía. Sentí celos, joder. Celos de que los hombres la miraran tanto.
Yo trago saliva. Empiezo a recordar flashes: la luz amarilla, el olor a sudor y perfume barato, Rosa riéndose.
Marta sigue:—Rosa se puso de pie al lado de la cama. Carlos se sentó en el borde, le bajó las bragas y empezó a chupársela. Rosa gemía, le agarraba el pelo. Luego me miró y, por señas, me invitó a acercarme. Yo dudé un segundo, pero me acerqué. Al principio chupábamos por separado: yo el glande, Carlos las pelotas. Luego nos acercamos más y… rozamos los labios. Los dos paramos, sorprendidos. Nos miramos un instante, como si acabáramos de darnos cuenta de quiénes éramos. Pero Rosa puso las manos en nuestras nucas y nos empujó la cabeza. “Seguid”, dijo. “Besad”.

Marta me mira directamente ahora.—Pude haberme negado. Pude haber dicho que no. Pero hacer algo tan inapropiado, tan jodidamente prohibido… me ganó. Besé a mi hermano. Con lengua, con ganas. Carlos hacía siempre lo que Rosa le pedía. Y esa noche no fue diferente. Nos besamos con mucha pasión, como si lleváramos años queriendo hacerlo y no lo supiéramos.
Se calla. El porro ya se ha consumido casi del todo. Mari lo apaga contra la piedra y lo guarda en el bolsillo.
Yo hablo por primera vez, voz ronca:—No lo recordaba así. O sí… pero lo tenía enterrado. Recuerdo a Rosa mandando, siempre mandando. Recuerdo que hacía lo que ella quería porque… no sé, porque me sentía seguro con ella controlando todo. Porque si ella decidía, yo no tenía que pensar en la mierda que llevaba dentro. Pero cuando nos besamos tú y yo… joder, Marta. Fue como si se rompiera algo. Y no me arrepentí. Al revés. Quería más.
Mari pone una mano en mi rodilla, otra en la de Marta.—No os juzgo, niños. La coca hace cosas raras con la cabeza. Y el deseo… el deseo no entiende de normas. Lo importante es que salisteis de aquello. Los dos.
Marta asiente, pero no dice nada más. Nos quedamos los tres mirando el mar, el sol calentando la piedra, el viento llevándose el último humo. Abajo, la bahía brilla tranquila, como si nada de esto hubiera pasado nunca.
Marta se queda un segundo callada, mirando el mar como si estuviera viendo esa noche en Barcelona reflejada en el agua. Su voz baja un poco más, como si estuviera contando un secreto que aún le quema por dentro.
—La fiesta había sido el sábado por la noche —continúa—. Nadie durmió de verdad. Nos pasamos el domingo entero haciendo el tonto en casa: limpiando un poco el desastre del salón (aunque nadie limpiaba de verdad, solo movíamos cosas de sitio), fumando porros para bajar el subidón, bebiendo agua y café malo de máquina, riéndonos de tonterías. Los efectos de la coca se iban desvaneciendo poco a poco, pero ese nerviosismo post-consumo seguía ahí, como un zumbido en los nervios. Al final, cuando ya era de noche otra vez, Rosa dijo: “Venga, a la cama. Que nos vamos a dormir de una puta vez”. Pero nadie tenía sueño. Solo ganas de calmar ese fuego que nos quemaba por dentro.
Se gira un poco hacia mí, me mira con esa mezcla de ternura y picardía que pone cuando recuerda cosas que nos unen y nos separan al mismo tiempo.
—El beso que nos dimos tú y yo no fue el final. Fue solo el principio. Rosa se dio cuenta al instante de que algo había cambiado, de que ya no íbamos a parar. Se sentó en el centro de la cama, desnuda del todo, con esa seguridad que tenía siempre, y empezó a mandar. Suave al principio, como si estuviera probando hasta dónde llegábamos.
—Primero me ordenó a mí: “Desnúdate, Martita. Despacio”. Yo obedecí. Me quité la camiseta, los shorts, las bragas. Me quedé allí de pie, temblando un poco, no de frío. Rosa me miró de arriba abajo y sonrió. Luego le dijo a Carlos: “Tócale las tetas. Y dime qué sientes”. Carlos se acercó, puso las manos en mis pechos —aún no operados entonces, pequeños pero sensibles— y murmuró algo como “suaves… calientes… joder, Marta…”. Rosa le indicó: “Bésale los pezones”. Carlos se inclinó y los besó suave, con la lengua plana. Se me escapó un gemido.
Marta se toca el pecho por encima de la camiseta, como si reviviera el roce.
—Luego Rosa me miró a mí y dijo: “Ahora tú. Bésale los pezones a tu hermano”. Yo me acerqué, le besé el pecho. Lo hice muy suave, casi con miedo. Rosa se rio: “No, así no. Mira”. Se inclinó hacia mí y me mordió un pezón. Fuerte. Dolor puro que se convirtió en electricidad en dos segundos. Fue la primera vez que alguien me hacía algo así. Y me encantó. No sabía que el dolor en los pezones pudiera ser tan excitante, tan directo al clítoris. Gemí fuerte, sin poder evitarlo. Rosa sonrió satisfecha. “¿Ves? Así”.
Entonces yo hice lo mismo con Carlos: le mordí un pezón, tiré un poco con los dientes. Él gruñó, se le puso la piel de gallina. Y Carlos me devolvió el mordisco. Los tres jugando a ese borde entre dolor y placer, sin palabras, solo órdenes y gemidos.
