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Jugando fuerte con mi hermana XIX.

Jugando fuerte con mi hermana XIX.
El sirimiri golpea la trampilla con ese ritmo insistente, como dedos impacientes tamborileando sobre un cristal. No gotea. Eso es lo nuevo: después de sellar todo el jueves y viernes por la tarde, el ático por fin se siente un poco menos como una ruina flotante. Guardamos la tienda de campaña debajo de la cama, esa reliquia rasgada de Decathlon que encontramos en la basura el segundo día aquí. Ya no hace falta montarla cada noche para no congelarnos o mojarnos; el techo inclinado aguanta, el frío es manejable con el edredón y nuestros cuerpos pegados. Pero el olor a sellador y pintura fresca aún flota, mezclado con el salitre que se cuela por las rendijas de este monoambiente improvisado en Kale Boulevard 22.
Es sábado. Finales de septiembre de 2025, y el otoño se ha instalado de golpe en San Sebastián, trayendo lluvia fina y un viento que huele a mar revuelto. El móvil marca las 9:05. Estoy solo en la cama, estirado bajo el edredón, escuchando cómo la puerta del portal se cierra abajo con un eco sordo. Marta acaba de salir. Insistió en su rutina: running por La Concha hasta el Peine del Viento y vuelta, y hoy, además, nadar un rato en la bahía pese al tiempo. "El agua está a 20 grados todavía, Caco. No seas vago", me dijo mientras se ponía el bikini bajo el chándal, toalla al hombro, gafas y gorro en la mano. Yo me negué. "Ve tú. Yo necesito parar un rato". Ella se rió, me dio un beso rápido en la boca —labio ya curado del golpe de la pelea del miércoles— y se fue.
Ahora el ático está en silencio, salvo por la lluvia y el rumor lejano de las olas rompiendo en la playa.
Pienso en estos dos días pasados, jueves y viernes. Fueron... anodinos. Casi un alivio después del caos de los primeros días. Llegamos al Gobierno Civil a las 8:30, yo con mi pila de expedientes sobre vías y carreteras —licencias de obras, inspecciones de la A-8, multas por exceso de peso en camiones—, ella en su sección administrativa al otro lado del edificio. Compañeros normales: el tipo de mediana edad que siempre habla del Athletic de Bilbao, la chica joven que se queja del tráfico en el Boulevard, otro que fuma en la puerta y vuelve oliendo a tabaco rancio. Conversaciones banales: el tiempo, el sirimiri eterno, algún chiste sobre turistas perdidos en la Parte Vieja. La jefa pasó por mi mesa un par de veces —bajita, ojos azules que parecen escanearte el alma—, pero solo profesional: "Avanza bien con eso, Carlos. Buen ritmo". Ni una palabra sobre Nekane, ni sobre Kepa el ex-ETA en su caserío de Oiartzun, ni del guardia civil con su voz fría y ojos de mala leche. Nada de "personas de interés" o ofertas encubiertas. Solo trabajo aburrido, el tipo de rutina que te hace olvidar por un rato la culpa que te carcome por dentro.
En casa, por las tardes, terminamos las chapuzas. El jueves compramos masilla extra en una ferretería cerca del portal; Marta trepó con la escalera plegable que improvisamos de una silla y un taburete, y selló las últimas rendijas de la trampilla. Yo abajo, sujetando, pasándole herramientas. Probamos con agua de un cubo: ni una gota. El viernes repetimos en las juntas del techo inclinado, y guardamos la tienda. El ático se nota más seco, menos húmedo; el baño minúsculo ya no resbala tanto, la cocina de dos fuegos calienta el agua para el café sin fundir los plomos de 3,45 kW. Pequeñas victorias en este agujero de dudosa legalidad, donde los vecinos del portal —gente corriente, un par de familias, algún jubilado— nos miran de reojo pero no preguntan.
Y las mañanas: nos levantamos a las 6:30, zapatillas puestas, ropa de running. Salimos al Boulevard, giramos hacia La Concha. El paseo marítimo casi vacío a esa hora, solo algún perro paseando o un surfista con tabla bajo el brazo camino a Zurriola. Corremos pegados a la barandilla: la bahía curva a la izquierda, Monte Igueldo al fondo, brisa salada que te limpia los pulmones. Pasamos el reloj del Kursaal, seguimos hasta el Peine del Viento —esas esculturas de hierro de Chillida que parecen desafiar al mar, oxidadas y eternas—. Ida y vuelta: unos 9-10 km fáciles, mayormente plano, con alguna cuesta suave al final. Marta va delante, ritmo fuerte, musculada por el gym y la defensa personal; yo atrás, jadeando pero aguantando, sintiendo cómo el sudor lava un poco el craving que late debajo. Al volver, ducha apretujados en ese cubículo inclinado, café rápido en la mesa plegable, y al bus con el bonobús Mugi recién cargado. Rutina. Estabilidad. Algo que no tenía hace años.
