Capítulo anterior[/size]

Despierto despacio, con esa claridad rara que a veces llega después de una noche que ha sido demasiado larga y demasiado intensa. El sirimiri golpea suave contra las tejas del tejado inclinado, un sonido constante, casi hipnótico, que ya empieza a sentirse como parte del ático. No hay goteras hoy; la impermeabilización improvisada del jueves y viernes parece haber aguantado la noche. Por primera vez en semanas el colchón no huele a humedad.
Estoy en el centro de la cama, como siempre. A mi derecha, Marta respira profunda y tranquila, de lado, con la sábana enredada solo en la cintura y dejando al descubierto la curva de su espalda tatuada: el sol con ojo en el ombligo que tanto me obsesiona desde que lo estrenó, los geométricos que suben por las costillas como raíces negras. Su piel está limpia, fresca, sin rastro de sal; solo su olor natural, ese que mezcla sudor limpio de deporte, crema hidratante barata y un fondo tenue de porro de anoche que se le pega a los poros.
A mi izquierda, Mari. Mi madre. Duerme boca arriba, con la boca entreabierta y una expresión casi infantil que no le había visto desde que era pequeño. Lleva puesta solo una camiseta vieja mía que le queda enorme, de esas de propaganda de una carrera popular de hace años. La tela se le ha subido hasta la mitad del muslo y deja ver claramente que no lleva nada debajo: ni bragas, ni tanga, ni nada. Pero no hay vello púbico asomando; está completamente depilada, suave, lisa como una chica de veinte. Nada de pelitos ahí, jajaja. Dice que es por comodidad, por higiene, por sentirse más libre en su cuerpo —y sí, sigue siendo un espíritu libre, hippy hasta la médula en lo de no atarse a normas, al amor libre, a las etiquetas, pero en esto ha decidido que le gusta la piel limpia, expuesta, sin nada que la estorbe cuando quiere tocarse o que la toquen. Su coño depilado asoma apenas por el borde subido de la camiseta, rosado y suave, con esa vulnerabilidad que me acelera el pulso sin remedio. Su pelo gris-rubio desparramado sobre la almohada, mechones pegados a la frente por el sudor de la noche. Respira lento, con pequeños ronquidos que me hacen sonreír sin querer.
Las dos parecen… felices. No hay tensión en sus caras, no hay esa línea dura que aparece en la frente de Marta cuando algo la preocupa, ni el ceño fruncido que Mari pone cuando empieza a rumiar viejos agravios. Solo paz. Y yo, en medio, sintiendo el calor de sus cuerpos a ambos lados como una manta que no merezco.
Me quedo quieto un buen rato, sin mover ni un músculo, solo escuchando. El tráfico lejano de la Parte Vieja que ya empieza a despertar, el rumor de las gaviotas, el golpeteo constante de la lluvia fina. Mi polla está medio dura, no de ganas urgentes, sino de esa erección matutina perezosa que a veces llega sin motivo cuando el cuerpo se siente seguro. No hay craving hoy, o al menos no el de siempre. El hueco que deja la coca está ahí, en el fondo del estómago, pero esta mañana se ha desviado hacia otro sitio: hacia el olor mezclado de sus dos pieles —el de Marta limpio y ligeramente ácido, el de Mari cálido, pachulí viejo y ese aroma almizclado de mujer madura que se depila y huele a deseo sin filtros—, hacia el recuerdo borroso de anoche, hacia el peso suave de sus piernas enredadas con las mías mientras nos dormíamos los tres hechos un nudo.
Ayer fue… brutal. Tierno al principio, salvaje después, y al final algo que no sé ni cómo nombrar. Mari apareció empapada en la puerta como salida de otra época, con su mochila de lona y esa sonrisa de “he vuelto a hacer una locura”. Luego vino el porro compartido, las risas, el sexo lento bajo las sábanas con ella, solo nosotros dos, besos que sabían a lágrimas y a “te quiero” susurrado. Y después Marta entrando como un torbellino, mojada de la carrera y del mar, quitándose la ropa sin decir nada, uniéndose sin preguntar. El arnés, el speed cortado que Mari sacó “de parte de una amiga de Marta”, las posiciones imposibles, los azotes que resonaban en el monoambiente, los gemidos que seguro se oyeron en el piso de abajo. Y al final, los tres abrazados, semen en las manos, en las bocas, lamido compartido en un beso lento de tres que duró hasta que nos quedamos sin aire.
Ahora las miro y pienso: ¿Cómo coño hemos llegado aquí? ¿Cómo es que no me siento sucio, o culpable, o perdido? Solo… agradecido. Y aterrado a partes iguales, porque sé que esto no puede durar. Que la jefa en el Gobierno Civil me va a mirar raro el lunes cuando entre con ojeras y sonrisa boba. Que el Guardia Civil de pelo canoso y ojos de mala hostia sigue siendo una fantasía que me ronda demasiado. Que mi cuenta sigue a nombre de Marta porque yo no me fío ni de mí mismo con el dinero. Que la abstinencia de drogas duras lleva solo dos meses y pico, y que el craving nunca se va del todo, solo cambia de forma.
Pero esta mañana, con las dos durmiendo a mi lado —Marta limpia y oliendo a jabón de limón, Mari depilada y desnuda bajo la camiseta, oliendo a vida sin filtros—, con el sirimiri de fondo y el ático oliendo a sexo viejo, a porro apagado y a café que aún no hemos hecho, decido que voy a quedarme aquí un rato más. Sin moverme. Sin pensar demasiado. Solo respirando con ellas.
Porque por primera vez en mucho tiempo, no quiero huir.
Me quedo un rato más así, quieto, respirando con ellas. El sirimiri no para, pero dentro del ático el aire está cargado de algo que no sé si es paz o de resaca emocional. Mi mente empieza a repasar el sábado como si fuera una película que se rebobina sola, saltando escenas, deteniéndose en detalles que duelen y excitan a la vez.
Después del abrazo exhausto de la mañana, cuando los tres estábamos hechos un nudo de sudor, semen y respiraciones entrecortadas, Mari fue la primera en moverse. Se incorporó despacio, con esa energía que parece que nunca se le acaba del todo, aunque tenga casi sesenta. Nos miró a Marta y a mí, todavía jadeando, y soltó una risa baja, ronca.
—Venga, niños, a la ducha. Que parecéis dos gatos mojados después de una pelea.
Lo dijo exactamente igual que cuando éramos pequeños y volvíamos del parque cubiertos de barro, o después de jugar al fútbol en el patio hasta que nos dolían los pies. “Niños”. Nos seguía llamando así, aunque Marta tenga 25 y yo 31. Y lo más loco es que obedecimos sin rechistar.
La ducha era un cubículo minúsculo, con la mampara de plástico amarillento y el grifo que goteaba siempre. Entramos los tres apretados, riéndonos como idiotas porque no cabíamos. Mari se puso en el centro, abrió el agua tibia (la caliente tardaba una eternidad en salir) y nos fue enjabonando uno a uno con el gel de limón barato. Primero a mí: manos firmes por la espalda, por el pecho, bajando por el culo sin pudor, riéndose cuando me ponía duro otra vez solo con el roce. Luego a Marta: le lavó el pelo con cuidado, desenredando los nudos del running, le pasó la esponja por los tatuajes como si estuviera repasando un mapa. Y al final se lavó ella misma, deprisa, sin ceremonias, pero dejando que la miráramos. Agua resbalando por su piel depilada, por los pechos que la menopausia había suavizado un poco pero seguían firmes, por el vientre donde aún quedaba alguna estría de cuando nos tuvo a nosotros.
