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Cuidados especiales

Pensamientos
En la soleada casa de campo en las afueras de Florencia, donde las vides trepaban por las paredes de piedra antigua, vivía Nonna Isabella. A sus 68 años, era la abuelita más tierna del mundo: cabellos plateados recogidos en un moño suave, ojos color miel que siempre brillaban con cariño, y un cuerpo curvilíneo aún lleno de esa calidez italiana que hacía que todos se sintieran abrazados solo con mirarla. Vestía siempre delantales florales y olía a albahaca fresca y vainilla. Su nieto Marco, de 22 años, era su orgullo: un deportista nato, futbolista semiprofesional, con piernas musculosas, abdomen marcado y esa sonrisa pícara que le recordaba al abuelo en sus mejores años.
Aquel caluroso verano, Marco había venido a pasar unas semanas con ella mientras entrenaba para la próxima temporada. “Nonna, aquí se come mejor que en cualquier hotel”, le decía siempre, devorando sus platos de pasta.
Todo cambió una tarde en el jardín. Marco practicaba tiros al arco improvisado con una pelota vieja. Isabella lo observaba desde la ventana de la cocina, secándose las manos en el delantal, con una sonrisa maternal.
Ay, mi Marco… tan fuerte, tan vivo. Mira cómo corre, como un león joven. Dios mío, qué guapo se ha puesto. No pienses tonterías, Isabella, es tu nieto… pero esos músculos brillando con el sudor…
De repente, un mal tiro. La pelota rebotó en una piedra y le golpeó directo en la ingle con fuerza brutal. Marco soltó un grito ahogado y cayó de rodillas, sujetándose los testículos con ambas manos.
—¡Cazzo! ¡Mierda! —gruñó, el rostro pálido.
Isabella salió corriendo, el corazón latiéndole fuerte.
—¡Marco! ¡Amore mio! ¿Qué te has hecho? —exclamó, arrodillándose a su lado. Sus manos suaves, llenas de harina todavía, le tocaron los hombros—. Ven, ven adentro, mi vida. Nonna te cuida.
Lo ayudó a levantarse. Marco cojeaba, el dolor le subía como fuego por el vientre. Lo llevó hasta el sofá de la sala, fresco y sombreado.
—Siéntate, tesoro. Quítate los pantalones cortos, déjame ver —dijo ella con voz dulce pero firme, como cuando era pequeño y se raspaba las rodillas.
Marco dudó un segundo, rojo de vergüenza.
—Nonna… no es necesario, de verdad…
—Tonterías —lo interrumpió ella, ya bajándole con cuidado los shorts deportivos y los boxers ajustados—. Soy tu abuela, te he cambiado pañales, ¿recuerdas? Ahora déjame ver si estás herido.
El pene y los testículos de Marco quedaron expuestos. Estaban hinchados, enrojecidos por el golpe. La polla, incluso flácida por el dolor, era gruesa y pesada, reposando sobre sus muslos musculosos.
Isabella tragó saliva. Sus manos temblaron ligeramente al tocarlo con delicadeza.
Madonna santa… es… grande. Mucho más que su abuelo. No, Isabella, para. Es el dolor, solo estás ayudando. Pero… qué calor desprende… y huele a hombre joven, a sudor limpio… Dios, hace años que no toco a un hombre así.
—Ay, povero mio —susurró, acariciando suavemente la piel inflamada—. Está hinchado. Voy a traerte hielo y un ungüento de hierbas que hago yo. No te muevas.
Fue a la cocina y volvió con una bolsa de hielo envuelta en un paño y un frasco de crema casera. Se sentó muy cerca de él en el sofá, las rodillas casi tocándose.
—Relájate, Marco. Nonna sabe lo que hace —le dijo con voz cantarina, esa voz italiana que siempre lo calmaba.
Colocó el hielo suavemente sobre sus testículos. Marco dio un respingo.
—¡Joder, Nonna, está frío!
—Shhh, mi amor. Aguanta un poquito. El frío baja la hinchazón —contestó ella, sosteniendo el hielo con una mano mientras con la otra le acariciaba el muslo para distraerlo—. ¿Duele mucho aquí? —preguntó, rozando con los dedos la base de su pene.
Marco cerró los ojos, respirando agitado.
—Un poco… pero… tu mano es tan suave, Nonna. No pares.
Isabella sintió un calor traicionero subirle por el pecho. Sus pezones se endurecieron bajo el delantal.
¿Qué estoy haciendo? Esto no es solo cuidar… me gusta tocarlo. Mira cómo late su sangre bajo mi palma. Es mi nieto, pero… es tan hombre ahora. Tan viril. Quiero aliviarlo de verdad… de todas las formas.
—Pobrecito mío —murmuró, dejando el hielo a un lado y empezando a extender la crema con movimientos circulares lentos. Sus dedos rodearon los testículos hinchados, masajeándolos con ternura—. ¿Así mejor, amore? Dime si te duele.
