
Me desperté con el sirimiri golpeando la trampilla mal cerrada, ese sonido constante que ya se había convertido en el fondo de nuestra vida en San Sebastián. Dentro de la tienda de campaña que habíamos montado sobre la cama el aire estaba más seco y menos frío; el techo inclinado del ático nos obligaba a estar agachados en los bordes, pero la tienda nos salvaba de las goteras y del viento que se colaba por las rendijas. Marta dormía a mi lado, su respiración profunda, el cuerpo musculado relajado bajo las mantas. Estaba con la regla, así que solo nos abrazábamos, piel con piel, sin ir más allá. Era nuestra forma de recordarnos que seguíamos siendo nosotros, a pesar de todo.
Miré el reloj del móvil: 7:15. El tercer día de trabajo en el Gobierno Civil. Saqué un porro del escondrijo y le di una calada lenta. Menos mal que nos trajimos una buena provisión de marihuana de casa; en este frío húmedo de finales de septiembre era lo único que me calmaba los nervios sin meterme en problemas mayores. El portal de Kale Boulevar 22 era normal, gente corriente que saludaba al pasar, sin camellos acechando en la entrada. Los había visto el día de la primera compra grande al Eroski, pero lejos de aquí. Mejor.
Marta se removió y abrió los ojos. “Caco… buenos días.” Su voz aún ronca del sueño. Se estiró y me dio un beso en la mejilla. “¿Cómo has dormido?” “Mejor que nunca desde que llegamos. Esta tienda es un milagro.”
Ella sonrió y se incorporó un poco, apoyándose en los codos. La tienda no era nueva, no la habíamos comprado.
Ayer salí del gobierno civil pasadas las 17:00, con el cuerpo dolorido y la cabeza dando vueltas.
De camino a casa, caminando por una callejuela cerca del centro, vi la tienda de campaña tirada en un contenedor de basura. Era para dos personas, marca Decathlon vieja pero con las varillas de fibra de vidrio intactas, solo un par de rasgaduras en el tejido exterior y una cremallera que chirriaba un poco. La saqué, la sacudí para quitarle el polvo y la mugre, la enrollé como pude y me la llevé bajo el brazo. No pude resistirme: pensé que aunque estuviera rota nos iba a servir de maravilla para aislar la cama del frío y de las goteras. Llegué al ático con ella, se la enseñé a Marta como si fuera un tesoro. “Mira lo que he encontrado. Nos va a cambiar la vida aquí dentro.” Ella se rio, la inspeccionamos juntos, la montamos encima de la cama esa misma tarde y dormimos por primera vez en ella esa noche. Ya estaba funcionando: el frío era menos cruel, la humedad no llegaba tan adentro.
Hoy, tercer día, ya teníamos la tienda como parte del mobiliario. Marta se levantó primero, salió de la tienda y se estiró en el centro del ático donde el techo permitía estar de pie. “Ayer, cuando salí del trabajo, me ocupé de varias cosas. Fui a una lavandería a dos calles de aquí y metí toda la ropa acumulada. Ya está seca y planchada; a partir de hoy podemos ir al trabajo con ropa normal, sin repetir el chándal o la ropa mojada del primer día.” Señaló la pila ordenada en una esquina: vaquero para ella, camisa y pantalón para mí.
“Además —siguió—, pasé por una ferretería y compré lo que necesitamos para impermeabilizar de una vez: silicona neutra, cinta selladora, pintura antihumedad y un rodillo pequeño. Está todo en esa bolsa. Hoy por la tarde lo hacemos, ¿vale? No podemos seguir viviendo con goteras.”
Asentí, todavía dentro de la tienda. “Genial. Gracias por adelantarte.”
Desayunamos lo de siempre: café instantáneo y tostadas hechas en una sartén. Mientras comíamos, saqué el tema que me rondaba desde ayer.
“Marta… ayer, después de lo del desprendimiento y de comer con Nekane, tuve una charla con gente de la Guardia Civil. Me ofrecieron algo: si colaboro con ellos, pueden agilizar la limpieza de mi historial crediticio. Borrar las morosidades, dejarme limpio. Y soltar algo de pasta extra, 500 euros al mes durante unos meses.”
Ella dejó la taza. Sus ojos se iluminaron. “¡Eso es perfecto, Caco! ¿Por qué no lo haces? ”
“No estoy convencido.”