Pero las noches... joder, las noches son otra cosa. Todas las noches desde que llegamos, sin fallar. Tan intenso y brutal como siempre, como si el día acumulara toda la tensión y la descargáramos en la cama. Dolor y placer se mezclan hasta que no sabes dónde acaba uno y empieza el otro. El jueves, después de sellar la trampilla, Marta me empujó contra la pared del ático, me bajó los pantalones de un tirón y me mordió el muslo hasta dejar marca. Yo le pellizqué los pezones con los piercings, fuerte, mientras ella me metía los dedos por detrás, brocha imaginaria como en la tarde del miércoles. Risas ahogadas, gemidos, azotainas juguetonas que escalan a golpes reales —no como la pelea, pero cerca—.
El viernes fue peor, o mejor: colocados por un porro compartido en la ventana, ella a horcajadas frotando sin penetrar, mordiscos en el cuello, uñas en la espalda. Yo le azoté el culo hasta que se enrojeció, ella me apretó las bolas hasta el límite del dolor, y nos corrimos así, sudados, riendo y jadeando en la penumbra. Codependencia pura. Hipersexualidad por la abstinencia de coca, desviada en fantasías que no digo en voz alta —el guardia civil cacheándome, Kepa dominándome en su caserío—. Culpa después, siempre. Me odio por necesitarlo, por arrastrar a Marta a esto. Pero no paramos. Es lo que nos mantiene unidos en este exilio.
Ahora, solo en la cama, el sirimiri sigue cayendo. Me estiro, siento el peso del edredón sobre el cuerpo desnudo. El craving late sutil, no por coca —aún no, aunque San Sebastián me tienta con sus bares y sombras—. Sino por lo otro: hombres, uniformes, sumisión. Pienso en el guardia, en su porra enfundada, en cómo me abriría. Sacudo la cabeza, pero la imagen persiste. Miro el techo inclinado, donde antes goteaba; ahora seco, pero el frío se cuela igual. Cojo el móvil de la mesita: 9:12. Podría levantarme, hacer café en la cocina diminuta, fumar un porro del escondrijo detrás del inodoro inclinado. O quedarme aquí, mano bajando sola por el vientre, rozando. La culpa me aprieta el pecho, pero el cuerpo responde. Pienso en Marta nadando en La Concha, olas grises, cuerpo musculado cortando el agua fría. En mis padres: papá el ex boina verde haciendo chapuzas en negro, mamá Mari en su peluquería. En los vídeos que nos jodieron a ambos —los míos con drogas y orgías, los suyos trascendidos por mi culpa—. Arrepentimiento. Siempre.
Me doy cuenta de que estoy erecto, la polla dura bajo el edredón, latiendo con el pulso acelerado. Y entonces suenan unos golpes en la puerta.
Los golpes suenan otra vez, tres secos y luego dos más suaves, como si quien estuviera al otro lado dudara de si seguir o no. Mi polla sigue dura, latiendo bajo el edredón, traicionándome en medio del sobresalto. El corazón me martillea en el pecho. Marta se fue hace apenas unos minutos; no puede ser ella. Nadie llama así un sábado por la mañana en este ático perdido de la Parte Vieja.
Me incorporo rápido. El frío del suelo me sube por los pies descalzos. Cojo la camiseta vieja del suelo —la que usé para correr ayer— y me la pongo de cualquier manera; los bóxers siguen marcados, pero al menos tapa algo. Camino hacia la puerta esquivando la mesa plegable, el corazón en la garganta. Miro por la mirilla: silueta menuda, pelo largo mojado pegado a la cara, vestido largo que reconozco al instante. Mari. Mi madre.
Abro de golpe.
Está calada hasta los huesos. El vestido hippy que siempre lleva en verano —ese de algodón fino— se le pega al cuerpo como una segunda piel. El agua le chorrea por el pelo, por la cara, por los brazos. Lleva una mochila pequeña al hombro, también empapada. Abre los brazos de par en par, sonrisa enorme pese al frío.—¡Sorpresa! —dice, voz temblorosa pero alegre.
Me quedo paralizado. La miro como si fuera un sueño. No reacciono. No la invito a pasar. Solo me quedo ahí, en el umbral, con la camiseta arrugada y la erección que no baja del todo, sintiendo cómo el sirimiri me salpica la cara.
