El sol de la mañana entraba a raudales por la ventana de la cocina cuando salí de casa rumbo a la preparatoria. Eran poco más de las siete y media. La casa estaba en silencio absoluto, salvo por el ronroneo lejano del refrigerador y el tic-tac del reloj de pared. Mamá seguía durmiendo en su recámara; la puerta entreabierta dejaba escapar un hilo de luz tenue y el aroma residual de su perfume mezclado con el olor crudo de la noche anterior. No entré a verla. No quise. Solo cerré la puerta principal con cuidado y me fui.
En la preparatoria el día pasó lento, como si el tiempo seburlara de mí. Clases, apuntes, conversaciones banales. Pero al terminar lasclases, en el pasillo, me topé con un grupo de compañeros. Estaban agrupadosalrededor de un celular, riendo bajo. Me acerqué sin que me vieran alprincipio.
—Mira, cabrón, ya firmó con un equipo filial de primera—decía uno, ampliando una foto en X
— Y mira la preciosura que tiene de novia. El otro soltó una carcajada.
—Está buenísima. Curvas de infarto. Esa cintura, esas nalgas… es una MILF como a él le gustan, ¿no? El perro que se carga la señora. Otro más, el que siempre hablaba más alto, señaló la pantalla.
—Oye… ese cuerpo, esa cara… se parece un chingo a la mamá de César. Silencio un segundo. Luego risas nerviosas.
—Es la mamá de César, pendejo. Más risas, palmadas en la espalda.
—César va a tener un papá famoso, wey. Imagínate: “Oye, pa, ¿me pasas el balón?”. Me quedé congelado detrás de la columna. El estómago se me revolvió. No me vieron. Me di la vuelta y me fui a casa corriendo- Afortunadamente,la prepa —o lo que quedaba de ella— terminaba en dos semanas.
Llegué a casa pasadas las dos de la tarde. La camioneta de mamá ya estaba estacionada. Entré, me lavé la cara con agua fría, pero el calor en las mejillas no bajaba. El olor a café recién hecho y a su perfume me golpeó de inmediato. Estaba en la cocina, quitándose los tacones con un suspiro de alivio. Venía de su trabajo: blusa blanca ajustada, falda lápiz negra que marcaba cada curva, el cabello recogido en un moño alto que dejaba ver el cuello todavía marcado por el chupetón de la noche anterior, ahora morado y evidente.
Me vio y sonrió, esa sonrisa suave que siempre usaba para calmarme.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue? No respondí de inmediato. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Ella arqueó una ceja.
— ¿Qué pasa? Me acerqué, las palabras saliendo como un torrente.
— ¿Que qué pasa? Todo el mundo sabe, mamá. En la prepa, en Instagram, en X, fotos tuyas con Leo saliendo del restaurante, del antro. Dicen que eres su novia, que eres una… MILF. Que yo voy a tener un papá famoso. Se ríen de mí. Se ríen de nosotros. Mi voz se quebró al final. Los celos me quemaban el pecho, pero también había rabia, vergüenza, miedo. Mi mamá dejó los tacones en el suelo y se acercó despacio. No se inmutó. Me miró con esos ojos grandes, profundos, que siempre parecían saber más de lo que decían.
—César… —dijo bajito, ronca—. Ven aquí. Me tomó de la mano y me llevó al sofá. Se sentó primero, me jaló para que me sentara a su lado. Yo me resistí un segundo, pero terminé cediendo. Ella cruzó las piernas, la falda subiéndose un poco, dejando ver el encaje negro de las medias. Apoyó una mano en mi rodilla.
—Escúchame bien, mi amor. Lo que pasó anoche… fue solo una cena de negocios… solo hubo besitos… solo eso. Me quede incrédulo pensando que para ella la mamada a Leo habían sido simples besitos. Y siguió hablando:
—Una relación laboral, de suma importancia para mí, para nosotros. Leo es joven, atractivo, está en su momento, me generara ingresos fuertes. Y si disfruto sentirme deseada de nuevo. Después de tantos años siendo solo mamá, me lo merezco. Pero nada de eso cambia lo nuestro. Sus dedos subieron un poco por mi muslo, un roce inocente pero cargado.
—Tú eres mi prioridad. Siempre lo has sido. Nadie va a quitarte tu lugar. Ni Leo, ni nadie. Esto es trabajo. Los influencers hablan tonteras y la gente las reproduce. Tú y yo… somos equipo. Siempre. La miré. Sus ojos no mentían. Había esa astucia natural en ella, esa capacidad de envolverme con palabras y con su presencia hasta que la rabia se deshacía como humo.
—¿Y si quiere algo serio contigo? ¿Y si…?—No se va a poner serio —me interrumpió, suave pero firme—. Te lo prometo. Y si algún día cambia,serás el primero en saberlo. Pero ahora mismo… solo es negocio. Nada más. Asentí despacio. El nudo en el pecho se aflojó un poco. Me incliné hacia ella y me abracé a su cintura, hundiendo la cara en su cuello. Olía a ella: vainilla, y un rastro muy leve de colonia masculina que aún no se había ido del todo. Nos quedamos así un rato. Aunque yo sabía que me manipulaba, lo aceptaba. Luego ella soltó una risa baja, ronca.
—¿Sabes lo más absurdo de todo? — dijo, acariciándome el cabello—. Que la gente piense que Leo podría ser tu papá. Imagínate. Un chico de 18 años con un hijo de 19. Sería el chisme del año. Reí contra su piel, aunque sonó más como un sollozo ahogado.
—Sí… ridículo. Ella me apretó más fuerte contra su pecho,mis mejillas rozando la curva suave de sus senos.
—Nadie va a ser tu papá, mi amor. Solo yo soy tu todo. Y eso no cambia. Nunca. Nos reímos los dos, bajito, nerviosos al principio, luego más relajados. Era absurda nuestra relación de madre e hijo, pero nos funcionaba de nuevo, como siempre era “el niño de mami”. Pero en el fondo, muy en el fondo,yo sabía que algo había cambiado.
Los días siguientes fueron un calvario lento y silencioso. En los pasillos de la prepa, las risitas socarronas me seguían como moscas. Unos compañeros me daban palmadas en la espalda con esa sonrisa torcida: “¿Y qué, César? ¿Ya le dices ‘pa’ a Leo?”. Otros se limitaban a mirarme de reojo y soltar carcajadas bajas cuando pasaba. Las fotos en X y en Instagram no ayudaban: Leo y mamá saliendo ya como pareja, él con la mano en su cintura, ella riendo con la cabeza echada hacia atrás. Todo el mundo las había visto.
Pero no todo era burla. Algunas chicas —las más atrevidas,las que fumaban en el baño o se pintaban los labios de rojo oscuro en el espejo del pasillo— me miraban diferente. Una de ellas, se acercó un día en el recreo y me dijo bajito: “Oye, César… qué chido que no seas celoso con tu mamá. Se ve que la dejas ser feliz. Eso es muy open mind. La mayoría de los weyes se pondrían locos”. Me dio un beso en la mejilla y se fue meneando las caderas.Otras me mandaban mensajes por WhatsApp: “Tu mamá está cañona, wey. Respeto total”. Al principio me quemaba la vergüenza, pero poco a poco empecé a sentir una especie de orgullo torcido. Como si, de alguna forma retorcida, yo fuera parte de esa libertad que ellas admiraban. Afortunadamente, solo quedaba una semana de clases.
El último día fue un alivio: exámenes finales, despedidas,el timbre que sonaba como libertad. La prepa terminaba. Leo Bertoni ya no sería“el papá famoso de Cesar” en los chismes humillantes de la prepa. Solo sería…Leo. El sábado por la noche llegó con un cielo negro y pesado, perfecto para la final de liga estudiantil y despedida de Leo. El estadio improvisado estaba lleno: gradas de metal chirriando, olor a fritanga y cerveza, el rugido constante de la gente. Mamá insistió en ir temprano. Se puso un vestido blanco con escote en V que dejaba ver el nacimiento de sus senos firmes. El cabello suelto, negro y ondulado, brillando bajo las luces del estadio. Nos sentamos en la tercera fila. Cuando Leo salió a la cancha —camiseta ajustada marcando el pecho definido, shorts cortos dejando ver los muslos fuertes, el número 10 en la espalda—, la barra de su equipo estalló. Mamá aplaudió con fuerza, los ojos brillantes.