Salimos chorreando, nos secamos con la toalla que tenemos (una para los tres, turnándonos), y nos pusimos ropa cómoda de andar por casa. Ya era tarde, casi las dos de la tarde. El hambre apretaba, pero el dinero no sobraba. Decidimos comer en casa. Marta sacó de la nevera lo que quedaba: un paquete de pasta medio consumido, tomate frito de bote, una cebolla que empezaba a brotar y algo de queso rallado que había comprado en el Eroski de Gros. Yo puse la mesa plegable, Mari abrió una botella de rioja que había traído en la mochila. Comimos en silencio al principio, solo el ruido de los tenedores y el sirimiri fuera. Luego empezaron las risas otra vez, hablando de tonterías: de cómo Mari había hecho autoestop desde el pueblo, de que un camionero le había dado un ride hasta Bilbao y le había contado toda su vida, de que Marta había nadado en el mar a pesar del frío porque es un ejercicio muy completo.
Después de comer salimos. No queríamos gastar en bares ni restaurantes, así que turismo barato: a pie por la Parte Vieja, subiendo hasta el Kursaal por el paseo Nuevo cuando paraba un poco la lluvia, bajando otra vez por el Boulevard. Para no calarnos vivos, Marta se puso su chubasquero amarillo chillón de plástico (de esos que parecen de feria), yo me enfundé el mío deportivo negro con capucha, y Mari… improvisó. Cogió una manta pequeña que tenemos en la casa y se la echó por encima como un poncho, atándola con un nudo en el pecho. Parecía una peregrina moderna, o una hippy de los setenta que se hubiera perdido en el tiempo. Nos reíamos cada vez que pasaba alguien y la miraba raro.

El único capricho del día: entramos en una cafetería de la Avenida, de esas que tienen pinta de toda la vida. Pedimos un café con leche para cada uno y un plato de tortitas con nata para compartir. Nos habían dicho que eran de las mejores de Donosti, y joder, lo eran. Calientes, esponjosas, la nata montada casera cayendo por los bordes. Nos sentamos en una mesa pegada a la ventana, viendo pasar a la gente bajo los paraguas, y por un momento todo pareció normal. Una familia cualquiera tomando algo un sábado por la tarde. Excepto que no éramos una familia cualquiera.
Luego seguimos paseando. Subimos hasta la catedral del Buen Pastor porque Marta quería verla de cerca (decía que le gustaba la torre, que parecía sacada de un cuento). Estábamos ahí parados, mirando la fachada neogótica empapada de lluvia, cuando oí una voz a mi espalda.
—Vaya, Carlos. No esperaba verte por aquí un sábado.
Me giré y era ella: la jefa. La señora bajita, ojos azules que te atraviesan, abrigo de lana gris y un paraguas negro pequeño. Iba sola, con una bolsa de El Corte Inglés en la mano. Me puse tenso al instante.
—Buenas tardes, doña Carmen —dije, intentando sonar normal—. Estaba… enseñando la ciudad a mi familia.
Se acercó con esa sonrisa que nunca sabes si es amable o si te está midiendo.
Le presenté:—Mi hermana, Marta. Y mi madre, Mari.
-Hola, Marta, te he visto algún día por el Gobierno Civil.
Marta le dio dos besos con naturalidad, Mari también, con su energía de siempre, comentando lo bonita que era la catedral aunque “un poco fría para rezar, ¿no?”. Doña Carmen las miró un segundo de más, como si estuviera archivando datos, y luego volvió a mí.
Tras un poco más de charla insustancial nos despedimos con los típicos besos en la mejilla. Cuando me tocó el turno a mí, se acercó más de lo necesario, me plantó el beso y, pegada a mi oído, susurró bajito, solo para mí:
—Ya he conseguido mejor cocaína. Mucho más limpia. Ya quedaremos una tarde de estas, ¿eh? No te preocupes, seremos discretos.
Se apartó sonriendo como si nada, saludó con la mano y siguió su camino hacia el centro.
Me quedé clavado. Marta y Mari seguían hablando de la torre, ajenas. El corazón me latía en los oídos. El craving, que había estado callado toda la mañana, se despertó de golpe como un perro que huele carne. No era solo ganas; era miedo. Miedo a que esa mierda me vuelva a pillar, miedo a que la jefa sepa más de lo que debería, miedo a que todo esto —el ático, Marta, Mari, la paz de esta mañana— se vaya a la mierda en cuanto cruce una línea.
Volvimos caminando despacio hacia casa. El sirimiri seguía cayendo a ratos. Mari iba canturreando una canción vieja bajo su poncho-manta. Marta me cogió de la mano y me apretó, como si supiera que algo no iba bien pero sin preguntar todavía.
Y yo, mientras subíamos las escaleras del ático, solo podía pensar en una cosa: que la abstinencia lleva dos meses y pico, pero el demonio nunca se va del todo. Solo espera el momento.
Llegamos al ático empapados otra vez, aunque los chubasqueros y el poncho improvisado de Mari habían hecho lo que pudieron. Subimos las escaleras en silencio, el eco de nuestros pasos en la madera vieja mezclándose con el sirimiri que seguía cayendo fuera.
Al entrar, el calor residual del día —o más bien la humedad que se había quedado atrapada dentro— nos recibió como un abrazo pegajoso. Quitamos la ropa mojada en la entrada, la colgamos de la barra de la cortina que hace de tendedero improvisado, y nos quedamos en ropa interior y camisetas. Mari, por supuesto, sin nada debajo de la suya.
Se fue directa a la cocina pequeña, abrió la nevera vacía casi del todo y soltó un suspiro teatral.
—Mirad esto, niños. Dos yogures, media cebolla y un paquete de pasta que ya se está acabando. Hasta que cobréis el primer sueldo decente, andáis más tiesos que una vela. Hay que aprender a comer económico de verdad.
Marta y yo nos miramos. Sabíamos lo que venía.
—De lo mejor y más barato que hay son las sopas de sobre —continuó Mari—. Las de siempre, las de pollo con fideos, o la de verduras. Baratas, rápidas y llenan.
Puse cara de asco sin poder evitarlo. Marta también: arrugó la nariz y soltó un “puaj” bajito. Las sopas de sobre de Mari cuando éramos críos eran legendarias por lo malas que estaban. Agua caliente con un polvo amarillo que sabía a sal y a cartón mojado, fideos que se deshacían en dos minutos y un regusto químico que se te quedaba en la lengua toda la tarde. Las comíamos porque no había otra cosa, pero las odiábamos en secreto.
Mari se giró, nos vio las caras y soltó una carcajada fuerte, de esas que le salen del estómago.
—¿Qué? ¿Seguís con esa cara de asco? ¡El que es pobre tiene que saber aguantarse, coño! Cuando empecéis a cobrar vuestros sueldos de funcionarios, ya os podréis dar algún lujo: pintxos en el Gros, txuleta en un asador, lo que queráis. Pero ahora, a tragar y a callar. Que la vida no es solo caprichos.
