# Confesiones en el Colectivo
Soy Sofía, y mi secreto es sucio, público y adictivo. Mi hija Agustina, con sus catorce años y ese cuerpo que es el espejo del mío, no tiene idea de cómo su mamá encuentra consuelo en las mañanas. Hasta hoy.
Estamos en la cocina de nuestro departamento de Palermo, el sol de marzo entra por la ventana grande. Acabo de volver de hacer unas compras, y mi rostro debe tener ese brillo particular, esa sonrisa satisfecha que Agustina ha comenzado a notar.
—Mami, ¿por qué siempre vuelves tan... radiante del supermercado? —me pregunta, mordisqueando una galletita. Sus ojos verdes me analizan con esa astucia de adolescente que todo lo quiere descifrar.
Dejo la bolsa sobre la mesada. El momento ha llegado. Me siento frente a ella, mi corazón martilleando no de nervios, sino de excitación.
—Agus, mi amor —empiezo, mi voz un poco más baja de lo normal—. La verdad es que no siempre voy al supermercado. A veces... solo subo a un colectivo.
Mi hija frunce el ceño. —¿Y? ¿Qué hay de raro en tomar el colectivo?
Respiro hondo. Esto es lo bueno. —No solo lo tomo, Agus. Lo uso. Lo disfruto. Me dejo... apoyar.
La palabra cuelga en el aire entre nosotras. Agustina me mira, sin comprender del todo. Veo la confusión en su bella cara.
—¿"Apoyar"? ¿Con qué te apoyan, mami? ¿Con la mano cuando se cae?
No, no, no. Mi hija es tan inocente. Sonrío, una sonrisa de complicidad que ella aún no entiende.
—No, mi amor. No es eso. Cuando voy en el colectivo, en hora pico, va tan lleno que la gente está pegada. Y yo... yo me dejo pegar. Me dejo tocar. Me dejo manosear.
El silencio es total. Agustina deja la galleta. Su boca está ligeramente abierta, sus ojos verdes muy abiertos, mirándome como si acabara de crecer un segundo cabeza.
—¿Manosear? —susurra, como si la palabra le quemara la lengua—. ¿Hombres... extraños te tocan?
Asiento, sintiendo una humedad cálida crecer entre mis piernas solo de recordarlo. —Sí, cariño. Pijas de todas las edades. Jóvenes, viejos, empleados, estudiantes. Con las manos, con sus... sus paquetes. Apretados contra mí, frotándose. Y yo los dejo. Los disfruto.
Agustina traga saliva. Su primer impulso es el rechazo, lo veo en su expresión de asombro y un ligero asco.
—¡Pero, mami! ¡Eso es asqueroso! ¡Son unos viejos verdes!
—No son todos viejos, Agus. Y no es asqueroso. Es... vital. Es sentirme deseada. Sentir que mi cuerpo todavía interesa, que todavía puede provocar una reacción. Tu padre no me mira, pero en el colectivo, soy la reina. Soy el centro de la atención de todos esos hombres que sudan y me desean.
Me levanto y me paro frente a ella, muy cerca. Le bajo la voz, como si le estuviera contando el más preciado de los secretos.
—Te voy a contar el de hoy. Subí al 39 en Plaza Italia. Iba repleto. Me apreté contra la puerta de atrás, mirando hacia afuera. Sentí el calor a mi espalda antes de sentirlo físicamente. Un hombre, no vi su cara, solo sentí su aliento en mi nuca. Su mano se deslizó por mi cadera, lenta, explorando. Me quedé quieta, sin moverme, dejándole hacer.
Agustina me escucha, boquiabierta. Su respiración ha cambiado. Ya no es de asco, es de... curiosidad. Sigo mi relato, entrando en los detalles que la excitarán a ella como me excitan a mí.
—Su mano subió, por mi costado, hasta el costado de mi pecho. Sus dedos se detuvieron ahí, acariciando la tela del vestido. Yo apoyé mi frente contra el frío del cristal. Entonces, sentí lo otro. Duro, caliente, presionando contra mis nalgas a través de nuestros pantalones. No era una mano, Agus. Era su pija. Dura como una piedra. Y comenzó a moverse, muy suave, un ritmo lento, frotándose contra mí.
La cara de mi hija está encendida. No sé si es de vergüenza o de otra cosa. Apuesto por lo segundo. Me inclino hacia ella.
—¿Quieres saber qué hice yo? —susurro. Ella asiente, casi imperceptiblemente. —Me separé las piernas, solo un poquito. Y empujé mi trasero hacia atrás, contra él. Una señal. Una invitación. Él entendió. Su mano se atrevió a más, se deslizó hasta mi pecho y lo apretó. Sentí su pulgar y su índice cerrándose sobre mi pezón, que se puso duro al instante, incluso a través del sostén y el vestido. Y su pija... su pija apretó con más fuerza. Frotaba con más insistencia, buscando su propio placer en mi cuerpo.
Me detengo. Dejo que la imagen se instale en la mente de mi hija. La veo tragar saliva, sus ojos fijos en los míos.
—¿Y... y qué pasó, mami? —pregunta, su voz es un hilo.
—Nos quedamos así, como diez minutos. Él frotándose contra mí, su mano masajeándome el pecho, su otra mano agarrada fuerte a mi cadera. Yo mirando los edificios pasar, sintiendo el calor del hombre, la dureza de su deseo, el temblor de su cuerpo cuando se venía. Sentí la humedad de su eyaculación traspasando sus pantalones, manchando mi vestido. Y yo, Agus, yo estaba tan mojada que temí que se me notara. Fue increíble.
Me siento de nuevo, cruzando las piernas. Agustina me mira en silencio durante un largo minuto. Espero el reproche, el disgusto. Lo que recibo es algo completamente diferente.
—¿Y... lo viste? ¿Alguna vez viste quién era? —pregunta, y su voz tiene un tono de... fascinación.
—A veces. Pero no me importa. Lo importante es la sensación, el anonimato. El poder.
Agustina se levanta, da unos pasos por la cocina. Se detiene frente a la ventana, de espaldas a mí. Cuando se vuelve, su expresión ha cambiado. Hay una nueva luz en sus ojos verdes, una chispa de desafío y deseo.
—Mami —dice, y su voz es firme—. La próxima vez... la próxima que vayas al colectivo... yo voy contigo.
Mi corazón da un vuelco. No de sorpresa, sino de pura alegría. Mi hija. Mi cómplice. Mi sangre.
—¿Estás segura, mi amor? —le pregunzo, aunque sé la respuesta.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida —responde, y una sonrisa se dibuja en sus labios, una sonrisa que es el reflejo exacto de la mía—. Quiero sentirlo. Quiero que me miren. Quiero... apoyarme.
***
Una semana después, estamos listas. Agustina ha elegido un vestido azul de algodón, corto y ceñido, que resalta sus caderas estrechas y sus piernas largas. Lleva el pelo suelto, como yo. Yo he puesto un vestido rojo, sin mangas, que se me pega al cuerpo. Somos un espectáculo, una invitación.
Subimos al 152 en Cabildo, a las seis de la tarde. Va atestado de gente. Nos apretujamos hasta el fondo, cerca de la puerta trasera. Agustina está nerviosa, lo noto en cómo aprieta mi mano. Yo estoy electrificada.
—Relájate, mi amor —le susurro al oído—. Disfruta. Siéntete.
El colectivo arranca. La gente se balancea con el movimiento. Y entonces, empieza. Primero es un contacto casual, un hombre de traje que se apoya contra mi espalda para no caer. Siento su calor, su olor a perfume barato. No me muevo. Dejo que su cuerpo se pegue al mío. Al otro lado
***
El colectivo se balancea y nos arrastra juntas hacia el fondo. La gente nos empuja, nos oprime. Es perfecto. Un tipo de traje, con cara de aburrido, se apoya contra mi espalda. No me muevo. Dejo que su cuerpo se pegue al mío. Siento el calor, el peso de su deseo. Al otro lado de Agustina, un pibe joven, con una mochila al hombro, la está mirando. No disimula. Sus ojos recorren sus piernas, el vestido azul que le marca las caderas, se detienen en sus pechos que empiezan a llenarse. Agustina lo nota, y en lugar de incomodarse, endereza la espalda, empujando sus tetas hacia adelante. Mi hija es una natural.
—Mami, me está mirando —me susurra, con la voz vibrante de emoción. Su aliento es caliente en mi oreja.
—Déjalo que mire, mi amor. Disfrutalo. Sentilo en la concha —le respondo, y la palabra "concha" dicha en voz baja parece encenderla.
El tipo de traje a mis espaladas se anima. Siento su mano, que al principio estaba sujetándose a la barandilla, deslizarse y posarse suavemente sobre mi culo. Apretito. Lo dejo. Me quedo quieta, mirando por la ventanilla cómo pasan los locales de ropa. Su mano comienza a moverse en círculos lentos, palpándome la nalga a través de la tela del vestido. Siento cómo se pone duro, su bulto creciendo y presionando contra el pliegue de mi trasero. Me frotuito contra él, apenas un poquito, una respuesta. Un sí.
—Mami... el tuyo ya te está tocando —dice Agustina, y no sé si es una pregunta o una afirmación.
—Sí, mi amor. Y qué lindo que es —le digo, mientras la mano del tipo se desliza un poco más abajo, buscando el centro, el calor de mi raja.
El pibe de la mochila, viendo que no hay reacción, se acerca más. Ahora está casi pegado a Agustina. Su mochila le sirve de excusa para apoyar una mano en la barandilla que está justo al lado de la cabeza de mi hija. Con la otra mano, se "ajusta" el pantalón, pero en el movimiento, el dorso de sus dedos roza el costado del pecho de Agustina. Ella inhala fuerte, un pequeño espasmo de placer. Su mano busca la mía y me la aprieta con fuerza.
—Lo sentí, mami. Me tocó la teta —susurra, y sus ojos tienen un brillo febril.
—Pedile más, Agus. Decile con el cuerpo que querés más —le guío.
Y ella lo hace. Se inclina un poco hacia adelante, como si mirara algo más allá, y en ese movimiento, su pecho roza la mano del pibe. Él no duda. Su mano abandona la barandilla y se posa, timorata, sobre su hombro. Luego desciende. Lentamente, con una lentitud agonizante, su mano se desliza por su espalda hasta llegar a su cintura. Se queda ahí un segundo, sintiendo la tela del vestido, el calor de su piel. Agustina está inmóvil, conteniendo la respiración.
La mano del tipo de traste a mis espaldas ya no tiene timidez. Se ha metido bajo la falda de mi vestido. Sus dedos exploran el borde de mi bombacha de encaje. Los siento temblar. Con un movimiento rápido, se la corre a un lado y sus dedos me tocan la concha. Directo. Sin vueltas. Un dedo me recorre la entrada, sintiendo mi humedad. Está goteando, no puedo evitarlo. El dedo se mete un poco, explorándome por dentro, mientras su pulgar busca y encuentra mi clitito. Lo aprieta, lo frota en círculos. Tengo que morderme el labio para no gritar.
—Mami... Dios, mami... —jadea Agustina a mi lado.
Miro hacia ella. El pibe de la mochila ya no tiene dudas. Su mano está bajo el vestido azul de mi hija, sobre su culo. La aprieta, la masajea, separa las nalgas y busca su culito con el dedo a través de la tela de la bombacha. Agustina está temblando, su cabeza apoyada en mi hombro. Su otra mano, la que no me aprieta, ha bajado y se la noto entre sus piernas, frotándose la concha por encima del vestido.
—¿Te gusta, mi amor? ¿Te gusta que el pibe te toque el culo? —le soplo al oído, mientras el tipo a mis espaldas mete otro dedo en mi concha y empieza a follarme con la mano, ahí, de pie, en medio de todo el mundo.
—Sí... sí, mami... es... es increíble —balbucea ella.
El colectivo frena en una parada. Sube más gente. La presión aumenta. Somos un sándwich de carne y deseo. El tipo que me ataca se anima más. Saco su pija. La siento, caliente y dura, contra mi nalga. La frota entre mis mejillas, mientras sigue metiéndome los dedos. El pibe de Agustina hace lo mismo. Saco su pija, que no es tan grande pero está durísima, y se la aprieta contra el culo de mi hija, moviendo la cadera suavemente.
Agustina se gira un poco hacia mí. Sus ojos verdes están vidriosos, perdidos en la lujuria. Nuestros rostros están a centímetros. Nuestros alientos se mezclan.
—Mami... yo... yo quiero... —no termina la frase. No hace falta.
La beso. No es un beso de madre a hija. Es un beso de cómplice, de amante. Nuestra lenguas se encuentran, se exploran, se muerden suavemente. Mientras beso a mi hija, el tipo de mi culo me corre la bombacha y me guía la pija hacia la entrada de mi concha. Con un embestida lenta y segura, se mete hasta adentro. Gimo en la boca de Agustina. Estoy siendo follada por un desconocido en un colectivo lleno de gente, mientras beso a mi hija que está siendo manoseada por otro pibe a su lado.
Agustina rompe el beso, jadeando. Mira hacia el pibe y le susurra algo que no oigo. El pibe tiembla, y con una mano, se corre la bombacha de mi hija hacia un lado. Agarro la pija de él con mi mano libre. Está caliente y pulsante. La guío. La apoyo en el culito de Agustina. No en la concha, en el otro agujero, el más prohibido. Ella se tensa un segundo, pero luego se relaja, empujando su trasero hacia atrás. El pibe entiende la orden. Con la punta, empieza a presionar. Agustina gime, un sonido bajo y animal, cuando la cabeza de su pija atraviesa el anillo de su culo y se mete un poco.
El colectivo vuelve a arrancar. El movimiento nos ayuda. El tipo que me está follando se mete más profundo, cada embistida me golpea contra la puerta. El pibe de Agustina, con cuidado, empieza a meter su pija en su culito, centímetro a centímetro. Agustina tiene los ojos cerrados, la boca abierta, lágrimas de puro placer corriendo por sus mejillas.
—Así... así... más fuerte... pibe... más fuerte... —suscurre ella, y el pibe obedece, empezando a follarla el culo con más fuerza, mientras su mano se mete bajo el vestido y le revuelve la concha con los dedos.
Estamos las tres, un solo cuerpo sudoroso y deseante. El tipo de mi culo acelera su ritmo, su respiración se vuelve agitada. Sé que está por venir.
—Venite, puto, venite dentro de mí —le susurro, y él obedece. Siento sus espasmos, el calor de su leche inundándome por dentro. Se queda un momento dentro de mí, vaciándose, luego se retira, me sube la bombacha y se aleja, desapareciendo en la multitud como si nada hubiera pasado.
El pibe de Agustina dura un poco más. La follada con más fuerza, su mano trabajando furiosamente su conchita. Agustina está a punto de explotar. Su cuerpo se tensa, sus pijas
***
El tipo se retiró, dejándome húmeda y temblando. Agustina, con los ojos vidriosos y el pelo pegado a la frente, se ajustó el vestido. Su culo debía dolerle, pero sonreía. Una sonrisa de pícara satisfecha.
—Mami... eso fue... —no pudo terminar.