Frunció el ceño. “¿Por qué no? Es colaboración legal. Por lo que me has contado, solo tener controlada a una persona de interés, esa Nekane”
“Porque no me fío. Siempre hay un precio oculto. Cada vez que me meto en algo así termino pagándolo caro. No quiero más mierda encima.”
Ella se levantó de golpe, la silla chirrió.
“¿Más mierda? ¿En serio? ¡Llevamos años pagando tus errores pasados! Yo controlo la cuenta porque tú no puedes ni tener una tarjeta. ¡Y ahora que hay una oportunidad dices que no porque ‘no te fías’!”
“¡No es tan simple!”
“¡Sí lo es! ¡Eres un cobarde!”
Eso me dolió. Me puse de pie también.
“¿Cobarde? ¿Después de las oposiciones, de arrastrarme hasta aquí? ¿Después de todo?”
“¡No has dejado atrás nada! ¡Sigues siendo el mismo! ¡Y yo estoy harta de cargar contigo!”
La discusión subió rápido. Nos gritamos cosas feas: yo le eché en cara que siempre me trataba como un niño, ella me llamó egoísta, parásito, que sin mí habría tenido una vida normal. Las palabras volaban.
Ella me empujó fuerte contra la pared. Caí sobre la cama, desmontando parte de la tienda. Me levanté furioso y la empujé de vuelta, dándole un golpe en el hombro que la hizo retroceder. Le di otro puñetazo en el costado, fuerte, que la hizo soltar un grito. Ella se recuperó al instante: me agarró el brazo, giró mi cuerpo y me tiró al suelo boca abajo. Me montó encima, me torció el brazo por detrás en una llave brutal. El dolor subió por el hombro como fuego.
Con la mano libre le di un golpe en la cara con el dorso, le dejé la mejilla roja y el labio empezando a hincharse. Ella apretó más la llave, rodilla en mi espalda, casi me disloca el hombro.
“¡Para! ¡Me estás rompiendo!”
Ella respiraba agitada, voz temblorosa.
“¿Sabes cuál era mi ilusión, Caco? Quería ser policía. O Guardia Civil. Por eso me machacaba en el gimnasio desde niña, por eso entrenaba con papá hasta vomitar. Saqué Derecho, fui a la academia de un amigo suyo, otro ex boina verde. Me dijo que nunca pasaría la entrevista psicológica. Que mis vídeos también habían trascendido. Que por mucha nota que sacara nunca me aceptarían en ninguna policía de España.”
Las palabras me golpearon más que el dolor físico. Intenté girarme, ella apretó más. Lágrimas le caían.
“Te estaba haciendo daño de verdad… Joder… casi te rompo el brazo…”
Se apartó de golpe, se sentó en el suelo sollozando. Me incorporé despacio, hombro latiendo, cara ardiendo.
“Perdóname… no sabía nada de eso.”
Ella negó con la cabeza, llorando.
“Los dos estamos jodidos por lo mismo…”
Marta se apartó de mí sollozando, con la espalda temblando bajo la camiseta vieja que usaba para dormir. “Los dos estamos jodidos por lo mismo…”, murmuró entre hipos, y se dejó caer sentada en el borde de la cama, con las manos tapándose la cara. El moretón ya empezaba a asomar en el pómulo izquierdo, una mancha rojiza que se extendía hacia el ojo como tinta derramada. El labio inferior también estaba hinchado, partido en una línea fina que sangraba un poco cuando hablaba. Me quedé de pie, con el brazo que ella casi me había roto todavía palpitando, sintiendo cómo la adrenalina se me iba convirtiendo en culpa pura y dura.
No sabía qué decir. Solo pude arrodillarme delante de ella, despacio, como si fuera a asustarla. Le aparté las manos de la cara con cuidado.
—Marta… lo siento. De verdad. No quería…
Ella negó con la cabeza, sin mirarme.
—No. Yo empecé. Perdí los nervios. Pero… joder, Caco. Los dos estamos marcados por lo mismo. Esos putos vídeos. Nunca vamos a escapar de ellos.
Nos quedamos callados un rato. El sirimiri golpeaba la trampilla como si quisiera entrar. Al final, ella respiró hondo, se limpió la cara con el dorso de la mano y me miró.
—Vamos a tener que inventar algo. No puedo ir al curro con la cara como si me hubiera caído por las escaleras.
—¿Una puerta? —sugerí, aunque sabía que sonaba ridículo.