El partido fue brutal. Leo metió dos goles en la primera mitad: uno de cabeza, saltando más alto que todos, otro de tiro libre que entró pegado al poste. Cada vez que marcaba, mamá se ponía de pie y brincaba, sus senos subían y bajaban con cada salto, el vestido blanco subiéndose un poco en los muslos, enseguida gritaba “¡Vamos, Leo!” con esa voz ronca que hacía que varios voltearan a mirarla, entre ellos mis compañeros de prepa quienes reían socarronamente de mi. Yo me quedaba sentado, las manos apretadas en las rodillas, el estómago hecho un nudo.
El equipo ganó 3-1. La final era suya. Cuando pitaron el final, la cancha se llenó de gente. Leo fue alzado por sus compañeros, pero sus ojos buscaron a mamá entre la multitud. Ella bajó las gradas, el escote de su vestido pegado al sudor de sus pechos. Llegó al borde del campo justo cuando él se acercó, sudado, el cabello pegado a la frente, la sonrisa triunfal.
Se miraron un segundo. Luego ella se lanzó a sus brazos. Leo la atrapó por la cintura, la levantó un poco del suelo y la besó. No fue un beso discreto. Fue profundo, posesivo: labios abiertos, lenguas que se encontraron sin vergüenza, las manos de él subiendo por su espalda hasta enredarse en el cabello negro. Mamá gimió bajito contra su boca, las uñas clavándose en sus hombros. Cuando se separaron, ella se acercó a su oído. Le susurró algo. Leo sonrió de lado, los ojos oscureciéndose. Luego le dio otro beso rápido, pero esta vez bajó la mano y le dio una palmada firme en el culo:un golpe seco que hizo que el vestido se moviera y que ella soltara una risa ronca, excitada. Algunos compañeros de Leo silbaron y aplaudieron. “¡Ese es mi capitán!” gritó uno. Mis compañeros de la prepa no paraban de reir.
Regresamos a casa. Mi mamá estaba radiante: el pecho subiendo y bajando rápido, los ojos brillantes de adrenalina y deseo.
—¿Qué le dijiste al oído? —pregunté, la voz más temblorosade lo que quería. Ella se acercó, me tomó de las manos. Su perfume me envolvió:vainilla, sudor limpio, el olor de Leo todavía pegado a su piel.
—Amor… lo invité mañana a cenar a la casa. Sera una cita. Después de cenar… se quedara a dormir. Te encierras en tu recámara, mi amor. Lo dijo bajito, ronca, con esa naturalidad que usaba cuando quería que yo aceptara algo sin discutir. Pero sus ojos decían más: excitación pura, anticipación, una promesa de lo que vendría después de que yo cerrara la puerta. Tragué saliva.El corazón me latía en la garganta. Sentí un calor subir por el cuello, bajar por el estómago, instalarse entre las piernas. La imagen de ellos dos en la sala, en su recámara, en la cocina… me golpeó como una ola.
—S-sí, mamá… —contesté, la voz temblando, casi un susurro—.No te preocupes… diviértete. Ella sonrió, esa sonrisa lenta y sensual que siempre me desarmaba. Me abrazó fuerte, apretándome contra su cuerpo caliente,los senos firmes contra mi pecho.
—Eres el mejor, mi amor. Te quiero tanto. Me dio un beso en la frente, largo, cálido. Luego se apartó y se fue a su recámara a cambiar. Yo me quedé ahí, en el pasillo, respirando agitado. Y por primera vez, no sentí solo celos.Sentí… curiosidad. Y un deseo oscuro, prohibido, de escuchar lo que pasaría al otro lado de esa puerta cerrada.
Esa noche de sábado, mientras veíamos una película en el sofá —ella recostada contra mí, la cabeza en mi hombro, una pierna sobre lamía—, su mano descansaba en mi muslo. No se movía, pero el calor de su palma se filtraba a través de la tela del pantalón. Sentía su respiración contra mi cuello, lenta, profunda. En un momento se giró un poco, el escote de su camisón se abrió y vi el pezón rosado rozando la tela fina. No se cubrió. Solo suspiró y murmuró:
—Mañana va a ser una noche especial, ¿verdad? Asentí, la garganta seca. Ella me besó la sien, los labios demorándose, y se levantó despacio, el camisón subiéndose por los muslos hasta mostrar el inicio de las nalgas en forma de corazón.
—Duérmete temprano, mi amor. Mañana después de cenar te vasa descansar… para que pueda disfrutar mi velada con Leo. Se fue a su recámara.Yo me quedé en el sofá, la erección dolorosa, el corazón latiendo en los oídos.No me toqué. Quería guardar todo para después, para cuando escuchara los sonidos al otro lado de la puerta.
Las horas previas a la cena se convirtieron en una cuenta regresiva lenta y tortuosa. Por la mañana ella se movía por la cocina en bata de satén corto que apenas le cubría los muslos carnosos, el lazo flojo dejando entrever el encaje negro del brasier y el inicio de la curva de sus senos. Se inclinaba para servir el café y la bata se abría un poco más, revelando la piel blanca y suave del valle entre ellos. Me miro por encima del hombro con esa sonrisa lenta, casi perezosa, y pregunto “¿Quieres más leche, mi amor?” Por las tarde, me pidió opinión sobre el conjunto que tendría en la cena, lo sostenía contra su cuerpo y giraba despacio frente al espejo grande de la sala.
— ¿Crees que a Leo le gustaría verme con esto? —pregunto,bajito, mirándome a través del reflejo. Yo trague saliva, el pulso acelerado,el miembro endureciéndose contra el pantalón sin permiso. Asentí. Ella sonrio,dejo el vestido sobre el respaldo del sofá y se acerco a mí. Me dio un beso enla mejilla.
—Gracias por ser tan comprensivo, mi amor —susurraba—. Séque no es fácil. Y se fue a su recámara, a cambiar.
La tensión crecía con cada hora, la noche llegó como una tormenta contenida. Mamá pasó la tarde preparando la cena: filetes en salsa devino, ensalada, vino tinto caro que había comprado “para ocasiones especiales”.Se fue a cambiar. Se perfumó en el cuello, entre los senos, en las muñecas… yen el hueco entre los muslos, un gesto que hizo despacio. y regreso espectacular a checar todo para su cita.
Se movía por la cocina con un vestido corto, descaradamente corto, de corte cruzado que se anudaba en la cintura como si quisiera abrazarla una vez más antes de soltarse. El escote en V caía sin piedad, profundo, audaz,dejando a la vista la caída natural de sus pechos, subiendo y bajando con cada respiración deliberadamente lenta, pesada, invitando a perderse en el valle que prometía calor y promesas prohibidas. Una abertura altísima trepaba por la pierna izquierda como una herida deliciosa, rasgando la tela hasta la cadera misma; con cada movimiento, la seda interior rozaba la piel bronceada,revelando la línea larga y musculosa del muslo, la curva peligrosa donde la pierna se encuentra con la intimidad oculta.
Cada vez que se inclinaba para revisar el horno, las tetas en forma de peras caían duras, pesadas. Mientras la abertura del vestido se abría mostrando todo su muslo izquierdo y el inicio de la pantaleta. Mi corazón latía a mil por hora, era una morbosa tortura tener a una mamá así de buena.
A las ocho en punto sonó el timbre. Ella abrió la puerta. Leo entró con esa seguridad de siempre: camisa negra abierta en los primeros botones, jeans ajustados, olor a colonia fresca y a victoria reciente. Mamá lo recibió con un beso largo en la puerta, las manos de él subiendo por su cintura hasta rozar el borde inferior de sus senos. Sus lenguas se encontraron, gemidos ahogados, la mano de Leo bajando para apretar una nalga con fuerza. Despues del manoseo a mi mamá me saludo.
—Que tal Cesarin, buena noche— Me dio la mano, le di la mía,aunque me hubiera gustado dársela en puño. La cena fue una tortura exquisita. Sentados a la mesa, mamá en la cabecera, Leo a su izquierda y yo a la derecha. Ella reía con sus comentarios, ponía la mano en su muslo bajo la mesa, él le devolvía el gesto por la abertura del vestido, subiendo los dedos por el interior de sus muslos.
En un momento, cuando fui por más vino a la cocina, los escuché: un susurro ronco de él, un gemido bajo de ella, el sonido húmedo de un beso profundo. Volví y los encontré separados, pero sus labios estaban hinchados, los ojos de mamá vidriosos de deseo. Terminamos de comer. Mamá se levantó, recogió los platos con movimientos lentos, deliberados. Él la seguía con la mirada como un lobo. Entonces ella se giró hacia mí.