—Sé, mi amor. Sé. Ahora vamos por más —le dije, tomándole la mano. Salimos del colectivo sintiendo las miradas de los hombres sobre nuestros cuerpos recién usados. La calle nunca se sintió tan excitante.
***
### **Situación 2: El Laberinto Caliente del Subte**
Una semana después, el desafío fue diferente. El subte. Más rápido, más anónimo, más peligroso. Nos vestimos con jean ajustadísimo y remeras sin sostén. Mis tetas y las de Agustina se marcaban, dos pares de tentaciones listas para ser devoradas.
Entramos en la Línea B en Lacroze a las siete de la tarde. Era una olla humana. Nos apretujamos para entrar, quedando atrapadas cerca de una de las puertas de conexión. El olor a sudor, perfume y a metal era un afrodisíaco.
A mi lado, un obrero con la remera manchada de grasa. No era joven, tendría como cincuenta. A sus espaldas, un chiquito de dieciocho, con cara de estudiante de primer año, que no me sacaba los ojos de encima. Atrás de Agustina, un tipo de saco y corbata, y al lado de él, un viejito calvo que le leía el diario sobre el hombro.
El tren arrancó con una sacudida. El movimiento nos tiró a todas juntas. La mano del obrero, que estaba en la barandilla, "resbaló" y fue a parar justo sobre mi culo. La dejó ahí. Fiera. No la moví. Al contrario, apreté un poco el culo contra su palma. Él entendió. Sus dedos comenzaron a masajearme la raja del jeans, buscando el centro, el calor. Sentía su aliento en mi cuello, olía a tabaco y a mañana.
—El viejo te quiere comer, mami —me susurró Agustina, riéndose bajo.
Miré al chiquito. Tenía los ojos como dos platos, fijos en mis tetas que se movían con el traqueteo del tren. Se le notaba el bulto creciendo en el jean, una tienda de campaña indecente. Le sonreí. Se puso colorado, pero no dejó de mirar.
El obrero se animó. Su mano se deslizó hacia adelante, por entre mis piernas, y me presionó la concha a través del jean. Empecé a moverme suavemente, frotándome contra su mano. El chiquito me vio, y su mano bajó a su propia entrepierna, se la ajustó sin vergüenza. Le hacía señas con los ojos, con la mirada, un "vení, animate". No se animó a más.
Agustina, meanwhile, tenía sus propios problemas. El tipo de saco y corbata a sus espaldas se había corrido un poco y con una astucia increíble, había sacado su pija del pantalón. Se la estaba frotando a escondidas contra el lindo culo de mi hija. Agustina lo sentía, y se le notaba. Se apoyaba contra él, con cada movimiento del tren, aceptando el roce caliente y duro. El viejito del diario, que lo veía todo por encima del hombro del tipo, le sonreía a Agustina con una dentadura postiza. Y Agustina le sonreía de vuelta.
—Mami, el de saco ya la sacó —me dijo, con una voz que era pura joda y pura excitación.
—Decile que la meta, Agus. Decile con el culo —le ordené.
Y ella lo hizo. Con una sacudida del tren, se "resbaló" y apoyó toda su espalda y su culo contra el tipo. Él aprovechó. Con una mano, se corrió el jean y la bombacha de Agustina a un costado. Con la otra, guio su pija. La vi entrar, un poco, desaparecer en el culo de mi hija. Agustina gimió bajo, un sonido que se perdió en el ruido del tren.
El obrero que me tocaba, al ver eso, se pieron los pantalones. Saco su pija, gorda y oscura, con unas venas marcadas. Me la frotó contra mi raja. Con la otra mano, desabrochó mi jean y me metió la mano adentro, sin bombacha de por medio. Sus dedos ásperos me encontraron la concha mojada y me metió dos dedos de golpe. Casi me vengo ahí mismo.
—La puta de tu hija —me sopló al oído el obrero—. Qué culito tiene.
—Y vos qué pija tenés, macho —le respondí, mientras me revolvía los dedos adentro.
El tren se acercaba a la estación Pueyrredón. La gente empezaba a moverse para bajarse. El tipo que le estaba rompiendo el culo a Agustina apuró el ritmo. Le daba unos embistes cortos y secos, mientras apretaba su cara contra el pelo de mi hija. Con un gruñido sordo, se vino. Agustina sintió el calor, y se apoyó contra la puerta, temblando.
El obrero me miró. —Venite, vieja, dame tu leche.
Agustina, recuperándose, se giró. Vio la escena: yo, con la mano del obrero en mi concha y su pija en mi mano. Sin dudarlo, se agachó un poco, se giró y le metió la cara al pibe. Le chupó la pija con una avidez que me dejó sin aliento. El obrero no aguantó. Con un insulto, se vino en la boca de mi hija. Agustina se tragó todo, y luego se levantó, limpiándose la comisura del labio con el dorso de la mano, sonriendéndole al tipo de saco y corbata, que la miraba con una mezcla de asombro y lujuria.
Nos bajamos en esa estación, dejando un rastro de desorden y perfume a sexo. El aire de la plataforma nunca nos sintió tan libres.
***
### **Situación 3: La Confesión en el Parque**
El último escenario fue más tranquilo, pero no menos intenso. Un parque en Belgrano, cerca de la barranca. Nos sentamos en un banco alejado, a la tarde, cuando ya había menos gente. La idea era hablar, recapitular. Pero la excitación estaba en el aire.
—Mami, yo no puedo creer lo que estamos haciendo —dijo Agustina, recostada en mi hombro—. Siento que estoy quemando etapas.
—No estás quemando nada, mi amor. Estás viviendo. Estás sintiendo. Tu cuerpo es tuyo y te pide esto —le dije, pasándole la mano por el pelo.
Mientras hablábamos, un hombre que paseaba a su perro se nos acercó. No era joven, tendría sesenta y tantos, pero bien conservado. Nos miró con una intensidad que nos calzó. Se detuvo cerca del banco, como si el perro se hubiera interesado en un árbol. Sus ojos no se apartaban de nuestras piernas, que teníamos estiradas.
—Mirá, mami, nos está mirando el abuelo —dijo Agustina, con media sonrisa.
—Y qué buen abuelo tiene, ¿no? —respondí.
El hombre, animado por nuestra sonrisa cómplice, se acercó más.
—Buenas tardes, disculpen... ¿tienen fuego? —preguntó, con una voz ronca y seductora.
—Más que fuego, abuelo —dije, y me levanté. Me paré frente a él, muy cerca—. Buscamos algo más caliente.
Agustina se rió. El hombre me miró, sorprendido, pero su mirada se oscureció de deseo. Agustina se levantó también y se paró al otro lado del hombre. Estábamos las dos, acorralándolo contra el árbol.
—¿Y qué podrían buscar dos hermosas jóvenes como ustedes? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Agustina le puso una mano en el pecho. —Experiencia —dijo.
Mi mano bajó, directamente a la entrepierna de su pantalón. Sentí su pija, dura ya, palpitante. La apreté.
***
### **Situación 3: El Parque y el Abuelo Intrigado**
El parque de Belgrano a esa hora era un remanso de paz, casi demasiado tranquilo después de nuestros encuentros en el transporte. Nos sentamos en un banco de madera, lejos de los caminos principales, con vista al río. El sol de la tarde teñía todo de un naranja perezoso.
—Mami, estoy pensando —dijo Agustina, tirando briznas de pasto—. ¿Esto siempre es... tan buscado? A veces parece que los tipos nos huelen de lejos.
—No es que nos huelan, mi amor. Es que dejamos que nos miren. Hay una diferencia. Caminamos como si nadie existiera, pero al mismo tiempo, sabemos que cada paso que damos es un espectáculo para quien quiera ver. No lo buscamos, pero no lo evitamos. Lo permitimos.
Mientras hablaba, un hombre se acercaba por el sendero de ripio. No era un joven. Llevaba un polo de tennis, bien cortado, y un pantalón beige. Sus zapatos estaban impecables. Tenía el pelo canoso, cortado al rape, y una cara que debió ser guapa en su juventud, ahora marcada por líneas de expresión amables. Caminaba con un perro salchicha que se detenía a olfatear cada hoja. Nos vio. Y su paso se frenó una fracción de segundo. No era una mirada grosera, era de apreciación. De curiosidad.
Se detuvo a unos metros de nosotros, pretendiendo que su perro estaba muy interesado en el árbol que nos daba sombra. Su mirada, sin embargo, viajaba desde mis piernas cruzadas hasta las de Agustina, que tenía estiradas, mostrando lo largo y firme de sus muslos.
—Mirá, mami... el admirador —susurró Agustina, con una sonrisita pícara.
—Es un tipo de buen ver —respondí, sin bajar la voz—. Parece que le gusta el arte.
El hombre nos escuchó. Una sonrisa se dibujó en su cara. Se acercó un poco más.
—Buenas tardes —dijo, con una voz bien modulada—. Disculpen la intromisión, pero su conversación es... intrigante.
—No te preocupes, abuelo, somos bastante abiertas —dijo Agustina, y se recostó hacia atrás, arqueando la espalda de una forma que sus tetas se pusieron de relieve.
El hombre tragó saliva. —No soy abuelo... todavía. Pero me gusta el espíritu.
—¿Y qué es lo que te gusta tanto? —pregunté yo, cruzando y descruzando las piernas lentamente.
Su mirada se clavó en mis muslos. —La belleza. La juventud. La audacia.
—Si te gusta la audacia, te vamos a gustar —dije, y me levanté. Caminé hasta él, me detuve a un paso de distancia. Cercana, pero sin tocarlo—. ¿Qué es lo que realmente querías decirnos cuando te detuviste?
Me miró a los ojos, luego a mi boca, luego a mi escote. —Quería decirles que son dos de las mujeres más hermosas que he visto en mucho tiempo. Y que me gustaría... conocerlas.
—Conocernos —repitió Agustina, acercándose también y poniéndose a su otro lado. Ahora lo teníamos acorralado—. ¿Y qué significa "conocernos"?
El hombre respiró hondo. Sentía su olor, a loción de afeitado carísima y a clean. —Significa... sentarse con ustedes. Hablar. Tal vez... tocar.
—Tocar —dije, y mi mano subió, lentamente, y le toqué el pecho, sobre el polo. Sentí su corazón acelerarse—. ¿Acá?
—Más abajo —susurró él.
La mano de Agustina fue más directa. Bajó y se posó sobre su bulto, que ya era notable a través del pantalón beige. Lo apretó. Él cerró los ojos y exhaló.
—Uhh... sí... ahí —dijo.
—No acá, en el medio del parque, abuelo —dijo Agustina, retirando la mano pero dejando la promesa en el aire—. Somos señoras.
Nos reímos. Él también, un poco nervioso.
—Tengo razón —dijo—. Perdónmeme. Es que... ustedes dos juntas son... abrumadoras.
—Entonces vení cuando no estemos juntas —dije, y le metí un papelito en el bolsillo del pantalón, al mismo tiempo que le rozaba la pija con el dorso de mis dedos—. Llamanos. Solas. O juntas. Pero en un lugar más... privado.
Me dio las gracias con la mirada. Llamó a su perro y se fue, caminando un poco más tieso de lo que había llegado. Nosotras nos quedamos en el banco, riéndonos.
—Mami, sos una fiera —dijo Agustina, dándome un beso en la mejilla—. Me estás enseñando todo.
—Te estoy enseñando a vivir, mi amor. A tomar lo que querés.
***
### **La Orgía Final: El Descampado y la Herencia**
La llamada del "abuelo", como lo empezamos a llamar, llegó dos días después. No era para una cita a solas. Era para algo mucho más grande.
—Tengo unos amigos —nos dijo por teléfono—. Son un poco... mayores. Como yo. Y tienen a sus nietos de visita. Les conté... sobre ustedes. Les picó la curiosidad. Quieren conocerlas.
Agustina y yo nos miramos. Esto era otro nivel. Otro planeta.
—¿Dónde? —pregunté.
—Tengo una quinta en Pilar. Hay un descampado atrás, con un galpón viejo. Nadie molesta. Podemos... hacer un asado. Y ver qué pasa.
—Qué edad tienen los nietos —pregunté, la pregunta clave.
—Doce y trece. Curiosos. Muy curiosos.
El asado era la excusa. La carne cocinándose, el olor a leña, el vino corriendo. Éramos ocho. El abuelo, que se presentó como Roberto. Sus dos amigos, Carlos y Alberto, dos viejos verdes de sesenta y tantos que no nos quitaban los ojos de encima. Y los nietos: Facundo, de trece, con cara de travieso y un cuerpo que ya empezaba a definirse, y Julian, de doce, más tímido, con los ojos grandes y asustados.
Nosotras habíamos ido con minifaldas y botas. Un espectáculo.
El vino hizo su trabajo. La charla se fue poniendo más cargada, las miradas más atrevidas. Roberto, el anfitrión, se acercó a mí.
—Sofía... vos sos una provocación. Un peligro.
—Y vos, Roberto, un viejo que todavía sabe lo que quiere —respondí, y lo besé. Un beso lento, de lengua, delante de todos.
Eso rompió el hielo. Carlos se acercó a Agustina y le empezó a acariciar el pelo. Alberto se sentó a mi lado y su mano subió por mi muslo. Los pibes nos miraban, sin saber si reírse, huir o quedarse.
—¿Qué pasa, chicos? ¿Nunca vieron una mujer? —les gritó Agustina, riéndose. Se paró, se quitó la remera. Sus tetas, perfectas, con pezones rosados y duros, quedaron al aire. Facundo se tragó la saliva. Julian se puso rojo hasta las orejas.
—Vengan, pibes, no sean tímidos —dije yo, y me saqué la remera también—. Vengan a aprender.
Roberto me tomó de la cintura y me besó de nuevo, sus manos me agarraron las tetas, apretándolas, masajeándome. Alberto se arrodilló frente a mí y empezó a subirme la falda con los dientes. Agustina, mientras tanto, estaba en las manos de Carlos, que le mordisqueaba el cuello mientras le metía una mano por el escote de la minifalda.
Los pibes seguían paralizados.
—¡Facundo, Julian, vení acá, putos! —gritó Roberto, entre besos—. ¡Vení a romper estas conchas!
Esa orden los liberó. Se acercaron, como dos corderitos al matadero. Facundo se fue derecho hacia Agustina. Julian, el tímido, se quedó mirándome a mí.
—¿Qué querés, pibe? —le pregunté a Julian, con una sonrisa que debía parecerle de bruja malvada—. ¿Vos o tu hermano el que me rompe la concha?
Julian, con los ojos como platos, solo atinó a señalarme con el dedo tembloroso. —Yo... yo quiero, señora.
—No me digas "señora", pibe. Decime Sofía. Y vení a probarme —le ordené, abriendo más las piernas.
Alberto, que ya me había corrido la bombacha con los dientes, me hundió la cara en mi concha. Su lengua, vieja pero experta, me recorrió toda la rajita. Me agarré de su pelo canoso, mientras miraba a Julian acercarse.
Facundo ya estaba en plena acción con Agustina. Mi hija, con una audacia que me llenaba de orgullo, lo tenía tirado en el pasto. Le había sacado la pija del pantalón, una cosa sorprendentemente gruesa para su edad, y se la estaba comiendo entera. Carlos, el otro viejo, se había arrodillado detrás de ella y le metía la cara en el culo, lamiéndole el culito mientras ella chupaba.