—Nonna… —gimió Marco, la voz ronca—. Se siente… bien. Demasiado bien.
La crema era tibia y resbaladiza. Isabella notó cómo el pene de su nieto empezaba a hincharse lentamente, creciendo contra su muñeca. Era inevitable.
—Oh… Marco… estás reaccionando —susurró ella, sin apartar la mano. Sus ojos se encontraron—. ¿Quieres que pare?
Él negó con la cabeza, mordiéndose el labio.
—No… por favor. Sigue, Nonna. Tus manos… son mágicas.
Isabella sonrió con esa dulzura italiana que escondía ahora un fuego antiguo. Sus dedos envolvieron la polla semierecta y comenzaron a acariciarla de arriba abajo, extendiendo la crema como si fuera lo más natural del mundo.
—Mi niño grande… mira cómo creces para Nonna —dijo bajito, casi cantando—. No te avergüences. La abuela solo quiere que te sientas mejor. Todo mejor.
Ay, Dios… está tan duro ya. Caliente, palpitante. Es mi sangre, pero qué rico se siente en mi mano. Hace tanto que no siento esto… quiero más. Quiero que se corra para mí, que me mire con esos ojos de deportista mientras le doy placer.
Marco echó la cabeza hacia atrás, gimiendo abiertamente ahora.
—Nonna… joder… qué bueno… más rápido, por favor…
Isabella aceleró el ritmo, su mano experta subiendo y bajando por el tronco grueso, el pulgar rozando la cabeza hinchada cada vez. Con la otra mano le masajeaba suavemente los testículos, aliviando el dolor y provocando placer al mismo tiempo.
—Así, mi amor… déjate ir. Nonna está aquí. Siempre aquí para ti —susurró, inclinándose más cerca. Su aliento cálido rozaba la piel de él—. Eres tan hermoso… tan fuerte… y ahora tan mío en este momento.
Marco tembló. Sus caderas se movieron instintivamente.
—Nonna… me voy a correr… no puedo…
—Hazlo, tesoro —dijo ella con voz maternal y lujuriosa a la vez—. Córrete en las manos de tu abuelita. Déjame sentirlo todo.
Con un gruñido profundo, Marco explotó. Chorros gruesos y calientes salpicaron los dedos de Isabella, su muñeca, incluso un poco el delantal. Ella siguió acariciándolo suave, ordeñando hasta la última gota, con una sonrisa tierna y satisfecha.
—Bravo, mi campeón… —murmuró, besándole la frente sudada—. ¿Ves? Nonna siempre sabe cómo curarte.
Marco abrió los ojos, aún jadeando, y la miró con una mezcla de amor y deseo nuevo.
—Nonna… esto… ha sido…
—Shhh —lo interrumpió ella, limpiándolo con un pañuelo suave y volviendo a subirle los shorts con cuidado—. Solo fue un cuidado especial. Pero si vuelves a golpearte… o si simplemente quieres que Nonna te mime otra vez… ya sabes dónde estoy.
Isabella se levantó, el corazón latiéndole fuerte, y fue a la cocina a preparar pasta. En su mente, una sola frase repetía:
Mi dulce nieto… esto solo acaba de empezar.
La tarde se había vuelto más cálida y el dolor en la ingle de Marco no había desaparecido del todo. Después de la cena ligera que Nonna Isabella preparó con tanto cariño, el joven deportista se movía con dificultad por la casa antigua. Cojeaba visiblemente, apretando los dientes cada vez que daba un paso.
—Nonna… creo que me voy a dar un baño caliente —dijo Marco desde el pasillo, apoyándose en la pared—. El médico del equipo siempre dice que el calor ayuda con los golpes… pero no sé si puedo solo. Me duele al agacharme.
Isabella, que estaba recogiendo la mesa con su delantal floral todavía puesto, levantó la vista. Sus ojos miel se llenaron de esa ternura infinita que siempre tenía para él.
—Ay, mi pobre Marco… claro que Nonna te ayuda, amore. No vas a hacer esfuerzos innecesarios. Ven, yo te preparo todo.
Lo acompañó hasta el baño grande de la planta baja, esa habitación de azulejos blancos y azules con una bañera antigua de hierro fundido que miraba al jardín a través de una ventana empañada. Abrió los grifos, dejó correr el agua caliente y echó sales de lavanda que ella misma preparaba. El vapor empezó a subir, perfumando el aire.
—Quítate la ropa, tesoro. Yo te ayudo a entrar —dijo con voz suave, como si estuviera hablando con el niño que una vez fue… aunque ahora era todo un hombre.
Marco se quitó la camiseta, revelando su torso marcado por horas de entrenamiento. Luego, con un gesto de dolor, intentó bajar los boxers. Isabella se acercó enseguida.
—Déjame a mí, mi vida. No fuerces nada —susurró.