Yo cierro los ojos un momento. Ahora sí lo recuerdo. El mordisco. El sabor salado de su piel. El gemido que se me escapó cuando me mordió ella a mí. Rosa mandando, siempre mandando.
Marta sigue:—El siguiente paso fue más directo. Rosa le ordenó a Carlos: “Tócale la entrepierna a Marta. Mastúrbala”. Carlos metió la mano entre mis piernas. Estaba empapada. Sus dedos encontraron el clítoris y empezaron a frotar despacio, círculos perfectos. Yo me mordí el labio para no gritar. Luego Rosa me miró a mí: “Ahora tú. Tócale la polla a tu hermano”. Yo bajé la mano. Estaba durísima, caliente, palpitando. Me sorprendió lo gruesa que se sentía en mi palma. Empezamos a besarnos otra vez mientras nos masturbábamos mutuamente: yo arriba y abajo en su polla, él frotándome el clítoris y metiendo un dedo dentro. Los besos se volvieron más salvajes, saliva, lenguas enredadas. Rosa nos miraba, tocándose ella misma, dirigiendo: “Más rápido… más fuerte…”.
Hace una pausa, respira hondo.—Luego vino lo siguiente. Rosa le dijo a Carlos: “Hazle sexo oral a tu hermana. Chúpale el coño hasta que se corra”. Carlos se tumbó boca abajo entre mis piernas. Me abrió con los dedos y empezó a lamer. Joder… lo hacía bien. Muy bien. Lengua plana en el clítoris, luego succiones, luego metía la lengua dentro. Era la primera vez que realmente disfrutaba de que me chuparan el coño. Antes siempre había sido mecánico, forzado. Con Carlos fue diferente. Me sentí… cuidada, deseada. Gemí sin control.
Rosa aprovechó y me metió su pija en la boca. Una polla grande, gruesa, muy folladora. De esas que cuando la ves por primera vez piensas “esto no entra ni de coña”, pero luego entra y te vuelve loca. Era su arma, su forma de mandar. Y Carlos… Carlos la adoraba por eso.
Mari suelta una risa suave, sin escándalo, solo divertida. Yo siento que el nudo en el estómago se aprieta un poco más, pero no es de vergüenza; es de que todo encaja de golpe. Rosa con su polla grande, tatuajes cubriéndola como si fuera una obra de arte, mandando en la cama como si fuera la dueña del mundo. Sí, ahora lo recuerdo todo con nitidez brutal.
Marta sigue, con el relato sin perder el hilo:—Entonces, cuando Rosa se colocó sobre mi cara y me metió su polla en la boca… fue eso. Grande, caliente, con venas marcadas y ese olor a sexo y colonia barata que usaba. Yo la chupé como pude, torpe al principio, pero excitada. Mientras tanto, Carlos seguía comiéndome el coño abajo: lengua en el clítoris, dedos dentro, succionando como si quisiera tragarse todo mi placer. Rosa me agarraba el pelo y me follaba la boca despacio, controlando el ritmo. “Así, Martita, chupa bien mientras él te chupa a ti”. Era mi primer trío de verdad, y me estaba volviendo loca. El sabor salado de su polla, los gemidos de Carlos vibrando contra mi coño, el dolor placentero de los mordiscos que nos habíamos dado antes… todo se mezclaba.
Hace una pausa, me mira de reojo.—Carlos se corrió por el mero roce contra la cama. Rosa lo notó porque vio cómo se le tensaban los músculos de la espalda. Le ordenó: “No te corras todavía, espera”. Pero no pudo. Se corrió en la sábana, chorros fuertes, mientras seguía lamiéndome. Yo me corrí justo después, gritando contra la polla de Rosa, el orgasmo tan intenso que me temblaron las piernas. Rosa se salió de mi boca, se masturbó un par de veces rápido y se corrió en mi pecho: leche caliente cayendo por mis tetas. Luego se tumbó entre nosotros dos, nos abrazó y dijo: “Buen trabajo, familia. Mañana seguimos”.
Marta se calla. El viento sube desde la bahía, trayendo olor a sal y algas. Mari pone una mano en su rodilla.
—Fue el principio de muchas noches así, ¿verdad? —pregunta Mari, voz suave.
Marta asiente.—Sí. A partir de ahí, Rosa nos metió en su juego. Nos hacía follar delante de ella, nos mandaba posiciones, nos hacía mordernos, azotarnos, chuparnos mientras ella miraba o participaba. Carlos siempre obedecía. Yo… al principio por morbo, luego porque me gustaba. Porque con Carlos era diferente. No era solo sexo; era algo más oscuro, más profundo. Algo que no podíamos parar aunque quisiéramos.
- Pero hay que reconocer una cosa. Siempre lo mantuvo en secreto. Era algo que hacíamos en casa sin que nadie más se enterara.
Yo hablo por fin, voz baja:—Rosa era… adictiva. Su polla grande, su forma de mandar, cómo me hacía sentir que no tenía que decidir nada. Yo hacía lo que ella quería porque así no pensaba en la coca, en las deudas, en nada. Y cuando empezó a incluirte a ti, Marta… joder. Fue como si el mundo se abriera. El morbo de lo prohibido me volvió loco. Me arrepiento de haberte besado, de haberte tocado, de haberte comido el coño esa noche. Me arrepiento de no haber parado antes. De haber dejado que Rosa nos llevara tan lejos. Supongo que la culpa es tan fuerte que por eso no recordaba nada.