—Así, pibe, meté toda esa pija en la boca —le gemía Agustina, sacándosela para pasarle la lengua por la cabeza y volvérsela a meter hasta las pelotas—. Chupame las bolas también.
Mientras tanto, Julian llegó a mi lado. Se arrodilló, tímido, viendo cómo Alberto me comía la concha.
—Meté los dedos, pibe, no seas gil —le ordené—. Sentí qué caliente que está.
Julian metió una mano temblorosa. Su dedo me entró, torpe pero efectivo. Sentí su dedo explorándome por dentro. Lo guíe con mi mano.
—Así, movelo. Busca el hilito. Dale, encontralo.
Cuando lo encontró, mi cuerpo se arqueó. Un gemido largo escapó de mi garganta. Alberto levantó la cara, sonriendo, con la cara brillante de mi jugo.
—Ya la tenés calentada, pibe. Ahora probala vos —dijo, y le cedió el lugar.
Julian, con los ojos inyectados de sangre, se tiró sobre mí. Su boca era torpe, su lengua desesperada. Mordisqueaba, lamía, sin un ritmo claro. Pero la crudeza, la inexperiencia, era lo que me excitaba. Era un cachorro aprendiendo a cazar.
—Sí, pibe, así, comeme toda —le susurré, apretando su cabeza contra mi concha—. Meteme la lengua, metela toda.
Roberto, mi anfitrión, ya se había sacado toda la ropa. Su pija, larga y delgada, estaba dura como un hierro. Se acercó a mi cabeza, me la frotó en los labios.
—Abrí, Sofía, probá la herencia de los viejos.
La abrí. La metí toda. Era deliciosa. La chupé con ganas, sintiendo su sabor a hombre y a vino. Mientras lo chupaba, Julian se animó a más. Se subió sobre mí, apoyó su pija, más cortita que la de su primo pero igual de dura, en la entrada de mi concha.
—Metela, pibe, rompeme esa concha —gimió Roberto, mientras me follaba la boca—. Dale, venite adentro.
Julian, con un grito ahogado, me la metió de un solo embiste. Casi me vengo en ese instante. Era tan joven, tan torpe, tan salvaje. Empezó a moverse, a ritmo de conejo, rápido y sin control. Cada embistida me golpeaba el fondo, me hacía gritar sobre la pija de Roberto.
A mi lado, la escena era igual de salvaje. Facundo ya le estaba rompiendo el culo a Agustina. Mi hija estaba a cuatro patas, con el culo en el aire, recibiendo la pija de su primo por detrás mientras Carlos se la metía en la boca por el frente. Agustina era un sándwich de carne joven, y la disfrutaba como una diosa. Gritaba, pedía más, más duro, más profundo.
—¡Así, putos, follarme las dos! ¡Usenme! ¡Soy su perra! —gritaba, entre gemidos y ahogos.
El galpón entero era una sinfonía de gritos, gemidos, insultos y el sonido de los cuerpos chocando. El olor a sexo, a sudor, a vino y a tierra húmeda era embriagador.
Julian no duró mucho. Con unos espasmos que parecían convulsiones, se vino dentro de mí. Sentí su leche caliente inundándome. Se cayó a mi lado, jadeando, sin poder creer lo que había hecho.
Roberto se retiró de mi boca. —Mi turno —dijo, y me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas, al lado de mi hija. Me guio su pija hacia mi culo. —Acá lo quiero, Sofía. Dame el culo.
—Metela, viejo, metela toda —le supliqué.
Con un lento avance que me partió en dos, Roberto me rompió el culo. Mientras lo hacía, Alberto, el otro viejo, se acercó y me metió la pija en la concha. Ahora tenía dos pijas dentro mío, dos viejos follándome los dos agujeros a la vez. El placer era tan intenso que casi me desmayo.
Agustina, viéndome, se inspiró. —¡Yo también! ¡Quiero dos!
Facundo, que ya se había venido en su culo, se retiró. Carlos se la metió en la concha, y Facundo, sin perder tiempo, se la metió en la boca. Mi hija, con catorce años, estaba siendo usada por tres hombres, y pedía más.
El orgasmo me golpeó como una ola. Un grito animal salió de mi garganta mientras mi cuerpo temblaba, sacudido por las pijas de Roberto y Alberto. Los dos viejos me vinieron casi al mismo tiempo, llenándome por ambos lados con su leche caliente.
Nos quedamos así, un montón de cuerpos sudorosos y satisfechos, tirados en el pasto del galpón. El sol se estaba poniendo, tiñéndolo todo de rojo. Agustina se acurrucó a mi lado, sucia, feliz, con los ojos brillantes.
—Mami —me susurró—. Esto fue mejor que el colectivo.
La abracé, besándola en la frente, saboreando el sabor a sexo y a pibes en su piel.
—Te lo prometí, mi amor —le respondí—. Esto es solo el principio.
***
El viaje de vuelta en el Fiat de Roberto fue silencioso, pero un silencio lleno. Lleno de olores, de sabores, de la sensación de la tierra húmeda y la leche ajena secándose en nuestra piel. Agustina dormitó apoyada en mi hombro, con una sonrisita tonta de satisfacción dibujada en los labios. Yo estaba despierta, mirando las luces de la ruta, sintiendo un ardor agradable en mi culo y en mi concha, un recordatorio de la tarde. La vida, de repente, tenía un sabor que había olvidado: a saliva, a semen, a pecado.
Llegamos a nuestro departamento a eso de las nueve de la noche. La primera cosa que hicimos fue ducharnos. Juntas. Nos despojamos de esa ropa manchada de pasto y de transpiración, y nos metimos bajo el agua caliente. Nos lavamos la una a la otra. Mis manos recorrieron su cuerpo joven, firme, limpiando cada rincón, cada pliegue. Le lavé el pelo, masajeándole el cuero cabelludo. Ella me hizo lo mismo. No había sexo en esa ducha, había algo más. Ceremonia. Purificación. Estábamos limpiándonos del pecado para poder volver a pecar.
Salimos, nos secamos con toallas grandes y suaves. Nos pusimos batas de algodón. El aroma a jabón y a mi hija se mezclaba en el aire del pasillo.
—Vení a mi cuarto, mami —dijo Agustina, tomándome de la mano—. Tenemos que planear la próxima.
Su cuarto era un santuario de adolescente. Pósters de bandas que no conocía, libros tirados por todos lados, un perfume a dulce de leche y a perfume barato. Me senté en su cama, ella se tiró boca arriba, con la cabeza en mis piernas, mirándome con esos ojos verdes que ahora guardaban un universo de secretos compartidos.
—Mami, eso fue... —empezó a decir, y se calló.
—Eso fue vivir, mi amor —terminé por ella, pasándole los dedos por el pelo—. Ahora, qué hacemos. ¿Otra vez el colectivo? ¿O subimos de nivel?
—Subamos —dijo ella, sin dudarlo—. El subte. Pero... quiero que sea diferente. Quiero que sea un espectáculo.
Me sonreí. Mi hija, mi alumna, ya superaba a la maestra.
—Un espectáculo, eh? ¿Y cómo hacemos un espectáculo en el subte, mi amor?
—Con la ropa, mami. La ropa es todo. Tenemos que vestirnos para que se nos caiga la baba a todo el mundo. Tenemos que ir como si fuéramos a cazar.
Me levanté, fui a mi ropero y volví con dos bolsas de papel. Las puse sobre la cama de Agustina.
—Pensé lo mismo, mi amor. Empecé a comprar algunas cositas.
Saqué la primera prenda. Un vestido. No era un vestido, era una tira de tela negra, brillante. Lycra. Cortísimo, apenas cubría el culo. Tenía un escote tan profundo que si me agachaba, se me caían las tetas. Era ajustadísimo, se me pegaría al cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva, cada pliegue.
—Mirá esto —le dije, tendiéndoselo—. Imagínatelo en el subte, a la hora del calor. Apretadas contra la puerta. Cualquier movimiento y se nos sube hasta la concha.
Agustina lo tomó, lo estiró. Se rio. —Es una provocación andante, mami. Me encanta.
Saqué la segunda opción. Esto era otra cosa. Un uniforme. Un uniforme de colegio, pero uno de mis pesadillas húmedas. Una blusa blanca, de tela finísima, casi transparente, con el cuello y puños de tipo Peter Pan. Una pollera escocesa, pero cortísima, pliegues diminutos, que apenas llegaría a mitad de muslo. Y para rematar, unas medias blancas, que llegaban hasta el muslo, con una liga de encaje, y unos zapatos negros de taco, con hebilla.
—Y esto... —dije, sosteniendo el conjunto—. Esto es para la otra versión. La colegiala inocente que se deja corromper. La blusa sin sostén, para que se vea el color y la forma de tus pechos. La pollera para que cuando te subas al colectivo o al subte, todo el mundo vea el color de tu bombacha. Las medias... las medias son una invitación a desgarrarlas.
Agustina se sentó, con los ojos muy abiertos. —Ponémelos, mami. Por favor. Quiero probármelos. Quiero que me vistas.
Me arrodillé frente a ella. Primero, la blusa. Le desabroché la bata, sus tetas se erguieron, dos pezones perfectos. Le pasé la blusa por los brazos, la cerré. La tela era tan fina que sus pezones se marcaban, dos puntitos rosados oscuros. Era obsceno y divino.
Después la pollera. Se la subí por las piernas, lentamente, sintiendo la suavidad de su piel. Se la ajusté a la cintura. El borde de la tela quedaba a escasos centímetros de su concha.
—Girate —le ordené.
Lo hizo. La pollera era tan corta que al girarse, se le vio un cacho de culo, redondo y firme.
—Ahora las medias —dije, mi voz ya era un susurro ronco.
Desenrollé una de las medias blancas. Tomé su pie, se lo besé en el empeine. Se estremeció. Fui deslizando la media, lentamente, por su tobillo, su pantorrilla, su rodilla, hasta que el borde de encaje llegó a la mitad de su muslo. Hice lo mismo con la otra pierna. Mis manos rozaban su piel, deliberadamente, sintiendo su calor. Mis dedos se detenían un segundo más de la cuenta en la parte interna de sus muslos.
Por último, los zapatos. Se los puse, le abroché las hebillas. Ahora estaba completa. Una colegiala de revista para hombres, una fantasía de carne y hueso en el cuarto de mi hija.
—Parate —le ordené.
Se puso de pie frente a mí. Era perfecta. Divina. Prohibida.
—Mirate en el espejo, Agus —le dije.
Fue hasta el espejo de la puerta de su ropero. Se miró largo rato. Se pasó las manos por la pollera, por sus muslos. Se tocó los pechos a través de la blusa transparente.
—Soy otra, mami —dijo, sin mirarme—. Soy lo que ellos quieren.
Me levanté y me paré detrás de ella. Nuestros reflejos nos miraban. Mi mano subió, lentamente, y se posó en su hombro. La sentí temblar.
—Sos lo que yo quiero, mi amor —le susurré al oído.
Mi mano descendió. Por su espalda, hasta la cintura. Luego subió por su costado, hasta el costado de su teta. La apreté. Suave. Agustina apoyó su cabeza hacia atrás, contra mi hombro, y cerró los ojos. Mi mano se deslizó hacia adelante, hasta encontrar su pezón, duro a través de la tela fina. Lo pellizqué. Un gemido bajo escapó de sus labios.
La otra mano la bajé, por su abdomen, hasta el borde de la pollera. La metí por debajo. Mis dedos encontraron el calor de su concha, a través de la bombacha. Estaba mojada. Se la corrí a un lado. Mis dedos se deslizaron entre sus labios, sintiendo su humedad, su calor. Encontré su clitito, duro como un guijarro, y empecé a frotarlo, en círculos lentos.
—Mami... —suscurre—. Mami, eso...
—Callate, mi amor. Disfrutá. Sentí —le soplé al oído, mientras la follaba con los dedos, ahí, de pie, frente al espejo, vestida de colegiala inocente.
Mi otra mano seguía torturándole la teta. Mi hija se abandonó en mis brazos, su cuerpo temblando, su respiración agitada. La miraba en el espejo, su cara de placer, su boca abierta. Mis dedos dentro de mi hija.
Mi hija gimió, un sonido largo y tembloroso que se perdió en el silencio de su cuarto. Sus piernas empezaron a flaquear. La sostuve con mi cuerpo, mis pechos apretados contra su espalda. En el espejo, veía mi reflejo, una depredadora con una sonrisa satisfecha, y el suyo, una presa dispuesta a ser devorada.
—Así, mi amor, dejate ir —le soplé al oído, mi voz un ronroneo bajo y áspero—. Sentilo todo. Sentí cómo tu mamá te pone caliente.
Mis dedos trabajaban su concha con una precisión que solo una mujer puede tener. No la apuraba. La llevaba al borde, la mantenía ahí, suspendida en el éxtasis, para luego bajarla un poco y volver a subirla, más alta cada vez. Mi otra mano había abandonado su teta y ahora le apretaba el culo, por encima de la pollera escocesa, sintiendo la firmeza de su carne joven.
—Mami... por favor... no pares... te ruego... —balbuceó, su cabeza completamente recostada en mi hombro, rendida.
Y entonces se vino. No fue un grito, fue un espasmo. Un temblor que sacudió todo su cuerpo, desde la punta de sus pies hasta el último pelo de su cabeza. Sus piernas se cerraron con fuerza sobre mi mano, atrapándola, mientras una ola de calor y humedad la inundaba. Se quedó así, temblando, jadeando, durante un largo minuto. Cuando se relajó, casi se me cae. La giré y la senté en el borde de la cama.
Me arrodillé frente a ella. Su cara estaba encendida, sus ojos verdes brillantes y vidriosos. Le pasé el pulgar por el labio inferior, húmedo y tembloroso.
—¿Estás bien, mi amor? —pregunté, mi voz suave.
Asintió, sin palabras. Sonrió. Una sonrisa pícara, de complicidad total.
—Ahora te toca a vos, mami —dijo, y me empujó suavemente hacia atrás, hasta que quedé tirada en la cama.
Se paró frente a mí. Me miró de arriba abajo, como una artista que va a esculpir su obra. Me desabroché la bata y la abrió, dejando mi cuerpo al descubierto. Ella se arrodilló entre mis piernas.
—Vos te vestís a mí, ahora yo te visto a vos —dijo, y tomó el vestido negro, la tira de lycra.
Me lo pasó por la cabeza. Lo estiró para que me cubriera el cuerpo. La tela me pegó como una segunda piel, fría y resbaladiza. Se ajustó a mis tetas, a mi cintura, a mis caderas. El escote era tan profundo que mis pechos casi se salían. El dobladillo inferior apenas me cubría el culo.
—Perfecta —dijo Agustina, su voz cargada de deseo—. Sos una perra de lujo, mami.
Se inclinó y me besó la boca, una lengua larga y profunda que me robó el aliento. Su mano me subió el dobladillo del vestido, hasta la cintura. Sus dedos me exploraron, encontrándome lista, húmeda, ardiente.
—Te voy a comer toda, mami —susurró, y bajó su cabeza hacia mi concha.
