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Interrumpidos en el Sueño: La Prima Me Usó sin Tocarme

Como ya les conté antes, mi matrimonio se había vuelto una rutina fría. Mi esposa llegaba hecha polvo del trabajo, se duchaba rápido, comía algo y se tiraba a dormir sin ganas de nada. Yo, con 38 años y estudiando hasta tarde, seguía con el fuego adentro que no se apagaba. No buscaba a otras mujeres; intentaba revivir algo con ella, pero nada funcionaba. Esa noche llegó la prima de mi esposa —la misma de antes, joven, de 23-24, con ese cuerpo delgado pero curvilíneo que siempre me distraía: tetas puntiagudas, culo firme y redondo—. Tenía llave, entraba cuando quería porque le quedaba cerca del trabajo y la uni. A veces se quedaba en la cama libre del dormitorio, justo al lado de la nuestra.
Llegué tarde, con ganas tremendas. Intenté con mi esposa: caricias suaves por debajo del piyama, rozando pechos, bajando al coño. Nada. Estaba frita, respirando hondo, inmóvil. Probé bajándole el pantalón del piyama despacio. Se movió un poco, murmuró algo, pero volvió a dormirse profundo. El corazón me latía fuerte; una mezcla rara de culpa y morbo me subió por el cuerpo. “Solo un poco”, pensé.
Le corrí el calzoncito hasta los muslos. Ahí estaba su culo perfecto, nalgas suaves, ligeramente separadas en esa posición de lado. La acomodé con cuidado: la giré un poquito hacia abajo, flexionándole las piernas para que quedara casi en posición fetal —piernas juntas pero rodillas un poco arriba, culo apuntándome directo—. Era la posición ideal para llegar sin moverla mucho. Primero jugué con sus labios vaginales, abriéndolos suave con los dedos. Estaban calientes, ya un poco húmedos del día o de lo que sea. Metí un dedo, luego dos, sintiendo cómo su coño me apretaba tibio y resbaladizo. Era rico, muy rico: el calor envolviéndome, los jugos empezando a salir más. Movía los dedos lento, profundo, disfrutando cada sensación mientras ella seguía dormida, solo suspirando de vez en cuando.
No me bastó. Quería más. Siempre había fantaseado con su culo, pero nunca lo habíamos hecho; ella siempre decía que no, que dolía, que no le gustaba. Ahora, con ella así expuesta y dormida… el morbo me ganó. Me escupí en la mano varias veces, lubricándome bien la polla con saliva (no había nada más a mano, y no iba a arriesgarme a ir al baño). Apoyé el glande en su ano apretado, rosado, virgen en ese sentido.
Al principio fue difícil, como esperaba. Empujé suave, pero el esfínter se resistía fuerte, como un anillo cerrado que no cedía. Sentía la presión contra mi cabeza, dura, caliente. Ella se tensó un segundo, soltó un gemidito bajo en sueños, y pensé “mierda, se va a despertar”. Paré en seco, conteniendo la respiración. Esperé unos segundos eternos. Su respiración volvió a ser profunda y lenta. Volví a intentarlo: más saliva, dedo primero para abrir un poco. Metí la yema despacito; el anillo se contrajo alrededor de mi dedo, caliente y estrecho, luego cedió apenas. Era diferente al coño —más seco, más apretado, como si me estrujara desde adentro.
Retiré el dedo, volví con la polla. Apoyé la cabeza y empujé con paciencia, milímetro a milímetro. Al inicio dolió un poco la fricción para mí también, pero de pronto cedió: el glande entró con un “pop” suave. Sentí ese anillo apretándome la cabeza como un puño caliente que me succionaba. Ella soltó otro suspiro, se movió un poquito hacia atrás instintivamente, pero no abrió los ojos. Empujé más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su ano se estiraba alrededor de mi tronco. Era una presión brutal, intensa: me apretaba tanto que cada vena se sentía estrujada. Una vez a mitad, paré para que se acostumbrara. Su culo palpitaba alrededor de mí, contracciones involuntarias que me masajeaban despacio.
Empecé a moverme lento, saliendo casi del todo y volviendo a entrar. Cada embestida hacía que se relajara un poco más, pero seguía apretándome como nunca antes. Era una sensación única —más fuerte que lo vaginal, más prohibida—. El calor, la estrechez, el riesgo de que se despertara en cualquier momento… todo me ponía al límite.
Justo cuando empezaba a cogerle el ritmo —lento pero profundo, sintiendo cómo su ano se abría un poco más con cada empujón, ese apretón que me volvía loco y me hacía jadear bajito para no hacer ruido—, oí el clic de la puerta principal. Pasos suaves en el pasillo, como quien entra sin querer despertar a nadie.
Me congelé en seco. Mi polla enterrada hasta la mitad en su culo, palpitando dentro de esa presión caliente y estrecha. El sudor me corría por la espalda. “Mierda, la prima”, pensé. Saqué rápido —un tirón que salió con un sonido húmedo suave, casi inaudible—, pero no hubo tiempo de nada: ni de subirme el bóxer, ni de tapar a mi esposa, ni de girarme. Quedamos tal cual: ella en posición fetal, culo descubierto y apuntando hacia mí, ano un poco entreabierto, brillante de saliva y un hilo de mis jugos; yo de lado, polla tiesa como piedra apuntando al techo, venosa, roja de la fricción y aún goteando. Parecía exactamente eso: que habíamos follado salvaje (vaginal y anal), nos habíamos corrido y nos quedamos dormidos sin fuerzas para cubrirnos.
