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📑Doña Felicia

📑Doña Felicia

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Felicia siempre había tenido fama en el barrio: elegante, atrevida para su edad y con una lengua tan filosa como sus curvas marcadas. Era la clase de mujer que, aun llegando a sus 50, caminaba como si la calle le perteneciera.

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Julito, su vecino de 21, la saludaba siempre con algo de nerviosismo. Ella lo notaba. Ese temblor leve en la voz, la mirada esquiva, y cómo tragaba saliva cuando ella se inclinaba un poco más de la cuenta para recoger algo del suelo.

—Hola, mi bello —le decía siempre, arrastrando la voz como caramelo caliente.

A Julito le ardían las orejas cuando escuchaba eso.

Felicia sabía lo que causaba. Se divertía. En las noches, mientras regaba sus plantas con un shortcito demasiado corto, encontraba la forma de que él pasara casualmente por el corredor.

Hasta que un día, simplemente no aguantó más.

Lo vio llegando con una remera ajustada que dejaba ver sus brazos marcados. Felicia sintió ese calor impulsivo que llevaba semanas intentando contener. Caminó hacia él con una sonrisa lenta, peligrosa.

—Julito… tú sabes que eres un encanto, ¿verdad? —dijo, acercándose tanto que él pudo oler su perfume dulce y espeso.

Él tragó saliva.

—Doña Felicia… yo… —intentó decir.

Ella le pasó un dedo por el pecho, despacio, como probando si él se alejaba.

No se alejó.

—Hace tiempo que quiero algo contigo —susurró ella, bajando la mirada a su abdomen.
—Algo… especial.

Julito sintió el pulso estallarle en el cuello.

—¿Qué… qué quiere decir, doña? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Felicia sonrió con picardía madura, la sonrisa de una mujer que había decidido que ese era su momento.

—Quiero comprobar… si eres tan delicioso como imagino.

Él dio un paso atrás, aturdido.

—No sé si… si deberíamos…

Felicia no lo dejó terminar. Le tomó la mano, la colocó sobre su cadera, firme, decidida.

—Mi bello… —susurró con voz ronca— llevo semanas conteniéndome.
No voy a morderte… a menos que quieras.

Julito cerró los ojos. Su mano apretó la cadera de ella sin darse cuenta. El corazón le retumbaba.

—Está bien… —susurró él, rendido— está bien.

Felicia sonrió satisfecha. Pasó su mano por su cuello, suave, acariciándolo con deseo contenido.

—Eso quería escuchar —dijo—. Ven conmigo.

Y lo llevó hacia adentro de su casa, cerrando la puerta muy despacio, como una mujer que por fin tenía en las manos el deseo que llevaba demasiado tiempo imaginando.

Ella avanzó. Lenta. Firme. Como una leona que decidió dejar de esconder su hambre.

—Pasa que ya no quiero aguantarme más —murmuró, rozándole la mejilla con sus labios carnosos—. Y vos tampoco querés… mirá cómo te tiemblan las manos.

Antes de que Julito dijera algo, Felicia lo tomó de la cintura, acercándolo a su cuerpo voluptuoso, cálido, lleno de curvas vivas. Lo besó. Un beso profundo, húmedo, hambriento, que lo dejó sin aire.

Mientras lo devoraba, su mano bajó sin pedir permiso.

Le tocó el bulto por encima del pantalón, y Julito soltó un pequeño gemido involuntario.

—Shhh… —sonrió ella, mirándolo como si lo hubiera leído por dentro—. No te pongas nervioso, mi bello… yo te voy a mostrar algo que te va a gustar.

Y ahí, sin ninguna vergüenza, se desnudó.

Su cuerpo, aunque gordita, estaba firme, lleno, provocador.

Sus pechos grandes se levantaban al respirar, su abdomen suave invitaba a las caricias, y sus caderas anchas parecían diseñadas para el pecado.

Julito se quedó congelado, tragando saliva, excitado sin entender cómo llegó ahí.

Felicia lo tomó de la mano y la llevó a su propio cuerpo, guiándolo.

—Tocame… así… —susurró entre suspiros.

Luego, con un tirón suave pero decidido, le bajó el pantalón a él.

La pija a salió a la luz, pulsando, caliente.