Mari baja los brazos poco a poco. La sonrisa se le apaga. Pone cara de pena, casi de niña pequeña.
—Si molesto, me voy… —murmura, dando un paso atrás.
Eso me saca del trance
.—No, no, espera —digo atropellado—. Perdón, perdón. Es que… no me lo esperaba. Entra, por favor. Entra.
Abro del todo. Ella pasa. Cierro la puerta detrás. El ático se llena de olor a lluvia y a su perfume de siempre: pachulí mezclado con algo floral y suave. Nos miramos un segundo. Luego nos abrazamos fuerte.
Está helada. El vestido mojado le pega al cuerpo, traspasa la camiseta que llevo puesta. Siento su frío contra mi pecho, su pelo húmedo en mi cuello. Y entonces ella se pega un poco más, nota la erección que aún no ha desaparecido del todo contra su vientre.
Levanta la vista, ojos brillantes.—Veo que sí que te alegras de verme —dice con esa risa suya, ronca y cariñosa.
Los dos nos reímos. Una risa nerviosa, liberadora. Rompe la tensión.
—Quítate esa ropa mojada ahora mismo —le digo—. Vas a pillar una pulmonía. Te doy algo seco.

veterana


Me doy la vuelta hacia el armario improvisado —una barra con perchas detrás de una cortina vieja—. Busco una camiseta mía grande, unos pantalones de chándal de Marta que le pueden valer. Cuando me giro con la ropa en las manos…Mari está desnuda.
Completamente desnuda en medio del ático. El vestido empapado hecho un ovillo a sus pies. Pezones duros por el frío, erectos, con los piercings plateados brillando bajo la luz tenue que entra por la trampilla. Tatuajes que ya conocía. Tiembla. No de vergüenza. De frío puro.
Dejo caer la ropa al suelo. Me acerco. La abrazo otra vez, fuerte, piel contra piel. Está helada. La llevo hacia la cama, levanto el edredón, la meto debajo. Entro yo también, la envuelvo con mi cuerpo, la abrazo por detrás, pecho contra su espalda, brazos alrededor de su cintura. Froto sus brazos para darle calor. Su pelo mojado me moja el cuello.
Los dos hablamos a la vez, atropellados:
—¿Dónde está Marta?
—¿Cómo has venido?
—¿Estás bien? ¿Por qué no avisaste?
—¿Has comido algo? ¿Tienes frío todavía?
Las preguntas se solapan. Pero luego silencio. Solo respiraciones. Su cuerpo empieza a entrar en calor contra el mío. Siento su piel suave, sus curvas conocidas. Me besa el antebrazo que la rodea. Luego gira la cabeza. Nuestros labios se encuentran. Beso suave al principio. Dudoso. Luego más profundo. Lenguas que se buscan despacio, sin prisa. No hay brutalidad. No hay pellizcos ni mordiscos ni azotes como otras veces. Solo besos. Caricias lentas. Mis manos recorren su espalda, bajan por sus caderas, suben a sus pechos. Acaricio los pezones con los pulgares, suave, reverente. Ella suspira contra mi boca.
Bajo las sábanas todo es calor compartido, oscuridad acogedora. Nos besamos sin parar. Manos que exploran sin agresividad. Ella me acaricia el pecho, el vientre, baja hasta mi polla dura y la envuelve con ternura, masturbándome despacio mientras me besa el cuello. Yo bajo la mano entre sus piernas, la acaricio suave, abro sus labios con los dedos, encuentro su clítoris y lo rozo en círculos lentos. Gemimos bajito.
Nos movemos. Bajo las sábanas hacemos un 69 lento, cuidadoso. Su boca me envuelve, lengua suave recorriendo la cabeza, luego más profundo. Yo beso su coño, lamo despacio, saboreo. Luego bajo más: beso su perineo, llego al ano. Lo beso, lo lamo con devoción. Meto la lengua suave, luego un dedo, despacio, lubricado por saliva. Ella gime contra mi polla, me chupa el culo a su vez, lengua caliente explorando, luego dos dedos que entran con cuidado, masajeando la próstata mientras me mama despacio.
No hay prisa. Solo placer compartido, amor puro. Nos giramos. Quedamos en misionero. Ella debajo, piernas abiertas, yo encima. Entro despacio. Muy despacio. Nos miramos a los ojos mientras me muevo dentro de ella. Besos constantes. Lenguas entrelazadas. Manos en la cara del otro, acariciando mejillas, pelo, cuello. Me muevo rítmico, profundo pero suave. Ella me aprieta con las piernas, me abraza fuerte. Siento su calor, su humedad, su latido alrededor de mí.