—Mi amor… ¿por qué no te vas a descansar? Mañana tienes que levantarte temprano, ¿verdad? La voz le temblaba ligeramente de excitación. Sus pezones se marcaban contra la tela del vestido, duros como piedras. Asentí. Me levanté. Ella me abrazó fuerte, apretándome contra su cuerpo caliente. Sentí sus senos contra mi pecho, su aliento en mi oído.
—Te quiero tanto… Gracias por entender. Me besó en la frente, luego en la mejilla. Su mano bajó por mi espalda hasta la cintura, un roce que duró un segundo de más. Subí las escaleras. Entré a mi cuarto. Cerré la puerta con llave, como ella me había pedido. Me acerque a la pared que dividia nuestros cuartos, quite el escudo de mi equipo favorito, apareció un ladrillo sobrepuesto, con manos temblorosas lo quite. Del otro lado de la pared, estaba el espejo de mi mamá. Hacia unos años mi mamá compro ese espejo de2 metros cuadrados en una venta de garaje, de niño note que de un lado era espejo y al otro lado ventana, un espejo espía. Apague la luz de mi recamara,pegado a la pared espíe al cuarto suyo.
Unos minutos después escuche en el pasillo, una sonora nalgada y un grito ahogado de ella y su risa. El clic suave al abrir la puerta.Entraron entre risas y susurros. Luego, un beso profundo, húmedo. Un gemido ronco de mamá.La tensión en mi cuerpo era insoportable. Mi mano bajó sola al pantalón, pero no me toqué todavía. Quería esperar. Quería ver cada detalle. Escuchar un jadeo. El colchón crujiendo. Sus voces
La puerta se cerró y el mundo se redujo al otro lado de la pared.Los sonidos empezaron casi de inmediato, crudos, sin filtro. Leo gruñó primero,la voz baja y áspera:
—Quítate ese vestido de una puta vez. Llevo toda la cena imaginándome cómo te lo arranco con los dientes. Mamá soltó una risa ronca,entrecortada por la excitación.—Hazlo tú, papi. Ven y arráncamelo. El vestido cayó al suelo. Luego el brasier : clic, clic, y el suspiro largo de ella cuando los senos quedaron libres.
—Joder, Luciana… mira estos pezones. Siempre duros, siempre pidiendo boca. ¿Los tienes así por mí todo el día?
—Todo el puto día —respondió ella, jadeando—. Pensando encómo me los ibas a chupar hasta que me dolieran. Leo los llevo con fuerza a suboca húmeda. Mamá gimió alto, sin vergüenza.
—Más fuerte… muérdeme… sí, así… papi, me vas a dejar marcas.Leo gruñó contra su piel.
—Te voy a dejar las tetas llena de moretones. Y después te voy a follar hasta que no puedas caminar mañana. El colchón crujió cuando la empujó hacia atrás. Mamá se dejó caer, riendo entre gemidos.
—Ábrete las piernas. Quiero ver ese coño chorreando antes de metértela. Ella obedeció. Leo abrió con sus dedos la vulva, los labios húmedos,el chapoteo evidente.
—Mírate… estás empapada. ¿Te mojaste toda la cena pensando en esto?
—Desde que me diste esa palmada en el culo en la cancha—confesó ella, voz temblorosa—. Quería que me follaras ahí mismo, delante de todos. Leo rio oscuro.
—Puta caliente. Abre más. Lengua contra carne. Chupadas ruidosas, deliberadas. Mamá se retorció.
—Ahí… chúpame el clítoris… méteme la lengua… sí… joder, Leo…me vas a hacer correrme en tu cara…
—Hazlo. Córrete en mi boca. Quiero tragarme todo tu jugo. Gemidos de ella subiendo de volumen, el cuerpo golpeando contra el colchón.
—No pares… no pares… me vengo… ¡me vengo, cabrón! Grito ronco, largo. Piernas temblando. Leo siguió lamiendo, implacable.
—Buena puta… gemidos ahogados de ella.
—Te gusta, ¿verdad?
—Mmm… sí… chupame la chocha… más fuerte… voy a correrme… aaahhhhhhh
Leo la levantó, no la dejo descansar, la giró de un tirón.
—Date la vuelta. A cuatro patas. Quiero verte el culo mientras te cojo. Mamá se puso en posición, arqueando la espalda.
—Fóllame duro… rómpeme el coño… quiero sentirte hasta el fondo. Él entró de golpe. Golpe seco de pelvis contra nalgas.
—Joder… qué apretada… me aprietas como si no hubieras cogido en años.
—Es que la tienes muy grande… nunca había tenido una así… métemela toda…Embestidas brutales. El cabezal golpeando la pared. Carne chocando,húmeda, rítmica.
—Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te folle como puta.
—Sí… soy tu puta… fóllame más fuerte… dame duro…Una palmada fuerte en la nalga. Mamá gritó de placer.
—Otra… pégame otra… marca mi culo…Palmada. Otra. Otra. La piel enrojeciendo.
—Te voy a dejar el culo rojo… y después te voy a llenar el coño de leche.
—Córrete dentro… lléname… quiero sentir tus chorros calientes… quiero quedar goteando…Leo aceleró, gruñendo.
—Ahí va… toma… toda mi leche… ¡toma! Gruñido largo,profundo. Embestidas finales, temblorosas. Mamá gritó su orgasmo al mismo tiempo.
—Siiií… me corro… me llenas… joder… qué rico…Se quedaron jadeando. Él todavía dentro, besándole la nuca.
—Estás llena… mira cómo sale mi leche cuando salgo… Mamá gimió bajito.
—Qué caliente… me chorrea por los muslos…Leo rio, satisfecho.
—Cinco minutos y te cojo otra vez. Esta vez te quiero encima, montándome hasta que te duela el coño. Mamá suspiró, ronca y contenta.
—Hazme lo que quieras… soy tuya esta noche. El colchón crujió de nuevo. Besos lentos, pero ya con hambre renovada. Yo, al otro lado dela pared mirando por él espejo, tenía la mano sujetando mi miembro, latiendo con cada palabra, cada golpe, cada gemido crudo que se filtraba. No me corrí todavía. Quería esperar a la segunda ronda. Porque sabía que iba a ser peor. O mejor
La segunda ronda empezó sin preámbulos, como si el descanso de cinco minutos solo hubiera servido para recargar la furia. El colchón crujió de nuevo cuando Leo se movió. Mamá todavía jadeaba, el cuerpo sudoroso y tembloroso, pero su voz salió ronca, hambrienta:
—Ven… no me dejes enfriarme… quiero montarte hasta que me duela. Leo soltó una risa oscura, satisfecha.
—Sube, puta. Siéntate en mi cara primero. Quiero limpiarte mi propia leche con la lengua antes de que te la vuelva a meter. Mamá gimió al oírlo. Se levanto de la cama, se sujeto el cabello con una dona, su cuerpo perfecto brillaba mezcla de sudor y lujuria. Subio a la cama de rodillas hundiéndose en el colchón, sus muslos abriéndose sobre la cara de él. Luego, silencio unos minutos… después melosa dijo:
—Joder… tu lengua… estás lamiendo todo lo que me dejaste dentro… qué sucio eres…Leo gruñó contra su coño, la boca llena.
—Sabe a nosotros… a ti y a mí… abre más… móntame la cara…usa mi lengua como si fuera tu juguete. Ella empezó a moverse: caderas ondulando lento al principio, luego más rápido, frotándose contra su boca. El sonido húmedo era obsceno, chapoteo constante, gemidos ahogados de Leo cada vez que tragaba.
—Así… lame más profundo… méteme la lengua entera… sí… me vasa hacer correrme otra vez en tu boca…Leo la agarró por las nalgas, separándolas con fuerza, hundiendo la cara más. Mamá gritó, las uñas clavándose en el cabezal de la cama.
—Voy… voy a correrme… no pares… trágate todo otra vez…Un grito roto. Sus caderas se sacudieron violentamente, el cuerpo convulsionando sobre la cara de él. Leo siguió lamiendo hasta que ella se derrumbó hacia adelante, temblando.
—Buena zorra… ahora bájate y siéntate en mi polla. Quiero verte rebotar. Mamá se movió despacio, todavía sensible. El colchón crujió cuando se posicionó encima. Leo se acomodó debajo, las manos en sus caderas.