Mari suspira, mira al sol que ya empieza a bajar.—Cada uno tiene sus demonios. Rosa era el vuestro en esa época. Pero salisteis. Y ahora estáis aquí, los dos. Conmigo. Intentando construir algo que no sea solo destrucción.
Nos quedamos callados un rato. El mar abajo brilla dorado con la luz de la tarde. El porro ya no existe. Solo queda el recuerdo, flotando entre nosotros como el humo que se llevó el viento.
Mari se remueve un poco en el banco de piedra, cruza las piernas y mira al horizonte con esa expresión entre curiosa y juguetona que pone cuando quiere ir al grano sin rodeos. El sol ya está más bajo y el viento trae un fresquito que nos hace pegarnos más los unos a los otros.
—Me gustaría saber cuándo te penetró por primera vez —dice de repente, dirigiéndose a Marta pero mirándonos a los dos—. Porque hay quien considera que el sexo oral no es sexo pleno… como cierto presidente de Estados Unidos. —Suelta una risa corta, ronca, y nos guiña un ojo—. Ya sabéis, “no tuvo relaciones sexuales con esa mujer”.
Marta y yo nos quedamos callados un segundo, procesando. El nudo en mi estómago se aprieta, pero no es de rechazo; es de que estamos llegando al meollo de todo aquello.
Mari nota nuestro silencio y levanta las manos.—Eh, si no queréis contarlo, no lo contéis. No pasa nada.
Marta suspira, se pasa la mano por la nuca y sigue hablando, voz baja pero firme, como si hubiera decidido que ya que empezó, lo termina.
—En realidad fue un rato después. El orgasmo nos había calmado un poco el fuego de la coca. Nos dormimos los tres enredados en la cama grande, sudorosos, pegajosos, con el olor a sexo y a desodorante barato flotando en el aire. Pero no duramos mucho dormidos. La deshidratación de la coca nos levantó a todos casi al mismo tiempo. Nos incorporamos, desnudos los tres, y fuimos a la cocina a por agua. Bebimos del grifo directamente, como animales. Volvimos a la cama sin encender la luz, solo con la farola de la calle entrando por la persiana.
Marta hace una pausa, sonríe un poco al recordar.
—Rosa ya tenía una erección magnífica. Grande, tiesa, venosa, apuntando al techo. Yo me quedé mirándola sin disimulo. Rosa se dio cuenta al instante y se rio bajito. “Martita, ¿quieres que te la meta?”. Yo solo pude asentir con la cabeza, como una idiota. No me salía ni una palabra. Rosa se rio más fuerte y me ordenó: “Ponte en cuatro en la cama”. Obedecí. Carlos se quedó de pie, sin saber qué hacer. Rosa le miró y le dijo: “Ponte delante de tu hermana”. Lo entendí rápido: quería que yo le chupara la polla a Carlos mientras ella me penetraba por detrás.
Se gira un poco hacia mí, me mira a los ojos.
—Así estuvimos un rato. Yo a cuatro patas, chupando tu polla —que estaba durísima otra vez, como si no hubieras corrido hace nada—, mientras Rosa me follaba despacio al principio, luego más fuerte. Su polla grande entraba y salía, llenándome de una forma que no había sentido nunca. Dolor placentero, presión en todos los sitios. Gemía con tu polla en la boca, vibraciones que te hacían gemir a ti también.
Mari asiente despacio, sin interrumpir.
—Luego Rosa nos ordenó cambiar. Se sentó en la cama, piernas abiertas. Me ordenó que me arrodillara delante y se la chupara. Yo obedecí, me la metí en la boca, intentando llegar lo más profundo posible. Carlos se quedó de pie, sin saber qué hacer. Rosa le miró y le dijo: “Métela a tu hermana. Ahora”. Carlos se colocó detrás de mí, me agarró las caderas y me la metió. Ya me habían entrado pollas más grandes que la tuya, pero nunca tan duras. Estaba como acero. Cada embestida me llegaba hasta el fondo. Rosa me pellizcaba los pezones fuerte, tirando, retorciendo. Carlos me daba azotes en el culo, secos, que resonaban en la habitación. Ya sabéis lo mucho que me gusta eso: el ardor en la piel, el calor que sube al clítoris.
Marta se toca el muslo inconscientemente, como si aún sintiera los golpes.
—Rosa me forzó a chuparla hasta el fondo. Me agarró la nuca y me empujó, me hizo tener arcadas, lágrimas en los ojos, saliva cayendo por la barbilla. Pero me encantó. Me encantó sentirme usada así, controlada. Carlos aceleró detrás, embistiendo más fuerte. Todo aquello fue demasiado. Me corrí gritando alrededor de la polla de Rosa, contracciones que me apretaban alrededor de ti. Tú te corriste dentro de mí casi al instante, chorros calientes que sentí llenándome. Rosa se salió de mi boca, nos hizo ponernos de rodillas los dos delante de ella y se masturbó rápido. Se corrió en nuestras caras: leche caliente, espesa, cayendo por mejillas, labios, barbilla. Luego nos ordenó: “Chupaos mi semen y besaros”. Nos besamos con su corrida en la boca, lenguas enredadas, sabor salado compartido. Por fin nos relajamos lo suficiente. Nos tumbamos los tres, exhaustos, y nos dormimos de verdad.