Me quedé callado un segundo, con el estómago revuelto. No sabía si me lo había dicho a mí directamente o si era solo una frase general. “El que es pobre tiene que saber aguantarse”. ¿Era un reproche velado por mis años de mierda, por las deudas que arrastré, por haberla hecho pasar apuros cuando yo desaparecía semanas enteras? O solo era Mari siendo Mari, directa y sin filtro. A veces con ella es imposible saberlo; suelta verdades como quien tira piedras al agua, sin mirar dónde caen.
Al final, sin decir nada más, metió la mano en su mochila de lona —esa mochila vieja que parece un bolso de Mary Poppins, porque siempre saca cosas que no deberían caber ahí— y sacó cuatro o cinco sobres de sopa de sobre. Los de toda la vida: marca blanca, letras rojas desvaídas, caducidad que ya había pasado hacía meses pero que ella juraba que “da igual, el conservante es eterno”.
—Venga, sentaos —ordenó, poniendo agua a hervir en el cazo más grande que teníamos.
Preparó tres tazones enormes. El olor subió enseguida: pollo artificial, cebolla deshidratada, un toque de zanahoria en polvo. Echó los fideos, removió con una cuchara de madera astillada y sirvió. Nos puso los tazones delante en la mesa plegable, se sentó ella también y nos miró expectante.
Probé el primer cucharada con desconfianza. Estaba… buena. Joder, estaba buena de verdad. Caliente, sabrosa, con ese punto salado justo que reconforta cuando hace frío fuera. Los fideos no se habían pasado, el caldo tenía cuerpo. No era la sopa aguada y triste de mi infancia; o quizás sí lo era, pero ahora, con el estómago vacío y el cuerpo cansado del día, sabía a gloria.
Marta dio un sorbo, cerró los ojos un segundo y murmuró:—Hostia… está rica.
Mari se rio otra vez, esta vez más suave, casi orgullosa.
—¿Veis? Por fin os estáis haciendo mayores. Ya no sois los mocosos que ponían cara de asco a todo. La vida os está enseñando modales.
Comimos en silencio casi todo el rato, solo interrumpido por el ruido de las cucharas contra la cerámica y el sirimiri contra las tejas. Al acabar, recogimos los tazones, fregamos lo justo (el agua caliente escaseaba) y nos sentamos en la cama, que era el único sitio decente para estar los tres juntos.
Mari sacó la bolsita de maría que llevaba en un bolsillo interno de la mochila —siempre tenía provisiones, como si supiera que iba a quedarse más de una noche—. Lié dos porros con calma, los encendí y nos los fuimos pasando. Hablamos de tonterías: de cómo había cambiado la Parte Vieja desde la última vez que Mari estuvo por aquí, de que Marta quería apuntarse a un gimnasio barato en Gros cuando cobrara. Cosas normales. Como una familia normal. Nadie mencionó la jefa, ni la coca, ni el susurro en la mejilla. Por un rato, todo eso se quedó fuera, en la calle, bajo la lluvia.
Al final, sin darnos cuenta, el cansancio nos cayó encima como una losa. Apagamos la luz, nos metimos en la cama los tres otra vez —yo en medio—, nos tapamos con la manta de cuadros que aún olía un poco a humedad y a humo. Mari se acurrucó a mi izquierda, Marta a mi derecha. Sus respiraciones se fueron acompasando rápido. Yo tardé un poco más, con la cabeza dando vueltas al día: la catedral, la jefa, la sopa, el porro, el calor de sus cuerpos. Pero al final también me rendí.
Nos dormimos rápido. Profundos. Sin pesadillas.
Por una vez, el sábado acababa bien.
Me desperté en mitad de la noche, de golpe, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de la cabeza. El sirimiri sigue golpeando las tejas, más fuerte ahora, un ruido blanco que tapa casi todo lo demás. La habitación está oscura, solo un hilo de luz naranja de la farola de la calle que se cuela por la persiana medio rota. Miro a los lados: Marta a mi derecha, de lado, respirando profunda, con una pierna echada por encima de la mía. Mari a mi izquierda, boca arriba, la camiseta subida hasta el ombligo, las piernas ligeramente abiertas. Las dos duermen como si el mundo se hubiera parado.
Tengo una erección brutal, de esas que duelen un poco, que tiran de la piel y no te dejan pensar en otra cosa. No es solo matutina; es de las que vienen con el recuerdo de la mañana anterior todavía fresco, con el olor a sexo y porro que aún flota en el aire. Al principio no sé con cuál de las dos. Sé que a las dos les encantaría que las despertara así: un roce, un beso en el cuello, una mano que baja despacio. Marta lo haría con una sonrisa perezosa y se pondría encima en dos segundos. Mari soltaría un gemido ronco y me diría “ven aquí, Carlos” antes de que yo terminara de pedir permiso.
Pero elijo a Mari. Porque a Marta la tengo todos los días, en la cama, en la ducha, en la cocina. Mari está de paso, ha venido de sorpresa y se irá pronto, y por una vez que está aquí siento que tengo que aprovecharla como si fuera la última. Es una tontería, lo sé, pero el cuerpo no razona.
Deslizo la mano despacio por su vientre, bajo la camiseta arrugada. Su piel está caliente, suave, depilada. Llego a su coño y empiezo a acariciarla con la yema de los dedos, círculos lentos alrededor del clítoris, sin prisa. Está húmeda casi de inmediato, como si su cuerpo hubiera estado esperando. Se le escapa un suspiro dormido, las caderas se mueven un poco hacia mi mano. Me pongo encima con cuidado, apoyo el peso en los antebrazos para no despertarla del todo todavía. La penetro despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abre para mí. Está caliente, mojada, apretada de esa forma que solo tiene ella después de la menopausia: más sensible, más viva.
Mari abre los ojos por fin. Me mira un segundo confusa, luego sonríe en la penumbra, esa sonrisa pícara que pone cuando sabe que ha ganado. Nos besamos profundo, lenguas que se enredan, saliva que sabe a porro viejo y a sueño. Mientras la penetro con embestidas lentas pero firmes, llevo las manos a sus tetas. Las acaricio, pellizco los pezones que ya están duros. Los beso, los chupo, los muerdo suave al principio.
—Más fuerte —me susurra al oído, voz ronca, casi un gruñido.
Obedezco. Le muerdo los pezones con más fuerza, los retuerzo entre los dedos como sé que le gusta desde el verano entero de lunes salvajes que pasamos en el pueblo: ella en casa aprovechando el día que cerraba la peluquería, yo esperándola en el sofá, sin preliminares, directo al grano. Azotes, mordiscos, folladas contra la pared hasta que nos dolían las rodillas. Ha sido un verano de eso, y los dos lo recordamos igual.
Mari se contiene para no gritar. Aprieta los labios, respira por la nariz, clava las uñas en mi espalda. Pero de repente noto algo nuevo: una lengua caliente y húmeda en mi culo. Un beso negro perfecto, lento, profundo, círculos que me hacen arquear la espalda sin querer. Casi me corro ahí mismo. Me quedo quieto, la polla dentro de Mari, el corazón a mil. Marta se ha despertado, se ha movido sigilosa detrás de mí y ahora me está devorando el culo como si fuera lo único que existe en el mundo.
