Laura tenía 18 años, un cuerpo joven, firme y lleno de vida. Su novio, Marcos, era el muchacho ejemplar: educado, trabajador, atento… pero en la cama era otra historia. Un miembro pequeño, una eyaculación precoz que apenas le daba unos minutos, y esa manía de apagar la luz como si el sexo fuera un trámite rápido y silencioso.

Ella intentaba convencerse de que el amor lo era todo, pero cada vez que se quedaba sola en la ducha, acababa tocándose entre gemidos reprimidos, buscando con los dedos lo que Marcos nunca lograba darle.
El contraste llegó una tarde. Al llegar del trabajo, se cruzó en la escalera con su vecino nuevo: Raúl, un hombre de 40 años. Alto, blanco, brazos fuertes y tatuados, barba de varios días, y una mirada directa que parecía desnudarla de golpe. Ella lo saludó con timidez. Él apenas levantó la barbilla y respondió con voz ronca:

—Buenas, muñeca.
Ese “muñeca” le retumbó por dentro.
Los encuentros se volvieron frecuentes: en la entrada, en el pasillo, en el ascensor. Raúl era todo lo contrario a Marcos: mal hablado, rudo, con una actitud dominante que exudaba peligro. Una noche, cuando Laura salió a tirar la basura, lo encontró fumando en la azotea. Ella se sonrojó al verlo sin camiseta, con el torso marcado y lleno de tatuajes.
—¿Qué hace una princesita como tú, a estas horas, sola? —preguntó él, echando el humo despacio.
—Solo… solo vine un momento —respondió nerviosa.
Raúl se acercó sin pedir permiso, hasta quedar a centímetros. Su olor a tabaco y colonia fuerte la envolvió. La miró a los ojos y bajó la vista a sus labios.
—Te gusta mirarme, ¿verdad? —susurró con una sonrisa ladina.
Laura tragó saliva.
—No… yo… —balbuceó.
—No mientas. Tus ojos me lo están diciendo.

Antes de que pudiera responder, él le apretó la barbilla y le dio un beso brusco, profundo, con la lengua entrando sin permiso. Laura se quedó inmóvil unos segundos, y después, como si algo dormido dentro de ella despertara, lo besó de vuelta con la misma hambre.
Raúl bajó la mano y le apretó la nalga con fuerza, haciéndola gemir.

—Sabía que debajo de esa carita de niña buena había una puta escondida —le dijo al oído, con voz sucia.
Ella sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Nadie la había tratado así, nadie la había tocado con esa brutalidad excitante. Su ropa interior ya estaba húmeda.
—Tengo que irme… —susurró, pero sus piernas temblaban.
Raúl sonrió, la pegó contra la pared y le mordió el cuello.
—Vas a volver, muñeca. Porque tu noviecito jamás te va a dar lo que yo te voy a meter.
Laura bajó las escaleras temblando, con la respiración agitada, el cuello marcado y el corazón latiendo enloquecido. Por primera vez, en lugar de sentirse culpable… se sintió viva.
Raúl tocó la puerta de Laura una tarde cualquiera. Ella abrió, sorprendida.
—Vecina… se me dañó el cable del televisor. ¿Puedes venir a mirar? —dijo con una sonrisa que escondía algo más.
Laura dudó, pero terminó siguiéndolo. El departamento de Raúl olía a tabaco y a madera, con botellas de cerveza sobre la mesa y un ambiente masculino que nada tenía que ver con la pulcritud de su casa.
—Pasa, muñeca.—dijo, cerrando la puerta detrás de ella.
Él se acercó demasiado. Laura retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Raúl la miraba fijo, esa mirada que parecía leer todos sus secretos.
—Sabía que vendrías. Se te nota en los ojos que tienes hambre… —le susurró, pegado a su boca.
Antes de que pudiera responder, la besó fuerte, invadiéndola con la lengua. Sus manos bajaron directo a sus pechos, apretándolos por encima de la blusa. Ella gimió contra su boca, sorprendida de sí misma.
—Eso… déjate llevar —gruñó él, sacandole la blusa y liberando sus tetas. Se inclinó, atrapando una entre sus labios, chupándo con fuerza mientras la otra mano se metía bajo su falda, frotándole la vagina húmeda.