Marta se calla. El silencio se estira. Yo hablo por fin, voz ronca:
—Recuerdo que me dormí como un niño. Sin remordimientos, sin culpa. Solo paz. En ese momento no sentía nada malo. Solo que había sido… perfecto. Que por fin alguien controlaba todo y yo no tenía que pensar. Y que tú estabas allí, Marta, y que eso lo hacía aún mejor.
Mari pone una mano en mi hombro, otra en el de Marta. Nos mira a los dos con ojos suaves.
—Volvamos a casa —dice al final—. Hay que comer algo y luego me tengo que ir de vuelta con vuestro padre. El autoestop no espera eternamente.
Nos levantamos despacio. El sol ya roza el horizonte. Bajamos del monte Urgull en silencio, el viento en la cara, el mar quedándose atrás. El recuerdo de esa noche flota entre nosotros, pesado pero no destructivo. Solo parte de lo que somos.

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Despierto del todo cuando oigo el primer movimiento: Marta removiéndose a mi derecha, estirando los brazos por encima de la cabeza con un gemido largo y perezoso que suena a gato satisfecho. El sol —por fin un sol de verdad, no esa luz grisácea de los días anteriores— se cuela por la rendija de la persiana medio rota y dibuja una franja dorada en la pared inclinada del techo. San Sebastián es así: te llueve encima cuatro días seguidos hasta que te crees que el mundo se ha acabado, y de repente abre un hueco azul y todo cambia. Hoy es uno de esos días.
Marta abre los ojos, me mira un segundo con esa sonrisa torcida que pone cuando se acuerda de la noche anterior, y luego se gira hacia Mari.
—Buenos días, mamá de cochinos —susurra, voz ronca de sueño y humo viejo.
Mari suelta una risa baja, ronca, sin abrir los ojos todavía. Se estira como un felino, la camiseta subiéndose hasta casi los pechos, y murmura:
—Buenos días, mis cochinos preciosos. ¿Qué hora es?
Miro el móvil en la mesita improvisada: las diez y pico. Hemos dormido como troncos después de la maratón de madrugada.
Mari es la primera en levantarse. Se pone de pie en el centro del monoambiente —el único sitio donde cabe sin agacharse—, se estira de nuevo y anuncia:
—Venga, desayuno. Que con lo que hemos gastado energía anoche, si no comemos algo nos desmayamos por la calle.
Marta y yo nos incorporamos despacio, riéndonos bajito. El ático huele a sexo seco, a porro apagado y ahora a ese sol que calienta un poco las tejas. Mari revuelve en la cocina pequeña: saca los dos yogures, la media cebolla que sobró de la pasta, un paquete de galletas María que compré en el chino de abajo y un cartón de leche que milagrosamente no se ha cortado. Improvisa café en el cazo (la cafetera italiana se rompió la primera vez que intentamos usarla), lo sirve en tres tazas desparejadas y nos lo trae a la cama, que hace de mesa-comedor-sofá todo en uno.
Desayunamos sentados en el colchón, piernas cruzadas, compartiendo las galletas y los yogures con cucharas de plástico. Mari cuenta una anécdota de cuando era joven y hacía autoestop por la costa cantábrica, durmiendo en playas y comiendo lo que pillaba. Marta se ríe y dice que ella también ha hecho alguna locura parecida en sus veranos de socorrista. Yo me limito a escuchar, sorbiendo el café amargo, sintiendo el sol en la cara y pensando que esto —los tres aquí, desayunando como si nada, después de lo de anoche— es lo más cerca que he estado de la normalidad en años.
Después del desayuno, Mari mira por la ventana y suelta:
—Hace bueno. Aprovechamos y salimos. Subimos al Urgull, que me apetece ver el mar desde arriba y recordar cómo era aquello.
Marta y yo asentimos. Nos vestimos rápido: yo con vaqueros y sudadera, Marta con leggings deportivos y una camiseta ancha, Mari con su vestido verde de algodón y nada más, nunca tiene frío, o casi nunca. Bajamos las escaleras, salimos a la Parte Vieja y el aire fresco nos pega en la cara. El sol brilla de verdad, el cielo azul con nubes blancas dispersas, la gente paseando sin paraguas por primera vez en días. Subimos por las escaleras empinadas hacia el monte Urgull, pasando por el Aquarium, el puerto viejo, el Paseo Nuevo. Mari va delante, con esa energía que no se le acaba nunca, señalando sitios y contando historias: “Aquí antes había una taberna donde servían el mejor vino de la zona”.
Llegamos arriba jadeando un poco. Visitamos las fortificaciones: el Castillo de la Mota, el museo de la Historia de San Sebastián con sus cañones oxidados y paneles explicativos. Mari se mueve como si conociera cada piedra. Nos lleva por un sendero lateral, medio escondido entre arbustos y pinos, hasta una batería antigua casi olvidada: un cañón enorme apuntando al mar, rodeado de muros de piedra cubiertos de musgo, con vistas a la bahía de La Concha y al Peine del Viento al fondo. No hay nadie. Solo el viento, las gaviotas y nosotros.
De improviso, Mari se gira hacia Marta, la coge por la cintura con las dos manos y la besa profundo, lengua incluida, sin avisar. Marta se deja, responde con un gemido bajito. Mari le mete mano por debajo de la camiseta, magrea las tetas operadas con ganas, pellizca un pezón por encima de la tela. Luego se separa, ríe y viene a por mí. Me besa igual: boca abierta, lengua caliente, manos en mi culo apretando fuerte. Me magrea la polla por encima del vaquero hasta que se me pone dura en dos segundos.
Se aparta, nos mira a los dos con los ojos brillantes y suelta una carcajada.