—Ni de coña. Todo el mundo sabe que eso es una mentira de mierda. Mejor decir la verdad a medias: fallo de entrenamiento. Que estábamos practicando una llave y se me fue la mano. O mejor: que yo fallé el bloqueo y tú me diste sin querer. Nadie va a preguntar mucho.
Asentí. Era lo más creíble que teníamos. Nos levantamos casi al mismo tiempo. Ella fue al baño minúsculo a mirarse en el espejo roto que había encima del lavabo. Yo empecé a preparar la ropa que había lavado el día anterior: mi camisa gris planchada a mano (lo mejor que pude con la plancha de mierda que encontramos en un cajón), pantalón chino negro, zapatos decentes. Marta también una ropa menos formal y más práctica. Tacones bajos porque con los altos no llegaba a tiempo al autobús si había que correr.

Antes de salir, nos miramos en silencio. Ella se había recogido el pelo en una coleta baja, profesional. El moretón ya era morado oscuro, imposible de disimular con maquillaje barato. Yo tenía un arañazo en el cuello y el hombro dolorido, pero nada visible con la camisa abotonada.

Bajamos las escaleras del portal en silencio. Afuera seguía lloviendo, ese calabobos fino que cala hasta los huesos en cinco minutos. Caminamos hasta la parada del bus en la calle 31 de Agosto. El autobús llegó puntual, abarrotado como siempre a esa hora. Nos apretujamos en la parte de atrás, de pie, agarrados a la barra. Olía a ropa mojada y a café de máquina.
Marta se pegó a mí para hablarme al oído, por encima del ruido del motor y las conversaciones.
—Cuando nos estabilicemos un poco más aquí, quiero buscar un gym decente. Uno donde pueda entrenar de verdad y practicar jiu-jitsu o lo que sea. Krav maga, muay thai… lo que encuentre. Pero de momento voy a empezar a correr. Mañana mismo, aunque sea a las seis de la mañana por la playa. Necesito descargar.
La miré. Tenía los ojos todavía rojos, pero la voz firme.
—Te acompaño —dije—. Si quieres.
Ella sonrió de medio lado, con el labio hinchado.
—No seas tonto. Tú corres como una mierda. Pero sí, vente. Me vendrá bien tenerte cerca.
El bus traqueteaba por la Avenida de la Libertad. La gente nos miraba de reojo: ella con el moretón, yo con cara de no haber dormido. Nadie dijo nada. En Donostia la gente mira, pero no pregunta.
Llegamos. Bajamos y caminamos los últimos metros hasta el edificio del Gobierno Civil bajo la lluvia. Nos separamos en la entrada: ella hacia la planta de administración, yo hacia la sección de inspección de vías y carreteras. Antes de girar el pasillo, me cogió del brazo.
—Ten cuidado con lo que hagas hoy, ¿vale? —dijo bajito—. Y no hagas ninguna tontería.
Asentí. Ella se fue.
Subí al tercer piso. El guardia civil que me habían asignado como controlador (un tipo de unos cuarenta y tantos, pelo corto canoso, ojos de mala leche) me esperaba en un despacho pequeño sin ventanas, al fondo del pasillo. Cerró la puerta cuando entré.
—Buenos días, —dijo con voz plana, profesional y señaló la silla
—. Siéntese.
Me senté. Él se quedó de pie, apoyado en la mesa.
—He decidido colaborar —dije sin rodeos—. Acepto la oferta. Limpieza de historial crediticio y los quinientos al mes. Pero quiero saber por qué Nekane es “persona de interés”. ¿Qué tiene que ver conmigo?
Él me miró fijamente un segundo, como calibrándome.
—No es Nekane la que nos interesa de verdad. Es Kepa, su marido. Exmiembro de ETA. Mató a tres guardias civiles en los años 80. Cumplió veinte años. Cuando salió, heredó un caserío en Oiartzun de forma… digamos que conveniente. Ahora vive de las subvenciones que recibe el caserío: turismo rural, rehabilitación, actividades culturales. Todo legal en papel, pero sabemos que hay más. Queremos controlarlo. Punto. No le voy a decir nada más porque no le hace falta saberlo.
Tragué saliva. El estómago se me encogió. ETA. Guardias muertos. Subvenciones. De repente la oferta ya no parecía solo un apaño burocrático.
—No puedo echarme atrás ahora, ¿verdad? —pregunté, más para mí que para él.
—No sería inteligente —respondió seco—. Y su hermana… dice que también quiere colaborar.
—Sí. Me lo comentó anoche.
Se quedó callado un momento, tamborileando los dedos en la mesa.