Sus dedos suaves bajaron la prenda con delicadeza. El pene de Marco, aún algo hinchado por el golpe anterior, quedó libre. Pesado, colgando entre sus muslos fuertes. Ella tragó saliva, pero mantuvo la sonrisa maternal.
Madonna… otra vez. Míralo… tan grande, tan perfecto. El golpe lo dejó sensible y ahora está aquí, desnudo para mí. No pienses mal, Isabella… solo lo estás cuidando. Pero Dios… cómo me late el corazón al verlo así, tan vulnerable y tan hombre al mismo tiempo.
—Ven, entra despacio —le indicó, sosteniéndolo por el brazo y la cintura. Sus pechos suaves rozaron accidentalmente el brazo de él mientras lo ayudaba a meterse en el agua caliente.
Marco suspiró de alivio al sentir el calor rodeando su cuerpo.
—Joder, Nonna… esto está perfecto. Gracias.
Isabella no se fue. Se quedó de rodillas junto a la bañera, arremangándose el delantal. Tomó una esponja natural y jabón de oliva casero.
—Ahora déjame lavarte, Marco. No puedes agacharte bien todavía. Relájate, mi campeón.
Empezó por los hombros anchos, bajando por el pecho definido, los abdominales duros. El jabón hacía espuma blanca que resbalaba por su piel bronceada. Sus manos eran expertas, tiernas, pero cada vez más lentas.
—Nonna… no hace falta que… —empezó Marco, pero su voz se quebró cuando ella llegó al vientre bajo.
—Shhh, tesoro. Nonna sabe exactamente lo que necesitas —murmuró ella, mirándolo a los ojos con esa dulzura italiana que escondía fuego—. El golpe fue fuerte. Hay que limpiar bien y masajear para que no quede nada.
Sumergió la esponja y luego, directamente con las manos enjabonadas, empezó a lavar alrededor de la ingle. Sus dedos rodearon los testículos con muchísimo cuidado, levantándolos suavemente, lavando la piel sensible. El pene de Marco reaccionó al instante: empezó a endurecerse bajo el agua, creciendo, subiendo hacia la superficie.
—Oh… Marco… mira cómo responde mi niño —susurró Isabella, sin dejar de tocarlo. Su voz era casi un arrullo—. No te avergüences. Es normal. El calor, mis manos… todo ayuda a la circulación.
Ay, Dios mío… está poniéndose durísimo otra vez. Tan grueso, tan caliente bajo el agua. Siento cómo palpita contra mis dedos. Hace décadas que no baño a un hombre así… y este es mi nieto. Mi hermoso, fuerte nieto. Quiero más. Quiero sentirlo entero. Quiero que se corra otra vez por mí.
Marco cerró los ojos, respirando agitado. El agua chapoteaba suavemente.
—Nonna… tus manos son… demasiado buenas. Me estás matando de placer.
Isabella sonrió con picardía inocente y envolvió la polla erecta con su mano jabonosa. Empezó a moverla despacio, arriba y abajo, mientras con la otra mano seguía masajeando los testículos bajo el agua.
—Así, amore mio… déjate cuidar. Nonna está aquí para todo lo que necesites. ¿Quieres que lave más profundo? ¿Que te haga sentir mejor de verdad?
—Sí… por favor, Nonna —gimió Marco, abriendo los ojos y mirándola con deseo—. No pares… se siente increíble.
Ella aceleró un poco el ritmo, el jabón haciendo que todo resbalara perfecto. Su bata se había mojado en el pecho, marcando sus pezones endurecidos.
—Mi dulce deportista… tan grande para tu abuelita. Córrete cuando quieras, mi vida. Nonna quiere verlo todo. Quiero sentir cómo late tu placer en mis manos.
Marco arqueó la espalda en el agua, gimiendo más fuerte. Sus caderas se movían instintivamente contra la mano de ella.
—Nonna… me voy… joder…
—Hazlo, tesoro. Córrete para mí —susurró ella, inclinándose tanto que su aliento cálido rozaba la cabeza de su pene—. Déjame ver cómo mi nieto se corre por su Nonna.
Con un gruñido ronco, Marco explotó bajo el agua. Chorros espesos subieron a la superficie, mezclándose con la espuma. Isabella siguió acariciándolo suave, ordeñando cada gota con amor infinito, hasta que él se dejó caer relajado contra la bañera.
—Bravo, mi amor… —dijo ella, besándole la frente mojada—. ¿Ves? Nonna siempre sabe cómo curarte. Ahora quédate ahí relajado mientras te preparo una toalla caliente.
Se levantó, el delantal empapado pegado a sus curvas, y miró al joven exhausto y feliz en la bañera.
Esto ya no es solo cuidar… es algo más. Y mi dulce Marco lo sabe también. Mañana… quién sabe qué “ayuda” necesitará mi nieto.
Sonrió con esa ternura italiana que lo prometía todo y salió del baño tarareando una vieja canción napolitana
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