Nos corremos casi al mismo tiempo. Ella primero: un gemido largo, cuerpo temblando, uñas suaves en mi espalda. Yo después: me entierro hasta el fondo, me corro dentro, oleadas de placer que me dejan sin aliento. Nos besamos mientras terminamos, labios pegados, respiraciones mezcladas.
Nos quedamos así, unidos, inmóviles. Siento amor. Amor de verdad. No culpa. No desviación. Solo amor inmenso, protector, por la mujer que me trajo al mundo y que ahora está aquí, debajo de mí, vulnerable y mía de una forma que nunca imaginé.
—Te quiero —le digo bajito, besándole la frente.
—Te quiero, Carlos —responde ella, voz rota.
Y entonces empieza a llorar. Bajito. Lágrimas silenciosas que resbalan por sus mejillas y caen en la almohada.
Me preocupo al instante. Me incorporo un poco, sigo dentro de ella, le acaricio la cara.
—Mari… ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Ella llora bajito, lágrimas silenciosas resbalando por sus mejillas, mojando la almohada. Su cuerpo aún tiembla un poco contra el mío, pero no de frío ya. Estamos unidos bajo el edredón, piel contra piel, respiraciones calmándose. Siento una oleada de preocupación que me aprieta el pecho. ¿La he hecho daño? ¿Es culpa? ¿Arrepentimiento por lo que acabamos de hacer? Nunca habíamos cruzado esta línea así, con ternura, sin el sadomasoquismo de siempre —las tortas, los apretones fuertes, retorcer pezones hasta el límite del dolor—. Siempre había sido brutal, mezclado con risas y necesidad. Esto fue diferente: amor puro, besos, caricias. ¿La ha roto?
—Mari… ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunto, incorporándome un poco, aún dentro de ella, acariciándole la cara con el pulgar para secar las lágrimas.
Ella parpadea, me mira con ojos brillantes. Suspira hondo, y de pronto sonríe, esa sonrisa suya cálida y un poco traviesa que me recuerda a cuando era niño y me pillaba robando galletas.
—Estoy bien, Carlos. No te preocupes, de verdad —dice, voz suave pero firme—. Son las hormonas. O mejor dicho, su falta. A veces me traicionan. La menopausia es una mierda, hijo. Te pone sensible de golpe, sin aviso. Y me da por llorar por nada. Pero todo está perfecto.
Me besa la mano que le acaricia la mejilla.
—Me ha gustado hacer el amor contigo. Mucho. Ha sido… tierno. Diferente. —Hace una pausa, y su sonrisa se ensancha con un toque juguetón—. Pero realmente prefiero el sexo más duro. Ya sabes, con algo de acción.
Se ríe bajito, ronca, y me da un pellizco suave en el brazo, como para romper el momento serio.
No sé si creerle del todo. ¿Es solo la menopausia? ¿O hay algo más debajo, algo de culpa como la mía, que late siempre? Pero ve su sonrisa genuina, los ojos ya secos, y decido no insistir. No quiero romper esto. Nos quedamos así, desnudos en la cama, abrazados bajo el edredón. El sirimiri sigue tamborileando en la trampilla, pero dentro el ático se siente cálido ahora. Noto que su cuerpo ha entrado en calor por completo; la piel ya no está helada, sino suave y tibia contra la mía.
Conversamos tranquilos, como si estuviéramos en la cocina de casa tomando café, no aquí, desnudos y post-sexo. Ella se acurruca contra mi pecho, yo le acaricio el pelo húmedo que empieza a secarse.
—Me apetecería un porro —dice de pronto, levantando la vista—. ¿Tienes?
Asiento. Me levanto, el frío del ático me eriza la piel al salir del edredón. Camino descalzo hasta el baño minúsculo, abro el depósito del inodoro inclinado y saco el escondrijo: una bolsita con unos cuantos porros ya liados, la provisión que trajimos de casa. Cojo uno, el mechero, y vuelvo a la cama. Me meto bajo las sábanas otra vez, me pego a ella. Enciendo el porro, doy una calada profunda, se lo paso.
Nos lo fumamos tranquilamente, pasándonoslo de uno a otro, el humo dulce llenando el ático, mezclándose con el olor a lluvia y a sexo reciente. Nos ponemos al día con tono casual, normal, como cualquier madre e hijo que han estado unos días separados.