—Métetela tú misma… despacio… quiero sentir cómo te abres. Ella bajó poco a poco. Atrás del espejo mire asombrado como mi mamá sin usar sus manos, solo con movimientos de cadera y culo posiciono la punta de la polla de Leo entre sus labios vaginales. Un gemido largo de ambos cuando la cabeza entró, estirándola.
—Joder… estás tan duro todavía… me duele rico…
—Baja toda… hasta los huevos… quiero que me aprietes con ese coño mojado. Mamá obedeció. Bajó de golpe al final, soltando un grito ahogado.Leo gruñó, las manos apretando sus nalgas con fuerza.
—Así… muévete… fóllame tú ahora… cabalga como la puta que eres. Ella empezó a subir y bajar, lento al principio, sintiendo cada centímetro. Luego aceleró: caderas moviéndose en círculos, luego arriba y abajo con violencia. El sonido de carne húmeda chocando, sus nalgas golpeando contra los muslos de él.
—Te gusta, ¿verdad? Te gusta verme montarte… ver mis tetas rebotando…Leo levantó las manos y agarró sus senos, pellizcando los pezones con rudeza.
—Estas tetas son mías… estos pezones duros son míos… rebota más fuerte… quiero verte correrme encima. Mamá aceleró, el sudor corriendo por su espalda, el cabello pegado a la cara.
—Voy a correrme otra vez… me estás llenando tanto… me vas a romper…—Córrete…apriétame… ordeña mi polla… quiero sentir cómo te contraes. Ella gritó, el cuerpo temblando en un orgasmo violento. Las paredes de su coño apretando alrededor de él, pulsando. Leo gruñó, las caderas empujando hacia arriba.
—No aguanto… me voy a correr… ¿dónde quieres mi leche?
—Dentro… lléname otra vez… quiero sentirte chorrear dentro de mí toda la noche…Leo empujó profundo, una, dos, tres veces más. Gruñido animal, largo. Se corrió con fuerza, chorros calientes llenándola de nuevo.Mamá gimió al sentirlo, bajando despacio hasta quedarse sentada encima,moviéndose en círculos pequeños para exprimirlo hasta la última gota.
—Qué rico… estás latiendo dentro… me dejas toda llena de ti…Leo jadeó, las manos todavía en sus caderas.
—Quédate así… con mi polla dentro… no te muevas… quiero que mi leche se quede dentro mientras te beso. Mi mama se recostó en él, sus tetas se apretaron en el pecho de Leo. Le dio besos lentos, profundos. Sus lenguas enredadas, saboreando el sudor y el sexo. Mamá suspiró contra su boca.
—Eres un animal… me tienes destrozada… y todavía quiero más.Leo rio bajo, mordiéndole el labio.
—Dame diez minutos… y te cojo de lado hasta que amanezca.Quiero verte la cara cuando te corras la cuarta vez. Mamá gimió bajito, todavía encima de él, sintiendo su polla dentro y sintiendo cómo su semen empezaba a escurrir por sus muslos.
—Hazme lo que quieras… esta noche soy tuya… toda tuya. El colchón crujió de nuevo cuando se acomodaron de lado, cuerpos pegados,respiraciones agitadas mezclándose. Yo, al otro lado del espejo de la pared,tenía la mano apretada alrededor de mi miembro, moviéndome al ritmo de sus movimientos,de sus palabras, de cada gemido obsceno que se filtraba. Esta vez no esperé más. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio para no hacer ruido, el semen caliente broto salpicando la pared, cayendo al suelo mientras escuchaba cómo se besaban, cómo se preparaban para la tercera ronda. Descubrir lo puta de mamá.La noche apenas empezaba.
El tercera ronda empezó casi sin transición, como si el cuerpo de mamá no pudiera —o no quisiera— apagarse. Estaban de lado ahora,cuerpos pegados, sudorosos, el aire de la recámara cargado de olor a sexo crudo: semen, sudor, saliva y el aroma dulce de ella. Leo la tenía abrazada por detrás, la polla todavía semidura rozando entre sus nalgas, resbaladiza por todo lo que había salido y vuelto a entrar. Mamá giró la cabeza, buscó su boca en la oscuridad.
—Todavía mi vulva late… siento tu leche chorreando por dentro… no pares ahora, cabrón. Leo gruñó contra su cuello, mordiéndolo suave al principio, luego más fuerte.
—Te dije que iba a cogerte hasta que amaneciera. Date la vuelta. Quiero verte la cara cuando te rompa por tercera vez. Ella se movió despacio. Se puso boca arriba, abrió las piernas sin que se lo pidiera. Leo se colocó entre ellas, apoyando los antebrazos a los lados de su cabeza. La miró fijo, los ojos oscuros brillando en la penumbra.
—Mírame. Quiero que me veas entrar otra vez. Mamá levantó las caderas un poco, ofreciéndose.
—Métemela… despacio… quiero sentir cada centímetro estirándome de nuevo. Leo se posicionó en la entrada, la punta rozando los labios hinchados y sensibles. Bajó despacio, centímetro a centímetro. Mamá jadeó cachonda, los ojos entrecerrados, las uñas clavándose en sus hombros.
—Joder… duele rico… estás tan grueso… me abres toda…
—Estás hinchada… pero sigues apretando como virgen. Te encanta que te folle aunque estés adolorida, ¿verdad?
—Sí… me encanta… fóllame aunque me duela… rómpeme el coño…haz que me corra gritando tu nombre. Empezó a moverse: embestidas lentas,profundas, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada golpe hacía que mamá soltara un gemido ronco, el cuerpo arqueándose para recibirlo mejor.
—Más rápido… no me trates con cuidado… quiero que me cojas como animal. Leo aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, el sonido de pelvis chocando contra pelvis llenando la habitación. El cabezal golpeaba la pared con ritmo constante, como un tambor obsceno.
—Te gusta así, ¿no? Te gusta que te folle duro… que te usecomo mi puta personal.
—Sí… soy tu puta… tu zorra… cógeme más fuerte… pégame en las tetas… quiero sentirlo todo. Leo levantó una mano y le dio una palmada firme en un seno. El sonido seco resonó. Mamá gritó de placer, el pezón endureciéndose más.
—Otra… pégame otra…Palmada en el otro seno. Luego en la cara, suave pero posesiva.
—Mírame… dime que te gusta ser mi puta.
—Me encanta… me encanta ser tu puta… cógeme más… méteme los dedos en la boca…Leo metió dos dedos en su boca. Mamá los chupó como si fueran su polla, gimiendo alrededor de ellos mientras él seguía embistiendo.
—Chúpalos como si te los estuviera metiendo en el coño… así…buena zorra…Ella succionaba con fuerza, la saliva goteando por su barbilla. Leo sacó los dedos y los bajó hasta su clítoris, frotando en círculos rápidos mientras seguía follando.
—Voy a hacer que te corras otra vez… quiero sentir cómo me aprietas cuando te vengas…Mamá se tensó, las piernas temblando alrededor de su cintura.
—Estoy cerca… no pares… frota más fuerte… sí… joder… me vengo… ¡me vengo! Grito largo, roto. El cuerpo convulsionando debajo de él, el coño apretando rítmicamente alrededor de su polla. Leo gruñó, las embestidas volviéndose erráticas.
—No aguanto… voy a correrme otra vez… ¿dónde quieres mi leche esta vez?—Dentro… siempre dentro… lléname toda… quiero despertarme mañana con tu semen chorreándome por las piernas…Leo empujó profundo, una última embestida brutal. Gruñó fuerte, animal, y se derramó dentro de ella: chorros calientes, abundantes, mezclándose con lo que ya había dejado antes. Mamá gimió al sentirlo, las uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas.
—Siiií… qué rico… me llenas tanto… siento cada chorro…Se quedaron quietos un momento, jadeando. Leo todavía dentro, latiendo. Mamá lo abrazó con las piernas, manteniéndolo ahí.
—No salgas todavía… quédate dentro… quiero dormir así… con tu polla y tu leche dentro de mí. Leo besó su cuello, mordiendo suave.
—Duerme, puta. Mañana por la mañana te despierto cogiéndote de nuevo. Quiero verte la cara cuando abras los ojos y sientas que todavía estoy duro dentro. Mamá suspiró, satisfecha, exhausta.
—Hazlo… cógeme hasta que no pueda más… soy tuya… toda la puta noche… y todo el día si quieres. Silencio roto solo por respiraciones pesadas. El olor a sexo impregnaba todo: semen espeso, sudor, el aroma de ella.El colchón húmedo debajo de ellos. Yo, al otro lado de la pared, tenía la mano pegajosa, el cuerpo temblando por el tercer orgasmo silencioso que me había arrancado viendo. El miembro todavía duro, palpitando, como si no pudiera parar de responder a cada palabra, cada golpe, cada gemido crudo. Una noche de sexo puro.