Me giro un poco, busco la boca de Mari y la beso mientras Marta sigue. Lengua contra lengua, saliva mezclada, gemidos ahogados. Marta se levanta de la cama un segundo. Oigo el roce de la sábana, pasos descalzos en el suelo frío. Vuelve rápido. Siento el frío del lubricante en mi culo, luego la presión del dildo. Marta se tumba encima de mí, su peso cálido contra mi espalda, sus tetas aplastadas contra mis omóplatos. Estamos haciendo un bocadillo perfecto: Mari debajo, yo en medio, Marta encima. Siento las tetas de Mari contra mi pecho, duras por la excitación, pezones rozando mi piel. Las de Marta en mi espalda, pesadas, calientes.
Mari al rato suelta una risa entrecortada.
—Joder… me estáis aplastando, cabrones.
Los tres nos reímos bajito, nerviosos, excitados. Nos movemos un poco para dejarle espacio. Mari estira la mano hacia Marta.
—Dame el arnés, anda.
Marta se lo quita con cuidado, se lo pasa. Mari se lo coloca rápido, experta, ajusta las correas. Marta se tumba de espaldas en la cama, piernas abiertas. Yo me coloco encima de ella, la penetro despacio, sintiendo cómo me envuelve. Mari se pone detrás de mí, encima, y me penetra el culo con el dildo. Ahora es al revés: tetas de Marta contra mi pecho, tetas de Mari contra mi espalda. Mi culo lleno, mi polla dentro de Marta. Es el sumun, joder. El roce de las dos pieles, el calor triple, el ritmo que se sincroniza sin palabras.
Llevo las manos a los pezones de Marta y los retuerzo fuerte, como sé que le gusta cuando está muy cachonda. Ella gime bajito, arquea la espalda. Al mismo tiempo, siento las manos de Marta y Mari en mis pezones: pellizcos, giros, tirones coordinados. Dolor y placer mezclados, electricidad que sube por la columna. Nos movemos los tres al unísono, embestidas lentas pero profundas, respiraciones que se entrecortan, gemidos que intentamos ahogar contra la piel del otro.
No sé cuánto tiempo pasa. Minutos, quizás más. Solo sé que estamos los tres conectados, sudando, temblando, perdidos en esto que no tiene nombre pero que ahora mismo lo es todo.
Seguimos moviéndonos en la oscuridad, los tres sincronizados en un ritmo que no necesita palabras. El sirimiri fuera tapa los gemidos que se nos escapan, pero aun así intentamos contenernos: bocas pegadas a hombros, mordiscos en lugar de gritos, respiraciones que se ahogan contra la piel. Nadie quiere que los vecinos del piso de abajo —esa pareja mayor que siempre nos mira raro en la escalera— se despierten y empiecen a golpear el techo con la escoba.
Cambiamos de posición sin salir del todo del nudo. Primero, Marta se tumba boca arriba en el centro de la cama, piernas abiertas y levantadas. Yo me arrodillo entre sus muslos y la penetro profundo, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza. Mari se coloca a horcajadas sobre la cara de Marta, de espaldas a mí, y baja despacio hasta que su coño depilado queda justo encima de la boca de su hija. Marta la lame con ganas, lengua plana y círculos lentos en el clítoris, mientras yo embisto a Marta con fuerza contenida. Mari se inclina hacia delante, agarra mis huevos con una mano y aprieta justo lo suficiente para que duela rico. Me da un par de tortas secas en los testículos —no muy fuertes, pero sí que escuecen— y yo gruño bajito contra su cuello. Luego se gira un poco y le da una torta abierta en una teta a Marta, que se arquea y gime contra su coño. Marta responde: mete dos dedos en el culo de Mari y le da un azote en el muslo que resuena un poco más de lo que debería. Mari suelta un “shhh” entre risas ahogadas y le retuerce un pezón a su hija como venganza. Dolor y placer rebotando entre los tres, pero todo en voz baja, como un secreto compartido.
Otra posición: yo me siento en el borde de la cama, piernas abiertas. Marta se arrodilla delante de mí y me chupa la polla despacio, profunda, mientras Mari se pone detrás de ella y le mete el dildo del arnés por detrás, follándola a cuatro patas. Mari agarra el pelo de Marta con una mano y tira hacia atrás, exponiendo su cuello para que yo pueda morderlo. Con la otra mano libre, Mari me da otro golpe en los huevos —esta vez más juguetón, pero duele igual— y yo le devuelvo el favor estirando el brazo y dándole una torta fuerte en una teta que hace que se le escape un gemido que tapa rápido con la mano. Marta, entre arcadas y gemidos, le clava las uñas en los muslos a Mari y le da pellizcos en los pezones. Estamos jugando al límite, empujándonos mutuamente, pero siempre conteniendo el volumen.
Al final volvemos al trenecito que ya conocemos bien. Mari se pone a cuatro patas en el centro de la cama, culo en pompa, manos apoyadas en el colchón. Yo me coloco detrás y la penetro anal despacio al principio, sintiendo cómo se abre para mí, caliente y apretada. Marta se pone el arnés otra vez —ajusta las correas rápido, experta—, se arrodilla detrás de mí y me penetra el culo con el dildo, empujando con las caderas al mismo ritmo que yo embisto a Mari. Estamos encadenados: cada movimiento mío entra en Mari y hace que Marta entre más profundo en mí. Mari se toca el clítoris con una mano, gime bajito contra la almohada. Yo agarro sus caderas y acelero, sintiendo el dildo de Marta rozándome la próstata a cada embestida. Marta me clava las uñas en la espalda y me da un azote seco en el culo que me hace apretar dentro de Mari.
Mari se corre primero: cuerpo temblando, coño contrayéndose en el vacío, un gemido largo que ahoga mordiendo la sábana. Eso me empuja al borde. Me corro dentro de su culo, chorros calientes que siento salir y llenarla. Marta, sintiendo cómo me contraigo alrededor del dildo, acelera un par de veces más y se corre también: jadeos cortos, cuerpo rígido, manos apretando mis caderas como si quisiera fundirse conmigo.
Nos quedamos quietos un segundo, respirando fuerte. Luego Marta y yo nos arrodillamos detrás de Mari, que sigue a cuatro patas, culo alzado. Le abrimos las nalgas con cuidado y empezamos a lamerle el culo: lenguas alternando, chupando la leche que va saliendo despacio, caliente y espesa. Mari gime bajito, se estremece. Nos besamos los dos encima de su culo, lengua contra lengua, compartiendo el sabor salado y prohibido. Mari se gira un poco, nos mira con los ojos entrecerrados y suelta en voz muy baja, entre risas:
—Sois unos cochinos, joder… Unos cochinos preciosos.
Los tres nos reímos bajito, nerviosos, exhaustos. Nos limpiamos como podemos con la toalla que ya está húmeda de antes, nos tumbamos otra vez en la cama —yo en medio, como siempre—, nos tapamos con la manta de y nos acurrucamos. Mari me da un beso en la mejilla, Marta me besa el cuello. El sirimiri sigue cayendo fuera, constante, como si nada hubiera pasado.
Nos dormimos rápido. Profundos. Sin remordimientos, al menos por esta noche.