—Marta está haciendo deporte —le digo entre caladas—. Ha salido a correr por La Concha hasta el Peine del Viento y vuelta, y luego quería nadar un rato en la bahía. Pese a la lluvia. Dice que el agua aún está templada. Pronto volverá, supongo. ¿Una hora? ¿Dos?
Mari asiente, exhala el humo despacio.
—Bien. Me alegro de que se cuide. ¿Y la casa? ¿Cómo os va aquí? No es lo que esperabais, ¿no?
—No, para nada —respondo, riéndome un poco—. Es un cuchitril. Techo inclinado, solo puedes estar de pie en el centro. Baño minúsculo, con el inodoro torcido. Cocina de dos fuegos, potencia eléctrica ridícula, 3,45 kW, que salta si enciendes el microondas y la cafetera a la vez. Sin lavadora. Pero es habitable. Hemos arreglado las goteras de la trampilla, sellado todo. Al principio montamos una tienda de campaña vieja que encontramos en la basura, sobre la cama, para no mojarnos ni congelarnos. Parecíamos okupas en un camping urbano.
Mari se ríe fuerte, tose un poco por el humo.
—¿Una tienda dentro de la casa? Joder, Carlos, eso es digno de una película. Me lo imagino: vosotros dos acurrucados como en una aventura. Pero oye, lo importante es que os apañáis. ¿Y el trabajo? ¿Cómo va en el Gobierno Civil? ¿Compañeros majos?
Dudo un segundo. Pienso en la jefa con sus ojos penetrantes, en Nekane y Kepa, en el guardia civil y la oferta encubierta. ¿Se lo cuento? Mari siempre ha sido abierta, pero esto es complicado. Decido no. No ahora.
—Bien, rutinario —digo, encogiéndome de hombros—. Expedientes de carreteras, inspecciones, papeleo. Compañeros normales: uno que habla de fútbol todo el rato, otra chica joven que se queja del tráfico. La jefa es profesional, distante. Nada emocionante, pero estable. ¿Y tú? ¿Cómo va todo por casa?
Ella da otra calada, me pasa el porro.
—He cerrado la peluquería unos días. No quedan madrileños por los pueblos de la zona; se han ido todos de vuelta a la ciudad después del verano. Y ahora es cuando los locales aprovechan para irse de vacaciones. Así que no tengo trabajo. Por eso decidí venir a visitaros un par de días. Para ver cómo os va, echaros una mano si hace falta.
—¿Y cómo has venido? —pregunto, curioso—. ¿En bus? ¿Tren?
Se ríe otra vez, esa risa hippy que me recuerda fotos antiguas de ella en comunas.
—Haciendo autoestop, como en mis años mozos. Cuando vivía de hippy, mochila al hombro, viajando por España y Francia. Para ahorrar, ya sabes. Me recogió un camionero hasta Bilbao, luego una pareja de jubilados hasta aquí. Llegué anoche tarde, dormí en un hostal barato cerca de la estación, y esta mañana vine caminando bajo la lluvia. No quería avisar para que fuera sorpresa.
—Joder, Mari, eso es arriesgado —digo, frunciendo el ceño un poco—. ¿Papá sabe que has venido?
—Claro que sabe. Me trajo a la carretera para el primer autoestop. ¿Y tú? ¿Estás comiendo decente aquí? No solo pasta y bocadillos, ¿eh? ¿Bebes suficiente agua? ¿Duermes lo que toca?
Me río.
—Sí, mamá. Comemos bien: espaguetis, ensaladas, lo que pillamos en el mercado. Duermo… lo que puedo con el ruido del mar y la lluvia. Pero bien. ¿Y el jardín? ¿Sigue papá con sus chapuzas?
—Sigue, sí. Arreglando vallas y tejados en negro. El jardín está precioso; las flores han explotado con el otoño. ¿Y el dinero? ¿Os llegara hasta el primer sueldo?
—Bien, ajustados pero llegaremos. Marta administra la cuenta, ya sabes.
Charlamos así, normal, pasando el porro hasta que se apaga. Preguntas y respuestas de siempre: cómo va el tiempo por allá, si he hecho amigos nuevos, si echo de menos algo de casa. Como si no estuviéramos desnudos, como si no hubiéramos hecho el amor hace minutos. Solo una madre y un hijo poniéndose al día.
El porro se ha consumido casi del todo. Solo queda una colilla que aplasto en el cenicero improvisado de una lata. Estamos los dos tumbados de lado, desnudos bajo el edredón, piel contra piel, el humo aún flotando en el aire del ático. El sirimiri sigue cayendo fuera, pero aquí dentro todo es calor y calma post-sexo. Hasta que se me escapa.