—Ay, mi cielo… —Felicia lo apretó con una mano experta, acariciando de abajo hacia arriba—. Mirá lo que me traés.

Se inclinó y besó esa pija con una delicadeza lenta, provocadora, dejando un rastro húmedo que lo hizo arquear la espalda.

Después abrió más la boca y lo envolvió, moviéndose con maestría, chupando y mamando, sabiendo exactamente cómo hacerlo temblar.

Felicia, ya totalmente encendida, tomó a Julito por la muñeca y lo empujó suavemente hacia el sofá, con esa mezcla de ternura y hambre que solo ella podía tener.

—Acuéstate, mi bello… quiero sentirte como se debe —susurró con la voz ronca de deseo.

Julito, todavía sorprendido por lo que estaba ocurriendo, obedeció. Su respiración estaba agitada, su pecho subía y bajaba con fuerza… y su pija dura, rígida, apuntaba hacia el techo como si supiera exactamente lo que venía.

Felicia se colocó frente a él. Sus caderas anchas, su piel cálida, la curva generosa de sus muslos… todo temblaba apenas por la ansiedad. Se mordió el labio inferior y, sin decir nada más, tomó la pija de Julito con una mano, guiándola hacia ella.

—Prepárate, mi bello… porque ahora sí te voy a probar como quiero desde hace años.

Sin darle tiempo a pensar, se dejó caer lentamente sobre él, dejando que su concha caliente lo fuera envolviendo centímetro a centímetro. Su boca se abrió en un gemido largo, casi musical, y apoyó las manos en su pecho mientras comenzaba a mover las caderas con un ritmo firme, posesivo.

Julito soltó un suspiro quebrado.

—Doña Felicia… yo… yo…

—Nada de “Doña”. Ahora soy la que te monta, ¿entendido? —dijo, hundiéndolo más dentro de ella con un golpe de cadera que lo dejó sin aire—. Tú solo disfruta… que esta mujer sabe lo que hace.

Felicia aceleró.
Sus movimientos se volvieron una danza salvaje, un vaivén donde cada descenso era más profundo, más exigente, más hambriento. Su cabello se movía como una ola dorada y sus tetas subían y bajaban marcando el ritmo de su dominio.

Lo sujetó de las muñecas, clavó las uñas en su piel y gruñó:

—Ay, mi bello… era esto lo que quería… sentirte entero… dominarte… exprimirte…

Y siguió cabalgándolo sin piedad, sin pausas, sin arrepentimiento.
Cada vez más fuerte.
Cada vez más suya.

Julito intentó contenerse, pero ella lo tomó del rostro y lo obligó a mirarla.

—No te aguantes… quiero sentirlo todo… dame tu leche… aquí… dentro de mí concha…

Con un último movimiento profundo, Felicia apretó las piernas alrededor de su cintura y lo terminó de llevar al límite. Su cuerpo temblaba, su voz se quebraba, su espalda se arqueaba con un placer feroz.

Cuando todo terminó, se dejó caer sobre él, húmeda, jadeando, con una sonrisa victoriosa.

—¿Viste, mi bello?… Te dije que esto apenas comenzaba.

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Doña Felicia ya no podía disimularlo.
Ese cuerpo generoso, esa mirada hambrienta, el sudor que se le formaba en la nuca cada vez que veía a Julito pasar con ese torso joven y esa promesa marcada en el pantalón… la volvían loca.
Pero ahora, después de haberlo probado ya no existía vuelta atrás.

Esa tarde lo arrinconó contra la pared del living.
Le tomó la nuca con una mano fuerte —demasiado fuerte para una mujer que decía ser “tranquila”— y lo besó con una urgencia que lo dejó sin aire.

—Mi bello… —le susurró con voz ronca— no sabes cómo me tienes. Te quiero entero. Te quiero para mí.

Él quiso responder, pero ella ya le estaba acariciando entre las piernas con un dominio que lo hacía temblar.

—No te pongas nervioso, mi amor… —dijo mientras su mano avanzaba firme—. Yo te va a enseñar cómo se disfruta de verdad.

Lo llevó del mentón, lo tiró sobre el sillón y se desnudó sin pudor, dejando ver ese cuerpo abundante, suave, poderoso… lleno de curvas que parecían hechas para envolverlo.