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Despierto despacio, con esa claridad rara que a veces llega después de una noche que ha sido demasiado larga y demasiado intensa. El sirimiri golpea suave contra las tejas del tejado inclinado, un sonido constante, casi hipnótico, que ya empieza a sentirse como parte del ático. No hay goteras hoy; la impermeabilización improvisada del jueves y viernes parece haber aguantado la noche. Por primera vez en semanas el colchón no huele a humedad.
Estoy en el centro de la cama, como siempre. A mi derecha, Marta respira profunda y tranquila, de lado, con la sábana enredada solo en la cintura y dejando al descubierto la curva de su espalda tatuada: el sol con ojo en el ombligo que tanto me obsesiona desde que lo estrenó, los geométricos que suben por las costillas como raíces negras. Su piel está limpia, fresca, sin rastro de sal; solo su olor natural, ese que mezcla sudor limpio de deporte, crema hidratante barata y un fondo tenue de porro de anoche que se le pega a los poros.
A mi izquierda, Mari. Mi madre. Duerme boca arriba, con la boca entreabierta y una expresión casi infantil que no le había visto desde que era pequeño. Lleva puesta solo una camiseta vieja mía que le queda enorme, de esas de propaganda de una carrera popular de hace años. La tela se le ha subido hasta la mitad del muslo y deja ver claramente que no lleva nada debajo: ni bragas, ni tanga, ni nada. Pero no hay vello púbico asomando; está completamente depilada, suave, lisa como una chica de veinte. Nada de pelitos ahí, jajaja. Dice que es por comodidad, por higiene, por sentirse más libre en su cuerpo —y sí, sigue siendo un espíritu libre, hippy hasta la médula en lo de no atarse a normas, al amor libre, a las etiquetas, pero en esto ha decidido que le gusta la piel limpia, expuesta, sin nada que la estorbe cuando quiere tocarse o que la toquen. Su coño depilado asoma apenas por el borde subido de la camiseta, rosado y suave, con esa vulnerabilidad que me acelera el pulso sin remedio. Su pelo gris-rubio desparramado sobre la almohada, mechones pegados a la frente por el sudor de la noche. Respira lento, con pequeños ronquidos que me hacen sonreír sin querer.
Las dos parecen… felices. No hay tensión en sus caras, no hay esa línea dura que aparece en la frente de Marta cuando algo la preocupa, ni el ceño fruncido que Mari pone cuando empieza a rumiar viejos agravios. Solo paz. Y yo, en medio, sintiendo el calor de sus cuerpos a ambos lados como una manta que no merezco.
Me quedo quieto un buen rato, sin mover ni un músculo, solo escuchando. El tráfico lejano de la Parte Vieja que ya empieza a despertar, el rumor de las gaviotas, el golpeteo constante de la lluvia fina. Mi polla está medio dura, no de ganas urgentes, sino de esa erección matutina perezosa que a veces llega sin motivo cuando el cuerpo se siente seguro. No hay craving hoy, o al menos no el de siempre. El hueco que deja la coca está ahí, en el fondo del estómago, pero esta mañana se ha desviado hacia otro sitio: hacia el olor mezclado de sus dos pieles —el de Marta limpio y ligeramente ácido, el de Mari cálido, pachulí viejo y ese aroma almizclado de mujer madura que se depila y huele a deseo sin filtros—, hacia el recuerdo borroso de anoche, hacia el peso suave de sus piernas enredadas con las mías mientras nos dormíamos los tres hechos un nudo.
Ayer fue… brutal. Tierno al principio, salvaje después, y al final algo que no sé ni cómo nombrar. Mari apareció empapada en la puerta como salida de otra época, con su mochila de lona y esa sonrisa de “he vuelto a hacer una locura”. Luego vino el porro compartido, las risas, el sexo lento bajo las sábanas con ella, solo nosotros dos, besos que sabían a lágrimas y a “te quiero” susurrado. Y después Marta entrando como un torbellino, mojada de la carrera y del mar, quitándose la ropa sin decir nada, uniéndose sin preguntar. El arnés, el speed cortado que Mari sacó “de parte de una amiga de Marta”, las posiciones imposibles, los azotes que resonaban en el monoambiente, los gemidos que seguro se oyeron en el piso de abajo. Y al final, los tres abrazados, semen en las manos, en las bocas, lamido compartido en un beso lento de tres que duró hasta que nos quedamos sin aire.
Ahora las miro y pienso: ¿Cómo coño hemos llegado aquí? ¿Cómo es que no me siento sucio, o culpable, o perdido? Solo… agradecido. Y aterrado a partes iguales, porque sé que esto no puede durar. Que la jefa en el Gobierno Civil me va a mirar raro el lunes cuando entre con ojeras y sonrisa boba. Que el Guardia Civil de pelo canoso y ojos de mala hostia sigue siendo una fantasía que me ronda demasiado. Que mi cuenta sigue a nombre de Marta porque yo no me fío ni de mí mismo con el dinero. Que la abstinencia de drogas duras lleva solo dos meses y pico, y que el craving nunca se va del todo, solo cambia de forma.
Pero esta mañana, con las dos durmiendo a mi lado —Marta limpia y oliendo a jabón de limón, Mari depilada y desnuda bajo la camiseta, oliendo a vida sin filtros—, con el sirimiri de fondo y el ático oliendo a sexo viejo, a porro apagado y a café que aún no hemos hecho, decido que voy a quedarme aquí un rato más. Sin moverme. Sin pensar demasiado. Solo respirando con ellas.
Porque por primera vez en mucho tiempo, no quiero huir.
Me quedo un rato más así, quieto, respirando con ellas. El sirimiri no para, pero dentro del ático el aire está cargado de algo que no sé si es paz o de resaca emocional. Mi mente empieza a repasar el sábado como si fuera una película que se rebobina sola, saltando escenas, deteniéndose en detalles que duelen y excitan a la vez.
Después del abrazo exhausto de la mañana, cuando los tres estábamos hechos un nudo de sudor, semen y respiraciones entrecortadas, Mari fue la primera en moverse. Se incorporó despacio, con esa energía que parece que nunca se le acaba del todo, aunque tenga casi sesenta. Nos miró a Marta y a mí, todavía jadeando, y soltó una risa baja, ronca.
—Venga, niños, a la ducha. Que parecéis dos gatos mojados después de una pelea.
Lo dijo exactamente igual que cuando éramos pequeños y volvíamos del parque cubiertos de barro, o después de jugar al fútbol en el patio hasta que nos dolían los pies. “Niños”. Nos seguía llamando así, aunque Marta tenga 25 y yo 31. Y lo más loco es que obedecimos sin rechistar.
La ducha era un cubículo minúsculo, con la mampara de plástico amarillento y el grifo que goteaba siempre. Entramos los tres apretados, riéndonos como idiotas porque no cabíamos. Mari se puso en el centro, abrió el agua tibia (la caliente tardaba una eternidad en salir) y nos fue enjabonando uno a uno con el gel de limón barato. Primero a mí: manos firmes por la espalda, por el pecho, bajando por el culo sin pudor, riéndose cuando me ponía duro otra vez solo con el roce. Luego a Marta: le lavó el pelo con cuidado, desenredando los nudos del running, le pasó la esponja por los tatuajes como si estuviera repasando un mapa. Y al final se lavó ella misma, deprisa, sin ceremonias, pero dejando que la miráramos. Agua resbalando por su piel depilada, por los pechos que la menopausia había suavizado un poco pero seguían firmes, por el vientre donde aún quedaba alguna estría de cuando nos tuvo a nosotros.