Su lengua era torpe pero entusiasta. Lamía, mordisqueaba, chupaba con una avidez que me hacía estremecer. Le agarré el pelo, empujándola contra mí, guíandola, enseñándole cómo me gustaba.
—Así, mi amor, así... chupame el clitito... meteme los dedos... dame todo —le gemía, mientras mi cadera se movía al ritmo de su lengua.
Agustina me metió dos dedos, empezando a follarme con la mano mientras me comía la concha. El espejo de su ropero nos devolvía la imagen: yo, con ese vestido de puta, con las piernas abiertas, y mi hija de catorce años, vestida de colegiala, arrodillada entre mis piernas, comiéndome la concha como si fuera su última comida.
El orgasmo me golpeó como un tren en movimiento. Un grito salvaje, animal, que debió oírse en todo el piso. Mi cuerpo se arqueó, mis piernas se cerraron sobre la cabeza de mi hija, atrapándola mientras el placer me consumía, me aniquilaba, me renacía.
Cuando volví en mí, Agustina estaba acostada a mi lado, con la cabeza en mi pecho. Ambas estábamos sucias, sudorosas, agotadas y felices.
—Mami —dijo ella, después de un largo silencio—. ¿Cuándo lo hacemos? ¿Cuándo nos vestimos así y vamos al subte?
La besé en la frente, saboreando el sabor a mi propia concha en sus labios.
—Mañana, mi amor. Mañana a la mañana. Vamos a cazar.
***
El sol de la mañana se coló por la persiana de mi cuarto, una raya de luz que me despertó antes de que sonara el alarm. Me sentí liviana, energizada. A mi lado, Agustina dormía profundamente, con la boca entreabierta y un mechón de pelo castaño sobre la cara. Durante la noche, se había arrimado a mí, buscando mi calor. La observé. Mi hija. Mi cómplice. Mi obra de arte.
La besé en la frente, muy suave, para no despertarla. Me levanté, me puse la bata y fui a la cocina a preparar unos cafés. Cuando volví con dos tazas humeantes, Agustina se estaba estirando en la cama, como una gata. Me sonrió.
—Buenos días, mi amor —le dije, entregándole el café—. ¿Soñaste con pendejos de uniforme?
Se rio, un sonido ronco y recién despertado. —Soñé con el subte, mami. Con que se nos caía la baba a todos.
—Bueno, vamos a hacer realidad ese sueño. Terminá el café y duchate. Hoy nos arreglamos como corresponde.
Mientras ella se duchaba, preparé el atuendo. Sobre mi cama, extendí las dos opciones. La mía: el vestido negro de lycra, casi indecente. La de ella: el uniforme de colegiala pecadora. Agregué un detalle más para mí: unas botas de cuero negro con taco aguja y hebilla de plata. Para ella, las mismas medias blancas del día anterior y unos zapatos negros de estilo Mary Jane, con un taco grueso y un poco de plataforma, para que sus piernas se vieran aún más largas y firmes.
Cuando Agustina salió de la ducha, envuelta en una toalla, se detuvo en la puerta de mi cuarto, mirando la ropa extendida sobre la cama.
—Dios, mami... Parece que vamos a una fiesta de putas —dijo, pero sus ojos brillaban de emoción.
—Somos las putas de la fiesta, mi amor. Y hoy, el subte es nuestro salón. Vení, que te vista.
La senté en el borde de mi cama. Primero, la bombacha. Un tanga negro de encaje, apenas un hilo. Se la deslicé por sus piernas, mis dedos rozando su piel. Después, la blusa blanca, transparente. Le pasé los brazos, se la cerré. Sus pechos se marcaban perfectamente, dos pezones oscuros invitando a ser mordidos.
La pollera escocesa vino después. Se la subí, ajustándola a su cintura. El borde inferior quedaba a un dedo de la concha. Si se agachaba, se le vería todo.
—Girate —le ordené.
Lo hizo. El efecto era devastador. Era la fantasía de cualquier viejo verde.
—Ahora las medias —dije, mi voz ya ronca de deseo.
Desenrollé las medias blancas, con el liga de encaje. Se las puse, una por una, despacio, sintiendo la piel de sus muslos. Mis manos se demoraban, mis dedos trazaban círculos en la parte interna de sus piernas. Agustina jadeaba, su respiración se agitaba.
Por último, los zapatos. Se los puse, le abroché las hebillas. Estaba lista. Una obra de arte de catorce años, lista para ser admirada, deseada y usada.
—Ahora yo —dije, y me paré frente a ella.
Me quité la bata. Agustina me miró, con los ojos muy abiertos. Me puse el vestido negro. La lycra se me pegó al cuerpo como una pintura. Mis tetas, mi cintura, mis caderas, mi culo, todo estaba a la vista. Me puse las botas. Quedé alta, poderosa, peligrosa.
—Listas, perras —dije, y nos reímos las dos.
***
El trayecto en colectivo hasta la estación de subte ya era un preludio. Entramos y todos los ojos se fijaron en nosotras. Un viejo sentado cerca de la puerta se nos quedó mirando con la boca abierta, como si hubiera visto un fantasma. Un pibe de veinte años que estaba de pie nos midió de arriba abajo, y se le notó el bulto crecer en el jean. Agustina lo notó y le sonrió, una sonrisa de inocencia rota. El pibe se puso colorado, pero no dejó de mirar.
Nos bajamos en la estación Constitución. El subte de la mañana es un infierno de gente apurada, de olores a café y a perfume barato, de rostros cansados. Nosotras éramos una explosión de color y de deseo en medio de la monotonería.
Bajamos a la plataforma de la Línea C. Ya había un montón de gente esperando. Nos paramos cerca de donde iban a abrir las puertas, en el medio del grupo. A mi lado, un empleado de treinta y tantos, con la camisa de la empresa manchada, nos miraba de reojo. Atrás de Agustina, un pibe de mochila, no tendría más de diecisiete, que la devoraba con los ojos. Un poco más lejos, un viejito de saco y corbata, con el diario doblado bajo el brazo, nos observaba con una calma glaciar. Y al otro lado, un grupo de tres pendejos de quince, dieciséis años, que se reían y nos señalaban, como si no creyeran lo que veían.
Llegó el tren. Las puertas se abrieron. Fue una avalancha. Nos dejamos llevar, nos dejamos empujar hasta el centro del vagón. Apretadas. Perfectas.
A mi lado, el empleado. Su brazo "rozó" mi culo. Se quedó ahí. Apreté mi nalga contra su mano. Él entendió. Su mano empezó a moverse, lenta, palpándome la raja a través de la lycra del vestido. Sentía su calor, su deseo.
Agustina, meanwhile, ya tenía su propio admirador. El pibe de la mochila se había pegado a su espalda. Su mano, con una astucia de lobo joven, se deslizó y fue a parar justo sobre el culo de mi hija, sobre la pollera escocesa. Agustina no se movió. Al contrario, se recostó un poco más contra él, invitándolo.
El viejito de saco y corbata nos miraba todo, desde cierta distancia, con una sonrisa de entendimiento. Era un espectador, un crítico de arte que apreciaba la obra en vivo.
El grupo de pendejos nos rodeaba, formando un círculo. Nos miraban, se reían, se pasaban comentarios entre ellos que no oíamos, pero que imaginábamos. "Mirá las putitas", "Qué culo la vieja", "La mina en tanga es para rompérsela".
El empleado a mi lado se animó más. Su mano se deslizó hacia adelante, por entre mis piernas, y me apretó la concha a través de la tela. Yo me moví suavemente, frotándome contra su mano, sintiendo su pija dura contra mi nalga.
—Mami... el pibe me metió la mano bajo la pollera —me susurró Agustina, con la voz vibrante—. Me está tocando el culo por encima de la bombacha.
—Decile que la saque, mi amor. Decile que quiere sentir tu piel —le respondí, mientras la mano del empleado ya me había corrido el vestido y me metía un dedo en la concha, sin bombacha de por medio.
Agustina le susurró algo al oído al pibe. Él tembló. Su mano salió de debajo de la pollera, y con una torpeza excitante, se metió por la cintura. Bajó la bombacha de mi hija hasta mitad de muslo. Su mano desnuda volvió a su culo. Agustina gimió bajo.
Uno de los pendejos del grupo se acercó más. Un morocho, con cara de malo. Se paró frente a Agustina, muy cerca, y con un movimiento rápido, le metió la mano entre las piernas, por delante. Agustina saltó, sorprendida, pero no se apartó. El pibe le revolvía la concha por encima de la bombacha, mientras el de la mochila le manoseaba el culo por detrás. Mi hija estaba siendo atacada por dos frentes, y la disfrutaba.
***
El viejo de saco y corbata ya no podía más. Se abrió paso a través de la multitud, con una autoridad que nadie se atrevió a cuestionar. Se paró detrás de mí. Sentí su aliento en mi nuca, olía a mentol y a poder.
—Perdónenme, señoras —dijo, con una voz firme que solo nosotros oímos—. Creo que este espectáculo merece un escenario más privado.
Sus manos me agarraron la cintura. Su pija, dura y prominente, se apretó contra mi culo. No era una sugerencia, era una orden.
El tren se detuvo en la estación Independencia. Antes de que las puertas se abrieran, el viejo nos guio a mí y a Agustina hacia la salida. Los pibes que nos estaban manoseando nos miraron, con cara de no entender, pero no se movieron. El viejo tenía un aura de mando que los paralizó. El empleado se quedó en el vagón, con la mano vacía y una expresión de frustración.
Bajamos las escaleras, salimos a la calle. El viejo nos llevó por una cuadra, hasta un baldío. Un terreno baldío, con yuyos altos, escombros y un olor a orín y a abandono. Era perfecto. Era nuestro altar.
Nos adentramos hasta que un muro de ladrillos rotos nos ocultó de la calle. El viejo se detuvo, nos miró con una intensidad que me calzó los pantalones.
—Aquí —dijo—. Aquí vamos a terminar lo que empezaron.
No estaba solo. Del fondo del baldío, salieron dos figuras. Dos viejos de la calle, sucios, con barbas descuidadas y ropas harapientas. Uno era flaco, de ojos inyectados en sangre. El otro era bajito y gordito, con una sonrisa sin dientes. Nos miraron como si fueran el maná del cielo. Y con ellos, un perro. Un perro callejero, un vira-lata grande, de pelo marrón y amarillento, que nos olfateó con desconfianza al principio, y luego con curiosidad.
—Son amigos míos —dijo el de saco y corbata—. Les prometí un espectáculo.
Agustina me miró, asustada por un segundo. Pero luego vió la sonrisa en mi cara y su miedo se transformó en desafío.
—¿Qué esperamos, mami? —dijo, y se quitó la blusa, dejando sus tetas al aire, bajo el sol de la mañana.
El viejo de saco se acercó a mí. Me besó, una lengua salvaje que me llenó la boca de su sabor a tabaco y a poder. Me arrancó el vestido negro, desgarrándolo como si fuera papel. Me quedé desnuda, con solo las botas puestas. Sus manos me agarraron las tetas, me las apretó hasta que me dolió. Me empujó contra el muro de ladrillos.
—Quedate ahí, perra —me ordenó, y se desabrochó el cinturón.
Mientras tanto, los dos viejos de la calle se acercaban a Agustina. La rodeaban, como dos lobos hambrientos. El flaco le metió una mano entre las piernas, por delante, mientras el gordito le mordisqueaba el cuello y los hombros. Agustina se dejaba hacer, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás.
El perro nos olfateaba, ladrando de vez en cuando, como si no supiera qué hacer con tanto olor a sexo en el aire.
El de saco me guio su pija hacia la concha. Con un embistida brutal, se metió hasta adentro. Grité, un grito de dolor y de placer que se perdió en el inmenso cielo azul de la ciudad. Empezó a follarme, duro, sin piedad, contra el muro frío y áspero. Cada embistida me hacía gritar más.
—¡Así, viejo, rompeme! ¡Dale, usame! —le gritaba, mientras mis uñas se clavaban en su espalda.
Agustina, por su lado, ya estaba en el suelo. El flaco se la había tirado al pasto y le estaba metiendo la pija, una cosa flácida y sucia, con una violencia que me excitó. El gordito se había arrodillado cerca de su cabeza y le metía su pija en la boca, forzándola a chupársela. Agustina se ahogaba, pero no se resistía. Sus manos agarraban el pasto, su cuerpo se movía al ritmo de los dos viejos.
Y entonces, el perro se animó. Se acercó a Agustina, que estaba a cuatro patas, siendo follada por el flaco. Le olió el culo. Le pasó la lengua. Agustina sintió el contacto, se tensó, pero no se movió. El perro, animado, volvió a lamerla. Luego, montó. Intentó montarla, buscando su concha con su pija roja y puntiaguda.
—¡No, perra, no! —gritó el flaco, y empujó al perro.
Pero el gordito, el que le estaba metiendo la pija en la boca a mi hija, se rio.
—Dejala, pibe. Dejá que la pruebe —dijo, y le tiró de la cadena a Agustina, obligándola a quedarse en cuatro patas.
El perro volvió a montarla. Esta vez, encontró su objetivo. Con un movimiento rápido y seco, metió su pija en la concha de mi hija. Agustina gritó, un grito de sorpresa y de un placer que nunca había imaginado. El perro empezó a follarla, con un ritmo animal, rápido y seco, sin control. Mi hija, mi hija de catorce años, estaba siendo follada por un perro en un baldío, mientras un viejo le metía la pija en la boca y otro se la chupaba los pechos.
Yo, mientras tanto, seguía siendo follada por el de saco contra el muro. El orgasmo me golpeó como una ola, un grito salvaje que hizo que los pájaros levantaran vuelo. Me vine, me vine con una fuerza que me dejó temblando, sin piernas, sin aliento. El viejo se vino dentro de mí, su leche caliente llenándome, y se retiró, dejándome deslizarme por el muro hasta el suelo.
Agustina también se venía. Su cuerpo se sacudía en espasmos, un grito ahogado escapaba de su boca, llena de la pija del gordito. El perro, con un último movimiento seco, se vino también, y se retiró, a lamerse su propia pija.
Los cuatro hombres nos miraban, a mí y a Agustina, tiradas en el pasto sucio del baldío, desnudas, usadas, cubiertas de semen, de sudor y de saliva. Nos miraban como si fuéramos diosas. Y en ese momento, nosotras lo éramos.
Nos levantamos, temblando. Nos vestimos como pudimos, con los harapos rotos. El de saco nos dio unos billetes arrugados. Agustina los tomó sin mirar.
Nos fuimos del baldío, caminando con dificultad, como dos supervivientes de una batalla. El sol de la mañana nos pareció demasiado brillante. La calle, demasiado normal.
Llegamos a casa en silencio. Nos metimos en la ducha, juntas, y nos lavamos durante una hora, lavando la suciedad, la vergüenza y el glorioso pecado.
Cuando salimos, nos acostamos en mi cama, agotadas. Agustina se recostó en mi pecho, como la noche anterior.
—Mami —dijo, después de un largo silencio—. Nunca pensé que... que me gustaría tanto ser una perra.
La abracé fuerte, le besé el pelo.
—No somos perras, mi amor —le susurré—. Somos libres. Y hoy, volvimos a nacer.