—¿Qué caras habéis puesto? No os preocupéis, aquí nadie nos ve. Estamos solos.
Se sienta en un banco de piedra viejo, saca del bolsillo de la chaqueta la bolsita de maría y papel. Lía un porro con dedos expertos, lo enciende, da una calada profunda y nos lo pasa. Nos sentamos a su lado, uno a cada lado, fumando en silencio al principio, mirando el mar. El sol calienta la piedra, el viento huele a sal y a pino.
Mari da otra calada, exhala despacio y dice, casi como si hablara sola:
—Tengo curiosidad por saber cómo empezasteis a tener sexo vosotros dos. De niños erais muy apegados, a pesar de la diferencia de edad. Siempre juntos, durmiendo en la misma cama cuando había visitas, abrazos eternos… Pero nunca pensé en algo así. Y de repente, un día nos llega a vuestro padre y a mí un enlace a un vídeo. En el que se os veía follar delante de mucha gente. Parecía una fiesta. Orgía, luces estroboscópicas, música alta… No era amateur, estaba bien grabado.
Marta y yo nos miramos. Nos ponemos colorados al instante, como adolescentes pillados. El porro pasa de mano en mano, pero nadie dice nada todavía. El silencio se estira.
Al final, Marta suspira, da una calada larga y empieza a hablar, voz baja pero firme.
Exhala el humo despacio hacia el mar y sigue hablando, voz baja pero clara, como si estuviera contando una historia que lleva años guardada en un cajón. Yo la miro de reojo, sentado a su lado en el banco de piedra, y siento un nudo raro en el estómago. No es culpa exactamente; es más bien desconcierto. Porque partes de lo que dice me suenan, pero otras… joder, es como si me estuviera contando la vida de otro.
—Fue en el piso de Carlos en Gracia, Barcelona —empieza Marta—. Ya llevaba unas semanas en casa de Carlos lo que había empezado como una visita se convirtió en una convivencia a tres. Rosa era… intensa. Alta, tetazas operadas que se marcaban en cualquier camiseta, tatuajes por todas partes —uno enorme de una rosa negra en el pecho, otro de serpientes enredadas en los muslos—, pelo teñido de rojo sangre, piercing en el labio. Era dominante, mandona, y Carlos hacía siempre lo que ella quería. Siempre. Como si no tuviera voluntad propia cuando estaba con ella.

Mari asiente despacio, sin interrumpir. Yo miro al horizonte, intentando recordar. Recuerdo a Rosa, sí. Recuerdo el piso pequeño, el olor a incienso y coca quemada. Pero el resto… se me escapa.
Marta continúa:—Una noche hicimos una fiesta gorda. Mucha gente, música alta, coca por todas partes. Yo no metí mucho —solo un par de rayas para no quedarme atrás—, pero Carlos y Rosa se metieron hasta las cejas. Al final de la noche la gente se fue yendo, y el sofá donde yo dormía quedó hecho mierda: cerveza derramada, ceniza, vómito de alguien que no aguantó. Olía fatal. Rosa miró el desastre y dijo: “Que duerma con nosotros en la cama grande. Total, es tu hermana”. Carlos ni discutió.
Al rato de estar en la cama me zarandearon un poco para “ver si dormía”, pero yo seguía despierta. Me hice la dormida porque no sabía qué hacer.
Hace una pausa, da otra calada y me pasa el porro. Lo cojo sin mirarla.
—Yo estaba en el borde de la cama, ellos en el centro. Al rato empezaron a besarse. Besos ruidosos, chupadas, gemidos. La fiesta había sido fuerte, y aunque ya llevaban horas sin meter, ese nerviosismo post-coca te quema por dentro. Les pedía sexo para calmarse. Yo los oía, sentía cómo se movían la cama, cómo Rosa gemía bajito cuando Carlos le metía mano. Me puse cachonda sin querer. Empecé a acariciarme despacio por debajo del pantalón corto que llevaba para dormir, intentando no hacer ruido. Pero se me escapó un suspiro.
Marta se ríe bajito, casi avergonzada.—Pararon en seco. Rosa preguntó: “¿Duermes, Martita?”. Yo abrí los ojos y dije la verdad: “Con este nerviosismo post-coca hasta que no me corra no voy a poder dormir”. Carlos y Rosa se miraron y dijeron al unísono: “A nosotros nos pasa lo mismo”. Yo me ofrecí a salir de la habitación, pero Rosa me cogió del brazo y dijo: “No, quédate. Mejor hazte la paja mirándonos. Nos pone”. Encendieron la luz de la mesita. Rosa se quitó la camiseta, se quedó en bragas. Yo no podía quitarle los ojos de encima: esas tetas enormes, los tatuajes, esa seguridad que tenía. Sentí celos, joder. Celos de que los hombres la miraran tanto.
Yo trago saliva. Empiezo a recordar flashes: la luz amarilla, el olor a sudor y perfume barato, Rosa riéndose.
Marta sigue:—Rosa se puso de pie al lado de la cama. Carlos se sentó en el borde, le bajó las bragas y empezó a chupársela. Rosa gemía, le agarraba el pelo. Luego me miró y, por señas, me invitó a acercarme. Yo dudé un segundo, pero me acerqué. Al principio chupábamos por separado: yo el glande, Carlos las pelotas. Luego nos acercamos más y… rozamos los labios. Los dos paramos, sorprendidos. Nos miramos un instante, como si acabáramos de darnos cuenta de quiénes éramos. Pero Rosa puso las manos en nuestras nucas y nos empujó la cabeza. “Seguid”, dijo. “Besad”.