Salimos chorreando, nos secamos con la toalla que tenemos (una para los tres, turnándonos), y nos pusimos ropa cómoda de andar por casa. Ya era tarde, casi las dos de la tarde. El hambre apretaba, pero el dinero no sobraba. Decidimos comer en casa. Marta sacó de la nevera lo que quedaba: un paquete de pasta medio consumido, tomate frito de bote, una cebolla que empezaba a brotar y algo de queso rallado que había comprado en el Eroski de Gros. Yo puse la mesa plegable, Mari abrió una botella de rioja que había traído en la mochila. Comimos en silencio al principio, solo el ruido de los tenedores y el sirimiri fuera. Luego empezaron las risas otra vez, hablando de tonterías: de cómo Mari había hecho autoestop desde el pueblo, de que un camionero le había dado un ride hasta Bilbao y le había contado toda su vida, de que Marta había nadado en el mar a pesar del frío porque es un ejercicio muy completo.
Después de comer salimos. No queríamos gastar en bares ni restaurantes, así que turismo barato: a pie por la Parte Vieja, subiendo hasta el Kursaal por el paseo Nuevo cuando paraba un poco la lluvia, bajando otra vez por el Boulevard. Para no calarnos vivos, Marta se puso su chubasquero amarillo chillón de plástico (de esos que parecen de feria), yo me enfundé el mío deportivo negro con capucha, y Mari… improvisó. Cogió una manta pequeña que tenemos en la casa y se la echó por encima como un poncho, atándola con un nudo en el pecho. Parecía una peregrina moderna, o una hippy de los setenta que se hubiera perdido en el tiempo. Nos reíamos cada vez que pasaba alguien y la miraba raro.

El único capricho del día: entramos en una cafetería de la Avenida, de esas que tienen pinta de toda la vida. Pedimos un café con leche para cada uno y un plato de tortitas con nata para compartir. Nos habían dicho que eran de las mejores de Donosti, y joder, lo eran. Calientes, esponjosas, la nata montada casera cayendo por los bordes. Nos sentamos en una mesa pegada a la ventana, viendo pasar a la gente bajo los paraguas, y por un momento todo pareció normal. Una familia cualquiera tomando algo un sábado por la tarde. Excepto que no éramos una familia cualquiera.
Luego seguimos paseando. Subimos hasta la catedral del Buen Pastor porque Marta quería verla de cerca (decía que le gustaba la torre, que parecía sacada de un cuento). Estábamos ahí parados, mirando la fachada neogótica empapada de lluvia, cuando oí una voz a mi espalda.
—Vaya, Carlos. No esperaba verte por aquí un sábado.
Me giré y era ella: la jefa. La señora bajita, ojos azules que te atraviesan, abrigo de lana gris y un paraguas negro pequeño. Iba sola, con una bolsa de El Corte Inglés en la mano. Me puse tenso al instante.
—Buenas tardes, doña Carmen —dije, intentando sonar normal—. Estaba… enseñando la ciudad a mi familia.
Se acercó con esa sonrisa que nunca sabes si es amable o si te está midiendo.
Le presenté:—Mi hermana, Marta. Y mi madre, Mari.
-Hola, Marta, te he visto algún día por el Gobierno Civil.
Marta le dio dos besos con naturalidad, Mari también, con su energía de siempre, comentando lo bonita que era la catedral aunque “un poco fría para rezar, ¿no?”. Doña Carmen las miró un segundo de más, como si estuviera archivando datos, y luego volvió a mí.
Tras un poco más de charla insustancial nos despedimos con los típicos besos en la mejilla. Cuando me tocó el turno a mí, se acercó más de lo necesario, me plantó el beso y, pegada a mi oído, susurró bajito, solo para mí:
—Ya he conseguido mejor cocaína. Mucho más limpia. Ya quedaremos una tarde de estas, ¿eh? No te preocupes, seremos discretos.
Se apartó sonriendo como si nada, saludó con la mano y siguió su camino hacia el centro.
Me quedé clavado. Marta y Mari seguían hablando de la torre, ajenas. El corazón me latía en los oídos. El craving, que había estado callado toda la mañana, se despertó de golpe como un perro que huele carne. No era solo ganas; era miedo. Miedo a que esa mierda me vuelva a pillar, miedo a que la jefa sepa más de lo que debería, miedo a que todo esto —el ático, Marta, Mari, la paz de esta mañana— se vaya a la mierda en cuanto cruce una línea.
Volvimos caminando despacio hacia casa. El sirimiri seguía cayendo a ratos. Mari iba canturreando una canción vieja bajo su poncho-manta. Marta me cogió de la mano y me apretó, como si supiera que algo no iba bien pero sin preguntar todavía.
Y yo, mientras subíamos las escaleras del ático, solo podía pensar en una cosa: que la abstinencia lleva dos meses y pico, pero el demonio nunca se va del todo. Solo espera el momento.
Llegamos al ático empapados otra vez, aunque los chubasqueros y el poncho improvisado de Mari habían hecho lo que pudieron. Subimos las escaleras en silencio, el eco de nuestros pasos en la madera vieja mezclándose con el sirimiri que seguía cayendo fuera.
Al entrar, el calor residual del día —o más bien la humedad que se había quedado atrapada dentro— nos recibió como un abrazo pegajoso. Quitamos la ropa mojada en la entrada, la colgamos de la barra de la cortina que hace de tendedero improvisado, y nos quedamos en ropa interior y camisetas. Mari, por supuesto, sin nada debajo de la suya.
Se fue directa a la cocina pequeña, abrió la nevera vacía casi del todo y soltó un suspiro teatral.
—Mirad esto, niños. Dos yogures, media cebolla y un paquete de pasta que ya se está acabando. Hasta que cobréis el primer sueldo decente, andáis más tiesos que una vela. Hay que aprender a comer económico de verdad.
Marta y yo nos miramos. Sabíamos lo que venía.
—De lo mejor y más barato que hay son las sopas de sobre —continuó Mari—. Las de siempre, las de pollo con fideos, o la de verduras. Baratas, rápidas y llenan.
Puse cara de asco sin poder evitarlo. Marta también: arrugó la nariz y soltó un “puaj” bajito. Las sopas de sobre de Mari cuando éramos críos eran legendarias por lo malas que estaban. Agua caliente con un polvo amarillo que sabía a sal y a cartón mojado, fideos que se deshacían en dos minutos y un regusto químico que se te quedaba en la lengua toda la tarde. Las comíamos porque no había otra cosa, pero las odiábamos en secreto.
Mari se giró, nos vio las caras y soltó una carcajada fuerte, de esas que le salen del estómago.
—¿Qué? ¿Seguís con esa cara de asco? ¡El que es pobre tiene que saber aguantarse, coño! Cuando empecéis a cobrar vuestros sueldos de funcionarios, ya os podréis dar algún lujo: pintxos en el Gros, txuleta en un asador, lo que queráis. Pero ahora, a tragar y a callar. Que la vida no es solo caprichos.