Soy Sofía, y mi secreto es sucio, público y adictivo. Mi hija Agustina, con sus catorce años y ese cuerpo que es el espejo del mío, no tiene idea de cómo su mamá encuentra consuelo en las mañanas. Hasta hoy.
Estamos en la cocina de nuestro departamento de Palermo, el sol de marzo entra por la ventana grande. Acabo de volver de hacer unas compras, y mi rostro debe tener ese brillo particular, esa sonrisa satisfecha que Agustina ha comenzado a notar.
—Mami, ¿por qué siempre vuelves tan... radiante del supermercado? —me pregunta, mordisqueando una galletita. Sus ojos verdes me analizan con esa astucia de adolescente que todo lo quiere descifrar.
Dejo la bolsa sobre la mesada. El momento ha llegado. Me siento frente a ella, mi corazón martilleando no de nervios, sino de excitación.
—Agus, mi amor —empiezo, mi voz un poco más baja de lo normal—. La verdad es que no siempre voy al supermercado. A veces... solo subo a un colectivo.
Mi hija frunce el ceño. —¿Y? ¿Qué hay de raro en tomar el colectivo?
Respiro hondo. Esto es lo bueno. —No solo lo tomo, Agus. Lo uso. Lo disfruto. Me dejo... apoyar.
La palabra cuelga en el aire entre nosotras. Agustina me mira, sin comprender del todo. Veo la confusión en su bella cara.
—¿"Apoyar"? ¿Con qué te apoyan, mami? ¿Con la mano cuando se cae?
No, no, no. Mi hija es tan inocente. Sonrío, una sonrisa de complicidad que ella aún no entiende.
—No, mi amor. No es eso. Cuando voy en el colectivo, en hora pico, va tan lleno que la gente está pegada. Y yo... yo me dejo pegar. Me dejo tocar. Me dejo manosear.
El silencio es total. Agustina deja la galleta. Su boca está ligeramente abierta, sus ojos verdes muy abiertos, mirándome como si acabara de crecer un segundo cabeza.
—¿Manosear? —susurra, como si la palabra le quemara la lengua—. ¿Hombres... extraños te tocan?
Asiento, sintiendo una humedad cálida crecer entre mis piernas solo de recordarlo. —Sí, cariño. Pijas de todas las edades. Jóvenes, viejos, empleados, estudiantes. Con las manos, con sus... sus paquetes. Apretados contra mí, frotándose. Y yo los dejo. Los disfruto.
Agustina traga saliva. Su primer impulso es el rechazo, lo veo en su expresión de asombro y un ligero asco.
—¡Pero, mami! ¡Eso es asqueroso! ¡Son unos viejos verdes!
—No son todos viejos, Agus. Y no es asqueroso. Es... vital. Es sentirme deseada. Sentir que mi cuerpo todavía interesa, que todavía puede provocar una reacción. Tu padre no me mira, pero en el colectivo, soy la reina. Soy el centro de la atención de todos esos hombres que sudan y me desean.
Me levanto y me paro frente a ella, muy cerca. Le bajo la voz, como si le estuviera contando el más preciado de los secretos.
—Te voy a contar el de hoy. Subí al 39 en Plaza Italia. Iba repleto. Me apreté contra la puerta de atrás, mirando hacia afuera. Sentí el calor a mi espalda antes de sentirlo físicamente. Un hombre, no vi su cara, solo sentí su aliento en mi nuca. Su mano se deslizó por mi cadera, lenta, explorando. Me quedé quieta, sin moverme, dejándole hacer.
Agustina me escucha, boquiabierta. Su respiración ha cambiado. Ya no es de asco, es de... curiosidad. Sigo mi relato, entrando en los detalles que la excitarán a ella como me excitan a mí.
—Su mano subió, por mi costado, hasta el costado de mi pecho. Sus dedos se detuvieron ahí, acariciando la tela del vestido. Yo apoyé mi frente contra el frío del cristal. Entonces, sentí lo otro. Duro, caliente, presionando contra mis nalgas a través de nuestros pantalones. No era una mano, Agus. Era su pija. Dura como una piedra. Y comenzó a moverse, muy suave, un ritmo lento, frotándose contra mí.
La cara de mi hija está encendida. No sé si es de vergüenza o de otra cosa. Apuesto por lo segundo. Me inclino hacia ella.
—¿Quieres saber qué hice yo? —susurro. Ella asiente, casi imperceptiblemente. —Me separé las piernas, solo un poquito. Y empujé mi trasero hacia atrás, contra él. Una señal. Una invitación. Él entendió. Su mano se atrevió a más, se deslizó hasta mi pecho y lo apretó. Sentí su pulgar y su índice cerrándose sobre mi pezón, que se puso duro al instante, incluso a través del sostén y el vestido. Y su pija... su pija apretó con más fuerza. Frotaba con más insistencia, buscando su propio placer en mi cuerpo.
Me detengo. Dejo que la imagen se instale en la mente de mi hija. La veo tragar saliva, sus ojos fijos en los míos.
—¿Y... y qué pasó, mami? —pregunta, su voz es un hilo.
—Nos quedamos así, como diez minutos. Él frotándose contra mí, su mano masajeándome el pecho, su otra mano agarrada fuerte a mi cadera. Yo mirando los edificios pasar, sintiendo el calor del hombre, la dureza de su deseo, el temblor de su cuerpo cuando se venía. Sentí la humedad de su eyaculación traspasando sus pantalones, manchando mi vestido. Y yo, Agus, yo estaba tan mojada que temí que se me notara. Fue increíble.
Me siento de nuevo, cruzando las piernas. Agustina me mira en silencio durante un largo minuto. Espero el reproche, el disgusto. Lo que recibo es algo completamente diferente.
—¿Y... lo viste? ¿Alguna vez viste quién era? —pregunta, y su voz tiene un tono de... fascinación.
—A veces. Pero no me importa. Lo importante es la sensación, el anonimato. El poder.
Agustina se levanta, da unos pasos por la cocina. Se detiene frente a la ventana, de espaldas a mí. Cuando se vuelve, su expresión ha cambiado. Hay una nueva luz en sus ojos verdes, una chispa de desafío y deseo.
—Mami —dice, y su voz es firme—. La próxima vez... la próxima que vayas al colectivo... yo voy contigo.
Mi corazón da un vuelco. No de sorpresa, sino de pura alegría. Mi hija. Mi cómplice. Mi sangre.
—¿Estás segura, mi amor? —le pregunzo, aunque sé la respuesta.
—Nunca he estado más segura de nada en mi vida —responde, y una sonrisa se dibuja en sus labios, una sonrisa que es el reflejo exacto de la mía—. Quiero sentirlo. Quiero que me miren. Quiero... apoyarme.
***
Una semana después, estamos listas. Agustina ha elegido un vestido azul de algodón, corto y ceñido, que resalta sus caderas estrechas y sus piernas largas. Lleva el pelo suelto, como yo. Yo he puesto un vestido rojo, sin mangas, que se me pega al cuerpo. Somos un espectáculo, una invitación.
Subimos al 152 en Cabildo, a las seis de la tarde. Va atestado de gente. Nos apretujamos hasta el fondo, cerca de la puerta trasera. Agustina está nerviosa, lo noto en cómo aprieta mi mano. Yo estoy electrificada.
—Relájate, mi amor —le susurro al oído—. Disfruta. Siéntete.
El colectivo arranca. La gente se balancea con el movimiento. Y entonces, empieza. Primero es un contacto casual, un hombre de traje que se apoya contra mi espalda para no caer. Siento su calor, su olor a perfume barato. No me muevo. Dejo que su cuerpo se pegue al mío. Al otro lado
***
El colectivo se balancea y nos arrastra juntas hacia el fondo. La gente nos empuja, nos oprime. Es perfecto. Un tipo de traje, con cara de aburrido, se apoya contra mi espalda. No me muevo. Dejo que su cuerpo se pegue al mío. Siento el calor, el peso de su deseo. Al otro lado de Agustina, un pibe joven, con una mochila al hombro, la está mirando. No disimula. Sus ojos recorren sus piernas, el vestido azul que le marca las caderas, se detienen en sus pechos que empiezan a llenarse. Agustina lo nota, y en lugar de incomodarse, endereza la espalda, empujando sus tetas hacia adelante. Mi hija es una natural.
—Mami, me está mirando —me susurra, con la voz vibrante de emoción. Su aliento es caliente en mi oreja.
—Déjalo que mire, mi amor. Disfrutalo. Sentilo en la concha —le respondo, y la palabra "concha" dicha en voz baja parece encenderla.
El tipo de traje a mis espaladas se anima. Siento su mano, que al principio estaba sujetándose a la barandilla, deslizarse y posarse suavemente sobre mi culo. Apretito. Lo dejo. Me quedo quieta, mirando por la ventanilla cómo pasan los locales de ropa. Su mano comienza a moverse en círculos lentos, palpándome la nalga a través de la tela del vestido. Siento cómo se pone duro, su bulto creciendo y presionando contra el pliegue de mi trasero. Me frotuito contra él, apenas un poquito, una respuesta. Un sí.
—Mami... el tuyo ya te está tocando —dice Agustina, y no sé si es una pregunta o una afirmación.
—Sí, mi amor. Y qué lindo que es —le digo, mientras la mano del tipo se desliza un poco más abajo, buscando el centro, el calor de mi raja.
El pibe de la mochila, viendo que no hay reacción, se acerca más. Ahora está casi pegado a Agustina. Su mochila le sirve de excusa para apoyar una mano en la barandilla que está justo al lado de la cabeza de mi hija. Con la otra mano, se "ajusta" el pantalón, pero en el movimiento, el dorso de sus dedos roza el costado del pecho de Agustina. Ella inhala fuerte, un pequeño espasmo de placer. Su mano busca la mía y me la aprieta con fuerza.
—Lo sentí, mami. Me tocó la teta —susurra, y sus ojos tienen un brillo febril.
—Pedile más, Agus. Decile con el cuerpo que querés más —le guío.
Y ella lo hace. Se inclina un poco hacia adelante, como si mirara algo más allá, y en ese movimiento, su pecho roza la mano del pibe. Él no duda. Su mano abandona la barandilla y se posa, timorata, sobre su hombro. Luego desciende. Lentamente, con una lentitud agonizante, su mano se desliza por su espalda hasta llegar a su cintura. Se queda ahí un segundo, sintiendo la tela del vestido, el calor de su piel. Agustina está inmóvil, conteniendo la respiración.
La mano del tipo de traste a mis espaldas ya no tiene timidez. Se ha metido bajo la falda de mi vestido. Sus dedos exploran el borde de mi bombacha de encaje. Los siento temblar. Con un movimiento rápido, se la corre a un lado y sus dedos me tocan la concha. Directo. Sin vueltas. Un dedo me recorre la entrada, sintiendo mi humedad. Está goteando, no puedo evitarlo. El dedo se mete un poco, explorándome por dentro, mientras su pulgar busca y encuentra mi clitito. Lo aprieta, lo frota en círculos. Tengo que morderme el labio para no gritar.
—Mami... Dios, mami... —jadea Agustina a mi lado.
Miro hacia ella. El pibe de la mochila ya no tiene dudas. Su mano está bajo el vestido azul de mi hija, sobre su culo. La aprieta, la masajea, separa las nalgas y busca su culito con el dedo a través de la tela de la bombacha. Agustina está temblando, su cabeza apoyada en mi hombro. Su otra mano, la que no me aprieta, ha bajado y se la noto entre sus piernas, frotándose la concha por encima del vestido.
—¿Te gusta, mi amor? ¿Te gusta que el pibe te toque el culo? —le soplo al oído, mientras el tipo a mis espaldas mete otro dedo en mi concha y empieza a follarme con la mano, ahí, de pie, en medio de todo el mundo.
—Sí... sí, mami... es... es increíble —balbucea ella.
El colectivo frena en una parada. Sube más gente. La presión aumenta. Somos un sándwich de carne y deseo. El tipo que me ataca se anima más. Saco su pija. La siento, caliente y dura, contra mi nalga. La frota entre mis mejillas, mientras sigue metiéndome los dedos. El pibe de Agustina hace lo mismo. Saco su pija, que no es tan grande pero está durísima, y se la aprieta contra el culo de mi hija, moviendo la cadera suavemente.
Agustina se gira un poco hacia mí. Sus ojos verdes están vidriosos, perdidos en la lujuria. Nuestros rostros están a centímetros. Nuestros alientos se mezclan.
—Mami... yo... yo quiero... —no termina la frase. No hace falta.
La beso. No es un beso de madre a hija. Es un beso de cómplice, de amante. Nuestra lenguas se encuentran, se exploran, se muerden suavemente. Mientras beso a mi hija, el tipo de mi culo me corre la bombacha y me guía la pija hacia la entrada de mi concha. Con un embestida lenta y segura, se mete hasta adentro. Gimo en la boca de Agustina. Estoy siendo follada por un desconocido en un colectivo lleno de gente, mientras beso a mi hija que está siendo manoseada por otro pibe a su lado.
Agustina rompe el beso, jadeando. Mira hacia el pibe y le susurra algo que no oigo. El pibe tiembla, y con una mano, se corre la bombacha de mi hija hacia un lado. Agarro la pija de él con mi mano libre. Está caliente y pulsante. La guío. La apoyo en el culito de Agustina. No en la concha, en el otro agujero, el más prohibido. Ella se tensa un segundo, pero luego se relaja, empujando su trasero hacia atrás. El pibe entiende la orden. Con la punta, empieza a presionar. Agustina gime, un sonido bajo y animal, cuando la cabeza de su pija atraviesa el anillo de su culo y se mete un poco.
El colectivo vuelve a arrancar. El movimiento nos ayuda. El tipo que me está follando se mete más profundo, cada embistida me golpea contra la puerta. El pibe de Agustina, con cuidado, empieza a meter su pija en su culito, centímetro a centímetro. Agustina tiene los ojos cerrados, la boca abierta, lágrimas de puro placer corriendo por sus mejillas.
—Así... así... más fuerte... pibe... más fuerte... —suscurre ella, y el pibe obedece, empezando a follarla el culo con más fuerza, mientras su mano se mete bajo el vestido y le revuelve la concha con los dedos.
Estamos las tres, un solo cuerpo sudoroso y deseante. El tipo de mi culo acelera su ritmo, su respiración se vuelve agitada. Sé que está por venir.
—Venite, puto, venite dentro de mí —le susurro, y él obedece. Siento sus espasmos, el calor de su leche inundándome por dentro. Se queda un momento dentro de mí, vaciándose, luego se retira, me sube la bombacha y se aleja, desapareciendo en la multitud como si nada hubiera pasado.
El pibe de Agustina dura un poco más. La follada con más fuerza, su mano trabajando furiosamente su conchita. Agustina está a punto de explotar. Su cuerpo se tensa, sus pijas
***
El tipo se retiró, dejándome húmeda y temblando. Agustina, con los ojos vidriosos y el pelo pegado a la frente, se ajustó el vestido. Su culo debía dolerle, pero sonreía. Una sonrisa de pícara satisfecha.
—Mami... eso fue... —no pudo terminar.