Marta me mira directamente ahora.—Pude haberme negado. Pude haber dicho que no. Pero hacer algo tan inapropiado, tan jodidamente prohibido… me ganó. Besé a mi hermano. Con lengua, con ganas. Carlos hacía siempre lo que Rosa le pedía. Y esa noche no fue diferente. Nos besamos con mucha pasión, como si lleváramos años queriendo hacerlo y no lo supiéramos.
Se calla. El porro ya se ha consumido casi del todo. Mari lo apaga contra la piedra y lo guarda en el bolsillo.
Yo hablo por primera vez, voz ronca:—No lo recordaba así. O sí… pero lo tenía enterrado. Recuerdo a Rosa mandando, siempre mandando. Recuerdo que hacía lo que ella quería porque… no sé, porque me sentía seguro con ella controlando todo. Porque si ella decidía, yo no tenía que pensar en la mierda que llevaba dentro. Pero cuando nos besamos tú y yo… joder, Marta. Fue como si se rompiera algo. Y no me arrepentí. Al revés. Quería más.
Mari pone una mano en mi rodilla, otra en la de Marta.—No os juzgo, niños. La coca hace cosas raras con la cabeza. Y el deseo… el deseo no entiende de normas. Lo importante es que salisteis de aquello. Los dos.
Marta asiente, pero no dice nada más. Nos quedamos los tres mirando el mar, el sol calentando la piedra, el viento llevándose el último humo. Abajo, la bahía brilla tranquila, como si nada de esto hubiera pasado nunca.
Marta se queda un segundo callada, mirando el mar como si estuviera viendo esa noche en Barcelona reflejada en el agua. Su voz baja un poco más, como si estuviera contando un secreto que aún le quema por dentro.
—La fiesta había sido el sábado por la noche —continúa—. Nadie durmió de verdad. Nos pasamos el domingo entero haciendo el tonto en casa: limpiando un poco el desastre del salón (aunque nadie limpiaba de verdad, solo movíamos cosas de sitio), fumando porros para bajar el subidón, bebiendo agua y café malo de máquina, riéndonos de tonterías. Los efectos de la coca se iban desvaneciendo poco a poco, pero ese nerviosismo post-consumo seguía ahí, como un zumbido en los nervios. Al final, cuando ya era de noche otra vez, Rosa dijo: “Venga, a la cama. Que nos vamos a dormir de una puta vez”. Pero nadie tenía sueño. Solo ganas de calmar ese fuego que nos quemaba por dentro.
Se gira un poco hacia mí, me mira con esa mezcla de ternura y picardía que pone cuando recuerda cosas que nos unen y nos separan al mismo tiempo.
—El beso que nos dimos tú y yo no fue el final. Fue solo el principio. Rosa se dio cuenta al instante de que algo había cambiado, de que ya no íbamos a parar. Se sentó en el centro de la cama, desnuda del todo, con esa seguridad que tenía siempre, y empezó a mandar. Suave al principio, como si estuviera probando hasta dónde llegábamos.
—Primero me ordenó a mí: “Desnúdate, Martita. Despacio”. Yo obedecí. Me quité la camiseta, los shorts, las bragas. Me quedé allí de pie, temblando un poco, no de frío. Rosa me miró de arriba abajo y sonrió. Luego le dijo a Carlos: “Tócale las tetas. Y dime qué sientes”. Carlos se acercó, puso las manos en mis pechos —aún no operados entonces, pequeños pero sensibles— y murmuró algo como “suaves… calientes… joder, Marta…”. Rosa le indicó: “Bésale los pezones”. Carlos se inclinó y los besó suave, con la lengua plana. Se me escapó un gemido.
Marta se toca el pecho por encima de la camiseta, como si reviviera el roce.
—Luego Rosa me miró a mí y dijo: “Ahora tú. Bésale los pezones a tu hermano”. Yo me acerqué, le besé el pecho. Lo hice muy suave, casi con miedo. Rosa se rio: “No, así no. Mira”. Se inclinó hacia mí y me mordió un pezón. Fuerte. Dolor puro que se convirtió en electricidad en dos segundos. Fue la primera vez que alguien me hacía algo así. Y me encantó. No sabía que el dolor en los pezones pudiera ser tan excitante, tan directo al clítoris. Gemí fuerte, sin poder evitarlo. Rosa sonrió satisfecha. “¿Ves? Así”.
Entonces yo hice lo mismo con Carlos: le mordí un pezón, tiré un poco con los dientes. Él gruñó, se le puso la piel de gallina. Y Carlos me devolvió el mordisco. Los tres jugando a ese borde entre dolor y placer, sin palabras, solo órdenes y gemidos.
Yo cierro los ojos un momento. Ahora sí lo recuerdo. El mordisco. El sabor salado de su piel. El gemido que se me escapó cuando me mordió ella a mí. Rosa mandando, siempre mandando.
Marta sigue:—El siguiente paso fue más directo. Rosa le ordenó a Carlos: “Tócale la entrepierna a Marta. Mastúrbala”. Carlos metió la mano entre mis piernas. Estaba empapada. Sus dedos encontraron el clítoris y empezaron a frotar despacio, círculos perfectos. Yo me mordí el labio para no gritar. Luego Rosa me miró a mí: “Ahora tú. Tócale la polla a tu hermano”. Yo bajé la mano. Estaba durísima, caliente, palpitando. Me sorprendió lo gruesa que se sentía en mi palma. Empezamos a besarnos otra vez mientras nos masturbábamos mutuamente: yo arriba y abajo en su polla, él frotándome el clítoris y metiendo un dedo dentro. Los besos se volvieron más salvajes, saliva, lenguas enredadas. Rosa nos miraba, tocándose ella misma, dirigiendo: “Más rápido… más fuerte…”.