Laura estaba temblando. Nunca había sentido que la tocaran así, con esa brutalidad excitante. Raúl levantó la cabeza, con la boca brillando de saliva, y le sonrió sucio.
—¿Ves? Ya estás mojada para mí.
Ella cerró los ojos, jadeando. Raúl dio un paso atrás, desabrochándose el cinturón.
—Ahora te toca besar a la bestia… —dijo con voz ronca.
Se Bajó el pantalón y su pene saltó libre, grueso, enorme, duro como un tronco. Laura abrió los ojos y se quedó helada. Nunca había visto algo así.
—No… yo… —balbuceó, retrocediendo un paso.
Raúl la sujetó de la muñeca y la guió hacia él.
—Tranquila, muñeca, no muerde… —se burló, rozándole la punta por los labios.
Ella tragó saliva, todavía asustada, pero el deseo era más fuerte. Estiró la mano y lo agarró, sintiendo el calor y el peso que tenía.
Eso es… —murmuró él, con una sonrisa torcida—. Agárralo bien.
Laura lo acarició torpemente al principio, pero pronto empezó a apretarlo, fascinada con el tamaño. Raúl gemía bajo, disfrutando. La tomó del cabello y la guió hacia abajo.
—Vamos, muñeca… quiero ver cómo lo besas.
Laura dudó, pero acercó los labios, rozándolo con un beso tímido. Raúl gimió y la empujó un poco más, haciendo que su lengua lo recorriera. Ella cerró los ojos, entregándose al momento, y cuando lo metió en su boca, el vecino gruñó satisfecho.
—Eso, así… aprende a mamar como una putita —le dijo con voz sucia, empujándola suave contra su miembro.
Laura lo mamaba, nerviosa pero excitada, con la mente en blanco. Sabía que estaba cruzando una línea sin regreso. Y lo peor… es que no quería volver atrás.

Laura lo tenía en la boca, jadeando entre gemidos nerviosos, cuando Raúl la levantó bruscamente del cabello. Su mirada ardía.
—Ya basta de juegos, muñeca… ahora sí te voy a coger como te mereces —gruñó, pegándola contra la cama desordenada de su departamento.
La tumbó de espaldas, le levantó la falda y le saco la tanga sin perder tiempo. Al rozarla, notó la humedad.

—Mírate, toda mojada… tu noviecito no te deja así, ¿verdad? —se burló, mientras le metía dos dedos de golpe en su vagina.
Laura arqueó la espalda y gimió fuerte.
—No… no… —balbuceaba entre jadeos.
—Pues aprende, muñeca. Aquí se gime, aquí se pide más.
Raúl sacó los dedos y los lamió frente a ella. Luego se montó encima, apoyando la punta de su pija en la entrada de su concha empapada. Ella lo miró asustada.
—Es muy grande… no va a entrar…
—Cállate. Vas a abrirte para mí —dijo con voz ronca, embistiéndola de una sola vez.

Laura gritó, agarrándose de las sábanas, con lágrimas en los ojos, mezcladas de dolor y placer.
—¡Dios mío…!
—Eso, grita… grita que ahora tienes un hombre de verdad adentro —rugió Raúl, dándole estocadas rápidas, profundas, sin piedad.
El cuarto se llenó del sonido húmedo de sus cuerpos chocando. Raúl la embestía como un animal, sujetándola del cuello, hablándole sucio al oído:
—Eres mi puta ahora… y me vas a rogar que no pare.
—¡Sí… sí, no pares! —gritó ella, temblando.
La volteó sin avisar, poniéndola encima.
—Ahora cabálgame, muñeca. Quiero ver esas lágrimas corriendo mientras me exprimes.
Laura, con las piernas temblorosas, se montó sobre él. El grosor la hacía estremecerse, pero empezó a rebotar, cada vez más fuerte, con lágrimas de placer bajándole por las mejillas. Raúl le agarró las tetas con fuerza, mordiéndolas y chupándolas, haciéndola gritar.
—Eso, así… rómpete encima de mí —jadeaba él, azotándole las nalgas.
Laura gritaba como nunca lo había hecho, moviéndose con desesperación, hasta que Raúl la empujó hacia abajo, dejándola de rodillas frente a él.
—Abre la boca, muñeca, y trágate lo que te ganaste.
Ella abrió los labios, jadeando, y Raúl se corrió con fuerza, llenándole la boca y la lengua, manchándole la cara mientras gruñía. Laura tragó, temblando, y lo miró con los ojos húmedos, los pechos aún rebotando con cada respiro.
Raúl la tomó del mentón, sonriendo sucio.
—Ya no eres la misma, muñeca. Ahora sabes lo que es una cogida de verdad.
Laura, todavía con el sabor caliente en la boca, asintió sin poder hablar. Sabía que había caído en algo prohibido… y que no iba a querer salir nunca más.