En la preparatoria el día pasó lento, como si el tiempo seburlara de mí. Clases, apuntes, conversaciones banales. Pero al terminar lasclases, en el pasillo, me topé con un grupo de compañeros. Estaban agrupadosalrededor de un celular, riendo bajo. Me acerqué sin que me vieran alprincipio.
—Mira, cabrón, ya firmó con un equipo filial de primera—decía uno, ampliando una foto en X
— Y mira la preciosura que tiene de novia. El otro soltó una carcajada.
—Está buenísima. Curvas de infarto. Esa cintura, esas nalgas… es una MILF como a él le gustan, ¿no? El perro que se carga la señora. Otro más, el que siempre hablaba más alto, señaló la pantalla.
—Oye… ese cuerpo, esa cara… se parece un chingo a la mamá de César. Silencio un segundo. Luego risas nerviosas.
—Es la mamá de César, pendejo. Más risas, palmadas en la espalda.
—César va a tener un papá famoso, wey. Imagínate: “Oye, pa, ¿me pasas el balón?”. Me quedé congelado detrás de la columna. El estómago se me revolvió. No me vieron. Me di la vuelta y me fui a casa corriendo- Afortunadamente,la prepa —o lo que quedaba de ella— terminaba en dos semanas.
Llegué a casa pasadas las dos de la tarde. La camioneta de mamá ya estaba estacionada. Entré, me lavé la cara con agua fría, pero el calor en las mejillas no bajaba. El olor a café recién hecho y a su perfume me golpeó de inmediato. Estaba en la cocina, quitándose los tacones con un suspiro de alivio. Venía de su trabajo: blusa blanca ajustada, falda lápiz negra que marcaba cada curva, el cabello recogido en un moño alto que dejaba ver el cuello todavía marcado por el chupetón de la noche anterior, ahora morado y evidente.
Me vio y sonrió, esa sonrisa suave que siempre usaba para calmarme.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue? No respondí de inmediato. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Ella arqueó una ceja.
— ¿Qué pasa? Me acerqué, las palabras saliendo como un torrente.
— ¿Que qué pasa? Todo el mundo sabe, mamá. En la prepa, en Instagram, en X, fotos tuyas con Leo saliendo del restaurante, del antro. Dicen que eres su novia, que eres una… MILF. Que yo voy a tener un papá famoso. Se ríen de mí. Se ríen de nosotros. Mi voz se quebró al final. Los celos me quemaban el pecho, pero también había rabia, vergüenza, miedo. Mi mamá dejó los tacones en el suelo y se acercó despacio. No se inmutó. Me miró con esos ojos grandes, profundos, que siempre parecían saber más de lo que decían.
—César… —dijo bajito, ronca—. Ven aquí. Me tomó de la mano y me llevó al sofá. Se sentó primero, me jaló para que me sentara a su lado. Yo me resistí un segundo, pero terminé cediendo. Ella cruzó las piernas, la falda subiéndose un poco, dejando ver el encaje negro de las medias. Apoyó una mano en mi rodilla.
—Escúchame bien, mi amor. Lo que pasó anoche… fue solo una cena de negocios… solo hubo besitos… solo eso. Me quede incrédulo pensando que para ella la mamada a Leo habían sido simples besitos. Y siguió hablando:
—Una relación laboral, de suma importancia para mí, para nosotros. Leo es joven, atractivo, está en su momento, me generara ingresos fuertes. Y si disfruto sentirme deseada de nuevo. Después de tantos años siendo solo mamá, me lo merezco. Pero nada de eso cambia lo nuestro. Sus dedos subieron un poco por mi muslo, un roce inocente pero cargado.
—Tú eres mi prioridad. Siempre lo has sido. Nadie va a quitarte tu lugar. Ni Leo, ni nadie. Esto es trabajo. Los influencers hablan tonteras y la gente las reproduce. Tú y yo… somos equipo. Siempre. La miré. Sus ojos no mentían. Había esa astucia natural en ella, esa capacidad de envolverme con palabras y con su presencia hasta que la rabia se deshacía como humo.
—¿Y si quiere algo serio contigo? ¿Y si…?—No se va a poner serio —me interrumpió, suave pero firme—. Te lo prometo. Y si algún día cambia,serás el primero en saberlo. Pero ahora mismo… solo es negocio. Nada más. Asentí despacio. El nudo en el pecho se aflojó un poco. Me incliné hacia ella y me abracé a su cintura, hundiendo la cara en su cuello. Olía a ella: vainilla, y un rastro muy leve de colonia masculina que aún no se había ido del todo. Nos quedamos así un rato. Aunque yo sabía que me manipulaba, lo aceptaba. Luego ella soltó una risa baja, ronca.
—¿Sabes lo más absurdo de todo? — dijo, acariciándome el cabello—. Que la gente piense que Leo podría ser tu papá. Imagínate. Un chico de 18 años con un hijo de 19. Sería el chisme del año. Reí contra su piel, aunque sonó más como un sollozo ahogado.
—Sí… ridículo. Ella me apretó más fuerte contra su pecho,mis mejillas rozando la curva suave de sus senos.
—Nadie va a ser tu papá, mi amor. Solo yo soy tu todo. Y eso no cambia. Nunca. Nos reímos los dos, bajito, nerviosos al principio, luego más relajados. Era absurda nuestra relación de madre e hijo, pero nos funcionaba de nuevo, como siempre era “el niño de mami”. Pero en el fondo, muy en el fondo,yo sabía que algo había cambiado.
Los días siguientes fueron un calvario lento y silencioso. En los pasillos de la prepa, las risitas socarronas me seguían como moscas. Unos compañeros me daban palmadas en la espalda con esa sonrisa torcida: “¿Y qué, César? ¿Ya le dices ‘pa’ a Leo?”. Otros se limitaban a mirarme de reojo y soltar carcajadas bajas cuando pasaba. Las fotos en X y en Instagram no ayudaban: Leo y mamá saliendo ya como pareja, él con la mano en su cintura, ella riendo con la cabeza echada hacia atrás. Todo el mundo las había visto.
Pero no todo era burla. Algunas chicas —las más atrevidas,las que fumaban en el baño o se pintaban los labios de rojo oscuro en el espejo del pasillo— me miraban diferente. Una de ellas, se acercó un día en el recreo y me dijo bajito: “Oye, César… qué chido que no seas celoso con tu mamá. Se ve que la dejas ser feliz. Eso es muy open mind. La mayoría de los weyes se pondrían locos”. Me dio un beso en la mejilla y se fue meneando las caderas.Otras me mandaban mensajes por WhatsApp: “Tu mamá está cañona, wey. Respeto total”. Al principio me quemaba la vergüenza, pero poco a poco empecé a sentir una especie de orgullo torcido. Como si, de alguna forma retorcida, yo fuera parte de esa libertad que ellas admiraban. Afortunadamente, solo quedaba una semana de clases.
El último día fue un alivio: exámenes finales, despedidas,el timbre que sonaba como libertad. La prepa terminaba. Leo Bertoni ya no sería“el papá famoso de Cesar” en los chismes humillantes de la prepa. Solo sería…Leo. El sábado por la noche llegó con un cielo negro y pesado, perfecto para la final de liga estudiantil y despedida de Leo. El estadio improvisado estaba lleno: gradas de metal chirriando, olor a fritanga y cerveza, el rugido constante de la gente. Mamá insistió en ir temprano. Se puso un vestido blanco con escote en V que dejaba ver el nacimiento de sus senos firmes. El cabello suelto, negro y ondulado, brillando bajo las luces del estadio. Nos sentamos en la tercera fila. Cuando Leo salió a la cancha —camiseta ajustada marcando el pecho definido, shorts cortos dejando ver los muslos fuertes, el número 10 en la espalda—, la barra de su equipo estalló. Mamá aplaudió con fuerza, los ojos brillantes.
El partido fue brutal. Leo metió dos goles en la primera mitad: uno de cabeza, saltando más alto que todos, otro de tiro libre que entró pegado al poste. Cada vez que marcaba, mamá se ponía de pie y brincaba, sus senos subían y bajaban con cada salto, el vestido blanco subiéndose un poco en los muslos, enseguida gritaba “¡Vamos, Leo!” con esa voz ronca que hacía que varios voltearan a mirarla, entre ellos mis compañeros de prepa quienes reían socarronamente de mi. Yo me quedaba sentado, las manos apretadas en las rodillas, el estómago hecho un nudo.