—Lo pensaremos. Pero escúcheme bien: no vaya por ahí diciendo que colabora con nosotros. Ni una palabra. Ni a su jefa, ni a su hermana si no es estrictamente necesario. ¿Entendido?
Dudé. El corazón me latía en la garganta.
—Ella… la jefa ya lo sabe. Me hizo un comentario ayer. Sabe que me ofrecieron algo.
El guardia maldijo por lo bajo, un “joder” entre dientes.
—Esa señora… —murmuró, y negó con la cabeza—. Tiene mucho más poder del que aparenta. Contactos en todas partes. Si ya lo sabe, no hay vuelta atrás. Le recomiendo que la haga feliz. Que no le dé motivos para joderle. Porque puede.
Asentí, con la boca seca.
—Entendido.
Me levanté. Él no me tendió la mano, solo me miró.
—Vuelva a su puesto. Y mantenga los ojos abiertos con Kepa y Nekane. Cualquier cosa rara, me lo dice. Nada de iniciativas propias.
Salí del despacho con las piernas flojas. Mientras bajaba al segundo piso, hacia mi mesa llena de expedientes de carreteras, no podía quitarme de la cabeza al guardia. Traje gris impecable, postura militar, voz de mando. Seguro que tiene una buena polla, pensé de repente, y la imagen me vino tan clara que casi me tropiezo en las escaleras. Me imaginé de rodillas delante de él, en ese despacho sin ventanas, chupándosela despacio mientras él seguía hablando con esa voz fría y profesional. El craving no era de coca esta vez. Era otra cosa. Más sucio. Más inmediato.
Sacudí la cabeza. Joder, Carlos. Concéntrate.
Pero no me fui directo a mi mesa. Me quedé un segundo en el pasillo, apoyado contra la pared, respirando hondo. La cabeza me daba vueltas. Y entonces, sin poder evitarlo, la imagen volvió, pero esta vez no era solo un pensamiento fugaz. Se desplegó completa, como si el guardia hubiera cerrado la puerta de verdad y yo estuviera dentro.
En mi cabeza, el guardia —alto, pelo corto canoso, ojos de mala hostia— giró la llave después de cerrar. El clic sonó seco, definitivo. Me miró de arriba abajo, sin prisa.
—Quítate la ropa —ordenó, voz baja, profesional pero con un filo que no dejaba lugar a dudas.
Obedecí. Camisa, pantalón, calzoncillos. Todo al suelo. Me quedé desnudo en medio del despacho sin ventanas, con la piel de gallina por el aire frío y por el miedo. Él se acercó despacio. Empezó el cacheo: manos grandes, callosas, palpando hombros, axilas, costados. Bajó por el pecho, el abdomen. Me metió dos dedos en la boca, forzándome a abrirla más, explorando la lengua, las encías, como si buscara algo escondido. Luego bajó la mano, me agarró los huevos con firmeza, los apretó hasta que solté un gemido ahogado. No paró. Me giró de espaldas, me inclinó un poco hacia delante. El dedo índice, seco, entró sin aviso. Profundo. Movió, giró, presionó la próstata. Sentí cómo se me ponía dura al instante, traicionándome.
—Manos a la espalda —dijo.
Sacó unas esposas del cinturón. Metal frío. Clic. Clic. Me empujó contra la mesa, pecho contra la madera fría, culo expuesto. Esperé el golpe. Un puñetazo, una bofetada. Lo que fuera. Pero no llegó. En vez de eso, se arrodilló detrás de mí. Sentí su aliento caliente en la raja. Luego la lengua: ancha, áspera, lamiendo el agujero en círculos lentos, profundos. Beso negro sin piedad. Me abrió con los pulgares, metió la lengua dentro, follándome con ella mientras yo gemía contra la mesa, las esposas clavándose en las muñecas.
Se levantó. Oí el cinturón desabrocharse, el pantalón bajar. La polla dura contra mi culo, rozando. Escupió en la mano, lubricó. Entró de un empujón seco. Dolor y placer al mismo tiempo. Me folló fuerte, agarrándome de las caderas, embistiendo profundo. Cada golpe me sacaba un jadeo. Luego se detuvo, salió. Me dio la vuelta con cuidado, me quitó las esposas. Nos miramos. Y entonces nos besamos. Con hambre. Lenguas enredadas, dientes chocando, saliva. Beso de verdad, apasionado, como si lleváramos años esperando.