Hace una pausa, respira hondo.—Luego vino lo siguiente. Rosa le dijo a Carlos: “Hazle sexo oral a tu hermana. Chúpale el coño hasta que se corra”. Carlos se tumbó boca abajo entre mis piernas. Me abrió con los dedos y empezó a lamer. Joder… lo hacía bien. Muy bien. Lengua plana en el clítoris, luego succiones, luego metía la lengua dentro. Era la primera vez que realmente disfrutaba de que me chuparan el coño. Antes siempre había sido mecánico, forzado. Con Carlos fue diferente. Me sentí… cuidada, deseada. Gemí sin control.
Rosa aprovechó y me metió su pija en la boca. Una polla grande, gruesa, muy folladora. De esas que cuando la ves por primera vez piensas “esto no entra ni de coña”, pero luego entra y te vuelve loca. Era su arma, su forma de mandar. Y Carlos… Carlos la adoraba por eso.
Mari suelta una risa suave, sin escándalo, solo divertida. Yo siento que el nudo en el estómago se aprieta un poco más, pero no es de vergüenza; es de que todo encaja de golpe. Rosa con su polla grande, tatuajes cubriéndola como si fuera una obra de arte, mandando en la cama como si fuera la dueña del mundo. Sí, ahora lo recuerdo todo con nitidez brutal.
Marta sigue, con el relato sin perder el hilo:—Entonces, cuando Rosa se colocó sobre mi cara y me metió su polla en la boca… fue eso. Grande, caliente, con venas marcadas y ese olor a sexo y colonia barata que usaba. Yo la chupé como pude, torpe al principio, pero excitada. Mientras tanto, Carlos seguía comiéndome el coño abajo: lengua en el clítoris, dedos dentro, succionando como si quisiera tragarse todo mi placer. Rosa me agarraba el pelo y me follaba la boca despacio, controlando el ritmo. “Así, Martita, chupa bien mientras él te chupa a ti”. Era mi primer trío de verdad, y me estaba volviendo loca. El sabor salado de su polla, los gemidos de Carlos vibrando contra mi coño, el dolor placentero de los mordiscos que nos habíamos dado antes… todo se mezclaba.
Hace una pausa, me mira de reojo.—Carlos se corrió por el mero roce contra la cama. Rosa lo notó porque vio cómo se le tensaban los músculos de la espalda. Le ordenó: “No te corras todavía, espera”. Pero no pudo. Se corrió en la sábana, chorros fuertes, mientras seguía lamiéndome. Yo me corrí justo después, gritando contra la polla de Rosa, el orgasmo tan intenso que me temblaron las piernas. Rosa se salió de mi boca, se masturbó un par de veces rápido y se corrió en mi pecho: leche caliente cayendo por mis tetas. Luego se tumbó entre nosotros dos, nos abrazó y dijo: “Buen trabajo, familia. Mañana seguimos”.
Marta se calla. El viento sube desde la bahía, trayendo olor a sal y algas. Mari pone una mano en su rodilla.
—Fue el principio de muchas noches así, ¿verdad? —pregunta Mari, voz suave.
Marta asiente.—Sí. A partir de ahí, Rosa nos metió en su juego. Nos hacía follar delante de ella, nos mandaba posiciones, nos hacía mordernos, azotarnos, chuparnos mientras ella miraba o participaba. Carlos siempre obedecía. Yo… al principio por morbo, luego porque me gustaba. Porque con Carlos era diferente. No era solo sexo; era algo más oscuro, más profundo. Algo que no podíamos parar aunque quisiéramos.
- Pero hay que reconocer una cosa. Siempre lo mantuvo en secreto. Era algo que hacíamos en casa sin que nadie más se enterara.
Yo hablo por fin, voz baja:—Rosa era… adictiva. Su polla grande, su forma de mandar, cómo me hacía sentir que no tenía que decidir nada. Yo hacía lo que ella quería porque así no pensaba en la coca, en las deudas, en nada. Y cuando empezó a incluirte a ti, Marta… joder. Fue como si el mundo se abriera. El morbo de lo prohibido me volvió loco. Me arrepiento de haberte besado, de haberte tocado, de haberte comido el coño esa noche. Me arrepiento de no haber parado antes. De haber dejado que Rosa nos llevara tan lejos. Supongo que la culpa es tan fuerte que por eso no recordaba nada.
Mari suspira, mira al sol que ya empieza a bajar.—Cada uno tiene sus demonios. Rosa era el vuestro en esa época. Pero salisteis. Y ahora estáis aquí, los dos. Conmigo. Intentando construir algo que no sea solo destrucción.
Nos quedamos callados un rato. El mar abajo brilla dorado con la luz de la tarde. El porro ya no existe. Solo queda el recuerdo, flotando entre nosotros como el humo que se llevó el viento.
Mari se remueve un poco en el banco de piedra, cruza las piernas y mira al horizonte con esa expresión entre curiosa y juguetona que pone cuando quiere ir al grano sin rodeos. El sol ya está más bajo y el viento trae un fresquito que nos hace pegarnos más los unos a los otros.