—Por cierto… ayer recordé las azotainas que le dabais a Marta cuando era pequeña. Creo que le gustaban.
Mari se pone colorada al instante. Las mejillas se le encienden, baja la mirada un segundo, pero no puede evitar sonreír de lado.
—Eyyyyyyy… ¿Qué pasa? —le pregunto, riéndome bajito.
Ella suspira, se muerde el labio.
—Sí… yo también sospeché que le gustaban. Por eso dejamos de hacerlo. No quería… no sé, complicar las cosas. Y creo que a tu padre también le gustaba. Cada vez que le castigaba de esa forma, esa noche teníamos sexo desenfrenado. Salvaje. No parábamos.


Se hace un silencio espeso. Los dos nos quedamos callados, mirándonos. El aire se carga de golpe. Siento cómo la polla se me mueve otra vez, endureciéndose contra su muslo. Ella respira más rápido, los pezones se le ponen duros de nuevo, los piercings brillando.
No decimos nada más. Solo nos besamos. Pero esta vez con furia. Lenguas que se pelean, dientes que rozan, mordiscos en el labio inferior. Manos que aprietan fuerte. Ella me araña la espalda, yo le agarro el culo con fuerza, clavando los dedos.
Mari se levanta de la cama de un salto. El edredón cae. Camina descalza hasta donde Marta dejó sus chancletas. Coge una, la de goma dura, y vuelve. Me mira con ojos encendidos.
—Ponte en pompa, Carlos.
Obedezco sin pensarlo. Me pongo a cuatro patas en la cama, culo en alto, cara hundida en la almohada. El primer chancletazo cae seco, fuerte, en la nalga derecha. Arde. Luego el izquierdo. Otro. Otro más. El sonido rebota en el ático. Me escuece, pero la polla se me pone como piedra. Gimo.
Mari me da la chancleta.—Tu turno.
Niego con la cabeza, voz ronca.—No. Prefiero con la mano.
Me siento en el borde de la cama, piernas abiertas. Ella se coloca sobre mis piernas. Le doy el primer azote con la palma abierta, fuerte, en la nalga izquierda. Su piel se enrojece al instante. Con la otra mano le retuerzo un pezón, fuerte, tirando del piercing. Ella gime alto, arquea la espalda. Otro azote. Otro pellizco. Le muerdo el hombro mientras sigo azotando, alternando nalgas, cada vez más fuerte. Ella se retuerce, jadea, me pide más.
Y entonces la puerta se abre.

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Marta entra empapada, ropa deportiva pegada al cuerpo, pelo mojado, cara colorada por la carrera y el frío. Nos ve: yo sentado, polla dura, mano en el culo de Mari; Mari sobre mis piernas, nalga roja, pezón retorcido.
Se queda quieta un segundo. Luego cierra la puerta detrás. Sonríe al estilo choni, esa sonrisa que solo saca cuando estamos solos.
—Vaya… parece que he llegado justo a tiempo.
Se quita el chándal mojado de un tirón, el bikini también. Desnuda, tatuajes brillando con gotas de lluvia y sudor, se acerca. Mari y yo nos miramos. Marta se pega a nosotras. Nos besamos los tres a la vez: lenguas que se encuentran, bocas abiertas, saliva compartida. Beso torpe al principio, luego perfecto. Manos por todas partes.
Mari se aparta un segundo.
—Espera.
Va a su mochila empapada, abre el compartimento principal. Saca un arnés negro, el dildo grueso ya colocado. Se lo pone con calma, ajusta las correas. El arnés le queda perfecto sobre las caderas. Marta y yo la miramos, excitados.
Nos ponemos en la cama. Todo es caos y hambre. Marta se pone a cuatro patas primero. Mari se arrodilla detrás, lubrica el dildo con saliva, entra despacio pero firme. Marta gime alto. Yo me coloco delante, meto la polla en su boca. Ella chupa mientras Mari la folla por detrás, fuerte, azotándole el culo con la palma abierta. Pellizcos en los pezones de Marta, mordiscos en la espalda.
Cambiamos. Trenecito: yo detrás de Mari, polla dentro de su culo, empujando; Mari con el arnés dentro de Marta, que está a cuatro patas delante. Nos movemos al ritmo, golpes secos, piel contra piel. Mordiscos en el cuello de Mari, uñas en mi espalda. Marta grita de placer, pide más duro.