Ella intentaba convencerse de que el amor lo era todo, pero cada vez que se quedaba sola en la ducha, acababa tocándose entre gemidos reprimidos, buscando con los dedos lo que Marcos nunca lograba darle.
El contraste llegó una tarde. Al llegar del trabajo, se cruzó en la escalera con su vecino nuevo: Raúl, un hombre de 40 años. Alto, blanco, brazos fuertes y tatuados, barba de varios días, y una mirada directa que parecía desnudarla de golpe. Ella lo saludó con timidez. Él apenas levantó la barbilla y respondió con voz ronca:

—Buenas, muñeca.
Ese “muñeca” le retumbó por dentro.
Los encuentros se volvieron frecuentes: en la entrada, en el pasillo, en el ascensor. Raúl era todo lo contrario a Marcos: mal hablado, rudo, con una actitud dominante que exudaba peligro. Una noche, cuando Laura salió a tirar la basura, lo encontró fumando en la azotea. Ella se sonrojó al verlo sin camiseta, con el torso marcado y lleno de tatuajes.
—¿Qué hace una princesita como tú, a estas horas, sola? —preguntó él, echando el humo despacio.
—Solo… solo vine un momento —respondió nerviosa.
Raúl se acercó sin pedir permiso, hasta quedar a centímetros. Su olor a tabaco y colonia fuerte la envolvió. La miró a los ojos y bajó la vista a sus labios.
—Te gusta mirarme, ¿verdad? —susurró con una sonrisa ladina.
Laura tragó saliva.
—No… yo… —balbuceó.
—No mientas. Tus ojos me lo están diciendo.

Antes de que pudiera responder, él le apretó la barbilla y le dio un beso brusco, profundo, con la lengua entrando sin permiso. Laura se quedó inmóvil unos segundos, y después, como si algo dormido dentro de ella despertara, lo besó de vuelta con la misma hambre.
Raúl bajó la mano y le apretó la nalga con fuerza, haciéndola gemir.

—Sabía que debajo de esa carita de niña buena había una puta escondida —le dijo al oído, con voz sucia.
Ella sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Nadie la había tratado así, nadie la había tocado con esa brutalidad excitante. Su ropa interior ya estaba húmeda.
—Tengo que irme… —susurró, pero sus piernas temblaban.
Raúl sonrió, la pegó contra la pared y le mordió el cuello.
—Vas a volver, muñeca. Porque tu noviecito jamás te va a dar lo que yo te voy a meter.
Laura bajó las escaleras temblando, con la respiración agitada, el cuello marcado y el corazón latiendo enloquecido. Por primera vez, en lugar de sentirse culpable… se sintió viva.
Raúl tocó la puerta de Laura una tarde cualquiera. Ella abrió, sorprendida.
—Vecina… se me dañó el cable del televisor. ¿Puedes venir a mirar? —dijo con una sonrisa que escondía algo más.
Laura dudó, pero terminó siguiéndolo. El departamento de Raúl olía a tabaco y a madera, con botellas de cerveza sobre la mesa y un ambiente masculino que nada tenía que ver con la pulcritud de su casa.
—Pasa, muñeca.—dijo, cerrando la puerta detrás de ella.
Él se acercó demasiado. Laura retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Raúl la miraba fijo, esa mirada que parecía leer todos sus secretos.
—Sabía que vendrías. Se te nota en los ojos que tienes hambre… —le susurró, pegado a su boca.
Antes de que pudiera responder, la besó fuerte, invadiéndola con la lengua. Sus manos bajaron directo a sus pechos, apretándolos por encima de la blusa. Ella gimió contra su boca, sorprendida de sí misma.
—Eso… déjate llevar —gruñó él, sacandole la blusa y liberando sus tetas. Se inclinó, atrapando una entre sus labios, chupándo con fuerza mientras la otra mano se metía bajo su falda, frotándole la vagina húmeda.