La prima entró al dormitorio con la luz tenue del celular. Pasó al lado de nuestra cama para llegar a la suya. Se detuvo en seco. La linterna recorrió primero a mi esposa: nalgas al aire, expuestas, coño y ano visibles en esa luz rojiza. Luego bajó a mí: mi erección plena, brillante, como si acabara de salir de un polvo intenso. Se quedó quieta unos segundos largos. Podía verla de reojo —pecho subiendo y bajando rápido, respiración entrecortada—. Pensé que iba a decir algo, tocar, o al menos acercarse más… pero no. Se resistió. Tragó saliva, apagó la luz del celular y siguió directo a su cama. Se metió bajo las sábanas en silencio, como si no hubiera visto nada.
Yo, con el corazón latiéndome en la garganta y la polla aún dura latiendo contra el aire fresco, cerré los ojos fingiendo sueño profundo. “Si mañana pregunta, diré que estaba frito y no la oí entrar”. Me tiré ahí, intentando calmar la respiración, pensando que la noche había terminado en un casi-desastre.
Pasaron unos minutos —quizás 10 o 15 de puro silencio, solo el tic-tac lejano y la respiración de las dos—. Entonces sentí algo cerca: un roce sutil, aliento cálido rozando mi entrepierna. Abrí los ojos apenas una rendija. Ahí estaba ella, sentada en el borde mismo de mi cama, el culo apoyado en el colchón pero sin subir las rodillas ni arrodillarse para no hacer peso ni crujir nada. Se había quitado todo: blusa, sostén, shorts y el hilo blanco. Sus tetas medianas subían y bajaban rápido, pezones duros como piedritas. Tenía una pierna doblada en el piso y la otra ligeramente levantada, el coño abierto y brillante de lo mojada que ya estaba.
No podía subirse del todo. Sabía que si se arrodillaba o se sentaba encima despertaría a alguien. Entonces hizo algo que me volvió loco: se acomodó con cuidado extremo, casi de lado, estirando el brazo y el torso para llegar hasta mi polla sin tocar mi cuerpo. La agarró con la mano caliente y temblorosa, la acarició despacio de arriba abajo, sintiendo lo dura y caliente que estaba. La acercó a su coño, frotó el glande contra sus labios hinchados varias veces, embadurnándolo de sus jugos espesos. Luego, con una lentitud torturante, empezó a bajar su cadera solo lo necesario para que la cabeza entrara.
Centímetro a centímetro. Sin ruido. Sin chocar su piel contra la mía. Solo mi pene entrando en ella, nada más. Sentí cómo su coño caliente me tragaba: primero la cabeza, apretándome fuerte, luego el tronco, resbaladizo, ardiente. Ella mordía su labio inferior para no gemir. Sus ojos estaban cerrados, la cara contraída de placer y concentración. Cada vez que bajaba un poco más, su respiración se cortaba. No podía moverse mucho; solo pequeños movimientos de cadera, casi imperceptibles, subiendo y bajando solo con el culo y la cintura, usando exclusivamente mi verga como si fuera un juguete fijo.
Eso la excitaba muchísimo más. Lo notaba en cómo apretaba los dedos de los pies contra el piso, en cómo su coño se ponía cada vez más mojado, chorreando jugos que bajaban por mi tronco y mojaban las sábanas. Se tocaba las tetas con una mano, pellizcando y tirando de los pezones. La otra mano bajaba a su clítoris, frotándolo en círculos rápidos y desesperados. Cada vez que bajaba un poco más, sentía cómo me apretaba adentro, cómo sus paredes palpitaban alrededor de mí. Era una follada silenciosa, restringida, prohibida… y por eso era tan jodidamente caliente.
Aceleró lo más que pudo sin hacer ruido: movimientos cortos, rápidos, profundos. Su coño tragaba casi toda mi polla, luego subía hasta dejar solo la cabeza dentro, y volvía a bajar. Los jugos chorreaban sin parar. Su cara estaba roja, los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gemido mudo. Yo apretaba los dientes hasta que me dolía la mandíbula, luchando por no moverme, por no gemir, por no empujar hacia arriba aunque todo mi cuerpo me pedía enterrarme hasta el fondo.
De pronto su coño se contrajo violentamente. Se corrió fuerte, temblando entero, las tetas agitándose, los dedos clavados en su clítoris. Un chorro caliente de sus jugos me empapó los huevos. Eso me rompió. No pude aguantar más: me vine dentro de ella con fuerza, chorros espesos y calientes llenándola hasta rebosar. Sentí cómo su coño tragaba todo, apretándome, ordeñándome hasta la última gota mientras ella seguía moviéndose despacio, prolongando su orgasmo, ordeñándome con contracciones lentas y profundas.
Se quedó ahí varios segundos, jadeando bajito, mi polla aún palpitando dentro de ella, semen y jugos mezclados chorreando por sus muslos. Luego, con muchísimo cuidado, levantó la cadera y sacó mi verga. Un hilo grueso de semen blanco quedó colgando de su coño abierto hasta mi glande. Se limpió rápido con su propio hilo, se puso la ropa en silencio y se metió en su cama.
Al día siguiente todo fue normal: desayuno, “buenos días”, ni una mirada rara. Mi esposa se quejó de dolor en el culo “como si hubiera dormido mal”. La prima actuó como siempre. Pero yo no olvido esa noche: el anal interrumpido justo cuando más lo disfrutaba, quedar expuestos, ella resistiéndose al principio… y luego esa follada lenta, silenciosa y desesperada en el borde de la cama, usando solo mi pene sin tocarme, corriéndose mientras me llenaba de su calor.
El morbo, la culpa, la adrenalina… me marcó para siempre.
Si eres mujer y entiendes esta mierda de matrimonio sin fuego, escríbeme. De verdad necesito desahogarme con alguien que capte. Saludos a los que aún la pasan bien…

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