Doble penetración: Marta me tumba boca arriba. Y luego me cabalga, despacio al principio, luego fuerte. Mari se coloca entre mis piernas, lubrica el dildo otra vez, entra por el culo de Marta. Las dos me miran mientras follamos a Marta a la vez. Ella se retuerce, uñas clavadas en mis brazos, mordiendo mi hombro hasta dejar marca. Pellizcos en pezones, azotes en muslos, mordiscos en orejas. Todo brutal, sudoroso, gemidos que llenan el ático.
Cambiamos posiciones mil veces: yo follando a Mari por detrás mientras ella lame a Marta; Marta cabalgándome mientras Mari me mete dedos por el culo; Mari follando a Marta con el arnés mientras yo casi me corro solo de verlas.
Al final, cuando ya no aguantamos más, nos arrodillamos los tres en la cama. Marta y Mari me masturban juntas, manos alternando en mi polla, apretando, lamiendo la punta. Me corro fuerte, chorros calientes en sus manos abiertas. Ellas se miran, sonríen, lamen el semen de sus palmas, se besan pasándoselo de boca en boca. Luego me incluyen: beso a tres, lenguas con sabor a mí, semen compartido entre los tres, lento, sucio, tierno al final.
Nos quedamos jadeando, abrazados, sudorosos, exhaustos. El sirimiri sigue cayendo fuera.
Nos quedamos los tres jadeando, abrazados en un nudo sudoroso sobre la cama. El aire del ático huele a sexo, marihuana y ese olor metálico del sirimiri que se cuela por la trampilla mal cerrada. Poco a poco nos desenredamos. Marta se incorpora primero, se estira como un gato, los tatuajes brillando con el sudor. Mari se pasa las manos por el pelo húmedo, sonriendo con esa calma post-orgasmo que siempre ha tenido. Yo me quedo tumbado un segundo más, intentando recuperar el aliento, la polla todavía medio dura contra el muslo.
—Venga, sentaos como personas —dice Marta, riéndose bajito.
Se coloca en el centro de la cama, cruza las piernas al estilo indio, espalda recta, manos en las rodillas. Mari la imita al instante, igual de cómoda, como lleva toda la vida meditando en posturas de yoga. Yo lo intento. Cruzo las piernas, apoyo las manos en los muslos… y al momento siento que las rodillas me protestan y la espalda se me encorva. No es mi postura. Nunca lo ha sido. Pero las miro a las dos tan tranquilas, tan en su salsa, y me aguanto. Me recoloco un poco, aprieto los dientes y finjo que estoy cómodo. No quiero romper el momento.
Marta se inclina hacia el escondrijo detrás de la cabecera —un hueco entre el tabique y la pared donde guardamos la provisión inmediata— y saca otro porro ya liado. Lo enciende con el mechero que siempre está ahí, da una calada profunda y nos lo pasa. Mari lo coge, aspira lento, exhala el humo hacia el techo inclinado. Yo doy mi calada, dejo que el humo me caliente el pecho, me relaje los músculos que todavía tiemblan del último orgasmo. Nos lo vamos pasando en silencio un rato, solo el sonido del calabobos fuera y nuestras respiraciones.
De repente Mari se acuerda de algo. Se pone de pie de un salto, desnuda, el arnés todavía colgando flojo de su cintura porque no se lo ha quitado del todo.
—Espera, que casi se me olvida. Marta, tu amiga… Me dio un paquetito para ti el otro día cuando le dije que iba a venir a visitarte.
Marta frunce el ceño.
— ¿Qué paquetito?
Mari va hacia la mochila empapada , revuelve en el compartimento lateral y saca una bolsita de plástico diminuta, de esas de un gramo como mucho. Se la tiende a Marta.
Marta la abre, mira el polvo blanquecino dentro y su cara cambia al instante.
—Joder… speed. ¿En serio?. ¿Te dio esta mierda ya seca?
Se ríe, pero es una risa nerviosa, cabreada consigo misma. Mari y yo nos miramos y nos partimos de risa los dos.
—Venga ya, Martita —dice Mari, dándole un codazo suave—. Un regalo es un regalo.
Marta suspira, pero ya está buscando. Va a la cocina diminuta, coge un plato llano de los cuatro que tenemos, lo limpia y vuelve. Vacía el paquetito encima. Con una tarjeta de transporte vieja que hay por ahí —no la del bonobús Mugi que compramos hace unos días— empieza a formar líneas pequeñas. Tres rayas perfectas, finas, en el centro del plato.
—Está bien cortado, se ve —murmura—. Pero es poquísimo. Con esto no volamos ni de coña.
Pone el plato en medio de la cama, entre los tres. Marta se inclina primero, esnifa una raya con el billete enrollado que saca de la cartera. Cierra los ojos, sacude la cabeza.