—Sé, mi amor. Sé. Ahora vamos por más —le dije, tomándole la mano. Salimos del colectivo sintiendo las miradas de los hombres sobre nuestros cuerpos recién usados. La calle nunca se sintió tan excitante.
***
### **Situación 2: El Laberinto Caliente del Subte**
Una semana después, el desafío fue diferente. El subte. Más rápido, más anónimo, más peligroso. Nos vestimos con jean ajustadísimo y remeras sin sostén. Mis tetas y las de Agustina se marcaban, dos pares de tentaciones listas para ser devoradas.
Entramos en la Línea B en Lacroze a las siete de la tarde. Era una olla humana. Nos apretujamos para entrar, quedando atrapadas cerca de una de las puertas de conexión. El olor a sudor, perfume y a metal era un afrodisíaco.
A mi lado, un obrero con la remera manchada de grasa. No era joven, tendría como cincuenta. A sus espaldas, un chiquito de dieciocho, con cara de estudiante de primer año, que no me sacaba los ojos de encima. Atrás de Agustina, un tipo de saco y corbata, y al lado de él, un viejito calvo que le leía el diario sobre el hombro.
El tren arrancó con una sacudida. El movimiento nos tiró a todas juntas. La mano del obrero, que estaba en la barandilla, "resbaló" y fue a parar justo sobre mi culo. La dejó ahí. Fiera. No la moví. Al contrario, apreté un poco el culo contra su palma. Él entendió. Sus dedos comenzaron a masajearme la raja del jeans, buscando el centro, el calor. Sentía su aliento en mi cuello, olía a tabaco y a mañana.
—El viejo te quiere comer, mami —me susurró Agustina, riéndose bajo.
Miré al chiquito. Tenía los ojos como dos platos, fijos en mis tetas que se movían con el traqueteo del tren. Se le notaba el bulto creciendo en el jean, una tienda de campaña indecente. Le sonreí. Se puso colorado, pero no dejó de mirar.
El obrero se animó. Su mano se deslizó hacia adelante, por entre mis piernas, y me presionó la concha a través del jean. Empecé a moverme suavemente, frotándome contra su mano. El chiquito me vio, y su mano bajó a su propia entrepierna, se la ajustó sin vergüenza. Le hacía señas con los ojos, con la mirada, un "vení, animate". No se animó a más.
Agustina, meanwhile, tenía sus propios problemas. El tipo de saco y corbata a sus espaldas se había corrido un poco y con una astucia increíble, había sacado su pija del pantalón. Se la estaba frotando a escondidas contra el lindo culo de mi hija. Agustina lo sentía, y se le notaba. Se apoyaba contra él, con cada movimiento del tren, aceptando el roce caliente y duro. El viejito del diario, que lo veía todo por encima del hombro del tipo, le sonreía a Agustina con una dentadura postiza. Y Agustina le sonreía de vuelta.
—Mami, el de saco ya la sacó —me dijo, con una voz que era pura joda y pura excitación.
—Decile que la meta, Agus. Decile con el culo —le ordené.
Y ella lo hizo. Con una sacudida del tren, se "resbaló" y apoyó toda su espalda y su culo contra el tipo. Él aprovechó. Con una mano, se corrió el jean y la bombacha de Agustina a un costado. Con la otra, guio su pija. La vi entrar, un poco, desaparecer en el culo de mi hija. Agustina gimió bajo, un sonido que se perdió en el ruido del tren.
El obrero que me tocaba, al ver eso, se pieron los pantalones. Saco su pija, gorda y oscura, con unas venas marcadas. Me la frotó contra mi raja. Con la otra mano, desabrochó mi jean y me metió la mano adentro, sin bombacha de por medio. Sus dedos ásperos me encontraron la concha mojada y me metió dos dedos de golpe. Casi me vengo ahí mismo.
—La puta de tu hija —me sopló al oído el obrero—. Qué culito tiene.
—Y vos qué pija tenés, macho —le respondí, mientras me revolvía los dedos adentro.
El tren se acercaba a la estación Pueyrredón. La gente empezaba a moverse para bajarse. El tipo que le estaba rompiendo el culo a Agustina apuró el ritmo. Le daba unos embistes cortos y secos, mientras apretaba su cara contra el pelo de mi hija. Con un gruñido sordo, se vino. Agustina sintió el calor, y se apoyó contra la puerta, temblando.
El obrero me miró. —Venite, vieja, dame tu leche.
Agustina, recuperándose, se giró. Vio la escena: yo, con la mano del obrero en mi concha y su pija en mi mano. Sin dudarlo, se agachó un poco, se giró y le metió la cara al pibe. Le chupó la pija con una avidez que me dejó sin aliento. El obrero no aguantó. Con un insulto, se vino en la boca de mi hija. Agustina se tragó todo, y luego se levantó, limpiándose la comisura del labio con el dorso de la mano, sonriendéndole al tipo de saco y corbata, que la miraba con una mezcla de asombro y lujuria.
Nos bajamos en esa estación, dejando un rastro de desorden y perfume a sexo. El aire de la plataforma nunca nos sintió tan libres.
***
### **Situación 3: La Confesión en el Parque**
El último escenario fue más tranquilo, pero no menos intenso. Un parque en Belgrano, cerca de la barranca. Nos sentamos en un banco alejado, a la tarde, cuando ya había menos gente. La idea era hablar, recapitular. Pero la excitación estaba en el aire.
—Mami, yo no puedo creer lo que estamos haciendo —dijo Agustina, recostada en mi hombro—. Siento que estoy quemando etapas.
—No estás quemando nada, mi amor. Estás viviendo. Estás sintiendo. Tu cuerpo es tuyo y te pide esto —le dije, pasándole la mano por el pelo.
Mientras hablábamos, un hombre que paseaba a su perro se nos acercó. No era joven, tendría sesenta y tantos, pero bien conservado. Nos miró con una intensidad que nos calzó. Se detuvo cerca del banco, como si el perro se hubiera interesado en un árbol. Sus ojos no se apartaban de nuestras piernas, que teníamos estiradas.
—Mirá, mami, nos está mirando el abuelo —dijo Agustina, con media sonrisa.
—Y qué buen abuelo tiene, ¿no? —respondí.
El hombre, animado por nuestra sonrisa cómplice, se acercó más.
—Buenas tardes, disculpen... ¿tienen fuego? —preguntó, con una voz ronca y seductora.
—Más que fuego, abuelo —dije, y me levanté. Me paré frente a él, muy cerca—. Buscamos algo más caliente.
Agustina se rió. El hombre me miró, sorprendido, pero su mirada se oscureció de deseo. Agustina se levantó también y se paró al otro lado del hombre. Estábamos las dos, acorralándolo contra el árbol.
—¿Y qué podrían buscar dos hermosas jóvenes como ustedes? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Agustina le puso una mano en el pecho. —Experiencia —dijo.
Mi mano bajó, directamente a la entrepierna de su pantalón. Sentí su pija, dura ya, palpitante. La apreté.
***
### **Situación 3: El Parque y el Abuelo Intrigado**
El parque de Belgrano a esa hora era un remanso de paz, casi demasiado tranquilo después de nuestros encuentros en el transporte. Nos sentamos en un banco de madera, lejos de los caminos principales, con vista al río. El sol de la tarde teñía todo de un naranja perezoso.
—Mami, estoy pensando —dijo Agustina, tirando briznas de pasto—. ¿Esto siempre es... tan buscado? A veces parece que los tipos nos huelen de lejos.
—No es que nos huelan, mi amor. Es que dejamos que nos miren. Hay una diferencia. Caminamos como si nadie existiera, pero al mismo tiempo, sabemos que cada paso que damos es un espectáculo para quien quiera ver. No lo buscamos, pero no lo evitamos. Lo permitimos.
Mientras hablaba, un hombre se acercaba por el sendero de ripio. No era un joven. Llevaba un polo de tennis, bien cortado, y un pantalón beige. Sus zapatos estaban impecables. Tenía el pelo canoso, cortado al rape, y una cara que debió ser guapa en su juventud, ahora marcada por líneas de expresión amables. Caminaba con un perro salchicha que se detenía a olfatear cada hoja. Nos vio. Y su paso se frenó una fracción de segundo. No era una mirada grosera, era de apreciación. De curiosidad.
Se detuvo a unos metros de nosotros, pretendiendo que su perro estaba muy interesado en el árbol que nos daba sombra. Su mirada, sin embargo, viajaba desde mis piernas cruzadas hasta las de Agustina, que tenía estiradas, mostrando lo largo y firme de sus muslos.
—Mirá, mami... el admirador —susurró Agustina, con una sonrisita pícara.
—Es un tipo de buen ver —respondí, sin bajar la voz—. Parece que le gusta el arte.
El hombre nos escuchó. Una sonrisa se dibujó en su cara. Se acercó un poco más.
—Buenas tardes —dijo, con una voz bien modulada—. Disculpen la intromisión, pero su conversación es... intrigante.
—No te preocupes, abuelo, somos bastante abiertas —dijo Agustina, y se recostó hacia atrás, arqueando la espalda de una forma que sus tetas se pusieron de relieve.
El hombre tragó saliva. —No soy abuelo... todavía. Pero me gusta el espíritu.
—¿Y qué es lo que te gusta tanto? —pregunté yo, cruzando y descruzando las piernas lentamente.
Su mirada se clavó en mis muslos. —La belleza. La juventud. La audacia.
—Si te gusta la audacia, te vamos a gustar —dije, y me levanté. Caminé hasta él, me detuve a un paso de distancia. Cercana, pero sin tocarlo—. ¿Qué es lo que realmente querías decirnos cuando te detuviste?
Me miró a los ojos, luego a mi boca, luego a mi escote. —Quería decirles que son dos de las mujeres más hermosas que he visto en mucho tiempo. Y que me gustaría... conocerlas.
—Conocernos —repitió Agustina, acercándose también y poniéndose a su otro lado. Ahora lo teníamos acorralado—. ¿Y qué significa "conocernos"?
El hombre respiró hondo. Sentía su olor, a loción de afeitado carísima y a clean. —Significa... sentarse con ustedes. Hablar. Tal vez... tocar.
—Tocar —dije, y mi mano subió, lentamente, y le toqué el pecho, sobre el polo. Sentí su corazón acelerarse—. ¿Acá?
—Más abajo —susurró él.
La mano de Agustina fue más directa. Bajó y se posó sobre su bulto, que ya era notable a través del pantalón beige. Lo apretó. Él cerró los ojos y exhaló.
—Uhh... sí... ahí —dijo.
—No acá, en el medio del parque, abuelo —dijo Agustina, retirando la mano pero dejando la promesa en el aire—. Somos señoras.
Nos reímos. Él también, un poco nervioso.
—Tengo razón —dijo—. Perdónmeme. Es que... ustedes dos juntas son... abrumadoras.
—Entonces vení cuando no estemos juntas —dije, y le metí un papelito en el bolsillo del pantalón, al mismo tiempo que le rozaba la pija con el dorso de mis dedos—. Llamanos. Solas. O juntas. Pero en un lugar más... privado.
Me dio las gracias con la mirada. Llamó a su perro y se fue, caminando un poco más tieso de lo que había llegado. Nosotras nos quedamos en el banco, riéndonos.
—Mami, sos una fiera —dijo Agustina, dándome un beso en la mejilla—. Me estás enseñando todo.
—Te estoy enseñando a vivir, mi amor. A tomar lo que querés.
***
### **La Orgía Final: El Descampado y la Herencia**
La llamada del "abuelo", como lo empezamos a llamar, llegó dos días después. No era para una cita a solas. Era para algo mucho más grande.
—Tengo unos amigos —nos dijo por teléfono—. Son un poco... mayores. Como yo. Y tienen a sus nietos de visita. Les conté... sobre ustedes. Les picó la curiosidad. Quieren conocerlas.
Agustina y yo nos miramos. Esto era otro nivel. Otro planeta.
—¿Dónde? —pregunté.
—Tengo una quinta en Pilar. Hay un descampado atrás, con un galpón viejo. Nadie molesta. Podemos... hacer un asado. Y ver qué pasa.
—Qué edad tienen los nietos —pregunté, la pregunta clave.
—Doce y trece. Curiosos. Muy curiosos.
El asado era la excusa. La carne cocinándose, el olor a leña, el vino corriendo. Éramos ocho. El abuelo, que se presentó como Roberto. Sus dos amigos, Carlos y Alberto, dos viejos verdes de sesenta y tantos que no nos quitaban los ojos de encima. Y los nietos: Facundo, de trece, con cara de travieso y un cuerpo que ya empezaba a definirse, y Julian, de doce, más tímido, con los ojos grandes y asustados.
Nosotras habíamos ido con minifaldas y botas. Un espectáculo.
El vino hizo su trabajo. La charla se fue poniendo más cargada, las miradas más atrevidas. Roberto, el anfitrión, se acercó a mí.
—Sofía... vos sos una provocación. Un peligro.
—Y vos, Roberto, un viejo que todavía sabe lo que quiere —respondí, y lo besé. Un beso lento, de lengua, delante de todos.
Eso rompió el hielo. Carlos se acercó a Agustina y le empezó a acariciar el pelo. Alberto se sentó a mi lado y su mano subió por mi muslo. Los pibes nos miraban, sin saber si reírse, huir o quedarse.
—¿Qué pasa, chicos? ¿Nunca vieron una mujer? —les gritó Agustina, riéndose. Se paró, se quitó la remera. Sus tetas, perfectas, con pezones rosados y duros, quedaron al aire. Facundo se tragó la saliva. Julian se puso rojo hasta las orejas.
—Vengan, pibes, no sean tímidos —dije yo, y me saqué la remera también—. Vengan a aprender.
Roberto me tomó de la cintura y me besó de nuevo, sus manos me agarraron las tetas, apretándolas, masajeándome. Alberto se arrodilló frente a mí y empezó a subirme la falda con los dientes. Agustina, mientras tanto, estaba en las manos de Carlos, que le mordisqueaba el cuello mientras le metía una mano por el escote de la minifalda.
Los pibes seguían paralizados.
—¡Facundo, Julian, vení acá, putos! —gritó Roberto, entre besos—. ¡Vení a romper estas conchas!
Esa orden los liberó. Se acercaron, como dos corderitos al matadero. Facundo se fue derecho hacia Agustina. Julian, el tímido, se quedó mirándome a mí.
—¿Qué querés, pibe? —le pregunté a Julian, con una sonrisa que debía parecerle de bruja malvada—. ¿Vos o tu hermano el que me rompe la concha?
Julian, con los ojos como platos, solo atinó a señalarme con el dedo tembloroso. —Yo... yo quiero, señora.
—No me digas "señora", pibe. Decime Sofía. Y vení a probarme —le ordené, abriendo más las piernas.
Alberto, que ya me había corrido la bombacha con los dientes, me hundió la cara en mi concha. Su lengua, vieja pero experta, me recorrió toda la rajita. Me agarré de su pelo canoso, mientras miraba a Julian acercarse.
Facundo ya estaba en plena acción con Agustina. Mi hija, con una audacia que me llenaba de orgullo, lo tenía tirado en el pasto. Le había sacado la pija del pantalón, una cosa sorprendentemente gruesa para su edad, y se la estaba comiendo entera. Carlos, el otro viejo, se había arrodillado detrás de ella y le metía la cara en el culo, lamiéndole el culito mientras ella chupaba.