Me quedé callado un segundo, con el estómago revuelto. No sabía si me lo había dicho a mí directamente o si era solo una frase general. “El que es pobre tiene que saber aguantarse”. ¿Era un reproche velado por mis años de mierda, por las deudas que arrastré, por haberla hecho pasar apuros cuando yo desaparecía semanas enteras? O solo era Mari siendo Mari, directa y sin filtro. A veces con ella es imposible saberlo; suelta verdades como quien tira piedras al agua, sin mirar dónde caen.
Al final, sin decir nada más, metió la mano en su mochila de lona —esa mochila vieja que parece un bolso de Mary Poppins, porque siempre saca cosas que no deberían caber ahí— y sacó cuatro o cinco sobres de sopa de sobre. Los de toda la vida: marca blanca, letras rojas desvaídas, caducidad que ya había pasado hacía meses pero que ella juraba que “da igual, el conservante es eterno”.
—Venga, sentaos —ordenó, poniendo agua a hervir en el cazo más grande que teníamos.
Preparó tres tazones enormes. El olor subió enseguida: pollo artificial, cebolla deshidratada, un toque de zanahoria en polvo. Echó los fideos, removió con una cuchara de madera astillada y sirvió. Nos puso los tazones delante en la mesa plegable, se sentó ella también y nos miró expectante.
Probé el primer cucharada con desconfianza. Estaba… buena. Joder, estaba buena de verdad. Caliente, sabrosa, con ese punto salado justo que reconforta cuando hace frío fuera. Los fideos no se habían pasado, el caldo tenía cuerpo. No era la sopa aguada y triste de mi infancia; o quizás sí lo era, pero ahora, con el estómago vacío y el cuerpo cansado del día, sabía a gloria.
Marta dio un sorbo, cerró los ojos un segundo y murmuró:—Hostia… está rica.
Mari se rio otra vez, esta vez más suave, casi orgullosa.
—¿Veis? Por fin os estáis haciendo mayores. Ya no sois los mocosos que ponían cara de asco a todo. La vida os está enseñando modales.
Comimos en silencio casi todo el rato, solo interrumpido por el ruido de las cucharas contra la cerámica y el sirimiri contra las tejas. Al acabar, recogimos los tazones, fregamos lo justo (el agua caliente escaseaba) y nos sentamos en la cama, que era el único sitio decente para estar los tres juntos.
Mari sacó la bolsita de maría que llevaba en un bolsillo interno de la mochila —siempre tenía provisiones, como si supiera que iba a quedarse más de una noche—. Lié dos porros con calma, los encendí y nos los fuimos pasando. Hablamos de tonterías: de cómo había cambiado la Parte Vieja desde la última vez que Mari estuvo por aquí, de que Marta quería apuntarse a un gimnasio barato en Gros cuando cobrara. Cosas normales. Como una familia normal. Nadie mencionó la jefa, ni la coca, ni el susurro en la mejilla. Por un rato, todo eso se quedó fuera, en la calle, bajo la lluvia.
Al final, sin darnos cuenta, el cansancio nos cayó encima como una losa. Apagamos la luz, nos metimos en la cama los tres otra vez —yo en medio—, nos tapamos con la manta de cuadros que aún olía un poco a humedad y a humo. Mari se acurrucó a mi izquierda, Marta a mi derecha. Sus respiraciones se fueron acompasando rápido. Yo tardé un poco más, con la cabeza dando vueltas al día: la catedral, la jefa, la sopa, el porro, el calor de sus cuerpos. Pero al final también me rendí.
Nos dormimos rápido. Profundos. Sin pesadillas.
Por una vez, el sábado acababa bien.
Me desperté en mitad de la noche, de golpe, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de la cabeza. El sirimiri sigue golpeando las tejas, más fuerte ahora, un ruido blanco que tapa casi todo lo demás. La habitación está oscura, solo un hilo de luz naranja de la farola de la calle que se cuela por la persiana medio rota. Miro a los lados: Marta a mi derecha, de lado, respirando profunda, con una pierna echada por encima de la mía. Mari a mi izquierda, boca arriba, la camiseta subida hasta el ombligo, las piernas ligeramente abiertas. Las dos duermen como si el mundo se hubiera parado.
Tengo una erección brutal, de esas que duelen un poco, que tiran de la piel y no te dejan pensar en otra cosa. No es solo matutina; es de las que vienen con el recuerdo de la mañana anterior todavía fresco, con el olor a sexo y porro que aún flota en el aire. Al principio no sé con cuál de las dos. Sé que a las dos les encantaría que las despertara así: un roce, un beso en el cuello, una mano que baja despacio. Marta lo haría con una sonrisa perezosa y se pondría encima en dos segundos. Mari soltaría un gemido ronco y me diría “ven aquí, Carlos” antes de que yo terminara de pedir permiso.
Pero elijo a Mari. Porque a Marta la tengo todos los días, en la cama, en la ducha, en la cocina. Mari está de paso, ha venido de sorpresa y se irá pronto, y por una vez que está aquí siento que tengo que aprovecharla como si fuera la última. Es una tontería, lo sé, pero el cuerpo no razona.
Deslizo la mano despacio por su vientre, bajo la camiseta arrugada. Su piel está caliente, suave, depilada. Llego a su coño y empiezo a acariciarla con la yema de los dedos, círculos lentos alrededor del clítoris, sin prisa. Está húmeda casi de inmediato, como si su cuerpo hubiera estado esperando. Se le escapa un suspiro dormido, las caderas se mueven un poco hacia mi mano. Me pongo encima con cuidado, apoyo el peso en los antebrazos para no despertarla del todo todavía. La penetro despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abre para mí. Está caliente, mojada, apretada de esa forma que solo tiene ella después de la menopausia: más sensible, más viva.
Mari abre los ojos por fin. Me mira un segundo confusa, luego sonríe en la penumbra, esa sonrisa pícara que pone cuando sabe que ha ganado. Nos besamos profundo, lenguas que se enredan, saliva que sabe a porro viejo y a sueño. Mientras la penetro con embestidas lentas pero firmes, llevo las manos a sus tetas. Las acaricio, pellizco los pezones que ya están duros. Los beso, los chupo, los muerdo suave al principio.
—Más fuerte —me susurra al oído, voz ronca, casi un gruñido.
Obedezco. Le muerdo los pezones con más fuerza, los retuerzo entre los dedos como sé que le gusta desde el verano entero de lunes salvajes que pasamos en el pueblo: ella en casa aprovechando el día que cerraba la peluquería, yo esperándola en el sofá, sin preliminares, directo al grano. Azotes, mordiscos, folladas contra la pared hasta que nos dolían las rodillas. Ha sido un verano de eso, y los dos lo recordamos igual.
Mari se contiene para no gritar. Aprieta los labios, respira por la nariz, clava las uñas en mi espalda. Pero de repente noto algo nuevo: una lengua caliente y húmeda en mi culo. Un beso negro perfecto, lento, profundo, círculos que me hacen arquear la espalda sin querer. Casi me corro ahí mismo. Me quedo quieto, la polla dentro de Mari, el corazón a mil. Marta se ha despertado, se ha movido sigilosa detrás de mí y ahora me está devorando el culo como si fuera lo único que existe en el mundo.