—Flojo. Muy flojo. Casi ni pica.
Mari va segunda. Esnifa con calma, profesional. Yo el último. El sabor amargo me sube por la garganta, pero tiene razón: está muy cortado. Casi placebo. Nos miramos los tres y nos reímos otra vez.
Seguimos fumando el porro mientras charlamos. El speed empieza a hacer cosquillas suaves: el corazón un poco más rápido, la boca seca, esa claridad que te hace sentir que todo tiene más sentido de lo normal.
Mari se pone seria de repente.
—¿Sabéis por qué a algunas personas les pone tanto que les den azotes? —pregunta, como si estuviera dando una clase.
Nos mira a los dos. Marta asiente despacio.
—Porque el culo es una zona erógena brutal. Nervios pudendos, plexo sacro… todo conectado al clítoris y a la próstata en los tíos. Y luego está lo psicológico: sumisión, castigo, transgresión. Cuando eres pequeña y te castigan así, el cuerpo aprende a asociar dolor con atención, con cercanía. Y si encima el que te pega es alguien que quieres… bum. Se cruza el cable.
Marta baja la mirada, se muerde el labio.—A mí me encantaba. De verdad. Cada vez que papá o tú me dabais con la mano o con la zapatilla… no sé. Me ponía mala. Me quedaba mojada. Por eso cuando crecí y empecé a entenderlo… me daba cosa. Pero me seguía gustando.
Mari sonríe de lado, coge la chancleta de goma dura que había dejado junto a la cama —la misma que usamos antes— y se la enseña.
—¿Quieres?
Marta no dice nada. Solo asiente, se gira, se pone a cuatro patas, culo en pompa, cara hundida en la almohada. Mari se coloca detrás, acaricia primero las nalgas con la palma abierta, despacio. Luego el primer golpe: seco, fuerte, en la nalga derecha. Marta gime. Mari alterna: golpe, caricia suave, beso en la piel enrojecida, otro golpe más fuerte. Izquierda, derecha, izquierda. Cada vez que pega, Marta arquea la espalda, empuja el culo hacia atrás pidiendo más. Mari le besa la rabadilla, le pasa la lengua por la marca roja, vuelve a pegar.
Cuando termina, Marta está temblando, empapada. Mari se tumba boca abajo a su lado.—Tu turno, hija.
Marta coge la chancleta, se coloca. Mari se pone en pompa, igual de dispuesta. Marta empieza suave, pero pronto sube la intensidad. Golpes secos, caricias, mordiscos en las nalgas. Las dos gimen, se retuercen, se miran con ojos encendidos. El speed ya les ha subido del todo: pupilas dilatadas, respiraciones rápidas, piel erizada.
Yo me he quedado sentado, piernas cruzadas todavía, masturbándome despacio, disfrutando del espectáculo. La polla me late en la mano, dura otra vez, pero no tengo prisa.
De repente, sin previo aviso, las dos se giran hacia mí como lobas. Marta me salta encima, me inmoviliza con una de sus llaves de defensa —brazo torcido a la espalda, cuerpo pegado al colchón, no puedo moverme—. 
Mari se pone el arnés en dos segundos, lubrica el dildo con saliva y su propio coño, se coloca detrás.
—Ahora te toca a ti, Caco —susurra Marta al oído, mordiéndome el lóbulo.
Mari entra despacio al principio, pero pronto empuja fuerte. Yo gimo contra la almohada, el culo ardiendo, la polla aplastada contra el edredón. Marta me suelta el brazo pero me mantiene clavado con el peso de su cuerpo, me retuerce un pezón mientras Mari me folla el culo con ritmo salvaje. Azotes en mis nalgas, pellizcos, mordiscos en la espalda. El speed hace que todo sea más intenso, más eléctrico. No aguanto mucho. Me corro sin tocarme apenas, chorros calientes contra la tela, el cuerpo convulsionando.
Cuando terminan, me sueltan. El semen ha caído en mi vientre, en el edredón, en las sábanas. Las tres nos miramos. Nadie dice nada. Marta se inclina primero, lame una gota de mi estómago. Mari lame otra de mi muslo. Yo me incorporo un poco y lamo lo que ha caído en el pecho de Marta. Nos besamos los tres otra vez: lenguas con sabor a semen, a sudor, a speed y marihuana. Lento, sucio, compartiendo todo. Al final nos quedamos abrazados, exhaustos, riéndonos bajito mientras el sirimiri sigue cayendo fuera.

amor filial

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