El equipo ganó 3-1. La final era suya. Cuando pitaron el final, la cancha se llenó de gente. Leo fue alzado por sus compañeros, pero sus ojos buscaron a mamá entre la multitud. Ella bajó las gradas, el escote de su vestido pegado al sudor de sus pechos. Llegó al borde del campo justo cuando él se acercó, sudado, el cabello pegado a la frente, la sonrisa triunfal.
Se miraron un segundo. Luego ella se lanzó a sus brazos. Leo la atrapó por la cintura, la levantó un poco del suelo y la besó. No fue un beso discreto. Fue profundo, posesivo: labios abiertos, lenguas que se encontraron sin vergüenza, las manos de él subiendo por su espalda hasta enredarse en el cabello negro. Mamá gimió bajito contra su boca, las uñas clavándose en sus hombros. Cuando se separaron, ella se acercó a su oído. Le susurró algo. Leo sonrió de lado, los ojos oscureciéndose. Luego le dio otro beso rápido, pero esta vez bajó la mano y le dio una palmada firme en el culo:un golpe seco que hizo que el vestido se moviera y que ella soltara una risa ronca, excitada. Algunos compañeros de Leo silbaron y aplaudieron. “¡Ese es mi capitán!” gritó uno. Mis compañeros de la prepa no paraban de reir.
Regresamos a casa. Mi mamá estaba radiante: el pecho subiendo y bajando rápido, los ojos brillantes de adrenalina y deseo.
—¿Qué le dijiste al oído? —pregunté, la voz más temblorosade lo que quería. Ella se acercó, me tomó de las manos. Su perfume me envolvió:vainilla, sudor limpio, el olor de Leo todavía pegado a su piel.
—Amor… lo invité mañana a cenar a la casa. Sera una cita. Después de cenar… se quedara a dormir. Te encierras en tu recámara, mi amor. Lo dijo bajito, ronca, con esa naturalidad que usaba cuando quería que yo aceptara algo sin discutir. Pero sus ojos decían más: excitación pura, anticipación, una promesa de lo que vendría después de que yo cerrara la puerta. Tragué saliva.El corazón me latía en la garganta. Sentí un calor subir por el cuello, bajar por el estómago, instalarse entre las piernas. La imagen de ellos dos en la sala, en su recámara, en la cocina… me golpeó como una ola.
—S-sí, mamá… —contesté, la voz temblando, casi un susurro—.No te preocupes… diviértete. Ella sonrió, esa sonrisa lenta y sensual que siempre me desarmaba. Me abrazó fuerte, apretándome contra su cuerpo caliente,los senos firmes contra mi pecho.
—Eres el mejor, mi amor. Te quiero tanto. Me dio un beso en la frente, largo, cálido. Luego se apartó y se fue a su recámara a cambiar. Yo me quedé ahí, en el pasillo, respirando agitado. Y por primera vez, no sentí solo celos.Sentí… curiosidad. Y un deseo oscuro, prohibido, de escuchar lo que pasaría al otro lado de esa puerta cerrada.
Esa noche de sábado, mientras veíamos una película en el sofá —ella recostada contra mí, la cabeza en mi hombro, una pierna sobre lamía—, su mano descansaba en mi muslo. No se movía, pero el calor de su palma se filtraba a través de la tela del pantalón. Sentía su respiración contra mi cuello, lenta, profunda. En un momento se giró un poco, el escote de su camisón se abrió y vi el pezón rosado rozando la tela fina. No se cubrió. Solo suspiró y murmuró:
—Mañana va a ser una noche especial, ¿verdad? Asentí, la garganta seca. Ella me besó la sien, los labios demorándose, y se levantó despacio, el camisón subiéndose por los muslos hasta mostrar el inicio de las nalgas en forma de corazón.
—Duérmete temprano, mi amor. Mañana después de cenar te vasa descansar… para que pueda disfrutar mi velada con Leo. Se fue a su recámara.Yo me quedé en el sofá, la erección dolorosa, el corazón latiendo en los oídos.No me toqué. Quería guardar todo para después, para cuando escuchara los sonidos al otro lado de la puerta.
Las horas previas a la cena se convirtieron en una cuenta regresiva lenta y tortuosa. Por la mañana ella se movía por la cocina en bata de satén corto que apenas le cubría los muslos carnosos, el lazo flojo dejando entrever el encaje negro del brasier y el inicio de la curva de sus senos. Se inclinaba para servir el café y la bata se abría un poco más, revelando la piel blanca y suave del valle entre ellos. Me miro por encima del hombro con esa sonrisa lenta, casi perezosa, y pregunto “¿Quieres más leche, mi amor?” Por las tarde, me pidió opinión sobre el conjunto que tendría en la cena, lo sostenía contra su cuerpo y giraba despacio frente al espejo grande de la sala.
— ¿Crees que a Leo le gustaría verme con esto? —pregunto,bajito, mirándome a través del reflejo. Yo trague saliva, el pulso acelerado,el miembro endureciéndose contra el pantalón sin permiso. Asentí. Ella sonrio,dejo el vestido sobre el respaldo del sofá y se acerco a mí. Me dio un beso enla mejilla.
—Gracias por ser tan comprensivo, mi amor —susurraba—. Séque no es fácil. Y se fue a su recámara, a cambiar.
La tensión crecía con cada hora, la noche llegó como una tormenta contenida. Mamá pasó la tarde preparando la cena: filetes en salsa devino, ensalada, vino tinto caro que había comprado “para ocasiones especiales”.Se fue a cambiar. Se perfumó en el cuello, entre los senos, en las muñecas… yen el hueco entre los muslos, un gesto que hizo despacio. y regreso espectacular a checar todo para su cita.
Se movía por la cocina con un vestido corto, descaradamente corto, de corte cruzado que se anudaba en la cintura como si quisiera abrazarla una vez más antes de soltarse. El escote en V caía sin piedad, profundo, audaz,dejando a la vista la caída natural de sus pechos, subiendo y bajando con cada respiración deliberadamente lenta, pesada, invitando a perderse en el valle que prometía calor y promesas prohibidas. Una abertura altísima trepaba por la pierna izquierda como una herida deliciosa, rasgando la tela hasta la cadera misma; con cada movimiento, la seda interior rozaba la piel bronceada,revelando la línea larga y musculosa del muslo, la curva peligrosa donde la pierna se encuentra con la intimidad oculta.
Cada vez que se inclinaba para revisar el horno, las tetas en forma de peras caían duras, pesadas. Mientras la abertura del vestido se abría mostrando todo su muslo izquierdo y el inicio de la pantaleta. Mi corazón latía a mil por hora, era una morbosa tortura tener a una mamá así de buena.
A las ocho en punto sonó el timbre. Ella abrió la puerta. Leo entró con esa seguridad de siempre: camisa negra abierta en los primeros botones, jeans ajustados, olor a colonia fresca y a victoria reciente. Mamá lo recibió con un beso largo en la puerta, las manos de él subiendo por su cintura hasta rozar el borde inferior de sus senos. Sus lenguas se encontraron, gemidos ahogados, la mano de Leo bajando para apretar una nalga con fuerza. Despues del manoseo a mi mamá me saludo.
—Que tal Cesarin, buena noche— Me dio la mano, le di la mía,aunque me hubiera gustado dársela en puño. La cena fue una tortura exquisita. Sentados a la mesa, mamá en la cabecera, Leo a su izquierda y yo a la derecha. Ella reía con sus comentarios, ponía la mano en su muslo bajo la mesa, él le devolvía el gesto por la abertura del vestido, subiendo los dedos por el interior de sus muslos.
En un momento, cuando fui por más vino a la cocina, los escuché: un susurro ronco de él, un gemido bajo de ella, el sonido húmedo de un beso profundo. Volví y los encontré separados, pero sus labios estaban hinchados, los ojos de mamá vidriosos de deseo. Terminamos de comer. Mamá se levantó, recogió los platos con movimientos lentos, deliberados. Él la seguía con la mirada como un lobo. Entonces ella se giró hacia mí.
—Mi amor… ¿por qué no te vas a descansar? Mañana tienes que levantarte temprano, ¿verdad? La voz le temblaba ligeramente de excitación. Sus pezones se marcaban contra la tela del vestido, duros como piedras. Asentí. Me levanté. Ella me abrazó fuerte, apretándome contra su cuerpo caliente. Sentí sus senos contra mi pecho, su aliento en mi oído.