Me giro un poco, busco la boca de Mari y la beso mientras Marta sigue. Lengua contra lengua, saliva mezclada, gemidos ahogados. Marta se levanta de la cama un segundo. Oigo el roce de la sábana, pasos descalzos en el suelo frío. Vuelve rápido. Siento el frío del lubricante en mi culo, luego la presión del dildo. Marta se tumba encima de mí, su peso cálido contra mi espalda, sus tetas aplastadas contra mis omóplatos. Estamos haciendo un bocadillo perfecto: Mari debajo, yo en medio, Marta encima. Siento las tetas de Mari contra mi pecho, duras por la excitación, pezones rozando mi piel. Las de Marta en mi espalda, pesadas, calientes.
Mari al rato suelta una risa entrecortada.
—Joder… me estáis aplastando, cabrones.
Los tres nos reímos bajito, nerviosos, excitados. Nos movemos un poco para dejarle espacio. Mari estira la mano hacia Marta.
—Dame el arnés, anda.
Marta se lo quita con cuidado, se lo pasa. Mari se lo coloca rápido, experta, ajusta las correas. Marta se tumba de espaldas en la cama, piernas abiertas. Yo me coloco encima de ella, la penetro despacio, sintiendo cómo me envuelve. Mari se pone detrás de mí, encima, y me penetra el culo con el dildo. Ahora es al revés: tetas de Marta contra mi pecho, tetas de Mari contra mi espalda. Mi culo lleno, mi polla dentro de Marta. Es el sumun, joder. El roce de las dos pieles, el calor triple, el ritmo que se sincroniza sin palabras.
Llevo las manos a los pezones de Marta y los retuerzo fuerte, como sé que le gusta cuando está muy cachonda. Ella gime bajito, arquea la espalda. Al mismo tiempo, siento las manos de Marta y Mari en mis pezones: pellizcos, giros, tirones coordinados. Dolor y placer mezclados, electricidad que sube por la columna. Nos movemos los tres al unísono, embestidas lentas pero profundas, respiraciones que se entrecortan, gemidos que intentamos ahogar contra la piel del otro.
No sé cuánto tiempo pasa. Minutos, quizás más. Solo sé que estamos los tres conectados, sudando, temblando, perdidos en esto que no tiene nombre pero que ahora mismo lo es todo.
Seguimos moviéndonos en la oscuridad, los tres sincronizados en un ritmo que no necesita palabras. El sirimiri fuera tapa los gemidos que se nos escapan, pero aun así intentamos contenernos: bocas pegadas a hombros, mordiscos en lugar de gritos, respiraciones que se ahogan contra la piel. Nadie quiere que los vecinos del piso de abajo —esa pareja mayor que siempre nos mira raro en la escalera— se despierten y empiecen a golpear el techo con la escoba.
Cambiamos de posición sin salir del todo del nudo. Primero, Marta se tumba boca arriba en el centro de la cama, piernas abiertas y levantadas. Yo me arrodillo entre sus muslos y la penetro profundo, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza. Mari se coloca a horcajadas sobre la cara de Marta, de espaldas a mí, y baja despacio hasta que su coño depilado queda justo encima de la boca de su hija. Marta la lame con ganas, lengua plana y círculos lentos en el clítoris, mientras yo embisto a Marta con fuerza contenida. Mari se inclina hacia delante, agarra mis huevos con una mano y aprieta justo lo suficiente para que duela rico. Me da un par de tortas secas en los testículos —no muy fuertes, pero sí que escuecen— y yo gruño bajito contra su cuello. Luego se gira un poco y le da una torta abierta en una teta a Marta, que se arquea y gime contra su coño. Marta responde: mete dos dedos en el culo de Mari y le da un azote en el muslo que resuena un poco más de lo que debería. Mari suelta un “shhh” entre risas ahogadas y le retuerce un pezón a su hija como venganza. Dolor y placer rebotando entre los tres, pero todo en voz baja, como un secreto compartido.
Otra posición: yo me siento en el borde de la cama, piernas abiertas. Marta se arrodilla delante de mí y me chupa la polla despacio, profunda, mientras Mari se pone detrás de ella y le mete el dildo del arnés por detrás, follándola a cuatro patas. Mari agarra el pelo de Marta con una mano y tira hacia atrás, exponiendo su cuello para que yo pueda morderlo. Con la otra mano libre, Mari me da otro golpe en los huevos —esta vez más juguetón, pero duele igual— y yo le devuelvo el favor estirando el brazo y dándole una torta fuerte en una teta que hace que se le escape un gemido que tapa rápido con la mano. Marta, entre arcadas y gemidos, le clava las uñas en los muslos a Mari y le da pellizcos en los pezones. Estamos jugando al límite, empujándonos mutuamente, pero siempre conteniendo el volumen.
Al final volvemos al trenecito que ya conocemos bien. Mari se pone a cuatro patas en el centro de la cama, culo en pompa, manos apoyadas en el colchón. Yo me coloco detrás y la penetro anal despacio al principio, sintiendo cómo se abre para mí, caliente y apretada. Marta se pone el arnés otra vez —ajusta las correas rápido, experta—, se arrodilla detrás de mí y me penetra el culo con el dildo, empujando con las caderas al mismo ritmo que yo embisto a Mari. Estamos encadenados: cada movimiento mío entra en Mari y hace que Marta entre más profundo en mí. Mari se toca el clítoris con una mano, gime bajito contra la almohada. Yo agarro sus caderas y acelero, sintiendo el dildo de Marta rozándome la próstata a cada embestida. Marta me clava las uñas en la espalda y me da un azote seco en el culo que me hace apretar dentro de Mari.
Mari se corre primero: cuerpo temblando, coño contrayéndose en el vacío, un gemido largo que ahoga mordiendo la sábana. Eso me empuja al borde. Me corro dentro de su culo, chorros calientes que siento salir y llenarla. Marta, sintiendo cómo me contraigo alrededor del dildo, acelera un par de veces más y se corre también: jadeos cortos, cuerpo rígido, manos apretando mis caderas como si quisiera fundirse conmigo.
Nos quedamos quietos un segundo, respirando fuerte. Luego Marta y yo nos arrodillamos detrás de Mari, que sigue a cuatro patas, culo alzado. Le abrimos las nalgas con cuidado y empezamos a lamerle el culo: lenguas alternando, chupando la leche que va saliendo despacio, caliente y espesa. Mari gime bajito, se estremece. Nos besamos los dos encima de su culo, lengua contra lengua, compartiendo el sabor salado y prohibido. Mari se gira un poco, nos mira con los ojos entrecerrados y suelta en voz muy baja, entre risas:
—Sois unos cochinos, joder… Unos cochinos preciosos.
Los tres nos reímos bajito, nerviosos, exhaustos. Nos limpiamos como podemos con la toalla que ya está húmeda de antes, nos tumbamos otra vez en la cama —yo en medio, como siempre—, nos tapamos con la manta de y nos acurrucamos. Mari me da un beso en la mejilla, Marta me besa el cuello. El sirimiri sigue cayendo fuera, constante, como si nada hubiera pasado.
Nos dormimos rápido. Profundos. Sin remordimientos, al menos por esta noche.

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