Julito tragó saliva.
Ella sonrió al verlo paralizado.

—¿Te calienta mi cuerpo, bello?
—Eres… demasiado, Doña Felicia —respondió él, completamente ruborizado.

—Y te lo voy a dar todo.
Y sin esperar, bajó su short y liberó su pija.

Felicia la tomó con una mano entera, como si apreciara su peso.
La besó con un gemido profundo.
La masajeó con la lengua.
La saboreó como si hubiera esperado toda la vida para hacerlo.

—Qué delicia, mi cielo… —susurraba entre lamidas—. Esto era lo que me faltaba… mi postre de juventud.

Cuando ya la tenía rígida, palpitante, casi dolorosa, Felicia se subió sobre él con una precisión experta.
Se acomodó su pija en la concha… y se dejó caer con un suspiro ahogado.

Julito casi gritó.
Ella rió satisfecha.

—Ay, mi bello… mira cómo te recibo.
Y empezó a moverse sin piedad, con un ritmo animal, frenético, donde su cuerpo subía y bajaba con una cadencia salvaje.

Julito intentó sostenerse de sus tetas, pero ella lo apartó.

—No—, le ordenó—. Hoy mando yo. Tú solo… aguanta.

Y él aguantó.
Aguantó mientras Felicia lo cabalgaba con fuerza, mientras sus tetas rebotaban cerca de su cara, mientras su respiración se volvía jadeos roncos y su mirada se hacía más oscura y posesiva.

Cuando sintió que él estaba por rendirse, Felicia frenó de golpe.
Le tomó la cara con las dos manos y lo tumbó hacia atrás.

—Ahora tú… —le dijo—. Sube sobre mí, mi cielo. Quiero sentir tu peso… tu hambre.

Julito obedeció.
Ella abrió las piernas con una facilidad que lo dejó sin aliento, le metió la pija en la concha, y ella lo sujetó de la cintura, marcando el ritmo desde abajo, como si su cuerpo supiera perfectamente cómo arrastrarlo al borde del delirio.

Pero Felicia quería más.
Lo envolvió con sus piernas gruesas alrededor de la cintura, apretándolo con fuerza, aprisionándolo.

—No te escapes, mi amor…
—N-no puedo moverme… —jadeó él.
—Exacto.
Y hundió sus uñas en su espalda, obligándolo a seguir el ritmo que ella marcaba, un ritmo que parecía hecho para volverlo loco.

Cada embestida era un golpe de piel, un gemido de ella, un temblor de él.
Felicia lo sentía rendirse… y eso la enloquecía más.
Su voz se volvió ronca, casi animal.

—Dámelo todo, Julito… todo de ti… soy tuya… y tú eres mío aunque no lo aceptes… más… más…

Ella perdió el control.
Él se rindió.
Y los dos quedaron jadeando, mezclados, sudados, temblando… atrapados en esa mezcla de obsesión y placer que ya no tenía salida.

Felicia lo abrazó contra su pecho y le susurró con voz peligrosa:

—No busques a ninguna otra, mi cielo. Yo te voy a enseñar todo… absolutamente todo…
— Doña Felicia…
—Calla.
Le apretó el mentón.
—Aquí todavía no terminamos. Ni cerca.

Julito apenas estaba recuperando el aliento cuando sintió algo que lo estremeció:
las manos de Doña Felicia deslizándose otra vez entre sus muslos, agarrándole la pija, firme, posesiva, masturbandolo como si su cuerpo le perteneciera desde hacía años.

—Todavía no terminamos, mi bello —susurró con esa voz ronca que lo desarmaba.

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Él quiso decir algo, pero ella ya se había acomodado frente a él, girándose lentamente, mostrando sus curvas generosas, y con ambas manos separó sus nalgas, ofreciéndole una visión que lo dejó sin capacidad de pensar.

—Quiero que me disfrutes… por aquí también —murmuró, mordiéndose el labio, con una mezcla de picardía y hambre.

Julito tragó saliva. Todo en ella era exceso: su perfume, sus gemidos bajos, la forma en que lo miraba por encima del hombro, sabiendo exactamente lo que provocaba en él.

El no aguantó, se acomodó atrás y le metió la pija en el culo. Cogiendola fuerte. Ella jadeando.