—Te quiero tanto… Gracias por entender. Me besó en la frente, luego en la mejilla. Su mano bajó por mi espalda hasta la cintura, un roce que duró un segundo de más. Subí las escaleras. Entré a mi cuarto. Cerré la puerta con llave, como ella me había pedido. Me acerque a la pared que dividia nuestros cuartos, quite el escudo de mi equipo favorito, apareció un ladrillo sobrepuesto, con manos temblorosas lo quite. Del otro lado de la pared, estaba el espejo de mi mamá. Hacia unos años mi mamá compro ese espejo de2 metros cuadrados en una venta de garaje, de niño note que de un lado era espejo y al otro lado ventana, un espejo espía. Apague la luz de mi recamara,pegado a la pared espíe al cuarto suyo.
Unos minutos después escuche en el pasillo, una sonora nalgada y un grito ahogado de ella y su risa. El clic suave al abrir la puerta.Entraron entre risas y susurros. Luego, un beso profundo, húmedo. Un gemido ronco de mamá.La tensión en mi cuerpo era insoportable. Mi mano bajó sola al pantalón, pero no me toqué todavía. Quería esperar. Quería ver cada detalle. Escuchar un jadeo. El colchón crujiendo. Sus voces
La puerta se cerró y el mundo se redujo al otro lado de la pared.Los sonidos empezaron casi de inmediato, crudos, sin filtro. Leo gruñó primero,la voz baja y áspera:
—Quítate ese vestido de una puta vez. Llevo toda la cena imaginándome cómo te lo arranco con los dientes. Mamá soltó una risa ronca,entrecortada por la excitación.—Hazlo tú, papi. Ven y arráncamelo. El vestido cayó al suelo. Luego el brasier : clic, clic, y el suspiro largo de ella cuando los senos quedaron libres.
—Joder, Luciana… mira estos pezones. Siempre duros, siempre pidiendo boca. ¿Los tienes así por mí todo el día?
—Todo el puto día —respondió ella, jadeando—. Pensando encómo me los ibas a chupar hasta que me dolieran. Leo los llevo con fuerza a suboca húmeda. Mamá gimió alto, sin vergüenza.
—Más fuerte… muérdeme… sí, así… papi, me vas a dejar marcas.Leo gruñó contra su piel.
—Te voy a dejar las tetas llena de moretones. Y después te voy a follar hasta que no puedas caminar mañana. El colchón crujió cuando la empujó hacia atrás. Mamá se dejó caer, riendo entre gemidos.
—Ábrete las piernas. Quiero ver ese coño chorreando antes de metértela. Ella obedeció. Leo abrió con sus dedos la vulva, los labios húmedos,el chapoteo evidente.
—Mírate… estás empapada. ¿Te mojaste toda la cena pensando en esto?
—Desde que me diste esa palmada en el culo en la cancha—confesó ella, voz temblorosa—. Quería que me follaras ahí mismo, delante de todos. Leo rio oscuro.
—Puta caliente. Abre más. Lengua contra carne. Chupadas ruidosas, deliberadas. Mamá se retorció.
—Ahí… chúpame el clítoris… méteme la lengua… sí… joder, Leo…me vas a hacer correrme en tu cara…
—Hazlo. Córrete en mi boca. Quiero tragarme todo tu jugo. Gemidos de ella subiendo de volumen, el cuerpo golpeando contra el colchón.
—No pares… no pares… me vengo… ¡me vengo, cabrón! Grito ronco, largo. Piernas temblando. Leo siguió lamiendo, implacable.
—Buena puta… gemidos ahogados de ella.
—Te gusta, ¿verdad?
—Mmm… sí… chupame la chocha… más fuerte… voy a correrme… aaahhhhhhh
Leo la levantó, no la dejo descansar, la giró de un tirón.
—Date la vuelta. A cuatro patas. Quiero verte el culo mientras te cojo. Mamá se puso en posición, arqueando la espalda.
—Fóllame duro… rómpeme el coño… quiero sentirte hasta el fondo. Él entró de golpe. Golpe seco de pelvis contra nalgas.
—Joder… qué apretada… me aprietas como si no hubieras cogido en años.
—Es que la tienes muy grande… nunca había tenido una así… métemela toda…Embestidas brutales. El cabezal golpeando la pared. Carne chocando,húmeda, rítmica.
—Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te folle como puta.
—Sí… soy tu puta… fóllame más fuerte… dame duro…Una palmada fuerte en la nalga. Mamá gritó de placer.
—Otra… pégame otra… marca mi culo…Palmada. Otra. Otra. La piel enrojeciendo.
—Te voy a dejar el culo rojo… y después te voy a llenar el coño de leche.
—Córrete dentro… lléname… quiero sentir tus chorros calientes… quiero quedar goteando…Leo aceleró, gruñendo.
—Ahí va… toma… toda mi leche… ¡toma! Gruñido largo,profundo. Embestidas finales, temblorosas. Mamá gritó su orgasmo al mismo tiempo.
—Siiií… me corro… me llenas… joder… qué rico…Se quedaron jadeando. Él todavía dentro, besándole la nuca.
—Estás llena… mira cómo sale mi leche cuando salgo… Mamá gimió bajito.
—Qué caliente… me chorrea por los muslos…Leo rio, satisfecho.
—Cinco minutos y te cojo otra vez. Esta vez te quiero encima, montándome hasta que te duela el coño. Mamá suspiró, ronca y contenta.
—Hazme lo que quieras… soy tuya esta noche. El colchón crujió de nuevo. Besos lentos, pero ya con hambre renovada. Yo, al otro lado dela pared mirando por él espejo, tenía la mano sujetando mi miembro, latiendo con cada palabra, cada golpe, cada gemido crudo que se filtraba. No me corrí todavía. Quería esperar a la segunda ronda. Porque sabía que iba a ser peor. O mejor
La segunda ronda empezó sin preámbulos, como si el descanso de cinco minutos solo hubiera servido para recargar la furia. El colchón crujió de nuevo cuando Leo se movió. Mamá todavía jadeaba, el cuerpo sudoroso y tembloroso, pero su voz salió ronca, hambrienta:
—Ven… no me dejes enfriarme… quiero montarte hasta que me duela. Leo soltó una risa oscura, satisfecha.
—Sube, puta. Siéntate en mi cara primero. Quiero limpiarte mi propia leche con la lengua antes de que te la vuelva a meter. Mamá gimió al oírlo. Se levanto de la cama, se sujeto el cabello con una dona, su cuerpo perfecto brillaba mezcla de sudor y lujuria. Subio a la cama de rodillas hundiéndose en el colchón, sus muslos abriéndose sobre la cara de él. Luego, silencio unos minutos… después melosa dijo:
—Joder… tu lengua… estás lamiendo todo lo que me dejaste dentro… qué sucio eres…Leo gruñó contra su coño, la boca llena.
—Sabe a nosotros… a ti y a mí… abre más… móntame la cara…usa mi lengua como si fuera tu juguete. Ella empezó a moverse: caderas ondulando lento al principio, luego más rápido, frotándose contra su boca. El sonido húmedo era obsceno, chapoteo constante, gemidos ahogados de Leo cada vez que tragaba.
—Así… lame más profundo… méteme la lengua entera… sí… me vasa hacer correrme otra vez en tu boca…Leo la agarró por las nalgas, separándolas con fuerza, hundiendo la cara más. Mamá gritó, las uñas clavándose en el cabezal de la cama.
—Voy… voy a correrme… no pares… trágate todo otra vez…Un grito roto. Sus caderas se sacudieron violentamente, el cuerpo convulsionando sobre la cara de él. Leo siguió lamiendo hasta que ella se derrumbó hacia adelante, temblando.
—Buena zorra… ahora bájate y siéntate en mi polla. Quiero verte rebotar. Mamá se movió despacio, todavía sensible. El colchón crujió cuando se posicionó encima. Leo se acomodó debajo, las manos en sus caderas.
—Métetela tú misma… despacio… quiero sentir cómo te abres. Ella bajó poco a poco. Atrás del espejo mire asombrado como mi mamá sin usar sus manos, solo con movimientos de cadera y culo posiciono la punta de la polla de Leo entre sus labios vaginales. Un gemido largo de ambos cuando la cabeza entró, estirándola.