Me levantó sobre la mesa, me tumbó boca arriba. Se subió encima. 69 perfecto: su polla en mi boca, la mía en la suya. Chupé con ganas, tragando hasta la garganta, mientras él me la mamaba despacio, jugando con la lengua en el glande. Nos dilatamos mutuamente con los dedos: dos, tres. Preparándonos.
Cogió una porra que estaba por allí —negra, gruesa, de goma dura—. Sacó un condón, lo desenrolló sobre la porra. Me la metió primero a mí: despacio al principio, luego hasta el fondo. Gemí alto, el culo ardiendo de placer. Luego se la metió él mismo, gimiendo mientras se la empujaba dentro, moviéndose para sentirla.
Me puse detrás. Le separé las nalgas. Entré en él con cuidado al principio, luego profundo. Lo follé con ritmo, agarrándole las caderas, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mí. Él empujaba hacia atrás, pidiendo más.
Al final nos pusimos de pie, frente a frente. Pollas contra pollas, duras, mojadas. Nos frotamos fuerte, piel contra piel, besándonos mientras nos masturbábamos mutuamente. El roce era eléctrico. Subió la presión, el calor. Nos corrimos casi al mismo tiempo: chorros calientes entre nuestros vientres, gimiendo en la boca del otro.
Y entonces parpadeé.
El pasillo seguía vacío. La puerta del despacho cerrada. Nadie me había tocado. Nadie me había follado. Solo era mi cabeza, mi puta cabeza enferma. Pero la erección era real. Dura como una piedra, dolorosa dentro del pantalón. Me apretaba tanto que dolía caminar.
Miré alrededor. Nadie en el pasillo. Bajé las escaleras deprisa, casi corriendo, hacia el baño de la planta baja. Entré en el primero que encontré, eché el pestillo. Me apoyé en la pared, respirando agitado. La polla seguía tiesa, palpitando. Me bajé la cremallera, la saqué. Estaba roja, hinchada, goteando. Me masturbé rápido, pensando todavía en el guardia, en su lengua, en su polla. Me corrí en tres o cuatro movimientos, chorros contra el lavabo. Gemí bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Me limpié con papel. Me lavé la cara con agua fría. Me miré en el espejo: ojos rojos, cara pálida, todavía con el arañazo del cuello de la pelea con Marta.
Joder, Carlos. Concéntrate. Tienes que volver al curro. Tienes que fingir que todo va bien.
Salí del baño como si nada. Subí las escaleras. Me senté en mi mesa. Abrí el expediente. Pero la cabeza seguía en ese despacho imaginario. Y el craving —no de coca esta vez, sino de algo peor— no se iba.
La mañana se me pasó volando entre informes de carreteras, mediciones de firmes, consideraciones técnicas sobre drenajes y algún que otro expediente de mantenimiento que parecía escrito por un niño de primaria. Era ridículamente fácil comparado con las oposiciones: nada de ecuaciones infernales ni legislación maratoniana, solo sentido común envuelto en papeleo. Por primera vez en mucho tiempo sentí que encajaba en algo sin tener que fingir demasiado.
Cuando dieron las tres y pico, recogí mis cosas y bajé. El sol —el primer sol de verdad desde que llegamos— entraba oblicuo por las ventanas del edificio, dorado y casi caliente. Me encontré con Marta en la salida principal. Venía con paso rápido, todavía con el moretón en la cara ya morado oscuro pero menos hinchado. En la mano llevaba dos tarjetas plastificadas.
—Bonobuses —dijo, tendiéndome uno—. Nos va a salir casi la mitad de precio. Mañana mismo los cargamos más si hace falta.
Sonreí. Era un detalle pequeño, pero en nuestra situación cualquier euro ahorrado era una victoria.
Caminamos juntos hasta la parada. El bus llegó casi vacío; nos sentamos atrás, hombro con hombro, mirando por la ventana. Nadie preguntó por el moretón. En Donostia la gente respeta el espacio ajeno.
Llegamos al ático. Subimos las escaleras empapados de ese olor a humedad y salitre que ya empezaba a parecernos normal. Pusimos agua a hervir para unos espaguetis con lo que quedaba: tomate frito de bote, ajo, un poco de orégano seco y queso rallado barato. Comimos en la mesa plegable, en silencio al principio, luego hablando de tonterías: del sol que por fin había salido, de que mañana intentaría correr por la Zurriola aunque fuera media hora, de que teníamos que comprar un paraguas decente porque el sirimiri no iba a parar nunca del todo.