—Me gustaría saber cuándo te penetró por primera vez —dice de repente, dirigiéndose a Marta pero mirándonos a los dos—. Porque hay quien considera que el sexo oral no es sexo pleno… como cierto presidente de Estados Unidos. —Suelta una risa corta, ronca, y nos guiña un ojo—. Ya sabéis, “no tuvo relaciones sexuales con esa mujer”.
Marta y yo nos quedamos callados un segundo, procesando. El nudo en mi estómago se aprieta, pero no es de rechazo; es de que estamos llegando al meollo de todo aquello.
Mari nota nuestro silencio y levanta las manos.—Eh, si no queréis contarlo, no lo contéis. No pasa nada.
Marta suspira, se pasa la mano por la nuca y sigue hablando, voz baja pero firme, como si hubiera decidido que ya que empezó, lo termina.
—En realidad fue un rato después. El orgasmo nos había calmado un poco el fuego de la coca. Nos dormimos los tres enredados en la cama grande, sudorosos, pegajosos, con el olor a sexo y a desodorante barato flotando en el aire. Pero no duramos mucho dormidos. La deshidratación de la coca nos levantó a todos casi al mismo tiempo. Nos incorporamos, desnudos los tres, y fuimos a la cocina a por agua. Bebimos del grifo directamente, como animales. Volvimos a la cama sin encender la luz, solo con la farola de la calle entrando por la persiana.
Marta hace una pausa, sonríe un poco al recordar.
—Rosa ya tenía una erección magnífica. Grande, tiesa, venosa, apuntando al techo. Yo me quedé mirándola sin disimulo. Rosa se dio cuenta al instante y se rio bajito. “Martita, ¿quieres que te la meta?”. Yo solo pude asentir con la cabeza, como una idiota. No me salía ni una palabra. Rosa se rio más fuerte y me ordenó: “Ponte en cuatro en la cama”. Obedecí. Carlos se quedó de pie, sin saber qué hacer. Rosa le miró y le dijo: “Ponte delante de tu hermana”. Lo entendí rápido: quería que yo le chupara la polla a Carlos mientras ella me penetraba por detrás.
Se gira un poco hacia mí, me mira a los ojos.
—Así estuvimos un rato. Yo a cuatro patas, chupando tu polla —que estaba durísima otra vez, como si no hubieras corrido hace nada—, mientras Rosa me follaba despacio al principio, luego más fuerte. Su polla grande entraba y salía, llenándome de una forma que no había sentido nunca. Dolor placentero, presión en todos los sitios. Gemía con tu polla en la boca, vibraciones que te hacían gemir a ti también.
Mari asiente despacio, sin interrumpir.
—Luego Rosa nos ordenó cambiar. Se sentó en la cama, piernas abiertas. Me ordenó que me arrodillara delante y se la chupara. Yo obedecí, me la metí en la boca, intentando llegar lo más profundo posible. Carlos se quedó de pie, sin saber qué hacer. Rosa le miró y le dijo: “Métela a tu hermana. Ahora”. Carlos se colocó detrás de mí, me agarró las caderas y me la metió. Ya me habían entrado pollas más grandes que la tuya, pero nunca tan duras. Estaba como acero. Cada embestida me llegaba hasta el fondo. Rosa me pellizcaba los pezones fuerte, tirando, retorciendo. Carlos me daba azotes en el culo, secos, que resonaban en la habitación. Ya sabéis lo mucho que me gusta eso: el ardor en la piel, el calor que sube al clítoris.
Marta se toca el muslo inconscientemente, como si aún sintiera los golpes.
—Rosa me forzó a chuparla hasta el fondo. Me agarró la nuca y me empujó, me hizo tener arcadas, lágrimas en los ojos, saliva cayendo por la barbilla. Pero me encantó. Me encantó sentirme usada así, controlada. Carlos aceleró detrás, embistiendo más fuerte. Todo aquello fue demasiado. Me corrí gritando alrededor de la polla de Rosa, contracciones que me apretaban alrededor de ti. Tú te corriste dentro de mí casi al instante, chorros calientes que sentí llenándome. Rosa se salió de mi boca, nos hizo ponernos de rodillas los dos delante de ella y se masturbó rápido. Se corrió en nuestras caras: leche caliente, espesa, cayendo por mejillas, labios, barbilla. Luego nos ordenó: “Chupaos mi semen y besaros”. Nos besamos con su corrida en la boca, lenguas enredadas, sabor salado compartido. Por fin nos relajamos lo suficiente. Nos tumbamos los tres, exhaustos, y nos dormimos de verdad.
Marta se calla. El silencio se estira. Yo hablo por fin, voz ronca:
—Recuerdo que me dormí como un niño. Sin remordimientos, sin culpa. Solo paz. En ese momento no sentía nada malo. Solo que había sido… perfecto. Que por fin alguien controlaba todo y yo no tenía que pensar. Y que tú estabas allí, Marta, y que eso lo hacía aún mejor.
Mari pone una mano en mi hombro, otra en el de Marta. Nos mira a los dos con ojos suaves.
—Volvamos a casa —dice al final—. Hay que comer algo y luego me tengo que ir de vuelta con vuestro padre. El autoestop no espera eternamente.
Nos levantamos despacio. El sol ya roza el horizonte. Bajamos del monte Urgull en silencio, el viento en la cara, el mar quedándose atrás. El recuerdo de esa noche flota entre nosotros, pesado pero no destructivo. Solo parte de lo que somos.

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