—Así, pibe, meté toda esa pija en la boca —le gemía Agustina, sacándosela para pasarle la lengua por la cabeza y volvérsela a meter hasta las pelotas—. Chupame las bolas también.
Mientras tanto, Julian llegó a mi lado. Se arrodilló, tímido, viendo cómo Alberto me comía la concha.
—Meté los dedos, pibe, no seas gil —le ordené—. Sentí qué caliente que está.
Julian metió una mano temblorosa. Su dedo me entró, torpe pero efectivo. Sentí su dedo explorándome por dentro. Lo guíe con mi mano.
—Así, movelo. Busca el hilito. Dale, encontralo.
Cuando lo encontró, mi cuerpo se arqueó. Un gemido largo escapó de mi garganta. Alberto levantó la cara, sonriendo, con la cara brillante de mi jugo.
—Ya la tenés calentada, pibe. Ahora probala vos —dijo, y le cedió el lugar.
Julian, con los ojos inyectados de sangre, se tiró sobre mí. Su boca era torpe, su lengua desesperada. Mordisqueaba, lamía, sin un ritmo claro. Pero la crudeza, la inexperiencia, era lo que me excitaba. Era un cachorro aprendiendo a cazar.
—Sí, pibe, así, comeme toda —le susurré, apretando su cabeza contra mi concha—. Meteme la lengua, metela toda.
Roberto, mi anfitrión, ya se había sacado toda la ropa. Su pija, larga y delgada, estaba dura como un hierro. Se acercó a mi cabeza, me la frotó en los labios.
—Abrí, Sofía, probá la herencia de los viejos.
La abrí. La metí toda. Era deliciosa. La chupé con ganas, sintiendo su sabor a hombre y a vino. Mientras lo chupaba, Julian se animó a más. Se subió sobre mí, apoyó su pija, más cortita que la de su primo pero igual de dura, en la entrada de mi concha.
—Metela, pibe, rompeme esa concha —gimió Roberto, mientras me follaba la boca—. Dale, venite adentro.
Julian, con un grito ahogado, me la metió de un solo embiste. Casi me vengo en ese instante. Era tan joven, tan torpe, tan salvaje. Empezó a moverse, a ritmo de conejo, rápido y sin control. Cada embistida me golpeaba el fondo, me hacía gritar sobre la pija de Roberto.
A mi lado, la escena era igual de salvaje. Facundo ya le estaba rompiendo el culo a Agustina. Mi hija estaba a cuatro patas, con el culo en el aire, recibiendo la pija de su primo por detrás mientras Carlos se la metía en la boca por el frente. Agustina era un sándwich de carne joven, y la disfrutaba como una diosa. Gritaba, pedía más, más duro, más profundo.
—¡Así, putos, follarme las dos! ¡Usenme! ¡Soy su perra! —gritaba, entre gemidos y ahogos.
El galpón entero era una sinfonía de gritos, gemidos, insultos y el sonido de los cuerpos chocando. El olor a sexo, a sudor, a vino y a tierra húmeda era embriagador.
Julian no duró mucho. Con unos espasmos que parecían convulsiones, se vino dentro de mí. Sentí su leche caliente inundándome. Se cayó a mi lado, jadeando, sin poder creer lo que había hecho.
Roberto se retiró de mi boca. —Mi turno —dijo, y me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas, al lado de mi hija. Me guio su pija hacia mi culo. —Acá lo quiero, Sofía. Dame el culo.
—Metela, viejo, metela toda —le supliqué.
Con un lento avance que me partió en dos, Roberto me rompió el culo. Mientras lo hacía, Alberto, el otro viejo, se acercó y me metió la pija en la concha. Ahora tenía dos pijas dentro mío, dos viejos follándome los dos agujeros a la vez. El placer era tan intenso que casi me desmayo.
Agustina, viéndome, se inspiró. —¡Yo también! ¡Quiero dos!
Facundo, que ya se había venido en su culo, se retiró. Carlos se la metió en la concha, y Facundo, sin perder tiempo, se la metió en la boca. Mi hija, con catorce años, estaba siendo usada por tres hombres, y pedía más.
El orgasmo me golpeó como una ola. Un grito animal salió de mi garganta mientras mi cuerpo temblaba, sacudido por las pijas de Roberto y Alberto. Los dos viejos me vinieron casi al mismo tiempo, llenándome por ambos lados con su leche caliente.
Nos quedamos así, un montón de cuerpos sudorosos y satisfechos, tirados en el pasto del galpón. El sol se estaba poniendo, tiñéndolo todo de rojo. Agustina se acurrucó a mi lado, sucia, feliz, con los ojos brillantes.
—Mami —me susurró—. Esto fue mejor que el colectivo.
La abracé, besándola en la frente, saboreando el sabor a sexo y a pibes en su piel.
—Te lo prometí, mi amor —le respondí—. Esto es solo el principio.
***
El viaje de vuelta en el Fiat de Roberto fue silencioso, pero un silencio lleno. Lleno de olores, de sabores, de la sensación de la tierra húmeda y la leche ajena secándose en nuestra piel. Agustina dormitó apoyada en mi hombro, con una sonrisita tonta de satisfacción dibujada en los labios. Yo estaba despierta, mirando las luces de la ruta, sintiendo un ardor agradable en mi culo y en mi concha, un recordatorio de la tarde. La vida, de repente, tenía un sabor que había olvidado: a saliva, a semen, a pecado.
Llegamos a nuestro departamento a eso de las nueve de la noche. La primera cosa que hicimos fue ducharnos. Juntas. Nos despojamos de esa ropa manchada de pasto y de transpiración, y nos metimos bajo el agua caliente. Nos lavamos la una a la otra. Mis manos recorrieron su cuerpo joven, firme, limpiando cada rincón, cada pliegue. Le lavé el pelo, masajeándole el cuero cabelludo. Ella me hizo lo mismo. No había sexo en esa ducha, había algo más. Ceremonia. Purificación. Estábamos limpiándonos del pecado para poder volver a pecar.
Salimos, nos secamos con toallas grandes y suaves. Nos pusimos batas de algodón. El aroma a jabón y a mi hija se mezclaba en el aire del pasillo.
—Vení a mi cuarto, mami —dijo Agustina, tomándome de la mano—. Tenemos que planear la próxima.
Su cuarto era un santuario de adolescente. Pósters de bandas que no conocía, libros tirados por todos lados, un perfume a dulce de leche y a perfume barato. Me senté en su cama, ella se tiró boca arriba, con la cabeza en mis piernas, mirándome con esos ojos verdes que ahora guardaban un universo de secretos compartidos.
—Mami, eso fue... —empezó a decir, y se calló.
—Eso fue vivir, mi amor —terminé por ella, pasándole los dedos por el pelo—. Ahora, qué hacemos. ¿Otra vez el colectivo? ¿O subimos de nivel?
—Subamos —dijo ella, sin dudarlo—. El subte. Pero... quiero que sea diferente. Quiero que sea un espectáculo.
Me sonreí. Mi hija, mi alumna, ya superaba a la maestra.
—Un espectáculo, eh? ¿Y cómo hacemos un espectáculo en el subte, mi amor?
—Con la ropa, mami. La ropa es todo. Tenemos que vestirnos para que se nos caiga la baba a todo el mundo. Tenemos que ir como si fuéramos a cazar.
Me levanté, fui a mi ropero y volví con dos bolsas de papel. Las puse sobre la cama de Agustina.
—Pensé lo mismo, mi amor. Empecé a comprar algunas cositas.
Saqué la primera prenda. Un vestido. No era un vestido, era una tira de tela negra, brillante. Lycra. Cortísimo, apenas cubría el culo. Tenía un escote tan profundo que si me agachaba, se me caían las tetas. Era ajustadísimo, se me pegaría al cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva, cada pliegue.
—Mirá esto —le dije, tendiéndoselo—. Imagínatelo en el subte, a la hora del calor. Apretadas contra la puerta. Cualquier movimiento y se nos sube hasta la concha.
Agustina lo tomó, lo estiró. Se rio. —Es una provocación andante, mami. Me encanta.
Saqué la segunda opción. Esto era otra cosa. Un uniforme. Un uniforme de colegio, pero uno de mis pesadillas húmedas. Una blusa blanca, de tela finísima, casi transparente, con el cuello y puños de tipo Peter Pan. Una pollera escocesa, pero cortísima, pliegues diminutos, que apenas llegaría a mitad de muslo. Y para rematar, unas medias blancas, que llegaban hasta el muslo, con una liga de encaje, y unos zapatos negros de taco, con hebilla.
—Y esto... —dije, sosteniendo el conjunto—. Esto es para la otra versión. La colegiala inocente que se deja corromper. La blusa sin sostén, para que se vea el color y la forma de tus pechos. La pollera para que cuando te subas al colectivo o al subte, todo el mundo vea el color de tu bombacha. Las medias... las medias son una invitación a desgarrarlas.
Agustina se sentó, con los ojos muy abiertos. —Ponémelos, mami. Por favor. Quiero probármelos. Quiero que me vistas.
Me arrodillé frente a ella. Primero, la blusa. Le desabroché la bata, sus tetas se erguieron, dos pezones perfectos. Le pasé la blusa por los brazos, la cerré. La tela era tan fina que sus pezones se marcaban, dos puntitos rosados oscuros. Era obsceno y divino.
Después la pollera. Se la subí por las piernas, lentamente, sintiendo la suavidad de su piel. Se la ajusté a la cintura. El borde de la tela quedaba a escasos centímetros de su concha.
—Girate —le ordené.
Lo hizo. La pollera era tan corta que al girarse, se le vio un cacho de culo, redondo y firme.
—Ahora las medias —dije, mi voz ya era un susurro ronco.
Desenrollé una de las medias blancas. Tomé su pie, se lo besé en el empeine. Se estremeció. Fui deslizando la media, lentamente, por su tobillo, su pantorrilla, su rodilla, hasta que el borde de encaje llegó a la mitad de su muslo. Hice lo mismo con la otra pierna. Mis manos rozaban su piel, deliberadamente, sintiendo su calor. Mis dedos se detenían un segundo más de la cuenta en la parte interna de sus muslos.
Por último, los zapatos. Se los puse, le abroché las hebillas. Ahora estaba completa. Una colegiala de revista para hombres, una fantasía de carne y hueso en el cuarto de mi hija.
—Parate —le ordené.
Se puso de pie frente a mí. Era perfecta. Divina. Prohibida.
—Mirate en el espejo, Agus —le dije.
Fue hasta el espejo de la puerta de su ropero. Se miró largo rato. Se pasó las manos por la pollera, por sus muslos. Se tocó los pechos a través de la blusa transparente.
—Soy otra, mami —dijo, sin mirarme—. Soy lo que ellos quieren.
Me levanté y me paré detrás de ella. Nuestros reflejos nos miraban. Mi mano subió, lentamente, y se posó en su hombro. La sentí temblar.
—Sos lo que yo quiero, mi amor —le susurré al oído.
Mi mano descendió. Por su espalda, hasta la cintura. Luego subió por su costado, hasta el costado de su teta. La apreté. Suave. Agustina apoyó su cabeza hacia atrás, contra mi hombro, y cerró los ojos. Mi mano se deslizó hacia adelante, hasta encontrar su pezón, duro a través de la tela fina. Lo pellizqué. Un gemido bajo escapó de sus labios.
La otra mano la bajé, por su abdomen, hasta el borde de la pollera. La metí por debajo. Mis dedos encontraron el calor de su concha, a través de la bombacha. Estaba mojada. Se la corrí a un lado. Mis dedos se deslizaron entre sus labios, sintiendo su humedad, su calor. Encontré su clitito, duro como un guijarro, y empecé a frotarlo, en círculos lentos.
—Mami... —suscurre—. Mami, eso...
—Callate, mi amor. Disfrutá. Sentí —le soplé al oído, mientras la follaba con los dedos, ahí, de pie, frente al espejo, vestida de colegiala inocente.
Mi otra mano seguía torturándole la teta. Mi hija se abandonó en mis brazos, su cuerpo temblando, su respiración agitada. La miraba en el espejo, su cara de placer, su boca abierta. Mis dedos dentro de mi hija.
Mi hija gimió, un sonido largo y tembloroso que se perdió en el silencio de su cuarto. Sus piernas empezaron a flaquear. La sostuve con mi cuerpo, mis pechos apretados contra su espalda. En el espejo, veía mi reflejo, una depredadora con una sonrisa satisfecha, y el suyo, una presa dispuesta a ser devorada.
—Así, mi amor, dejate ir —le soplé al oído, mi voz un ronroneo bajo y áspero—. Sentilo todo. Sentí cómo tu mamá te pone caliente.
Mis dedos trabajaban su concha con una precisión que solo una mujer puede tener. No la apuraba. La llevaba al borde, la mantenía ahí, suspendida en el éxtasis, para luego bajarla un poco y volver a subirla, más alta cada vez. Mi otra mano había abandonado su teta y ahora le apretaba el culo, por encima de la pollera escocesa, sintiendo la firmeza de su carne joven.
—Mami... por favor... no pares... te ruego... —balbuceó, su cabeza completamente recostada en mi hombro, rendida.
Y entonces se vino. No fue un grito, fue un espasmo. Un temblor que sacudió todo su cuerpo, desde la punta de sus pies hasta el último pelo de su cabeza. Sus piernas se cerraron con fuerza sobre mi mano, atrapándola, mientras una ola de calor y humedad la inundaba. Se quedó así, temblando, jadeando, durante un largo minuto. Cuando se relajó, casi se me cae. La giré y la senté en el borde de la cama.
Me arrodillé frente a ella. Su cara estaba encendida, sus ojos verdes brillantes y vidriosos. Le pasé el pulgar por el labio inferior, húmedo y tembloroso.
—¿Estás bien, mi amor? —pregunté, mi voz suave.
Asintió, sin palabras. Sonrió. Una sonrisa pícara, de complicidad total.
—Ahora te toca a vos, mami —dijo, y me empujó suavemente hacia atrás, hasta que quedé tirada en la cama.
Se paró frente a mí. Me miró de arriba abajo, como una artista que va a esculpir su obra. Me desabroché la bata y la abrió, dejando mi cuerpo al descubierto. Ella se arrodilló entre mis piernas.
—Vos te vestís a mí, ahora yo te visto a vos —dijo, y tomó el vestido negro, la tira de lycra.
Me lo pasó por la cabeza. Lo estiró para que me cubriera el cuerpo. La tela me pegó como una segunda piel, fría y resbaladiza. Se ajustó a mis tetas, a mi cintura, a mis caderas. El escote era tan profundo que mis pechos casi se salían. El dobladillo inferior apenas me cubría el culo.
—Perfecta —dijo Agustina, su voz cargada de deseo—. Sos una perra de lujo, mami.
Se inclinó y me besó la boca, una lengua larga y profunda que me robó el aliento. Su mano me subió el dobladillo del vestido, hasta la cintura. Sus dedos me exploraron, encontrándome lista, húmeda, ardiente.
—Te voy a comer toda, mami —susurró, y bajó su cabeza hacia mi concha.