Después de fregar los platos (con agua fría porque el termo eléctrico tardaba una eternidad), nos pusimos con las goteras. Marta abrió la bolsa de materiales: silicona, cinta americana reforzada, pintura antihumedad blanca y un rodillo pequeño. Yo subí a una silla para llegar a la trampilla del techo. Untamos silicona en las juntas, pegamos cinta en las grietas más grandes, luego pintamos con el rodillo. El olor era fuerte: disolvente, acrílico, algo químico que se te metía en la nariz y en la cabeza.
Al cabo de media hora los dos estábamos un poco mareados, colocados sin querer. Reíamos por nada, para no manchar nuestra escasa ropa nos habíamos desnudado, nos empujábamos como críos.
—Joder, huele como si estuviéramos pintando un fumadero —dijo ella, tosiendo entre risas.
—Suficiente por hoy —sugerí—. Vamos a dar una vuelta, que nos dé el aire.
Pero antes de que pudiera moverme, Marta me agarró por el cuello con las dos manos, me acercó y me besó con fuerza. Lengua directa, dientes rozando el labio inferior. Me mordió suave al principio, luego más fuerte. Solté un gemido contra su boca.
—La roja ya se ha ido —susurró al oído, voz ronca—. El moretón es morado, pero la regla se fue esta mañana. Estoy limpia. Y cachonda.
No hizo falta más. La empujé contra la pared, al lado de la cama. Aprovechamos que ya estábamos desnudos. Nos caímos sobre la cama grande, rodando, mordiéndonos el cuello, los hombros. Ella me clavó las uñas en la espalda, yo le pellizqué los pezones duros hasta que gimió alto. Nos besábamos con rabia, saliva, dientes.
Nos pusimos en 69: yo encima, mi polla en su boca, su coño depilado en la mía. Chupaba fuerte, metiendo la lengua dentro, lamiendo el clítoris hinchado mientras ella me la mamaba hasta la garganta, gimiendo vibraciones que me volvían loco. Entonces vi las brochas en el suelo, al lado de la pintura. Una grande, de pelo sintético grueso, mango de madera largo que no habíamos llegado a usar. La cogí sin pensarlo.
Se la enseñé. Ella levantó la cabeza, ojos brillantes.
—Métemela —dijo.
La puse boca abajo, culo en pompa. Escupí en el mango, lo froté contra su agujero. Entró despacio: primero la punta, luego más. Ella empujó hacia atrás, gimiendo. La follé con la brocha mientras le comía el coño por detrás, lengua en el clítoris, dedos abriéndola. Ella se retorcía, mordiéndome el muslo interno hasta dejar marca roja.
Luego cambiamos. Me puse de rodillas en la cama. Ella detrás, me mordió el culo, me abrió con las manos. Me metió dos dedos, luego tres, dilatándome. Cogió la misma brocha, escupió, y me la metió por el culo. Profunda, girando. Dolor y placer al mismo tiempo. Gemí alto, empujando hacia atrás. Me folló con ella mientras me pajeaba con la otra mano, fuerte, rápido.
Me senté en el borde de la cama, piernas abiertas. La miré con sonrisa torcida.
—Has sido mala hoy —dije, juguetón—. Mereces castigo.
Ella se rio, se puso sobre mis rodillas boca abajo, culo en alto. Le di un azote fuerte en una nalga, luego en la otra. El sonido resonó en el ático. Ella se reía entre gemidos.
—Más fuerte, Caco. Castígame.
Le di otra, y otra. Roja la piel, pero los dos riéndonos como idiotas porque no era castigo de verdad. Era juego. Nos gustaba a los dos. Mucho.
Ella se giró, me besó de nuevo, mordiéndome el labio hasta que sangró un poco. Nos tumbamos de lado, piernas enredadas, manos por todas partes, pellizcos en los costados, mordiscos en el cuello. Seguíamos riendo entre jadeos, sudados, pintados de blanco en algunas manchas, oliendo a pintura y a sexo.
Y en ese momento, con ella encima mordiéndome el hombro, pensé que quizás, solo quizás, podíamos sobrevivir a todo esto. Jodidos, pero juntos.
Recordé que de jóvenes nuestro padre nos castigaba con azotainas en el trasero desnudo, papá con la mano, Mari con una chancleta. Marta siempre hacía trastadas para que le castigaran, ahora por fin me daba cuenta de que quizás ya en aquellos tiempos le gustaba.
0 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. XVIII