Laura estaba temblando. Nunca había sentido que la tocaran así, con esa brutalidad excitante. Raúl levantó la cabeza, con la boca brillando de saliva, y le sonrió sucio.
—¿Ves? Ya estás mojada para mí.
Ella cerró los ojos, jadeando. Raúl dio un paso atrás, desabrochándose el cinturón.
—Ahora te toca besar a la bestia… —dijo con voz ronca.
Se Bajó el pantalón y su pene saltó libre, grueso, enorme, duro como un tronco. Laura abrió los ojos y se quedó helada. Nunca había visto algo así.
—No… yo… —balbuceó, retrocediendo un paso.
Raúl la sujetó de la muñeca y la guió hacia él.
—Tranquila, muñeca, no muerde… —se burló, rozándole la punta por los labios.
Ella tragó saliva, todavía asustada, pero el deseo era más fuerte. Estiró la mano y lo agarró, sintiendo el calor y el peso que tenía.
Eso es… —murmuró él, con una sonrisa torcida—. Agárralo bien.
Laura lo acarició torpemente al principio, pero pronto empezó a apretarlo, fascinada con el tamaño. Raúl gemía bajo, disfrutando. La tomó del cabello y la guió hacia abajo.
—Vamos, muñeca… quiero ver cómo lo besas.
Laura dudó, pero acercó los labios, rozándolo con un beso tímido. Raúl gimió y la empujó un poco más, haciendo que su lengua lo recorriera. Ella cerró los ojos, entregándose al momento, y cuando lo metió en su boca, el vecino gruñó satisfecho.
—Eso, así… aprende a mamar como una putita —le dijo con voz sucia, empujándola suave contra su miembro.
Laura lo mamaba, nerviosa pero excitada, con la mente en blanco. Sabía que estaba cruzando una línea sin regreso. Y lo peor… es que no quería volver atrás.

Laura lo tenía en la boca, jadeando entre gemidos nerviosos, cuando Raúl la levantó bruscamente del cabello. Su mirada ardía.
—Ya basta de juegos, muñeca… ahora sí te voy a coger como te mereces —gruñó, pegándola contra la cama desordenada de su departamento.
La tumbó de espaldas, le levantó la falda y le saco la tanga sin perder tiempo. Al rozarla, notó la humedad.

—Mírate, toda mojada… tu noviecito no te deja así, ¿verdad? —se burló, mientras le metía dos dedos de golpe en su vagina.
Laura arqueó la espalda y gimió fuerte.
—No… no… —balbuceaba entre jadeos.
—Pues aprende, muñeca. Aquí se gime, aquí se pide más.
Raúl sacó los dedos y los lamió frente a ella. Luego se montó encima, apoyando la punta de su pija en la entrada de su concha empapada. Ella lo miró asustada.
—Es muy grande… no va a entrar…
—Cállate. Vas a abrirte para mí —dijo con voz ronca, embistiéndola de una sola vez.

Laura gritó, agarrándose de las sábanas, con lágrimas en los ojos, mezcladas de dolor y placer.
—¡Dios mío…!
—Eso, grita… grita que ahora tienes un hombre de verdad adentro —rugió Raúl, dándole estocadas rápidas, profundas, sin piedad.
El cuarto se llenó del sonido húmedo de sus cuerpos chocando. Raúl la embestía como un animal, sujetándola del cuello, hablándole sucio al oído:
—Eres mi puta ahora… y me vas a rogar que no pare.
—¡Sí… sí, no pares! —gritó ella, temblando.
La volteó sin avisar, poniéndola encima.
—Ahora cabálgame, muñeca. Quiero ver esas lágrimas corriendo mientras me exprimes.
Laura, con las piernas temblorosas, se montó sobre él. El grosor la hacía estremecerse, pero empezó a rebotar, cada vez más fuerte, con lágrimas de placer bajándole por las mejillas. Raúl le agarró las tetas con fuerza, mordiéndolas y chupándolas, haciéndola gritar.
—Eso, así… rómpete encima de mí —jadeaba él, azotándole las nalgas.
Laura gritaba como nunca lo había hecho, moviéndose con desesperación, hasta que Raúl la empujó hacia abajo, dejándola de rodillas frente a él.
—Abre la boca, muñeca, y trágate lo que te ganaste.
Ella abrió los labios, jadeando, y Raúl se corrió con fuerza, llenándole la boca y la lengua, manchándole la cara mientras gruñía. Laura tragó, temblando, y lo miró con los ojos húmedos, los pechos aún rebotando con cada respiro.
Raúl la tomó del mentón, sonriendo sucio.
—Ya no eres la misma, muñeca. Ahora sabes lo que es una cogida de verdad.
Laura, todavía con el sabor caliente en la boca, asintió sin poder hablar. Sabía que había caído en algo prohibido… y que no iba a querer salir nunca más.
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