El sol del atardecer filtraba entre los eucaliptos de la reserva ecológica, tiñendo todo de un naranja cálido. Yo caminaba despacio por el sendero menos transitado, con el corazón latiéndome fuerte. Hacía semanas que no salía a cruising y esa tarde necesitaba sentir piel contra piel, sin palabras, sin compromisos.Llegué al claro donde suelen reunirse los que buscan lo mismo que yo. Había un par de siluetas a lo lejos, pero mis ojos se clavaron en él de inmediato. Alto, delgado, con el pelo castaño claro revuelto por el viento y una barba de tres días que le daba un aire salvaje. Llevaba solo un short de running gris que le colgaba bajo de las caderas, marcando perfectamente el bulto que había debajo. Era evidente que no era de por aquí.Se giró al oír mis pasos y me miró directamente. Ojos verdes intensos. Sonrió de medio lado, esa sonrisa segura que solo los europeos parecen tener. Dijo algo en francés, rápido y musical:— Salut… tu viens souvent ici ?No entendí ni una puta palabra. Solo capté el tono bajo, ronco, y la forma en que su mirada bajó lentamente por mi cuerpo hasta detenerse en mi entrepierna, que ya empezaba a endurecerse bajo el pantalón corto.Me encogí de hombros y sonreí, señalándome la boca y negando con la cabeza. “No hablo francés”, murmuré. Él soltó una risa suave, grave, y se acercó un paso. Extendió la mano y rozó apenas mi pecho con las yemas de los dedos, como probando si yo estaba de acuerdo.Lo estaba.Me acerqué más. Olía a sudor limpio. Sin decir nada más, deslizó su mano por mi abdomen hasta meterla directamente dentro de mi short. Sus dedos envolvieron mi polla ya dura y empezó a masturbarme con lentitud experta, apretando justo donde más lo sentía. Gemí bajito. Él murmuró otra frase en francés contra mi oído —sonaba a “putain” y a algo más sucio— y yo solo pude responder apretando mi mano contra su short.Bajé la tela de un tirón. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, con el glande rosado y ya húmedo en la punta. Era perfecta. Me arrodillé sobre la tierra tibia sin pensarlo dos veces. Él gruñó algo en su idioma mientras yo lo metía entero en mi boca, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua. Chupé con ganas, saboreando el gusto salado de su precum, mientras él me agarraba del pelo y empujaba suavemente, controlando el ritmo.— Oui… comme ça… —susurró, y aunque no entendía, el tono era clarísimo: le estaba volviendo loco.Me levantó de pronto, me dio la vuelta y me empujó contra el tronco de un árbol. Bajó mi short de un solo movimiento y sentí su polla caliente rozando entre mis nalgas. Escupió en su mano, lubricó su verga y la mía al mismo tiempo. Luego empujó.Entró despacio, centímetro a centímetro, abriéndome con esa presión deliciosa y ardiente que me hace ver estrellas. Gemí fuerte cuando llegó al fondo. Él se quedó quieto un segundo, murmurando palabras francesas que sonaban a elogios y a obscenidades mezcladas. Después empezó a cogerme de verdad: embestidas profundas, firmes, cada vez más rápidas.El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba el claro. Yo me masturbaba al ritmo de sus golpes, sintiendo cómo su polla me llenaba por completo. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, un rayo de placer me recorría la espalda.No duramos mucho. Él empezó a jadear más fuerte, sus palabras se volvieron entrecortadas. Me agarró fuerte de las caderas y se clavó hasta el fondo una última vez, corriéndose dentro de mí con un gemido ronco y largo. Sentí el calor de su leche inundándome. Eso me bastó: me corrí yo también, salpicando el tronco del árbol con chorros gruesos mientras él seguía pulsando dentro.Se quedó unos segundos pegado a mi espalda, respirando agitado contra mi nuca. Luego salió despacio, me dio un beso suave en el hombro y murmuró algo que sonó como “merci”.Se subió el short, me guiñó un ojo y se alejó por el sendero con esa caminata relajada de quien acaba de follar bien.Yo me quedé allí, con las piernas temblando, el culo todavía latiendo y una sonrisa idiota en la cara.No había entendido ni una sola palabra.Pero mi orto había entendido todo.
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