Su lengua era torpe pero entusiasta. Lamía, mordisqueaba, chupaba con una avidez que me hacía estremecer. Le agarré el pelo, empujándola contra mí, guíandola, enseñándole cómo me gustaba.
—Así, mi amor, así... chupame el clitito... meteme los dedos... dame todo —le gemía, mientras mi cadera se movía al ritmo de su lengua.
Agustina me metió dos dedos, empezando a follarme con la mano mientras me comía la concha. El espejo de su ropero nos devolvía la imagen: yo, con ese vestido de puta, con las piernas abiertas, y mi hija de catorce años, vestida de colegiala, arrodillada entre mis piernas, comiéndome la concha como si fuera su última comida.
El orgasmo me golpeó como un tren en movimiento. Un grito salvaje, animal, que debió oírse en todo el piso. Mi cuerpo se arqueó, mis piernas se cerraron sobre la cabeza de mi hija, atrapándola mientras el placer me consumía, me aniquilaba, me renacía.
Cuando volví en mí, Agustina estaba acostada a mi lado, con la cabeza en mi pecho. Ambas estábamos sucias, sudorosas, agotadas y felices.
—Mami —dijo ella, después de un largo silencio—. ¿Cuándo lo hacemos? ¿Cuándo nos vestimos así y vamos al subte?
La besé en la frente, saboreando el sabor a mi propia concha en sus labios.
—Mañana, mi amor. Mañana a la mañana. Vamos a cazar.
***
El sol de la mañana se coló por la persiana de mi cuarto, una raya de luz que me despertó antes de que sonara el alarm. Me sentí liviana, energizada. A mi lado, Agustina dormía profundamente, con la boca entreabierta y un mechón de pelo castaño sobre la cara. Durante la noche, se había arrimado a mí, buscando mi calor. La observé. Mi hija. Mi cómplice. Mi obra de arte.
La besé en la frente, muy suave, para no despertarla. Me levanté, me puse la bata y fui a la cocina a preparar unos cafés. Cuando volví con dos tazas humeantes, Agustina se estaba estirando en la cama, como una gata. Me sonrió.
—Buenos días, mi amor —le dije, entregándole el café—. ¿Soñaste con pendejos de uniforme?
Se rio, un sonido ronco y recién despertado. —Soñé con el subte, mami. Con que se nos caía la baba a todos.
—Bueno, vamos a hacer realidad ese sueño. Terminá el café y duchate. Hoy nos arreglamos como corresponde.
Mientras ella se duchaba, preparé el atuendo. Sobre mi cama, extendí las dos opciones. La mía: el vestido negro de lycra, casi indecente. La de ella: el uniforme de colegiala pecadora. Agregué un detalle más para mí: unas botas de cuero negro con taco aguja y hebilla de plata. Para ella, las mismas medias blancas del día anterior y unos zapatos negros de estilo Mary Jane, con un taco grueso y un poco de plataforma, para que sus piernas se vieran aún más largas y firmes.
Cuando Agustina salió de la ducha, envuelta en una toalla, se detuvo en la puerta de mi cuarto, mirando la ropa extendida sobre la cama.
—Dios, mami... Parece que vamos a una fiesta de putas —dijo, pero sus ojos brillaban de emoción.
—Somos las putas de la fiesta, mi amor. Y hoy, el subte es nuestro salón. Vení, que te vista.
La senté en el borde de mi cama. Primero, la bombacha. Un tanga negro de encaje, apenas un hilo. Se la deslicé por sus piernas, mis dedos rozando su piel. Después, la blusa blanca, transparente. Le pasé los brazos, se la cerré. Sus pechos se marcaban perfectamente, dos pezones oscuros invitando a ser mordidos.
La pollera escocesa vino después. Se la subí, ajustándola a su cintura. El borde inferior quedaba a un dedo de la concha. Si se agachaba, se le vería todo.
—Girate —le ordené.
Lo hizo. El efecto era devastador. Era la fantasía de cualquier viejo verde.
—Ahora las medias —dije, mi voz ya ronca de deseo.
Desenrollé las medias blancas, con el liga de encaje. Se las puse, una por una, despacio, sintiendo la piel de sus muslos. Mis manos se demoraban, mis dedos trazaban círculos en la parte interna de sus piernas. Agustina jadeaba, su respiración se agitaba.
Por último, los zapatos. Se los puse, le abroché las hebillas. Estaba lista. Una obra de arte de catorce años, lista para ser admirada, deseada y usada.
—Ahora yo —dije, y me paré frente a ella.
Me quité la bata. Agustina me miró, con los ojos muy abiertos. Me puse el vestido negro. La lycra se me pegó al cuerpo como una pintura. Mis tetas, mi cintura, mis caderas, mi culo, todo estaba a la vista. Me puse las botas. Quedé alta, poderosa, peligrosa.
—Listas, perras —dije, y nos reímos las dos.
***
El trayecto en colectivo hasta la estación de subte ya era un preludio. Entramos y todos los ojos se fijaron en nosotras. Un viejo sentado cerca de la puerta se nos quedó mirando con la boca abierta, como si hubiera visto un fantasma. Un pibe de veinte años que estaba de pie nos midió de arriba abajo, y se le notó el bulto crecer en el jean. Agustina lo notó y le sonrió, una sonrisa de inocencia rota. El pibe se puso colorado, pero no dejó de mirar.
Nos bajamos en la estación Constitución. El subte de la mañana es un infierno de gente apurada, de olores a café y a perfume barato, de rostros cansados. Nosotras éramos una explosión de color y de deseo en medio de la monotonería.
Bajamos a la plataforma de la Línea C. Ya había un montón de gente esperando. Nos paramos cerca de donde iban a abrir las puertas, en el medio del grupo. A mi lado, un empleado de treinta y tantos, con la camisa de la empresa manchada, nos miraba de reojo. Atrás de Agustina, un pibe de mochila, no tendría más de diecisiete, que la devoraba con los ojos. Un poco más lejos, un viejito de saco y corbata, con el diario doblado bajo el brazo, nos observaba con una calma glaciar. Y al otro lado, un grupo de tres pendejos de quince, dieciséis años, que se reían y nos señalaban, como si no creyeran lo que veían.
Llegó el tren. Las puertas se abrieron. Fue una avalancha. Nos dejamos llevar, nos dejamos empujar hasta el centro del vagón. Apretadas. Perfectas.
A mi lado, el empleado. Su brazo "rozó" mi culo. Se quedó ahí. Apreté mi nalga contra su mano. Él entendió. Su mano empezó a moverse, lenta, palpándome la raja a través de la lycra del vestido. Sentía su calor, su deseo.
Agustina, meanwhile, ya tenía su propio admirador. El pibe de la mochila se había pegado a su espalda. Su mano, con una astucia de lobo joven, se deslizó y fue a parar justo sobre el culo de mi hija, sobre la pollera escocesa. Agustina no se movió. Al contrario, se recostó un poco más contra él, invitándolo.
El viejito de saco y corbata nos miraba todo, desde cierta distancia, con una sonrisa de entendimiento. Era un espectador, un crítico de arte que apreciaba la obra en vivo.
El grupo de pendejos nos rodeaba, formando un círculo. Nos miraban, se reían, se pasaban comentarios entre ellos que no oíamos, pero que imaginábamos. "Mirá las putitas", "Qué culo la vieja", "La mina en tanga es para rompérsela".
El empleado a mi lado se animó más. Su mano se deslizó hacia adelante, por entre mis piernas, y me apretó la concha a través de la tela. Yo me moví suavemente, frotándome contra su mano, sintiendo su pija dura contra mi nalga.
—Mami... el pibe me metió la mano bajo la pollera —me susurró Agustina, con la voz vibrante—. Me está tocando el culo por encima de la bombacha.
—Decile que la saque, mi amor. Decile que quiere sentir tu piel —le respondí, mientras la mano del empleado ya me había corrido el vestido y me metía un dedo en la concha, sin bombacha de por medio.
Agustina le susurró algo al oído al pibe. Él tembló. Su mano salió de debajo de la pollera, y con una torpeza excitante, se metió por la cintura. Bajó la bombacha de mi hija hasta mitad de muslo. Su mano desnuda volvió a su culo. Agustina gimió bajo.
Uno de los pendejos del grupo se acercó más. Un morocho, con cara de malo. Se paró frente a Agustina, muy cerca, y con un movimiento rápido, le metió la mano entre las piernas, por delante. Agustina saltó, sorprendida, pero no se apartó. El pibe le revolvía la concha por encima de la bombacha, mientras el de la mochila le manoseaba el culo por detrás. Mi hija estaba siendo atacada por dos frentes, y la disfrutaba.
***
El viejo de saco y corbata ya no podía más. Se abrió paso a través de la multitud, con una autoridad que nadie se atrevió a cuestionar. Se paró detrás de mí. Sentí su aliento en mi nuca, olía a mentol y a poder.
—Perdónenme, señoras —dijo, con una voz firme que solo nosotros oímos—. Creo que este espectáculo merece un escenario más privado.
Sus manos me agarraron la cintura. Su pija, dura y prominente, se apretó contra mi culo. No era una sugerencia, era una orden.
El tren se detuvo en la estación Independencia. Antes de que las puertas se abrieran, el viejo nos guio a mí y a Agustina hacia la salida. Los pibes que nos estaban manoseando nos miraron, con cara de no entender, pero no se movieron. El viejo tenía un aura de mando que los paralizó. El empleado se quedó en el vagón, con la mano vacía y una expresión de frustración.
Bajamos las escaleras, salimos a la calle. El viejo nos llevó por una cuadra, hasta un baldío. Un terreno baldío, con yuyos altos, escombros y un olor a orín y a abandono. Era perfecto. Era nuestro altar.
Nos adentramos hasta que un muro de ladrillos rotos nos ocultó de la calle. El viejo se detuvo, nos miró con una intensidad que me calzó los pantalones.
—Aquí —dijo—. Aquí vamos a terminar lo que empezaron.
No estaba solo. Del fondo del baldío, salieron dos figuras. Dos viejos de la calle, sucios, con barbas descuidadas y ropas harapientas. Uno era flaco, de ojos inyectados en sangre. El otro era bajito y gordito, con una sonrisa sin dientes. Nos miraron como si fueran el maná del cielo. Y con ellos, un perro. Un perro callejero, un vira-lata grande, de pelo marrón y amarillento, que nos olfateó con desconfianza al principio, y luego con curiosidad.
—Son amigos míos —dijo el de saco y corbata—. Les prometí un espectáculo.
Agustina me miró, asustada por un segundo. Pero luego vió la sonrisa en mi cara y su miedo se transformó en desafío.
—¿Qué esperamos, mami? —dijo, y se quitó la blusa, dejando sus tetas al aire, bajo el sol de la mañana.
El viejo de saco se acercó a mí. Me besó, una lengua salvaje que me llenó la boca de su sabor a tabaco y a poder. Me arrancó el vestido negro, desgarrándolo como si fuera papel. Me quedé desnuda, con solo las botas puestas. Sus manos me agarraron las tetas, me las apretó hasta que me dolió. Me empujó contra el muro de ladrillos.
—Quedate ahí, perra —me ordenó, y se desabrochó el cinturón.
Mientras tanto, los dos viejos de la calle se acercaban a Agustina. La rodeaban, como dos lobos hambrientos. El flaco le metió una mano entre las piernas, por delante, mientras el gordito le mordisqueaba el cuello y los hombros. Agustina se dejaba hacer, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás.
El perro nos olfateaba, ladrando de vez en cuando, como si no supiera qué hacer con tanto olor a sexo en el aire.
El de saco me guio su pija hacia la concha. Con un embistida brutal, se metió hasta adentro. Grité, un grito de dolor y de placer que se perdió en el inmenso cielo azul de la ciudad. Empezó a follarme, duro, sin piedad, contra el muro frío y áspero. Cada embistida me hacía gritar más.
—¡Así, viejo, rompeme! ¡Dale, usame! —le gritaba, mientras mis uñas se clavaban en su espalda.
Agustina, por su lado, ya estaba en el suelo. El flaco se la había tirado al pasto y le estaba metiendo la pija, una cosa flácida y sucia, con una violencia que me excitó. El gordito se había arrodillado cerca de su cabeza y le metía su pija en la boca, forzándola a chupársela. Agustina se ahogaba, pero no se resistía. Sus manos agarraban el pasto, su cuerpo se movía al ritmo de los dos viejos.
Y entonces, el perro se animó. Se acercó a Agustina, que estaba a cuatro patas, siendo follada por el flaco. Le olió el culo. Le pasó la lengua. Agustina sintió el contacto, se tensó, pero no se movió. El perro, animado, volvió a lamerla. Luego, montó. Intentó montarla, buscando su concha con su pija roja y puntiaguda.
—¡No, perra, no! —gritó el flaco, y empujó al perro.
Pero el gordito, el que le estaba metiendo la pija en la boca a mi hija, se rio.
—Dejala, pibe. Dejá que la pruebe —dijo, y le tiró de la cadena a Agustina, obligándola a quedarse en cuatro patas.
El perro volvió a montarla. Esta vez, encontró su objetivo. Con un movimiento rápido y seco, metió su pija en la concha de mi hija. Agustina gritó, un grito de sorpresa y de un placer que nunca había imaginado. El perro empezó a follarla, con un ritmo animal, rápido y seco, sin control. Mi hija, mi hija de catorce años, estaba siendo follada por un perro en un baldío, mientras un viejo le metía la pija en la boca y otro se la chupaba los pechos.
Yo, mientras tanto, seguía siendo follada por el de saco contra el muro. El orgasmo me golpeó como una ola, un grito salvaje que hizo que los pájaros levantaran vuelo. Me vine, me vine con una fuerza que me dejó temblando, sin piernas, sin aliento. El viejo se vino dentro de mí, su leche caliente llenándome, y se retiró, dejándome deslizarme por el muro hasta el suelo.
Agustina también se venía. Su cuerpo se sacudía en espasmos, un grito ahogado escapaba de su boca, llena de la pija del gordito. El perro, con un último movimiento seco, se vino también, y se retiró, a lamerse su propia pija.
Los cuatro hombres nos miraban, a mí y a Agustina, tiradas en el pasto sucio del baldío, desnudas, usadas, cubiertas de semen, de sudor y de saliva. Nos miraban como si fuéramos diosas. Y en ese momento, nosotras lo éramos.
Nos levantamos, temblando. Nos vestimos como pudimos, con los harapos rotos. El de saco nos dio unos billetes arrugados. Agustina los tomó sin mirar.
Nos fuimos del baldío, caminando con dificultad, como dos supervivientes de una batalla. El sol de la mañana nos pareció demasiado brillante. La calle, demasiado normal.
Llegamos a casa en silencio. Nos metimos en la ducha, juntas, y nos lavamos durante una hora, lavando la suciedad, la vergüenza y el glorioso pecado.
Cuando salimos, nos acostamos en mi cama, agotadas. Agustina se recostó en mi pecho, como la noche anterior.
—Mami —dijo, después de un largo silencio—. Nunca pensé que... que me gustaría tanto ser una perra.
La abracé fuerte, le besé el pelo.
—No somos perras, mi amor —le susurré—. Somos libres. Y hoy, volvimos a nacer.
1 comentarios - Agus y su mama