Luego, sin aviso, se giró sobre él nuevamente y lo tomó de las caderas para acomodarse encima, metiéndose la pija en la concha, moviéndose con un ritmo que parecía devorarlo, como si quisiera arrancarle hasta el alma.

—Eso… así, mi bello… déjate llevar… —jadeó, dándole pequeños golpecitos juguetones en sus testiculos, un gesto travieso que lo aceleraba aún más.

Julito ya no sabía dónde estaba. Solo veía su cabello despeinado, su sudor tibio, su respiración temblorosa. Y aunque su instinto le decía que aquello se estaba volviendo demasiado intenso, demasiado peligroso…

No pudo hacer otra cosa más que rendirse.

Felicia era un huracán.
Y él, un muchacho atrapado en su tormenta.

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Julito apenas había entrado a la casa, cuando sintió que Doña Felicia se le pegaba por detrás, sus uñas suaves recorriéndole la cintura. Él se tensó… no por miedo, sino porque sabía que ese toque siempre lo desarmaba.

—Mi bello… —susurró ella con esa voz ronca que lo derretía—. Veo que últimamente estás ocupadito.

Él tragó saliva, sin girarse. Sabía a qué se refería. La noticia había corrido rápido por el barrio: Julito andaba saliendo con una chica de su edad.

Felicia deslizó la mano entre su abdomen y la tela del pantalón, encontrando esa firmeza tibia que tanto la enloquecía. La acarició despacio, como quien revisa algo que es suyo.

—Pensaste que no me iba a enterar, ¿eh? —dijo pegando su cuerpo generoso al de él—. Mi bello ya tiene novia…

Julito quiso decir algo, pero ella le apretó el mentón y lo giró hacia ella. Lo miró directo, sin enojo, con deseo puro.

—Tranquilo… —susurró—. No me enojo por eso.

Se arrodilló lentamente, sin dejar de mirarlo mientras desabrochaba su pantalón. Cuando liberó su pija, lo tomó con una mano experta, dedicándole un beso lento en la punta que le arrancó un gemido.

—Solo tenía que recordarte algo… —murmuró antes de envolverlo con su boca cálida, chupando, moviéndose con una dedicación que lo dejó sin aire.

Julito apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio mientras ella lo saboreaba con esa mezcla de hambre y cariño que solo Felicia tenía. Cuando él ya no pudo más, ella se incorporó, sin dejar de masturbarlo con suavidad.

—Ven acá, mi bello… —lo empujó hacia el sillón y se sentó sobre él con una firmeza que lo dejó jadeando.

Ella bajó lentamente, dejándolo hundirse en su concha ardiente, y comenzó a cabalgarlo como siempre: con círculos profundos, con pequeños golpecitos de cadera que lo enloquecían, con sus tetas rebotando frente a su rostro.

—Eso… mírame —ordenó ella tomándole la cara—. Mientras estés conmigo, me ves solo a mí.

Julito intentó disculparse, pero ella lo silenció con un beso devorador.

—Tu novia puede ser muy linda —susurró al oído mientras seguía moviéndose—. Pero esto… esto solo te lo doy yo.

Él no pudo responder; estaba perdido en el ritmo salvaje de su cuerpo. Felicia lo tomó de las muñecas, las estiró detrás del sillón y lo cabalgó más fuerte, apretando su pija con su concha, más profundo, más posesiva que nunca, hasta que ambos quedaron temblando.

Cuando todo acabó, Felicia apoyó la frente contra la de él, aún encima suyo, respirando entrecortado.

—Mi bello… —dijo acariciándole el cabello—. No te voy a quitar tu felicidad. Está bien que tengas a alguien de tu edad. Me puse celosa… sí. Pero no te voy a hacer drama.

Le dio un beso suave, casi tierno.

—Solo… —lo miró con una sonrisa peligrosa— …no te olvides de mí.
Quiero que me visites… de vez en cuando.
Porque tú sabes, Julito… —se levantó de su regazo muy despacio, deslizando su concha, dejándolo temblando— …que ningúna cogida sabe igual que el que te da Doña Felicia.

Lo dejó sin palabras, sin aire, sin voluntad.


Y él supo que, aunque tuviera novia… volvería.

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