—Joder… estás tan duro todavía… me duele rico…
—Baja toda… hasta los huevos… quiero que me aprietes con ese coño mojado. Mamá obedeció. Bajó de golpe al final, soltando un grito ahogado.Leo gruñó, las manos apretando sus nalgas con fuerza.
—Así… muévete… fóllame tú ahora… cabalga como la puta que eres. Ella empezó a subir y bajar, lento al principio, sintiendo cada centímetro. Luego aceleró: caderas moviéndose en círculos, luego arriba y abajo con violencia. El sonido de carne húmeda chocando, sus nalgas golpeando contra los muslos de él.
—Te gusta, ¿verdad? Te gusta verme montarte… ver mis tetas rebotando…Leo levantó las manos y agarró sus senos, pellizcando los pezones con rudeza.
—Estas tetas son mías… estos pezones duros son míos… rebota más fuerte… quiero verte correrme encima. Mamá aceleró, el sudor corriendo por su espalda, el cabello pegado a la cara.
—Voy a correrme otra vez… me estás llenando tanto… me vas a romper…—Córrete…apriétame… ordeña mi polla… quiero sentir cómo te contraes. Ella gritó, el cuerpo temblando en un orgasmo violento. Las paredes de su coño apretando alrededor de él, pulsando. Leo gruñó, las caderas empujando hacia arriba.
—No aguanto… me voy a correr… ¿dónde quieres mi leche?
—Dentro… lléname otra vez… quiero sentirte chorrear dentro de mí toda la noche…Leo empujó profundo, una, dos, tres veces más. Gruñido animal, largo. Se corrió con fuerza, chorros calientes llenándola de nuevo.Mamá gimió al sentirlo, bajando despacio hasta quedarse sentada encima,moviéndose en círculos pequeños para exprimirlo hasta la última gota.
—Qué rico… estás latiendo dentro… me dejas toda llena de ti…Leo jadeó, las manos todavía en sus caderas.
—Quédate así… con mi polla dentro… no te muevas… quiero que mi leche se quede dentro mientras te beso. Mi mama se recostó en él, sus tetas se apretaron en el pecho de Leo. Le dio besos lentos, profundos. Sus lenguas enredadas, saboreando el sudor y el sexo. Mamá suspiró contra su boca.
—Eres un animal… me tienes destrozada… y todavía quiero más.Leo rio bajo, mordiéndole el labio.
—Dame diez minutos… y te cojo de lado hasta que amanezca.Quiero verte la cara cuando te corras la cuarta vez. Mamá gimió bajito, todavía encima de él, sintiendo su polla dentro y sintiendo cómo su semen empezaba a escurrir por sus muslos.
—Hazme lo que quieras… esta noche soy tuya… toda tuya. El colchón crujió de nuevo cuando se acomodaron de lado, cuerpos pegados,respiraciones agitadas mezclándose. Yo, al otro lado del espejo de la pared,tenía la mano apretada alrededor de mi miembro, moviéndome al ritmo de sus movimientos,de sus palabras, de cada gemido obsceno que se filtraba. Esta vez no esperé más. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio para no hacer ruido, el semen caliente broto salpicando la pared, cayendo al suelo mientras escuchaba cómo se besaban, cómo se preparaban para la tercera ronda. Descubrir lo puta de mamá.La noche apenas empezaba.
El tercera ronda empezó casi sin transición, como si el cuerpo de mamá no pudiera —o no quisiera— apagarse. Estaban de lado ahora,cuerpos pegados, sudorosos, el aire de la recámara cargado de olor a sexo crudo: semen, sudor, saliva y el aroma dulce de ella. Leo la tenía abrazada por detrás, la polla todavía semidura rozando entre sus nalgas, resbaladiza por todo lo que había salido y vuelto a entrar. Mamá giró la cabeza, buscó su boca en la oscuridad.
—Todavía mi vulva late… siento tu leche chorreando por dentro… no pares ahora, cabrón. Leo gruñó contra su cuello, mordiéndolo suave al principio, luego más fuerte.
—Te dije que iba a cogerte hasta que amaneciera. Date la vuelta. Quiero verte la cara cuando te rompa por tercera vez. Ella se movió despacio. Se puso boca arriba, abrió las piernas sin que se lo pidiera. Leo se colocó entre ellas, apoyando los antebrazos a los lados de su cabeza. La miró fijo, los ojos oscuros brillando en la penumbra.
—Mírame. Quiero que me veas entrar otra vez. Mamá levantó las caderas un poco, ofreciéndose.
—Métemela… despacio… quiero sentir cada centímetro estirándome de nuevo. Leo se posicionó en la entrada, la punta rozando los labios hinchados y sensibles. Bajó despacio, centímetro a centímetro. Mamá jadeó cachonda, los ojos entrecerrados, las uñas clavándose en sus hombros.
—Joder… duele rico… estás tan grueso… me abres toda…
—Estás hinchada… pero sigues apretando como virgen. Te encanta que te folle aunque estés adolorida, ¿verdad?
—Sí… me encanta… fóllame aunque me duela… rómpeme el coño…haz que me corra gritando tu nombre. Empezó a moverse: embestidas lentas,profundas, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada golpe hacía que mamá soltara un gemido ronco, el cuerpo arqueándose para recibirlo mejor.
—Más rápido… no me trates con cuidado… quiero que me cojas como animal. Leo aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, el sonido de pelvis chocando contra pelvis llenando la habitación. El cabezal golpeaba la pared con ritmo constante, como un tambor obsceno.
—Te gusta así, ¿no? Te gusta que te folle duro… que te usecomo mi puta personal.
—Sí… soy tu puta… tu zorra… cógeme más fuerte… pégame en las tetas… quiero sentirlo todo. Leo levantó una mano y le dio una palmada firme en un seno. El sonido seco resonó. Mamá gritó de placer, el pezón endureciéndose más.
—Otra… pégame otra…Palmada en el otro seno. Luego en la cara, suave pero posesiva.
—Mírame… dime que te gusta ser mi puta.
—Me encanta… me encanta ser tu puta… cógeme más… méteme los dedos en la boca…Leo metió dos dedos en su boca. Mamá los chupó como si fueran su polla, gimiendo alrededor de ellos mientras él seguía embistiendo.
—Chúpalos como si te los estuviera metiendo en el coño… así…buena zorra…Ella succionaba con fuerza, la saliva goteando por su barbilla. Leo sacó los dedos y los bajó hasta su clítoris, frotando en círculos rápidos mientras seguía follando.
—Voy a hacer que te corras otra vez… quiero sentir cómo me aprietas cuando te vengas…Mamá se tensó, las piernas temblando alrededor de su cintura.
—Estoy cerca… no pares… frota más fuerte… sí… joder… me vengo… ¡me vengo! Grito largo, roto. El cuerpo convulsionando debajo de él, el coño apretando rítmicamente alrededor de su polla. Leo gruñó, las embestidas volviéndose erráticas.
—No aguanto… voy a correrme otra vez… ¿dónde quieres mi leche esta vez?—Dentro… siempre dentro… lléname toda… quiero despertarme mañana con tu semen chorreándome por las piernas…Leo empujó profundo, una última embestida brutal. Gruñó fuerte, animal, y se derramó dentro de ella: chorros calientes, abundantes, mezclándose con lo que ya había dejado antes. Mamá gimió al sentirlo, las uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas.
—Siiií… qué rico… me llenas tanto… siento cada chorro…Se quedaron quietos un momento, jadeando. Leo todavía dentro, latiendo. Mamá lo abrazó con las piernas, manteniéndolo ahí.
—No salgas todavía… quédate dentro… quiero dormir así… con tu polla y tu leche dentro de mí. Leo besó su cuello, mordiendo suave.
—Duerme, puta. Mañana por la mañana te despierto cogiéndote de nuevo. Quiero verte la cara cuando abras los ojos y sientas que todavía estoy duro dentro. Mamá suspiró, satisfecha, exhausta.
—Hazlo… cógeme hasta que no pueda más… soy tuya… toda la puta noche… y todo el día si quieres. Silencio roto solo por respiraciones pesadas. El olor a sexo impregnaba todo: semen espeso, sudor, el aroma de ella.El colchón húmedo debajo de ellos. Yo, al otro lado de la pared, tenía la mano pegajosa, el cuerpo temblando por el tercer orgasmo silencioso que me había arrancado viendo. El miembro todavía duro, palpitando, como si no pudiera parar de responder a cada palabra, cada golpe, cada gemido crudo. Una noche de sexo puro.
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